Opiniones

Devenir en los flujos

de gente, romper, abrir, castrar

la voz interna, repetir: toda

maleza de signos, ramos de significados.

Anterior al decodificador de palabras

la manta ennegrecida de luz, oscuridad

de luces, ceguera de luces, luces todas

infección proporcional en almas enlatadas.

Cansancio, escritura como saliva de perro,

hostilidad marchita, afrenta, trote, instinto

queriendo aventar un mascullar de años.

Convertido en rumor de milenios

el ajetreo del compás llamado

hoy la noticia no es sorpresa. Murmurar

por sí mismas las entrañas de los hechos

nauseabunda instantánea de la actualidad.

Si los años son refugio

Son ensayos de aire

constelación de sonidos

los cúmulos de presentes

las sonámbulas insignias del sol.

Son amalgamas contra el espejo

de la eternidad su sino

efecto y trance, árbol y conquista

hacia el océano astral.

Confección de los designios

traspatio inmaculado

de epifanía luminosa.

Son ayeres y manantiales

aromas de los hombres y sus amores,

claridad posición de las nubes.

Ansiada construcción

son los años, escritura de la vida inmensa.

Lazo como de fuego calmo

son torrentes de clamores y misterios.

Donde la angustia espera son versos

de métrica precisa. Años, figuras azules de voz quebrada.

Anterioridad circunspecta longevo torrente.

Cocina triste y a la vez serena.

Explosión por momentos acaso

dicha y fulgor, acaso luz y vacío,

son abismo y referente signo inverso

al futuro y sus monumentos.

¿Concluyen sus atisbos el álgido

impulso del sueño o son cantos del arrecife perenne?

Labios también son, que del universo nombran

una lengua fósil que fluye

como sangre cósmica de negrura infinita.

Un despedir alegre

¿En qué girones la vida ocurre
y pasa contra los nombres?
Los días amargos culminaron
y las estrellas fulgen amor y sensatez.
¿Cuán valiente es el silencio
y cuán enorme su sabia cordura?
Los triturados años juveniles
remontan la colina de la esperanza
con la fe contundente del cariño.

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De la memoria quebrada del año 2000

Muy bien era espolvoreada la amenaza del Y2K. Tomaba cerveza con mis amigos de la prepa, de la secundaria. Pasé semana santa en Puerto Escondido. No sé, sonaba una famosa canción de Café Quijano, la de Lola. En fin. Quería ser alguien, buscaba ser alguien. Terminaba el bachillerato. Probé mi primer toque de marihuana.

Al iniciar el año viví la ruptura de mi primer amor. Luego una sacudida rotunda estremeció mi deseo de ser antropólogo: quería ser revolucionario, decía, creía tener conciencia social. Leía a Erich Fromm sabiendo que era marxista. Todo parecía un estanque quieto entre Amsterdam y Berlín. No era verdadera mi vocación de luchador social ni tampoco lo era mi fatiga amorosa. Iba a graduarme, eso sí era cierto.

Tenía una libreta pequeña donde anotaba mis primeros versos en tanto versos, muchas veces sin sentido. Sonaban los Fabulosos Cádilacs, sonaba Café Tacuba, sonaban Los tres y la Ley de Chile, Alejandro Sanz, no sé, el típico Ricardo Arjona. No sé. Escuchaba películas de La máquina de hacer pájaros. Leía a Roberto Artl. Empezaba a comprar mi cajetilla de cigarros personal, Camel o Alitas. Veía la UEFA Champions League mientras tomaba sol en el Pacífico mexicano con 3 buenos compañeros de ruta. ¿Estoy siendo repetitivo? La repetición no trascienda los arrecifes coralinos de mi memoria torcida, como acróbata. No sé, incluso recuerdo a una hermosa niña que el último día de la estancia en la playa oaxaqueña, una niña de exquisito ver, me tiró la onda. Creo que ahí empezó mi complejo de galán mi trauma de no serlo. Inocencia.

Tocaba la guitarra a solas, a veces a algún amigo. Leía a Pablo Neruda, a Octavio Paz, traducciones de ciencia ficción rusa presentadas por Isaac Asimov, a Rafael Duarte Jiménez, a Eduardo Galeano, quería formarme una conciencia latinoamericana. Tampoco recuerdo bien cómo, pero conseguí el último disco de Fito Páez, no el de Rey sol, que conocí después, sino el de Abre.

Vamos que la escena era prometedora: libre de un amor de 4 años, tortuoso al final; preparándome para entrar a la universidad; atisbos de actividad parranderil; música, composiciones, poesía; cambio de casa; experimentación. También decía que quería ser escritor. Sin afán de nada. Inocencia.

El recuento anual de wikipedia es constrictivo. Año 2000, new century, new year, new life. Aún conservaba en un estado aceptable mi condición física. Jugaba foot ball soccer en un equipo de una liga local. Despreciaba a la clase media tecnocratizada y me figuraba haciendo ejercicios sociológicos a base del Monopoly. De pronto, quizá por algún trabajo escolar, leer a Talcot Parson, de pronto también tomar clases de mecanografía, de pronto las disputas en medio de un año electoral: ¿opciones? Cuahtemoc Cárdenas del PRD, mi cándidato, Francisco Labastida del PRI, Vicente Fox del PAN, Rincón Gallardo de un partido que olvidé, no sé, pero recuerdo que fui a tramitar mi credencial para votar con una camisa guatemalteca color verde turquesa en compañía de una excelente amiga. Salió la credencial y finalmente creí ser un adulto. La ley me reconocía como ciudadano. Elecciones. 2 de julio de 2000. Ernesto Zedillo Ponce de León era el presidente al que le tocaba reintegrar el poder a su partido o entregarlo a una “nueva” propuesta política. El calendario era inverosímilmente agradable: primavera, vacaciones playeras, verano, vacaciones chiapanecas, otoño, doloroso episodio familiar, invierno, primer cumpleaños en tragedia absoluta.

http://es.wikipedia.org/wiki/2000

Olimpiadas en Sidney. Jubileo Vaticano. Yo debía haber estado en esas olimpiadas, quería estarlo. Abandoné el Tae Kwon Do mucho antes de poder saber que mi trauma olímpico no tenía si quiera avisos de ser potencialidad. Medalla en Tae Kwon Do por Victor Estrada Garibay, de quien recibí un seminario de combate de pésima calidad. Eso sí, él era impactante, por donde se viera. Constipación mi memoria, inocencia, el recuento formalizado. Entré a la carrera de antropología social en la Universidad Autónoma Metropolitana. Vaya primer día: ya estaba enamorado de unos ojos, de los más hermosos que haya visto, pero sobre todo llegué tarde a mi primera clase porque me perdí en el pasillo, aunque quizá Claudio, con quien entré retrasado a la clase de Antropología Social 1 de Ricardo Falomir Parker, pueda recordarlo. Yo no sé cómo esta manía neurótica me convierte en una fluidez axiomática dudosa. Conquistar los años es una grandeza de poca prontitud. Inocencia.

 No había manera de profundizar en mis mecanismos oníricos. Escribí un ensayo sobre la educación en México. Gran cosa. Quedé finalista del concurso donde lo mandé. Gran cosa. Fui a la ceremonia de premiación. Gran cosa. El primer lugar lo declararon desierto. Gran decepción. Creo que el segundo también y sólo dieron el tercer lugar. Pero eso sí, tomé vino, conocí a dos chicas, una que estudiaba sociología y otra periodismo. Estuvo amena la plática. Charlamos. Bebimos. De la inocencia a la iniciación. Luego tuve que cruzar la ciudad de México desde el CIDE hasta Tapo orinándome. Llegué a la terminal, fui al baño, compré mi boleto y salí para Xalapa. Gran cosa, aprender a moverme en el Distrito Federal, al menos llegué al CIDE solo. Pero no era la facilidad la que me mantenía al margen de cambiar los artículos deportivos o musicales por las libretas y los libros. Me daba hueva leer. Me chocaba. Me aburría. No lo soportaba. Y en cambio, componer canciones, grabarlas, tocar la armónica, hacer veladas con amigos, conocer la mota. Inocencia.

Recuerdo que leí Juan Pérez Jolote cuando asistía al Congreso de Estudiantes de Antropología organizado en la Metropolitana. Conocía  Federico Besserer, no sé, iba recomendado por dos amigos queridos de Xalapa. Pero nada, nada es más que lo contado, trivialidad los tacos de suadero que me daban miedo en Tlapán. Conocimiento profundo de la urbanidad, proceso de urbanización radical, epopeya de una muerte materna prematura, dolorosa, rotunda y radical. Año 2000. Eso es, inocencia. Primer acercamiento a la libreria del Fondo de Cultura Económica en Miguel Ángel de Quevedo, que era una mirruña. Recuerdo que Mariana Elizondo, mi ex maestra de música, me invitaba a tocar con Jaime López, o a improvisar o algo así. Nunca acepte. Decían que era buen guitarrista. Nunca he creído ser bueno en algo, ni si quiera disfrutándolo. Inocencia.

Metro Barranca del Muerto, Teatro de los Insurgentes. No sé, qué más, a sí, Coyoacán, Manuel Sosa, no sé, Samborns, cerveza, billar, nuevos amigos y amigas. Finalmente la universidad. Y cómo todo se desmorona cuando tu madre muere. Como de pronto te dice uno de tus maestros: ¿es cierto que murió Margarita Urías? Responder: sí. Nueva pregunta: ¿tu mamá? Responder: sí. Sin saber qué es la vida morder la tristeza, sin saber qué es la muerte, morder la tristeza, cantar el Amor después del amor de Fito Páez en dueto con mi hermano mayor, Pollos rostizados de Trico, tequila, chupe, dolor, viaje a Naolinco. Estaba lejos de Xalapa cuando mi madre murió. Lo último que me dijo fue no te vayas. No hice caso. Siempre mi necedad. Al fin de cuentas, ese invierno, la Marcha del golazo solitario. En la vida no queremos sufrir, queremos tocar el cielo.

En las librerías de viejo

De pronto tus libros están ahí, pero no son los tuyos,

y yo, que los acomodé tantas veces y ahora no puedo,

los veo y pienso que no he leído nada, que soy un absurdo

lector de refritos y estilos ya superados. Ahí están, esos libros

que también están en la casa, que hablan de ti, que dicen

Margarita. Y las fechas y las vivencias me dicen también

que amigos llegan y otros se van, pero tú, ahí, los libros

las novedades repetidas en las librerías de viejo.

La tradición de adquirir ejemplares buenos me es dudosa.

No soy un buen coleccionista, pero te veo todo el tiempo,

leyendo esas novelas o poemas o ensayos o lo que sea

que leías cuando eras joven y radiante y entregada y eras tú.

Contra el polvo de tu biblioteca, ahora mal acomodada,

yo he traído a los españoles que quizá hubieras reprobado.

También he escrito y escrito y escrito y como tú no publico.

Pero no es el fin del mundo sino el fin de tu neurosis viva en mí.

No es más que eso y creer que un día pude entender algo tuyo

pero no es eso sino los años estos sin ti que so yo todo el tiempo.

El arco de la tormenta eres tú

Apoplejía de los árboles

es la tarde con las montañas de telón,

amor desenfrenado sin ropa a mitad del lago

-en ese botecito de remos donde nos desnudamos-

y el viento siempre silbando nuestra infidelidad.

¿Amor de unicel o de celofan? Ni flores ni chocolates.

La sintonía es nuestra farsa allí donde remolcamos

el ropaje de los años turbios que nos separaron.

¿Objeto del deseo? Amores con cicatrices ya de viejas

podredumbre de lo inverso: tu juventud y mí vejes.

Nuestra vejes y mí juventud, tu vejes y mí juvenil pérdida

de dirección y prudencia. Todo atardece y las montañas lo saben.

El río ya quedó atrás cuando nosotros somos tormenta.

Lacia la calma se esparce y el golpe de placer

-el bote se mece por nuestras acrobacias-

es la tinta de tus gritos y mi sudor: fantasma

el maridaje de nuestros alientos quebrados

por los años que fuimos madre e hijo sin serlo

y por los días que nos hirieron

y por el amor imposible que hoy realizamos.

Todo es gris en las nubes y la tormenta somos nosotros

que conocemos nuestras edades y nos lamemos el dolor

para hervir nuestro deseo y columpiarnos

-el bote queda tranquilo después del orgasmo mutuo-

en el interdicto que rompemos al besarnos,

al amarnos,

al chuparnos,

al buscarnos,

al tenernos,

al romper los códigos

y ser tormenta de un amor ya viejo

que era imposible igual que nuestro beso.

Encima de todo la tormenta que somos

-el bote es ya un rayo de sol que se extingue-

correr de las personas que nos unieron

que nos separaron

que nos juzgaron

que nos invitaron a ser esta tormenta que somos

este vaivén a mitad del lago desnudo como nosotros

-en el bote no tenemos más cobija que nuestro abrazo-

presenciando el seto que en la costa es apopléjico.

Nosotros carecemos de quietud porque somos lo prohibido.

Pero tú eres el arco de la tormenta

y nosotros somos la flecha de un Cupido

cansado de decirnos: ustedes no deben amarse.

Los años que cantan

La música es la misma

sonidos

historias

vidas

todo es ninguna parte.

La fiesta es torcedura

salto al torrente social.

La celebración con magia

es sonidos y oportunidad

baile, afecto, ternura, amor.

Es eso más que la desgracia vivida.

Cinta en la cabeza

en el corazón

en la cintura

cinta de compás

de conjunciones sonoras.

Galope por el lindero de uniones

ancestros, ritos, pasajes.

Lo años que cantan

contra el silencio que es muerte.

Los años y las colillas

Agente de una pútrida tradición

eso que es el cenicero repleto

y el aliento gris

y los ojos rojos

y las canas emergentes

y las malditas rimas de las canciones de moda

y los astrónomos vigilantes

y la cosecha de maíz

todo como un torpe amasijo de papeles.

La conferencia del amor platónico es derretida

contra la voluntad de los participantes

pero él maestro es mucho más que su gallardía

mucho más que su -¿preguntas?-

mucho más que su esposa agraciada

mucho más que sus hijos en la escuela de paga

mucho más que el coche del año y todas sus alumnas

enamoradas desquiciadas platónicas de él y su conocimiento.

Punto final el naranja que resplandece en la oscuridad.

Aplastar lentamente lo que queda de un alma de humo: cigarrillo en el cenicero.

Recordatorio en retazo

Contra la espiral del viento

el mirar los viejos años

como cangrejo muerto y mutilado

la playa de los recuerdos testifica

cadáveres de amistades y romances.

El viento son los vientos de la espiral

imágenes recortadas a las infancias

cristalinas en tránsito de películas

como el beso de despedida de dos novios

el domingo por la tarde, novios de 15 y 14 años.

Redonda esfera la espiral, el viento, el polvo de la vida.

Cantar del horizonte torrentes torpes de ayeres.

Círcularidad galopante y el atardecer que vuela a la cima.

grassandfinger