Lo difícil no es perder a tu audiencia sino volver

Meses sin escribir, sufriendo, deprimido. Ahora en crisis, tremendo. ¿Olvido tan pronto lo que me alimenta? No puedo vivir sin escribir, no por eso seré escritor. Y pienso en los textos que emergen de mis adentros, ahora con una trayectoria mucho más lúcida, no por eso más madura. No importa el hecho del reconocimiento social, aunque en ocasiones es importante socializar los hechos. Al final de cuentas aquí estoy, y el mundo, allá, yo distante, él en crisis.

Vuelvo con un torrente torpe, torcido, de mi ser y estar en el mundo, de mi participar, de mi contender por un puesto en la pelea de la vida. Muero hoy también, vivo, lloro, me revuelco, pierdo, no sé, es un espasmo el recuerdo de mi formación.

En noviembre recogí un certificado mío de cuando estudié antropología y no pude evitar recordar lo que me hizo dejar de estudiarla. Y como ahora pretender meter mis papeles a un reconocido doctorado no pude sino sentir el peso de los años. Es una doble cuchilla la que vivo: la de ser un simple licenciado, sin puesto ni plaza ni sueldo, la de ser un joven creativo fuera de las circuitos oficiales. Tienes talento me dicen. ¿De qué sirve tener este blog? Dudo mucho que no sea más que una forma catártica de obsoletas proporciones. No es que m perezca increíble que haya jóvenes talentos multipremiados, multiaclamados, multicitados y traducidos. Yo no figuro, no soy, no estoy, no pertenezco. ¿Lo he intentado?

Y como este escupitajo gramático me impone la ardua precisión de establecer una pauta, ¿tengo futuro? No es un desaliento, no es una situación revolvente, no es sólo la posibilidad del fracaso. Es todo eso y lo que resta de mi existencia. Quizá debería abandonar las letras, no sirvo para expresar la belleza, los sentimientos, la pesadumbre, el amor, el odio, la muerte, la divinidad, para sentir tampoco sirvo metido en dinámicas sociopatas absolutas. Soy un fumador y como tal, una clase en peligro de extinción que se mata a sí misma. Perdí, pierdo el fondo, la superficie y el tacto. Todos moriremos, ¿todos seremos alguien en el mundo? Es también ser el entrometido de la historia. Si hubiera dedicado mi juventud a las artes marciales quizá hubiera sido distinto. Pero ya no sé cómo traducir el mundo, ni mis sensaciones. Absorto estoy, pero vuelvo aquí. Perdonen el vómito.

 

egopaticamente

Sistemas nerviosos

Decimos que enmarcamos

flores y estaciones

pero el filo de la luz

nos cunde el alma

de saberes. Tenemos tiempo,

desesperamos a veces,

pero decimos, hola, adiós,

como si un día algo dejara

de ser importante. Nuestra

contracción es superflua,

promotores nuestros son

la almeja en el cóctel y los limones,

pero esperamos siempre,

en un mismo sitio, el autobús.

Moriremos y harán nuestro funeral

pero otros dirán vaya

que valiente madrugar al destino.

Archipielago2

Recado y poema

Me enfrasco en la indefinición, constante de mi presente, como si en mi horizonte de vida no hubiera una salida cierta, un cierto camino alfombrado de incertidumbre. Reflexiono y averiguo en mis adentros, las piezas posibles de una realidad construida, pero decae mi tesón contra el viento de la espera y los protocolos. Estoy claro que puedo cumplir metas después de proponerme objetivos, simplemente hoy no sé qué proponerme en la vida cotidiana. Por ello recurro a este refugio digital, porque en el fondo de mis intentonas creativas no hay más que un trazo que busca dialogar con el mundo.

 

Pieza de una recámara

Escena decantada

en el proyecto instantáneo,

fugitivo ensamble, como de

silencio partida la cima del hoy.

Ninguna flor adormece los atardeceres,

ningún refugio para el crimen del pensamiento,

lóbrego y salino, como océano. Mina la vida,

respirar los asideros del contacto,

contactar la seña del símbolo cierto,

asidua tranza del nombre y el lenguaje,

pocilga inerme el alquitrán de la existencia.

Flota la luz en el humo y surco los sonidos

que afloran siempre con el café matutino.

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Rescoldo postdata

Cegadora inflexibilidad

como añicos del alma

surca indómita el palacio

del pensamiento extinto.

Lozanía y terror, mismo elemento.

Dentro los maremotos de la imaginación

sortean el abismo luminoso.

Lúgubre y torcida cantinela de llanto,

mordaza, como comida enlatada -al vacío-

sin expediente de caducidad: la vida,

monotonía reproductiva, ansia, tropelía.

Pero las noches mantienen figuras y cumbres

de barros antiguos y remotas tribus,

porque instamos al dolor a pedir perdón

y sabemos, cruelmente, que las uñas

no dejaran de crecernos después de muertos.

Y reímos. Lloramos arqueados por la tragedia

-que es la nación despilfarrada- para dilapidar

los sueños en cansancio y torrentes de vaho

-neblina del alma, carburación motriz de los adentros-,

porque levantada la silueta del universo

nos carcome el trance de agujerar el cielo:

con la metralleta de las memorias y los atardeceres.

Y fingimos, pero mustiamente, que sabemos

para acumular títulos y nombrarnos. Y creemos

porque la esperanza nos nutre sin abandono.

Perdíamos los minutos en canciones de amor

y ahora encontramos el rompecabezas de la existencia

como torpe fragmento arqueológico no estudiado.

Anti versos neuroemocionales

Entre el ojo y la cabeza

capital de una cultura no social

fluye la sanguinolenta idea

de trepar el árbol soleado

de los instantes. Pérfido aliento

de rancio alquitrán, espejo

como de goma arábiga, la cafeína

conquista el maremagnum del sonido.

Estruendo y demencia corta

la costra de amores y fatigas.

Acuoso ramillete celular

espasmos y tiernos golpes

porque la violencia estriba

en caer al universo de la fama.

Mustiedad anterior a la rabia del éxito,

eructo demacrado por una

hamburguesa hawaiana:

tocino extra, doble carne y

salsa barbecue. Excéntrico copete

de musarañas que enamoran a los indigentes.

Flacidez verbal como si todo pudiera reducirse

al oxímoron incómodo del porvenir.

Axiomas baladíes este tiento contra

la ética de Wittgetstein, siempre olvidando

el remo de los clásicos. Estertorea canción

el moribundo látigo de la metáfora insípida:

eres viento que toca mi trastocamiento

porque no eres mariposa de mi boca.

Adios y cruel inicio del fin o de como

los silencios acuchillaron al poeta. Iracundo

freno porque todos querían un ejemplar

del disco de su espalda: un ellos agreste

y como torcedura de tobillo incómoda,

pero tirarse un pedo es otra cosa. Insalubre manto

pensamiento torpeza dentro del ostión

de las ideas, flaca tersura, retruécano infértil

o mismidad antediluviana del ayer. Galopas

toda la desnudes psicótica del aroma

como ejército napoleónico

en la blancura del invierno ruso.

 

No sé hacerme un lugar en el mundo

Aquí, donde las palomas

olvidan sus alas, yazco,

contra mi pecho la rabia

o el rencor absorto a mis contemporáneos.

Agujero soy, soy un trote moribundo

porque extravié mi alma tres mil

millones de veces, porque perdí

la tinta, el papel, el fósforo y el fuego.

Aquí, donde el manicomio es una corta guillotina,

estoy, nadie entre las multitudes

reclama mi cuerpo, mi voz, mi sentir.

Una vez fui una balada amorosa,

un campamento en la playa,

algo que calentó cuerpos y vidas.

Sonríe no temas, quizá lo único es el dolor

de sabernos partidos por funerales y nacimientos.

No sé hacerme un lugar en el mundo,

en este cúmulo de atrocidades,

y lloro, me desfalco a la tristeza, convulsiono

mis párpados y me deslizo por el polvo

de caras y personas desconocidas

que dijeron ser mis amigas o amigos o amantes.

La primavera retoña y con ella este desprecio

de años, de corazones rotos, de almas oscuras,

torcidas, turbias, desencajadas. Desilusión:

la huella indeleble de todos mis presentes.

Ramillete de angustias

Vas por la vida

cosechando horarios, tu siembra

la obligación de ser ciudadano,

ser madre, ser empleado, ser ¿cuándo?

Entre los cafés, las oficinas, las máquinas,

el tiempo roza las mejillas de tu infancia.

Contra el cielo plomizo de ausencias,

tu rostro, tu cuerpo, tu rutina de gimnasio,

la bicicleta, la vida sana, no fumar, etcétera.

Ejercitado en el arte de la técnica, tu mutismo

llamado entretenimiento, falsedad, ilusión,

fragmento de realidades distorsionadas.

¿Olvidaste que un día de 1810 duraba 24 horas

igual que un día del año 3 o el día de ayer?

No hay fórmulas para la psicosis pero sí hay

narcóticos, excesos, consumo elevado -de amores,

de drogas, de mercancías, de personas, de órganos,

de genitales, de pantallas, de libros, de revistas,

de familiares, de amigos, de bosques y recursos naturales-

porque en la apología tecnológica

perdemos la vivencia, perdemos el estar,

perdemos el ser -en el y por el tiempo-

como figurines de porcelana en una colección

de los inquisidores del siglo XVII.

Embarazos, cine, helado napolitano,

la gangrena de nuestro presente es nuestro presente

mortalmente angustioso, vívidamente angustioso,

angustia como totalidad llamada: ¿necesito

éxito, triunfos, medicamentos, seguro de vida,

viajes por el Caribe, visita a museos internacionales,

gimnasio, películas, dotaciones de comida gourmet?

Al final todo es un simple frasco

de carne y hueso, todo es la niña que te rompió

el corazón por primera vez, la mujer que te ignoró,

la madre de tus hijos a quien no amas,

el título de doctorado que te dio tu plaza

-la cual odias porque es provinciana-,

la memoria de que tu vida pudo ser distinta:

pero seguiste el molde y encajaste

-hoy eres el encaje de otros-

y te persignas y te escondes en tu exhibición

cotidiana y común. Un auto del año,

el smart phone más impactante,

el colegio privado para tus pequeños,

seguridad social, garantias de por vida,

ochocientos mil pesos para cada miembro familiar

si mueres en un accidente o súbitamente,

tarjetas bancarias, ahorros, planes dentales,

viagra, disformidad emotiva, ansias, siempre

angustia, la peste y la nausea y el rincón repugnante

al lado de tus compinches machistas, sexistas,

racistas, exclusivistas, que ven cadena nacional,

que siguen los deportes, que fungen como árboles.

La enfermedad es mía, la cordura es de nadie.

Y así habitas un paraje, un segundo, un cuerpo,

una edificación -por el inmenso crédito a 15 años-,

todo porque al final del día te recuerdas

parte de una inmensa sociedad imparable:

capitalista, salvaje, explotadora, injusta,

demencialmente narcotizada por doquier.

Entonces el sueño ha dejado de ser reparador,

se ha vuelta una máquina cuyos engranajes

soportan la teatralidad existencial del mundo.

Frenesí de una escena interior

El cuerpo como mazmorra

mía, como cortina polvorosa,

teje un manto frío y helado

que soy yo fabricando nada,

que es el mundo envuelto

en abyecciones contundentes.

Escapa al vericueto del sentido,

del éxito y el cambio de vida,

la esfinge total desfigurada,

mi alma pesadilla incierta,

la flama congelante de mis adentros.

¿No somos seres de odio

los que nombramos la noche

cuando despierta el murciélago

en nuestra boca y nos chupa la sangre?

Acaso las sanguijuelas del espíritu

no están todas las eternidades de la existencia

presentes, buscando un aroma cálido, ténue, frutal

que rompa el círculo de su vicio cotidiano.

Pamplinas y rascacielos inmensos, todo es

una masa de estiércol fútil y contumaz

arrebatando al sol el espasmo de una ave

moribunda y a punto de ser devorada

por una horda de perros callejeros.

Todo eso habita mi existencia

mi yo

mi ningún nombre consuela la desgana.

Desfachatez y excesos, olvido nombre y todo

podrido en el vacuo asiento del confort.