Ventiscas

Hay rincones del ser

inmersos en paradojas

contra sentidos del alma

manecillas del silencio.

 

Hay antídotos a dolores

en el cielo —imantado—,

reflujos de cicatrices,

heridas, sí, estos cimientos.

 

Hay nubes melancólicas

en miradas anheladas,

totalidades enflaquecidas

por muchedumbres.

Y decimos adiós a las marchitas

ideas de otros ayeres

porque nuestra alquimia es amalgamar

visiones en voces ansiadas.

Tenemos tiempo, tentamos

las orillas de la noria psíquica

y esparcimos en los seres

una melodía extraviada

en los arrecifes del lenguaje.

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Callar en el callejón de la barbarie

Contra fluir enquistados años

eso es el indómito perfil

de la columna ridícula del estar.

Encima de los tientos amorosos

existir —igual presencia que designio

autómata de signos marchitos—

un lenguaje espacio la cicatriz.

Añejo color añil del alma

del corazón un pizca salubre

lágrima siempre torcedura

anda, ven, contagio de agua.

Pocilga de fuego, igual que ayer,

los cuerpos entreverados.

En el axioma del amar

la ventisca fugitiva y sudorosa

que es inserción y decibelio:

sonar el sueño —sonambulismo—

terreno de imágenes proféticas,

como los goles de soles en la portería

de la eternidad. Danza, igual, erótica

de veintinueve años quebrados

en el solipsismo de la barbarie.

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Ya estoy absurdamente ido

por el espejo que fui

contra el bestial nombre.

Esparso saltos de ruindad

en la atmósfera

porque a cambio de unas monedas

mi alma gime rota en una esquina

del universo.

Ya lejos de correr camino

transitando edades

con las mismas obsesiones

que a los 9 años

aunque siendo realista

nada es más:

decirle a la mujer que deseas

te amo.

¿Qué importa la cartografía antigua

si todo el tiempo es una pérdida

obsesa de senos capitalistas?

Ya más que correr camino

fumando a tientas mi futuro,

dijo un conocido más vale fumar

que ser fumado

yo digo

me esfumo del día aquí y ahora

fumé y no soy fumado

puedo beber humo tranquilamente.

Ptolomeo no es la fuente

de la imbecilidad

no, tampoco lo es

el imposible horizonte

cultural de Descartes.

Soy yo, aquí, con plumas

rojas enrojeciendo mi anima,

porque al final me iré de este asiento

y caerá en mi el idiograma del amor.

Otra vez, sí, siempre, Japón, aunque

no sea momento de esclarecer los ángulos

de la perpetuidad. Adiós, ya fumo, ya me voy,

más que correr camino, lejos de eso, aquí

estaba dispuesta la maquinaria de una irreverencia

fotográfica y mi sentido es ausencia

hoy, día de cuetes en un paraje del universo.

Desrealidades

Desinvento horizontes desfigurados en una arroba decimal de silencio, flauta la queja de los mares contigo estar encima de las producciones moleculares. Absorto inyecto biomasa a los escondites del ser, compro axiomas en la bolsa de Wall Street, intuyo remansos de fuego, circunscribo átomos de memoria que son insípidas figuras en el banderín del tiempo. Arriba existía un cielo donde podíamos conquistar los espejos del alma, pero ahora navegamos suturados los abismos del tedioso instinto y resquebrajados manejamos también los días y las noches. Como una especie en peligro de extinción mi aliento canoso de rencor esparce por doquier una pizca sentimentalista y torpe, designio de un amor desvencijado, como olla de peltre oxidada, enterrada en un lote baldío.

Entonces como siempre llega el mago indicando el camino del flagelo inquisitorial porque los mentados jesuitas checos olvidaron también evangelizar a los raramuris de la sierra. Porque también el mago que nos impulsa a la mediocridad nos olvidó todo este tiempo. Sembramos los campos fértiles de las nuevas generaciones y caemos prófugos en un sin sentido que desdice lo que anhelamos. Torpeza estar aquí contra la poltrona de las décadas fugitivas y enquistar con alfabetos torcidos el instante que evanescente surca la deteriorada faz del iris.

Desfigurar también es involucrase levemente con la causa de los ignorados, como todo ese montículo de nota roja que siempre aparece en todas partes. Desproporcionalmente estamos extraviados en una monocromático sopor que nos dicta las frecuencias marchitas del lindero del caos. Emblemas más emblemas menos nos acomete la empresa que nos fabrica todo este deseo de consumir, de ensanchar, de engrandecer a los otros todo el tiempo. Despilfarro entonces esta verbalizad escueta, como marea del índico pero también como conquista portuguesa en Japón, o peor aún, esta hagiografía de un santoral derruido en su laicidad. Entonces, como si Descartes pudiera salvarnos, indicar los derroteros de la fiebre que nos arremete cada vez que soñamos la pesadilla.

La pesadilla también es ese desinventar desinformar desestructurar, también es que esto que no es exista contra el pelaje mismo del sin sentido, desdicho, corte y confección de una palpable irracionalidad que engulle la visión de los conquistadores conquistados. No es también el rememorar las marionetas nepalís ni tampoco es, quizá en el fondo sí, esta agobiante marca de los fuegos olímpicos griegos. No, no es demasiado tarde cuando ha sido demasiado pronto para olvidar. Un flujo de recuerdos, eso que es también la proyección, el insight, la predestinación de vivencias, que es la pesadilla nuestra de todos estos últimos 20 o 30 o 50 mil siglos, eso es también la obsesión marchita, la fijación que dicen es más que una oralidad mutiliada.

Oremos en esta playa desgarrada de personalidades despersonalizadas en el desquicio desapropiado del disforme disyuntivo discapaz desenigmático andar en esta jungla de imágenes.

 

De la indigencia visual

Comencé a distorsionar imágenes en 2010. Primero empecé utilizando imágenes pornográficas. Después de varios años realicé una especie de técnica mediante computadora muy simple: modificar imágenes y colocarles texto. Años anteriores realizaba la serie irreverencia poética foto collages con poesía. Al final se trata del pastiche visual. Un ejercicio flácido y quzá plagiario.

Pixelandia I

lonely pixel woman

La sopa desaparecida

Foto de un lugar que el tiempo desapareció

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La ciudad textualizada 3

ciudadtextualizada3

Ciudad textualizada 1.1.2

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