Impaciencia

Ahí donde se intenta

los días plasman luces.

El vericueto del silencio

abstrae la savia del amor.

¿Alguna vez hubo fe

suficiente para los evadidos?

Todo es un tiempo en espiral

que derriba los escombros 

de las sociedades absolutas.

Quebrados los alientos

por la rendija de los soles

esparcimos voluntades

en este laberinto llamado eternidad.

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Parentesco

Venimos de inmensidades
convertidas en cenizas,
de caricias… y soplamos
al horizonte un beso.
Contra el espejo del tedio
nombramos conquista
la caminata de las estrellas
porque dentro del silencio
finito nos escondemos.

¿Cómo establecer la cúpula
de la sangre y la familia
si dentro del tiempo partimos
las halas del sueño en mitades
distantes de llanto y soledad?

Escondemos también la maldad
en una lóbrega palabrería que induce
a pensar que las lindes del sol
nos pueden perdonar como dioses.
Existimos en el mito de unidades
columpiadas entre tejidos de sombras
porque el finalizar la jornada
nos reclinamos al agua y estrechamos
los bordes de los abismos interiores.

Pendemos absortos en ideas

que son herencias
¿acaso involucra nuestro aliento
una resquebrajada esquirla de misterio?
Nadie puede pulir su origen ni puede
asechar un encuentro que sea intrascendente.
Cada mañana nos enquista lo cotidiano,
su maquinaria lodosa de retahílas
y al dormir podemos amar, sí, un trozo igual
al rostro fugitivo del rayo que rompe la oscuridad.

 

De la indigencia académica y la dificultad de ser un polígrafo

Cuando ingresé a estudiar historia en la Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana en el año 2012 me denominaba indigente académico. Después de dos intentos de carreras no me queda más preciso otro rótulo. Y en ese ser escritural que representaba para mí la indagación imprecisa de autores y secuencias, de ese ímpetu quebradizo de mi escritura, extraviado entre regiones intelectuales variadas, podía decir que tenía algo de poesía en mi haber. No distinguía mucho entre la complejidad de versificar mis emociones y entre un prosaísmo escualido. Me extraviaba siempre entre la compleja trama de mi frustración antropológica y mis búsquedas literarias. Me perdía siempre intentando proponmer un itinerario intelectual.

En 2010 murió Carlos Monsiváis y por ese entonces yo estaba teniendo un acercamiento con el maestro Sergio Pitol. Cuando murió Monsiváis entró en mí un sentimiento profundo, relacionado a la muerte de mi madre, quien trabajó junto a él y otros destacados intelectuales en el Castillo de Chapultepec. Estaba completamente destrozado. Fui a un café en el centro de Xalapa, La Naval, compré hojas blancas y una pluma y me puse a escribir. Mi ensayo esperpéntico se tituló De la heroicidad e idolatría literarias o del arte de combatir con la voz. A propósito del deceso de Carlos Monsiváis. En ese ensayo, que al terminarlo entregué a Pitol como una muestra de mis “afanes literarios”, me propusé un programa intelectual derivado de tres hechos de muy dudosa realización en aquel año del bicentenario: la realización de una compilación de las obras de mi madre, efectuar la investigación sobre el conocimiento de Ignacio de Luzán en México y terminar de escribir mi novela. Este programa lo cumpli cabalmente entre 2016 y 2017. Al tiempo me convertí en historiador. Además ese ensayo fue leído por un gran y querido amigo librero que también se llevó este 2018: Eugenio Palomo, quien después de eso me obsequió el librito sobre vampiros escrito por Vicente Quirarte y me denominó escriba.

Polígrafo es un término amplio, que quizá me queda grande. Y quizá no por publicar o intentar hacerlo sea válido mi reconocimiento como hombre de letras. Si tuviera que enunciar lo que me falta leer para poder adscribirme a una corriente de pensamiento o para conocer una tradición literaria o para poder adjudicarme ciertas paternidades o distingos, creo que mi perfil intelectual sería más bien nulo. Pero sí he escrito poesía, aunque para los poetas que conozco no sea de gran relevancia mi trabajo. He escrito ensayo, también. He escrito novela. Y al final lo que subyace es el problema de los géneros.

Ahora estoy en el meollo de una crisis de identidad: soy estudiante de posgrado en una institución prestigiosa, publico mis ensayos en España, dejo morir mi blog, deambulo por un proyecto de investigación muy poco clarificado. La indigencia académica me orilló a realizar una que otra hazaña escrita, mi profesionalismo académico se va construyendo. ¿Soy consciente de las dificultades de abarcar la poligrafía? Lo veremos.

 

Escalar estratos de paraísos turbios

Los tiempos

que son roedores

del hombre

esculpieron

saltos adentro

del alma natural.

Los hombres

que son imágenes

materiales

contaron sus relatos

de la insigne

frustración de no volar.

Volantes vacuidades

indulgentes

promovieron el instinto

de acumular.

Acumulamos

las letras prófugas

del cantar, los signos

turbios de lo pasado.

Ancla de lenguaje,

origen abyecto

la sangre y el semén,

un ápice de cansancio.

Canzar el árbol

genealógico

es también

la pose

misma del día

en que nacimos.

Torpeza

del torpedear

rincones inocentes

así asa, so del tronar

la cacería

siempre condujo

a un trozo

de papel anterior.

 

 

 

Aducir

Contra el reflejo de la complejidad

absuelta la duda de su esquirlas

años son gubias

silencios manantiales.

Ruinas de vídeos

alquitrán de siglos anteriores

la visión ramplona, inquebrantable

del progreso. Mutismo, maldad,

una cicatriz reflejo demiurgo

teatralidad este escenario desvencijado

de caricias. Tumefacción así

navegar los tendones del aburrimiento.

 

 

 

Sueño complicar axiomas insalubres

por esta desquiciada rendija.

Motor matar el meteoro del dolor.

Antiguo horario de lunas y tenebras

en cinta la idea, preñada sí

de un arrullo raido y galopante.

 

Murmaramos también un complejo

insomnio, conquista, soplo,

insuflar los instantes de rocosas

imágenes superficiales.

Cada memoria esparce en otros

un tiento que es su bocanada de recuerdos.

Pérdida igual esta ideología ya caducidad

de una generación putrefacta.

Hacemos como las olas

una planicie de rencores,

pero caemos callando

en la esbelta prontitud de los refugios:

céfirantes de indómitos enquistes

—como esta cultura de letras que es

una práctica de roturas y embalsamamientos

librescos— dentro de los panteones

arribistas del ser. Un horizonte

que es lo inmenso contando

una finitud inabarcable,

impele al acto desdicho, dibujante,

del sacar al sol sus resquicios teológicos.

 

Invención raquítica, igual que

ácido —¿o ha sido?— el ser

lisérgico —doméstico—

fortuito —encabalgado

al logos fatalista—

demarcación constante

el ombligo terso de los lenguajes

prohibidos. Columna, vertebración

escupir tampoco es

rendirse a la marcha contundente

—escritura salto, ¿eres?—

insufriblemente corrupto

el espejismo —reflejo—

de la complejidad. Absorción

como si pudiéramos

renombrar el desindianizado

momento del nacer,

como si fuéramos aperturas

de hojas y gremios papeleros

—porque poéticos no,

literarios no,

históricos no—

escritura, sí, de tentar las ramas

del saber —cognitividad ¿esgrimes

aducir el cronométro de las formas?

estructura— por el amar

y el amor

de los amantes —amo también

esclavo— esclavitud a la ciénega

de los prófugos cantos. Dormir.

 

 

Como del reflejo la complejidad

de la marometa el asalto

al infinito troquelado, enlatado,

desfigurado, columnizado,

perdón, sí, no, ¿es tarde

para indagar los residuos del festín?

Si los filósofos piensan

¿es pensar

una intuición

del instinto

la estructura cansada

de los alfabetos?

Antigëedades mi sombra y mi nombre,

un nombrar tampoco los asideros

ridículos de los pantanos urbanos

—contra revolución autoinductiva

de las esferas truncas de mis ojos—

visualidad que ronca

los olores enmohecidos

de Aristóteles y Platón.

Era donde la cama decía

complejidad obtusa,

memoria de grises

emblemas —como de ciudad

atmósfera corroida ¿smog?—

también la contaminación

visual, insalubre acto —verbalización—

torcedura y símbolo

en el arrabal conflagratorio

de una orgía que es más ignorar

que destruir las formas simbólicas

en el aposento de la pulcritud eterna.

Vida no deseada

Soy el spam

de este siglo

el no deseado

hombre

mitad desecho

mitad mendigo

de cariño falto

soy el spam

de este presente

el indigente

de los universos

luminosos del ahora.

Ha muerto el astrofísico

Ahora los años se viven
por las grandes muertes,
por las pequeñas muertes.
Este necropatia totalizante
conduce nuestra simulación
de vida por los rieles de destinos
oligárquicos y ajenos.
¿Cuándo perdimos la voz
quienes en la lucha buscamos
una forma de vivir?
Nacemos y moriremos,
en este escenario de sangre,
huesos e injusticia,
ajenos siempre a la armonía
del plácido manto de la luz.
Los años se viven
y se recuerdan
por la muerte
que después es memoria
y vida, ¿pero se viven?
Hoy también murió un olvidado
en vida, murió un recién nacido,
hoy también murieron personas
que valían no por su hechos
sino por estar vivos.
Séneca decía ley es no pena morir.
En el fondo la ambivalencia
necropatia-biopatía, en el fondo
la tremenda mascarada de ser alguien,
ser algo. Patrañas, este laboratorio
de muerte es también
eso que prometen eterno
cuando te incautan,
eso de efímero que tiene
el don de preservar los instintos.
Nada se logra en el hoy que es pasado,
hombres injustos son canonizados,
niños son violentados —y empoderados
en una farsa multinacional y local—
mujeres son explotadas
para alentar generaciones que también
habrán de morir, un día.
¿Cuál es la proporción de los méritos
para valer un recuerdo, un funeral,
una ventaja imbécil sobre la muchedumbre?
Este tedio que heredamos de nuestros ancestros,
disfrazado de deseos de superación,
es una red de idiotez y sensacionalismo.
¿Existe una totalidad que sea igualitaria?
Nunca hemos sido ni buenos ni malos
hemos sido instintos bajo el mito racional
de una faz evolucionada y superior.
Pero el cuento, si el tiempo inabarcable
puede llamarse así, no termina hoy
ni terminará mañana. El cuento —si lo que querían
era cinematografíar algún tipo de realidad—
es independiente a nosotros.
Náufragos en el designo del presente
—oh presente saturado y por ello infértil—
¿qué nos deparó ese mañana que ya está
vendido, mutilado, roto en las fauces
de este esclavismo que no respeta edad,
género, condición racial ni educación?
Ya es tarde porque hoy murió el gran físico.
¿Tardaremos en aceptar que no somos nada
sobre la faz de este territorio que también matamos?
Hay personas y grupos que tienen esperanzas
yo creo que en el fondo y en la superficie
nunca dejamos de ser animales pero perversos.
Todas las realizaciones utópicas del hombre,
todos los inventos, todas las formas
en que expresamos nuestra “genialidad”
no son nada por nosotros
no podemos ser juzgados por nadie distinto a nosotros
porque somos, increíblemente, los asesinos,
lso destructores, los fanáticos.
Y los sin nombre, sin voz, los anónimos,
los de un día de sensación —en la nota roja, en la TV
o en la radio— son ese polvo
para que otros inmensos insuflen de
axiomas una hipotética conducta moralmente
estigmatizada. Ya no puede haber historia
porque no hay teleología —acaso sí la haya
y sea la del aniquilamiento—. Entre las sombras
de todas las formas vivientes en miles de milenios,
nos arrobamos y abrogamos el derecho
a creer que valemos por nuestros méritos
y no que estamos aquí en un tiempo prestado.
¿Hay una solución al enquiste del silencio
que deja la podredumbre que hemos construido?
Nadie debería morir sin un abrazo
sin besar a un otro
sin conocer y saber
sin rayar los bordes de la locura
para volver a un vuelo de vida inmensa.
Estamos extraviados en este presente
y en el desamparo cotidiano
de la necropatia del hombre por sí mismo.

Decoloración interior

Hemos dedicado

dedos a la eternidad

compases que marcan

indómitos ruidos.

 

Cada costra de memoria

rompe el signo

nuestro, compañía

la distancia, ausencia

el nombre, tendón de relatos

un rumor certero de miserias.

 

Arrebatamos ya al sol

sus migajas míticas

como dureza de hierro

en la carne tersa

derrame eficiente

de sangre y espermas.

 

Iracunda maravilla: existir.

Una pradera de luces

nos acecha y al pensarnos

—nos cobija una negrura

instantánea y tremenda—

nos indaga el silencio

con su inmarcesible toque

como de mar ola

cabalgata si de universo

esquema columpio

como de tronido llanto.

 

Dentro soplamos un amasijo

de personas, lugares, momentos,

reflejos fabricados

en la lata de nuestro psiquismo

fortuito como gaviota

pescando, como hechumbre

de coágulos letrados, como voz

en el combate del ser, como una pizca

de honestidad y de quebranto.

 

Fortaleza nuestra inservible

ante el designio del pasar y del hacer

reverbera el día sus esquirlas

polvosas del hola y el adiós.

Murmuramos sueños, intenciones

nos balancean en una cúspide

frenética por absurda,

cada vez interior es la lectura

de un trozo de infinito

transformado en deseos.


 

 

 

 

 

 

31 de julio de 2002

Grité, grité, grité

grité desgarrado

grité, con la mente

resquebrajada, grité.

Tu nombre era mi mensaje

¿cuándo alguien

me ha escuchado?

Tarde fue demasiado pronto:

perderte seguridad de mi vida

¿con nuestros amores imposibles

de vidas pasadas, también imposibles

eternamente, viviremos?

Grité, una, dos, tres, Dariana te amo.

En vano,

grité,

torcido

del alma,

rengo sin ti por ti.

Contra el mundo, grité.

Absorto en un dolor indescifrablemente

inexplicable, grité, como un niño

abandonado, en el fluir constante

de todos los tiempos.
Mi grito fue mal interpretado,

a menudo, mi voz, mi hacer

con palabras, carece de sentido.

Y contigo —ya no grito

pero lo hice por años—

Aprendí a escribir

una geografía dolorida y solitaria.

Grité, grité, grité,

como si fuera pedir un deseo

al universo, grité hasta el silencio,

tu nombre, Dariana te amo, grité,

sin miedo. ¿Es Dios quien escucha?

Entonces una pesadilla, ya más realidad

que fuga onírica, fue más concreta

más cierta, más destino ridículamente cruel

sin que pudiera amar algo,

alguien, que eras tú, Dariana por los

minutos de los años estos sin un nosotros.

El día que Juan Pablo II canonizó

a Juan Diego.