Escalar estratos de paraísos turbios

Los tiempos

que son roedores

del hombre

esculpieron

saltos adentro

del alma natural.

Los hombres

que son imágenes

materiales

contaron sus relatos

de la insigne

frustración de no volar.

Volantes vacuidades

indulgentes

promovieron el instinto

de acumular.

Acumulamos

las letras prófugas

del cantar, los signos

turbios de lo pasado.

Ancla de lenguaje,

origen abyecto

la sangre y el semén,

un ápice de cansancio.

Canzar el árbol

genealógico

es también

la pose

misma del día

en que nacimos.

Torpeza

del torpedear

rincones inocentes

así asa, so del tronar

la cacería

siempre condujo

a un trozo

de papel anterior.

 

 

 

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Aducir

Contra el reflejo de la complejidad

absuelta la duda de su esquirlas

años son gubias

silencios manantiales.

Ruinas de vídeos

alquitrán de siglos anteriores

la visión ramplona, inquebrantable

del progreso. Mutismo, maldad,

una cicatriz reflejo demiurgo

teatralidad este escenario desvencijado

de caricias. Tumefacción así

navegar los tendones del aburrimiento.

 

 

 

Sueño complicar axiomas insalubres

por esta desquiciada rendija.

Motor matar el meteoro del dolor.

Antiguo horario de lunas y tenebras

en cinta la idea, preñada sí

de un arrullo raido y galopante.

 

Murmaramos también un complejo

insomnio, conquista, soplo,

insuflar los instantes de rocosas

imágenes superficiales.

Cada memoria esparce en otros

un tiento que es su bocanada de recuerdos.

Pérdida igual esta ideología ya caducidad

de una generación putrefacta.

Hacemos como las olas

una planicie de rencores,

pero caemos callando

en la esbelta prontitud de los refugios:

céfirantes de indómitos enquistes

—como esta cultura de letras que es

una práctica de roturas y embalsamamientos

librescos— dentro de los panteones

arribistas del ser. Un horizonte

que es lo inmenso contando

una finitud inabarcable,

impele al acto desdicho, dibujante,

del sacar al sol sus resquicios teológicos.

 

Invención raquítica, igual que

ácido —¿o ha sido?— el ser

lisérgico —doméstico—

fortuito —encabalgado

al logos fatalista—

demarcación constante

el ombligo terso de los lenguajes

prohibidos. Columna, vertebración

escupir tampoco es

rendirse a la marcha contundente

—escritura salto, ¿eres?—

insufriblemente corrupto

el espejismo —reflejo—

de la complejidad. Absorción

como si pudiéramos

renombrar el desindianizado

momento del nacer,

como si fuéramos aperturas

de hojas y gremios papeleros

—porque poéticos no,

literarios no,

históricos no—

escritura, sí, de tentar las ramas

del saber —cognitividad ¿esgrimes

aducir el cronométro de las formas?

estructura— por el amar

y el amor

de los amantes —amo también

esclavo— esclavitud a la ciénega

de los prófugos cantos. Dormir.

 

 

Como del reflejo la complejidad

de la marometa el asalto

al infinito troquelado, enlatado,

desfigurado, columnizado,

perdón, sí, no, ¿es tarde

para indagar los residuos del festín?

Si los filósofos piensan

¿es pensar

una intuición

del instinto

la estructura cansada

de los alfabetos?

Antigëedades mi sombra y mi nombre,

un nombrar tampoco los asideros

ridículos de los pantanos urbanos

—contra revolución autoinductiva

de las esferas truncas de mis ojos—

visualidad que ronca

los olores enmohecidos

de Aristóteles y Platón.

Era donde la cama decía

complejidad obtusa,

memoria de grises

emblemas —como de ciudad

atmósfera corroida ¿smog?—

también la contaminación

visual, insalubre acto —verbalización—

torcedura y símbolo

en el arrabal conflagratorio

de una orgía que es más ignorar

que destruir las formas simbólicas

en el aposento de la pulcritud eterna.

Disyunciones

¿Cuánto es dicho ahora

en este mar

de letras y palabras?

Erguimos nuestras voces

contra el espejo de luces

—generaciones entreveradas

sacudimos recuerdos—

pero también callamos

un interior robusto de maquinaciones.

 

Todo fuera

mitad del amor al destino

pero es

maldición

trueque el asomo a las tradiciones

—del registro de Babel estamos inmersos

contra su olvido, siempre, acaso, ronca

imagen que raspa una pulgada de sensatez—

cifradas, encriptadas, desveladas,

mutilación la teoría de leer

los años con la gubia del dolor.

 

Y la tristeza

en los rincones

de las personas amadas

que no te amaron…

Y los reflejos

de reflectores indómitos

cazadores de novedades.

 

En este capitalismo nuestro

de los últimos siglos

somos un segundo horizonte

de fracasos, roturas, marcas.

Yo escribo desde el abigarrado

soplo de un mar quebradizo,

desde el ardor rugiente de un desierto,

desde la fulgente sospecha

de lo intrascendente.

Afila el tiempo

coordenadas inservibles

como juguetes baratos.

¿Somos baratijas literarias?

Sí, también eso, porque

está prohibido amasar instantes

y desde la anchura de la envidia

atraparse, capturarse, entumirse

en traumas anquilosados

como interpretaciones históricas positivistas.