Exégesis facsímil de la antigüedad inmediata

Escrita, diseñada y realizada por

Rómulo Pardo Urías

BUT THE SILENCE IS ALL AROUND WITH THE SHAPE OF THE NOISE

Las socioestructuralidades contemporáneas disparadas por la tecnocratización y el desarraigo global como una forma de subsistencia son singularidades manifiestas en el devenir del ecocidio que se gestó en el instante mismo de la incomprensión, el rechazo y el juicio injusto promovido desde la occidentalidad progresista. Culturas, civilizaciones, grupos humanos, han desaparecido para dar paso al predominio de la norma occidentalizada y occidentalizadora.

Este no es un sitio de crítica ni de cuestionamiento pues hay muchos sitios que ya realizan esa labor. ¿Será un sitio de registro? Tampoco es un sitio divertido aunque tenga sus toques de ironía. No es un sitio de información, más bien es creativo, pero se trata de la invención ejemplar de un conglomerado sinuoso que se inscribe en la atmósfera generalizada del cinismo académico y del escolasticismo actual, por una parte, y por otra del esperpento y el siniestro rótulo de utópicas proporciones: una gramatopoeticografia, neologismo derivado de la conjunción de tres voces de origen griego que son gramática, poética y grafía, las cuales se refieren, en distinta medida, al acto de la escritura, ya desde la norma o desde la literatura o desde el acto de escribir.

También se trata de un registro, de algo que queda como la huella de un evento o acontecer o situación. Es, por tanto, un lugar en construcción sin una propuesta excelsa pero sí rimbombante.

Bienvenidos a la antigüedad que es ayer.

AUTOREFERENCIA

Las condiciones de mis indagatorias me remiten a una actitud revisionista del siglo XX. Desde distintos ángulos es notoria mi miopía y mi historicismo. De igual forma carezco de elementos concretos, empíricos y teóricos, para realizar un informe de mis actividades intelectuales. Sin duda mi movimiento en el terreno de las ideas es serpenteado, sinuoso, lóbrego. Por ello no tengo un afán de persecusión de la verdad o de los criterios de tradición alguna. Mis predilecciones abarcan temas filosóficos, científico sociales, históricos, literarios. Sin duda también es cierto que la compleja trama de tradiciones nacionales e históricas por las que he transitado me han permitido distinguir peculiaridades y acentos, igual que nociones e ideas, todo esto bajo un cierto afán de conocer la diferencia entre modernidad y postmodernidad. Aunque también es cierto que he dedicado poco tiempo a sistematizar lecturas y a revisar apuntes y notas, que se han quedado imantados al cajón de mis recuerdos.

No hablaré aquí de autores ni de corrientes porque me sacude más el morbo y la duda de la crisis creativa por la que ahora transito. Crisis de dimensiones personales, derivada de la incertidumbre y de la anarquía que rodea mi quehacer literaria e intelectual. Tampoco soy un lector que viva de las modas ni de las grandes corrientes. Soy como menciona Susan Sontag un transgresor, en tanto voy a donde otros no van y hago lo que otros no hacen. Pero mi condición marginal no es una síntesis ni un apego, no es una disidencia ni una rebeldía explícita. Me mueve más bien el terreno de la excentricidad.

Dentro de mis pesquisas, mayores o menores, encuentro fieles reflejos de formas y recursos que marcan mi estilo: algunos de los clásicos franceses del siglo XVII, autores latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX, filósofos alemanes, poco de literatura mexicana, antropólogos norteamericanos del siglo XX, algo de estructuralismo lingüístico y literario, algo más o menos así, aunque no es todo claro está.

Otro rasgo es mi distancia de los autores actuales y contemporáneos, el desconocimiento de sus trabajos, de sus obras, de sus círculos y de sus publicaciones. No forma vitalicia de alguna agrupación literaria, aunque he contribuido con el grupo Adictos a la poesía en la ciudad de Xalapa. Sin embargo, mi quehacer es más bien solitario, distante de las esferas institucionales y de los ambientes legítimos de la literatura. No he buscado tener becas de creación ni he tenido una formación en escuela alguna. Soy en muchos sentidos un autodidacta, para bien y para mal. Por si esto fuera poco mi método de escritura se nutre de una versión extraña de la realidad, que termina dictándome un intelectualismo ampuloso y en ocasiones artificial, que responde a una inescrutable elaboración desbordada. Por ende le pido demasiado a mi lector. Igualmente tengo momentos de sencillez y de esplendor.

Sin más por ahora he aquí otra introducción fragmentaria.

SÍNCOPA LITERARIA

Bueno, bueno, probando, uno, dos, tres. Si bien es verdad mi nombre no figura en las nóminas oficiales de la literatura local, regional, nacional o internacional, también es verdad que el rótulo de reconocimiento propio de algún tipo de labor literaria no está determinado, en todos los casos, por el mérito institucional. Después de todo algo sé de literatura, aunque mi conocimiento resulte caótico, vandálico y anacrónico. Tampoco se trata en esta ocasión de realizar una apología de la exquisites literaria o del gusto suigeneris. Es más bien del momento cautivador y desgarrador de la crisis creativa de lo que se trata. A este respecto no me queda duda del afán creativo como una vivencia cercana a la vida o la muerte, al menos yo no podría estar vivo si no escribiera. ¿Desde qué perspectiva ver el hecho literario? Un acercamiento relativista puede encontrar en la literatura fenómenos afines al lenguaje, a la sociedad, a la fantasía, al lirismo, a la música, al cine, al consumo de drogas, a la superación personal, a la historia de un país, al suspenso, al amor. Confieso que no he leído a Harold Bloom y su Canon Occidental, tampoco he leído Don Quijote de la Mancha de Cervantes, ni el Ulises de James Joyce. En ese sentido no tengo precisado un canon estilístico ni soy un devorador de libros. Tengo mis temporadas de mayor lectura, de mayor productividad, también de mayor ocio. Tengo mis impulsos.

Digamos que en el año 1998 comencé a escribir algunos versos dispersos en una libreta. Después de mi adolescencia lo único que conservé de aquella vida fue la libreta y la intención de escribir versos. Se me hizo un habito escribir poemas, buenos o malos, pero poemas al fin. Así pasé 10 años de mi vida. Algo que inicie cuando tenía 17 o 18 años. También ejercí el ensayo, con menos método y menos rigurosidad. En el año 2000 el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) convocó a un concurso nacional de Ensayo sobre la educación en México. Yo concurse y quede finalista, aunque éramos 10   sólo se entregaron el segundo y tercer lugar, pues el primero se declaró desierto. Al fin de cuentas aquello fue una iniciación literaria, si se me permite la equiparación. El cuento, que es el género que más tiempo llevo practicando, lo empecé a escribir a eso de los 10 u 12 años de edad. Mis primeros ejercicios eran más fantásticos que realistas, algunos de ellos con ilustraciones propias o de mi hermana. Aparejado a mis intentos literarios se encuentra mis fracasos académicos y mis fallidos intentos de institucionalizarme como escritor, aunque tengo bien clara mi meta de no formar parte de los becarios oficiales de algún estímulo público. El recorrido es entonces sincopado, tic,tac,tic,tac. Igualmente a los 17 años inicié la escritura de una novela juvenil que jamás concluí. Tuvieron que pasar 12 años para que empezara un nuevo proyecto de novela, que rematé a finales del año pasado. Recuerdo también algunas intenciones de escribir dramaturgia pero nunca entré a ese terreno creativo ni me interesé por él.

Si bien es cierto que no he decidido consolidar mi vida y mis afanes a verme reconocido como escritor, también es cierto que no he dejado de escribir. No quiero parecer pedante ni asumir que domino un gran cúmulo de géneros literarios. Digamos que he hecho mis exploraciones y eso me ha valido tener una trayectoria dispersa y serpenteada. En mis actividades públicas he tenido escasa participación, más bien diría inconstante. No soy una persona que comparta, en términos editoriales, sus textos con facilidad. Pero he intentado tener algunos blogs, siendo este mi cuarto intento. Digamos que ahora me decido por reabrir el laboratorio literario. Con todos los riesgos que eso implica pues mi proyecto anterior tenía relación con la pornografía y eso pudo acarrearme una mala fama virtual. Pero volviendo al tema de las publicaciones no soy un primerizo. Publiqué en la Antología Hasta Agotar la Existencia Vol. III editado por Resistencia en 2007. Publiqué entre 2005 y 2009 en algunos periódicos locales de la ciudad de Xalapa tanto relatos, como opiniones y poemas. En 2009 logré editar un cuaderno de poesía con la ahora extinta editorial Épica, en el D.F. Mi participación en foros de poesía abarca intermitentes participaciones en la revista de poesía electrónica Isla Negra dirigida por Gabriel Impaglione, el colectivo Adictos a la poesía de Xalapa y una que otra reunión de poetas igualmente en Xalapa.

Otro aspecto que he buscado ejercitar en mi creación es la participación en foros estudiantiles. De tal forma he participado en congresos, presentando ponencias y trabajos, realizando pequeñas investigaciones o haciendo propuestas de lecturas. Esto me ha permitido tener acercamientos a distintos ámbitos y tradiciones, ora filosóficas ora literarias ora históricas ora antropológicas entre otras más, que me han ensanchado, leve o ampliamente, el panorama de mi mundo intelctual. Aunque también es cierto que me han impedido acercarme nítidamente y concretamente a temas y problemas específicos, manteniendo mi dispersión y heterodoxia como método escritural.

Otra de mis actividades es la adquisición de libros, en especial de libros usados. En ese sentido he de declarar que los inicios de lo que fuera mi primera biblioteca fueron rematados en años pasados. Esta primer recopilación bibliográfica incluía a autores como Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, José Emilio Pacheco, Hermann Hesse, Eduardo Galeano, Carlos Monsiváis, Horacio Quiroga, Ernesto Sabato, de entre algunos otros autores que me acompañaron entre el año 200 y el año 2008. A partir de 2008 comencé la búsqueda de materiales referentes al siglo XVIII en general y del XVIII español en particular. Antes de llegar a este período histórico de la literatura universal, transité por algunos autores del clasicismo francés como La Fontaine y La Bruyere. Igualmente recorrí algo de Jean Paul Sartre y Albert Camus, pero decididamente no me atuve a la consecuencia revisionista del siglo XX, sino que me intrigué por autores de distantes latitudes temporales. En ese sentido mi predilección por el siglo XVIII español se fundamenta en aspectos históricos, como la transición de la casa de los Habsburgo a la casa de los Borbones o la expulsión de los Jesuitas entre otros más, pero también por la irrefutable referencia al siglo de las luces y el predominio cultural francés y los orígenes de la modernidad a partir de las revoluciones industrial y burguesa.

Esto me conecta inmediatamente con algunas pesquisas parciales que he desarrollado sobre el debate entre modernidad y postmodernidad. En esa dirección y con un conocimiento bastante fragmentario, confieso que he leído un par de ocasiones La condición postmoderna de Françoise Lyotard y algunos trabajos de Jürgen Habermas al respecto. Pero mi actitud tampoco es crítica o revisionista. En todo caso me mantengo al margen de discusiones actuales al respecto, aunque simpatizo más con la postura de Habermas. Tengo claro en todo momento que tampoco he dedicado suficiente impulso y esfuerzo a construir una línea firme sobre este debate. Pero si bien esto es verdad tampoco es cierto que me resulte completamente desconocido. Lo que sí me queda claro es que la diferencia funcional y categórica entre postmodernidad y modernidad ha sido un impulso intelectual en el mundo a partir de los años 60’s del siglo pasado. Sin embargo es preciso distinguir el ámbito de lo moderno del ámbito de la modernidad del ámbito de la postmodernidad, aunque parece más bien un mal trabalenguas. Ciertamente ese ha sido otro de los asuntos que me ha permitido tener un acercamiento con el mundo de las ideas.

Finalmente he de confesar que aunque parezca ser un hobbie la literatura es mucho más que eso para mi.

INQUIETUD DESATENDIDA

Escribir y leer, parecen actividades comunes y cotidianas, deberían serlo. Entiendo que hay un gran número de personas en el mundo que son analfabetas. Saltar de las funciones básicas de la escritura y la lectura a los vericuetos literarios es otra cosa. En principio hay una serie de elementos particulares y concretos que atañen al ámbito literario: la belleza, el estilo, el contenido, los recursos retóricos, la sintaxis, por nombrar algunos. Además es un hecho que la literatura es una expresión plasmada en términos convencionales. Por ejemplo, no será lo mismo escribir verso que prosa, escribir poesía que narrativa, escribir novela que cuento. Son generalidades, claro está, pero las minucias incluyen acercarse a un conocimiento de lo que se busca escribir. Y por supuesto que para realizar una obra, un trabajo literario, será necesario leer y nutrir la vena que conforme el trabajo en cuestión.

Mi ejemplo es malo en muchos sentidos pero es el que tengo a la mano. Yo he escrito poesía, ensayo, novela y un poco de cuento. Pero confieso que he leído muy poca poesía y que más bien me he nutrido de ensayo y de narrativa. Por ende, y aunque mis poemas no son del todo malos, mi poesía no ha logrado evolucionar y crecer, sobre todo porque desconozco la tradición poética y por lo tanto no tengo elementos para que mis poemas sean algo más que impulsos e improvisaciones. Con el ensayo me pasa un poco lo mismo, aunque he leído un poco más de ese género, pero ciertamente no se ha tratado de ensayos literarios sino de filosofía o historia o antropología o alguna otra disciplina. En cuanto a la narrativa también es verdad que no he sido capaz de leer sistemáticamente a algún autor y que soy bastante desorganizado sobre mis preferencias y mis lecturas. Pero algo he leído, eso sin duda.

En el mejor de los casos de lo que se trata aquí es de ese acercamiento que me invade cuando descubro lo anárquico de mi método de escritura. Volveré a los ejemplos. Hace más o menos 4 años descubrí en una biblioteca en Xalapa un volumen con una poética del siglo XVIII español. Por ese entonces estudiaba letras hispánicas y me resultó fascinante acercarme a ese texto. El trabajo, de Ignacio de Luzán, es una obra monumental de crítica y teoría literaria bajo el modelo neoclásico de la literatura española. A partir de entonces comencé a realizar la búsqueda de autores de esa latitud temporal: José Cadalso, Benito Feijoo, Leandro Fernández de Moratín, Gaspar Melchor de Jovellanos, de los que he encontrado alguna edición. Por otra parte y muy a tientas he conseguido trabajos de Ramón Menéndez Pidal y Marcelino Menéndez y Pelayo.

Pero sin lectura no hay avances ni puede haberlos. Entonces me viene a la cabeza la idea de ese acercamiento falaz que estoy emprendiendo a la cultura y la literatura española. O sea, me propongo leer La celestina o el Quijote, me propongo leer a Francisco de Quevedo o a Garcilaso de la Vega, me propongo seguir buscando textos pero los que he conseguido aún no los leo. Y por supuesto que es falta de disciplina y de acción. Por supuesto que es tener el pretexto de otras lecturas y de otros ocios y pasatiempos. Por supuesto que es el inflamado designio acumulativo y no el afán crítico y de conocimiento.

En algún punto tendré que empezar y mientras más acumule textos peor será la carga de trabajo. Lo que sí me queda claro es que podría proponerme escribir un breve ensayo sobre la cultura europea del siglo XVIII. Creo que eso podría ser de provecho. Ya veremos que sale al respecto.

OBVIEDADES DESDE MI MONITOR

El siglo pasado aún está vivo, es en gran medida la referencia de los que somos adultos hoy en día. Estamos aquí, haciendo la vida. Hay sin duda muchos legados que se abren para quien quiera revisar la trayectoria del siglo XX. El cambio de siglo, el cambio de época, está marcado por una multiplicidad de circunstancias: cambios tecnológicos y comunicativos, constantes bélicas, terrorismo, cambio climático, entre otras más. Hay así nuevos problemas, nuevos retos, nuevos escenarios, nuevas disposiciones, pero también hay situaciones que prevalecen en el ambiente: desigualdad, hegemonía, exterminio, discriminación. Lo que intento decir es que para alguien como yo, mayormente desinformado, el mundo y la virtualidad son un peligro y un arma de doble filo. No por ello contemplo lo obvio y evidente: ahora, en el mundo, la mayor parte de la población activa y productiva ha nacido a finales del siglo XX, aunque claro está que la formación se inscriba en el siglo XXI.

Quizá hable desde mi reducida y estrecha visión, es decir desde el hecho innegable de que al ser parte de las últimas porciones del siglo pasado no puedo ver hacia delante. Pero también se trata de mi descontextualización como persona, de mi inestabilidad y de mi caótica visión fatalista, porque en el fondo, muy en el fondo, sí creo que hay un futuro, aunque parezca incierto. Igual se trata de una disertación escueta y sensacionalista, igual es nada más un pretexto para hablar de lo viejo y lo nuevo. Por mi parte estoy claro de que no sé lo que quiero ni lo que busco ni lo que me significa un motivo real y no aparente para intensificar el tono de mis días.

Pero no se trata nada más de mi. En todos los ámbitos de la vida hay regeneración, continuidad, cambio. Así debe de haber nuevos escritores, nuevos lectores, nuevas actrices, nuevos obreros, nuevos profesionistas, nuevos burócratas, nuevos líderes, nuevos villanos y nuevos criminales, sólo por mencionar algunos rubros de ejemplificación. Estos nuevos personajes, estas nuevas personalidades, públicas o privadas, se involucran en la actividad que les corresponde con el firme propósito de que dicha actividad continúe viva, que siga alimentándose y que se mantenga vigente. Y por supuesto que eso implica la adaptación de las novedades a la vida cotidiana, por una parte, pero también el ingenio y la inventiva a la hora de llevar a cabo los actos. Aunque desde un punto de vista postmoderno no hay escapatoria a la repetición y el pastiche, siendo que al parecer la orginalidad no se ha perdido del todo, tampoco es cierto que todo esté permitido, que todo tenga el mismo valor. Ejemplifico: hay personas en el planeta que viven al margen de internet, que no tiene pertenencias ni patrimonio, que son los desposeídos; hay otros que comandan y deciden, que efectúan cambios políticos o económicos, que están ahí, viendo por el bienestar; hay también una inmensa clase media y trabajadora, aunque finalmente este esbozo explicativo implique una estrecha panorámica consensual. Pero vivir en el universo de las redes, de los grupos y las células afines, implica también exclusividad y oposición. Por eso los marginados de la tierra no están en internet. Por eso los dirigentes de la tierra arman planes bélicos o económicos. Por eso las clases medias, diversificadas e inabarcables, se dinamizan. De lo que se trata al final de cuentas es de la humanidad y sus logros, de sus vivencias y sus visiones. Se trata de ese rastro que hemos dejado, el cual llamamos avance, a expensas del bienestar general. En todo caso el siglo XXI repetirá circunstancias y abrirá pautas a nuevos escenarios.

RESTOS DE LA JUVENTUD

De momento es notorio que no puedo avanzar en una dirección concreta, establecida, pertinente. Noto también que me encuentro fuera de lo actual, lejos del mundo y sus acontecimientos, desinformado. En general se trata, además, de un estilo apático y renuente, en ocasiones fraguado en la indiferencia burguesa y el aislamiento comunicativo. También se trata de un cierto rechazo al mundo de lo que se nombra cultura: el arte, la literatura, la historia, son para mi singularidades que se proyectan en el oficio diario. También es cierto que al encontrarme fuera de un contexto más amplio los estrechos límites de mi consciencia se componen de ideas de consolación.

Pero en el fondo toda esta situación tiene una profunda raíz. Mi encierro, mi cerrazón, responden a temporadas en las que naufrago en el interior de mis demonios depresivos. Deambular entre libros, evadir lecturas periódicas, destruir lo poco o mucho que logro armar como método de escritura, son vestigios de mis más hondos abismos existenciales. Me pierdo en la inconsciencia de mis actos, en el devenir superficial de mis anhelos, sólo para darme cuenta de que los años pasaron y yo no protagonicé el tiempo que me tocaba. Vivir así es estar enjaulado en el desprecio volcado hacia los otros, vivir así es estar atrapado en el juicio negativo y la autodestructividad. En efecto, el encierro voluntario no es vida, es una forma de cautiverio.

Dentro de los asuntos descompuestos en mis fórmulas caducas el silencio no existe. Me doy de topes contra la barda del sin sabor y el desconsuelo. ¿Realmente vale algo mi opinión? ¿No será que no tengo oficio literario ni intelectual y que más bien estoy extraviado en el mundo de las ideas? ¿Tendré futuro como ser pensante? Tampoco soy alguien que aporte en realidad. Pero la lógica destructiva también contrae la contraparte constructiva y desde la lucha entre Eros y Tánatos vivo el recrudecimiento palpable de mi desgarre espiritual.

¿Qué leer ahora? ¿Proyectar mis frustraciones intelectuales es un síntoma de fragilidad? Porque también está la otra cara de la moneda, la luz, el impulso de crear, el deseo de expresarme y de transformar el mundo. Pero no soy un todologo. Mis límites están inscritos en esa labor no hecha, no realizada, en esa metodología del fracaso: leer sin disciplina, escribir sin disciplina, vivir de la improvisación.

Creo que al final me encuentro con este espacio como una señal más de mis infructuosos senderos recorridos. Pero sin ser fatalista ni menospreciar lo vivido, entre las sombras de mi pasado y los recuerdos lacerantes de mi tiernas depresiones, encontrarme se ha vuelto un obstáculo obsoleto y un peso inmutable.

METODOLOGÍA DE LA INFELICIDAD

Cuando en el universo cotidiano de la existencia se presenta el estímulo constante y hedonista de la felicidad, del placer y del gozo, de la belleza y la hermosura a partir del modelo de la salud, es sin duda la lógica dominante la que habla. No por ello es cierto que vivir en el descuido sea algo deseable. Pero frente a ese inmenso infinito que abarca la felicidad (material, emocional, monetaria, sexual, alimenticia, deportiva, artística, etcétera) es vigente la vivencia contraria. Esto quiere decir que frente al mundo posmo contemporáneo y en proceso de división pluricelular, la felicidad en tanto valor hegemónico y predominante de la sociedad pierde de vista el hecho de la relatividad de la vida. En pocas palabras en algún momento de la existencia se habrá de conocer la cara opuesta de la moneda, la infelicidad.

De lo que se trata aquí es de mostrar una metodología para ser infelices. Por tanto se trata de las instancias que se presentan cuando la infelicidad se presenta: frustración, amargura, soledad, depresión, tristeza, nostalgia, melancolía, desesperación, angustia, obsesión, paranoia, fracaso, insignificancia, degradación, como algunas de ellas. Se trata entonces de los pasos y las acciones para ser infelices, que en ningún caso son absolutas, pero que si se llevan a cabo pueden ser efectivas.

Primero que nada abandone a las personas que sientan algún afecto positivo por usted: amigos, familiares, parejas sentimentales, compañeros deportivos, compañeros de parranda y estudio. En segundo lugar evite a toda costa acudir a lugares públicos: salas de cine, museos, centros nocturnos, cafés, restaurantes, parques. Aprenda a aislarse del mundo y a evadir la realidad, deje de leer los periódicos y de ver televisión, evite usar internet para otra cosa que no sea contemplar fragmentos de películas porno (sólo fragmentos pues no estará permitido ver películas enteras para no generar vinculo afectivo). Ponga en su cuenta de red social (facebook o twitter o la que tenga) oraciones depresivas y hostiles, que ataquen la integridad de su perfil o de su imagen para que la gente se aleje y entienda que usted no quiere ni desea establecer relación sana posible. Abandone también las prácticas saludables como caminar, hacer ejercicio, leer un libro, escribir un diario, cocinar con poca grasa. Fume más de una cajetilla de cigarrillos al día y beba cerca de un litro y medio de café. Descarte tener sexo y cualquier tipo de encuentro erótico. Viva en el deber ser, en la obligación de mantenerse aislado, solitario. No sea gentil y en la primera oportunidad que tenga tórnese hostil, agrio y renuente. Mastúrbese de vez en cuando (mientras ve fragmentos de películas porno, de preferencia lésbicas) y deje que sus restos de semen sequen en su ropa interior. No se duche ni asee. No lave sus dientes. Use ropa sucia y trate de comer siempre los mismos alimentos. VEA CON ENVIDIA A SUS CONTEMPORÁNEOS QUE HAN LOGRADO TENER UNA VIDA RESPETABLE Y EXITOSA. Mantenga la pileta de la cocina llena de platos sucios, tenga ceniceros por todas partes infestados de colillas, viva en el desorden absoluto. Duerma de día y actúe de noche. Mantenga la actitud esperpéntica del aislamiento. Si después de todo esto no alcanza a vivir infelizmente, espere a que algún ser querido fallezca o simplemente tenga un desencuentro amoroso o laboral y verá cómo la infelicidad se consagra.

LA HIPERDESESTRUCTURACIÓN INFORMATIVA

Bueno, uno, dos, tres, probando. Bien es sabido que dentro del mundo del periodismo deben existir criterios para validar la información que se transmite. Pero no me cabe duda de que por cada noticia transmitida pasan múltiples hechos que no son noticias, aunque deberían serlo. Por ejemplo, seguramente a un ciudadano afgano poco o nada le puede importar la muerte acontecida el día de hoy de Luis Alberto Spinetta, gran rockero argentino, que para mi es una trágica realidad. Quizá para el ciudadano afgano las noticias más importantes se centrén en la política para el medio oriente que sostienen los Estados Unidos. De igual forma, y de esto se encarga el twitter, la saturación informativa resulta desbordante. Para alguien como yo, que no uso twitter ni me interesa, que vivo en el anacronismo constante, que no me importa un carajillo el devenir histórico de la humanidad actual, que escribo desde una automarginalidad decadente, la novedad y la tradición, la noticia y la reseña histórica, son simples géneros literarios. Y aunque pueda resultar cojonudo y cobarde de mi parte, mi indiferencia encuentra un sustento algorítmico equivalente al sino desgraciado del desprecio humano. Mi utopía, imposible de realizar (evitar la degradación humana) es algo menos que una eyaculación adolescente de mis mal heridos, púberes y primerizos acercamientos con el universo intelectual, del cual por supuesto no formo parte ni por error ni por inclusión ni por oficio ni por algo semejante, aunque sea lo único que me queda hacer mientas esté vivo.

Volver ahora al asunto es cosa de ocio y tiempo libre fermentado. Pues bien, ahora, de cierta forma, intercalo un par de lecturas que para mi son novedad (desde que empecé a leerlas claro) y que muy probablemente para otros no lo sean: Clásicos y modernos de Azorin y El arte de la fuga de Sergio Pitol. En términos literarios podría decir que desde el ángulo que incursiono en tradiciones diferentes, temáticas y estilos distintivos, temporalidades distantes entre sí. Y claro, quizá una de las primeras circunstancias compartidas entre Azorin y Pitol sea la literatura y el español. En Clásicos y modernos Azorin dibuja y escenifica la tradición española literaria, comenta, enjuicia, somete a crítica autores, obras, circunstancias, eventos históricos, sitios, ocasiones, personalidades. Es una suma de cuadrantes que como buen representante de la generación del 98 abre rutas y senderos a explorar otros autores: Machado, Cadalso, Torres de Villaroel, Campoamor, etc. Frente a este escenario ibérico, peninsular y castizo, el escenario con Pitol gira en diversos sentidos y niveles. No sólo en términos de los recursos estilísticos o temáticos, de los episodios que nos son narrados y transcritos con ese discurso abierto y reluciente, no nada más por eso. Digamos que entre Azorin y Pitol muchos eventos literarios han ocurrido. Quizá el tercero en discordia (en mi exclusivo caso peculiarmente degradado) sea Arqueles Vela, que con Pitol comparte el haber estado en la ciudad de Xalapa y que con Azorin comparte la vivencia del modernismo literario y de las vanguardias artísticas en hispanoamérica y en el mundo. Así esta triada de novedades para un servidor (extraviado ciertamente en el siglo XVIII español y europeo, por una parte, y en la literatura española por otra) ciertamente deben ser habituales temas de análisis, conversación, estudio, indagatoria entre otras instancias, de más de una persona en el universo de la globalidad contemporánea. En mi caso son novedades, son noticias de otras latitudes vivenciales, de otros intersticios y de otras vivencias, que se acercan a mi en tanto son una muestra del siglo XX.

¿Qué tiene que ver todo esto con la hyperdesestructuración informativa? El lazo, el vínculo, es el siguiente: si hoy murieron 3786 argentinos por insuficiencia renal el recuerdo se lo lleva la muerte de Spinetta. Si hoy 245 678 individuos escribieron acerca sobre Azorin, Pitol y Vela, el recuerdo se lo llevan la literatura hispanoamericana del siglo XX. En pocas palabras, la cuestión es referencial, pero también es relativa a la pertinencia del dato, de la información. Hace más o menos 30 o 40 años las políticas editoriales y las facilidades para públicar contenidos eran otras a las que se viven el día de hoy. Hoy yo puedo hacer un blog y decir que América fue descubierta por Cristobal Colón el 13 culebra del calendario maya, lo que por supuesto es meramente una suposición. Pero si por mi cuenta me meto a indagar minucias del calendario maya, logro establecer la precisión lunar del día en el que desembarcó Colón en América (a partir del dato aproximado de su llegada a San Salvador)  a partir del calendario gregoriano y confirmo todos estos datos a través de un sistema de verificación cuántico-astronómica, puedo entonces enarbolar mi recién inaugurado blog deciendo que Colón llegó a América el año 13 culebra. Así puedo buscar prácticamente cualquier cosa, independientemente de la existencia de yahoo respuestas. Aunque mi afán sea más bien retroactivo que propositivo. La hyperdesestructuración de la información se remite al hecho innegable de la velocidad con la que las versiones de un hecho informativo se suceden, cambian, se modifican y son susceptibles de verificación o anulación. Pero también tiene que ver con el toque lúdico y ficticio, irreal, de la globosfera internaútica. Otro ejemplo: puedo meterme a traductor de google y escribir frases en español para traducirlas en otros idiomas, pero si desconozco alguna base de ese otro idioma simplemente no tiene sentido por más que busca ingresar a las páginas rusas o griegas o malasias. En ese sentido la hyperdesestructuración informativa es un proceso mediante el cual todo es vigente y deja de serlo, porque todo se mueve en la estratificación virtual de la profundidad internaútica y de la superficialidad subjetiva y viceversa. Aunque bueno, quizá no se trate de tener criterio, sino de ser parte de la red. Al fin de cuentas todo esto es parte del mismo pastiche global.

ENTRE EL 2000 Y EL 2003

Uno, dos, tres, probando, probando. De pronto me viene a la cabeza el recorrido de lecturas realizado en mis años conscientes. No me cabe duda de que entre mis dispersiones intelectuales algo he logrado amalgamar. Pero sin falla los trayectos que he recorrido son desfiguradas siluetas de tradiciones mutiladas. Primero que nada está el afán trunco de hacer lecturas del siglo XX. ¿Qué leer del siglo XX? Hay por si fuera poco una tendencia a la re-edición que extingue el aliento de cualquier intento saludable de revisión. No es mucho lo que he leído. Digamos que más allá de mis petulantes formas y mis ignorantes huecos, mis lecturas se han constituido en señales de exotismo.

Ya vienen a mi memoria los primeros libros:Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, Biografía de un cimarrón de Miguel Barnet, Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas. Digamos que esas fueron las lecturas de mi vida cuando ingresé a estudiar antropología social en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, travesía que duró del año 2000 al año 2003, con algunos desatinos y algunos aciertos. De ese período también localizó agudamente la lectura de Juan Carlos Onetti y el Junta Cadáveres y Astillero. Igualmente me adentré profundamente en la lectura de Carlos Castaneda y sus cuatro volúmenes editados por el Fondo de Cultura Económica.

Pero gradualmente me fue ganando el desaliento y el desgano. Dejé los estudios universitarios y me enfrasqué en la rutinaria dosis de substancias psicoactivas. De ahí es de donde vienen mis desgarres depresivos y mis inseguridades más profundas. Pero también hubo descubrimientos intensos en esa temporada. La lectura de Albert Camus y sus dos primeros libros (El extranjero y El mito de Sísifo) me abrieron al mundo de las causalidades perdidas y de la intelectualidad francesa. Pero sin falla mis dudosos acercamientos al marxismo, al estructuralismo antropológico, a la filosofía simbólica, fueron dosis crueles de realidades que no quise aprehender ni apropiarme por el simple hecho de una rebeldía que hasta ahora se presenta y que termina arruinando mis fieles intentos de ser alguien en el mundo.

A la distancia me fui alejando de la realidad. Mis juicios se fueron volviendo estruendosos e irreales. Comencé a deambular entre el desquiciado aroma de mi pasado y el sin sabor de mi presente. Pero persistí y me dediqué a seguir escribiendo.

Por aquellas fechas no sé si ya existían los blogs, pero no tenía la más mínima idea de que pudiera tener un espacio para escribir y compartir mis ideas. Hoy eso es una realidad que igual puede parecer común pero que en mi caso es mucho más que un simple entretenimiento terapéutico.

Ahora que volteo me percato de que al final nunca he creído en mi futuro.

VIVIR EN UN PAÍS DIVIDIDO NO TIENE PRECIO

El pasado 2010 se llevaron a cabo la celebración de la Independencia de 1810 y de la Revolución de 1910. El gobierno federal no escatimó en tirar la casa por la ventana y enaltecer el sentimiento nacionalista, patriótico y de festejos. Pero la realidad nacional se encontraba muy distante de la fiesta y la algarabía. México es un país de desigualdades históricas que se perpetran generación tras generación, década tras década, siglo tras siglo. Hoy mi país, esta país saqueado, explotado y aparentemente civilizado, se encuentra dividido. Obviamente yo no soy nadie ni tengo el más mínimo atisbo de información para tomar una postura política. Pero el país está dividido. ¿Dividido en qué partes? La parte delictiva, la parte gubernamental, la parte civil, la parte juvenil, la parte senil, la parte femenina, la parte empresarial, la parte marginada, la parte explotada, la parte empoderada, la parte domesticada, la parte burócrata, la parte institucional, la parte políticamente partidaria, la parte rebelde, la parte ni ni, la parte laboral, la parte de economía informal, la parte escolar, la parte universitaria, la parte obrera, entre un sin número de partes más que componen el tejido social mexicano.

Las tendencias generales que yo percibo son: o estás del lado del gobierno y sus implicaciones, o estás del lado del crimen y sus implicaciones. La guerra que se ejecuta en territorio nacional no puede responder sino a las posibilidades reales de un país como este: donde no hay alternativas legales la alternativa es el delito.

Pero repito, yo no tengo el valor moral ni ético para hablar de estos asuntos. Lo que sí noto es que mi país está dividido. Por si esto fuera poco, o de poca relevancia, este año es año electoral. Todo se vale, todo se pierde o se gana en un instante, todos están de oferta, todos se adscriben fielmente a una postura, todos quieren vencer y derrotar al enemigo. Pero aquí la política no deja de ser semejante a un simple torneo de foot ball: hay equipos grandes, equipos medianos y equipos chicos, pero entre todos estos equipos no se arma una buena alineación para dar la cara frente al mundo. Y como además en México el Foot Ball es una de las fuerzas ideológicas y culturales más fuertes que pueda haber (lo atribuyó al trauma de la pérdida del juego de pelota prehispánico arraigado en el inconsciente colectivo nacional como un trama histórico), a pesar de que se traté de una más de las prácticas extranjeras que llegan a México para vulnerarlo y en una de esas brindarle momentos de gloria (como los jóvenes campeones sub 17 del año pasado si mal no recuerdo).  Entonces elegir es estar a favor uno y en contra de los demás. La participación ciudadana y la democracia tienen un valor verbal altísimo que en la realidad se ve rebasado por la carestía, el analfabetismo, la falta de empleos, pero sobre todo por la abominable misión ideológica llamada televisión mexicana.

No quiero ser insistente pero la división en este país es una realidad, aunque claro que yo no tengo ningún valor moral en este asunto, nada más y nada menos porque no leo los periódicos ni me informo, a menos que sea de segunda mano.

¿Cuál es la sensación de vivir en un país dividido? No existe la unión ni la solidaridad ni el respeto. Todos somos sospechosos y vivimos bajo la lógica de las apariencias que engañan. Se vive la narcotización cultural del ambiente, se vive la intoxicación de la juventud, se respira el autoritarismo y la degradación social, se nota la falta de preparación colectiva. Por si esto fuera poco el mundo parece estar dando de sí: crisis económica mundial, reorganización política global, regímenes caídos, intervencionismo militar de Estados Unidos, el viejo truco de la civilización racional que erradica un mal y crea diez males con ello.

Además de esto la tendencia marcada a la condición «postmoderna» de lo contemporáneo me resulta nauseabunda. Finalmente el sometimiento y las dictaduras (enmascaradas o cínicas) prevaleceran. No por nada es el libertinaje la moneda con la que se paga el desequilibrio suscitado. Después de todo yo soy un ente pasivo en la historia, en el mundo. Soy un conformista y mediocre, que si bien no quiere sufrir tampoco quiere exigir un mundo mejor. Pero de que vivo en un país dividido vivo en él.

LA POETICIDAD DE MODA

Los ecos de toda la poesía de la historia se viven en este siglo XXI. La diversificación métrica, de los versos, de los temas y los estilos, más allá de consolidarse en tanto fenómeno estrictamente literario se anidan en otros géneros artísticos, en especial musicales, obviamente musicales: Hip-Hop- Reaggeton, Cumbía, Banda, Balada Romántica, rock and roll, entre tantas otras especies poéticas circulantes en el ambiente hoy en día. El dicho común refiere que de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco. En el fondo la poesía se ha transformado, igualmente, en un artefacto profundizador en apariencia, que termina siendo una reminiscencia de la superficialidad de la época actual. En sentido lato y abierto la poeticidad de moda estriba en el acto poético en tanto expresión que elabora elgantemente la sintaxis discursiva y semántica del mundo, aunque en ocasiones devalúe o exima de valor la realidad que busca expresar. Sin caer en un sistema analítico profundo, el buen gusto y el mal gusto han perdido su legitimidad en haras de una condición de poeticidad postmodernista en el que se privilegía la experiencia subjetiva y de orden versificativo, métrico, músical, metafórico y de tropos retóricos diversos. De tal suerte la poesía, bajo el principio canónico de que toda poesía es excelsa y elevada, ha perdido el sitio estético que tenía en momento de la modernidad, para abrirse a una pluralidad de voces y estilos en ocasiones cuestionables. En este punto incluyo mis intentos poéticos que pueden muy bien en ocasiones carecer de una técnica pulida y de un trabajo metódico, pues son finalmente improvisaciones de mis estados de ánimo.

No cabe duda de que en tanto práctica enaltecida la poesía ocupa un sitio especial en las expresiones verbales. Pero eso no quiere decir que todo lo que se diga poéticamente sea bello ni que todo lo bello se diga necesariamente poéticamente. Recuerdo, parcialmente, la referencia a Witold Gombrowics y su texto Contra los poetas, lectura mutilada en mi imaginario y que fuera motivo de mis más grandes crudas creativas y mis menores esfuerzos de pulimentación creativa de mis trabajos poéticos. Sin embargo, y dada mi transición al género narrativo y novelesco, en circunstancias tales he decidido escribir este comunicado como forma de manifestar el hecho de que la poesía, en tanto género literario y acto global, no se circunscribe a una tradición literaria o técnica ni a un canon definido de ante mano, sobre todo y en especial en nuestros días, dado que la diversificación generalizada del acto poético abarca un conglomerado de expresiones, muchas de las cuales no podrían si quiera ser tachadas de poéticas aunque tengan esas pretensiones. Un ejemplo de esto se encuentra en los distintos espacios que abarcan una noción vaga del verso castellano ubicados en el portal Metroflog. En otras noticias la poeticidad inherente al siglo XXI no podrá constituirse en argumento creativo en tanto no persista su búsqueda y exploración. De cualquier forma las preferencias lectoras, en peligro de extinción, abren rutas y senderos por los cuales es posible la construcción de un ámbito poético mejor definido, armónica y estéticamente.

Por si esto resultara poco relevante, el hecho de la verosimilitud y de la subjetividad oscilantes son vestigios de que en el terreno de la versificación contemporánea hay una serie de expresiones verbales mayor o menormente articuladas. En este sentido el apelativo y el nombre ‘poeta’ no se restringe a un oficio y una forma de escribir o verbalizar la vida, pues en el peor de los casos la poesía trasciende el plano literario y abarca los planos de la vida cotidiana y general. No por nada las temáticas amorosas y románticas de los versos que se citan con frecuencia o se crean con facilidad, reflejan los momentos del declive creativo en términos de originalidad poética, al hacer de la escritura de poesía una actividad u ortodoxa o heterodoxa, inscrita en el marco de las tradiciones occidentales popularizadas. Cabe entonces distinguir, nuevamente pero con un dejo de anacronismo, entre alta cultura, cultura popular, cultura de masas, cultura de élite, entre otras formas en las que la cultura se crea, se transmite, se transforma y se acentúa.

Como remate cabe decir que no toda la poesía es poesía ni todos los poetas son poetas. En pocas palabras, el verso no es sinónimo de belleza.

CRÓNICA NECROPÁTICA DESDE LA TARDE DE UNA CITA QUE NO FUE CITA

Hoy tomé el camino rápido primero. Un par de horas después estaba inmerso en el sitio menos pensado, habitualmente menos pensado, bajo la circunstancia obligada, en el contexto renovado y rehabilitado: el cubículo de mi jefe. Después de estar un tiempo en el lugar, emprendí el regreso al centro de la ciudad para ingerir mis alimentos y acercarme al sitio donde tendría lugar una reunión con una chica que conocía por facebook. Fui a comer a mi fonda favorita del mercado de San José, disfruté de las tortillas hechas a mano, de la sopa de fideos y del bistec a la mexicana habituales. El agua era de tamarindo. Arroz y frijoles obligatorios. Pensé, por un momento, en la noticia, mala noticia, que ví en el facebook de la chica con la que me iba a encontrar: le habían robado su celular, su lap, su dinero. Al enterarme por la mañana de esa noticia pensé en recordarle de nuestro encuentro pero no lo hice. Después de comer pensé que tal vez no iría a nuestra cita. Al final de cuentas no tuve la reunión con ella. Pero la espera fue bastante relajada, nada de neurosis ni angustia, nada de coraje, nada de eso: un par de americanos, cigarrillos y uno de los sitios concurridos del centro xalapeño. Al cabo de una hora y media cambié de ubicación, pues tenía otro encuentro en otro café con otra persona: asuntos de trabajo.  En el inter recordé una tarea de una asignatura universitaria que estoy llevando: leer el periódico y seguir la trayectoria de una temática elegida entre varias. Al fin de cuentas terminé comprando el diario Milenio, el nacional. Luego llegué al otro café, pedí otro americano, un vaso de agua, evité fumar  (pues acaba de terminar un cigarrillo) y me decidí a ingresar al mundo de la prensa nacional. Hoy, entonces, leí algunas notas periodísticas. Al final lo hice por la tarea, pero lo hice. Y aunque no sea completamente  elocuente mencionar que de entre las pocas notas que leí no recuerdo muy bien ninguna, también es cierto que de entrada pude ver que al final de cuenta mi simplicidad y monotonía se rompen ante el caudal diverso de las versiones de la realidad. Pienso entonces que tal vez soy demasiado egomaniaco, ególatra, egoísta, al creer que un sitio como este blog pueda estar despreciablemente desvinculado de “la realidad” nacional. Tal vez no sea otra cosa más que el recorrido hacia la muerte de mi forma de vida pasada el que se manifiesta esta vez. Sin embargo, y dado que no soy un intelectual stricto sensu, no me será permitido verter una opinión sobre el mundo xalapeño contemporáneo y su circunstancia actual, a partir de mis ignorantes y nulas formas participativas. Sin embargo, y dado que se trata de un recorrido necropático, el deslinde precisa la concerniente elaboración de un relato verosímil (por ello el hecho es la cita que no fue cita y el fenómeno es la compra y lectura del periódico) so pretexto de un esquema retórico y argumentativo distante de la ficcionalización personal y del decurso longitudinal del balance personal y la consciencia fraguada en esas horas de café: me da miedo la belleza, la belleza particular y concreta de una mujer (misteriosa mujer) que suele aparecer en mi vida de tiempo en tiempo (desde hace 10 años) y que es sencillamente (bajo cualquier lógica normal de socialización) inaccesible a mi entorno inmediato.

Y por eso hablo ahora de la muerte de mi vida pasada o al menos de la muerte de una parte de esa vida. Aunque debo aclarar que habré de mantenerme fiel a la adrenalina y obsesión de encontrarme con esa misteriosa mujer que desde sus primeras apariciones ha sido un motor y un motivo primordial para mi creación personal. Más que una musa, más que una heroina, más que un amor platónico, más que una modelo femenino, esta mujer se ha tornado mi arquetipo de belleza, pero debo aclarar que el último recuerdo que tengo de ella es haciéndome un baile nudista en un table dance (sin duda mi obsesión se torna materialmente imposible dada una lógica secuencial de mis recuerdos a su lado, historia de habré de relatar en otro momento y que incluye los momentos más extraños y álgidos de mi existencia, junto con una combinación explosiva de drogas, sexo y cortejo). Finalmente es circunstancial el hecho de que yo me haya pasado prácticamente toda la tarde pensando en esta chica misteriosa (justo antes de cambiar de café, conseguir el periódico e ir al otro establecimiento y leer un poco). Tal vez lo que intento decir es que después de todo mi obsesión por ella no morirá jamás (lleva 10 años viva).

DE LA NUEVA QUERELLA ENTRE ANTIGUOS Y MODERNOS

En el siglo XVII los clásicos franceses se abalanzaron en una controversia importante y radical que fue llamada la querella entre antiguos y modernos. Sin profundizar en una búsqueda ardua en la red, debo confesar que mis conocimientos sobre ese tópico de la cultura occidental no es del todo conveniente. Pero ese rótulo es mucho más explícito que categórico: plantea la disyuntiva entre lo viejo y lo nuevo, entre lo autorizado y lo primerizo, entre un conocimiento cimentado en el devenir histórico y la espontaneidad de algo “novedoso”. En ese sentido cabe afirmarse que en cuanto a la occidentalidad y sus tradiciones, el ámbito de alcance de esta discusión entre lo precedente y lo contemporáneo es sin duda uno de los argumentos de construcción definitivos. Al estudiar una carrera universitaria, al buscar tener una trayectoria literaria o al decidir atajar alguna temática, se decide recurrir al canon correspondiente o a los vestigios de mayor fidelidad sobre el asunto o cuestión. Aunque este puede ser un método acertado, y en el mejor de los casos el único, la querella entre antiguos y modernos, esa disputa entre lo nuevo y lo viejo, se ha mantenido viva y vigente en todos los ámbitos de la vida. Peor aún, dada la voracidad de la fase capitalista en la que nos encontramos (donde la acumulación es uno de los valores predominantes junto con el consumo, la estética cosmética, la salud física y el fanatismo), dado también las nuevas formas de autoritarismo diversas y dadas, igualmente, las coordenadas inexpugnables de las crisis actuales, lo viejo y lo nuevo, en sus relaciones, mantienen vinculado, en tiempos de cambios drásticos, el pasado con el presente. ¿Qué significa esto? Pongamos algunos hechos evidentes y obvios sobre la mesa. Antes de que existiera Internet el mundo funcionaba de una forma distinta: cartas, periódicos, libros, telegramas, llamadas telefónicas, emisiones de radio, programas de televisión, todo el tiempo estaba cifrado bajo otro tipo de rutinas y de mecanismos, que daban una sensación de tiempo muy diferente a la que ahora, con Internet, se puede obtener, donde lo inmediato, donde un clic, es el único límite. Hace 50 años uno debía esperar recibir una carta durante meses o semanas para después contestarla y esperar meses a que llegara una respuesta. Los intercambios se diversificaban a partir de los medios comunicativos precedentes al uso actual de las tecnologías, es decir, por las noches se hablaba por teléfono de larga distancia, pues las tarifas eran más económicas. Si había una emergencia se iba a la oficina postal a mandar un telegrama. Cuando se trataba de una asunto confidencial se hacía uso del correo postal. Pero la oferta comunicativa estaba marcada por ritmos muy distintos a los de hoy. Actualmente uno puede mandar un correo electrónico y recibir respuesta en el mismo día, incluso en la misma hora, todo depende de que la otra persona haya leído el correo. Hoy en día uno puedo conectar casi con cualquier persona, aunque obviamente las conexiones que se tienen responden a las actividades que se realizan. He ahí el factor decisivo, para un servidor, de la nueva querella entre antiguos y modernos, con la salvedad de que en este siglo XXI las diferencias en los niveles de experiencias, conocimientos, prácticas, sitios de consulta y búsqueda, usos y abusos tecnológicos, entre algunos otros, son factores que no pueden cuantificarse fácilmente ni pueden englobarse a partir de un patrón único como hace 300 o 400 años se podía saber de un filósofo sí conocía o no la tradición filosófica a partir de las obras a las que recurría para su argumentación, aunque esto, claro está, es solamente mi forma de intuir que así fueron las cosas. En el fondo, el asunto de lo anterior y de lo contemporáneo, consigue  agrupar y crear vínculos de distinto grado en todos los sectores activos de la vida. Por ello, hoy en día, la querella entre antiguos y modernos no es con respecto a lo que queda vivo del siglo XX, sino con respecto a lo que está por venir en el siglo XXI, aunque actualmente los flujos de las masas no sean, particularmente, mensurables.

¿AHORA QUÉ DIGO SI NO TENGO NADA QUE DECIRLE AL UNIVERSO? (DEJÉ DE GRITAR Y VUELVE LA CRUDA MORAL)

Revolvamos un poco el ámbito de la textualidad, coloquemos el acento en otro sitio, hagamos de cuenta que no existen las reglas gramaticales, claudiquemos a la sonoridad de las cosas: veamos perfiles en metroflog. Después de un vistazo, la multiplicidad ortográfica y las nuevas tipologías reguetoneras. Los días, el devenir y el espasmoso ridículo de seguir con este viejo modelo, con esta obsolecencia naufraga. También escribo desde la inocencia, desde el abismado terreno de una unicidad quebrada: no sé pero imagino a los cristianos predicando palabras para convertirme, porque mis perversiones, estas perversiones que son mi creatividad, se tornan instantes igualmente quebrados. Pero repito, escribo desde la inocente unicidad de mi individualidad y me siento atemorizado por el mundo y sus reuniones.

Imagino a las personas normales como demasiado normales, demasiado intrépidas, demasiado vivas. Yo soy este que se adjudica las circunstancias negativas. Por eso encima de todo los reinos pornográficos, los descubrimientos científicos, discovery channel, NatGeo, en fin, la diversificación del tiempo que está de moda, la postmodernidad que lleva casi 50 años construyéndose. Después el recuerdo de Jean-Françoise Lyotard y su Condición postmoderna, la discusión con Jürgen Habermas, el silencio de los proyectos de modernidad y la lectura de Josep Picó. Pero entre tanto, el marasmo de mi intelectualidad que se fabrica sin método ni disciplina. Estos vómitos de ideas, los ciclos infinitos en el laberinto de mis extravíos: ¿Dónde están los psicoanalistas? ¿Dónde están Karl Jung, Sigmund Freud,Erich Fromm, Jacques Lacan? ¿Dónde encontrar los vestigios de una tradición como la que mis lagunas mentales fabrican? El método de la psicosis, el despilfarre y el deterioro afectivo, perderme en palabras. Volver a los perfiles de metroflog y encontrar esa sintaxis directa, vulgar, humanoide, changoide, de deformación ad infinitum. Y me encuentro y me doy de topes contra el mundo. La virtualidad es muchos lugares, es todo, es algo inaudito. Y pienso en los que leerán esto (¿quién puede leer aquí algo que se conjugue con la vida actual?). Post-pasado post-después post-entrada. El siglo XXI, la belleza y la estupidez unidas en un sólo confín, la inteligencia y la miseria unidas en los trayectos desfigurados de la cultura. Caminar en mis pensamientos y llegar al expendio de café, comprar medio kilo, volver a casa, todo en mi imaginación. Debería atenerme al estado de las cosas, al ethos, dejar de lado el pathos que conlleva mi personalidad. Desquiciado en el trance del pasado postmodernista, donde todo se vale, donde existe la hyperculturalidad y el exceso retórico, donde se vive el auge de la malicia. Después mi sangre que sigue fluyendo en mi cuerpo.

DE CÓMO NO TENDRÉ LA GRAN AUDIENCIA DE MI LADO PRONTO

Pienso en la complejidad de este intento, de estas piezas discursivas que avasallan la pupila poco adiestrada y fácilmente domesticada al género audiovisual, en el que prácticamente no hace falta leer nada (al menos que se trate de una extraña película sub-titulada). El mundo está cambiando en muchas direcciones y me atrevo a decir que Internet es una metafísica cierta e infinita. ¿Pero no es acaso una dura prueba leer algo de lo que aquí vierto? ¿No es incluso imposible pensar en una forma como la gramatopoeticografía? ¿Acaso no es verdad que más allá de una acumulación léxica los escritos aquí expuestos son parte subjetiva y subjetivada de esta intelectualidad desechable que ostento?
Tremendo asunto que ahora me atañe, en especial porque no busco, exclusivamente, el mero ornamento estilístico cuando invoco todos los tonos discursivos que aquí se presentan. Entonces me vino a la cabeza el hecho de saber (tremenda cuestión) sobre los niveles de analfabetismo actuales, porque si de por si mis escritos conllevan una complejidad al leerse, además existe un gran número de personas que ni siquiera pueden llegar a leer lo que escribo.

Para la UNESCO, el pasado 8 de septiembre de 2011 (día mundial de la alfabetización), el número de analfabetos estimado en el mundo es de 793 millones de adultos, 67 millones de niños (que no asisten a la escuela) y 72 millones de adolescentes (que tampoco cursan estudios escolares). En total tendríamos que 932 millones de personas en el mundo que son analfabetas, según las estadísticas de la organización antes mencionada. En el caso de México, según el diario El universal (fechado el 8 de septiembre del año 2011) la cifra de analfabetas asciende a 8.9 millones. Pero estos números no dicen nada si no tomamos en cuenta la población mundial y la población nacional. Ahora realicemos el ejercicio de comparación. La población mundial  en 2011, según datos de Wikipedia, se acercó a 7000 millones de personas, mientras que para México, la población nacional en 2010 fue de 112 336 538 personas. Ahora bien, sin que yo sea un estadista, me pregunto: en el mundo hay 7000 millones de personas de las cuales 793 millones son analfabetas, mientras que en México tenemos una población de 112 336 538 personas y una población analfabeta de 8.9 millones, entonces  de los 6 207 millones de personas que sí saben leer ¿cuántos serán lectores de español? y por otra parte de la población mexicana ¿será cierto que descontando a los analfabetas la población en México es de: 112 336 529.1 personas? De lo cual deduciría ¿cuantos de esa porción de la población podrían estar interesados en leer un blog como este? Añado por tanto el factor numérico, que en realidad no dice mucho pues se trata de cálculos poco estrictos y razonables. Aunado a eso WordPress no está de moda, lo de hoy, lo de hoy, es tener un blog en tumblr, tuitear, microblogear o ser parte de un colectivo. Por lo tanto, las oportunidades de que mi sitio pueda ser leído, visitado, disminuyen considerablemente. Además de los 7000 millones de personas del mundo es seguro que 358 millones de personas hablan español, dentre las cuales se encuentran mis potenciales lectores, mientras que el caso mexicano me revela que de los 112 336 529.1 habitantes que sí saben leer y escribir únicamente son leídos al año 2.8 libros, donde lo que se lee primordialmente es el libro vaquero (especie de comic erótico, burlesco y de aventura), por lo que seguramente no encontraré audiencia certera entre el gran público nacional (que por si fuera poco tiene otro tipo de hábitos virtuales, no precisamente leer).

Con todo esto no he tratado sino de poner el énfasis en las circunstancias adversas que marcan la presencia de este, mi blog: de los 358 millones de hispanohablantes ¿cuántos podrán saber de la existencia de este proyecto? ¿a cuántos puede atrapar la idea de una gramatopoeticografía? ¿cuántos no dirán que es simplemente un ocio intelectualizado este blog? ¿qué número de personas volverán aquí? Lo que es un hecho, más allá de los números, es que en este mundo virtual, en este tiempo globalizado, lo que gobierna es el género audiovisual (no estoy seguro de si subir una serie de cápsulas a un servidor de vídeo y luego ponerlas aquí, pero para como está la seguridad en mi país dudo llevarlo a cabo pronto). Finalmente, en busca de esa respuesta incierta, yo perseguiré mis pesadillas y las pondré aquí (aunque con otras palabras).

BELLEZA COSMÉTICA Y JUVENTUD: RAÍCES FALACES DE MI FORMACIÓN PSICOLÓGICA

¿Cómo empiezo esta entrada? Bueno, pues tal vez no deba seguir presumiendo con mi léxico elaborado. Es una realidad que la ignorancia predomina y se mantiene como una forma cómoda de comprender la realidad. Yo mismo, al vivir desinformado, promuevo la ignorancia. Ni hablar. Aunque de lo que quiero hablar esta vez es de la belleza juvenil, de la madurez corporal, de la voluptuosa situación en la que ser joven implica una alta dosis de sensualidad, al menos desde el punto de vista de la estética de los símbolos sexuales. En mis tiempos, o sea hace ya algunos años, los modelos de belleza estaban ofrecidos por mujeres como Michel Pfeiffer y Judi Foster. Angelina Jolie empezaba a ser ese símbolo que ahora es. Shakira iniciaba su carrera con rimbombante cuerpazo. Frente a ese universo femenino se erguiría gradualmente el reino de las nuevas juventudes: las pornográficas, las reguetoneras, las pop, las facebookeras, las twitteras, que ahora dominan el sistema de representaciones y acciones de las tendencias masivas actuales: Lady Gaga, Beyonce, Rhiana, etc. Ahora estoy omitiendo a esas chicas más próximas a mi experiencia adolescente: Cameron Diaz, Christina Aguilera, Britney Spears, de entre las figuras más representativas. Lo cierto es que la juventud cada vez más está dada en función de una conducta sexual. Y no me extraña por el simple hecho de la reproductividad como negocio trasnacional. Pero en este universo femenino existen, además de los icónicos modelos y símbolos sexuales, el hecho de que en estos tiempos el sexo se ha convertido en el modo de entretenimiento más recurrente. Pero la juventud no es sólamente diversión, aunque así lo parece. Imagino entonces a las spring breakers gringas en Can Cun o en otra playa del caribe mexicano. Deben hacer orgías, deben divertirse, deben conocer el turismo sexual. Para eso funciona también este modelo comunicativo, para tener sexo con quien sea compatible con uno. Entonces me imagino a las mujeres que se han decidido firmemente por ser madres y tener una familia y educar a sus hijos y trabajar y crecer profesionalmente. Me refiero a esas mujeres que ahora pueden tener entre 25 y 35 años y que se encargan de llevar las riendas de un hogar. Para ellas ciertamente el sexo es algo distinto que para las spring breakers gringas, aunque tal vez alguna de ellas haya sido spring breaker.
Y me viene a la cabeza el imaginario que debe haber en el mundo cuando el sexo es uno de los principales valores: en revistas, en periódicos, en portales, en páginas de internet, en buscadores, en todas partes hay sexo, asociado, sin duda, a un cierto tipo de belleza. Incluso el Hentai y el Manga japoneses implican sexo. Y donde hay sexo hay ese tipo de belleza de las mujeres famosas de las que he hablado. Porque al final de cuentas la proyección que se hace desde el mundo de la farándula a la población sobre el sexo (sin tocar una visión de cine de arte) no es más que el recordatorio de la animalidad y el arrobamiento pasional. Pero vamos, hay de animalidades a animalidades. Porque en términos de actividad el sexo está presente en todos los mamíferos. Pero nosotros, los humanos, ahora nos encargamos de vivir en este mundo libertino donde el sexo es valioso, primordial, muy necesario. Donde parece haber una brecha entre los proyectos legítimos ante las necesidades poblaciones (cambiantes a cada momento) y la vivencia hedonista del sexo como actividad legitima de diversión que incluye una representación cosmética del cuerpo, del placer, de la sensibilidad y del tiempo, donde lo que más vale es la eterna juventud y el golpe del momento. Lo duradero se ha vuelto anacrónico, aunque claro que hay cosas duraderas.

Sin embargo es muy probable que sea mi óptica de las cosas la que esté distorsionando el mundo, pues en el trasfondo de todo la oferta cultural del universo llamado internet es amplísima y los temas referentes al sexo son intrínsecos a toda actividad humana. Aunque yo insisto en que en estos tiempos el sexo es sin duda una motivación fundamental para ciertos sectores de la población. Por supuesto que moverse en este terreno puede ser vacío, superficial, irresponsable y poco comprometido con problemas más reales, como la iniquidad económica, la injusticia social, el hambre en el mundo, la falta de educación escolar y el analfabetismo, las luchas de los pueblos indígenas o los frentes ciudadanos, entre muchas otras instancias que son situaciones mucho más profundas y complejas que el acto sexual mercantilizado.

Por mi parte, y ya para finalizar, he de confesar que muy probablemente lo que me ha movido a escribir aquí es el hecho de evidenciar que mi observación de las representaciones sexuales contemporáneas es limitada y escueta, incluso es cómplice de grandes mecanismos de cautiverio psicológico y que en ese sentido soy una persona que vive la recrudecida situación de la contemplación pornográfica desde los 9 años de edad hasta la fecha. Esto significa que he crecido biológicamente, pero no psíquicamente, pues en el fondo mis referentes sexuales están distorsionados y se mantienen vigentes a partir de las formas simbólicas y violentas del mundo pornográfico, irreal, falso, cosmético y exagerado. Pero la belleza en la juventud va mucho más allá del cuerpo, mucho más allá de las apariencias. Tendría que definir muchas circunstancias antes de poder decir qué es bello para mi.

LECTURAS INICIALES DISPERSAS

Pues bien hace más o menos unos 13 años, en aquel distante 1999, me aventuré a realizar un viaje con unos grandiosos amigos a la paradisíaca playa oaxaqueña llamada Puerto Escondido. Por aquellos tiempos mis principales ocupaciones eran tener novia, tocar la guitarra, leer, escribir y, por supuesto, terminar el bachillerato. Había tenido distintos acercamientos literarios fructuosos: me acerqué a Herman Hesse y leí su libro El juego de los abalorios; estaba interesado en profundizar en algunos temas desprendidos de la lectura de El arte de amar de Erich Fromm; me interesé por leer algo de historia regional del caribe; igualmente había encontrado en Miguel Barnet y su Biografía de un cimarrón suficientes motivos para continuar leyendo. Pero si mal no recuerdo tenía deseos de leer El capital de Karl Marx, hacer una revista, escribir, compartir mis escritos. En el fondo lo que buscaba era ese acto que se llama publicar, aunque ciertamente no concebía ni tenía suficiente consciencia para saber que mis textos pudieran circular públicamente. En pocas palabras, iniciaba mis primeros acercamientos al mundo de las letras y de la escritura. Volviendo al relato de la aventura playera, hay pocos recuerdos que realmente valgan la pena de aquella vez. Sin duda las primeras borracheras con los cuates, algún romance e infidelidad a la novia, el sol, la playa, los bikinis, el deseo juvenil de ligar, el primer toque de mota, ya saben, cosas de adolescentes. Pero dado que estaba iniciando mis actividades literarias (sin escuela ni maestros) no pudo faltar aquella vez una lectura que radicalmente me abrió las puertas de un mundo urbano, oscuro, tétrico por momentos y por momentos brillante. Husmeando en la biblioteca de mi madre pude localizar un libro de Roberto Artl: El juguete rabioso, editado por Sudamericana. Lo empecé a leer en la playa, en mis ratos de bronceado. Fue impactante. Digamos que llegué a Artl por escuchar a Fito Páez y una canción del disco que hizo con Joaquín Sabina que se titula Tengo una muñeca que regala besos. En dicha canción hay una referencia a un libro viejo de Roberto Artl. De ahí fue que inicie la búsqueda en la casa y terminé encontrando tres volúmenes de ese autor argentino (los cuales leí en el transcurso de un año). Pero digamos que son las vacaciones de semana santa, estoy en Puerto Escondido con unos amigos, me divierto en la fiesta, conozco a una chica linda y en mis ratos libres leo un poco de ese libro. Lo curioso es que por aquel tiempo mi cuerpo es más juvenil, está bien entrenado y es apto para el deporte. Teníamos entonces una rutina claramente delimitada: desayuno, playa, comida, fut bol playero, baño, antro y ligue, fin de la jornada. Éramos unos chavos que tenían sus primeras experiencias solos, sin la vigilancia familiar, experimentando unas deliciosas vacaciones. De la lectura de Roberto Artl recuerdo que me fue conduciendo por los barrios bajos de Buenos Aires, me mostró el léxico porteño, me hizo vivir eso que es la parte literaria de Argentina, pero igualmente me permitió disfrutar relaciones interiores con imágenes desconocidas (por ejemplo el uso de la palabra cana, que es carcel): me hizo finalmente ver que me gustaba leer, que lo disfrutaba, aunque yo no supiera un carajo de géneros literarios ni de tradiciones o escuelas ni menos de corrientes y tendencias estéticas. Fu al fin, uno de los primeros libros que pude saborear en mis primeros acercamientos a la lectura.

PANORÁMICA EXISTENCIAL DE UN ITINERARIO DE LECTURAS IMPOSIBLE HASTA HOY

Terminé la lectura del libro Clásicos y modernos de Azorín. Me costó su tiempo concluir, mi lectura fue indisciplinada y entre cortada. Pero es curiosa la relación que guardan algunas de mis adquisiciones literarias con este autor de la generación de 1898. No fue Miguel de Unamuno ni Ramón del Valle-Inclán quienes me asombraron con su trabajo. Fue Azorín. Diré brevemente que me encuentro interesado en la historia de la literatura española y que reúno una colección de autores de diversas latitudes temporales: Cervantes, Quevedo, Garcilaso de la Vega, Fernando Rojas, Feijoo, Luzán, Moratín, Cadalso, Jovellanos, Iriarte, Menéndez y Pelayo, Menéndez Pidal, Marañon, Díaz-Plaja, no sé, son una multitud de autores.  Y por supuesto que mi cabeza se ha estado dando de topes desde que pude leer La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies del aragonés Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea. No se trata, como puede parecerlo, de un recurso ilustrativo ni de un afán de erudición. Quizá sea más bien una deuda histórica personal con cierta línea paterna. ¿Qué tiene que ver todo esto con terminar la lectura de Azorín? Irremediablemente me encuentro perdido en las longitudes infinitas de la literatura española, aunque de literatura española contemporánea cada vez conozco menos. Curiosamente y sin saberlo ciertamente obtuve hace unos años un libro de crítica e historia literaria que abarca el modernismo y la generación del 98 (la cual termino confundiendo con la generación de García Lorca, Pedro Salinas, Rafael Alberti, que es más bien la del 27). Nótese por tanto que mis extravíos intelectuales actuales responden a un motor inextinguible que se levantó en mi interior desde que supe de Luzán. Entonces divago en realizar estudios sobre la tradición crítica en España o en realizar una comparativa del siglo XVIII europeo bajo el definitivo rótulo de la ilustración hasta la revolución francesa de 1789. Divago en reflexionar la modernidad temprana española, trazarla, vincularla con los acontecimientos hispanoamericanos, con las colonias españolas en América y el régimen cultural y artístico de los dominios de la corona en transición borbónica. Sé tangencialmente de la existencia de la leyenda negrade España y ante mi innegable interés no puedo sino reconocer mi

falta de guía, mi extravío.

¿Qué tiene que ver todo esto con terminar la lectura de Azorín? Bueno, la Independencia de México que fue firmada por Juan D’Odonoju y Agustín de Iturbide, celebrada hace año y medio en territorio nacional, es uno de los pretextos primordiales para acercarme a la cultura española. Al final de cuentas hay personas en México que han mantenido sus vínculos estrechos con la madre patria y su cultura, su historia, sus sucesos. No niego que peco, como todo mexicano promedio, de malinchismo. ¿Por qué no  leer a Fernández de Lizardi o a Alfonso Reyes, a Octavio Paz o a Héctor Aguilar Camín, a Angeles Mastreta o a Carlos Monsiváis, a José Joaquín Blanco o a Alberto Ruy Sánchez (entre un inmenso y creciente número de autores mexicanos)? ¿Qué me conduce a España y no a México? Creo que terminaré siendo una víctima de pesquisas dispersas y de conocimientos distantes, terminaré cayendo en una actividad anacrónica (mi actitud ya es anacronística) y por si fuera poco (dada la distancia de mis contemporéneos) seguramente acabaré escribiendo desde la reclusión de lo que para algunos se conoce como la torre de marfil (en remembranza de algunas palabras de Sergio Pitol en el Arte de la fuga). Pero concluir la lectura de Azorín me permite dar un paso en dirección a la tradición hispánica, a la tradición española. ¿Dónde quedan Goya y Velázquez? ¿Dónde quedan los Habsburgo y dónde los Borbones? ¿Dónde se incrustan, en este recorrido personal y truculento, la guerra civil española de 1936, el anarquismo español, el socialismo hispánico, la dictadura de Franco? Quizá debería recurrir igualmente a Pérez Galdós a Bécquer y Góngora, pero de ellos curiosamente no he encontrado libro alguno, salvo ciertos volúmenes que me han sido obsequiados. ¿Entonces será que busco pensar el nacionalismo mexicano desde el nacionalismo español? ¿será entonces que finalmente la sangre me ha llamado y ha decidido que indague mi historia hispánica? Es simplemente el fin de una lectura. Una forma de vomitar mis ideas, mis sensaciones, mis fantasmagorías actuales.

Por si esto fuera poco, radical y longevo, no puedo organizar mis lecturas, no sé hacerlo, menos ahora que deambulo en pasillos universitarios nuevamente, pasillos en los cuales se me imponen líneas, ritmos, métodos, esquemas y formas de realizar textos, escritos y discursos. ¿Cómo ordeno mis lecturas? Además quisiera comenzar a leer algunas cosas en inglés y me encuentro fatalmente extraviado en la occidentalidad del asunto, la visión de esa cosmovisión cuyo origen mítico es la escritura y el inicio de la Historia (que para los posmodernistas ha muerto) y la conjunción de mi heterodoxia científico social humanística. No me cabe la menor duda que terminar de leer a Azorín ha sido un acontecimiento.

LA PÉRDIDA DE MEMORIA Y ESTE SIGLO XVIII INABARCABLE

Evidentemente no tengo un método de trabajo o más bien mi método es la improvisación. Sin embargo, recientemente he decidido ingresar a realizar estudios académicos de Historia para ir consolidando algún método que me permita avanzar en mis distintos proyectos de investigación, indagación u ocio intelectual. Digamos que en términos macrodimensionales mis intereses parten de presupuestos delimitados por algunos de los últimos vestigios intelectuales del siglo XX, como lo son la disputa entre modernidad y postmodernidad, el fin de la guerra fría, la decadencia marxista en tanto sistema explicativo, la revisión de la ilustración, las disciplinas simbólicas, la filosofía del lenguaje o la escritura como fenómeno de la cultura occidental. Resulta un tanto evidente que mis dispersiones (que abarcan una práctica heterodoxa entre literatura y poesía, filosofía y ciencias sociales, lingüística y antropología) me han conducido a un estadio en el que predominan asuntos aparentemente inconexos entre sí: ¿qué tiene que ver la narrativa cubana de mediados del siglo XX con la filosofía del conocimiento neopositivista? ¿cuáles son los puntos de encuentro entre la concepción léxico-hispánica de la cultura en los primeros diccionarios de la Real Academia de la Lengua y la reflexión antropológica occidental de lo cultural? ¿cómo se relaciona la filología y las ciencias sociales? No me cabe duda de que mis extravíos, mis escasos delineamientos y esta complejidad teleológicamente moderna me conduce al callejón sin salida en el cual me encuentro, aunque no todo es nadar de muertito en el universo de las ideas.

Mis primeros acercamientos al siglo XVIII se dieron en mi adolescencia, cuando me interne paulatinamente en la escucha de algunas obras de Wolfgang Amadeus Mozart, especialmente su Requiem y algunos conciertos de piano. Así mi ingreso al siglo de las luces, del cual conocía muy poco debido a mis clases de historia, me fue revelado a través de un recorrido musical que en realidad nunca he terminado de esbozar: de Johann Sebastian Bach a Mozart, del barroco al clasicismo musical, de los sistemas monárquicos a la revolución francesa. Notoriamente este recorrido, que abarca entre otros autores a aquellos que Alejo Carpentier utilizar en su Concierto Barroco, no inquietaron tanto como el genio Mozartiano, por lo que tampoco me propuse sistematizar una investigación sobre autores, estilos y formas musicales de aquel siglo de las luces.

Al paso de los años, digamos que a los 19 0 20, me fue posible acercarme a las ciencias sociales, y con ello descubrir que en aquel siglo XVIII, del cual iba teniendo gradualmente más consciencia, se encuentran la mayor parte de los principales sustentos de lo que Wilhelm Diltheyllama las ciencias del espíritu (geisteswissenschaften) en oposición a las ciencias de la naturaleza (naturwissenschaften). En ese sentido mi ingreso a la filosofía (primero con la lectura del Mundo de Sofía de Jostein Gaarner) fue definitivo para seguir accediendo, gradualmente, a esta latitud temporal. Otro factor de vital importancia fue mi inquietud ideológica deriva de la tradición marxista occidental que me conectó con la lectura de Erich Fromm o Herbert Marcuse, de los cuales me fue posible encontrar líneas y recorridos hacia el idealismo alemán del siglo XVIII.

Frente a estas realidades me interne, sospechosamente y sin saberlo, en la lectura de autores franceses del siglo XVII, como La Fontaine (sus fábulas libertinas) o La bruyere (Los carácteres), lo que me condujo indudablemente a Descartes (discurso del método) y al racionalismo y clasicismo de la Francia de ese siglo. Pero en cuanto a los filósofos y escritores franceses del XVIII (Diderot, Voltaire, Rousseua, Montesquie, entre otros) reconozco mi alejamiento y falta de lecturas (quizá la única que tengo en mi, que además recuerdo escasamente, es la del Conde de Buffón y su Discurso sobre el estilo).

Pero ante este constante baile temporal, tomando al siglo XVIII como una referencia concreta, no fue sino a partir de algunos conocimientos literarios más específicos que me fue posible armar un mapa más constructivo de aquella Europa distante. Primero que nada, y desconociendo casi por completo al romanticismo alemán e inglés, encontré en una biblioteca una poética de una autor español publicada en 1737 y reeditada en 1789. El autor, un erudito aragonés que fuera alumno de Jean Baptiste Vico en Italia, representa con su obra una verdadera hazaña literaria para le España del XVIII, que en términos del contexto europeo general vive una transición monárquica y sufre un proceso de afrancesamiento inevitable debido a la casa Borbónica que ocupa la monarquía de la corona española. Así, ingresé al siglo XVIII español con más dudas y lagunas mentales que conocimientos. Pero inquietamente comencé a desarrollar una cierta hipótesis de trabajo que al cabo de los años me ha conducido a recopilar libros de autores españoles de dicho siglo, Feijoo, Jovellanos, Moratin, Iriarte, Cadalso, entre los que he conseguido. En este sentido ha sido de suma utilidad la lectura de la Historia literaria de Europa de Paul Van Tieghem y el trabajo de historia de M.S. Anderson titulado La Europa del siglo XVIII (1713-1789).

Pero entre el descubrimiento literario hispánico y al recorrido filosófico se abrió ante la mí la

inquietud prevaleciente en la distinción entre modernidad y postmodernidad. La modernidad, que para diversos autores es indisociable de la ilustración francesa del XVIII, marcó una trayectoria ascendente, progresista y modulada por el conocimiento y la ciencia, en aras de establecer un régimen civilizado universal, bajo el supuesto de la hegemonía cultural occidental y sus formas de expresión (arte, ciencia, tecnología, conocimiento, progreso, capitalismo, entre otros). Así, la modernidad abarca una postura y una tendencia que orienta los esfuerzos al mejoramiento cultural, a la asimilación y uniformidad política (a través del Estado nación y de sus fuerzas ejecutivas), estableciendo a su vez la fórmula que acompaña la normativa pragmática: el progreso como una forma futura, alcanzable, prioritaria e inscrita en la ecuación de una moral del desarrollo uniforme, unilíneal, ascendente y acumulativo. Será hacia la década de los setentas del siglo, con el fuerte trabajo de Jean-Françoise Lyotar La condición Postmoderna, donde se pueda encontrar el inicio de los puntos de ruptura con la interpretación de la modernidad y se abrirán los senderos (algunos cuestionados ampliamente por Jürgen Habermas) que conducirán a la conformación de un pensamiento postmodernista, en el que se acentúa el valor de la ruptura con la idea de progreso y los grandes relatos y narraciones, la multiplicidad  particular frente a la idea de lo universal absoluto, la transformación de las relaciones políticas en el seno del Estado nacional (que ahora será multinacional, plural a la vez que trasnacional) y los cambios en el régimen político que implican nuevas formas de acumulación de la riqueza, nuevos mecanismos de distribución del conocimiento, la creación de redes institucionales amplías y el poder crear, en este campo, nuevas jugadas, diferentes a las que operan a partir de los principios de la modernidad. Bajo este debate, entre los partidarios de una y otra postura, me interné en lecturas más o menos comprendidas, más o menos interpretadas, más o menos digeridas. Así, con este panorama me fue posible darle una valor axiomático personal y primigenio al siglo XVIII.

Finalmente me ha sido permitido vislumbrar algunos otros puntos de conexión en torno a la temporalidad dieciochesca: primero la relación entre España y sus colonias en América (específicamente con Nueva España) y también la expulsión de los jesuitas de los territorios de la corona española (1767); segundo la inminente conformación de una modernidad ilustrada y civil en el marco de las revoluciones de las trece colonias (1776), de la revolución burguesa en Francia (1789) y de la revolución industrial (1750); y tercero la necesaria ruptura ideológica y cultural entre los modelos político-económicos monárquicos y los modelos burgueses, al igual que un cambio en las expresiones culturales y artísticas que asoman el inicio de una nueva configuración sensible, intelectual y axiológica, así como nuevas formas de relaciones sociales, contratos jurídicos y formas de organización (nacionalismos emergentes a principios del siglo XIX).

De muchas formas este ha sido el recorrido de mis aventuras en el XVIII, el cual comparto ahora bajo una determinada lógica de búsqueda (intelectual, creativa y humanística) desde mi heterodoxia particular, que si bien puede ofrecer un panorama obscuro y distorsionado por su falta de rigor metodológico, también da avisos de esta inquietud que me acompaña desde hace años: el siglo de las luces.

CONFESIÓN ALARGADA

Estoy consciente de que hay cosas más interesantes en Internet que este blog. De entrada cabe destacarse el mundo informativo (con todo y su censura), ya que actualmente la crisis global parece estar abriendo paso a tensiones radicales que pueden evidentemente desembocan en la movilización de los indignados, por ejemplo. Y aunque no me cabe duda de que soy un burgués clase mediero sin criterio ni coordenadas culturales precisas, sin postura política, sin arraigo (mi postura es quizá una de esas que en la actualidad es políticamente incorrecta), que por si fuera poco vivo en el sustancial ímpetu de mis improvisaciones y que al parecer lo único que busco es tener un poco de fama (aparentemente claro), no por eso voy a poner en duda que en este blog existe una propuesta cultural. Amorfa quizás, confusa quizás, pseudo literaria quizás, pero propuesta al fin. No niego por ello que exista una inmensa brecha entre mis creaciones y mis intentos y el mundo circundante.

Pago por tanto el precio de la desinformación. No quiero ser protagonista de nada y más bien vivo automarginándome de los acontecimientos.  Mi escepticismo se ha transformado en una postura semi neutral que deviene en los intentos panfletarios aquí expuestos. Pero no siempre he sido esta persona. En algún tiempo creí en la revolución, creía en el marxismo, creía en el cambio, en la transformación social. Hubo un tiempo, muy ingenuo desde mi hoy, en el que no me dejaba llevar por el lado injusto del mundo. Pero lo que yo sentía como parte de mis principios fue desmoronándose en pesimismo, derrotismo, apatía, insensibilidad. No por nada fue sucumbiendo a las tentaciones del mundo occidental (ser alguien en el mundo, tener reconocimientos, trabajar, ser productivo) y también en sus mayores trampas (drogas, excesos, pornografía, perversiones, enfermedades). Y aunque no soy un mártir del contexto en el que he vivido, también es verdad que cada vez formo menos parte de un contexto social.

Carezco de objetivos en la vida. No soy un emprendedor. Si el spleen existe, eso que llamará Charles Baudelaire de esa forma, entonces yo vivo en ese spleen. Pero claro que lo que prevalece es mi ignorancia, la contradicción entre ser intrascendente y querer ser trascendental, mi vano esfuerzo de poner en palabras los tropiezos que emergen de mi cabeza arruinada, el fastidio de saberme insignificante para el resto del mundo, la consciencia de estar al margen del mundo y de los círculos y de las amistades y de los grupos. A nadie le tiene porque importar que argumento las excusas para vivir en la pasividad. Soy en muchos sentidos un residuo del siglo XX y como tal no tengo propuesta ni tengo asidero ni raíces ni tradiciones ni formo parte de alguna escuela a corriente y más bien soy un átomo extraviado en el mar de las creaciones humanas.

No creo por tanto en la cultura, no creo en la felicidad, no creo en el placer ni creo en el crecimiento. No creo en el grupos literarios, no creo en lo social ni creo en el acto de compartir. Mi envidia es autofágica, autodestructiva: soy un común deteriorado, degradado, un ente perdido, carente de significado y de espacio, mutilación de recuerdos putrefactos. No creo en el optimismo ni tengo esperanzas. Insuflo mi ego y vivo dilapidando mi voz. Vivo la agonía y no quiero luchar, no quiero cambiar, no quiero vivir en el mundo, no quiero ser parte del siglo XXI, no quiero ser hombre, no quiero ser humano, no quiero dejar legado en el mundo, no quiero sembrar ni cosechar, no quiero tener hijos ni esposa ni novia, no quiero transformar la sociedad, no quiero actuar ni quiero ser parte de nada. Vivo entonces en la más cruda indiferencia, en estos tiempos en los que hay que elegir y tomar partido, en los que hay que estar conectado, intercomunicado, ser parte del mundo y sus diversas agrupaciones. No escribo para los poderosos ni para los pobres ni para nadie. Escribo porque si no podría vivir. Escribo porque no sé hacer otra cosa y no creo que pueda aprender a hacer algo distinto. Soy un vida desperdiciada, una persona desperdiciada en sus neurosis y sus ocios, en sus ideas desquiciadas, en sus investigaciones truncas, en sus lagunas de ideas y su prepotencia de querer abarcar algo humano. No busco el aliento ni el aire ni el regocijo. Mi destrucción es una forma de captar el eco del mundo. El mundo me fue heredado y no sólo lo he hecho cada vez peor. No creo que algo pueda cambiar en mi.

NAVEGAR POR LOS SENDEROS DE CRONOLOGÍAS DISTANTES

Tengo 30 años. He vivido la transición de un siglo XX al XXI. Tengo cierta experiencia vital. Me gusta leer y escribir. Padezco de un tipo de esquizofrenia debido a un alto consumo de drogas, las cuales he dejado de usar para poder vivir más plenamente. Conocí la vida de burdeles y table dances. No tengo novia. Sé tocar la guitarra. Tengo intereses humanísticos abarcadores. Mantengo un estilo literario obtuso y cerrado, intelectualizado irracionalmente. Vivo del método indisciplinado. Soy un libertino en muchos sentidos. Un gran sentimiento moral me embarga al grado de victimizarme y mantener viva una culpabilidad inmensa. No tengo esposa ni hijos.

Escribo este blog en términos expresivos, en tanto forma rota del álgebra de mis adentros. Carezco de referencias precisas y vivo el extravío constante del aislamiento y la soledad. Como diría una buena amiga, me he vuelto un holograma virtual. 

Ahora intento armar un relato particular, crónica perdida de mis 30 años. La pulsión autobiográfica es de una delicadeza y de un peligro extremoso. ¿Qué puede importar estar aquí en el mundo? ¿Cuántos temas de interés puede haber ahora mismo? ¿Mi actualidad es vigente o es anacrónica? Vivo el instante sacudido de mi abyección. Cada vez fumo más cigarrillos, hago menos ejercicio, tomo más café. Indago fragmentos y porciones de ideas aisladas. No me cabe duda de que en el fondo el vértigo de estar perdido es el que sacude mi mentalidad, mi ideario, eso que he plasmado sin saber y sin ser consciente.

El año pasado terminé de escribir una novela bastante inusual que ahora está en proceso de corrección. Me gustaría publicarla, pero no sé si sea posible. Además estoy en pláticas con una editorial para ver si publico mis ensayos literarios. Pero todo el tiempo se mueve dentro de mí la duda, la inquietud, la pregunta: ¿vale algo mi trabajo? Además noto que me cuesta mucho tener relaciones públicas saludables. Soy bastante cretino y convenenciero, eso parece en ocasiones. Y entonces mis lazos de amistad son nulos. Quedo solo y aislado, fuera del mundo. Por si fuera poco no tengo muchos campos de acción. También por eso escribo este blog, como una forma de soliloquio, de autoafirmación monológica.

Por si acaso me quedan lecturas mutiladas, tengo proyectos de lectura inabarcables, navego por siglos desconocidos, vivo la fatalidad del ocio y la aburrición. Pero mantengo la urdimbre de nociones y de escuelas contradictorias, de disciplinas y tendencias intelectuales diversas: me gusta la complejidad explicativa y aunque he dejado de construir teorías también es cierto que mis ideas se inscriben especialmente en el recorrido parcial que he hecho del siglo XX, del XIX, del XVIII, pero hasta ahí nada más. Creo en la modernidad como un proyecto trunco, soy en ese sentido Habermasiano. De hermenéutica no conozco lo suficiente pero debería estar al tanto de Ricouer y Gadamer. Me mantengo distante del deconstruccionismo, aunque un tiempo me agradó Derrida. Me hubiera gustado realizar un análisis crítico del estructuralismo literario y antropológico. No lo hice porque no me daba tiempo de abarcar a Barthes y Leví-Strauss junto con Todorov y Godelier. Tampoco he leído completo a Sloterdijk, lo que es parte del desfase en el que vivo. Cada día confundo más arte con ciencia, como en el renacimiento que estaban pegados uno de la otra. No niego que mis dispersiones incluyen pretensiones ideales que se vuelven frustraciones continuas: leer el I Ching o la novela Tabaco de Dimiter Dimov, retomar la lectura de la poética y de la retórica de Luzán, leer a los ilustrados franceses, conocer el canon literario mexicano, especialmente el narrativo, o averiguar las líneas generales de la querella entre antiguos y modernos. Al final lo único que queda es la dispersión, la desidia, la nefasta escritura de lo que termino por no hacer. Me doblega el instinto y termino redactando estos vómitos, estos escritos, estas porciones interiores que no logran formar un rompecabezas: diluida mi intención abarcadora no logro establecer una lógica de aprendizaje y termino quedando fuera del margen tolerable de lo aceptable, al menos en tanto prosigo ensamblando el tejido incierto de mis elucubraciones falaces.

No salgo a la calle, no voy a leer a los cafés ni tampoco tengo un cuaderno de notas. Este blog es mi diario, mi bitácora, mi sitio de apuntes (destartalados apuntes e ideas, compases rotos, algoritmos inverosímiles, trueque lingüístico de proporciones anárquicas). Mientras contemplo los movimientos más generalizados de los otros, del mundo, de esos que buscan un mejor país, una mejor distribución económica, de esos que luchan y se resisten y se rebelan contra las fuerzas hegemónicas, me encuentro tibio e indeciso, frágil y en una lucha quijotesca, fantasmal y abismalmente terrible. La negativa se vuelve certidumbre de voces y de falta de consciencia. El mundo ha cambiado, el mundo está cambiando, son otros tiempos y yo me encuentro en uno de los márgenes del movimiento. Estático, esteticista y contundentemente distante, perdido en una capitulación del siglo XX que no alcanzo a terminar, en ideas de libros, en fragmentos de investigaciones que se abren y no se concluyen, mi distancia de los contemporáneos es rotunda, aunque por ahí existan ciertos vínculos abiertos: hay que leer a los otros y saber de los otros, hay que ver el mérito en los otros y citar a los otros, hay que seguir el principio de autoridad, otros reflexionan lo que uno ya ha pensado, otros escriben y son leídos, otros se agrupan y se unen, otros se mantienen tenaces en el intervalo de la lucha. Yo sigo un camino que evoca terrenos yermos y estériles: la senda de un individuo hundido en sus frustraciones y su prejuicios, en sus traumas y sus derrotas, que en ocasiones logra vislumbrar un atisbo de alegría, una porción de felicidad, un eco de un pasado glorioso que se rompió con el paso de los años. Pensar es un privilegio, leer también. Proliferación de ideas y de voces y de autores y uno extraviado en el inmenso mundo de las creaciones, en el decurso de los pensamientos que encuentra cauce. Terminar: un espasmo pendiente de autores y temas. Los recuerdos de una lógica ordenada teleológicamente son causas del deterioro final de esta mente tangencial.

VÓMITO DE TARDE FLOJA

Extraviado en este presente sin forma mis ideas permutan álgebra por ruido. Ahora, en este intervalo, una consciencia quebradiza y el aire alquitranado en mi boca, mis dedos y mis pulmones. Recuerdo otros días y otros tiempos, otros lugares, otros momentos. Vivir este nudo afectivo y moral es una realidad cruel y efímera que se anquilosa y se vuelve pesadumbre. Mis impulsos viajeros se hallan mermados.  Me encuentro solo en este páramo intelectual que es mi intento de refugio, mi esperanza de una época gris y desolada, como lugar por donde ha pasado la último bomba atómica de los tiempos. Camino por las calles buscando reconocimiento. Deambulo por los lugares menos interesantes del planeta. Extraviado estoy en el universo de las culturas superfluas.

Debería leer los periódicos y enterarme de lo que viven los otros: huelga en España, guerra en Malí, expropiación petrolera en Argentina, elecciones en Francia, México y Estados Unidos, etcétera. Pero no lo hago y termino construyendo un criterio de rumores inciertos y de falaces sensacionalismos. Entiendo y siento repulsión por el auge de la cultura entendida como expresión artística y forma intelectual. Descubro cómo el paso de los años me ha mantenido alejado del devenir de los acontecimientos: el mundo ha cambiado demasiado en muy poco tiempo.

A la distancia mis intentos de etnografíar el oriente o el cuerpo occidental, mi crítica a la epistheme clásica, mis pesquisas sobre la modernidad, mis lecturas filosóficas, la amalgama rota de la intelectualidad francesa del siglo XX, de la literatura hispanoamericana del siglo XX, del marximos occidental del siglo XX, del auge y desarrollo de las ciencias sociales en el siglo XX, de este siglo XX que me mantiene atrapado en búsquedas fútiles. En contraste el extravío en el siglo XVIII y la recomposición de un estilo prosaico degenerado. Mis versos falaces, mis reflexiones truncas, mi criterio inconexo, en esta postura política neutra, indiferente, antisocial.

Las disputas por la herencia de una temporalidad distante, en proceso de distanciamiento: ese siglo XX que deja su huella y que es ahora superado. Entonces la trampa del tiempo y de las ideas, el regreso a un paraíso artificial, la decadencia idiomática, el acto intertextual que no se deja maniatar, la figura retórica torcida, latitudes distantes, historias distantes, pasos de otras vidas y otras voces: lecturas pendientes, libros viejos, método trunco, Descartes, La Fontaine, La Bruyere.

Indisciplinadamente la transición al mundo virtual y el eco reminiscente de la soledad: el peligro de extraviarse en Internet y de no saber usarlo o usarlo de una forma poco productiva. El imperio del entretenimiento frente al imperio de las ideas, lo simple y lo complejo, loa descriptivo y lo prescriptivo, la norma y el margen, el eco de otros autores en el ámbito abismal de la configuración mental.

Una biblioteca mal organizada, papeles y proyectos de escritos, el auge virtual, la periodicidad ergonómica del verso mal logrado y este vómito que ejerce un poder repulsivo de consciencia: los mismos autores que me vienen a la mente, descubrir que detrás de un libro escrito hay muchos libros leídos, indagar rutas, investigar, descifrar, igual que lo hice con la Filosofía estética de José Vasconcelos que me condujo a La risa de Henri Bergson y a la Función de la razón de Whitehead o el Varón de Münchhausen. Las pistas y los recorridos, los antecesores, los precedentes, el impulso de la formación y los trayectos recorridos, donde la literatura es más que escritura.

También haber perdido la distinción entre pornografía y erotismo, haber destruido la máquina sensible para darle paso a lo horroroso y explícito. Tener un calendario de Play boy en el baño y ver chicas desnudas cada mes. Tener trunca la lectura de Pornotopia de Beatriz Preciado, querer ahondar en lecturas feministas y en la historia de las mujeres, no iniciar la lectura de Porno para mujeres de Erika Lust, vivir desfigurado en ese complejo simbólico concreto de la indisiplina autoinflingida. NO TENER NOVIA NI AMANTE CONSTANTE. Germinar el impulso sexual en contemplaciones estériles y vacuas. Después reír por el acto irreverente.

Finalmente el interés que sigue vigente, escribir y morir escribiendo.

FRAGMENTOS INTRODUCTORIOS DE UNA INTELECTUALIDAD DESECHABLE

Moverse en el terreno de las ideas implica el conocimiento histórico de las vertientes del pensamiento que se busca enfatizar. No cabe duda de que el conocimiento está parcelado, dividido. De no ser así no existirían las múltiples disciplinas que buscan conocer diversas realidades. Pero dado que desconozco los principios epistemológicos generales de las ciencias y me he interesado prioritariamente en las humanidades, dado además de que he ido planteando algunos de los puntos en los que he navegado dentro del terreno de las ideas, en esta ocasión me propongo establecer los argumentos de la intelectualidad desechable. Su explicación se centra en el acto reflexivo y la contradicción aparente de su impermanencia, es decir, hoy una corriente de pensamiento es desplazada más rápidamente en términos de su hegemonía explicativa, aunque la convivencia entre posturas divergentes sea parte de dicha contradicción aparente.

El parámetro de la tendencia moderna, eso que yo he de llamar el trauma de la modernidad, habría de abarcar la secuencia líneal y progresiva de hitos y de cimas, de hazañas y de triunfos, de logros y descubrimientos. Los meta-relatos sociales, narrativos y explicativos de una realidad física tangible y verificable, derivados de la idea positiva de ciencia y de las premisas que derivaron en proyectos de ingeniería social, son fuentes que sustentan el hecho del control mediante la apropiación del conocimiento.

La tendencia postmoderna habrá de abarcar una serie de contraposiciones a la idea absoluta, a la verdad absoluta, a la única verdad. Se rompe así la óptica que medía y distinguía, que discriminaba y excluía, para dar  paso a una contemplación amplía y abierta, cuyas dimensiones no se restringen a una realidad homogénea y determinada, sino diversa e indefinida.

Frente a esto el mundo de las ideas parece haberse escindido, disparado y fundido, en una serie de eclectisismos derivados del pastiche y su generalización. Todo se convierte en referencialidad e intertextualidad, en cita, en memoria y precedente. Lo cambiante es el ángulo interpretativo, la explicación originalmente compuesta, la explicación compleja, lo que Lyotard llama una nueva jugada. No en balde es a partir del lenguaje y de la comunicación, del acto comprensivo que se suscita en estos ámbitos, que la condición postmoderna se abre como posibilidad de individuación.

Tendrá que tomarse en cuenta, además, que las diferencias disciplinarias no responden a realidades diferentes sino a formas de aprehenderlas distintas, aunque igualmente el meta-relato de la realidad como unidad comprensible ha perdido su valor y se localiza en el eje de las diacronías desplazadas de su semantización oficial.

Entonces no es gratuito que surjan corrientes acríticas o criticistas, desctructivistas o constructivistas, movidas hacia el ecléctico mecanismo del anything goes. Pero las tendencias igualmente están inscritas en corrientes claramente detectables: el pensamiento occidental en sus vertientes hegemónicas primordiales, la europea y la estadounidense. Igualmente, en este terreno, el mundo occidental ha quedado marcado por ese sentir vacuo, incierto, donde parece suscitarse un procedimiento de desobjetivación y otro de hypersubjetivación: no hay objetos pero hay muchos sujetos.

ESTA NOCHE

Tengo un cajón lleno de libretas con poemas sueltos que nunca he trabajado.

Conservo mis archivos con expedientes que abarcan reflexiones sobre antropología del cuerpo, el valor cultural y social de la escritura, el mundo oriental o la filosofía taoista. Igualmente mantengo algunos cuentos y narraciones, bocetos para proyectos de novelas y guiones y algunos otros documentos. Alguna vez alguien me dijo que de deshiciera de todos esos papeles. En mi empecinamiento vital puedo decir que esos papeles son las pocas pertenencias que tengo en este mundo, aunque no quiero sonar tan fatalista.
Recuerdo con nitidez aquel trabajo de investigación que hice sobre el tiempo de Marx, trabajo que terminé destruyendo en un arranque de ira y del cual no tengo ningún tipo de respaldo. Quizá de lo que se trata es de que en el fondo uno va armando su archivo personal, de lecturas, de escritos, de autores, de corrientes. Yo por ejemplo no conozco nada contemporáneo ni tampoco me muevo en las modas literarias, aunque mis intentos por ser un exquisito son meros reflejos de huecos exóticos del conocimiento, por ejemplo mi inquietud por el siglo XVIII español.

En muchos sentidos construyo este blog como una forma de bitácora en la que puedo enfatizar mi falta de método o más bien lo caótico de mi metodología creativa. No por nada la sección de pornopoiesis (que pudiera causar vergüenza e incluso repulsión a cierto tipo de lector) implica un esfuerzo por establecer en esta exégesis el desorden como forma creativa.

Igualmente me relaciono con la creación indagando en inquietudes cuestionables (volviendo al ejemplo de la pornopoiesis y la pornografía). Pero tampoco es cierto que carezco de cierta postura, por momentos tibia y por momentos nihilista y escéptica, sobre los resultados de mis fórmulas creativas experimentales. Por ende busco la salida cómoda y termino improvisando algunos párrafos, aunque mis trayectos de lecturas quedan mutilados y se mueven también en el desorden.

Volviendo a ese tema he adquirido algunos textos de Mario Benedetti, quien fuera uno de los primeros escritores hispanoamericanos que leyera con interés genuino. Otros intereses, más teóricos, me conducen por los terrenos de la cultura escrita, la escritura, el alfabeto y la secuencia diacrónica que se puede establecer a partir del siglo VIII a.c. hasta nuestros días, sin tomar en cuenta los orígenes de la escritura en Mesopotamia. Esto conecta directamente con la inquieta y necesaria revisión (imposible por sus dimensiones) que me ofrece un tema como la imprenta y la transformación al texto electrónico (fenómeno vivido cada vez que escribo aquí).

Al fin de cuentas termino por no abarcar algo. Me pierdo, me zambullo en improvisaciones y termino sin trabajar. Pese a esto estoy leyendo Filosofía Americana de Francisco Larroyo publicado por la UNAM en el año de 1958. Curiosamente este volumen fue donado por Edmunod O’Gorman a una biblioteca pública y terminó en mis manos. Entonces me rompo la cabeza deambulando entre mis nociones parciales del siglo XX: en 1959 fue publicado El laberinto de la soledad de Octavio Paz (si mal no recuerdo), pero para el año de 1970 ya existía y estaba presente una amplia escuela postmodernista, encabezada por antropólogos como Clifford Geertz y James Clifford, desde donde localizo los aportes de Lyotard y el hecho irrefutable de la diferencia entre modernidad y moderniso (que me conduce de vuelta a Octavio Paz).

Entonces regreso a La filosofía estética de José Vasconcelos, vuelvo al Pueblo del sol de Alfonso Caso, recuerdo no haber leído a Salvador Toscano y me inclino por rememorar los principios del indigenismo mexicano del siglo XX. Entonces se levanta en mi la sombra de las lecturas mutiladas y de los autores y escuelas mutiladas. La parcialidad de mis informaciones, los registros fragmentarios, las porciones y la asistematicidad de mis pesquisas. Vuelvo a la década de los años 90′s de ese siglo XX y me envuelvo en autores consagrados en la actualidad, solo para ver que mis contemporáneos ya están donde sus esfuerzos los han colocado. Yo en cambio dilapidé muchos años en rimbombancias psicóticas. No se trata de pagar un precio sino de ver truncos mis ideales y mis objetivos. Entonces veo que he logrado la práctica de la desobjetivación. Me vuelco al silencio de la noche y termino notando que hoy no supe avanzar un poco. Mi conclusión es que soy un avorazado y que en algún momento deberé ceder a otros lineamientos.

Termino esto y pienso que el día no duró todo lo que debía, pero al menos he logrado darme esta pauta para la siguiente explosión creadora.

PORNOGRAFÍA Y ARIDEZ INTELECTUAL

Los hechos registrados por el espectro cultural pornográfico pueden ser focalizados como exposiciones nítidas de carácter impersonal, arbitrario y exagerado. Más allá de una psicotización sexual, dada a partir de una actividad sexual obsesiva y desordenada, la vivencia y saturación pornográfica, en su dimensión heterosexual, pone de relieve el auge y la prominencia del sexo como actividad primordial del entretenimiento. Por ello vivir en el siglo XXI puede ser semejante a vivir en los tiempos del sexo.

No cabe duda de que en cuanto al universo de la pornográfica se refiere el hecho innegable es que el mundo se encontrará dividido entre aquellos partidarios de las representaciones pornográficas y aquellas personas que las rechacen como formas de la cultura. Igualmente habrá una polaridad entre productores de porno y población antiporno, generándose una serie de espectadores, contempladores y receptores en mayor o menor medida de los contenidos pornográficos.

Un aspecto importante, al menos para esta entrada, es aquel que hace referencia a la aridez intelectual en cuanto al mundo de la pornografía, pues se trata de un ámbito más bien corporal, gimnástico, en donde el plano y función de las ideas queda relegado, anulado y mutilado. El lenguaje es inarticulado, se vuelve onomatopéico, gestual y gutural. El acto comunicativo se transforma en un acto carnal, en donde no importa el uso del lenguaje, pero si de la lengua.

Frente a este universo más bien deportivo y corporal, el universo de las ideas se abre como una forma de acceso a las tradiciones y las escuelas históricamente constituidas en el devenir del pensamiento occidental. En ese sentido el terreno de la intelectualidad es más bien una forma de acercamiento y explicación del mundo, dado un sistema coordinado de teoremas, argumentos y estructuras que reflejan, describen o explican alguna porción de la realidad.

Pero la dicotomía entre cuerpo e razón, entre materia e idea, hace alusión a los sistemas filosóficos platónico y aristotélico, en principio, aunque conducido al momento de la modernidad cabría recordar el racionalismo de Descartes o la crítica de la razón pura de Kant, en tanto formas de aproximación al hecho diferencial entre materia e idea.  Sin embargo, el imperio de lo corporal también encontrará sustento en el hecho innegable de las prácticas culturales, de las representaciones y de los arquetipos de belleza, de los modelos hegemónicos de salud o de la función cosmética de la higiene. En ese sentido tanto la intelectualidad como la corporeidad estarán sujetas al espectro mayor de la cultura en la que se inscriban, incluyendo el sistema económico estético y las tendencias imperantes en el ámbito de la farándula.

Pero de lo que no cabe duda es de que en el mundo de la pornografía lo que menos parece importar es la idea, el intelecto, aunque no cabe duda de que me refiere a cierto tipo particular de pornografía, más comercial, menos artística y elaborada, más directa y convencional.

IDOLOS TRAS ESTE ALTAR Y ALGUNAS PREGUNTAS FRESCAS

¿Para qué tipo de personas la pornografía es una violentación de su sexualidad? ¿Quienes ostentan un pudor victoriano que cause un efecto adverso a una experiencia estética cercana a la pornografía? ¿Cómo se vive un blog como este que busca ofrecer intentos intelectualizados, imágenes mutiladas de mujeres porno, poemas, creaciones? ¿Se trata de una búsqueda creativa estéril o por el contrario es más bien una obsesión demente e improductiva? ¿Habrá alguien que deseé censurar este intento? ¿Qué tiene que ver la literatura con el mundo contemporáneo de la pornografía?

Muchas más interrogantes pueden abrirse desde la perspectiva de una crítica constructiva a este intento de exégisis. En tanto interpretación no cuenta, por momentos, con la calidez y la calidad de un cuerpo doctrinario sino más bien panfletario. Pero no se mueve en el terreno del morbo común. Se trata por tanto de una interpretación que puede ser rota a partir de la Historia de la sexualidad escrita por Michel Foucault, aunque desde el punto de vista genérico y la perspectiva del erotismo de Georges Bataille, sin considerar aspectos de psicoanálisis, el intento es más bien de reciclaje cultural, de darle forma nueva a expresiones que descontextualizadas pueden tener un valor distinto a su valor original. De ahí la distorsión visual de la imagen de la mujer porno, sin que por ello no se haya pensado en la imagen del hombre porno también. Pero en tanto expresión individual se trata de la conjugación de la soledad personal, la falta de pareja sexual, el impulso creador y el desgarre traumático de la psicotización sexual pornográfica.

Claro está que habrá personas que se encuentren terriblemente decepcionadas con los contenidos de esta bitácora. Pero también los habrá quienes la encuentren interesante. No dudo, por lo tanto, de que en ese sentido mi filia neológicista (de crear palabras) puede analizarse desde la perspectiva psicoanalítica de Jacques Lacan y su teoría del lenguaje. Pero a partir de la ruptura con el instinto esquizoide que permuta mis palabras en ideas, o más bien en autores y frases, cabe mencionarse que dentro de la circunspección del transgresor, entendido como lo entiende Susan Sontag, no cabe ninguna duda de que en este blog se escribe y se publican visiones interiores, parciales, que derivan en un archivo mutilado, falaz e inconsistente, donde la obsesión sexual se torna un motor creativo. Como en otros casos, la pulsión constriñe el eco de una vida moralmente sana, pero tampoco está dentro de los objetivos de este blog tener una postura inmoral, aunque pueda ser que más de un visitante quede consternado. Sin embargo, la intensidad retórica y figurativa que exalta tanto el nivel poético como el nivel visual, no carece de un cierto grado de retroalimentación y de herencia cultural (lecturas dispersas, averiguaciones, intentos de investigación, escritos diversos, entre otras formas). Al final no se busca ofender ni violentar ni agredir a nadie. Esperemos que eso no ocurra en ningún caso.

INTRODUCCIÓN AL ESPASMO DE UNA NOCHE COMÚN

Estuve pendiente de las tendencias teóricas que circundaban el ambiente intelectual. No logré mantener correspondencia con alguno de mis contemporáneos ni tampoco figurar en las nóminas de la literatura oficial. A cambio de eso radiqué en una ciudad que no me parecía interesante pese a su amplia oferta cultural. Igualmente carecí de orientación y de guía hasta que tuve el arrojo de acercarme a un escritor de verdad. Al final obtuve libros, amistad y cariño.

Desde cierta óptica encontré autores de diversas nacionalidades, inmersos en disputas, corrientes y escuelas en pugna. Pero nada de eso llenaba mi deseo por anclarme a un pasado seguro, cierto, coherente. Fabricaba esbozos de investigaciones que nunca llevaba a cabo. Compraba libros usados en librerías de segunda mano. Evitaba, reiteradamente, hablar con mis contemporáneos. Los desconocía intencionalmente, aunque algunos de ellos tenían un grupo literario de cierta relevancia del cual no creo haber formado parte.

De nuevo con los asuntos teóricos, más bien explicativos de diversas dinámicas sociales, me inquietaba pensar en que moriría de una forma dramática, cruel y convencional: enfermo de algo mortal, solo, sin renombre.

Cuando abría los ojos por la mañana no buscaba un libro sino un cigarro. Cuando los cerraba por la noche no buscaba un libro sino un cigarro. Me adentré gradualmente en la dinámica destructiva del olvido, en la psicotización sexual, en le deterioro psíquico, en la idea perturbante de considerarme un maldito cuando se trataba de una anacronismo. Conocí los excesos y me mantuve fuera de ciertos convencionalismos. Dilapidé mi juventud entre drogas, mujeres, poesía, estudios truncos. Desistí de mantener un compromiso político estable. Hasta que un día comencé a rumorar mi renuncia a este siglo XXI. Quédense con todo decía. Yo renunció decía. Es su siglo XXI, su planeta, su vida, su tiempo, decía. Yo no valgo ni soy relevante, afirmaba. Y desde los balcones abiertos de un tiempo resquebrajado por infernales viajes de floripondio y de hongos alucinógenos, desde el vaiven de una pulsión tanática que se desbarataba con una esperanza fútil de de vivir, me acercaba a los abismos profundos de incomprensibles fragmentos de aire.

Otros hicieron una vida pulcra. Otros conquistaron sus sueños. Otros vivieron aventuras y corrieron riesgos. Yo me enfrasqué en un mundo antinatural, antisocial, hyperconecptual. No indagué en autores italianos como Antonio Gramsci y su Risorgimento o Benedetto Croce y su estética ni leí a Leopardí ni a Dante o Petrarca. A cambio tenía un compendio de historia literaria europea desde el renacimiento hasta el siglo XX. Gran cosa. Entonces creía en la narración histórico-literaria de un holandés llamado Paul Van Tieghem que había investigado, osadamente, la tradición literaria europea. Un asunto más de la modernidad, obsoleta e impertinente.

No me inquietaron los contextos intelectuales europeos del siglo XX. Ni el neopositivismo lógico ni el surrealismo ni el dadaísmo ni el marxismo ni el existencialismo ni el estructuralismo ni el historicismo ni el postmodernismo. A cambio navegué por el indigenismo mexicano, por la literatura testimonial de Miguel Barnet y de Carlos Castaneda y Ricardo Pozas. No leí a Borges ni profundicé en Cortazar ni en Onetti. Al que más leí de los argentinos fue a Artl. Pretendí leer Facundo, pero terminé leyendo Martín Fierro de Miguel Hernández.

Entonces tuve cumpleaños. Tuve amigas. Tuve novias. Tuve putas. Tuve deseos de seguir muriendo y de aprender a conspirar contra mi existencia. Eso que llaman autosabotaje. Aprendí a evitar la literatura nacional. Fui verdaderamente un malinchista mexicano, uno más de los que prefieren lo ajeno a lo propio. Escuchaba rock argentino en lugar de nacional. Leía literatura cubana en lugar de nacional. Compraba discos de autores norteamericanos en lugar de nacionales. Viví en un país destrozado y no alcancé a ver que su cultura era algo que me alejaba.

Llegaron los decibeles atómicos de la memoria y terminé creyendo que estaba enfermo. Vivi entonces mi enfermedad y en ella fui el cínico que quedó atrapado en instantes flagelantes, tormentosos, certeros de amargura. Acabaré siendo carne para los gusanos.

UNA AUSENCIA MENOS

Carezco de consciencia histórica. Actualmente mi país se encuentra en un momento crítico: divisiones sociales, desigualdad, pobreza, corrupción, no sé que más, pero es mucho más. Yo vivo en una burbuja de comodidades. Vivo en la esfera del confort y obviamente carezco de consciencia histórica, de consciencia de clase, de motivación política. Nada me salva de ser un borrego, un fanático, un seguidor. No tengo interés por las informaciones diversas de las candidaturas políticas. Pero este año, año electoral, no cae duda de que el rumbo de México vuelve a entrar en cuestionamiento y definición.

Mi escepticismo no es nuevo y está relacionado con el hecho inevitable de mi juventud traumática: exceso de drogas, estudios truncos, aislamiento, distanciamiento de los medios de comunicación, lecturas excéntricas, autores exóticos y raros, alejamiento de tendencias generales, automarginalidad autorealizada.

Y no me es extraña la forma y la silueta de esta nación, aunque me sea completamente extraña su distribución política, su conformación económica, sus contradicciones en la distribución de la riqueza y las pugnas de cada seis años por la presidencia, que se ha vuelto “el pastel” de los afortunados.

Creo que México es un país saqueado y devastado por fuerzas históricas que se encargan siempre de mantener subyugado al pueblo. Creo, además, que mi visión de México, de sus desigualdades, de sus motivaciones nacionales, de su cultura, de su Historia, me son casi completamente ajenas.

Alguna vez intente leer a Carlos Marx, ser revolucionario, tener un compromiso político de cierta índole. Pero claro, era un joven, tonto, inocente, que creía que se podía hacer una revolución. La realidad me rebasó y gradualmente fui volviéndome este apático, este aislado, este indiferente. Claro, porque al final mis carencias son más bien individuales que sociales, porque al final no se trata más que de mis desencuentros personales, de mis frustraciones, de mis abismos y de mis demonios no controlados.

Y así, sin compromiso político, sin consciencia, sin interés, veo cómo otros se apasionan, luchan, cuestionan, son reprimidos, desaparecidos, asesinados, derrotados. Los movimientos sociales me son ajenos y sin el menor remordimiento, soy apartidario. No creo que en esta nación llegue a existir un régimen capaz de ofrecer alternativas a las políticas y decisiones ocultas del gobierno de los Estados Unidos.

No creo que exista una salida para esta nación saqueada y el saqueo permanecerá porque es una nación rica. Y cada vez que salgo a la calle y veo como ahora, desde el el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica de 1994, proliferan los negocios americanos, proliferan las grandes marcas y compañías gringas, no me queda más que ver cómo mi país ha sido vendido y seguirá siéndolo.

¿Qué hago entonces? Me lleno de tristeza. Mi propia contemplación pornográfica responde a ese imperialismo colonialista del vecino del norte. Playboy, Penthouse, Hardcore, estéticas de un país rival, ajeno, devastador, belicoso, cuya mayor industria es la destrucción bajo el nombre de la libertad.

Veo entonces también otros horizontes. La transformación que yo no puedo realizar, la vida que no sé vivir, el tiempo que no se apreciar, mis incongruencias y mi cautiverio, en tanto parcialidades que me distancian de mi generación. Y el recuerdo de los primeros años juveniles. Mi creencia en la izquierda mexicana. El fracaso democrático con el ascenso y consolidación del derechismo panista. La renovación prista en estos años.

Levanto la mirada y veo la devastación. Mi condición de enfermo psquiátrico, mi drogadicción, mi creatividad insulsa, mi falta de consistencia. No tengo consciencia histórica, porque vivo en un mal viaje psicótico y mi vida no es otra cosa que gritos que nadie atenderá.

NO VEO LA TELEVISIÓN NI TENGO CABLE

Bueno, bueno, provando, uno, dos, tres. Confesaré en este fragmento el hecho de aislamiento más contundente que pueda existir. Mis motivaciones oscilan entre mantener un tono biográfico y una sustancialidad efímera y quebradiza, es decir, particular. Por ende precisa mencionar que llevo años sin ver televisión, que no voy al cine y que tampoco tengo cable. Soy por eso una isla fragmentada en el abismo comunicativo contemporáneo. A veces alguien me invita a ver una película de arte y asisto. A veces alguien me dice tal programa está bueno y obviamente respondo: no tengo televisión. El transito a la virtualidad ha sido gradual y desigual también.

Crecí con la televisión. Me gustaba ver los deportes. También las caricaturas y las telenovelas, aunque en México son muy malas. Pero en el año 2002, derivado de una crisis psicótica por consumo de drogas, viví un trance paranoico en donde la televisión me controlaba. Desde entonces le agarré aversión. Poco a poco me fui distanciando de los medios audivisuales, por miedo, como protesta, sin darme muy bien cuenta de que me aislaba y me quedaba al margen del mundo y de los acontecimientos. Pese a eso hoy llevo 7 años sin ver televisión y la que tenía para ver películas se ha quemado en una de las recientes tormentas eléctricas. Así las cosas.

Evidentemente esto repercute ampliamente en las condiciones de mi socialización. Obviamente cada vez estoy más cercano a un caracol en su concha que no ve más allá de lo que tiene en sus narices. En muchos sentidos esto es real, pero también parcial. Lo cierto es que no veo la televisión ni tengo cable. No creo en el mundo del entretenimiento y soy un amargado de primera. Pero a veces me invento chistes y aunque no son tan buenos tampoco son tan malos. Al final de cuentas podría escuchar la radio, cosa que tampoco hago.

Por ende vivo, contradictoriamente, desinformado y nada más me toca de refilón alguna que otra novedad. Creo que debería ser un poco más comprometido en ciertos ámbitos. Pero he desistido de hacerlo y pago caras las consecuencias.

Fin de la comunicación.

LA FRAGILIDAD DE LOS RECUERDOS

Hace 10 años pretendía realizar un intento de lecturas que concluyó en un espasmo intelectual. Me había encontrado con el Mito de Sisífo de Albert Camus, leía Viaje a Ixtlán de Carlos Castaneda, intentaba adentrarme en la Selva de los Símbolos de VIctor Turner y por si fuera poco había abandonado mis estudios en antropología social. En aquel 2002 ciertamente me ocurrieron muchas cosas y terminé por abandonar, igualmente, la lectura. Realicé un viaje a Japón con motivo del mundial de soccer de la FIFA pero me acompañaron dos libros que al final resultaron importantes en muchos sentidos: Mono y esencia de Aldous Huxley y las Fábulas libertinas de Jean de La Fontaine.

Mi vida transitaba por un momento crucial, definitivo. Vivía el reventón constante, el consumo de drogas habitual (ese año conocí el peyote, tuve varios viajes intensos de LSD, consumí muchos hongos alucinógenos y  era habitual que consumiera marihuana), pero también desconocía las consecuencias que vendrían de ese período tan intenso de intoxicación que terminó definiendo mi juventud.

Volviendo a los temas “intelectuales” me había interesado por realizar un intento de esbozo metodológico antropológico a partir del absurdo, aunque no sabía muy bien qué era lo que buscaba con eso. Al final terminé desistiendo y me enfrasqué en el acto drogadictivo. Fue entonces cuando tuve los primeros síntomas de mis episodios psicóticos, fulminantes y decisivos, que me orillaron a creer que la televisión podía controlarme y a vivir alucinaciones paranoides constantes.

Ese 2002 marca, así mismo, una constante destructiva de mi juventud: la indecisión entre la vida y la muerte, la fortaleza del impulso tanático del menor esfuerzo, la certidumbre de la renuncia a una vida vigorosa y plena. Tuvieron que pasar algunos años y muchos brotes psicóticos para que yo pudiera entender y superar, medianamente, los eventos traumáticos que marcaron aquel numeral. Igualmente me fue imposible conseguir mantenerme realizando lecturas aunque lograba mantener un ritmo de escritura (frágil y carente de sentido) y de vez en cuando lograba hacer algún texto sin píes ni cabeza.Lo que terminó por salvarme, en aquellos momentos en los que realmente parecía un autista, fue escribir.

DE VUELTA A LA DÉCADA DESTRUCTIVA QUE CONFORMA MI JUVENTUD O ESE 2002 EN EL QUE SE ROMPIERON MIS FUERZAS

Primavera. Reciente temor en estado de expansión. Eco de la caída de las torres gemelas en New York, del 11-11-2001. Infructuosos intentos de aproximarme al duelo de mi madre, fallecida año y medio antes. Entre Enero y Julio del año 2002 los eventos que modificaron el episodio crítico de mi experiencia vital. Iniciar por tanto con las advertencias para este recuento, que será siniestro y portentoso, falaz y obsesivo, infértil y de caducidad próxima.

Estudiaba antropología social en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa. Antes de mi quiebre, de ese rotundo quiebre existencial, fisiológico y psíquico, la vivencia cercana de los paraisos drogadictivos, de la impertinencia clase mediera, del fulgor estúpido de pretender construir un ritmo de vida sin darme cuenta plena de mi dolor, de mi rabia, de mi coraje y de mi frustración, instancias vigentes y demarcadas en el terreno de una circularidad social: un grupo de amigos crecidos entre 1991 y el 2000, año de la salida de la prepa y el inicio de los estudios universitarios. Adentro de mi fluía una fuerza que se venía manifestando, delirante, obsesiva, distorsionada, abrasiva y poderosa.

La búsqueda terca de todo menos de un enfoque vital. Presunción intelectual falsa, inicio de estudios universitarios en 2000 y todo lo que eso implicó: sacar ficha, preparar el examen, presentarlo, conocer el DF, aprender a usar el metro y las rutas de micro buss, primeros intentos de administración personal y un largo etcétera. Locuaz ahora mi memoria, de nuevo distorsión de una cápsula de tiempo que en apariencia no vale ni un gemido ni un cacahuate, entiende que este recorrido habrá de ser parcial, amorfo, acrítico y de una severidad inapelable, disfuncional.

Enero de 2002. Habrá de empezar un nuevo trimestre en la UAM-I. Por mi

parte un miedo y un dolor inmenso, creciente, paranoico y deteriorante. Dudas, rebeldía, falta de carácter y madurez, dudas entre ser responsable y mandarlo todo al carajo. Finalmente una decisión: visitaré Sonora, Hermosillo. Yo nací ahí y no conozco. Darme de baja en la escuela. Irme sin dejar ninguna noticia de mi. Simplemente desaparecer. Salirme con la mía.

Viaje a la semilla, puse en el diario que llevé para seguir los pasos de mi estancia en el noroeste mexicano: Hermosillo, Vasconcobe, Ensenada, Guerrero Negro, La paz y vuelta por el puerto de Pichilingue en Ferri hasta Mazatlán. A partir de entonces el abandono será reiterado, constante, flagrante y persistente en mi trayecto de juventud transcurrido.

Drogas y alcohol: marihuana, LSD, cerveza, desconocidos, baile, música, no te saques de onda, no tengas miedo, no te dejes vencer. También sueños hermosos, premonitorios de la catástrofe que se volvería el sino de esta década.

Primavera 2002. Viajes diversos. Abandono. Terrores y pasajes triunfales de una existencia, la mía, crítica, temerosa, dubitativa del futuro.

Regreso a la ciudad de México. Cambio de depto, de residencia. Viaje a San Luis Potosí a la prueba de fuego etnocida: depredación del lophophora williamsi, intoxicación generacional de un trío de personas liadas por tremendas coincidencias: Veracruz.

Después un día de fiesta, un Rave, Alien project, ácidos, Psychodelic trance, beat electrónico, un mundo desconocido, poderoso, vampiresco, destructivo por sus excesos, creativo por sus excesos, retorcido por sus excesos, revelador por sus excesos: los excesos de una juventud a la que yo desconocía y de la cual no tenía ninguna noticia directa. El viaje que siguió no termina en este escrito.

NO SON MIS LIBROS SON LOS DE MÍ MAMÍ

Evidentemente soy un haragán, especialmente en estos últimos años. No soy alguien precisamente culto,

aunque tenga pretensiones elevadas culturalmente. Incluso puedo decir que de los libros que me han regalado en toda la vida he leído muy pocos. Soy demasiado caprichoso en mis preferencias intelectuales. Al final de cuentas puedo tener la apariencia de un lector interesado en multiplicidad de temas -situación real- pero en el fondo no me puedo desligar de la formación raquítica que he tenido, entre otras razones, por ser un consumidor de drogas -actualmente no consumo nada- y por ver pornografía.

Aunado a este panorama que ya de por si es árido, no realizo ningún tipo de actividad deportiva, fumo una cajetilla de cigarros al día, bebo café en exceso, mantengo una dieta bastante mala, duermo mucho, no tengo relaciones de pareja estables ni saludables, además de que, como dice alguien cercano a mi, me gusta el atajo largo y complicarme la vida.

Y también debo confesar que la situación que vive actualmente mi país -México- y mi región -Veracruz-, son terroríficas y espeluznantes: crimen, policía en las calles, ejército en las calles, inseguridad, robos, narcotización de la cultura y de la sociedad, inducciones del terror realizado y ejecutado maestramente en estos últimos años. Por si eso fuera poco, o de poca relevancia, yo tengo el atrevimiento de sacar al público de Internet -al cual no puedo controlar en lo más mínimo- las cápsulas del Tae Kwon Doin de la Ignorancia y, más recientemente, el foto montaje donde aparece mi desnudez con una biblioteca de fondo.

Si bien es cierto que he leído algunas cosas en esta vida -obviamente me faltará siempre algo que leer aunque ahora estoy avanzando con la lectura de Witold Gombrowics Cosmos- también es cierto que los libros que aparecen tanto en la foto como en los vídeos no han sido adquiridos por mi. Si mostrará realmente la breve y diversa biblioteca que yo ha ido formando de unos años para acá -dado que mi primer intento de biblioteca fue subastada en los pasillos de cierto recinto universitario en el estado mexicano de Veracruz- tendría que hablar, justamente, de mis incursiones por temas diversos: filosofía, literaturas varias, antropología, teoría literaria, poesía, postmodernidad, siglo XVIII (en general y en particular español) y por supuesto algo de historia.

Pero cuando los espectadores vean en mis vídeos y en alguna que otra foto los libros, que nunca han faltado en mi vida, espero que no piense que he leído tanto, aunque sea un estudiante heterodoxo y autodidacta que va armando su propia trayectoria con errores y aciertos.

Por eso ahora escribo esta entrada, para aclarar que los libros que aparecen en mis representaciones visuales y videográficas no son míos ni los he leído ni los adquirí ni mucho menos son parte de mi formación actual. Se trata de la biblioteca de mi mamí, a quien ahora se le realiza una especie de homenaje con cierta obra teatral de una compañía de teatro mexicana que ha efectuado un estupendo trabajo al intentar contar una versión de la historia de la guerrilla en México. Hacia el final de esta representación dramática se especifica el hecho de que mi mamí fuera historiadora y maestra. Para aquella que me trajo al mundo fueron años de recopilación bibliográfica que ciertamente concluyeron con cada uno de los proyectos de investigación que llevó a cabo.

Al final lo que sí es verdad es que de no ser por la biblioteca de mi mamí, por este caudal de autores y de tradiciones, ciertamente yo jamás me habría propuesto la tarea de acercarme a un libro y hubiera sido un deportista ignorante (porque antes de 1998 y hasta 1991 entrené Tae Kwon Do de forma intensa al grado de participar en programas de alto rendimiento deportivo entre 1996 y 1998). Aunque por supuesto que me voy a los extremos y exagero mis circunstancias, dado que soy un bufón que ridiculiza su vida, con el fin de lograr entrever en el camino de estas exageraciones, mías desde pequeño, los puntos que marcan un extremo de otro -como ahora que intento vivir sin drogas cuando antes me mantuve inmerso en el consumo excesivo-. Entonces no se crea que soy un lector ávido, que se sepa que los libros no son míos sino de mi mamí (1944-2000✝).

Fin de esta aclaración fatigosa.

LA AUSENCIA EXPLICADA

Bueno, bueno, probando, uno, dos, dos y medio, tres… La última entrada de este blog marca la fecha del 10 de junio de 2012. Evidentemente ha pasado casi un mes y no he dedicado tiempo a escribir de nuevo aquí. Mis seguidores, lectores y demás, deberán estar evidentemente alejados de la lectura de esta exégesis. Más allá de las tormentas electorales que sacuden actualmente a mi país, más allá de las dificultades derivadas del cierre de mi primer semestre universitario en la carrera de historia, más allá de mis ocupaciones laborales, más allá de mi vida cotidiana, la ausencia establecida durante este mes puede traducirse, igualmente, en la falta de tiempo y de cabeza para redactar algunas líneas aquí. Pese a esto, ha habido visitas en el blog, que está por llegar a los 1ooo visitantes.

Ahora bien, dado que el escenario nacional, internacional, virtual, en el que se podrían inscribir mis meditaciones es turbio, tendencioso y fácilmente cuestionable -además de que no pienso politizar este blog- no me cabe la menor duda de que el inquieto manantial creativo pornográfico de este blog se encuentra igualmente parado (no precisamente por excitación). Es decir: he pasado 3 semanas intensivas en un curso de verano para la Universidad; he tenido pendientes que asumir del trabajo previos a las vacaciones de verano; he terminado una compilación de las obras reunidas de los trabajos académicos de mi difunta madre; he tenido que dejar de lado mis lecturas (me quede con Francisco Arroyo y su Filosofía Americana de 1958, igual leí Cosmos de Witold Gombrowics en la traducción de Sergio Pitol y ahora comienzo un texto de Peter Sloterdijk sobre el ambienterrorismo), así como los trabajos de edición fotográfica de las tomas de películas porno que realizo y por si eso fuera poco la inventiva se encontró trunca especialmente porque también me importaba seguir mínimamente las elecciones en mi país.

Otro factor importante, que debería ser tomado en cuenta, es que ahora no sé si haya tiempo para la realización de una nueva cápsula del Tae Kwon Doin de la Ingorancia, sobre todo por las condiciones políticas y el contexto nacional, que si bien no tienen mucha incidencia en mi proyecto cultural (si es que a esto le puedo seguir llamando proyecto cultural), tampoco puedo hacer que no pasa nada y en cierta medida vivo intrigado al respecto (pero tampoco lo usaré de argumento para evitar mi verdadero compromiso, que es la escritura de este blog gramatopoeticográfico).

Por otra parte mis inquietudes generales se han abierto a raíz de mi primer semestre en historia. Pienso, de pronto, en un seguimiento a un proceso cultural que inicia en 1492 y que concluye, según mi miope interpretación, en 1789. De entrada esta inquietud, enraizada en una posible realización de un libro sobre tema y forma desconocidas, incluye una ardua tarea de revisión que muy probablemente no pueda realizar de una vez por todas (bajo el entendido de que existe la posibilidad de que abra otra sección de este blog en el que pueda vertir mis pesquisas virtuales, bibliográficas e histórico culturales sobre este período de tiempo que más puede volverse motivo de locura que de sabiduría).

Por ende estoy en una disyuntiva enorme: la vida académica (estudios de historia) VS mi proyecto cultural (este blog), que termina traduciéndose en: mis responsabilidades VS mis placeres. Irremediablemente me siento y medito que no puedo dejar una cosa ni la otra, no puedo hacer todo por mi mismo ni tampoco me da ánimos el sentirme fragmentado, disperso y contra la espada y la pared (en tanto noto y percibo que algo deberá ser sacrificado). Al menos ahora tendré un período vacacional que me permitirá retomar los hilos de este proyecto creativo.

En todo caso, dada la probabilidad de que exista una nueva sección en el blog), habré de tomar mis medidas para evitar caer en la pasividad y el conformismo y darle nuevamente sentido a lo que aquí se intenta.

Saludos a la audiencia desde este escritorio remoto.

NARKOTISCHEN UND TECHNOKRATISCHEN GEIST DES XXI JAHRHUNDERTS

El título está en un rudimentario alemán que no debe dar píe a la creencia de que domino ese idioma. Tal vez me ciño a la conceptualización alemana del término geist (espíritu) desde la cual se establecen vínculos y relaciones, a partir de la filosofía idealista alemana del siglo XVIII (no diré autores porque no los conozco ni domino pero podríamos hablar de Kant a Hegel), entre la cultura (kultur) y el pueblo (wolks) en donde el espíritu se convierte en materia, donde cobra forma la identidad de un pueblo.

Está de más mencionar que la traducción de este título en alemán tiene implicaciones políticas y culturales. La traducción a la que llegué con el traductor de Google es la siguiente: el espíritu narcótico y tecnocrático del siglo XXI, que es la que más se acerca a mi planteamiento (hipotéticamente globalizado) de una reflexión que inició con la siguiente afirmación: hay al menos 4 culturas anti-humanistas en nuestros tiempos, 1)la cultura del deporte, 2) la cultura del consumo, 3)la cultura del entretenimiento, 4) la cultura pornográfica. Sin un afán netamente intelectual -más bien con uno intelectualista- el acercamiento permite ver juegos y pugnas que se acercan y se distancian desde un inicio: narkotischen geist es el espíritu dormido, el espíritu drogado, narcotizado, mientras que technokratischen geist es el espíritu tecnócrata, técnico, tecnológico. Hay así un intervalo entre la tecnología y el sopor, entre el vértigo desprendido de la ciencia y sus avances (tecnología) y el pasmo instalado a partir de las substancias y sus excesos. En ambos casos la actitud es depredadora, aunque por supuesto se vivan maravillas asombrosas como resultados: operaciones faciales, piernas robóticas, hardware y software de alto rendimiento para aplicaciones científicas -no sólo en las ciencias duras sino en la medicina-, prolongación del ciclo vital, etc.

¿Por qué hable de 4 culturas anti-humanistas? ¿No debería primero afirmar que todas esas culturas son parte de la humanidad? ¿Acaso mi entendimiento del humanismo niega tanto el eje paradigmático del narkotischen geist y del technokratischen geist? ¿No debería mejor plantearme la negación de mi falso intento políglota y dejar de lado mis insuflados deseos de categorizar en alemán algo que redacto en español? Las preguntas, me temo, no conducirán a una salida ortodoxa, pero vale la pena indagar.

El deporte es humano, el entretenimiento es humano, el consumo es humano, la pornografía es humana. Pero antes de poner en duda la afirmación categórica de que cada una de estas  ”actividades” representa más bien una cultura, más que una forma cultural derivada, me atrevo a decir que en el mundo actual (donde también existe una cultura de la ignorancia bajo una premisa absoluta y totalizadora del principio de autoridad con preceptos de la modernidad reactiva más arraigada -por no hablar de las pugnas y las diferencias generacionales-) las culturas dominantes se pueden establecer a través de estas cuatro formas culturales, tomando como moneda común un régimen económico definido-que es la globalización y trasnacionalización acaparadora y extrangulante-, la unidireccionalidad comunicativa -que parece pugnar en la nueva querella entre antiguos y modernos, osea, entre los televidentes y los cybernautas-, y los nuevos sistemas de explotación material, simbólica, educativa y gubernamental -incluidas las nuevas dictaduras en este siglo XXI -el sistema democrático neoliberal, la inoperante división entre política de derecha y de izquierda, entre otras formas establecidas que parecen redundantes en términos explicativos-.

Y si en el siglo XX se habló de cultura de masas, ahora parece que no se trata de masas sino de biomasa humana acumulada en el estrato de la desigualdad social -si mal no recuerdo la biomasa es la cantidad de energía acumulada en un ser vivo inserto en la red trófica. En el peor de los casos, y aunque parezca anacrónico, este cuarteto cultural es el cuarteto dominante y victorioso del siglo XX, al menos para el grueso civil. ¿Implicaciones de este cuarteto? Televisión por cable, ejercitación física, políticas anti-tabaco, cirugías plásticas, biotecnología -en alimentos, medicina, agricultura y otras áreas-, ficcionalización de la realidad (el atentado del 11 de septiembre de 2001 supera toda película hollywoodense precedente y a cambio Hollywood es cada más mas exagerado), educación teledirigida, estratificación social agudamente dispar (los ricos son inmensamente más ricos y los pobres son inmensamente más pobres), por nombrar simplemente las que saltan a mi vista.

El espíritu narcótico es un resultado del espíritu tecnocrático. El siglo XX parece haber fijado, en el ciclo corto que elabora Eric Hobsbawm -que igualmente no he leído, la cultura de la guerra, la cultura del progreso, la cultura de la ciencia y la cultura revolucionaria. Sin ir más lejos  -dado que el siglo XIX puedo categorizarlo a partir de la cultura de la máquina, la cultura del nacionalismo, la cultura de la industria y la cultura del mercado- el espíritu narcótico encuentra su fundamento en la ausencia de humanismo, en la pérdida de las raíces constituyentes de las modernidades (hay múltiples modernidades aunque se teorice únicamente una) y en la ruptura, evidenciada desde los postmodernos, con los meta relatos heredados de las tradiciones de la occidentalidad (en donde la división platónica entre razón-sentimiento, mente-cuerpo, bien-mal, idea-materia -desde mi muy humilde punto de vista-) habrán de permitir un estado anárquico ante las disyuntivas emergentes (pienso que el calentamiento global en tanto herencia del siglo XX atañe a ciclos macroestructurados de regulación térmica terrestre que en los últimos 300 años debieron tener una ascenso drástico). ¿Cuáles son estas disyuntivas emergentes? Son mucho más que las profecías mayas del fin del mundo y del Apocalipsis judeo cristiano. Por ende, hablo de herencias, aunque muchos quizá las vean como secuencias derivadas de la actividad humana: el calentamiento global, la contaminación de los recursos naturales generales (incluidos las manipulaciones genéticas de semillas transgénicas), la deforestación y explotación inmoderada, la extinción de especies animales y el aumento de la mancha urbana sobre la faz de la tierra.

¿A qué conduce este ejercicio torpe? Muy bien, veamos lo siguiente: desde mi visión cruzada por las culturas del deporte, del entretenimiento, del consumo y de la pornografía, el factor humano ha sido desplazado de su contexto natural como ser viviente a un intracontexto particular y ultracultural -antropocéntrico- (esto deriva de los procesos de especialización instaurados por la ciencia occidental) o en otras palabras, a la tendencia antihumanista de las culturas dominantes en este siglo XXI. ¿Evidencias? La pérdida de la ortografía, la pasividad política, el auge de la ingorancia vulgar (ya hablé de una cultura de la ignorancia, que estará dividida entre ignorancia culta e ignorancia vulgar), el hyperpredominio del fetiche de las mercancías, la lógica belica y armamentista de exterminio y colocación geopolítica (la guerra de Irak es un claro ejemplo), la destrucción y refuncionalización cultural (multilateral, regional, nacional, regional, local, institucional, global) y la instauración y legitimidad de agrupaciones e instituciones “regidoras” del orden en la “aldea global” (siguiendo reflexiones, escuetamente leídas por quien esto redacta, de una diario mexicano de “izquierda” que hace mención de Marshal McLuhan) como la ONU, la UNESCO, el BANCO MUNDIAL, el FMI, la UE, entre otras más, que dimanan y regulan las disposiciones convencionales para la vida de este “tercer milenio”.

Technokartischen geist: cosecha del siglo XX

Si bien el siglo XX está definido por sus dos guerras mundiales, desde mi punto de vista, y siguiendo lecturas parciales de Peter Sloterdijk y Jean Baudrillard, el recorrido que marca los contextos definitorios de la última centuria engloban (nítidamente) el proceso de las 4 culturas que constituyen el narkotischen geist de principios del siglo XXI: la del deporte, la del entretenimiento, la del consumo y la de la pornografía.

Orígenes de la cultura del deporte

En 1904 se funda la FIFA, organismo internacional que entre 1916 y 1961 se encarga de organizar y estructurar al ensanchado deporte futbolístico. En 1894 nace el Comite Olímpico Internacional y en 1896 se celebran juegos olímpicos de verano en Atenas. En ambos casos son organizaciones nacidas en el contexto europeo que rescatan el plano deportivo, por una parte, además de fincarse como empresas culturales (y deportivas) que surgen desde abajo y con una visión en común: la organización mundial de la actividad deportiva legitimada e institucionalizada (no me interesa indagar mucho más al respecto, pero aclaro que más allá de mi juicio favorable o desfavorable sobre el papel de la cultura del deporte en el contexto del siglo XX, mi propósito ha sido dar argumentos para establecer el punto de arranque de la cultura del deporte en tanto cultura dominante en el siglo XXI).

Consultar: http://es.wikipedia.org/wiki/FIFA, http://es.wikipedia.org/wiki/Olimpi

Orígenes de la cultura del entretenimiento

En 1914 Charles Chaplin debuta con Charlot y su película Ganándose el pan. A partir de 1920 Walt Disney cuenta con obra de animación y en 1928 hace su aparición por primera ves el famoso Mikey Mouse. En 1939 se empieza a entregar el Grand Prix Du Festival en el Festival de cine en Cannes, Francia, mientras que los premios Oscar se instauran en 1929.

Consultar: http://es.wikipedia.org/wiki/Chaplin, http://es.wikipedia.org/wiki/Walt_Disney, http://es.wikipedia.org/wiki/Palma_de_Oro, http://es.wikipedia.org/wiki/Premios_Óscar.

Orígenes de la cultura pornográfica

La revolución en las formas de expresión y vivencia sexual derivadas de los movimientos feministas, lésbico y gay de los años 50′s y 60′s en Estados Unidos y Europa marcan el origen de una apertura que condujo, invariblamente, a la apertura de los contenidos pornográficos a la gran audiencia. Si mal no recuerdo Beatriz Preciado en su libro Pornotopia  da pruebas del logro que implicó el trabajo de Hugh Hefner y la realización de su revista Play Boy. Evidentemente me adhiero, sin una lectura completa y juiciosa, a la propuesta crítica que hiciera Wilhelm Reich en su libro La revolución sexual, que marca un cisma en el tratamiento de temas sexuales. En 1953 se funda Play Boy, mientras que la revista Penthouse se funda en Reino Unido en 1965.

Consultar: http://es.wikipedia.org/wiki/Play_boy, http://es.wikipedia.org/wiki/Penthouse_(revista).

Dejo de lado el origen de la cultura del consumo pues implicaría darle un tratamiento más amplio. Sin duda de lo que se trataría sería de revisar el postulado y los fundamentos de la globalización como lo entienden en Wikipedia, aunque eso haya sido ya muchas veces elaborado. Las transformaciones sociales implicadas en la mentalidad que van de la modernidad del siglo XX a las “posmodernidades” del XXI abarcan el análisis del fenómeno de la cultura del consumo, la cual entiendo como el úsese y tírese, estrene hoy, adquiera la última novedad, viva actualizado cueste lo que cueste.

Narkotischen geist für des XXI Jahrhunderts

El espíritu narcótico es un espíritu opaco, hueco, nihilista, materialista, efímero, intrascendente. Vive el momento, se adhiere al hedonismo más puro y complaciente (la frase típica sexo, drogas y Rock’n Roll ejemplifica el inicio del espíritu narcótico). Si bien la modernidad  en tanto proyecto incluyó una serie de “ganancias civiles” y de “progresos civilizatorios”, asumiendo la postura de Jürgen Habermas sobre el proyecto inconcluso de la modernidad, como menciona Karl Popper lo que una generación gana otra lo puede perder. Entonces el espíritu narcótico se consagra en la pasividad de la ignorancia vulgar, no sé más que lo necesario, no debo aprender más, no me interesa más que divertirme y disfrutar. Igualmente el narkotischen geist vive en el exceso, en la cantidad y no en la calidad, en los bordes temerarios circunscritos a la esfera de la vida y de la muerte (recuérdese a Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Bryan Jones, como los primeros sacrificados por el espíritu narcótico en la búsqueda de una “armonía existencial” cuya empuñadura se ostentaba en las diferencias generacionales, que nunca faltan, y en el auge de una nueva cultura, la hippie).

También con el espíritu narcótico se han reducido los protagonismos, puesto que se han teledirigido, comercializado, manufacturado: la historia de la FIFA, la historia de los Juegos Olímpicos Modernos, la historia del Festival de Cannes y la historia del Oscar, la historia del uso de drogas (historia que muchas veces no puede ser contada por sobredosis), son claros ejemplos del adormecimiento poblacional, que se combina y articula a partir del consumo, el deporte, el entretenimiento y la pornografía, en donde los protagonistas son unos cuantos y los expectadores son la mayoría. De por medio está la cultura de la ignorancia, vulgar y culta, de donde se obtienen diversas posturas sobre este asunto: en función de las realidades sociales, económicas, culturales, educativas, y de sus realizaciones, la asimilación pasiva a un contingente social es mayor o menor, pero sin duda, y dado que parto de una teoría de afinidades selectivas, hay quien indudablemente cree que la vida como se vive hoy es adecuada y no absolutamente antinatural.

Dado que ya me he extendido demasiado y tal vez no llegué a nada concreto (aunque aclaro que mi método de análisis es el nihilista postmaterialista), cierro esta entrada con el siguiente comentario: dado que no estoy informado ni soy partícipe de estas 4 formas de cultura dominantes, así como no creo rotundamente en varios postulados posmodernos, he de declarar este, mi método nihilista postmaterialista, como un método heterodoxo basado en el juicio de la desobjetivación del materialismo histórico. Muy probablemente no llegue a ser comprendido y dado que no redactaré el tratado teórico fundacional de esta descripción etnográfica del cambio de milenio, enfatizo que mi finalidad es más expositiva (aunque los argumentos críticos prevalezcan) y descriptiva que analítica. Esto queda dicho.

Saludos a los lectores.

EL REALISMO EPISTEMOLÓGICO-PORNOGRÁFICO

Después de ver que mi táctica de lectura no es completamente atinada (la anacronía de comprar libros nuevos y leerlos años después de haberlos comprado), debo admitir que no me cabe otro sin sentido más en algo como esta exégesis que la corriente literaria denominada con el título de esta entrada. Imaginemos de pronto que alguien pudiera describir y conjugar, como en el mejor de los tonos creativos se hace, los enfoques fundamentales de las ciencias humanas (niego de entrada toda pretensión de abarcar cierta totalidad disciplinaria o metodológica) y la versatilidad gimnástica de la pornografía, fundada en el acto monótono sexual. ¿Qué híbrido resultaría de un encuentro de esa magnitud? Pues bien, imaginemos un momento la cuestión estética que hay de por medio.

El mundo de la ciencia y el mundo pornográfico conviven en el siglo XXI. Sus tradiciones, hablando al tanteo como siempre lo hago, encuentran sustento en lo que académicamente se conoce como modernidad (pienso en el marqués de Sade del siglo XVIII y en Lineo o Isaac Newton del XVII). La ciencia derivó, desde una perspectiva parcial y somera, de la filosofía. La pornografía derivo, desde una perspectiva parcial y somera, del erotismo. Pero no cabe duda de que el sexo y el conocimiento son entidades inherentes a la especie humana. La ciencia y la pornografía serían sus expresiones más bien occidentalizadas, especializadas.

Por otra parte el realismo en tanto expresión literaria, que hoy en día lleva el nombre de hyper realismo aunque ciertamente estoy equivocado, tiene su mayor fuente y polo de atracción en el siglo XIX, si mal no recuerdo (pienso en Balzac, que no he leído, en Zola, que no he leído, etc., que no he leído). Pero además el realismo surge como una expresión posterior y contraria al romanticismo y en mucha medida a la condición burguesa del arte. Meras especulaciones, claro está.

Los lectores se estarán preguntando: ¿este cretino deja de escribir y de pronto sale con estas concepciones novedosas de algo tan tradicional como las formas expresivas? Incluso deben creerme todo un gilipollas(cuando en el fondo soy todo un intelectualista pseudo analítico de comprensiones poetico cognitivas reducidas).

No dar macha atrás quizá sea la consigna en esta ocasión. De píe, frente a nosotros, le levantan los orígenes del tercer milenio. Mucho más allá de las explicaciones actuales y actualizadas, se levantan también las formas y el eco del siglo anterior y las expresiones del nuevo siglo. Yo postulo, desde mi actitud de retaguardi artística indiviudal y atomizada, esto que nombro realismo, por su condición referencial a un ethos y un pathos occidentalmente construido, epistemológico, por tratarse de una estratificación y división social del conocimiento, pornográfico, en donde lo verdaderamente valioso es el acto sexual y su monotonía.

La diversidad creativa no sólo resulta un estanque de tradiciones y fuentes divergentes (yo por ejemplo hago mis pesquisas personales, cada vez más distantes de una corriente tradicional aunque debo admitir que por ahí no alcanzo a leer siglos completos sino parciales y que mi visión filosófica del tiempo se corresponde con una teoría de la futilidad cultural) sino además una exposición constante y efímera de instrumentalidades simbólicas, retóricas, poéticas, discursivas, conceptuales, que se ven influídas, sin lugar a dudas, por tendencias y por marcajes historicistas (no es igual ser parte de un grupo o colectivo artístico que andar pescando idioteces [vigentes] en textos de hace 300 años).

Volvamos al punto de este debate: que se puede escribir realismo pornográfico, es un hecho, que se puede enfocar la realidad desde las raíces profundas, aunque superficiales, de los conocimientos científicos y atribuirles una condición genérica de exposición sexual explícita eso es otra cosa. Como es otra cosa, que es lo que aquí se entona de forma explicativa, la secuencia lógica redunda en el cruce entre la epistemología, en tanto teoría general del conocimiento, y la pornografía, o el acto sexual explícito, que se unen y estrechan en el terreno de la cultura (en tanto creación exclusivamente humana: comportamientos, valores, principios, actividades y formas modificadas de una supuesta esencia natural o más bien naturalista).

Pues bien, siglo XVIII, Francia, 1789: caída monárquica y nuevo orden de cosas. Burguesía ascendente.

Siglo XX, 1989, caída del muro de Berlín, fin de la Guerra Fría (ahora la guerra es más caliente y totalizante), cambios de paradigmas y explicaciones del mundo, posmodernidad (tiempo ambiguo de límites subjetivamente precisados, de nuevas jugadas).

Ahora bien, el mundo ha cambiado y yo no he sido parte de ese cambio. Pero he intentado expresarme y aunque no niego el poder de mi influencia, proporcional a mis caprichos, tiendo ahora el puente entre el sexo tratado estéticamente (pornográfia) y el conocimiento tratado científicamente (epistemología), en tanto factores que permiten delinear una realidad (no creo en las causas teleológicas que conducen a una finalidad equívoca, pero tampoco creo en el todo se vale). Me dejo llevar entonces por el determinismo de las potentes expresiones de estos tiempos, radicalmente opuestas: pornografía para el pueblo, dinero para los negociantes, dinero para el conocimiento, tecnología para el pueblo. El binomio esbozado es tremendo y arremete contra la simplicidad explicativa que se fracturó en este escrito (virtualista y anquilosadamente materialista).

En muchos sentidos se trata de un postulado alrededor de la desobjetivación del materialismo histórico, es decir, de la subjetivación de la historia y de la materia, pero también de la condición superflua de etnografíar las condicones posmodernas mediante mecanismos poético literarios de dudosa procedencia (dado que no se pretende alzar esta tendencia en escuela, sino en mera descripción infructuosa del mundo contemporáneo), el realismo epistemológico-pornográfico vuelve tenues los planteamientos discursivos anteriores en tanto enfatiza la multiplicidad y la unicidad en un mismo tiempo: muchos conocimientos una sola actividad. Decantando este periplo retórico, el sexo es vida (y no el sexo por el sexo) pero también el conocimiento es vida. De ello que la realidad esté constituida por la trabazon existente entre conocer y tener sexo sin producir vida. El conocimiento es productivo. El sexo por el sexo también puede ser productivo. La producción monetaria y cultural queda enfatizada en este postulado.

La realidad queda restringida a la multiplicidad de saberes científicos y de posturas sexuales, así como a hacer explícita esta multiplicidad.

Fin del realismo epistemológico-pornográfico.

CRÓNICA DE MI INDIGENCIA ACADÉMICA

Soy un indigente escolar, un indigente académico, un vagabundo de los terrenos del conocimiento, al menos del conocimiento humanístico. Todo tiene una explicación, medio sensata y medio ridícula. Salí de la preparatoria en el año 2000. Tenía 18 años de edad. Ingresé a estudiar antropología social en la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México en su plantel de Iztapalapa. Había vivido 9 años en la provinciana ciudad de Xalapa, en el estado de Veracruz e iniciaba mi peripecia por la gran urbe del Distrito Federal. Me perdí, caminé, anduve por el metro, hice mis excursiones, hasta que en septiembre de ese año 2000, año del jubileo vaticano, del triunfo del panismo en la presidencia nacional, de las olimpiadas en Sidney, incursioné gradualmente en un ambiente urbano disímbolo a mi experiencia vital anterior. Participé en un congreso de estudiantes de antropología como asistente y me tocó presenciar a personalidades del mundo académico como Enrique Dussel, Roberto Varela, Juan Castaingts, Michel Kerney y Nestor García Canclini. Leí Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas, a Octavio Paz, a Carlos Monsiváisy a Roberto Artl. También algunos versos de Neruda y uno que otro cuento de ciencia ficción soviética en una edición en ingles. Seguí componiendo mis canciones, terminaba mi primer amor, empezaba a frecuentar el consumo de marihuana y alcohol, pasaba por un rito de paso: el ingreso a la universidad. En realidad me duró poco el entusiasmo. En noviembre de ese mismo año falleció mi madre y yo quede, inevitablemente, a la deriva. De muchas formas no había consuelo para mi, pues mi madre era mi guía, mi faro, mi compañera, mi modelo a seguir.

Pero seguí teniendo entusiasmo y me mantenía activo, aunque al final de cuentas comenzaron los problemas. Gradualmente me fui adentrando en el consumo de drogas: el té de floripondio, mucha marihuana, algo de cocaína, ácido lisérgico, hongos alucinógenos, peyote y bastante alcohol. Me perdí, consecuentemente, en la fiesta y un buen día, atemorizado, desconcertado, deprimido, decidí dejar los estudios de mala forma. Simplemente abandoné la universidad y me enfrasqué en un viaje “existencial” al lugar donde nací, Hermosillo, Sonora. Muchas cosas ocurrieron durante ese viaje, pero yo no volví a la escuela aunque quería hacerlo. Al final de cuentas me dejé llevar por los impulsos seductores y simples de la comodidad: me invitaban a realizar un viaje al extranjero y simplemente postergué mi reingreso a los estudios de antropología. En el inter me quedé en un viaje de LSD y desarrollé un trastorno esquizofrénico. Esto pasó en el año 2002.

Deambulé entre drogas, soledad, falsos intentos de recuperarme, delirios, paranoias, paraplegias parciales y algunas otras instancias hasta que en 2004 comencé a tomar una terapia psicológica que me permitió mantenerme sin consumo de drogas al menos por lapsos más o menos prolongados, aunque de vez en cuando me tomaba un alcohol. Volví a Xalapa y me dediqué a escribir poesía, actividad que empecé a realizar en el 2000, justo cuando terminó mi primer amor.

Para 2004 publiqué algún poema y comencé a tener un blog, decidí regresar a la vida estudiantil y lo hice pero cambié de universidad y entré a la Universidad Veracruzana en la ciudad de Xalapa, a la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas. Preparé mi examen de ingreso, estudie, me sentí readaptado a la vida. Entré a estudiar y ahora también tenía la pretensión de ser escritor, de ser poeta. Así lo hice mientras pude combinar el trabajo académico con el trabajo creativo.

En 2006 fui a La Habana, Cuba, a presentar un trabajo en un congreso internacional sobre literatura y su relación con otras artes. Es el único foro internacional en el que he participado, pero decididamente me interesé por presentar otros trabajos en foros nacionales, no muchos pero sí algunos. En paralelo conocí a Gabriel Impaglione y su revista Isla Negra en donde aparecieron algunos de mis poemas. En 2007 logré publicar un grupo de versos en una antología de poesía joven editada por la editorial Resistencia. Fue un nuevo rito de paso, un acto iniciático: estar en la Feria Internacional del Palacio de Minería, ver a escritores y público en general, entrar al aula magna, escuchar a Vicente Quirarte dar paso a la apertura del texto, después presenciar un acto mágico al pronunciarse mi poema Nostalgia. Festejos, celebraciones, iniciaciones.

Luego viaje a Sud América: Argentina, Chile y Uruguay. Luego de nuevo el abandono reiterado, beber alcohol, dejar de lado mi tratamiento psiquiátrico, iniciarme en el lúgubre mundo de la prostitución y la compra de sexo (por lo que ahora lucho para superarlo, igual que mi consumo de drogas), extraviarme en la falsa sensación de ser escritor, perderme en el pasillo de la soberbia y la arrogancia, al grado de tener la pretensión de hacer una tesis de una poética española del siglo XVIII que no había leído y que fue el inicio de mi nueva carrera frustrada. Abandonarme a la vida nocturna en Xalapa. Comprar sexo. Vivir cada vez más solo y alejado de la normalidad (moralmente válida claro está). Perderme en romances efímeros. Intentar hacer comida para vender. Y de nuevo drogas y destrucción y excesos hasta que en el 2008 me internan en una clínica psiquiátrica y terminó frustrado, atemorizado, roto por dentro.

Falsas expectativas de que me recupere y la agonía gradual de mi segunda carrera. La directora de la facultad me dice: prefiero que te des de baja tú a que te dé de baja el sistema. Publicar en 2009 mi cuaderno de poemas. Vivir la incosistencia de mis delirios y psicosis. Más té de floripondio, tables dances, sexo servidoras, excesos y más excesos. Deudas, desfalco financiero. Muerte de José Saramago y de Carlos Monsiváis, de Carlos Montemayor. Inicios de una labor incompleta de transcripción de la Literatura Universal de Arqueles Vela. Carencias, desgracias, el bicentenario de la independencia de México y mi desfase cada vez mayor del mundo, de la realidad, del tiempo, de los asuntos de la juventud. Pero en 2010 decidí rehabilitarme, poca cosa.
Ahora emprendo mi tercer intento universitario: esta vez en Historia.

Mi método se ha visto destruido y reconstruido desde el momento mismo en el que prefiguré esribir esta semblanza. Sigo con mi tratamiento psiquiátrico, vivo aislado del mundo, no leo los periódicos ni veo televisión. Uso Internet para ver pornografía. Me interesa el siglo XVIII en su complejidad. Me voy haciendo de una pequeña biblioteca. Por si esto fuera poco, sigo estando a la deriva.

NUEVO VÓMITO QUE PRETENDE SER FOTOGRAFÍA GRAMATICOSA

La pornografía no es precisamente el mejor refugio cultural. Incluso puede decirse que como refugio es pestilente, al menos porque no ofrece un conjunto axiológico muy sólido ni tampoco poco cuestionable. Pero sin duda mis intentos no se rompen en el ámbito moral de la proliferación conservadora cultural en muchos aspectos contemporáneos. No voy a adjudicarme el papel de un artista completo, es más, no voy si quiera a hablar de mis tropiezos como creador. Tampoco me he encargado de darle vida a una trayectoria más o menos sólida en mi quehacer literario. Pero ahora tengo listos un par de libros en el cajón: uno de ensayos literarios y una novela. La cuestión ahora es dedicarles tiempos, aunque reconozco que no tengo estrategia editorial ni tampoco horizonte de acción. Me queda este blog y el posible encuentro de alguna chance de publicar mis trabajos.

¿Por qué me he refugiado en la pornografía? No lo sé, pero lo he hecho desde que tengo 9 años. Cosa fácil, después de 21 años venir a decir que la pornografía (para bien, para mal y para todo lo que sea) ha sido el refugio de alguien como yo. Cosa cuestionable, pero no recibí educación religiosa y mis maestros más allegados tampoco supieron de mis malos hábitos de contemplación porno. En mi familia tampoco recibí algún tipo de castigo por ver esas cosas aunque tal vez ni siquiera supieron que lo hacía. El tiempo pasa y uno sigue ahí, en ese evento traumático sexual. Pero la vida sigue.

Tengo dos libros en el cajón y me gustaría publicarlos. Uno de ensayos y una novela. Además estudio historia y soy secretario de un investigador. Tengo este blog y hago el tae kwon doin de la ignorancia. Pero vivo conflictivamente el hecho de la reticulación psíquica (de mi reticulación psíquica, por supuesto), desde el momento en el que mis indagaciones psicoanalíticas (desde Fromm hasta Jüng pasando por Freud) son vestigios de mi perversidad inocua.

Ahora bien (después de la metafísica egolátrica) el deseo de la convivencia es ese espasmo donde convergen los móviles infértiles del desprendimiento emotivo (por nombrar de alguna forma los movimientos reminiscentes de la reticulación psíquica mencionada) entre las rendijas laberínticas del apogeo libresco y la bibliofilia adquirida recientemente (especialmente basada en al menos 4 historias de literatura española distintas, pero también sobre cuestiones del conocimiento, autores europeos del siglo XVIII y por si fuera poco algunos bastante de filosofía) entre las tiendas de libros viejos que incluyen una revisión historicista del siglo XX desde sus perspectivas de publicaciones.

En muchas formas la expansión cognitivo estructural de mis ideas no incluye la recapitulación especulativa o figurativa de las previsiones versificadoras del último poema indagado como representación formal de mi inspiración distorsionada. No, desde el evento presente, la caída del silencio se convierte en esta panfletaria forma de decir que tengo dos libros bajo el cajón. Entonces, ¿qué es este flujo discursivo informe y caprichoso? Las presencias se convierten en una materialidad capsiosa: empecemos por los españoles del siglo XVIII, Luzán, Feijoo, Jovellanos, Cadalso, Fernández Moratín, hummmmmm, a sí Torres Villaroel, hummmmm, no sé, hay otros. Luego vienen los otros europeos del siglo XVIII: Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Kant, Hegel, Hume, son un montón, realmente lo son.

Anárquicamente se manifiesta este afán recopilatorio como la imposibilidad de acceder al presente y también al pasado. Además intento estudiar historia y por si fuera poco trato de tener una actividad constante en mi escritura: vaya que mi método sigue siendo entrópico. Las pollilas se comerán mis libros y este pasaje será el morboso intento de fraguar el eventualismo constante de la esencia intelectualista que se ha quedado rota en el devenir frugal de falsas pesquisas.

EL DÍA QUE MUCHOS MUEREN

He perdido el hilo de este blog. Sí, nuevamente, estoy perdido. ¿Desde dónde escribir? Mis frustraciones son reiteradas. Años pasan, personas vienen, personas se van. No encuentro forma de darle impulso a la parte hot de mi vida (o no sé hacerlo) pero tampoco me mantengo atado a la línea romántica (al estilo de Werther), pero hoy he descubierto este concepto de fatiga de amor (que según un maestro proviene de Boccaccio). Ya antes había pensado en Dante y Petrarca cuando supe que ellos, igual que yo, tuvieron amores imposibles y escribieron para ellos (igual que yo).

La cuestión no es, exclusivamente, de identidad o de similitud, sino de reiteración (por eso la retícula psíquica es un andamio endeble que se vuelve a romper todas las veces). De vuelta a lo mismo y eso que se asemeja la búsqueda imposible: metodología incierta de una humanidad distante, apuntes de epistemología de las ciencias sociales, diarios poéticos, afán de intelectualizar mi existencia, abandono de los medios masivos de comunicación, desertar a la vida cotidiana.

Entonces la empresa, oh empresa quijotesca por libresca, se torna impalpable deseo de proporciones ridículas: leer y escribir, perder la inventiva, pretender investigar, comprar libros viejos. Las figuras del olvido están presentes en mis días, todo el tiempo.

Debería haberme dedicado al deporte, para eso sí era bueno, no para escribir. Al final uno toma chances en el camino. Pero no soy tan malo para escribir, la cosa es que no solo se trata de escribir, sino de tener amistadas, de ser conocido, de vivir el mundo del escritor: excesos, bohemia, grilla, política, demagogia, autoridades, premios, reconocimientos, dedicatorias, círculos literarios, escuelas, tendencias, fama, renombre, entorpecida marcha de mi clandestinidad, igual que mis libretas de poeta en el cajón, olvidadas, sucias, sin trabajar, sin rescatar, sin armar, igual que mi primer novela adolescente, sucia, igual que mis ensayos, sucios, igual que mis canciones y mis amoríos y mis anhelos de tener una vida más tranquila o al menos más normal. Certeramente me inclino por la excentricidad y se recrudece en mi la vivencia psiquiátrica: té de floripondio, mucho té de floripondio, cylosibe mexicanae, lophophora williamsi, cannabis, LSD, paraisos artificiales y el mundanal ruido que no logro sacar de mi cabeza.

Leer los períodicos, levantarse temprano, ser un ciudadano (mientras pongo imágenes pornográficas de mujeres en este blog de literatura falaz). Rebanarme los sesos pensando en el siglo XVIII (conseguir textos de Kant, de Hume, de Voltaire, de Rousseau, de Montesquieu, de Hegel, de Jovellanos, de Cadalso, de Feijoo, de Fernández Moratín) mientras la inmensidad de internet termina por engullirme (oh empresa quijotesca, libresca, enloquecedora, trémulamente desquiciante). También la Biblioteca Mexicana de José Eguiara y Egurén, que ubiqué en una biblioteca local. También los pendientes del siglo XX: José Gaos, José Lezama Lima, José Ingenieros, Arqueles Vela, Giovanni Pappini, Jorge Luis Borges, José Ortega y Gasset, José Joaquín Blanco, José Luis Cuevas (pintor perdido en este escrito) y la ausencia de los decimonónicos (la cultura es una reflexión actualmente caduca).

También, por supuesto, comer, dormir, cagar, fumar, trabajar, pretender ser una persona en este mundo (desde el acto arbitrario del desprecio a la genealógica intención de promulgarme como sujeto del conocimiento) pasando el tiempo sin creencias firmes, sin fórmulas constantes, rompiendo los linderos del impulso y la rejurgitación emtiva o la banalidad estruendosa de una poética del desamor (no por los corazones rotos ni por las amores imposibles -que son los que más fortalecen- sino por la hendidura del espacio en el acto erotómano).

Nada más entonces, salvo este punto que se rompe conmigo y el aire que me dice: prende otro cigarrillo. El cáncer aún no llega, ya llegará.

MI PRIMER BIBLIOTECA

Hace unos 5 años, bajo un impulso desesperado que persiste hasta nuestros días, decidí iniciar la subasta de mi primer colección de libros personales, todo a causa de un texto que escribió José Emilio Pacheco sobre acto semejante realizado por Sergio Pitol. A decir verdad yo no entendía en esos momentos el significado de la expresión quemar las naves, aunque de cierta forma estaba haciéndolo. Fue un momento cruel, triste, desgarrador. Mde deshice de mis libros de sociología, de economía, de literatura y poesía, de antropología, incluso me deshice de la versión del I Ching con el prólogo de Jüng y el poema de Borges, esa edición tan bonita de Editorial Hermes, la cual había conseguido en mi travesía por el DF años atrás. Estaba, ciertamente, iniciando el renovado camino de la destrucción: muchas drogas, mucha soledad, mucha vida nocturna, mucho placer fácil e inmediato. Estudiaba letras españolas y pretendía iniciar mi trabajo de tesis (aunque terminé iniciando mi retirada de las aulas universitarias bajo el ilógico pretexto grandilocuente de investigar el siglo XVIII y su literatura en la rama española).

Pero igualmente había hecho un viaje a Sudamérica y había conseguido algunos libros interesantes. Algunos los leí y otros no. Así fue como me desprendí de una primer colección de libros e inicie una segunda colección, la cual he nutrido en los últimos años con libros usados y algunos más actuales.  A pesar de todo soy un mal lector. En fin, tengo mis momentos y ahora también una nueva biblioteca.

EXÉGESIS PRIMERA

La configuración del mundo actual es reciente. Las incertidumbres persisten. Prosiguen los sistemas diversos y heterogéneos que intentan explicar realidades longevas o novedosas. Pienso entonces en el hecho de la híper modernidad. Las retinas de los ojos se enfrenta constantemente a la luz. La configuración del mundo actual es reciente. ¿Marcaré las islas de contextos que se tragan mi consciencia y me engullen lentamente? ¿Acaso no son caducos estos esbozos reflexivos?

Intento de armazón este que invoco. Pensemos, recordemos algo. ¿Cómo era el mundo en 1492? Pensemos, recordemos algo. Entre 1789 y 1989 hay dos siglos en el calendario gregoriano. Pensemos, recordemos algo. La importancia de la religión en el mundo global es un arma contundente. Entre 1989 y 2001 la reconfiguración orgánica del mundo y la discursividad institucionalizada de la diversidad: UNESCO-ONU-UNICEF-FMI. Hablar al tanteo es cruel cuando se ha vivido y no se ha conocido la gran historia relatada en esta última década. ¿Motivos de esta omisión? Alto consumo de drogas diversas, psicotización de la vida, delirios, flash backs, retrocesos conductuales, síndrome esquizoide. ¿Recuerdos? En 2002 la guerra de Irak, posteriormente el juicio de Sadam Hussein; En 2004 la olimpiadas en Grecia; en 2008 olimpiadas en China; mundiales de foot ball en Alemanía y el pasado en Sudáfrica; tambaleo de la comunidad europea; crisis en Grecia e Inglaterra; no sé mucho más de este mundo, desconozco las coordenadas de la actualidad. No hay duda, ruptura con el eje paradigmático del tiempo actual, anacronismos (seguir oyendo música de otros tiempos, desconocer a la juventud, acto evasivo desarrollado a propósito). 2010 celebración del bicentenario de la independencia de México. No sé mucho más de esta década, es decir, no recuerdo nada porque mi vida no tuvo nada significativo en estos años. Apatia, rencor, odio, desprecio, sin sentido, calamidades de mis días: sentirme insignificante, menospreciado, acorralado, ignorado. La historia la cuentan los vencidos y yo soy una derrota constante: extravíos en la longevidad de mi tormento llamado vida, lecturas poco comprendidas, excentricidades proliferantes, distanciamiento de los períodicos y de la vida pública.

Ser el último esclavo de todos los tiempos no es igual a estar esclavizado, igual que Sísifo, igual que su castigo. Ser la piedra rodante y ser la nimiedad rotunda.

En 1492 llegaron a tierras americanas seres ajenos y distantes a estas comarcas. Dicen que ahí empezó el terrorismo. En 1521 cayo México Tenochtitlán, en 9 años son 500 años de ese evento traumático. ¿Qué es esto? Para 1737 el panorama general del mundo es otro muy distinto, igual que hoy hay un panorama distinto del que había hace 10 años.

Sucumbo a la tentación  quiero llenar los huecos pero no sé cómo (leyendo historia universal pero no la de Bossuet). De vuelta entonces la modernidad, siguiendo a Habermas y su propuesta. De vuelta entonces a la distancia de una mentalidad rota como la mía, de este discurso pasajero y hostil, de este despilfarro intelectual: libros viejos, muchos libros viejos, autores muertos, necropatía de ideas obsoletas y demacradas, lecturas languidecentes, fórmulas rotas y humanidades siniestras: no ver deportes, ni practicarlos. Fui cinta negra de tae kwon do, fui deportista, caí en las tentaciones, en los vicios, caí en las trampas de este mundo, fui inocente y perdí todas las partidas contra la maquinaria. Después la maquinaria me tragó y me vomito nuevo pero deshecho.

1994 mundial de foot ball en Estados Unidos, Brasil campeón. 2002 Mundial de Corea y Japón, Brasil campeón. No todo es mi vida, es más, mi vida no es nada: nihilo cognitio ad homine ratio.

1917 revolución rusa-1989 caída del muro de Berlín. 1991 Perestroika. 1968 movimientos estudiantiles en el mundo. 1973 caída del gobierno de Salvador Allende. 1959 revolución cubana. 1945 bomba atómica en Hiroshima y en Nagasaki. 1940 nacimiento de John Wiston Lennon Stanley. 1917 constitución de Venustiano Carranza.

Longitudinalmente nada, nada de nuevo en este recuento, es decir, nada es esto que escribo. Pulsiones y encontronasos. La guerra es constante, el hambre es constante, Erich Fromm ya lo había dicho anteriormente: ¿por qué hay hambre en el mundo si se produce suficiente comida para alimentar a todos? Autores más, autores menos. Este siglo XX que me queda atorado, este siglo XIX que me vale un carajo, ese siglo XVIII que me vale dos carajos, la vida, el espasmo rutinario de engullir saliva, respirar humo, hacer mierda en algún momento del día, comer, caminar, vestirse. Las efervescentes respiraciones de otras vidas y no la mía. 2002 año de mis desgracias eternizadas. 2010, año de mis desgracias renovadas.

Tiempo que no volvera.

LIBROS VIEJOS

Bueno, todo empezó hace un par de años. Conseguí el texto Literatura Universal de Arqueles Vela, el autor estridentista. Después de eso no dejé de frecuentar librerías de viejo y he ido consiguiendo algunos volúmenes importantes. Gradualmente me he inclinado por adquirir textos filosóficos, pero también algunos de historia. Uno de los temas que me mueven de forma más contundente es el del conocimiento. Otra temática de mis adquisiciones es el siglo XVIII. Además he adquirido trabajos importantes como la Dialética del Iluminismo de Adorno y Horkheimer. Hay además la inquietud por indagar en la tradición española, en la cultura y la hispanidad, por lo que Ortega y Gaset figura entre mis adquisiciones. La cosa es que gradualmente he ido construyendo una biblioteca, en donde están incluídos textos editados en el siglo XIX, algunas rarezas y pecualiridades, como la Historia Universal de Bossuet. Pero mis inquietudes, dispares en muchos sentidos, no pueden negar una afán revisionista más que crítico. Lo complicado es darse el tiempo para leer y a veces terminan siendo lecturas fragmentarias. Al final de cuentas hay ocasiones que prefiero conseguir algún libro que comer debidamente. Voy armando un historial bibliófilo que se adentra en latitudes diversas. Espero tener el tiempo de armar mis ciclos de lecturas.

ANTIREGGETONISCHEN KULTUR: ÜBER AKTUELLE SEXUELLEN PSYCHOSEN

Escribo desde la prejuiciada circunspección del deterioro afectivo, de la incomprensión cultural (de algunos rasgos de la cultura actual), desde el hecho inverosímil de la poliglosis inexistente (de nuevo un título en alemán que quizá no diga mucho). Se trata del registro de las nuevas formas culturales, legítimas, ascendentes, rotundas,  de los neo imperialismos contemporáneos: intento de crítica de la barbarie contemporánea del género reggettonero (siempre que en mi país se escucha ese reggeton machista, sexista, plagado de referentes conductuales discriminatorios y por supuesto del llamado perreo). Tiendo por tanto en este esbozo con título germano (que se podría traducir en la Cultura Antireggetonica: sobre la actual psicotización sexual) desde donde planear una estrategia simbólico hermenéutica en torno al sprache alemán, sin advertir un carajo de la tradición filosófica contemporánea, obteniendo por resultado el hecho irrefutable de la dominación de los apetitos carnales que el género de Daddy Yanke y compañía ostenta.

Y sin llegar demasiado lejos en este atisbo intelectualizado, en este recorrido falaz, reconozco que el reggeton no me agrada ni me parece un elemento culturalmente válido (aunque se trate de una validación culturalmente inestable o simplemente inscrita en mi pensamiento sobre la modernidad). Por ende mi postura es de antipatia y de sentencia, al menos desde el hecho de que se trata de una forma de negociación que la juventud puede muy bien interpretar como forma de vida. Y sí, no sé nada de reggeton, pero en todas partas ha sonado, mayor o menormente. Y dado que no quiero juzgar ni cuestionar desde el merecido análisis simbólico y lingüístico que merecen algunas rolas reggetoneras, parto del hecho de la multiplicidad de la producción musical en que se enmarca ese producto, esa hibridación que desde mi óptica es simplista, monocromática, reiterativamente anti poética y por si eso fuera poco, eminentemente comercial y enajenante.

Yo soy más bien de la vieja escuela, es decir, Rock, blues, soul, folk, country, jazz, no sé, otros géneros. Por supuesto que entonces el planteamiento no es simplemente mi rechazo sino la formulación de la llamada cultura antireggetónica. Si el proyecto del reggeton es la diversión, la carnavalización de la repetición y los desencuentros, la cultura contra ese ímpetu estará definida desde la implementación separatista de la inteligencia frente al placer. Si el perreo significa estimulación sensual, sexual y pasional, la inteligencia placentera se abre en múltiples dimensiones del acto placentero, en el ocio griego, en la contemplación, en la inscripción del hombre en la naturaleza (y no contra la naturaleza o a favor de la carnavalización). Así, los sitios predilectos de la cultura antireggetónica oscilan entre la diversidad inabarcable, genérica y absoluta de las tendencias musicales, y la multiplicidad emotiva del acto sexual (ora amoroso ora carnal ora simplemente catártico) desde donde la mujer juega y se divierte igual que el hombre, no ya desde el trinomio dominación-dominado-dominante, sino desde la reciprocidad trinómica amor-sexo-libertad. Si desde el acto reggetónico existe un ethos libertino, de un libertinaje falaz y contundenmente ramplón, desde lo antireggetónico está presente un libertinaje ampliado, simbólicamente ampliado por el hecho inmenso de la proliferación libertina, que no se restringe al plano sensual o sexual ni mucho menos carnal, sino que abarca la ruptura con el consenso liberalista (neoliberalista) desde la actualidad ramificada de ese libertinaje ejercido con promiscuidad cultural y no con promiscuidad corporal. Esta forma de libertinaje (políglotamente ingorante y tradicionalmente evasivo) encuentra un sustento categórico en la atmósfera multicultural del cyber espacio, desde donde se extiende y expande a partir de núcleos culturales polisaturados.

La cuestión de la psicosis sexual (manifiesta en el mundo de diversas maneras) implica una división moral y éticamente válida en términos de los consumidores culturales de la globalidad y de la estratificación global de la oferta cultural circunscrita a la actividad cybernaútica. Pero ser adulto no significa, aunque así lo parezca, tener acceso simple a la actividad sexual. De por medio se halla la mayoría de edad como factor de acceso al mundo carnavalizado de las drogas, el sexo, el dinero, la diversión (desde donde lo divertido es lo morbido) para la mutilación simbólica de las consciencias y para la concresión atroz de la neo barbarie masiva. Evidentemente existen y prevalecen tendencias y posturas en pugna. Pere ese factor es inherente a las condiciones humanas (más allá del factor político, hoy tan cuestionado y en crisis). Ante este panorama la proliferación (en mi caso retórica) no accede a la dimensión comunicativa ni a la sociabilidad comunicante. Por el contrario, se mantiene en la materialización individual y en la complejidad inmanente de este soliloquio. Sin lugar a dudas el factor psicótico sexual es uno que conduce al placer corporal y no al placer intelectual: ámbitos válidos y notoriamente en la disputa definitoria del género humano y de su naturaleza.

OTRA VEZ NO. ES DECIR… ESE ALGO QUE ESCRIBE ALGUIEN ¿O NO?

La lógica de los géneros literarios es una atrocidad furibunda cuando uno ha atravesado, con cierta decepción, a través de algunos de ellos. Nunca he escrito teatro (aunque a mis 17 años tuve la inquietud de escribir un guión que jamás realicé) y ciertamente no cuento con un trabajo sólido en alguno de los géneros modernos (ni tampoco en los antiguos). Escribo y leo, como cualquier persona sensible, pensante y anticonsumista. Sin embargo: ¿qué me hace ahora volcar mis intenciones a este acto panfletario? ¿cuales son las implicaciones de las amorfas circunstancias que conducen mi discurso? ¿cómo se mantiene abierta la llave de la entropia falaz? ¿la existencia algorítmica de los litros de sangre en mi cuerpo es algorítmica o es cuántica? ¿es posible realizar, en acto llevadero, la desobjetivación del materialismo histórico? Por ende, la subjetivización perceptual consiste en el acto simulatorio de la evenescencia hermenéutica, aunque sin lugar a dudas la circunspección rectilínea no constituye un evento fortuito de alineación relativista ni atómica. Pese a esto, persistencia en mi raquítico arsenal científico, la prominencia de una otredad desvencijada: escribí poesía desde el año 2000, ensayo desde el año 2000, novela desde el año 2000. Pero mis pasajes, laberínticos y poco extravagantes, ostentan un desequilibrio perpetuo entre el acto evocativo y el ditirambo matamórfico: no tengo grupo literario, no tengo cuerpo que me incorpore, soy un exiliado porque me automargino. Pero terminé una novela. Soy malo para las relaciones públicas. Tengo la maña de comer aprisa. Bebo mucho café. Espero morir de cancer (solo para darle gusto a mi papá, que se la pasa diciéndome que deje de fumar, pues tengo el gen cancerígeno en línea directa). Pero digamos que también escribí cuento, escueta, falazmente, pero sí, por ahí escribí algo de cuento. Y de pronto ahora este circunloquio es para decir que me gustaría volver a escribir cuento. Pero soy un moralista, así que no sirvo para la literatura. Por ende tengo este blog, porque no sirvo para los mundos de pompa y platillo de las letras jóvenes (nacionales y de importación), además de que no tengo escuela, ni estoy afiliado a grupo o secta (como ya dije) pero más bien mantengo una tendencia anárquico-bandálica de auto flagelación y mutilación emocional: osea que en el fondo no sé por qué escribo, qué busco al escribir, ni tampoco mantengo clara una postura sobre las tendencias actuales de la literatura ni mucho menos sobre la rentabilidad y liquidez comercial de mis intentonas esteticistas, literaricistas. Pero no dejo de lado la presencia (cabal y atinada) de los corpúsculos selectos, pertinentemente selectos, de los refuerzos discursos que vienen a jugar el papel de continuadores del legado escritural de las generaciones pasadas. Yo no soy más que un alguien que escribe un algo. Sin conocer tradiciones (completamente) ni ser un lector completo (completamente) escribo desde las tendenciosas retículas de mi anteojera que llamo modernidad caduca, modernidad podrida. No por nada, y dado que acepto que el mundo me fue heredado y que no he hecho nada más que entender que el mensaje de las generaciones anteriores es no importa sentir importa poseer, la inmanencia solicita que se introduce paulatinamente en mi desquiciante escritura automática, no es otra cosa más que el espasmo nervioso de una orangután que estornuda y gime a la vez: igual que el arroz con leche en Venezuela y las venezolanas que son (oh my god) voluptuosamente hermosas (aunque de mujeres mejor no hablo pues en mis recientes facciones afectivas los candados emocionales me impiden accesar a la nebulosa amorosa erótico sublime del acto teenager).

Pero quería escribir un cuento y esto es demasiado. La lógica intermitente de mis ojos no es precisamente la lógica de un auto estacionado en doble fila, pero tampoco puede nombrarse como una contradicción despilfarrada en el atisbo de mi silencio que es un erupto de la soledad que respiro. Por si esto fuera poco; es poco. Pero nada queda dicho porque la letra muerta persiste en el aullido de la nocturnidad asemejada a una toalla humedecida que ha sido arrojada sobre la faz de la cama entre dos amantes que se descubren vapor de sus adentros. Por eso mismo, esto no es nada meritorio.

RECUENTO NOCTURNO

Retomo la palabra y me entrevisto con mi retórica resbaladiza que me hace levantarme al interior de un instante: el atardecer no es siempre el mejor momento para tener un encuentro. Ando ahora almacenando libros, en tono de constituir una biblioteca personal. Bajo este desfigurado arrebato (catalogado por mi cuenta como una forma anquilosada de salvaguardar ejemplares en términos biblíofilos) noto constantes y bifurcaciones. Constantes porque mis predilecciones bibliográficas abarcan una actitud revisionista de dimensiones pesimistas e inabarcables. Bifurcaciones porque no busco lecturas contemporáneas, porque no sé quienes escriben ahora, quienes publican ahora, quienes son parte del mundo de la literatura ahora. Tampoco leo a autores consagrados (aunque este pensamiento muestra únicamente mi visión miope y disímil del hecho literario). Hoy pensé en escribir un poema, un canto hispano-mexicano (imaginaba que mi revisión infructuosa de la tradición española desde el Cantar del Mío Cid hasta los románticos españoles podría conformar el principio de este canto, revisión que no he realizado y que me ronda por la cabeza) y me embrollé en el asunto y de pronto de nuevo ¡zaz! la obsesión bibliofílica.

Se trata, además, de la consagración del modo operativo en tiempos tecnológicos y audiovisuales: mi tecnofobia estriba en la reticencia a la implementación de la tecnología en términos vivenciales cotidianos, es decir, la uso, pero no me interesa ingresar en el terreno polidimensional de la absorsión tecnológica pues soy chapado a la antigua. Así, los libros se van tornando piezas de un fractal sinuoso que no encuentra un marco ni un sostén. Entro en un torbellino y me descubro con ediciones quizá excepcionales (por antiguas) y me descubro en el ámbito de la exageración y del despilfarro, al grado de incluso dejar de comprar comida para comprar libros.

Ante la inminente incapacidad de lectura total, ante la imperecedera obsesión de darle sentido a los recovecos de mi consciencia (a ratos flácida a ratos erguida), notar esa compulsión posesiva y consumista (actualmente de moda) volcada en el terreno exclusivo, privativo, monótono y selectivo de la adquisición de libros es igual a querer indagar arqueologicamente los detalles de las primeras aldeas primitivas de neanderthales. Económicamente irracional, como irracionalidad desmedida atrapada en el exceso, adquiero libros y busco librerías de viejo a donde quiera que voy (o al menos eso intento). Uno por aquí, otro por allá. Saber buscar, saber conseguir, saber indagar, no es lo más importante.

Navego así por las proximidades de lo incognito, en tanto figuración monocromática del acto de leer, desde donde las interpretaciones materialistas o mentalistas no me permiten tener una experiencia distinta: el libro en tanto objeto es simple y monótono, implica siempre la misma actividad manual, la misma mecánica, un acto reiterado. Sucumbe así mi efervescente recuerdo y las demarcaciones de mi revision (como de querer abarcar una vida anterior imposible de alcanzar) se reticulan mediante el esfuerzo impregnado de sensaciones colapsadas: descubrir que también puedo tomar fotos con mi celular (un nokia C1-01 de muy mala calidad).

El resultado, frustrante en el acto mismo de la replica sonora, es una combinación de la tendencia de adquisición materialista de libros, del acto constitutivo de esta new personal library. Se trata también de un cacto de salvamento cultural, especialmente en estos tiempos de la querella entre tecnología y tradición.

Después llega la noche y sucumbo nuevamente a un acto reflexivo esfumado en ese umbral de dolorosos sabores: ¿la angustia no cesa y el abismo de los tiempos persiste en el acto fluctuante de la sincroncidad? Nada ha sido dicho.

ARRANQUE DE UNA TARDE

Meditando un tanto sobre mi sistema retórico (emblemáticamente intelectualista) sucumbe ante mi la fragua de un orden claro y esquemático. Vivo en el entropismo.  Encuentro de pronto un aire descompuesto en mis escritos. Admiro este blog. De momento me cuestiono y sigo encima de las obligaciones.

Está bien. No es posible rescatar otra forma de hacer el mundo personal. Cuando se desvencija el intelecto y se rompe la luminosidad de las palabras el intento oscurecido se vislumbra como la vía de acceso a un sin número de granujadas verbales. De esa forma este pedazo que me mantiene quebrado hacia afuera.

El silogismo de la longevidad. Pronto ocurren eventos meritorios. Extravíos en el palacio de lo siniestro. Eco, marcha, golpe. Pensar ahora en Rainer Maria Rilke o en Mariano José de Larra o incluso pensar en Azorin y Miguel de Unamuno. Europa distancia de ideas que se abren al momento.

Por si acaso mendiga mi voz entre autores y textos no escritos, entre nacionalidades certeras pero perdidas, entre trabajo que no he realizado. Deambula y vaga por entre muertos el espectro de mis ideas. Entonces se abre la manía coleccionista y termino encerrado en un ciclo fantasmal: para qué pienso en la existencia de un ciclo en la modernidad hispánica (1492-1789) si no es posible llevar a cabo una comprobación de hechos en términos archivísticos. Solemnes las tradiciones rotas y los géneros literarios mantienen cerradas las puertas del conocimiento: autores viejos, lóbregas personalidades, luz de otros tiempos.

Entonces la historia se ha vuelto un fetiche y el estruendo político refulge en el firmamento de las generaciones intelectuales de otros días, de otros tiempos.

Sin embargo la cima del recorrido no es positiva ni es favorable: autores, análisis, ideas, extravíos dentro del quehacer humanista de todos los tiempos.

Nada dice este escrito, nada ha sido comunicado.

VOMITANDO LECTURAS

La retícula de mi mente se abre y se cierra, de golpe la dinámica es compleja. Lo simple se ha vuelto en mi contra, sin que llegué a predominar un barroquismo arquitectónico. ¿La penumbra de un estructuralismo mal aprendido? Queda el residuo de una lectura trunca del Capital de Marx, algunas ideas de Adam Smith y David Ricardo, también un poco de la antropología inglesa como  Edward B. Taylor y Pitt Rivers. Malamente me he sumergido en una tradición española en la que para 1890 se habla, en un manual de literatura, sobre la etnografía.

Transcurrido su momento Clifford Geertz y su definición semiótica de la cultura me abrieron una revolcada reflexión sobre el lenguaje que desembocó en la lectura de Humberto Maturana, sin olvidar por completo que en 1492 se publica la primer gramática moderna, que es la de Antonio de Nebrija. Circundé los acantilados de manuales marxistas que al final terminé vendiendo como el de Nikkitin. No leí a Kropotkin pero por ahí pude acercarme a Erico Malatesta y su libro La Anarquía.

Sin duda fueron los poetas malditos franceses como Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud los que me invitaron a circundar paraisos artificiales, el spleen, la temporada en el infierno y otros pasajes iluminatorios. Junto a ellos la voz y el talante de Walt Whitman y el fragente canto a mi mismo. Nada fue igual entonces con mi percepción.

Pero bebí también en la pluma de Herman Hesse y algunas de sus obras. De la tradición alemana me fundaron las líneas filosóficas de Jürgen Habermas, alguna que otra de Herbert Marcuse y bastante del psicoanálisis de Erich Fromm y de Karl Gustav Jüng. Disciplinariamente me inculqué la lectura de multiples líneas del pensamiento que me fueron cerrando la retícula mental: nada más indisciplinado que la proliferación temática.

Del estructuralismo antropológico pasé al literario: Todorov, Barthes, Greimas. Pero mis búsquedas no han sido exhaustivas sino todo lo contrario, parciales y fragmentarias. Por eso hoy vomité este recuento trunco.

DISIPANDO UNA ETAPA CREATIVA

Mi historia arrancó cuando tenía 9 años y llegué a vivir a una cierta ciudad del sureste mexicano. Un grupo de hombres borrachos en su parranda decidieron que era momento de mostrarme un secreto, secreto que para mi resultó perturbador en todos los sentidos. Encendieron el televisor. Localizaron un satélite. Ubicaron un canal específico. Hasta que de pronto estaba en frente de mi una rubia completamente desnuda. Era Play Boy Channel.

Con el paso del tiempo me fui adentrando en el terreno de la contemplación pornográfica. Empecé con la televisión satelital. Después fue a través de internet. Hasta ahora veo algo de material para adultos. Ahora tengo 30 años y 21 de ver pornografía. Cosa que aún representa un conflicto existencial profundo y un estado de irrealidad rotunda: desde muchas aristas la pornografía es un elemento destructivo del a vida psíquica.

En este tránsito de 21 años otra constante marcada en mis días ha sido el consumo y experimentación con substancias psicoactivas. Primero fueron exclusivamente las legales. Posteriormente me adentré en los territorios de las ilegales también, hasta que a los 19 años conocí el Floripondio, del cual me volví afecto y que consumí entre mis 20 y mis 28 años. No abundaré en las substancias conocidas, pero he ahí otro factor destructivo.

Finalmente, y en términos bastante freudianos, la muerte de mi madre hace 12 años detonó en mi persona una ira y un desconsuelo espeluznante. Fue transitando por momentos de transformación personal rotunda hasta que en 2002 tuve un episodio psicótico fuertísimo a raíz de un alto consumo de drogas psicodélicas. Desde entonces se me hicieron pruebas médicas y psicológicas. De los eventos de aquellos ayeres uno perdura como evento traumático especialmente: en una fiesta masiva, consumí un ácido lisérgico y tuve contacto con una amiga de un amigo con quien me quede paranoícamente obsesionado y fantasiosamente enamorado. Nunca la busqué, nunca hice sino alimentar la fantasía de que en algún momento yo le había gustado y que tendríamos una relación amorosa. Nada más lejano de la realidad. Fui confeccionando un nudo afectivo-simbólico-psicótico-intelectual a raíz de ese «encuentro».

El único panorama favorable que se ha mantenido con vida es la escritura, actividad que inicie desde niño y que en muchas formas me ha mantenido con vida y con aliento constantemente. Para escribir he tenido que leer, aunque en los momentos psicóticos no me fuera posible comprender con claridad casi ninguna instancia del mundo exterior y del interior. Pero no dejo de escribir, vivo por la escritura y a ella debo lo que resta de mi integridad.

En 2010 inicie un tratamiento de rehabilitación a las drogas, ingresé a un trabajo, inicie una novela (que está actualmente concluida) y deje mis estudios universitarios de lengua y literatura hispánicas (ahora realizó desde este 2011 estudios de historia con algunas dudas). Aquel año también había logrado estrechar la relación con esta amiga de mi amigo de la fiesta masiva y estaba a punto de tener un encuentro con ella. Al final no se realizó por mis condicones enervadas después de un alto consumo de floripondio. Igualmente en 2010 inicie el proyecto de pornopoiesis que ahora ha visto su fin y que buscó, en todo momento, plantearme un reto creativo frente a la contemplación pornográfica, transformar mi condición de espectador receptivo a creador activo, de consumidor a crítico, de buscador a realizador.

Esta década, la década de mi juventud y de mi s20 años, ha sido un torbellino y una confusión constante. Apenas ahora logró aceptar cabalmente un hecho importantísimo: la creatividad, la imaginación, la fantasía, el arte, encuentran ciertos sustentos en los mundos originados desde el consumo y adulteración de la consciencia, pero no nada más desde ahí. La vivencia cruda de la soledad, en ocasiones autoinducida por miedo al contacto con las otras personas, me ha conducido a una reiterada búsqueda de canales expresivos, que desde enero de este año han desembocado en este blog, en donde se dieron las últimos momentos del impulso pornopoético y se perfilo una transformación personal desde mis circunstancias personales inmediatas y de mis deseos y expectativas futuras.

Gracias por su lectura.

Todos estamos solos alguna vez en la vida, en el mundo, en la realidad. Y puede golpear o puede doler, pero también permite sembrar con inteligencia.

EXÉGESIS SEGUNDA

Dado un sistema hermenéutico de interpretación fluctuante ante los intersticios cognitivos de la presencia verbal, la proliferación simbólica encuentra sustento en el acto reflexivo y analítico de cotejo cambiario en el frente bancario local.  Pero los razonamientos y construcciones discursivas de la tenebrosa imaginación adulterada representan instancias conspicuas dentro de las aristas aglutinadas en el quehacer analítico. Por lo tanto, la racionalización evidente no logra penetrar diractamente el sintagma locucional y se pierde en el eje diacrónico de la proliferación mencionada anteriormente.

Dada la caracterización estrujante de la tipología involucrada en el evento interpretativo, la historicidad arraigada al eje de la narración eventual consigue formular un espejo verosimil, sólido y convexo, en donde son proyectadas las siluetas carcomidas del recorrido erudito e incierto de la categoría epistemológica. Sin lugar a dudas el evento audiovisual, enraizado en el quiste semiótico de la interpretación, esconde una retórica panfletaria y ortodoxa desde la cual se vislumbra la terminología social que deriva en las contradicciones de clase y en el devenir economicista de las tendencias armamentistas en cuanto a la planificación estructural de una álgida y momentánea tregua cognitiva. Llevar a un extremo paralelo este descubrimiento, plagado de ortografías multigramaticales, no corresponde a una actitud científicamente aprobada. Por lo tanto, el evento hermenéutico oscila entre la desmistificación tradicional y el deambular infértil de la consciencia dudosa, sin que por ello se expandan las categorías metodológicas y se permita el intercambio sintagmático propio de un documento argumentativo. Mas en el fondo de la cúspide idealista el eco material de la culturalidad impropia mantiene diametralmente en oposición figuras de porcelana asimétricamente horneadas que conducen a una contingencia etnográficamente inválida y perspicaz, dando por resultado, de nueva cuenta, la proliferación genérica y el estrechamiento conductista, productiva y categóricamente profundo en el intento de unificar los sentidos trascendentales de la simplicidad universalista.

TENDENCIAS CONTEMPORÁNEAS DEL ASILO A LA MODERNIDAD

Bueno, pues la pregunta obligada es: ¿para qué aún modernidad? La tendencia inexpugnable estriba en el cruento y advenedizo -inclusive plagiaro- instante de conflicto anarco intelectual: la modernidad podría considerarse ya no exclusivamente como una rotulación categórica y válida sino también como una especie creativa y suculentamente repleta de personalidades, una especie de paraíso del pensamiento laico occidental (quizá más bien es mi conceptualización la que distorisona este acto verbal). Pero mis teorías inválidas sobre el devenir elocuente de la modernidad (¿hay por tanto diversas modernidades? ¿la pluralidad resta forma y figura nutriente a la categoría analítica?) queda incrustado una eco reminiscente de mis prácticas de indigencia académica que quizá, en el mejor de los casos, vean su fin cuando logré finalmente institucionalizarme en alguna disciplina. Mientras esto no ocurra seguire construyendo hipótesis falaces de trabajo en torno a la modernidad en tanto atributo conceptualizante y práctica de dominación de la cultural occidentalizadora.

Sin lugar a dudas mis posturas, en principio ingenuas y poco argumentadas, me condujeron a creer, hace algunos años, en al menos la reformulación crítica de la postura posmoderna (harto de esa tendenciosidad y relativismo que exageran los posmodernos con un toque de eclecticismo fundamentalista y de heterodoxia compleja y confusa). Mi primer categoría analítica fue la hypermodernidad, en donde la álgida e infértil tregua entre el acto de superación temporal del período moderno y posmoderno, se convertía en una especie de revolcada imagen de tintes exagerados (anything goes till the top) cuando era más que notorio que el universo de las realidades (inabarcable, ininterpetable, inexplicable, intangible e infinito) quedaba plasmado en la evenescencia de la recuperación generacional que se hacía del siglo XX. Frente a esto, la hypermodernidad abrió la senda de la saturación comunicativa de la globalidad y explicaba los injertos polifacéticos y multimodales de las fracturas y continuidades inherentes al quehacer humano (no por nada la crisis actual, de mi desconocida, parece hacer alusión a una postura nueva y renovada a saber, la retromodernidad).

Más allá de una reflexión coherente y rigurosa al lograr sambullir mis ideas en latitudes temporales bajo premisas sospechosas y grandilocuentes pude vislumbrar que en términos llanos los posmodernos y la posmodernidad fueron el resultado decantado de las disputas derivadas de la guerra fría, pese a que en 1989 yo tendría quizá 8 años y en verdad prefería jugar Nintendo que leer una pinche letra. Pero para 2001, con la caída de las torres gemelas -dos caídas en 1989 y en 2001, interesting period- la escena se tornó para mi de completa evasión. No me cabe duda de la reconfiguración social de la desigualdad y del despojo reiterado, no me cabe duda de la incrédula tendencia panfletaria y de que en Hollywood siguen haciendo lo mismo desde sus inicios hasta hoy. La composición, por ende, no es favoritista sino especulativamente gelatinosa, en tanto -y sin citar a Lyotard o a Habermas- mi quehacer e itinerario “intelectual” no encuentran un fondo en la retícula disyuntiva de las realidades y de las prácticas -ante todo discursivas- del ethos diverso y del pathos de la tolerancia. Pero no por eso desisto y el día de hoy pensé: pasé de la modernidad a la posmodernidad a la hypermodernidad a la retromodernidad. De lo que no cabe duda es de que he interiorizado eso que se asila en tal nombre, aunque en el fondo no entienda que se trata de algo mucho más complejo de lo que lo pinto y mucho menos elaborado de lo que creo. Quizá deba desistir y escribir algo distinto. En todo caso mi actitud es intelectualista.

AQUÍ VA EL TÍTULO

Quisiera escribir un libro sobre el siglo XVIII. Pienso en la cultura europea de esa tiempo. Me devano los sesos porque debo leer al menos 6 libros de historia: uno general de Europa, otro de cultura europea, otro de Alemania, otro de España, otro de historia de la filosofía y uno más de las casas monárquicas europeas entre 1667 y 1789. Pienso en todo lo que debería leer para escribir un libro que no sé ni de qué trataría ni cuál sería su aporte ni mucho menos su intención (no quiero ponerme como erudito pues no lo soy). Viene a mi cabeza René Descartes, podría muy bien indagar sobre los autores de esa época y las escuelas. Quizá mi intención tendría que ver con la historia de la cultura europea, pero yo no soy europeo, sino americano, mexicano.

Pienso en alguna utilidad. Divago. Todo termina conduciéndome a las lecturas que no he realizado y el grupo de trabajos que podría perfilar como tesis o investigación: el siglo XVIII, simple coordenada que no dice nada o que lo ha dicho todo.

Mi afán es disecante y por ende no avanzo. Pero bueno, quiero escribir un libro. Ya tendré tiempo, espero.

Por cierto, la teoría tiene formas inventivas distintas a la literatura. Son por tanto dos géneros distintos.

Yo

NINTENDO COGNITIVE TRANSFORMATION UNDER LATE XX CENTURY CULTURE

Ante la falta de identidad que ostento como miembro del mundo contemporáneo -y dado que no puedo ostentar un cúmulo identitario en términos modernistas- me yergo en el balance positivo de mis predilecciones retóricas: primero que nada el acto evocativo, segundo el aceleramiento de las culturas digitales, tercero mi manufactura generacional como parte de la transición entre los siglos XX y XXI. Bueno, parece poca cosa, pero en 1986 pude conocer por primera ocasión el NINTENDO. Evidentemente pasé mucho tiempo al lado de ese artefacto y logré jugar un sin número de cartuchos y juegos. Ahora tal vez mi título en inglés -en un tono académico que puede orillar a la interpretación psicológica de un intento psicolingüístico- perfila el ángulo que extiende la farsa ante el interlocutor; por si fuera poco, tiene mucho tiempo que dejé de lado el ámbito de los vídeos juegos y eso, notoriamente, me mantiene en el terreno del margen generacional -especialmente por la proliferación de consolas-. Sin embargo me pregunto por eso que llamó transformación cognitiva desde el terreno de la lógica -cultural, estética y digital- de la plataforma que me inicio virtualmente -NES- y confirmo, en el abismado terreno polisaturado del mércado digital, que en términos concretos la experiencia virtual conlleva una asimilación de conocimientos en función de la plataforma que se conozca -lo mismo pasa con MAC, PC y LINUX-.

¿Qué sería esa transformación cognitiva? No sería otra cosa que la capacidad articulatoria de la motricidad en términos virtuales, desde el eje cybernético que se fragua en el típico control del Nintendo (botón de flecha, select, start, botón A y botón B). Desde ese momento, y bajo el aprendizaje autorizado del movimiento táctil de los dedos, las capacidades de respuesta, los reflejos, la coordinación y la aceptación del contrato de verosimilitud virtualista (desde el principio de que lo hago con los dedos puede verse en la TV) auspician la dinámica sincrónica de apropiación transreferencial (o de eso que significa el movimiento en una pantalla y la reacción a partir de una lógica programada anticipadamente). Pero la transformación no términa ahí. Pese a eso no me detendré en los factores sociológicos y las implicaciones culturales (que también tendrían un toque académico) del uso del Nintendo (que seguramente para la generación de mis padres debió significar algo asombroso pero también tranquilizador en tanto permitía mantener a los críos en la casa, a expensas del recibo de luz).

Pues bien, cuando la cognición se ve atravesada por el mecanismo sui generis de la virtualidad incipiente -en tanto que la virtualidad también ha avanzado- la vivencia de la infancia encuentra fuentes y sustentos variables en torno a las dimensiones del entretenimiento y de la diversión, pero también en términos de las capacidades y de las acciones que se pueden bipolarizar entre lo concreto material (como plantar una semilla o subir se a un columpio) más asociado a la lógica  mecánica (físicamente) y lo concreto virtual (como jugar un vídeo juego durante 4 horas ininterrumpidas) más asociado con la lógica de simular hacer algo.  En mi caso se trata de aquellas investigaciones truncas desde la antropología piscológica, de George DeVos y la escuela culturalista de antropología norteamericana, y las tendencias crítico-filosóficas de los planteamientos de Eduardo Subirrats en su libro Culturas Virtuales. Y como de pronto mis lecturas contemporáneas -nulas en realidad- no apuntan a un salvavidas congruente -debo hacer ensayos para la escuela y por ende hacer lecturas para los ensayos- me recluyo en este título en inglés -sofisticado como este intento- que sin más que evidenciar esa fractura generacional -notoriamente la cultura es acumulativa- que ahora ya es historia de ese tránsito entre siglos que a muchos nos tocó vivir -con o sin protagonismos- desde la trinchera de un mundo que se virtualizó rápidamente (¿puede hablarse de la internetificación del la cultura? la obviedad de esta pregunta busca ofender en la reflexión hasta aquí hecha).

PÓCIMA DEL INSTANTE

Iniciada la longevidad de un trepidante fulgor, el sensacionalismo barroco de la tendenciosa espuela se recubre de una álgebra matafísica que constituye un eco fraguado en el acto simbólico mecanicista del grito engullido. Frente al espectáculo derrotista del nutrido espectador la concupiscencia revuelve los hilos del azaroso perfume que conduce a la futilidad inmediata. Por si eso fuera escasamente válido, el remanente de la longevidad oscila entre el perfil decimal y la bandera renegrida de los ideales truncos en el acto vandálico del trepidante deseo inerte que, como acertijo platónico revolcado por el mar del estoicismo, sucumbe al profundo temor avencidado ante los embates oscuros de la fórmula mágico-ritual. Por ende, descifrar el acto tumultuoso es algo más que una pasión alojada en el terreno impoluto de la agrícola marcha, donde las figuras esparcidas desde las cenizas guerreras logran desmontar el carnaval para abrir paso a un rito inocente que se desmorona cuando la tasa de café ha quedado vacía.

Eminentemente el circunloquio atroz no explica las contundentes huellas cancerígenas del acto evocativo, oh evocación de remotas proporciones, sino que desvela la tenacidad ardiente de un insecto que ha quedado atrapado en una tela de araña y termina siendo aniquilado después de una agonía tremebunda. Ha acontecido entonces el canibalismo fantasma, iracundo, soberbio, donde los dedos del destino quedan mutilados por las sentencias y locuciones que se derriten entre prados y ríos imaginarios, con dentaduras fantásticas y espuelas en las patas, aunque algún reptil acomete en la bañera y termina colocándose la dentadura postiza y sonriendo ampliamente después de cepillarse los dientes.

Cuando todo parece haber concluido, la fragmentación elocuente del camino azul se bifurca y surgen pedazos de estrellas que van columpiando gradualmente el tiento asimilado a las proliferaciones armamentistas. Aparece entonces el guerrero ridículo, tenaz y obstinado, ante las fauces del aire que lo devora con el aliento locuaz de la postura infinita. Entonces las mariposas surcarán nuevamente la primavera.

11 de noviembre de 2012

FACEBOOKIZACIÓN DE LA VIDA, AUTOBULLYING Y EL RESCATE DE LIBROS USADOS

YYYYYYY aaaaarrrraaaancán: por el carril 1 se adentra la compleja trama de las redes sociales, en el carril número 2 se avecina la presencia rotunda de las nuevas tecnologías, en el carril número 3 con cierto rezago se mueven las ediciones viejas que al parecer ya nadie quiere tener en su casa, pero señoras y señores la carrera es todo un cúmulo de adrenalina. La red social -facebook- se adelanta, parece trastabillar pero involucra el asombro constante de los medios audiovisuales, las nuevas tecnologías no se quieren quedar atrás y avanzan con el e-book, mientras que los libros viejos quedan en el último lugar.

La secuencia inicial, carrera personalizada de mis días, se inscribe en el antogonismo famélico de la tendenciosidad y la creación raquítica de una biblioteca personal. Por ello el tema del autbullying que se ha convertido en mi práctica predilecta: soy un sociópata, un antisocial, un ente psicotizante, un residuo generacional, eso que nadie considera ni debe considerar. En este espasmoso ciclo interventor que regula las conductuas cibernéticas -oh regulación de entropías fluctuantes- la concantenación inerte de mi actividad en facebook y una fragancia de anacrónicas proporciones: el libro en papel, objeto mutilado culturalmente, encarecido monetariamente, un lujo, una forma si se quiere de ecocidio -por los árboles invertidos en la empresa derivada de la industrialización de la imprenta como comenta Roger Chartier- y esta escena postmetafísicamente ineluctable, fútil, rompedera de ternuras hipócritas y esas chicas que tienen prótesis de penes exuberantes e increibles que he descubierto el día de hoy. No hay espacio ya para la alegoría. Por eso se enciende el espacioso terreno de le elucubración polisaturada: autobullying, desquicio personal de un ente psicotizado, carente de sentido, de sensibilidad, que no comprende lo complejidad de las estéticas posmodernistas, cyberdigitales. Alusiva cuestión la proliferación masiva de una productividad aparente y los trabajos escolares que no parecen tener píes ni cabeza. Análisis escuetos, falta de información, lecturas viejas, datos carcomidos por los eventos drogadictivos, alucinaciones persistentes, delirios ahuecados y la estructura desvencijada de esta juventud -la mía- que se interna en el acto fumatorio con fines oncomáticos y mortuorios o simplemente de autoexilio sociopático.

Por las rendijas de la noche la luna predilecta queda oculta en la neblina y el eco refulgente del siniestro decálogo que implica realizar lecturas del siglo XX -o del XIX o del XVIII o del XVII o del XVI o del XV- y la postura enferma de adjetivar mis palabras, de intensificar un evento interpretativo falazmente construidos, desde la mazmorra efímera y torpe de la retórica anarcovirtual.

Se trata de la carrera del facebook, de la carrera de la antiestima, del imposible rescate bibliotecaria de todos los libros viejos que hay en una ciudad. No por nada el sabor del vino lo he olvidado.

TEATRALIDAD AÑADIDA AL LENGUAJE: INFELICIDADES

Bueno o malo hace una semana fue mi día feliz, el happy birthday y esas cosas. Noté preocupadamente que mi cumpleaños se ha convertido en una fecha poco especial e importante o, al menos, de importancia ambigua. Sin lugar a dudas me incrusté en el ejercicio necesario para terminar los estudios del semestre en historia y no me permití celebrar hasta el fin de semana, yendo al cine con una amiga y luego el lunes cenando con distinguido familiar. Pero a todo esto el abandono de mi celebración responde, igualmente, a la tendencia imperfecta de la distinción anual: el cambio de ciclo trae implicaciones mucho más importantes que la simple numeración. Creo que por eso mismo naufrago en este argüende de

menospreciar. Es decir que mi desdén, inculcado desde pequeño y notoriamente desarrollado, incluye a familia, amigos, vecinos, personas cercanas, conocidos y una larga lista de seres humanos. Entonces volteó a ver mi vida y terminó sintetizando mi edad en años de odio. Por eso mismo acabo caminando por las calles exclamando al viento mi actitud rotunda de renuncia y abandono: quédense con su siglo XXI, es suyo, quédense con el país, con las mujeres, con los logros, con los premios, con los recursos naturales, con todo, quédense con todo. Mi desprecio, aumentativamente inclemente, se levanta en un acto de soberbia pobreza espiritual y de retorcida retórica incomprensible: igual el evento frustrante de querer alcanzar las cúpulas del jet set nacional y no lograrlo es el pretexto perfecto para terminar con mi perorata despreciativa. Sin más ni más salgo a las calles y digo cuanta pendejada me sea posible. En este contexto entiendo que jamás seré un «reconocido» escritor o poeta (por transgresor de la moralidad) ni que mis discursos recurrentes vayan a generar algún tipo de resultado. Todo esto tiene una historia larga, al menos de una década, que no viene al caso contar ahora. Lo que viene el caso es esa dosis de desprecio que siento yo por mi entorno, por mis condiciones existenciales, por el acto, igualmente frustrante, de no tener la más mínima gota de lucidez. No leo los períodicos, son una patraña. Por ende lo que pienso y opino son patrañas. No creo que el mundo pueda mejorar ni que exista la justicia. No creo en el ser humano, y eso que estudio humanidades, ni creo en la bondad o en la verdad. Mi escepticismo, nihilista, no deriva de lecturas filosóficas de Heidegger o de Husserl o Sartre o Nietzche. Nada de eso. El nihilismo que proclamo se levanta ante mi renuncia a las reglas del juego social, de mi clase social, pero también a la renuncia a las lógicas predispuestas por el éxito neoliberalista.

Por fortuna el mundo gira rápido, ocurren muchas cosas, las tendencias cambian y cada vez es menos controlable, aparentemente, la lógica de la información. De todas formas creo en la existencia de un sesgo y desde otro sesgo, el mío, noto que no hay manera de vivir en un mundo mejor. El mundo mejor fue el mundo de hace unos 500 años. El progreso científico, que ha aumentado el ciclo vital humano, ha conllevado el exterminio y explotación de especies naturales. Las formas de organización sociales, de los nacionalismos para acá, han conducido irremsiblemente a guerras, pugnas territoriales y acentuados mecanismos de dominación económica. La cultura y el arte, bajo esa misma regla de medición denominada modernidad y progreso, han termina fungiendo como sistemas simbólicos de dominación ideológica, intelectual, expresiva. Todo es decadente y todo está completamente sometido. Mi creencia en todo este panorama es la degradación humana y yo soy la muestra de dicha degradación. Fui cinta negra de tae kwon do. Fui deportista. Era buen estudiante. Caí en las drogas. Estuve 10 años matando mi mente y mi cuerpo con drogas. Ahora padezco esquizofrenia como consecuencia de esa década. Debo llevar un tratamiento psiquiátrico y continuar con una serie de terapias. No logré terminar la universidad y la retomé este año. Llevo 2 años limpio de drogas y alcohol. En fin, fui parte de las trampas de una clase media de doble moral: el chingón es el que bebe, el que fuma hierba y prueba drogas, pero sigue trabajando y estudiando y viviendo. Yo evidentemente no pude hacerlo, quien iba a pensar que desarrollaría esquizofrenia por drogarme. En fin, qué más da. Mi vida es un basurero de personas, recuerdos, eventos. Yo soy un excelente representante de la generación chatarra: soy un ser humano desechable, igual que el unicel, que por si fuera poco no sabe cómo reciclarse.

Frente a esto el escenario es rotundamente simple: las personas me dicen, eres muy joven tienes todo por delante. Pamplinas, bueno, no sé, mi enojo me dice eso. Entonces este cuento y la evidencia escrita de mis desesperanza: pienso este país tan desigual, tan saqueado, tan robado, tan explotado, da para mucho más; esta gente que trabaja y se esfuerza puede sufrir mucho más, ¿no debería acaso asumir otra actitud? Pamplinas. No he leído lo suficiente, ni he escrito lo suficiente, ni he publicado lo suficiente ni nada es suficiente, maldita condición postmoderna, maldito Lyotard y maldito Habermas, maldita dialéctica, maldito pensamiento europeo, maldita evolución progresiva de la especie, maldita tecnología, malditos títulos académicos, maldita sociedad, maldita conformación histórica de la dominación, maldita resistencia que abandoné por mis caprichos, maldito lenguaje. Al final de cuentas podría estar drogándome y seguir matando mi ser. Maldito mundo y maldita consciencia. Me dijeron que no maldijera. En fin, me lleva al diablo. A la mierda la esperanza.

TENDENCIOSIDAD VERBORRÉICA O DE LA CAPITALIDAD CIRCUNSTANCIAL

Llevo días intentando proseguir con una lectura, simplemente no tengo el ánimo ni lo he conseguido. Frente a los eventos navideños de este año, por otra parte, no me queda más que mencionar que de muchas formas estas fechas no han sido, ni parecen ser, especiales para mi. En muchos sentidos he perdido el calor de hogar, la familiariadad y el entusiasmo de compartir. Un egoismo monetario, capitalista y pequeño burgués se ha apoderado de mi. Los años no pasan en balde.

Descubro entonces que llevo años queriendo leer tanto y que he leído tan poco. Descubro también que no sé nada de literatura contemporánea, que a lo mucho conozco a unos 4 o 5 autores con cierta profundidad, descubro también que los intentos que he desarrollado terminan en escuetas fórmulas sensacionalistas: por eso ahora pienso que todos estos memes homenajeando a Chabelo son el producto de una tendencia cultural renovada que simplemente no entiendo. Igualmente comprendo que la juventud con la que me ha tocado compartir ciertos momentos de la vida es tan amplia y abarcadora que termino negando mi condición de joven, es demasiado voraz el vértigo de la juventud cuando tienes un mundo plagado de jóvenes con posturas ante la vida tan disímbolas. Al final uno hace su síntesis, creo, aunque a mi me cuesta mucho trabajo.

¿Por qué se le llama capital a la ciudad más importante de un país? Buena pregunta, tonta desde el punto de vista geográfico, ergo un cambio genérico sustancial: la capital, el capital. Dada esta ramplona argumentación, este vómito no es más que una rebanada de amargura, de este ánimo podrido que me mantiene tan harto y aburrido: porque dejé de lado todo contacto con mi parte lúdica -esa que me hace decir tonterías en esta ciudad que tanto odio-, porque también he decidido automarginarme en este exilio que no tiene nada de sano frente a un mundo tan comunicado, tan conectado, donde “todos” tienen un ser querido a quien visitar, siempre y cuando la visita no sea yo. Así, mi resentimiento social se yergue, se levanta mi rencor, el odio histórico frente al rechazo recibido, frente a mi estupidez constante, frente al miedo voluntario de ser alguien en el mundo -para los gusanos claro está-.

Después de todo mi reclusión es voluntaria y no responde a nada más que a una visión pobre, raquítica, monótona y austera del sin sentido: la lógica oficial es simple, hay que tener ambiciones, metas y objetivos, hay que cumplirlos, aunque sea pasando por encima de quien sea, hay que ser alguien en la vida, hay que tener sueños y familia, traer mano de obra al mundo, engendrar más bocas y más cuerpos para la fábrica y el comercio de la vida y de la muerte. De vez en vez tengo noticias del mundo y me entero de que no cambia, al menos no sustancialmente, aunque es mayor mi ignorancia: evidentemente no hay otro sistema económico ni político, evidentemente no se ha generado la separación histórica de generaciones, evidentemente sigue habiendo tradiciones, evidentemente se sigue creyendo en dios -algunos claro-, es más que un hecho que la ciencia y la tecnología trabajan para los intereses más elevados y que la brecha tecnológica, de la cual soy parte en muchos sentidos, no es más que una forma de diferenciación socioeconómica, cultural, ideológica y empírica.

Frente a esto mi miopía, mi encierro, el estado depresivo, la repulsión al mundo, el cautiverio, la tenacidad de mantenerme fuera del mundo queriendo ser parte del mundo, con esa frustración de no tener lugar en él, con ese trauma de ser un despojo, con ese sensación de ser parte de la generación chatarra: la que fue usada y luego desechada. Sí, eso es, la generación chatarra, eso mismo, si algo soy es un pedazo de chatarra. Me encuentro fastidiado y vuelvo al punto intermedio: la capital, el capital, capitalismo (forma de descripción geográfica por capitales mundiales).

Nada que ver, nada que oír, nada que aportar. En este mundo de ignorancia también ignorar es un arte. Que se pudran las bibliotecas.

UNO DE ESOS AMIGOS QUE YA NO ESTÁN CERCA

Recupero del impacto de los años la memoria de una relación que fructificó pero terminó dando de sí. Hace años no tengo noticias de él, un buen amigo en su momento. Juntos iniciamos una serie de proyectos en torno a la literatura, estudiábamos letras en la Universidad Veracruzana y en 2006 hicimos un viaje a La Habana, Cuba, a un estupendo foro académico donde presentamos trabajos. Después nos tocó escribir un tipo de manifiesto literario, que fue publicado en la revista de crítica y poesía que él dirigía y en la que yo era parte del consejo editorial. Realizó por esas fechas un libro de poemas que imprimió en papel bond, al cual le escribí un prólogo que a él mismo no le gustó mucho, especialmente por mis juicios sobre su poesía. Teníamos una relación fraternal.

En ese 2007 participamos en un congreso de estudiantes de literatura y junto con otros nos toco revisar y dictaminar las ponencias y trabajos que serían presentados. Mi postura frente a él era la de un cierto hermano mayor y con ese aire de superioridad me vinculaba con él, aunque también sabía establecer el vínculo recíproco y amistoso de camaradería e igualdad. En 2008 intentamos realizar la lectura del Capital de Marx pero no logramos terminar el primer tomo. Yo me encontraba en un momento crítico de mi vida y él sentía que perdía su tiempo a mi lado. Cosas de la vida, nos separamos y no volvimos a toparnos sino años después.

Al final me imagino que no deje una buena impresión en él pues se mantuvo la distancia, pese a que lo alojé un tiempo en mi casa, le obsequie libros y compartí algunos intereses nuevos en nuestro reencuentro en 2010. Todo fue una fotografía tirada por el escusado. Llevo años sin saber de él, pero me imagino que está bien. Terminó su carrera  de letras, cosa que yo no hice, se ha dedicado a hacer crítica teatral y a reseñar libros. Es muy inteligente, agudo y disciplinado, aunque por momentos sus juicios me parecían exagerados y extremistas.

Recién me encontré con las ediciones electrónicas de la revista que dirigió y me entró la nostalgia de esos días, de esos tiempos, de aquellos años en los que aprendí, a pesar de mi arrogante soberbia, de él. Recuerdo nuestros intercambios y charlas, nuestras comidas, nuestros inquietos andares e intentos por convertirnos en poetas, por tener un proyecto cultural, literario, estético. Recuerdo sus críticas, su disimulada admiración, su entusiasmo, su temple y sobriedad. Como le dije en una de nuestras últimas charlas: tú aún tienes muchas puertas que abrir, yo ya no tantas.

Supe que publicó un libro con ensayos críticos, aunque no le conozco ni lo he leído. Supe que quería irse del país de cursar estudios de posgrado. Supe que había perdido a un amigo, aunque quizá más bien tuvimos una amistad temporal, igual que otras de mi vida. Supe que en sus desesperados intentos por acompañarme y ser mi mancuerna, ambos sufrimos una terrible desilusión. Hoy espero que se encuentre de maravilla mi querido y extrañado amigo: Héctor Miguel.

CRECER ENTRE LIBROS Y DESARROLLAR BIBLIOFILIA 

El recordar constantemente algo puede quitarle valor a eso que se recuerda. Nadie puede negar, entonces, que recordar, algo tan cotidiano y tan importante, es uno de los fundamentos sociales, individuales y culturales más notables. Y ahora me enfrasco en esta introducción sobre el acto evocativo con la finalidad de presentar una de mis manías más contemporáneas: la compra de libros. Y con todo esto de las tecnologías digitales y el texto electrónico -que no demerito- noto cómo mi actividad comercial de adquisición de libros es una especie de intento de rescate de textos, de volúmenes, de ejemplares, incluso en ocasiones a expensas de mi alimentación. Recorro librerías viejas, adquiero algunos libros y luego me olvido de ellos. Por supuesto que también habrá que hacerse el tiempo de leerlos, pero en este caso se trata más bien de bibliofilia.

Crecí en una casa donde había libros. Tenía acceso a ellos, me eran familiares. Leía comics, dibujaba, tenía libretas para escribir y en esos inicios de la era informática había también una que otra computadora. Humildemente me dedicaba a jugar o a escribir en esos artefactos. Al cabo del tiempo fui creciendo y gradualmente me adentré en algunas lecturas de las que he hablado en otras entradas de este blog. Pero siempre hubo libros, toda la vida.

Cuando crecí me hice de una modesta biblioteca con algunos textos de sociología, de antropología y de literatura, algo de poesía y filosofía. Al cabo de los años me adentré en el ejercicio literario -bien o mal desarrollado- y tuve la fortuna de conseguir más libros, hasta que por ahí de 2007 me vi en la necesidad de vender buena parte de mi biblioteca. Fue un acto triste, pero también de renovación. Después de haber realizado una selección de textos conservé los que sentía no debían irse, pero vendí cosas muy buenas.

Al cabo de los años descubrí los libros viejos, pues por lo común compraba libros de ediciones recientes, y me fui perdiendo en el tiempo y en autores más o menos según las inquietudes de mi momento vital. Al final llegué a obtener piezas importantes de historia, de filosofía, de literatura, que me han ayudado a acrecentar un poco mi bagaje cultural, aunque sencillamente he dejado de conseguir ediciones recientes.

Todo esto me hizo desarrollar esa pasión, esa filia, por el libro, por el artefacto físico, de papel, con olor, letra, tinta, con esa materialidad que inserta a un tiempo el eje de cierta mentalidad. Así, el efecto que me conduce por ese impulso, ahora más bien adquisitivo que intelectivo, desborda mis ideas y mis posibilidades, especialmente ahora que vivo cierto letargo e imposibilidad de organización para leer. Aunque pueda parecer obsoleta la idea de Gabriel Zaid sobre la construcción de una biblioteca con base en proyectos de lecturas, y dado que la biblioteca de mi madre sigue estando cerca de mi, creo que no es del todo equivocado construir una trayectoria de lecturas a partir de adquisiciones furtivas. La emoción consiste en la selección y en el devenir de la fortuna, en la peripecia y el arrojo de entrar a la librería y ver si encuentras algo que estás buscando. Yo al menos he encontrado muchas cosas.

SOY UN HIJO MEXICANO DEL ROCK ARGENTINO

En una evocación de distancia considerable, en una figuración transitada por años y años de búsqueda y conquista, la mención necesaria al rock argentino en mi formación me permite creer que mi consciencia latinoamericana no ha sido del todo distante de elaboraciones culturales de las generaciones pasadas y también de expresiones y formas que son fruto de los esfuerzos inscritos en lo que Bolivar Echeverría llamará «la modernidad americana». Más allá de establecer una pugna histórica entre el viejo y el nuevo continente, o la división típica esquematizada por Darcy Ribeiro entre las distintas Américas, hay una presencia en mi vida creativa, en mi sensibilidad, en mis transitados rincones y años, que se descubre admiración y elogio: el rock argentino. Y hablo de esos músicos, de esas bandas, algunas de ellas, que me han influenciado y me han permitido expandir, mayor o menormente, mis horizontes creativos. Además de escritor soy guitarrista y cocinero.

La influencia del rock argentino o las vetas de esa expresión que me alcanzaron se entrelazan con los años de dictadura de los años 80’s y el gran flujo migratorio de sudamérica para México. Recuerdo nítidamente las primeras veces que escuché a Charly García aquí en Xalapa, en algún invierno de 1985 o 1986, su disco Yendo de la Cama al Living, increible, magnífico, diáfano. A Charly lo escuchaba mucho mi mamá, le gustaba, le divertía, cómo no iba a hacerlo. Después conocí a Fito Páez, a Litto Nebia, a Almendra y a Luis Alberto Spinetta. Más de una vez naufragué en las canciones ochenteras de excelente calidad de alguno de ellos, pero el conocimiento fue fragmentario y más bien gradual: lentamente me fui haciendo de una pequeña colección de rock argentino. Pasé por los Enanitos Verdes, los Abuelos de la Nada, Andrés Calamaro y poco menos por Soda Estereo. Después, ya en mis tiempos mozos, vinieron los Fabulosos Cadilacs.

Mi desconocimiento de la historia Latinoamericana está acompañado de una vieja y olvidad lectura de Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. ¿Qué más puedo tener cercano a mi existencia? Mis padres, acá en México, tuvieron amigos exiliados, incluso un grande de la antropología mexicana, Nestor García Canclini, es Argentino. Los lazos, las interconexiones culturales, me remiten, igualmente, a la relación entre Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, aunque a ninguno de los dos los he leído con insistencia ni atención.

Pese a todo el adentrarme en esas excelentes letras, en esas armonías, en esos tonos, en esa evolución que va desde Suigeneris hasta la banda de Patricio Rey y los redonditos de Ricota, establece huellas dentro del recorrido y el espejo de una vanguardia estética, musical y expresiva. Cómo olivadar el bajo de Pedro Aznar en Serú Giran o la guitarra de David Lebón, cómo olvidar los arreglos de Fito al piano conjugados con la guitarra de Spinetta en La,la,la,la. Recorrer también esa psicodelia en La máquina de hacer pájaros o en Pescado Rabioso, el blues de Almendra, la elegancia de Nito Mestre y su flauta, los arreglos de Charly en Clics modernos, han posibilitado en mi escucha una lenta maduración musical, una apertura a la vida argentina, al refugio de ideas, de proyectos políticos y creativos, a la refulgente figura de un Bersuit Vergarabat o de los últimos como Lisandro Aristimuño o Andrés Ruiz o Axel Kryger.

En mi adolescencia el amor estaba fraguado en los decibeles que provenían el disco Hey de Fito Páez y su canción 11 y 6. Durante muchos años desperté escuchando Chipi chipi bon bon de La hija de la lágrima. Gran parte de mi repertorio musical, cuando me he presentado en público, estribaba en la interpretación de canciones de Sui Generis o Serú Giran. ¿Qué hay en este esfuerzo de tematizar una de mis vetas predilectas? La respuesta es simple: el gusto musical, la preferencia de una música frente a otra, aunque claro que los gustos actualmente son polivalentes, bueno, siempre lo han sido.  Mi intento hasta aquí es simple notación, simple enumeración, sin juicio. Ya ahora son otros tiempos, ya ahora son otros los valores. Pero yo aprendí a vivir escuchando rock argentino.

CULTURAL TRASHING

La actualidad puede definirse desde distintas perspectivas, pero en un sentido abarcador vivimos en un tiempo de culturalismos. El emblema culturalista de nuestros tiempos no se cifra en una tendenciosa búsqueda de la pacificación orgánica del individuo, la sociedad y el planeta, sino en el terreno abismado de las creaciones humanas, de los actos humanos, de las figuraciones y fórmulas reticuladas del quehacer de nuestra especie. Tal amplitud, ora temática ora actitudinal ora factual, conlleva una elucubración sinuosa, relativista, postmodernista y aritméticamente malthusiana. Así, la cultura se ha convertido en una bandera ancha, indefinida y abismal por sus niveles y territorios. Más no por eso el ámbito de la cultura culturalista ha conducido a una certidumbre racional. Todo lo contrario. He aquí otra herencia del siglo XX y de sus cimas intelectuales.

En este contexto, igualmente ensanchado por los aportes de la antropología y sus reflexiones sobre las culturas, por la historia cultural y la historia de la cultura, por la sociología de la cultura, por la crítica cultural y los estudios culturales, el culturalismo vigente -o los culturalismos, así en plural, ostentan sistemas de estratificación múltiples, organizan el entramado social, fungen como catalizadores masivos o como sistemas de estructuración psicológica. La cultura se ha convertido, por tanto, en un fetiche, una moneda, una mercancía, quizá inteligente, quizá baladí, pero sin lugar a dudas se trata de un espejismo saturado y saturante, de una estricta métrica divisoria de la sociedad, bajo el entendido de que todo lo humano es cultura.

¿Ha surgido un malentendido asociado al devenir de los culturalismos del siglo XXI? Nada de eso. Están aparejados a la concepción civilizada -y civilizatoria- de las sociedades, del occidentelismo, de la predominante tendencia neoliberal, apoplégica y recalcitrante, inclusive, hasta cierto punto, retrograda por su carácter estamental disfrazado, es decir, por la imposible movilidad social, por el nulo ascenso o descenso en la pirámide social, caracterizada por el secreto compensatorio donde la cultura -las culturas- fungen como antídoto segmentario y elitista: la cultura se entiendo como «la alta cultura», es decir, las bellas artes, lo moralmente aceptable -aunque secularizado y laico-, lo preferente y lo pedagógicamente apto para ese entronizado valor de la modernidad que es «la mejoría social» o el etnocentrista -y antropocentrista- modelo del superhombre -en este sentido la super sociedad- instantáneo, fugaz y expreso para la formación de un perfil hegemónico y dominante. No hay espacio, por ello, para las apariencias, sino todo lo contrario.

Todo este aparato implica una narratividad y una retórica, una discursividad y un acercamiento a los objetos históricos del mundo, a la transparencia oculta del territorio supra humano -y vuelvo a decirlo, laico y secular, desde donde la contemplación se convierte en un tropel de alientos, personalidades, sitios, eventos, fechas, manifiestos, tendencias, vanguardias y retaguardias artísticas, visiones estéticas, intelecualidades, culturalismos al final. Y uno desde esta reflexión mutilante, fragmentaria, sectaria inclusive, no puede sino alcanzar la pretensión, igualmente retórica y narrativa, de hacer basura a la cultura, o simplemente de destrozar -trashing: destrozando- este pilar de nuestros tiempos que he llamado culturalismos.

EL ALIENTO Y LA CARCAJADA

Tengo la desdicha de ser un holgazán. Compro libros y no los leo. Bajo libros en PDF y no los leo. Dejé de lado la transcripción de un libro de Literatura Universal para digitalizar el texto. Creo que debería escribir libros sobre nuevos tópicos, excéntricos tópicos, pero no lo hago. Imagino mis fantasías intelectuales e intelectualizantes y recorro los caminos del cigarrillo y el café cargado. Sonámbulo de aire y de esa fatalidad que invoco de forma rancia, mi vida es un frasco de autores corroídos y una meticulosa dosis de asuntos maltratados: ¿mi queja? este intento, igualmente rancio, de acceder a la tradición española. ¿De qué forma? Bueno, pues leyendo autores españoles. ¿Por qué no los leo? Porque no sé cómo seguir con mis lecturas. ¿Y el esquema cronológico básico? Ha quedado fuera de la contemplación. Lo que subyace a estas interrogantes es que hoy he podido conseguir un ejemplar de la gramática de 1492 de Antonio de Nebrija, incorpora hoy a mis recientes adquisiciones españolas: todo comenzó hace unos años con La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies de 1737 escrita por Ignacio de Luzán. También está el Quijote de Cervantes, por supuesto. Pero de lo que sí ha sido leído, al menos con un ojo, está Azorín, Mariano José de Larra, Angel Ganivet, Rafael Segovia y algo por ahí de Gaspar Melchor de Jovellanos, creo que el Informe sobre la ley agraria (aunque fue para la escuela).

Por ende las latidudes de mis lecturas, de las no realizadas, mantienen la pretensión de un meta-relato hispánico, que no hispanista, de proporciones descomunales, nada de autores contemporáneos, aunque debería acercarme a Machado, a Cernuda, a Unamuno, a García Lorca, no sé pues. He ahí mi problema, mi desquicio. ¿Y si lo que subyace a mi interés hispánico, que no hispanista, no es otra cosa que la contrastación entre la cultura mexicana y su herencia hispánica? ¿Será una búsqueda legítima? Por eso digo, es un problema. No debía por tanto omitir ni minimizar, escuetamente, el hecho de que introducirse en una tradición implica beber de ella. Ergo ¿es real mi interés por la literatura española? No se puede decir que no, tampoco que sí. Pero bueno, el chiste es que ahí están los libros y yo ni los pelo (bueno sí los pelo pero no a todos ni al mismo tiempo). Al final de cuentas o respiro o suelto la carcajada.

LEJOS DEL PRESENTE CONSTANTEMENTE

No leo los periódicos ni navego por internet ni logro consolidar una identidad virtual excepto quizá por los sitios que mantengo con mis propias producciones. Este desfase se debe a las transformaciones en el mundo virtual que yo mismo he dejado de vivir. Es una cuestión de referencialidades y de presencia, que en mi caso se traduce en un agobio inmenso frente a la inmensidad del mundo, en ese extravío que deshilvana mis tiempos y termina engulléndome en el pastiche global. Una cosa es escribir y otra muy distinto jugar el rol de escritor. Yo me adhiero más a la primera que a la segunda.

Sin lugar a dudas estos huecos, estas indiferencias y estos abismos -de ignorancia y desconocimiento del presente- no son más que el producto de mi juventud alternada entre los paraísos artificiales de mi pasada década y mi actual consciencia en busca de una vida. Desgraciadamente creí que el mundo me era simple y sencillo, cuando en realidad poco a poco me fui acomplejando y volviendo un ente desconectado de la realidad.

Surge así el eco de este andar entumecido por la falta de principios, de ideales, por este libertinaje cultural enraizado en mi rutinaria escritura, en mis adquisiciones librescas, en mi distanciamiento del mundo, en mi proclama impulsiva: aléjense de mi. El odio, el rencor, la frustración, el desprecio, no fueron siempre la moneda de mi vida, no fueron siempre la pesada loza que sumerge mi voz en tinieblas y territorios de penumbra. Un día me importaba el mundo, me importa el bien común, me importaba transformarme y transformar, revolucionar, me importaba ser un agente activo de la historia. Con los años, con la promesa quebrada de figurar en escena, ante los radicales cambios y el resurgimiento de los autoritarismos, mi fe en el humano se va extinguiendo, dando paso a mi excéntrica egopatía necropática -la necrofilia matrilineal y el intelectualizante argumento falaz, tautológico y silogísticamente incompleto, desde donde se dibujan mi pesadumbre, eso que se llamó spleen, pero ya no desde el acto enervante, sino desde el fondo y principio tanático -eros y tánatos- que me orilla a la lucha vital: el mundo es una inmensa cúpula de retos, de problemas, de contradicciones, en donde yo me encuentro náufrago y perdido. Y todo es este sin sentido rotundo, todo es este aparato perverso y pervertidor, este reflejo de años de desgracias, de desvencijadas proporciones, del alma carcomida por la intriga y por ese mujer desconocida que aparece y desaparece y que me da tanto miedo, que me llena de anhelos, que me rompe y me deshace y me vuelve este enfermo que soy. Entonces mi renuncia, mi falta de voluntad, se combina con mis patologías mentales, con mi esquizofrenia, con mi tratamiento médico, con los topes y los límites de mi juventud quebrada: por drogas en exceso, por burdeles, scorts y tables dances, por el deseo de morir expresado en mi actividad fumadora, por la tenaz constancia de las desilusiones, de la putrefacta esencia perdida en mi primer ideal marchito -decir no a la degradación humana-, igual que mi afán por tener esa atención maniática, ese nivel de importancia grandilocuente, esa inmensidad abismada de nombrarme algo y alguien. Para ser algo y ser alguien no es necesario hacer nada, pero al hacer algo se refuerza el ser algo y alguien.

Todos estos años de música que ya no suena, todos estos días de amores que ya no están, todas estas lunas llenas de recordar el evento definitivo, quedarme clavado con el tímpano destrozado, ver y constatar que como castigo la vida puso enfrente de mi retos inexplicables y que apenas ahora logro vivenciarlos. Sentir por ende este rezago, este retraso, este vivir desfasado toda la vida, vivir excluido -por mi mismo y por los otros-, vivir en ese mundo cerrado que se ha ennegrecido y tornado una sutil patología artificial. De pronto veo que no tengo conección con el mundo circundante y eso, igual que me da tristeza, me hace saber que no entiendo el presente.

DE LA RECOPILACIÓN DE AUTORES MEXICANOS DEL SIGLO XX

Un ímpetu revisionista lleno de arbitrariedad me sacude estrepitosamente: autores, lecturas, tendencias, escuelas literarias. Mayormente se ejercen los cacicazgos culturales desde versiones hegemónicas que advierten diversas posturas. En lo personal no navego por el siglo XX con un afán histórico ni mucho menos con una visión total sino abarcadora. ¿Presencias literarias? Bueno, sí, algo hay de eso. Uno intenta surcar los abismos de otros autores con un poco de dignidad, aunque a veces no sea posible. Hace más o menos un año redacte un pequeño ensayo en el que recorría los pasos de mi genealogía literaria intelectual nacional: Arqueles Vela y algunos de sus trabajos, José Vasconcelos y su filosofía estética, Antonio Caso y El pueblo del sol, no sé, hablo de abuelos intelectuales, aunque destacan más las fracturas y ausencias que las presencias. He sido un lector indisciplinado y poco confiable, transitando arbitrariamente por autores y lecturas.

De un tiempo a la fecha he ido planeando recopilar trabajos de autores mexicanos específicos, en función de los temas y las tendencias que me han ido abriendo rutas de idearios y proyectos intelectuales: Carlos Montemayor, José Joaquín Blanco, Sergio Pitol, Alberto Ruy Sánchez (uno de mis primeros autores nacionales predilectos), de los que recuerdo ahora. ¿Mi intención? Su lectura, por supuesto, complemento directo de la fabricación de un criterio literario nacional, igualmente heterodoxo, que debería incluir a Carlos Monsiváis y Octavio Paz, a Gabriel Zaid y a Paco Ignacio Taibo II. Sin duda el deambular no me permite recabar el tiempo de lectura pertinente para apreciar lo suficiente esta pesquisa que se torna más bien bibliofílica que factual. La intención no es sistemática sino tremendamente disgregante. Por ende todo se queda en el impulso anacrónico de revisión y termina siendo este texto poco reflexionado.

Actualmente realizo estudios universitarios de Historia y aunque mantengo un sistema de caótico y desquiciante de trabajo, intento al menos mantener la línea que va marcando mis inquietudes literarias generales. Quizá dentro de poco tiempo pueda dedicar suficiente tiempo a esos autores que he ido juntando.

DESDE EL MARGEN DE UNA PAZ INCIERTA

¿Cómo atreverse a hablar de una tradición cuando simplemente no se ha completado el mínimo recorrido para juzgarla críticamente? Bueno, quizá resulté simple el hecho de que no se puede leer todo para empezar a escribir -como diría el esritor mexicano Gabriel Zaid-, aunque no está de más mencionar que los eventos reflexivos de este sitio, quizá para detrimento de la audiencia, no oscilan ni se ubican en el sendero de la comprensión científica ni crítica. Hoy de pronto completo una inserción cognitiva analítica que me conduce por los caminos de mis paranoias más fervientes: el asunto de la guerra en el siglo XX. Y como aquí se vive la anacronía como realidad vigente, por ello el comentario furtivo en este intento retórico, me concierne especificar el apoplégico relato a continuación: la guerra en el siglo XX es parte de la conformación histórica del pasado inmediato, sí, pero también ocupa una posición privilegiada en el camino del salvajismo capitalista.

Entendamos de una vez que en el mundo occidental, pese a que la actividad guerrera es algo universal, la tradición de la guerra ocupa uno de los sitios centrales y definitivamente enaltecidos. Claro está que en todas las sociedades existen y han existido los guerreros, pero en el west world la guerra, desde tiempos de Ulises y Aquiles, del César y de Pompeyo, de Carlo Magno y de los Reyes Católicos de España, configura entramados políticos y sociales que derivaron, mal que bien, en el expansionismo occidental, que para los siglos XIX y XX tendrá el nombre de colonialismo y en el caso de los Estados Unidos, quizá no sólo en ese caso, el nombre de Imperialismo.

Frente a estas cúspides bélicas e históricas, el silgo XX, siglo de las guerras, conquista y expande el ethos necropático y el pathos consumista, la exfoliación de la certeza mortuoria en todo momento, la conquista desde la renovación tecnológica, recordando el trabajo de Peter Sloterdijk sobre las armas gaseosas de la primera guerra mundial, abre la senda que incluye la experimentación armamentista y el despliegue de fuerzas insospechadas hasta entonces -ejemplo de ello será el bombardeo a la población de Guernica y también las bombas atómicas del 45. No por nada se habla de holocaustos, de precisamente cataclismos para la humanidad emprendidos por los humanos. Viene a mi memoria el trabajo de Erich Fromm titulado El miedo a la libertad, donde se establecen criterios psicológico-sociales para el surgimiento, en el contexto alemán, de una figura como Hitler. Y ahora que el fascismo resurge, que resurgen los autoritarismos, que el sistema político mundial está podrido y que a la población no le queda otra más que exhibir su descontento (y luchar por ende hacia un horizonte quizá un poco menos hostil), prevalece la conspiración autodeterminada que implican la ONU y la OTAN, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, la Comunidad Europea o el Merco Sur, es decir, las parcialidades que en ese espejismo llamado globalidad, globalización, remiten a la frivolidad de las clases dirigentes, siempre que el futuro sigue y seguirá siendo incierto y que la historia es y seguirá siendo cíclica, pero no tomen mucho en cuenta esto.

El cambio  de siglo no implica, sin el riesgo de la caída, un horizonte mayormente favorable ni mucho menos una fragmentación holística de la guerra pese a la proliferación de los video juegos bélicos y por supuesto de la figura del héroe militar, del soldado, del ranger, del marine, que salva la situación. No por nada el género bélico en el cine hollywoodense es una de las empresas más redituables y de mayores alcances: Rambo, Terminator, Fuerza Delta, etc.

Pero no todo parece el rumbo deteriorado del expansionismo depredatorio, de la vorágine extorsionista del capital, del auge profuso de la mercantilización de la vida y de la muerte, de esos negocios oscuros que oscilan entre la industria farmacéutica «de la vida» y la industria armamentista «de la muerte». En el intersticio del recorrido biográfico actual de la humanidad el esplendor de otras industrias, como la cultural o la alimentaria o la tecnológica, recuperan el pathos del consumo, de la voracidad aparente, de la perpetua modernidad inacabada y ya vetusta que se abalanza sobre el espíritu y los espíritus humanos en eso que llamo das narkostichengeist: drogas, enajenación, manipulación, carencia de consciencia y criterio, alucinaciones civilizatorias que sirven de paliativos. No por nada la sombra de la naturaleza, esa naturaleza que reacciona y sobre pasa los terrenos de nuestra humanidad, se levanta de igual forma como una fuerza nunca controlada ni predicha. Por ello la cientificidad, el atómico y explosivo carrete de la ciencia, conduce, además, a la perfección armamentista y el auge tecnocrático: no por nada el régimen neoliberal enaltece la heroicidad y promulga el código marcial subconsciente en todos los espectadores posibles. La guerra, como artilugio y nudo cultural del siglo XX, no puede quedar fuera del ámbito humano.

DE FANATISMOS, ÍDOLOS Y DESIGUALDAD. LOS CONSERVADURISMOS ACTUALES.

Pienso nuevamente en las instancias que puedan inscribirse en una álgida reflexión contemporánea, pero topo de nueva cuenta con la pared de la distancia de los hechos. Sin embargo queda presente en todo momento el auge y proliferación de múltiples fanatismos -deportivos, artísticos, cinematográficos, políticos, religiosos, entre muchos más, que configuran, sin lugar a dudas, los escenarios y tendencias que demarcan el hoy inmediato. Esta situación se conjuga con el tan incrementado número de seres humanos en el planeta, dando por resultado ese adjetivo viral, es decir, el amplio y desmesurado aumento de visitas a un vídeo, por ejemplo. Se vive por tanto la conjunción de varios factores, pero el fondo de todo se ubica en la amplitud que ofrece la cultura del entretenimiento -pensemos en los memes- y en la sorprendente facilidad -dado una cierta debilidad ideológica- para que una expresión humana sea visualizada y seguida por un gran número de personas. Hace 100 años eso no ocurría. Pero un antecedente directo de esta viralidad se ubica en los llamados Best Sellers -que siguen teniendo su éxito y su demanda, en donde notoriamente no es factible algo más que la consolidación tendenciosa de una mayoría amplia, en términos democráticos, que consume y enaltece una producción de la cultura -ejemplo de ello también son las cifras de los millones de dólares recaudados por tal o cual película rompiendo los records de taquilla. Hay por lo tanto un inmenso dispositivo -consciente e inconsciente- de fabricación y elaboración de tendencias, de seguimento de personalidades -por ejemplo un gran deportista como Michael Jordan o una hermosa actriz como Salma Hayek o incluso un gran científico o economista o político- las cuales representan ídolos que aceitan y lubrican el aparato reproductivo social de los roles configurados en la complejidad actual. Estos ídolos, con vigencia, duración e impacto global, nutren y amalgaman los fanatismos tendenciosos, por una parte, pero también representan un hecho contradictorio: el ejemplo a seguir y el factor de desigualdad mayor -nunca se puede tener acceso a dichos ídolos pero se trará de ser como ellos a toda costa. Por ende con los cambios generacionales llegan nuevas personalidades a ocupar el sitio que anteriormente ocupo el destacado beisbolista o escritor, la conductora de televisión o la cantante. Será en este intervalo donde los modelos icónicos, igualmente cambiantes en el tiempo pero contundentemente estables, perfilan el eco de la transformación social de la diversión.

En paralelo grandes sectores de la población viven marginados, desprotegidos, carentes, ausentes de la vida y del confort. No por nada estos ídolos realizan obras de caridad en beneficio de sectores de la población que carecen de los medios para tener salida a sus problemáticas. fundaciones de ayuda para niños con cancer o desnutridos, adopción de niños africanos, creación de casas hogar y otros tantos eventos que sólo son posibles cuando se han ganado miles de millones de dólares -jugando en la NBA, grabando en Hollywood, gobernando Francia o ganando un premio Nobel. Pero siempre queda soterrado el factor de que una sólo persona, es decir uno de los ídolos, gane miles de millones de dólares en un año, mientras que miles de millones de personas mueren o son explotadas, igualmente al año, creándose por ello la evidente injusticia que promulga la sociedad de clases vigente: uno en extremo ganador, otros en extrema pobreza. A pesar de esto el mundo, con visos de cambio generacional, sigue moviéndose en retículas delimitadas por los factores económicos.

Creo que estos mecanismos de reproducción social, tanto de los ídolos como de la pobreza, responden a su vez a esos

nuevos conservadurismos, algunos positivos como la defensa del medio ámbiente, que son vigentes a nuestros días. Porque incluso la persistencia a la innovación es algo conservador. No por nada la dinámica reproductiva en el tejido occidental -y occidentalizado- encuentra sustento en el régimen de la desigualdad, pero además en el estatuto ficticio del ascenso social o del american dream. No por nada el mundo se encuentra saturado de personas talentosas, de talentos -deportivos, artísticos, literarios, cinematográficos, etcétera, etcétera- que llegan a ocupar los sitios de los personajes anteriores, aunque no los desplacen. Por ello la condición histórica de estos conservadurismos descarta la ambigüedad política que representa el neoliberalismo, de entrada por su condición de exterminio voraz, pero también por el típico be a winner o el just do it que impone el ethos ascendente y cupular y el pathos heroico del triunfo. Después de todo la planeación estratégica de la desigualdad y de la hyperproductividad son figuras centrales de nuestros tiempos, donde conservar algo responde a la conformación, solidificación y consolidación de un tradicionalismo disfrazado de novedad.

LA AUSENCIA DEL SÉPTIMO ARTE EN MI VIDA

Cuando se ha perdido el hábito de ver cine o cuando se ha fomentado la distancia de los grandes medios de comunicación del siglo XX, entre ellos el cine, uno no puedo sino pensar irremediablemente en la condición tendenciosa de aquellos y la inmensidad ignorante de este. Sin lugar a dudas no hay un punto intermedio. Dada una condición de bibliofilia exquisita y poco disciplinada, queda claramente evidenciada la distancia de la tendencia personal frente a las tendencias del mundo -que ya de por sí hablar de tendencias en tiempos de viralidad global es algo más que un suicidio público. Pero volviendo al punto, la imperante necesidad de contacto con los eventos mundiales, con las expresiones artísticas y estéticas en su vertiente visual, no han sido fomentadas ni cultivadas en quien ahora escribe esto.

¿Algo más que cine comercial? No recuerdo muy bien los ciclos de cine de arte que llegué a ver en la vida. Pero al cine siempre termino dejándolo en último lugar. En ese sentido me he convertido en un ser textual, monótono, mecánico, anticuario. Hubo un tiempo que ví películas y aún hoy puedo ver una que otra y de vez en cuando, siempre que alguien me lleva a hacerlo, pero no sigo la pista de ningún director, no conozco exponentes cinematográficos ni cuento con una formación en ese terreno. Quizá si me hubiera abocado a eso en lugar de a los libros mis predilecciones culturales no estarían atadas a la escueta y mutilada trama de las interpretaciones librescas de autores que ahora, y cada vez más, están muertos o distantes o simplemente no son sino objeto de tesis doctorales en el mejor de los casos. Pero como decía hubo un tiempo en que iba al cine, aunque fuera a ver la vida de Selena protagonizada por Jennifer López o alguna de Nicolas Cage o Mel Gibson. Veía los simpson, los vídeos chuscos de Ay caramba y sobre todo los deportes. Porque antes fui deportista, antes me gustaba y disfrutaba del base ball, del foot ball soccer y americano, del basquet ball, de la NBA, la NFL, el mundial de FIFA y todo eso que es más bien una parte de la cultura varonil de nuestros tiempos.

Dentro del cine disfruté algunas películas interesantes como The Trial de Orson Wells, basada en el texto de Franz Kafka.

Alguna también de Woody Allen, la vida de Basquiat o esa película de La lengua de las mariposas y la traición al maestro republicano que termino tachado de anarquista en la guerra civil española. Las de Rambo no me las perdí, pero no las ví todas. Inclusive Terminator fue una de mis buenas cintas de acción. Cómo olvidar esa enorme película noventera de la Red protagonizada por Sandra Bullock, una de mis heroínas favoritas. Después de eso todo ha sido un pérdida de referentes y realidades. Lo mismo me ha pasado con la música y en muchos sentidos vivo en una retrospectiva parcial, mutilada y fragmentaria -por qué no un tanto sectaria, donde no cabe otra cosa más que esa tecnofobia, ese rechazo y ese pudor a la tecnología -entendida como herramienta de dominación. Esto me ha conducido a ser serio, aburrido, insípido.

Al final de cuentas no dejo de pensar que habría pasado si no hubiera sido tan necio. No hay nada de malo en ir al cine. Lo malo es cuando no quieres recordar cómo vivir normalmente.

NUDOS EN EL ESPEJO DE LA HUMANIDAD: EL PASTICHE INTERIOR

Parcialidades, fragmentos, restos, trozos, colapsos de otras generaciones. Navego con bandera de indigente académico, actividad última que deriva en un humanismo cuestionable y una tendenciosidad frugal y anti occidentalizada por nihilista, pesimista y escéptica. No se trata de haber leído a Nietzche o de tocar el centro álgido del existencialismo de Sartre o de Camus o quizá la poesía maldita de Baudelaire y Rimbaud. Nada de eso. Tampoco se trata de las incursiones falaces realizadas por distintas tradiciones -también fragmentos y trozos- que oscilan entre la debilidad metodológica y el error anacrónico, ora indagando en filosofía alemana, ora en literatura mexicana, ora en poética ora en economía. ¿Qué ocupa el interés de estos atisbos de pesquisas? Entiendo desde una lectura de un viejo artículo de Wallerstein que la realidad no está dividida sino que se fragmenta y se divide para su comprensión. Sin dar demasiado énfasis a una cierta tendencia postmodernista, heterodoxa y contracultural construyo una perspectiva incierta, divagante, fractálicamente antagónica y profundamente desarraigada. En esta medida las discursividades de la humanidad que han ido tejiendo mi urdimbre ideológica, material y escolástica, son antropocéntricas -retomando quizá el logocentrismo de Derrida- pero también se orienta por el nihilis cognitio que enmarca el hecho de la infinitud de las discursividades y de la parcialidad comprensiva de las subjetividades humanas. Por eso recurro a la indigencia académica, dado un profundo terror a la ortodoxia y al autoritarismo, al principio de autoridad primero, a la reproducción social del maestro después, a la renovación mecánica de interpretaciones validadas por los cuerpos institucionales que administran, rigen y determinan las perspectivas, ópticas y hechos deseables de ser estudiados. En tanto indigente mi tendencia tampoco busca incidir en una evidente ruptura suscitada entre el academicismo y sus formas prácticas, por lo que regreso a ese nihilismo esencialista y desfigurado del amor al conocimiento en una actitud de elocuencia dudosa cuyo principio queda estable en la fórmula de cognitionis amor hominis cultur -en una verdadera traducción que google también parcializa dado que no sé latín y lo poco que supe ya lo olvidé.

Desde esta trinchera una simpleza ignorante, evasora, inventiva, ingeniosa, esporádicamente improvisatoria, los ecos de caminos que de haber sido bien transitados hubieran podido constituirse en algo distinto, en algo «sano» nunca más patológico, improductivo, falaz, temeridad de ideas que hacen las veces de caparazón y armazón de trayectorias indecibles,  de pócimas de lecturas mal recordadas. Por eso la indigencia y el acto de verbalizar experimentando. Por eso este comienzo roto, quebrado, partido, por eso trozos, fragmentos, porciones, retazos, piezas, parcialidades. La pregunta obligada sería: ¿hay una única fuente de las discursividades humanas? si existe esa fuente ¿es universal o particular? ¿cuántas formas de aprehender las discursividades hay? ¿lo discursivo se opone a lo pragmático? Es idea y acción según Habermas. Pero ¿el acto de la práxis se disloca del acto del discurso? Más de uno debería decir que no he leído a Foucualt y sí, no lo he leído, aunque teorizo y mantengo vigente mi pastiche interior frente al pastiche global, externo, contractualmente trasnacional, trasgenérico, transgeneracional: híbrido y acategórico, sui generis.

No precisan más nombres ni más emisiones ni más atenciones. Lazos al pasado, lazos a hombres y mujeres -algunas- que hablaron y dijeron y crearon y postularon formas y análisis y síntesis y sistemas filosóficos que se inscriben mediante los mecanismos de mi arbitrariedad subjetiva, de mi subjetividad envolvente, de mi egopatia y la profunda presencia de los átomos de una sintaxis intelectualista, fetichista del lenguaje, rotulista, ingrávida y demagógica, retoricista, discursivista, relativista, antideterminista -contra el determinismo cultural-, retaguardista -artísticamente-, profusista y colapsista -en tanto las secuencias caprichosas que esbozo son improvisaciones sin reflexión, sin tino, sin objeto en tanto  vómitos energúmenos de mi pastiche interior.

LA TRAMPA DE LA FLUCTUANTE INMEDIATES

Nota primera, desde los años, que se abre en este rincón, desde la parcial rivera ambulatoria en la que vivo mi intelectualidad desechable, mi tesis políticamente incorrecta, mi constante

espectación. Nota segunda, desde las personas, que se cierra para tornar soledades y escombros de vidas anteriores, de círculos anteriores, de anteriores encuentros, de eventos anteriores, de fiestas y celebraciones nulas. En esa pantalla del espejo carcomido, pantalla de mil aromas y mil caras, el eco de actrices Hollywoodenses como Camerón Díaz o Penelope Cruz o incluso de estrellas como Pamela Anderson y Carmen Electra: la rotunda ausencia femenina y de pronto Kim Kardashian y Mila Kunis y Marina Orlova y porque no ponerle el toque latino con Barbara Mori y Edith Marquez y quizá también Anahí y porque no las modelos colombianas de la revista Soho. Tiendo al soliloquio, fragmentariamente, autistamente, maniáticamente, con cinismo y ridiculez. Detrás de todo este impulso horas de gimnasio que nunca llegarán, alimentación sana que tampoco llegará, la azucarera vacía, el pan horneado, mermelada de zarzamora en esta primavera, ñoquis, salsa de chile árbol, personas que han pasado por mi vida y que seguramente se encuentran en un horizonte más dúctil y llevadero, aunque mi vida, esa tragicomedia de Brodway que nunca ha tenido éxito, oscila de altibajos a momentos de elocuencia baladí.

Los años pasan, las playas persisten, hay zoológicos en New York y Chapultepec, museos en las grandes ciudades, personas que viajan, viven, cambian de aires, cumplen sus metas y objetivos y siguen con nuevas metas y objetivos, seres que se casan y tienen hijos, trabajadores, oficinistas, transportistas, comunicadores, cineastas, cantantes, músicos, organizaciones y comunidades mundiales por todas partes, erguidas, flamantes, concisas y expansivas. Tentar mi insignificancia entonces es esta parte que se avecina una acaramelada tortura de conspiración egoísta y me adentro en el tumulto de los tiempos que se van extinguiendo con el viento de las nuevas generaciones. Colapso, infértil, en el trajín de lo no dicho y de la fábula esotérica y libertina, masticando recuerdos de La Fontaine copiando a Anacreonte, de La Bruyere, de ese Descartes no leído, de ese Moliere no leído, de ese Racine no leído, de esa francia de los luises y entonces de nuevo ese siglo XVIII -con los músicos excelsos Bach, Vivaldi, Mozart, junto al Concierto Barroco de Alejo Carpentier- y me pierdo en el criollismo mexicano -y la Biblioteca mexicana de Eguiara y Egurén-  y en la ilustración y en la especulativa figura de una álgida mazmorra que es el tiento y la estupidez avecindada en mi criterio ramplón, de corto alcance, de proliferantes equívocos.  Donde la belleza cae y la mediocridad se levanta el injerto creador pierde su fuerza y el escondrijo de una propuesta espiritual queda mutilado y escindido.

La evidencia resulta falaz y poco trabajada. Los rescoldos en el cimiento de la imaginación no siguen sujetados a la presencia benéfica del acto creador. La noche mengua y con ello el eventual instante que sacude el pulso final de esta nota: conclusión de una noche y llegada de un nuevo día y las mujeres que son bellas y los hombres que escriben y las musas y los poetas y el Mito del Eterno retorno y las configuraciones elocuentes, la fascinación de una expedita y rotunda fuga que se avecina tormenta desequilibrida. Los ojos, las manos, los besos y los cuerpos del caos, la malteada de vainilla, el chocolatozo momento de la despedida, embadurnados todos de nostalgia y este siglo nuevo que ya es viejo, este instante furtivo, los capataces editoriales, las ortografías que no pueden fluctuar pero fluctúan, esta inmediatez de años y frustraciones y tazones de fruta por la mañana y café y cigarrillos y la cima de una soledad rotunda y constante, como moneda de cambio y fetiche mercantil y la comunicación que a través del medio -de ese medio que preconizó McLuhan- no se inquieta en discernir las distinciones entre la poética de Aristóteles y la de Luzán y la de Todorov. A mitad de todo el emblema de una visión que se fragmenta en turbias curvas feminas.

SUBREFLEXIÓN

Divago en la elección de lecturas. Pienso en los autores que se han incrustado en mis predilecciones. Pienso en las indagatorias que voy realizando. Me encuentro perdido, al menos desde que el proyecto de este blog se ha convertido en una esporádica y eventual acción de vomito literario. No desisto de mis intentos. Incrusto en mi la impaciente necesidad de relectura de ciertos autores que me han configurado, de obras importantes. Pero dejo de lado esa actividad.

Me inquieta pensar el escasillamiento y termino diciendo para mis adentros: el que mucho abarca poco aprieta. Luego, con una visión de esterilidad elocuente, me insto a continuar con la redacción de algún texto que pueda desbrozarme el camino hacia delante. Mis obligaciones quedan irredentes y locuaces, destinadamente me encuentro en el abismo de la espera, del acto emulatorio, de la renovación infeliz y las herencias mutiladas. Entonces regreso a la fórmula eficiente: los lectores son una especie en peligro de extinción.

Para qué tanta grandiosidad, para qué tantas pretensiones, para qué continuar con mis ejercicios literarios, para qué proseguir escribiendo si al fin de cuentas no soy más que un hombre desfasado de su tiempo. Veo por ende mi afán anacrónico históricamente construido, como única fórmula de acercamiento al mundo. Siempre escuchar música de otros tiempos, siempre leer autores de otros tiempos, siempre estar buscando la aceptación de la generación precedente, siempre mantenerme distante de las personas de mi edad, de los gustos y predilecciones y las tendencias actuales a mi trayecto vital. De pronto sucumbo a la tentación y me doy cuenta de que no hay mérito en mis intentos, quizá sí haya mejoría en algunos aspectos, pero no hay en sí mérito que valga toda esta pereza intelectual, todo este acto acumulativo, toda esta cimiente amorfa y escuálida que es mi criterio estético, mi afán destructivista, mi concepción inequívoca de ser una basura del siglo XX (aunque mi inseguridad estriba más en mis intentos frustrados, en mi actitud desertora, que en mis pequeños logros y conquistas).

Frente a este escenario no puedo escapar del sentimiento infértil de soledad y de aislamiento, no puedo hacer a un lado

este sentimiento de insignificancia, esta pulsión inherente a mi vida, constante y precisa, que mantiene amortiguada mi existencia desde sus primeros días. Vuelvo entonces a este lugar donde comparto, donde mantengo una condición incierta. Ninguna espiral de optimismo es tan grande ni tan pequeña como el eco pesimista de una forma enquistada en la victimización y la flagelación. Veo la ruta que he seguido y regreso al comienzo: para qué todas estas palabras, para qué.

REFRITO DE LA CONFECCIÓN BIBLIOTECOLÓGICO-BIBLIOGRÁFICO-ACUMULATIVA

Recopilar materiales es una situación de evidente curiosidad, búsqueda y por supuesto, cierta actitud almacenista. Mis inquietudes bibliofílicas tienen un sustento bastante raquítico, especialmente porque las considero como una actividad de rescate bibliográfico, al menos en tanto acto de rescate de libros físicos en librerías. Prácticamente no compro libros actuales ni contemporáneos, para mal quizá. Por ahí de pronto noto que en sí mi actividad lectora es en sí misma insuficiente en cuanto que no me es posible ser el lector que quisiera, pero esta situación no descarta la actividad recopilatoria. ¿Temas? Bueno pues he conseguido algunos ejemplares importantes del siglo XVIII, textos filosóficos del siglo XX -por ejemplo el gran trabajo de Francisco Larroyo Filosofía americana de 1958-, trabajos de la época colonial en México -donde ubico un grupo de trabajos históricos de Carlos de Sigüenza y Góngora o la Historia de la literatura en Nueva España de José Joaquín Blanco-, también uno que otro texto de historia -debido a mi actual incursión en dicha disciplina-, diversos textos de la tradición española -por ejemplo algunos textos de Marcelino Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, varias versiones de Historias literarias de España, entre otros más- y también lecturas de autores específicos, sobre todo narradores mexicanos del siglo XX, Herman Hesse,  varios materiales de José Lezama Lima y algunos trabajos dispersos de poesía.

No es gran cosa, no es méritorio el acto de almacenamiento. Digo, podré presumir de mis libros cuando los lea. Y no es presunción, es más un recordatorio de lo que no puedo leer, una angustia que no me permite vivir tranquilamente, que aquí necesito desahogar. Pero también he estado leyendo la Colección de la Universidad Veracruzana Sergio Pitol traductor, con títulos traducidos por el maestro que incluye a autores como Henry James, Tibor Dery, Witold Grombowics, Lu Hsun y Joseph Conrad. Así que esas son mis lecturas más cercanas, más recientes. Sigo buscando, sigo buscando. También compro ejemplares para ir nutriendo la sección de reseñas de este blog, aunque notoriamente no sigo ningún programa, quizá la única constante es reseñar trabajos impresos.

He aquí la transitoria conformación de una biblioteca personal (descartando por supuesto la biblioteca materna que en sí no es personalmente mía aunque de cierta forma yo me he encargado de ella).

DE LA ESTRATIFICACIÓN SOCIOCULTURAL DE LA ACTIVIDAD IMPRESA HOY

La importancia de los medios impresos, de eso que distintos historiadores llaman cultura escrita, entre ellos Roger Chartier, no es causa de polémica ni de análisis en este punto. Se da por hecho que desde 1455 con la imprenta de Gutemberg y su difusión gradual por el continente europeo la trascendencia en aumento de la escritura como medio de comunicación implico transformaciones culturales, educativas, sociales, económicas, tecnológicas entre otras, que marcaron diversos derroteros de la actividad humana y de la vida occidental -y no sólo de occidente, pero sobre todo de occidente. Considerando el valor de la modernidad como categoría analítica ésta no puede disociarse de la escritura. Al tanteo menciono la Gramatología de Jacques Derrida -por ejemplo- pero también es importante considerar que desde el estructuralismo checo de la escuela de Praga, pese a argumentos contrarios en el Curso de Lingüsítica General de Ferdinand de Sassure, la escritura figura como una actividad  trascendente -por ejemplo Trubetskoy rescata en un breve artículo el estudio de la escritura. Ahora esta divagación no implica un sesgo academicista o escolástico o reduccionista. Más bien se trata de un ejercicio de aglutinación argumentativa en torno al título, igual que el resto de mis ensayos, caprichosos e inservibles. En fin. El punto es la escritura en el tiempo. No, ese no es el punto.

La diferencia actual entre escritura impresa y escritura digital esta mediada por el álgido período transitorio de la fotocopia y el fax, aquello que Baudrillard llamará la cultura Xerox en su excelente trabajo La transparencia del mal. La contundencia es exponencial -yo llamo a este fenómeno la pesadilla malthusiana, pero quizá sea más factible reconocerla como la condición fractálica del cosmos humano- pero igualmente mantiene quebrada la asibilidad esencialista de la escritura como entidad materialista. Sin embargo el asunto clasificatorio abarca discusiones que aquí no pueden ser tratadas por ser ignoradas.

Hace unos 63 años evidentemente la importancia de los medios impresos era sociológicamente distinta a la de hoy. Además no había internet. Pero no creo que exista movimiento revolucionario o insurgente en en siglo XX -y quizá desde antes- que no cuente con un órgano de difusión impreso. El valor de publicar un libro en la década de los 40’s del siglo pasado ciertamente representaba un éxito en todos los sentidos -ahora quizá publicar un libro no sea precisamente equiparable, en prestigio y esfuerzo, a lo que representó en aquellos días- pese a que la actividad escritural de alguien no implica necesariamente la publicación de sus trabajos. En eso recuerdo vagamente alguna lectura mutilada de las Reglas del Arte de Pierre Bourdieu en su exposición sobre Flaubert. Pero también la imprenta y la actividad impresa responde a una condición dual de dominación y de expansión: no por nada la corona española implanta la imprenta en sus colonias americanas desde la primera mitad del siglo XVI.

En la subsecuente lógica divagante de este «acto» panfletario -ensayo mutilante- la multiplicidad genérica de lo impreso -hoy desplazado por lo virtual, lo audiovisual y lo multimedia- abarca la extinta epístola, el telegrama, la esquela, el períodico, el panfleto, el recetario, los manuales, la revista, los diarios, etcétera de los etcéteras. El libro se ha vuelto, indefectiblemente, la síntesis cultural que implica lo impreso, más no es lo impreso en sí sino una de sus formas. Por eso el título responde a la estratificación «en tanto división clasificatoria de jerarquización y ordenamiento de un conjunto». Frente a este tono teorizante, fragmentario, mutilador e invalidamente fenomenológico -precisamente por carecer de la fundamentación lectora de Hegel y Heideger y Hurrsel y otros más de esa escuela- la oblicuidad premonitoria de la excéntrica recapitulación debe abarcar -en esto que varios deberán reconocer como entelequia o entelequidad- archivos de word, pdf, works, blogs, hyperenlaces y cualquier género de escritura -incluido el graffiti y los subtítulos de películas- con lo que tal estratificación podría comportarse en términos gramáticos -en su significado griego antiguo-, litearios -en su significado romano antiguo- y gráficos -en su significado europeo moderno-: es decir en tanto fenómenos alfabéticos y escriturales.

Dado que hasta aquí el tema no ha sido tratado, manejado, sustentado, argumentado, implementado, averiguado, sopesado -debidamente-, la inquietud de clasificación hasta ahora expuesta resulta falaz, impertinente y más próxima al intento postmodernista que Clifford Geertz establece en su trabajo Géneros confusos: la refiguración del pensamiento social en el trabajo titulado El surgimiento de la antropología posmoderna -no leído ni analizado ni estudiado ni si quiera ojeado al realizar este recorrido de truculentas proporciones-. Sin embargo, y dada la actividad de remembraza de autores y obras y trabajos, la jerarquización de la actividad impresa es un hecho contumaz.

¿?: LA EMOTICONIZACIÓN DEL LENGUAJE

Las formaciones emoticonicales del lenguaje en tanto representaciones gestuales que intentan la simplificación afectiva del acto comunicativo

son expresiones formales de las tendencias visuales -visualistas diría yo- de los tiempos contemporáneos. En ese sentido la recurrencia de la expresividad visualista consigue el efecto simplificador, mediante la exaltación factual del gesto [ 🙂 , 🙁 , entre otras] donde la comunicación se ha visto reducida -pese a la proliferación e innovación de los llamados emoticones- al intercambio gestual, dejando de lado todo acto semiótico, hermeneútico e interpretativo, dada la condición unívoca del mensaje emoticonical. Sin lugar a dudas los debates en torno a este fenómeno se inscriben, de igual forma, en el manejo y uso de la lengua y sus amplitudes estratificatorias dialectales, tomando en consideración la escasa seriedad -especialmente ortográfica- que representa la emoticonización del lenguaje (aunque se pueda expresar la tristeza con una cara en apariencia triste no se desglosa ni matiza la emoción o el sentimiento ni se acentúa su carácter, simplemente se pone la carita y ya todo parece estar dicho).

En lo personal considero que se trata de un reestablecimiento dominatorio mediante el analfabetismo -disfrazado de novedad- siempre que el alfabeto es la única víctima de esta intentona de los tiempos virtuales. No por nada podemos cerciorarnos -especialmente en los sitios de metroflog (pero no sólo en ellos)- que las distintas mutilaciones a la lengua incurren en una subespacialidad interior del lenguaje, un apego comunicativo desenfrenado -que por ende se reduce a la expresión gestualizada del emoticon- y que da lugar al analfabetismo competente. [Nótese el tono de censura que intento remarcar en tanto afán de intolerancia no ya a la actividad visualista de nuestros tiempos sino, sobre todo, a la infructuosa materialización del analfabetismo selectivo en tanto sistema represivo a priori que gobierna, rige, domina y perpetua divisiones socioculturales que son resueltas por la vía económica -desconozco mi alfabeto pero tengo la tecnología de punta y por ende no soy analfabeta- aunque en el fondo esta reflexión (de censura social) no considere la

división social de las tecnologías ni tampoco tome en cuenta los aportes sociológicos, antropológicos, filosóficos ni semióticos de las eventualidades emoticoniconicales de la realidad cybernética]. Por ello el apéndice voraz de este período visualista -audiovisualista sensorialista heterogenista- construirá sus cimientos en una renovación lógico-pragmático-discursiva (sin que me sea permitida la comparación estructuralizante del contenido virtualista desde la esencialidad de la desobjetivación del materialismo histórico e histérico) en distintos niveles no necesariamente seriados ni jerarquizados: 1) nivel del subalfabetismo 2) nivel de competencia tecnológica 3) nivel visualista de la cultura 4)nivel múltiple de homogeneidad comunicativa 5)nulidad emotiva. Estas nivelaciones no son necesariamente visibles ni ostentan -dada mi perspectiva censuradora- ningún rótulo o contenido de autoridad -en ese sentido esto intenta ser un apunte perdido de la legitimación antiracionalista del énfasis imperativo del analfabetismo funcional y del subalfabetismo funcional- por lo que tampoco representan algo más que meros actos panfletarios [por si no fuese suficiente la evasión de la función subalfabética del lenguaje emoticonical transforma a algo como la literatura en algo sencillamente innecesario, más aún a una como esta, intelectualista]. Sin mayores argumentaciones al respecto es permisible creer que la emoticonización del lenguaje es fruto del visualismo contemporáneo, quizá el fruto de menor gradación en una amplia gama de expresiones dentro del visualismo actual.

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