Teoría del instinto mutilado 5

Donde las nóminas de galardonados

revisten sociedades

otros nombramos otredades,

mitades, somos la oscuridad

contraparte, versificadores

de lo inútil. ¿Pereceremos

en este umbral de basura literaria

de concursos no obtenidos

y de lóbregas retahílas de mustiedad?

Donde otros son todo

nosotros somos nada, nadie,

ningún resquicio de esplendor

porque nuestro tiempo pasó.

Somos otros

contra el fondo roído del lenguaje.

Nadamos en la corriente esbelta

de truculencias y fraudes editoriales,

cabalgamos sinuosos prados

de verborrea y palabrería. Pendemos

cerca del abismo fortuito de la necedad.

Troquelamos la síncopa

que desquicia el alma

porque somos ignorantes

porque no estamos de moda

porque no conocemos el canon

porque al final vomitamos

únicamente

unicidades

particularismos

irrelevantes… como gaviotas muertas

en un muelle californiano.

Todo es cuestión de egos heridos

de grandilocuencia y sensacionalismo

todo es un estéril eco de esterilidades.

Escritores de unicel

somos

aquí

cuando nadie más enquista

nuestra flacidez intelectual,

nuestro raquitismo estético,

cuando sembramos lejanos

del orbe literario presente.

Ya lo dicen otros

como Lipovetski

que nuestro vacío nos induce

a vivir falsamente, a crear falsificaciones.

No merecemos el mote

de literatos o escritores o hombres —y mujeres—

de letras, aunque de letras estemos hechos

y hagamos nuestra vida, libro a libro,

ladrillo a ladrillo. ¿Por qué perder

el pulso y aliento de esta ramplona

apología inservible? No es sólo

como dijeran otros que no hay escalafón

es también el retículo indomable

que digo yo sobre nosotros

que no merecemos una oportunidad

que no valemos un poco de árboles deforestados

es también ese ego nuestro, eso yo

mutilado, desproporcionalmente

reseco, no como Onetti, que sí era escritor,

sino como estos que deambulamos

por el mundo en la farse escritural.

Y perderemos el tiempo

porque el tema del reconocimiento,

dice un autor por ahí escribes o trabajas,

es el tema de la negación de la modernidad:

otros son y para que ellos sean otros no son,

porque las asimetrías perduran, porque

no hay un mundo equitativo,

porque el capitalismo cultural

es más salvaje que el económico

porque merca con emociones y objetos.

Aquí es tarde ya,

tarde como fue

la pretensión de contar este fragmento.

Inútiles también tenemos detractores,

tenemos enemigos,

son ellos, los nombrados

los distinguidos

los reconocidos

los de la nómina, ellos

y ellas, que en su pelea

sobajan, aniquilan y canivalizan

el acto de crear.

Embodegar una biblioteca por una nueva vida

He hablado otras veces de los libros de la casa donde habito, estos libros de mi extinta Margarita Urías, una impresionante colección. También yo tengo mis volúmenes en esta casa de madera y ladrillo, muestra de mis búsquedas y de mis snobismos literarios e intelectuales. Hoy me toca embodegar, con naftalina y plástico, mi colección pitoleana, hesseiana, lemaziana, ruy sancheziana,  motemayoriana, y un largo etcétera. Y embodego porque me encuentro en un punto de transición a una nueva vida, como estudiante de doctorado en el COLMICH, llevándome entre otras cosas historias literarias, tomos de estética, compilaciones historiográficas y la fuerte esperanza de salvaguardar mi intento académico hasta cumplirlo cabalmente. Por consiguiente, esta catarsis prefigura el acto de memoria que invita a recordar, por ejemplo, la adquisición de Sholojov y El don apacible, en la librería Da Vinci de la ciudad de Xalapa, cuando en ella se encontraban cosas bastante mejores que las de ahora. Recordar también esas caminatas al CIESAS-Golfo cuando trabajaba con el Dr. Mariano Baéz, cuando transcribía la Literatura Universal de Arqueles Vela, editada por Botas, cuando leí La vida es sueño de Calderón de la Barca, junto a textos históricos y mis incursiones graduales en la obra de Sergio Pitol. También esta manía, este consumismo bibliófilo, es un vestigio que me ha permitido hacerme de un acervo documental importante, sin descartar mis afanes lingüísticos y semióticos, de filosofía del lenguaje, de antropología, pero más en los últimos años de literatura e historia española. Entonces se encuentra los libros que se van conmigo a la aventura académica, y los que quedaran en el sótano temporalmente.

Mis búsquedas en la tradición literaria española son islotes insignificantes de vestigios que más que dar una sólida forma a mis ideas muestran una tergiversada maniobra de asimilación ecléctica. Entonces ¿por qué no asumir que los nacionalismos representan diferencialmente categorizaciones absolutistas que rompieron las lógicas geopolíticas para delimitarlas a las dimensiones cartográficas de los derrotados y los vencedores? El particularismo nacional me ha invitado, además a revelar algo más que las maniobras coloniales y asumir que el tiempo histórico también puede aprehenderse desde una particularidad desatendida académicamente. Es entonces el conglomerado intelectual del siglo XVIII uno de mis principales apoyos y resortes en mi aventura académica: español, con Feijoo, Jovellanos, los Moratín, Iriarte, pero sobre todo Luzán, francés, con Voltaire, Rousseau, Diderot, D’Alembert, alemán, con Kant, Fichte y sin ser estrictos con Hegel, italiano, con Vico, Muratori, novohispano, con Clavijero, ante todo, pero también con Humboldt, Alzate, Boturini, entre otros. Y también es la historiografía, aunque desde lo político económico, como Sarrailh, Bazant, Vilar, entre otros.

Es incluso este acto el rememorar que hace 17 años estábamos llegando a esta casa Luisa, Margarita y yo, cuando concursé en el premio de ensayo del CIDE y quedé finalista. Es recordar que tocaba las canciones del disco Enemigos íntimos de Sabina y Páez, como el viaje a las cercanías de San Marcos para buscar orquídeas y fauna para construir nuestro jardín, con esos platanares de ornato que duraron unos años. Es también recordar la caoba que traje de la playa oaxaqueña Ventanilla un año después, ya sin mi madre, que terminó secándose entre 2007 y 2010. Empacar es deslindarse, conquistar, reflejar, momentos, encontrar notas, ver postales viejas, de amores, de amigos, de cuando la vida era un amasijo de amistades, hoy ya distancia y torpeza, desconocimiento. Empaco entonces porque me voy al COLMICH a estudiar el posgrado con todo el gusto y dolor que eso conlleva.

 

 

Lectura en el ahora: visitando a Ortega y Gasset

Comienza aclarando mi falta de método respecto a la invención intelectual, mi falta de eso que Ortega y Gasset distingue, la distinción entre leer y estudiar. La más reciente lectura fue la de Collingwood, también sobre filosofía de la historia. No es tampoco mi conocimiento historiográfico del siglo XX ni mucho menos el excelente libro La cultural del 900, en su reflexividad historiográfica, lo que me orilla a entonar que el pensamiento histórico, para mí ya anclado en Bloch y los dos filosófos recientes, me zambullen en una intencionalidad reconstructiva trocada en esta proclama en tiempos posthistóricos. No es tampoco la esfera del capital de Sloterdijk ni la filosofía contemporánea lo que me inclina a dilucidar, expresivamente, las migajas filosóficas del pensador español que retengo con insuficiencia. Tampoco es ese incultura que ubica nuestro filósofo ibérico respecto a la especialización, hoy más alta, profunda y precisa que nunca. Sí, para Ortega y Gasset la especialización remite a una incultura, pero también reflexiona sobre la importancia y el valor de la tradición, como obstáculo y como posibilidad de innovar. Si para Habermas existe una lógica en el discurso filosófico de la modernidad, parte de tal lógica refiere a la crítica y el  arte, en una modalidad de sustitución de modas, de escuelas, de posturas que cuestionan lo precedente para renovarse en lo “nuevo” —léase moderno como uno de sus sinónimos—. Lo trascendente no es tampoco la verdad o la realidad, no es la ciencia —con una lógica propia— sino los histórico, lo humano, lo que podría remitir al determinismo cultural —también hoy, cuando todos pretenden ser creadores culturales— del tiempo, de los actos y de las construcciones. Cifrar en términos de historicismo el devenir del tiempo implica valorarlo como un instrumento humano, con una teleología especialmente en tanto asume la conexión, la relación, la interdependencia del pasado con el presente y con el futuro, no en un esquema determinista —o prospecto—, sino como una lógica donde se intuyen novedades y costumbres, cambios y persistencias, hazañas de libertad y opresión. No es que la historia sirva para conocer el pasado y proyectar el futuro, sino que la historia construye la posibilidad existencial del presente y la causalidad del futuro, desde la vertiente que ocupa lo pretérito como hechos inacabados. Si Ortega y Gasset discute y cuestiona el fin de la historia, de Hegel y de Comte, lo hace también valorando que la filosofía de la historia no es historia de la filosofía, sino que el filósofo debe transitar por todos los momentos filosóficos previos, vivirlos, aprehenderlos, transitar por ellos, para construir su sistema filosófico. No es la historia un ente pasivo, obsoleto, de hechos muertos. La historia vive, está viva, en nosotros, en lo humano.

Pensar en las posibilidades del determinismo cultural como instrumento reflexivo me orilla a la interpelación con la dimensión antropológica de la cultura, donde no sólo la “alta cultura” es cultura. Esta hazaña de la antropología, especialmente del siglo XX, ha constituido uno de los máximos elementos de proliferación creativa —aunque habría de cuestionar, axiológicamente y estéticamente, ciertas formas de creación—. No es extraño que para los postmodernos, cuando los primeros en tomar esa actitud me parece fueron los antropólogos norteamericanos de finales de los sesentas, el lenguaje y la cultura se relacionen de una forma interdependientes: por ejemplo con la interpretación semiótica que designa a la cultura como una serie de intercambios comunicativos, códigos y formulaciones socialmente internalizadas y compartidas. En todo caso se renuevan las discusiones y ahora no es tiempo más que de enfatizar que la filosofía de la historia y la historia de la filosofía deambulan, en el pensamiento de Ortega y Gasset, entre la composición flexible de una axiología del tiempo humano y una aprehensión de la phisis y su designación y vivencia. No soy filósofo, no soy historiógrafo. Soy más bien un inquieto residuo del siglo anterior. ¿Por qué leer a Ortega y Gasset? Debería tratarse del simple ejercicio reflexivo y de la intención, profesionalmente no conquistada en lo personal, de escribir sobre el pensamiento histórico de la primera mitad del siglo XX, frente al estructuralismo histórico que terminó desembocando en la postmodernidad y ese conductismo reiterativo de lo post, de lo pasado, que remite a una contemporaneidad nueva y discursos, filosóficos, académicos y culturales, ampliamente difundidos. En todo caso para mi se trata de la hiper fragmentación del tiempo, o eso que llamo distemporaneidad, por una parte, y de la recursividad aglomerativa de la neometafísica digitalista, proclive a una vivencia de la digitalidad, informática. A este régimen corresponde una pornonarcotecnodemocracia en su dimensión política, mientras que en términos del actuar cultural,  es una pluriculturalidad luminocentrica relativista. ¿Que tiene que ver Ortega y Gassset con todo esto?  Pensar lo histórico, más allá de las herencias intelectuales y academicistas de las epistemes de la modernidad, implica redimensionar lo humano en su destiempo presente.

Lectura en el ahora: de ideas sobre la historia y una comparativa a 7 años Collingwood y Bloch

En 2010 sin saber cómo, cuándo, dónde ni por qué, decidí proponerme formar un perfil de pretendiente historiador. No era sólo por mis inquietudes referentes a Ignacio de Luzán y el siglo XVIII español, sino también por ser hijo de una historiadora y antropóloga mexicana, aunque en el fondo se trataba de realizar una empresa académica en un contexto de deriva, aislamiento, miedos e incertidumbres. Recuerdo que compré el libro de Marc Bloch Introducción a la historia  y lo leí con detenimiento, uno más de mis libros subrayados. En ese entonces no estaba en condiciones de poder realizar ningún tipo de ejercicio del pensamiento en ningún sentido. ¿Cuáles eran los ingredientes? Deseos de realizar una investigación sobre Luzán y su pensamiento, de explicar por qué razones su Poética estaba en la biblioteca de la Facultad de Humanidades, bajo la por entonces infundada razón de que seguramente había sido leído en México o Nueva España, pero ¿cuándo? ¿por quién o por quiénes? El segundo punto era el referente a las celebraciones del centenario de la revolución mexicana y el bicentenario de la guerra de independencia. Historia oficial, sin duda. Pero leí a Bloch con un interés genuino por aprender y descubrir la reflexión sobre la historia. Sin embargo, algo me distrajo ampliamente de mis inquietudes históricas: un trabajo que estuve a punto de dejar, una vida de excesos, el acercamiento a una figura de la literatura contemporánea radicada en Xalapa, la vivencia de experiencias límites que por diversas razones de orillaron a desquiciarme. Hoy estoy vivo, estoy plenamente seguro de que estoy contento con mi vida. Pero el libro de Bloch del que habló, reeditado por el Fondo de Cultura Económica, fue impreso y editado por primera vez en 1952. Ese mismo año el Fondo editaba otro libro que terminé de leer en estos últimos días: Idea de la Historia de R.G Collingwood. ¿Casualidad? ¿Historicismo? Pensamiento filosófico sobre la historia en la primera mitad del siglo XX. Dos latitudes rivales en el siglo XVIII: Inglaterra y Francia, que en el transcurso de los hechos de la segunda guerra mundial estuvieron en el mismo bando contra los alemanes. Dos vidas distintas, la de Bloch cortada, arrancada, por los escuadrones nazis frente a la resistencia francesa a la ocupación alemana; la de Collingwood una vida académica con cierto más sosiego. Esto desde mis escasas, desde mis nulas pesquisas sobre estos autores. Pienso en un ensayo, no este reporte de lectura, donde comparar cuatro formas reflexivas, desde la filosofía, de la historia: no sólo estos dos trabajos que menciono, sino incluyendo La historia como hazaña de la libertad de Benedetto Croce y el trabajo del español José Ortega y Gasset La historia como sistema. Ese posible ensayo hoy no es lo central. Tanto Collingwood como Bloch asumen que la historia remite a lo humano, al tiempo humano, a la acción humana, al pensamiento y de la experiencia humana. Con eso me quedo, me conformo. Si bien pudiera realizar una comparativa de ambos trabajos, ambos previos a la guerra fría, lo interesante para mí es la sincronicidad en el año de edición en español. Relaciones más o relaciones menos, leer a Collingwood no es sólo recorrer una tipificación, un compendio historiográfico, sino también es adentrarse en un sistema de pensamiento, en una definición concreta de la reflexión distintiva entre lo natural y  lo humano, eso que Leví-Strauss estableció muy bien en su apartado Naturaleza y Cultura en Las estructuras elementales del parentesco. De esta forma el recuento collingwoodiano también representa una nutritiva fuente de reflexión de la episteme histórica, del conocimiento y los límites y alcances de la historia como saber, independientemente de Foucault y neoestructuralismo. Collingwood logra un trabajo que responde a la modernidad occidental y su necesidad de historiar, no como un acto de la memoria sino como una posibilidad de conocer el pasado más allá de una causalidad diferencial, como una actividad de testimonio y explicación de lo ocurrido que se relaciona con el presente. La historia es pensamiento, es hacer humano, testimoniado, documentado. Entonces el historiador trabaja con pensamientos pero de distinta forma que el psicólogo. Lo crucial es tanto el recorrido por el pensamiento filosófico sobre la historia como los apuntes metodológicos sobre este tipo de conocimiento, su función, sus rasgos, sus problemas y métodos. A 7 años de haber leído a Bloch, ahora Collingwood me reafirma mi interés por la reflexión de la historia, aunque vivamos en un momento posthistórico. Finalmente mis búsquedas, anacrónicas o no, tienen un sentido en el intento construir una genealogía personal más allá de los autores de moda.

Lectura en el ahora: Naciones y nacionalismos de Ernest Gellner

Decididamente estoy intentado construir un andamio intelectual para mi proyecto de investigación en cierto posgrado, aunque con certeza mi indisciplina vigente no es más que una esfumada silueta rotunda de la crisis que vivo. Y si pensar lo nacional —hoy postnacionalizado— implica intuir una modificación completa en los hábitos identitarios, económicos, políticos y empresariales, la lectura de Gellner remite con nitidez a un programa antropológico —por étnico y cultural— de análisis nacionalista. No es extraño que en 1983 se editara una obra como esta, pero si lo es que llegara a México hasta 1999, para no dejar de lado las inclinaciones editoriales que amalgaman las capas y los tejidos ideológicos, para mostrar como novedad algo que, en realidad, ya ha sido discutido y comentado hasta el agotamiento. No obstante, la propuesta de Gellner enfatiza claramente un postulado importante respecto al nacionalismo: la interconexión entre la cultura, el estado y la educación, como un trinomio de las sociedades industriales, que configuran y enlazan los aspectos principales de la modernidad nacional. En la medida que se trata de establecer una cultura homogénea, aun fincada en tradiciones —históricas y literarias—, en tanto refiere a la composición de un territorio definido y estable en su denominación de Estado, en tanto se trata de la posibilidad social, y sociológica, de generar especialistas a partir de una especialización común —para el autor el alfabetismo—, la nación engloba estas dimensiones como sus elementos intrínsecos, aunque el nacionalismo y lo nacional no remita a una forma de organización social natural. Resaltan también los comentarios anti-marxistas de Gellner, que nos hablan de que su lectura de Weber es más un lugar común en la fundamentación constructiva del análisis del capitalismo occidental, que de una posición crítica del mismo, aunque deberíamos sopesar el momento histórico del marxismo occidental, en la década de los 80’s en Inglaterra, aunque ahora nos resulte inútil evocar un librito adquirido de Perry Anderson. No es gratuita la conjugación del análisis antropológico y sociológico que Gellner materializa, al cristalizar una óptica que ofrece algunos ejemplos, aunque su planteamiento sea más bien teórico. Sin lugar a dudas, la reflexión nacionalista de finales del siglo XX debió encontrar en trabajos como este —descartando que el mismo 1983 se publico el libro de Benedict Anderson Comunidades imaginadas Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo— debieron nutrir una fase intelectual controversial, si no olvidamos la caída del muro de Berlín en 1989 y el proceso neoliberal de globalización y trasnacionalización, que configura, con el pitido ejemplo de la Comunidad Europea (aunque no tengo esta certeza), un escenario político, ideológico, económico y cultural, que quizá en este momento post-histórico (aunque ya he olvidado la lectura de Sloterdijk) se encuentra en vías de extinción, transformación o radicalización.

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Lectura en el ahora: El discurso filosófico de la modernidad de Jürgen Habermas

Terminé de leer este impresionante trabajo de Habermas, inquieto por diversas razones. En principio el tema de la modernidad como una categoría de apertura del mundo refiere con nitidez a un conjunto de hábitos, pensamientos, normas y patrones conductuales. ¿Hice mal en leer primero a Lyotard y La condición postmoderna? Sería el momento de refrascarme en esa lectura para contrastar el meollo del planteamiento habermasiano. Como siempre voy algunos pasos atrás de los debates contemporáneos. Pero desde mis escasas incursiones en el estructuralismo distinguí hace tiempo un cierto afán a-histórico en los complejos ideológicos y analíticos estructurales de primer cuño. Quizá el único planteamiento estructuralismo que recuerdo con esbozos y argumentos históricos es el de Leví-Strauss. Pero Habermas ataca con claridad ciertos planteamientos antropológicos. No olvidemos, entonces, que la antropología poseedora fue quizá la primera disciplina en categorizarse como tal. En el peor de los escenarios, el mío, no hay elementos para sanar el debate entre postmodernidad y modernidad. De lo que no cabe duda es que se trata de un epicentro mas de las modas interpretativas occidentales sobre los cimientos de su cultura. El año de edición original en Frankfurt es de 1985, la primera edición en español de 2008 con una reimpresión en 2012. ¿No es algo tarde para México leer a Habermas casi 30 años después? Existe un capitalismo intelectual e ideológico y en las esferas del mercado de las ideas y de los modelos interpretativos no caben la sincronicidad global, el presente totalizado.

Los planteamientos de Habermas me parecen muy claros, con un riguroso sistema crítico, asumiendo una postura política frente a la crítica de la razón de la modernidad. Se distingue una lectura completa, fina y pulimentada, de los autores que comenta, contra argumenta y discute. Su ejercicio filosófico se moviliza completo y franco. No es sólo quizá la filosofía del lenguaje la que ahuyenta a ciertos lectores de los planteamientos de Habermas. Es también su cuestionamiento de las “novedades académicas”. El juego de los sistemas comunicativos y de interpretación de la realidad humana no escapa en absoluto de la la lógica del mercado. La modernidad no ha concluido, se ha fragmentado, particularizado. De ahí que las modas no dejen de tener sentido, comercial, ideológico y cultural, en mí opinión.

Leí a Habermas porque un querido amigo me recomienda libros que él lee. Ya con este van tres que he leído de su cosecha, incluyendo el acercamiento de Sloterdijk al capitalismo global y el proceso de la cultura y la modernidad de Josep Pico. Mi deuda no se remite a otra cosa que a un compañerismo. En un mundo donde todos leen a Foucault, a Derrida y a Heidegger, lee a Habermas. No es extraño, entonces, que este comentario desvariado resignifique la constante búsqueda de un universo expresivo y sus raíces nutrientes. Leer a Habermas siempre ha sido muy grato para mí, aunque no conozca mucho de su producción. Es impactante distinguir su pulimentada maquinaria analítica, pero sobre todo su compromiso intelectual en dos sentidos: en la lectura atenta de sus contemporáneos, para ejercer su crítica, y en el crucial de papel de interpelador de la escuela neo-estructuralista.

Siempre habrá quién esté a favor y en contra, siempre habrá debates. Quizá los hechos recientes, con la subida de Trump al poder, no pueda sino hacer remarcable el hecho del retrocedimiento a un dogmatismo racial sui generis y absolutamente envuelto en un misticismo supremacista. El efecto de leer un trabajo de 1985 tres décadas después no debe impedir comprender que la maquinaria de producción intelectual, de un hombre, en su obra, y de una sociedad, en su mercado editorial, pierda su sentido como eslabón fértil en vías de conquistar un conductismo comunicativo dialógico.

 

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Lectura en el ahora 4: Carlos Montemayor

Lectura en el ahora 2: Benedetto Croce

Benedetto Croce

Bibliotrauma

DSCN2678Pensamientos sueltos componen los linderos precisos de mi inteligencia verbal, de mi autismo como autor, deslindado del presente, en vínculo incierto con los acontecimientos. ¿Qué es la actualidad? ¿Qué resguarda la morada de las letras? Pensar que leer es un acto de diálogo virtual es en esencia algo cierto y también una consciencia de acceso a la otredad inmensa. Después de 3 intentos universitarios diversos puedo decir que he acumulado, para bien y para mal, distintos soportes bibliográficos. Y de vez en cuando me obstino en caer en el sin sentido del wanna be, para extraer de mi experiencia un conato de bronca intelectual. Aquí, en los estantes donde no caben las estrellas del momento, me extravío pensando que no seré el autor cotizado ni el pensador renombrado, pero nunca haré a un lado la dosis de originalidad que me puede proporcionar mi experiencia como indigente académico.

Libros de historia, de teoría literaria, de filosofía del lenguaje, del siglo XVIII (franceses, españoles, novohispanos, ingleses), de discurso, de literatura mexicana, latinoamericana y alemana, entre otras cosas, componen el minúsculo atisbo de lecturas pendientes: un abigarrado ejército de autores en mi intento de DSCN2680desfiguración del canon y la tradición estética verbal. Y no desisto porque ahora puedo decir que soy un pequeño historiador y poeta, en ciernes novelista y tal vez ensayista, todo depende del cristal con que se mire. Y no renuncio a mi matrimonio con las letras, existencial y desgarrador, porque en el fondo no es tampoco una cosa adictiva o compulsiva sino un acto de fe y de amor, de vida.

Los libros son un refugio, siempre, nunca una carga, jamás un peso u obstinado embalaje de miserias. Y entre tanto devano con tiento una cierta estrategia personal, de publicación, compaginada con mis proyectos de lectura. No soy parte de la intelectualidad del momento ni tampoco ostento ningún rótulo propio de joven promesa. No creo en los concursos literarios y pienso que hemos perdido el sentido y la significación de las formas luminosas del ser cuando nos acorralamos contra las dosis de realidad que nos impelen a creer en un futuro posible. Pero los libros que están aquí, conmigo, me sacuden y me invitan no tan solo a imaginar el para qué leerlos o el porqué postergar su lectura, sino a identificarme en la búsqueda de algo que no tiene forma ni rostro, mis próximos proyectos creativos.

DSCN2683El pasado mes de junio me titule de licenciado en Historia por la Universidad Veracruzana. Y es en esa dicotomía, en esa dualidad entre lo académico y lo creativo, que me zambullo en un marasmo de constancias falaces y de atormentadas cicatrices escolares: antropología social, teorías de la cultura, rituales económicos, economía, filosofía, historia, lingüística, pensamiento crítico, modernidad, lenguaje, arte, pensamiento, cabalmente una conceptualización de los sitios atravesados que no dicen mucho de mí mismo. Porque nunca he logrado ordenar mis intentos, mis pesquisas, mis falsificadas interpretaciones de lo real y lo ficticio. Porque predomina un desorden que hoy podría ser la puerta para acondicionar una trayectoria personal, propia, individual, en vías de crecimiento. Todo es el marasmo de una tautología y episteme no asimilada, no identificada, no verificable: donde la poesía es un ejercicio escritural y la lectura un vicio ausente, porque en el inmenso mar de los pasados navego ignotos territorios fabricados por especialidades poco útiles al ahora. Obras completas no conozco ninguna. Ninguna tampoco me invita a conocerla del todo. Y me descubro infértil, desértico, árido, en el instante mismo de elección para ubicar mi lenguaje para traducirme. Entonces este circunloquio, este espasmo de vomitar palabras.

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Por una vez en la vida he logrado construir algo que me parece un buen ejemplo de trabajo intelectual. La tesis de licenciatura que presenté me dejo completamente satisfecho. Pero me falta mucho camino por recorrer. La pregunta obligada para mi es ¿ortodoxia o innovación? Y no puedo desistir de las conquistas realizadas ni de los estímulos obtenidos, pero debería ser un poco más sensato y dejar de lado estos juegos retóricos y estilísticos. Aunque no puedo, no sé cómo abandonar mi inmadurez, no sé ni puedo embarcarme nuevamente en un revisionismo a ultranzas. No dejo de improvisar, ni de explorar los vericuetos de esta imaginación adolescente, medio sumergida en el trauma de los libros, de la lectura, de la cultura como una epígono de la consciencia.

 

Gibran Jalil Gibran quote

“Fama

Hay algo más noble y más grande en nuestra vida que la fama. Y ese algo consiste en los hechos elevados que la provocan”

Gibran Jalil Gibran, Los tesoros de la sabiduría, Madrid.: EDAF, p.63

Libresco y tendido en mares de signficados

Conocer el alfabeto

no es suficiente

acaso debamos

rendirnos al socavón

de autores, aguardar

la cima de los pensamientos,

trocar las señales en atisbos,

certezas y emociones.

Pudrimos los ojos con tanta letra

sorbemos figuras retóricas

y escondemos límites cuando buscamos

esculpir un verso. No somos poetas,

ni somos escritores, ni letrados, ni

tampoco somos alquimia de silencios.

Navegamos en un tedio fluctuante

desembarco de tiento y lectura,

como acaso desembarcaron

los refugiados españoles en México

en 1949. Nutridos nuestros alientos

por el compás de los hombres, de las

mujeres, de los infantes, rugimos.

¿Seremos capaces de absorber

una idea que ya de vieja es universal?

Toda la caminata nos conduce a las librerías,

perdidos, practicando los ecos de otros años,

columpiados en ayeres que fabrican

ópticas ya hoy desvencijadas por las luces.

Y cabalgamos silentes letras y símbolos.

Toda la teatralidad de nuestra vista,

nuestra visión ramera de palabras,

es una canción cansada, un aburrido

corcel medieval, una lucha entre obreros

y burgueses, es toda la complicidad

de los hechos humanos y su registro.

Acampamos en las épocas, en los siglos

y la tempestad de un antes y un después.

Los hitos nos marcan -ora Cervantes

ora Shakespeare, ora Newton ora Kepler,

ora Bacon ora Descartes, ora Gibbon

ora Feijoo, ora Balzac ora Leopardi-

para rellenar el aire que rugimos dentro:

eso que es nuestra alma esparcida

por los canales de Amsterdam

o de Venecia, olvidando siempre

que Tenochtitlan era la ciudad más grande

del mundo en su época. Cada siglo

repetimos los nombres, las obras,

contra nuestro destino que es perdernos

en la marea de tradiciones que ya de viejas

hieden a un epicentro carroñero y sobrante.

 

Autositios comunes

Ya paso de los 30, con la pesadumbre de lo no hecho. Escribo. Lenta la marcha de una década prima, azotada por el vendaval de la renovación generacional. Falto en las nóminas y en los registros, poco acertado en los gustos y las preferencias, erudito libresco, carezco de contacto con el presente. ¿Ciertamente? Escribo. Una letanía pesada acudió a mi alma hace 14 años casi y me enfrasqué en un bohío tétrico, tremendo y abarrotado de ausencias. Toda la vida fluyó, toda la marcha eterna prosiguió, todo estuvo ocurriendo y yo a la distancia, testimonio flácido del carnaval milenario. Desde el sótano impermeable de la evasión, no consigo mostrar ninguna de mis armas retóricas letales, porque al final la confluencia de los géneros literarios me ha derrocado. Investigo la vida y la obra de una autoridad del siglo XVIII. Me extravié en la filosofía postmoderna, en su crítica, ramplonamente, esbozando un recorrido intelectual no acontecido, heredando pugnas intelectuales de hace 30 o 40 años. Renuncié al erotismo, de Ruy Sánchez, de Bataille, al conocimiento profundo de la sensualidad humana. También olvido el existencialismo, tanto de Camus como Sartre, olvido el libro que fue novedad hace 6 o 8 años, de Kiekergaard. Mi frustración marxista persiste, perdura mi intentona de leer el Capital, sin método ni análisis. Además naufragué en los libros maternos de la intelectualidad mexicana de los años 70: Monsiváis, Paz, Aridjis, Benitez, un cúmulo de autores y obras que representan un capital cultural al que resguardo sin el más mínimo atisbo de socializar. También me dotan de sentido mis faltas lecturas de estética, de Croce por ejemplo, de autores del siglo XX, del pensamiento occidental, de mi frustración acicalada por construir un sistema de pensamiento. Escribo. Lenta la navegación de esta década, ya es 2016, me conduce a la redacción e investigación de mi autor favorito, Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, sin que logré comprender un carajillo de historia nacional, de identidad hispánica, de la ruptura y escisión entre los españoles americanos y los españoles europeos. Ni el remilgoso análisis historiográfico del criollismo me permite asomarme a otras ventanas, a otros pasajes, a otros autores. Y termine inmerso en la proyección de una biblioteca no visitada, muerta, agónica desde antes de construirse. El I Ching tampoco es visitado más. En cambio redacto este parrafito, esta prosa inservible, sin haber leído a los clásicos españoles del siglo de oro, con mi incisiva ausencia de Garcilaso de la Vega, el poeta español, y del Inca Garcilaso también, con el cargo de conciencia de las tareas lectoras de personas que me quieren y me han sugerido obras y autores. Seré un historiador postmaturo, tardío y tardado, quizá escuetamente olvidadizo de la literatura italiana del siglo XX, quizá también absorto por el texto de Buxo sobre Ungaretti y Góngora, quizá también absorto por la idealización disciplinaria de indagar en la poética de Hegel, la de Muratori, la de Boileau, para comprender mejor los sesgos y las interpretaciones. Y Vico, el gran filósofo de la historia, aparece renuente en mi addenda, finitud de autores no leídos, pero igual del XVIII Adam Smith y su Riqueza de las naciones. Todo se convierte en este discurso catártico, en esta monotonía de axiomas coagulantes, coágulo de letras, recuerdo del primer blog que logré posicionar. Mi importancia entonces me orilla a publicar dos trabajos míos, que no son mas que dos intentos: un poema y una novela, ilustrados ambos, por distintos artistas plásticos. Renuncio entonces a la infracción acomodaticia del presente. Ya cuando terminé mi tesis buscaré trabajo. Entonces quizá pueda pensar en mi libro de ensayos.

Biblioteca materna tu voz en mi presente

Escribo desde la posibilidad de remembranza que me ofrece arreglar nuevamente la biblioteca de mi madre. Temas, autores, ediciones raras, todo es un coctel inmenso de conjeturas sobre su pasado, sobre su andar en el mundo de las ideas. La primera vez que ordené estos libros tenía menos de 20 años o estaba en ese margen. Los años pasaron y constantemente ordené y desarreglé los libros en un afán de mudanza interna que no tenía píes ni cabeza. Hoy todo es algo más quieto, más calmado y ordenado.

Ordenar los libros de alguien más, los libros que fueron una herencia obligatoria, más no obligada, es un acto de fascinación. Pero el estado actual de la biblioteca es producto de años de descuido, llenos de polvo, desordenados, mezclados unos con otros. Descubro gradualmente las temporalidades y predilecciones de una mujer protagonista de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Sin una intención de averiguación me doy cuenta de una cierta filogenética personal, de una cierta filiación con los vestigios y cúmulos de informaciones de esa biblioteca. Literatura, urbanismo, sociología de la familia, historia latinoamericana, antropología, marxismo, comunismo y socialismo, chamanismo y mucha historia de México son algunos de los vericuetos por los que anduvo mi extinta madre. Distinguir casos raros de ejemplares únicos o exclusivos, algunos firmados por los propios autores con dedicatorias y saludos afectuosos, me hace preguntarme por los círculos intelectuales y académicos que frecuentó mi madre, por las relaciones y vínculos que estableció en su devenir profesional.

Y me invaden unas ganas furibundas de leer lo más que pueda, de naufragar en esa vida de libros, en esos ejemplares tan especiales. Pero noto que mis intereses son distintos, en gran parte. Admito que la curiosidad me invade, que los deseos de indagar y leer más de un tomo me impelen a proponer una clasificación bibliográfica un tanto más minuciosa. Pero desisto del impulso biblioteconómico y más bien acomodo según entiendo los flujos temáticos y académicos, regionales, historiográficos, intelectuales. No es fácil ordenar libros que tú no compraste, libros que no te pertenecen, que no son enteramente tuyos. No es fácil porque es como adentrarse en el pensamiento y la vida de alguien más, adentrarse en una cúspide de dudas y suposiciones sobre qué fue leído, qué fue consultado, qué fue lo que construyó esos criterios de búsqueda y elección de libros. Finalmente una biblioteca es una colección, un ensamblado de piezas, de preferencias, de indagaciones, de actos y eventos, que conforman un rompecabezas longitudinalmente temporal, espacialmente definido y finito en términos materiales más no en términos del pensamiento.

Ordeno los libros de mi madre, Margarita Urías Hermosillo, que murió el 1 de noviembre del año 2000, antes de la transición democrática panista, mucho antes de la corrupción evidente de la izquierda mexicana, mucho antes de la renovación partidista del PRI, antes de la visita de Juan Pablo segundo en 2002 a México para la canonización de Juan Diego. Acomodar los libros de una guerrillera, intelectual, historiadora, madre soltera, académica, maestra y formadora de generaciones en distintas instituciones, es un reto deducido de haber tenido la distinción de ser parte de sus días, de ser uno de sus retoños, de estar, también por qué no, en el proceso de asimilación del legado que dejó una mujer entera, valiente, excepcional y olvidada en muchos sentidos por sus contemporáneos.

Andrée Michel quote

“Contrariamente a la situación descrita por Parsons hace 25 años, podemos comprobar que una proporción cada vez mayor de jóvenes mujeres casadas con hijos de corta edad trabajan tanto en los países industriales capitalistas como en los países socialistas. Como consecuencia de ello, en todos estos países, el porcentaje de mujeres casadas en la población activada femenina es mayoritario. A título de ejemplo, citemos a los Estados Unidos donde este porcentaje pasó de 30% en 1940 a 57% en 1964, a Francia, donde se pasó de 49% en 1921 a 53% en 1962 y a 55% en 1970. En Suecia, un 45% de las madres con un hijo menor de 7 años trabajan. Por consiguiente, un porcentaje creciente de mujeres casadas y con hijos, comparten con el marido la función instrumental”

Andrée Michel. “Sociología de la familia y del matrimonio” Ediciones Península, Barcelona 1974, pp. 113-114.

Otra vez la tesis

Me voy a hacer la tesis

no sé si volveré

perdido en el XVIII

no sé si volveré.

Con Mozart en el fondo

Luzán espera el capítulo 2,

Voltaire indiscutible

Muratori sereno, no sé si volveré.

La tesis me engulle, no sé si volveré,

autores y palabras, libros y referencias,

citas y evitar el plagio, no sé si volveré.

Pero me quedo contento

Luzán y otros autores

me hacen recordar

el proyecto ilustrado de Habermas

no sé si volveré, no sé modernidad,

si volveré a ser un hombre entero.

Con Mozart en el fondo

no sé si volveré. Seguro en la angustia

tampoco sé si terminaré

la tesis o si me transforme en rata.

De bibliotecas, periódicos y fichas bibliográficas

mi tesis me devora, no sé si volveré.

Absorto entre palabras

res publica litterarum absorbe ya me mente,

no sé si volveré. En el camino historiográfico

incauto ya camino, no sé si volveré

si el mundo podrá ser un hábito operativo,

no sé si voy a ser

feliz con esta tesis

si volveré a sonreír o seré inconsciente

no sé si volveré, me voy a hacer la tesis

sobre Luzán y otros temas

de la transición a la modernidad.

Sin rima ya termino mi trémulo lamento

me voy a hacer la tesis

no sé si volveré

pero segura una cosa

podré alcanzar

el ser del conocimiento

podré intentar saber

qué pasaba hace 300 años

no sé si volveré

la tesis me devora

pero me causa placer.

Ein mexikanisch dichter und sein deutschen genealogischen ohne Fichte

El problema de la identidad de un autor moviliza fibras que atañen a un conglomerado simbólico y vivencial extenso, como múltiplicidad epitelial del tejido intelectual que compone una demarcación propia, única e individualizada. El trance de una esquemática biográfica autoreferencial, compuesta por una egopoiesis simbiótica de la cronología, partiendo de modalidades contextuales históricas, es mucho más que exigir al autor, al pensador, al creador, un simple producto de becas, ósea, la mera realización de un proyecto. El flujo vital por lo común es acompañado de influencias polisaturadas, diversificadas y en ocasiones anuladas por instancias que, en apariencia, son más relevantes. ¿Es una genealogía propia la que define los lindes y colindancias del autuoproyecto creador? ¿No es acaso la función de la bildung alemana, la areté y paideia griega, el símil rotundo de los esfuerzos conquistados en vías de ser “alguien en el mundo” sin perder por ello el rostro y la mirada en escuetos sensacionalismos de famas institucionales y proclives a la demarcación etnocéntrista, fanática y racista, es decir, exclusivista, de los nombres autorizados del pensamiento, la literatura o cualquier otra rama humana contemporánea? Noto que estoy equivocado el creer en le hipótesis de una remodernidad negativa, cuando en el impulso mismo de las pulsiones condicionantes postmodernas se localizan los gérmenes inherentes a este proceso de resemantización negativa, reconductualización desde y con la miseria, de esta re-estructuracion global de la psíque humana digitalizada en función de la raigambre derivada del terror. No es remordenidad la totalidad fanática presente o la exclusividad  normativa del mainstream o ni siquiera el estúpido semblante de la farándula juvenil global con más actos que fotografías en la red (¿será cierta esta hipótesis?). No es ahora el momento de discurrir sobre esta delicada y descompuesta teoría de una desestructuración longitudinal y transversal de la psíque moderna. Este esfuerzo es, quizá por eso, menos que un acto de reflexividad y más un vestigio cronosófico autoperformático: comprendiendo que me muevo alejado de los consensos, escribo esta diatriba como un impulso panfletario de reconocimiento (por ello de identidad) en vías de marcar un contraste insignificante, falto de profundidad y de constituirse en un horizonte cultural, ideológico, filosófico o político definido.

En 1995 me fue otorgado el regalo de una piedra angular para mi formación literaria, piedra y cimiento que debería rescatar de los cajones perdidos de mi biblioteca oculta. A continuación la escritura de una brevísima genealogía personal, inconexa, fútil, que habla de la desnutrición autoreferida de la tradición alemana en mi ideario.

meine duetsche genealogischen

Alpha I

Curiosa la memoria ejercida como un manantial de equívocos, en la medición sustancial de vivencias, anécdotas, formulaciones, acercamientos y momentos. Digamos que 20 años marcan una longitud vital suficiente para forzar un acto rememorativo, desde el tuétano mismo de los desquicios psicóticos, desde el torzón de alma, desde lo evanescente que es el hecho de la significación social de la escritura, la significación de lo escrito como origen de la historia, en una palabra, el escribir para no olvidar. 1995 a 2005 quizá sería lo más sensato de dimensionar, una década, un ciclo de vida con estancias divergentes: Xalapa-D.F.-Xalapa. Viajes también a los desiertos del noroeste mexicano, conferencias magistrales en congresos antropológicos, los primeros pulques y algunos vestigios del arranque de una drogadicción fortísima por destructiva, el abandono de las disciplinas deportivas y físicas de ocio por un acercamiento a la vida jardinera, por la siembra y la cosecha, por huertas, por la aspereza de manos después de trabajar la tierra. ¿Simbolismos fortuitos los callos de la mano por la ejecución de la guitarra y un sin número de canciones compuestas y cassettes grabados? ¿Amores, cervezas, cigarrillos? ¿Mercados? Coyoacán y Malinalco.

 

Beta II

Plantear un evento genealógico como este es un acto innecesario por inútil, por ramplón y raquítico. No son Los Sonetos a Orfeo u otro de sus poemas, ni siquiera la traducción de Villaurrutia de la Corneta Rilke editada por el Instituto Veracruzano de Cultura, es Rainer Maria Rilke, aliento figurativo de mi frustratio littere: olvidé que es favorable el cultivo de una urdimbre personal marcada por las preferencias, predilecciones, gustos, pasiones, movimientos. Derivo entonces los hechos, un cumpleaños, una época, el pasado como trampolín reinterpretativo. Vivo como esas tardes cuando me decía a mi mismo que debía leer en lugar de la multitud de cosas que hacía. Porque me taché siempre de perezoso, porque no me gustaba leer, porque al final prefería pensar por mí mismo, pero al leer encontré algunos universos interesantes. Leer por compromiso, cosa que ya no hago. Cartas a un joven poeta querer ser parte de esa inmersión en el género versificado. Recuerdo que terminé completamente convencido y alerta, deseoso de escribir. Y escribí un verso sobre unos senos… verso destinado al olvido. La dulzura de la adolescencia estriba entonces en las aventuras y los peligros superados. ¿Desear escribir? Escrbía, cada que podía, sin saber que además era posible publicar o dar a conocer lo que escribía. Lo hacía para mi. No en ese tener del diálogo entre el poeta inexperto que inicia y el maestro que impulsa, que arremete contra los temores e inseguridades del novato, para inculcarle un constancia ascendente.

Y seguir con el mundo y la vida, resplandecientes, infinitos de posibilidades, contracturado por mis representaciones represivas de mí mismo, con ímpetu y deseos de ser siempre alguien. Entonces los acertijos y las huellas que conectan a Rilke con Hesse, con esa obra de teatro que no escribí en la que un alumno se rebela contra su maestro, esa escenificación de una ruptura que vivía pero nunca escribía porque no sabía qué era un guión o peor aún no conocía de géneros literarios. Aún quizá no sepa del todo, no importa saber. La influencia de un hermano mayor, de una persona sensible en estas dos aristas de mi deutschen genealogischen. La gratitud y el apego, sano, en este segundo libro, leído ya un poco más grande: El juego de los abalorios. Adquirido en 2001 en su versión de la editorial Alianza, vendido después, años después, memoria como máscara que encubre los acertijos insuficientes del pasado. Hermann Hesse autor, la Alemania del siglo XX, el pensamiento alemán, los alemanes, tan cuestionados y mal vistos debido a las atrocidades de hitlerianas.

altarhesse

Gamma III

Cuando a uno le preguntan qué quiere ser en la vida, cuando llega el punto socialmente reconocido de aceptar una profesión o de validar moralmente una elección que proyectará un futuro establecido, es probable que no haya respuestas, o si las hay que sean tentativas. Terminar la prepa, año 2000, Xalapa, con planes del Distrito Federal. ¿No es saludable urgar en los rescoldos y pasajes de momentos agradables? ¿Es demasiada enfermedad, vanidad o soberbia, la aceptación de los intereses personales? La cosa fue mucho más allá de los libros de texto del pensamiento humanístico de la preparatoria donde se hablaba de la famosa escuela de Frankfurt. Fue también un acto azaroso, precipitado, movido por el deseo de averiguación de la libertad. Erich Fromm mantuvo también otro nexo familiar, con un tío hermano de mi madre, con Jesús, como figura de un imaginario familiar, destrozado por muchos frentes, nutrido en ese momento por el autógrafo de mi tío, físico y científico, que me hacía creer que leía algo que era suyo, algo que él, sin saberlo, me transmitía. El miedo a la libertad no fue más que el comienzo de los pocos libros de Fromm que leí, pero también fue un acto de maduración personal, un acto de confrontación del mundo ensamblado desde mi condición burguesa, grande o pequeña, para distinguir los rostros del clasismo mexicano. Fue leer un fragmento en mi antigua escuela de Tae Kwon Do, ya habiendo roto con mi maestro. Fue también el eco de mis primeros análisis “críticos” del presente (ya rebasado en ese cambio de milenio).

Delta IV

Jung después, en el umbral de mis pesadillas psicóticas, en la movilización destructiva del inconsciente colectivo en mí. Más que la premonición de un sueño donde mi madre, después de muerta, me visitaba y me decía que venía a ver cómo estaba, más allá de la pesadilla en donde aparecía la imagen de un hombre parecido de un policia judicial que terminaba por anular mis deseos, Jung y el evento de la figuración narrativa de un yo carente de sentido en tanto se trata de otra herencia materna. La dimensión social de la psíque, no ya como psicología social o identidad negativa, sino como efecto y causa de los impulsos espirituales de la actividad humana. En fin, Jung y sus ediciones argentinas en mi casa, en esos años de ociosa inactividad académica, de ser un nini, ni estudiar ni trabajar, de no atreverse a vivir por el terror de una psicosis derivada de la psicodelia electrónica de un rave en Milpa Alta.

Y para terminar, Júrgen Habermas, más que eso, sus ensayos sobre Nietzche. Pero son puras grandilocuencias, hoy olvidos, son ruinas de mi propia arqueología del no saber, son los arrecifes de 20 años. Es saber que un día mientras estudiaba antropología social un libro nuevo aparecía en mis manos, del puesto de un vendedor afuera de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa: Sobre Nietzche y otros ensayos. Tarde años en leerlo o eso creo, pero me atrapó su pensamiento. Filosofía alemana del siglo XX y XXI, Habermas como lugar común de las modas académicas de fin de siglo XX mexicano. Mucho más que la crítica al conocimiento nihilista, mucho menos que un hombre en busca de construir un criterio del mundo asumiendo que los libros deben leerse tres o cuatro años después de adquiridos. Proyectos de lectura que no acompañan el fértil camino presente.

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Anexo digital

 

Rainar Maria Rilke

Rainer Maria Rilke

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Hermann HesseHermann Hesse

El juego de los Abalorios

 

 

 

 

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Erich Fromm

FROMM El Miedo A La Libertad

 

 

 

 

 

carl-gustav-jungCarl Gustav Jung

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habermas_youngJürgen Habermas

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Mi siglo XVIII

I

 

Retrofobia-tecnofobia-modernofobia-logofobia-teofobia-sociofobia-aracnofobia

 

I.A

Terminología falazmente construida en este momento. Me encontré con el siglo XVIII hace muchos años. Mozart me fascinó, sobre todo con su Requiem. Sin la más remota consciencia, estoy extraviado en un dilema existencial: la vida no me alcanzará para profundizar del todo en el siglo XVIII, no al menos en el sentido de lograr abarcarlo como una totalidad académica. ¿Lo antiguo o lo moderno? De la revolución francesa de 1789 para atrás o para adelante. Mi tesis de licenciatura, de la tercera licenciatura que intentó y que por fin terminaré, parece, es sobre Ignacio de Luzán, un autor español del siglo XVIII. La ilustración francesa es otro tema, aún no explorado. Si empecé por lo último, es decir por Mozart, delinear un perfil de investigación sobre el siglo de las luces implica definir y establecer criterios de investigación. Considerar las posibilidades abiertas del estudio del siglo ilustrado es parte de mi problema existencial. He reunido una serie de trabajos, libros, artículos, etcétera, sobre el XVIII. ¿Generalidades? Ni siquiera puedo establecerlas con nitidez. Más allá de la anécdota positiva, frente a una causalidad que se resquebraja, mi mismidad se extiende por la negatividad del presentismo global. A esta forma aprehensiva, totalizante, le debo la posibilidad de acceder a las ediciones digitalizadas del trabajo más importante de Ignacio de Luzán: La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies en sus dos versiones editadas la primera en Zaragoza en 1737 y la segunda en Madrid en 1789. Y si existe un presentismo, una presentidad, tipo de axiomática sobre el tiempo que existe y transcurre pero es abarcable y capturable, me preguntaría por la presentidad (mis términos nunca dicen nada) del siglo XVIII. Me enfrasco por ello en la máscara intrusa de un gran proyecto, al estilo de los grandes meta-relatos de la modernidad, que no sería otra cosa más que una anomalía del sentido histórico que no comprendo: es decir, la peripecia que oscila del fracaso de las modernidades al esencialismo óntico del tiempo social de esas modernidades.

 

I.B

Longitudinalmente hablando la temporalidad del siglo XVIII desde la perspectiva causal de las transformaciones sería un primer plano de análisis. Además de construir un sistema interpretativo del último siglo del antiguo régimen, o sea de ver al enfermo en estado crónico de agonía, debería tener claro, quizá para esto me serviría leer a Maurice Godelier y sus postulados sobre los procesos de transición, debería considerar romper mi cerco de soberbia y asumir la imposibilidad hedonista, ociosa y fanática de estudiar el siglo de la ilustración. Quizá debería dejar de comprar libros viejos, reediciones, de buscar en Google Play, obras, autores, periódicos, digitalizados, debería quizá olvidar que los diccionarios de la Real Academia Española están disponibles en el Lexicon, también digitalizados. Debería asumir más bien mi pertenencia a la sociedad de la información y dejar de husmear en los pasajes, desde el puerto fonologocentrista de personalidades y hombres de letras de esa temporalidad, y renegar de mis abyectas simbologías y mis insípidos términos. ¿Y volver al problema existencial? Elegir una categoría y agotarla. No, tampoco es la posibilidad, frustrada para mi, de dilucidar el debate Lyotard-Habermas ni mucho menos de conseguir un trofeo académico. Es quizás la construcción de un itinerario de vida. ¿Cómo olvidar que la antropología clásica bebió del siglo XVIII, como hacer a un lado mis prejuicios personales para ingresar en la brecha cultural de un tiempo y otro? No lo sé. Aquí está la obra de Luzán:

Poética 1737 https://play.google.com/store/books/details/Ignacio_de_Luzán_La_poetica_ó_Reglas_de_la_poesia?id=ZWRLAAAAcAAJ

 

Poética 1789

https://play.google.com/store/books/details/Ignacio_de_Luzán_La_poética?id=4oICAAAAYAAJ

 

Memorias literarias de Paris 1751

https://play.google.com/store/books/details/Ignacio_de_Luzán_Memorias_literarias_de_Paris?id=zN4rAQAAMAAJ

 

II

Estaba estudiando letras hispánicas en la Universidad Veracruzana. Aprendía a ser poeta. Vinieron los problemas semánticos de lo poético, de la poesía y la poética: género literario, teoría literaria, dimensión estética del lenguaje. Ahora puedo decirlo con cierta simplicidad. En ese momento, me perdía en la biblioteca de Humanidades. Acaba de leer a Lyotard -¿aún no están hartos de él?- pero prefería a Habermas. Postmodernidad-modernidad dialéctica de una transición de siglo. Leo el título y veo ediciones de 1737 y 1789. ¿Qué es eso? ¿Qué es poética? El punto que me cautivó fue el asunto de las especies. Cuando estudiaba antropología pensaba en la existencia de especies culturales. No recuerdo bien, qué pasaba en mi por ese entonces, pero al leer el título luzaniano no pudo resistirme. Sacar el libro, fotocopiarlo. Y pum. Atolladero académico. Lo único que tenía de referencia sobre el siglo ilustrado era que ahí se originó la modernidad, la cual ahora ya no era válida, según Lyotard, sino que había sido trascendida a la postmodernidad.

II.A

Ignacio de Luzán me condujo por caminos digitales nuevos. Me involucré en el Lexicon de Real Academia Española y navegué por algunos lemas de los diccionarios de autoridades y el de 1789 digitalizados. Quería hacer una tesis. Ahora la hago en otro sentido. ¿Quién fue Ignacio de Luzán?

http://www.enciclopedia-aragonesa.com/voz.asp?voz_id=8297

https://es.wikipedia.org/wiki/Ignacio_de_Luzán

 

III

tulipanes

 

 

IV.A: ÁLBUM DE PERSONAJES

donVoltaire

 

PERO BUENO. TODO FINALIZA EN UN SIMPLE EJERCICIO VISUAL.

donVico

 

 

 

 

NO PODEMOS OLVIDAR DE DAR CRÉDITO A LOS DISTINTOS SITIOS.

 

PERO ES IMPOSIBLE DECIR QUE ALGO BUENO SALGA DE TODO ESTO.donSmith

LA CERTIDUMBRE QUIZÁ SERÍA EXPLORAR LOS ATISBOS QUE PERMITIERON UNA CONSTRUCCIÓN MENOS FORTUITA.donBach

 

 

 

 

 

 

PERO NO PODEMOS SUBSTRAERMNOS DEL PRESENTE

QUE TODO ES UNA POSIBILIDAD ROTUNDA DEL NO SER

DEL NO ESPACIO

DEL NO TIEMPOdonFeijoo

 

AUNQUE QUIZÁS ES DEMASIADOdonEguiarayEguren

 

 

 

 

NO PODRÍAMOS PENSAR EN OTRA COSA QUE UNA ANTIENCICLOPEDIA GLOBALIZANTE TOTALIZADORA ESENCIALISTA

DonMunchhausen

 

 

PERDEMOS EL INSTINTO Y LA RAZÓN COMO SALVAJES FÓSILES

donMontesquieu

 

 

 

 

 

 

Y TODO ES UN LABERINTO IMPOSIBLE, INTANGIBLE, INMATERIAL.

donHegel

 

POR LAS SENDAS DEL CONOCIMIENTO ARTIFICIALIZADO

CONTRA LOS PRINCIPIOS DE UNA IMAGINACIÓN ARQUETÍPICAMENTE CONTUMAZ donJovellanos

 

 

 

 

NO ES MÁS QUE UN DESFILE SIMPLÓN, PERO TREMEBUNDO.

donHandel

 

 

 

POR CONSIGUIENTE

ES MÁS LO NO POSIBLE QUE LAS POSIBILIDADESdonRousseau

 

 

 

 

 

IZQUIERDA-DERECHA-LEFT-RIGHT

donGoethe

 

 

 

COMO CANCIÓN DE ARGONAUTA… EXTRAVIADO EN UN TIEMPO INDEFINIDO

donClavijero

 

 

 

 

EL BARCO ESTUVO CARGADO Y TODO UN SAQUEO PIRATA

donKant

 

 

PERO NO SE OLVIDEN DE LA TELEOLOGÍA

DonMozart

 

 

 

 

 

QUE LA CULTURA TAMBIÉN FUE CONCEPTUALIZADA EN EL SIGLO XVIII

donLuzan

 

 

 

 

 

 

 

 

FIN

 

 

 

 

 

 

Pierre Bourdieu quote

“Algunos escritores, como Leconte de Lisle, llegan incluso a considerar el éxito inmediato como «una señal de inferioridad intelectual». Y la mística tributaria de Cristo  del «artista maldito», sacrificado en este mundo y consagrado en el más allá, no es sin duda más que la transfiguración en ideal, o en ideología profesional, de la contradicción específica del modo de producción que el artista puro pretende instaurar. Estamos en efecto en un mundo económico al revés: el artista sólo puede triunfar en el ámbito simbólico perdiendo en el ámbito económico (por lo menos a corto plazo), y al contrario (por lo menos a largo plazo).”

Pierre Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario. Barcelona: Anagrama, 1997. p.130.

 

Opus frustratio

Perdida, la voz truco, la imagen vereda, la seña, mutismo. Los ácidos lisérgicos estriban en una cúspide similar a la eternidad de Sísifo. Años que atardecen la curva atisbada, vida, espectro de luz, agnosticismo, nada que decir. Estoy aquí en el veredicto ontogénetico de la nada, absorto, y soy un puño de reclamos, una sombra de playa, una tormenta de fotografías blanco y negro. Soy una consulta al I Ching, pero olvido que también el vuelco orientalista es una estrellada singularidad ajena. Todo es rocas de símbolos, todos estamos aquí, insertos, inmersos, plenos de longitudinales fracasos. No es más que la hipótesis de una ventila emotiva, exacta, carrusel infanticida, la pelea de box del sábado pasado, es decir, todos los discursos deportivos que sobran en la lata de sopa campbells. Aquí, sin escritura, sin letras, sin sentido, la vacuidad compulsiva de la crudeza, innecesaria escolástica que superó los límites ilustrados. No sé, a veces creo que no debería tener un átomo de inteligencia, porque me extravío en los sonidos poéticos de la taza de café, me extravío en los ojos consagrados de la mujer que no amo, me pierdo todos los segundos en los senos jóvenes.

Introito

Estaba un  día sentada la cúspide literaria en el paseo de las estrellas. Y ahí se quedaron los vestigios de una carrera que nadie conoció.

primer mix 2.3.4

 

Actum I

Escribiría todos los libros que tuvieran que ver con el siglo XVIII. Leería a Voltaire, a Rousseau, a Montesquieu, a Diderot, pero también escucharía a Bach, a Haydn, a Hendel, a Mozart, y además estudiaría poética con Muratori y Luzán, estudiaría también el reinado de Luis XVI y Carlos III y quizá también habría de leer a Jonathan Swift. Pero esto que digo se basa en un viejo libro de historia literaria europea, en mi recóndito escondite libresco. Hay quien odia escribir desde la torre de marfil, yo no puedo escribir desde ninguna parte porque no soy culto, no soy letrado, no soy lector, no soy un conocedor, no soy nadie, no tengo piezas literarias, no tengo estilo, no tengo más que una torpeza emocional, una trunca búsqueda de mi mismo, eso soy, un espejismo, torcedura completa. Debería leer al Quijote, debería evitar seguir acumulando libros viejos, debería dejar de lado mis pretensiones. No es más que el acto de mantenerme encarcelado, eso, la cárcel de la ignorancia. Totalidad, es mucho más que los residuos del estructuralismo del siglo XX, mucho más que el reconocimiento de la antropología filosófica de Cassirer y la simbólica de Geertz y James Clifford. Es el trauma de mi juventud, no ser el gran joven, distinguido, no, perder el tiempo en horas muertas de contemplación pornográfica sin leer al Marqués de Sade. Pamplinas, qué importa Bataille, qué importa Ruy Sánchez, qué importa Susan Sontag. El recuento me hace sentir nauseabundo, totalidad, torpeza, torcedura. Evito también a los poetas, a Ungaretti, a Baudelaire, a Rimbuad, a Ginsberg, a Pessoa, evito a todos, evito el destino de mi mirada. Estoy aquí, encerrado en la jaula del tiempo, en el pasado perdido, eso, el siglo XX, qué más da, el XVIII, es toda la figura de mi pensamiento. No importa más si quiera leer a Carlos Monsiváis, no importa si quiera perderse en las personalidades, no importa, porque no tengo un libro ni una idea ni un pensamiento ni siquiera puedo creer que exista mi perfil en la globalidad y soy un autómata. No importa la lingüística de la escuela de Praga ni Hjelmslev ni tampoco importa pensar qué la epistemología de la modernidad no caducó con la postmodernidad y que al contrario, es un trauma. Tinaco vacío, mí cabeza, ánfora destruida. Y no importa tener proyectos de lectura, no importa porque todo es un acumular falso, todo es como la piedra filosofal. No, he perdido el misticismo y soy otro, soy el que termina absorto y miserable, sin compañera de juegos sexuales, sin pareja, sin vida social. Soy un autómata.

mix segundo 2.3.4

Actum II

Esta escritura es parcial, parcialidad escrita la lengua de mis ancestros. No sé, el tiempo pasa, las vidas pasan, moriremos. El mundo pasa, el universo transcurre, totalidad. Escritura parcial. No tengo futuro porque no tengo presente. Estoy aquí, perdido, lejos, con puros PDFS que nadie leerá. Y soy inféliz porque mis triunfos me saben a fracasos.

Proyectum III

Addenda: si pudiera ser, mantenerme erguido como olvido de las masacres, si pudiera ser más que tendones y sangre. No sé. quisiera tener una novia de proporciones pornográficas. Pero todo es tan aterrador. También tenía una cinta negra en el cajón.

Antonio Caso quote

“¿Es posible explicarlo todo? Ya poseemos, de antemano, una parte de la respuesta, porque sabemos que explicar es identificar, ni más ni menos que identificar; pero no hemos averiguado si es posible identificarlo todo. De lo que no dudamos es de que, en tanto podamos identificar, explicaremos. Nos falta averiguar si el Universo, en sus múltiples y variadísimas manifestaciones, es capaz de someterse a una identificación radical. Meyerson opina que la historia entera de las ciencias nos demuestra con claridad lo reacio de la realidad para plegarse a nuestra exigencia de identificación. Esto es, podría el Universo no ser explicable en su conjunto, y ofrecernos algo en sí no identificable, o sea, irracional.

Antonio Caso, El materialismo y los hechos psicológicos, México, D.F., UNAM, 1985, p.141

Bossuet quote

“Aun cuando la historia fuese inútil para los demás hombres, importaría mucho que la leyeran los príncipes. No hay en verdad medio más adecuado de conocer cuánto pueden las pasiones y los intereses humanos, los tiempos y las circunstancias, los buenos y los malos consejos. Las acciones humanas forman el tejido de la historia, en la que todo parece dispuesto para el uso de los príncipes. Si para bien reinar les es indispensable la experiencia, nada hay más provechoso para su instrucción que el unir con los ejemplos de siglos pasados su experiencia de todos los días”.

Bossuet, Discurso sobre la historia universal, Editorial Garnier Hermanos, París, 1913, p. 1.

Jacques Thuiller quote

“Sin embargo, el hombre también tiene la particularidad de crear formas que no dependen de la existencia biológica. Se puede decir que el arte consiste en formas inéditas creadas por el hombre, las cuales, aun cuando pretenden asemejarse a las formas biológicas, no pertenecen al mismo orden. Tal es el límite que denuncia el mito griego del escultor Pigmalión: a pesar de su pasión y de todos sus esfuerzos, Pigmalión no podrá jamás amar a su estatua, dado que sólo una diosa puede hacer del cuerpo de mármol una mujer. Las formas del arte carecerán, pues, de vida y de su atributo personal, el movimiento; serán inertes”

Jacques Thuiller, Teoría general de la historia del arte, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2008, p. 47.

Silvio Zavala quote

“Lo que ocurre y debe quedar en claro es que el descubrimiento logrado en 1492 abre una fase nueva de la historia universal en la que hay múltiples hallazgos, encuentros e intercambios de los que emerge el mundo que conocemos. La empresa de Colón no fue la primera ni la única del ciclo de los grandes descubrimientos, pero tiene su significación propia que merece ser recordada con primacía, como lo propusieron inicialmente y lo vienen cumpliendo las instituciones culturales españolas, acompañadas por las portuguesas italianas y de otros países, al mismo tiempo que lo hacen las de los pueblos iberoamericanos. Recordemos que Gómara, con amplia mirada que envuelve a la historia universal, retenía que el hecho del descubrimiento del Nuevo Mundo era: ‘la mayor cosa después de la creación del mundo sacando la encarnación y la muerte del que lo creo’. Grandes espíritus han continuado esta línea de pensamiento hasta nuestros días.”   Silvio Zavala, Ensayos iberoamericanos. Universidad Autónoma de Yucatán, 1993, p.10.

Benedetto Croce quote

“Surge una tercera concepción de la crítica: la crítica como interpretación o exégesis, que se hace la pobrecita ante la obra de arte, limitándose a la humilde profesión del que quita el polvo a las cosas, las coloca con buena luz, cuenta anécdotas del tiempo en que fue pintado un cuadro o las cosas que representa éste y explica las formas lingüísticas, las alusiones históricas y los supuestos previos históricos o ideales de un poema. En un caso o en otro, cumplida su misión, esta crítica deja que el arte obre espontáneamente en el espíritu del que contempla o del que lee, que juzgará como le diga su gusto íntimo que deba juzgar”.

Breviario de estética, Espasa-Calpe, Madrd, 1967, p. 79.

Dicotómica

Lo que pasa es que no existe el olvido. Ni mi memoria es lo suficientemente fuerte ni prolongada ni tampoco es posible mantener el acto evasivo de la realidad. Si la función de la escritura es la memoria, su virtualidad es una configuración para iniciados. ¿En qué pensaban los griegos cuando hablaban de gramática? ¿En qué los latinos cuando hablaban de literatura? ¿En qué es posible descifrar los garabatos de un acertijo alfabético que no rompe el surco semántico de la inmediatez? La memoria tampoco existe, ni la pertinencia dicotómica entre la omisión y el recuerdo. Por eso se trata de rituales cuando se trata de repeticiones. Por eso las normas y los reglamentos de la organización colectiva. Contra los vientos novedosos la cima de las auroras históricas y las eras desprestigiadas de la humanidad.no es tan simple imaginar el muro de los lamentos sincrónicos

¿Falacia? ¿Constricción? Perpetración atómica entreverada: símbolos colapsados y el ojo vidriado por una lágrima. Rotundo fracaso, memoria-olvido. La historicidad es proclive a los años luz de distancia que oscilan entre las galaxias próximas a los desencuentros extrasensoriales. ¿Extrasensorial? La vainilla natural, el cultivo de tabaco, plantaciones de caucho, no sé, invento cada vez un escrúpulo sociológico interrumpido. Desistir de las canciones y los amigos, abrir una trayectoria entrecortada a la repisa de los años. Esquemática torre de libros viejos, esquemática de una heredada estructuralidad falaz, estructuralismo francés, colonialismo intelectual, academicismo de principios del siglo XXI, demasiada ciencia ficción rusa, escasez de un proyecto desobjetivador del materialismo histórico: antagonismos generacionales. Cimarronaje ideológico, astucia de maquinista del trenes del siglo XIX, galope de indio sioux con rifle al costado, imaginario de Lewis Henry Morgan y el evolucionismo de Herbert Spencer. Platos sucios en el fregadero. Escribir, mucho más que un impulso por enaltecer un efigie del tiempo. Redactar, colapso de terquedad hostil. Fatalidad sincrónica de la diacronía universal. Univesalismo y tendenciosa fenomenología del acento castellano. Longitudes recorridas entre los signos arbitrarios del otro vuelto ninguno, diosas prehelénicas sucuben a lo presente y el cuerpo de Adonis es una escultura falsa de David. No es para menos, siempre que se olvidan los autores y las corrientes. Está demás mencionar a la quebrada línea de escuelas faltas de sentido: Fernández Retamar lo había impugnado en los setentas pero mucho más allá de la grandeza poética del genio uruguayo, mucho más allá de la prosa gentil de London o de las pesquisas durkheimnianas sobre la religión, mucho más allá del atisbo longitudinal del presente colgado al retrete de fin de siglo, hay una especie de aroma que se impregna en todos los días que es siempre desigual pero no confunde el atardecer con el oscuro pasaje de Avellaneda en Buenos Aires.

lugar común del intelectual del siglo XXOlvido-memoria distancia dicotómica. Pocilga tenue el ocaso cansino de autores que se vuelven canon. Eso es. Y pensar que a la distancia todo es siempre la misma reproducción social de la que imaginé hablaba Lévi-Strauss aunque no pudiera afirmar nada menos que el testimonial progreso de la decadencia. Arbitrariedad: diremos que no escribimos en ninguna parte y que no publicamos en ningún lado, es más, no nos diremos escritores. Porque ¿a caso el hecho de encontrar la ruta de investigación de tres siglos de crítica e historia literarias son avales de un pensamiento congruente con el presente? Entonces, a la intemperie de lo institucional, el naufragio no es tan grave.

Octavio Paz quote

“Para recrear la discontinuidad, el arco iris se disgrega (origen del cromatismo, que es una forma atenuada de la continuidad natural); el veneno niega por su función su naturaleza (es una sustancia mortífera que da vida); y la comadreja se transforma, en ciertos mitos exaltados y siniestros tintes sexuales, de homólogo de la enfermedad y la ‘mujer fatal’ en nodriza e introductora de la agricultura”

Octavio Paz, Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de esopo, Joaquín Mortiz, 1969, p. 47

Autonulidad

Lo relativo a una forma de pensamiento claro, lógico, coherente, es más, metamoderno, no me es propio. Al contrario, no sé pensar, no sé sostener un ápice de claridad. Ahora sí, mis rimbombantes neologismos no me pueden salvar ni describen o nombrar algo que tenga un referente real. Sí, soy un intelectualista fugaz. Pero la vivencia del trauma de la modernidad es más bien un álgido torpedo de falsas lecturas, es más, ni siquiera mi falaz comprensión del estructuralismo del siglo XX puede salvarme. No, tampoco la negación del existencialismo nietzchano o mejor áun comprender que el existencialismo de Sartre se distingue del de Camus. Pamplinas, no he leído a Ortega y Gaset. Soy un snob, peor que eso, soy un snob que cree que merece el título de escritor. A duras penas redacto, frases e intenciones también falaces.

Ni Habermas me salva ni Lyotard ni tampoco me salva Herman Hesse. No, pero la modernidad es un trauma. Si la economía global del conocimiento es herencia de la modernidad, la disposición que arremete contra la literariedad discursiva de los torrentes disciplinarios es una conjunción factual de idearios mal recorridos, de cristales que distorsionan toda óptica vigente. ¿Dónde está la vigencia? Nuevos autores, nuevos libros, nuevos fenómenos, nuevos sistemas interpretativos, pamplinas.

Todo ha sido una mala administración del objeto de conocimiento, una mala distribución del capital cultural, una égida de torpezas, ramplonas como los árboles caídos para ser papel para libros de la década de 1940. Pamplinas con los recursos estilísticos y el sistema retórico de Aristóteles. Ni siquiera he leído a Platón. Lo que sí puedo decir es que me ahuyenta el cisma generacional. No estoy desvariando demás, es una dosis profiláctica, una dosificación de abono mental. No son los poemas de Rilke ni tampoco La resistencia de Sabato. Nada de eso. El salvajismo es una conducta natural, pero cuando se vuelve ese regetón que lo falsifica, el salvajismo es mucho menos que una voracidad capitalista. A quien no le gustaría estar involucrado con una modelo, las escritores no son sensuales, las poetas no son gordibuenas, las cirugías estéticas cuestan muchos millones de dólares. Transexualizo el eco que atisba una enseñanza perdida: los ilustrados franceses no deben quedar vivos. Y a cambio me pierdo leyendo traducciones, pero ya no leo nada, ya no quiero leer, estoy en huelga. Eso, pamplinas.

Con el ácido de un autor me compongo febrilmente de eslabones rotos: del siglo XX del siglo XIX, nulo, del siglo XVIII. Debería leer a Petrarca y Dante y Bocaccio. Pero no, más bien debería estar haciendo mi tarea. Pamplinas. No tengo soporte y la diacronía imperfecta de los diccionarios digitalizados de la Real Academia Española no me van a dar ninguna respuesta de fiar. Pero aún, pretender leer periódicos de una época y creer que es posible revivir algo de esa época. Meollo historiográfico, focalidad cruenta de la imposible recopilación documental. ¿Es esto un documento? Son los días del año 2014 y las noches del aó 2013 y los medio días del año 2012 y las tardes del año 2011 y las estrellas del año 2010 y por si eso fuera poco, que es decir que sea de escasa relevancia, ni siquiera Marc Bloch o peor aún Josep Pico o Aldus Huxley o Henry Lefebvre o Adam Schaft pueden servir de consuelo para la interpretación carente y faltante y oscurecidad. Pamplinas, soy un snob. Eso mismo. No es cierto que entienda lo que es la historicidad ni tampoco puedo recordar los nombres de autores recientes. Soy un sujeto del olvido, mi conocimiento es un objeto subjetivo del conocimiento que olvida.

Vomitividad inteligente

Repito, una vez, los días no fueron lo que son ni el basurero que escribe esta perfecta trompada verbal fue siempre un ruin campo de caricias amargas. Nada de eso. No siempre es posible creer que se piensa de la manera equivocada, no es cosa de acertar o si quiera de leer a los autores del momento. ¿Cómo se escribe la fracción de inmensidad abismada que sutura el rencor? Digamos que si alguna vez la cultura tuviera una finalidad trascendente a su versión capitalista no sería posible indagar las perlas de las ostras de la cantidad humana de artículos de opinión que se reciclan. Nada es más cruel que el sentimiento de insignificancia, quizás también la cortina cerrada de la intelectualidad transgeneracional. Pero ¿viven los intelectuales? ¿Son cumbieras? Podría ser que Kevin Johansen no estuviera sirviendo la mesa para el protagonismo de la ausencia rotunda y plasmada en este cuchitril de emociones. Ni qué decir del poema que hoy no recuerdo de T.S. Eliot o peor aún de la escasa lectura de la tradición inglesa o de la poesía griega contemporánea. Son todos los desfiguros propios de un efervescente mentalismo poco articulado, en el sentido del estructuralismo Saussureano. No comprender más allá de la posteridad y de la omnipostcomprensión. Mejor aún creerse heredero de una corriente autóctona de dubitar, como si el recapitular los estribos que la teoría comunicativa y la función poética del lenguaje permitiera creer legal y legítimo el apéndice focalista: más allá del marximos frustrante, más allá del culturalismo, más allá de la canción que distingue a los clásicos de los románticos, eso que es espectro de confusiones categóricas. Mucho más allá de Lyotard o de los neoconservadurismos, mucho más allá de la postestructuralidad, mucho más allá del poscolonialismo, mucho más allá de este discurso ramplón y generalizante. Esteticismo funcionalista que abre e increpa el acontecer material del desquicio. Corrosiva la memoria y el infértil golpe de páginas amarillas, como las cartas de Rilke al joven poeta o peór aún el fulgor esperanzsdor de la resistencia de Ernesto Sabatto y por qué no omitir a Borges y a Reyes y también, por si las dudas, a Ruben Dario. Omitir el discurso de Neruda cuando recibe el nobel, omitir a José Donoso, omitir todas las tazas de café que tomó Unamuno y que quizá además García Lorca habría superado de no ser asesinado. Quizá también el fulgor trepidante del periodismo de Kipling o mejor aún la colonialización portuguesa en Brasil y Camoens con As Luisiadas. Pero todo es eso y además Balbuena y Alonso de Ercila y también los futuros vestigios que imponen el giro al anglosajonismo de la modernidad: la Universidad de Berlín y los cursos de etnolgía de Frazer antes de la Rama dorada, el apogeo del incentivo abierto y los escombros del realismo junto a los jóvenes poetas simbolistas moribundos. Fumaderos de opio, industria pesada, identidades plurinacionales, como los residuos torpes del occidnete que no es nosotros pero que es nustro. Intersticio.

 

No debería creer que la tradición matemática es menos figurada que la tradición de novelas ilustradas rusas como algunos cuentos de Pushkin. No debería si quiera intentar recordar las revoluciones científicas de Kuhn, porque todo eso habla de mi lectura mutilada de Jüng y su inconsciente colectivo del cual bebo todos los días el licor ácido del fastidio. Ni siquiera podría creer que he leído a Claudio Magris, ni siquiera podría pensar que vendí una antología de Pessoa hace algunos años, ni siquiera podría creer que el México indígena de Juan Pérez Jolote no es más lejano de la realidad que la invención de América de O’Gorman. Tampoco debería sentirme privilegiado por enlistar códigos bibliográficos. No es un rencor auténtico el que me guía ni es tampoco la colección fantasma del marxismo antropológico ni sociológico ni histórico ni filosófico que me rompe todas las veces por dentro y que me dice: pequeño burgués hijo de finales del siglo XX. Nada de eso, ni tampoco los consomes de pollo que pudo haber tomado Alberto Ruy Sánchez cuando se enfermo del estómago o el puchero que tomó Roland Barthes una vez que le cayo mal la comida. No es tampoco el alucinante universo de Arenas ni mucho menos la trunca idea de Lezama Lima que llevo dentro de mi. No es mucho menos el escueto bagaje circunstancial derivado de definiciones filosóficas de diccionarios franceses. No, es algo mucho más allá de la filosofía del mundo de Sofía, algo mucho más allá del eco rutilante de Albert Camus susurrando contra Sartre una serie de payasadas y tampoco es ser mexicano sin poder decir que Bonfil Batalla es un hombre del pasado. Nada de eso. Nada de las querellas gremiales, nada de desfiguros más que los míos que son tradicionalmente falaces. Como un río que se rompe, Heráclito naufraga en mis oídos y roto el curso del agua, el helenismo y Heródoto que se abre y el clasicismo griego de nuevo con Homero y sus poemas o novelas o simplemente su recuerdos escritos. La confabulación tampoco inserta a Octavio Paz con sosiego ni mucho menos estima el cuento de Gonzálo Selorio o los tímidos reflejos que Gabriel Zaid ha plasmado en esta imaginación algoritmicamente cansada. Es quizá el vetigio de Malthus o de Clifford Geertz, el afán del relativismo histórico de Boas, las charlas de café con figuras ausentes de la intelectualidad cosmopolita del siglo anterior y también, por qué no, el cansancio de autores y libros no recorridos. Prospección.

La materialidad abruma el cause que conduce a la lógica paradójica de Erich Fromm, pero también al Tao Te King o mejor aún al I Ching, porque no es sencillo olvidar a Mao Tse Tung ni tampoco recorrer los libros de otra vida, de otro tiempo, de otra persona, sin caer en la tentación de corromper sus interpretaciones. No es quizá el escueto bagaje simbólico de Cassirer ni el aparato teórico de Lévi-Strauss. Nada de eso, no es Anagrama ni Siglo XXI ni Alianza ni Fondo de Cultura Económica ni Paidos ni Gredos ni Gedisa no, no es Ruth Benedicth ni Marguerite Yourcenar ni Guadalupe Dueñas. No son los cuentos de la Alahambra de Washington ni tampoco el teatro de Oscar Wilde ni mucho menos un regalo mal entregado y un capítulo de la novela que narra la muerte de un maestro. No es Bulgakov ni Shakespeare ni Cervantes. No son los hilos abiertos de la ciudadanía letrada ni los atisbos rotos de Heraclio Zepeda en Poesía en movimiento. No es eso ni Carlos Fuentes ni José Emilio Pacheco ni Elena Poniatowska ni Sergio Pitol ni Octavio Paz. No son los acercamiento a la inmadurez personificada en el registro panfletario de lo ignorado. Los atisbos tampoco hablan de los expressos que se tomó Salvador Elizondo ni de los cognacs que bebió Sergio Galindo ni del tequila Don Julio que le regalo Héctor Aguilar Camín a Ángeles Mastreta o José Joaquín Blanco. No es José María Pérez Gay ni Rolando Cordera. No son los años quebrados ni el algoritmo contumaz de la evanescente memoria. No son los estantes de sus libros de otra vida y otra persona sino los desvarios propios de leer a Italo Calvino hace ya muchos viajes de hongos alucinantes y churros de marihuana y nuevas vidas sin drogas ni alcohol y toda la imaginación posible al revivir un cuento peruano sobre un niño llamado Santiago. No es satisfacción ni orgullo. Es una fragancia de todos los días en este provincia de basural.