31 de julio de 2002

Grité, grité, grité

grité desgarrado

grité, con la mente

resquebrajada, grité.

Tu nombre era mi mensaje

¿cuándo alguien

me ha escuchado?

Tarde fue demasiado pronto:

perderte seguridad de mi vida

¿con nuestros amores imposibles

de vidas pasadas, también imposibles

eternamente, viviremos?

Grité, una, dos, tres, Dariana te amo.

En vano,

grité,

torcido

del alma,

rengo sin ti por ti.

Contra el mundo, grité.

Absorto en un dolor indescifrablemente

inexplicable, grité, como un niño

abandonado, en el fluir constante

de todos los tiempos.
Mi grito fue mal interpretado,

a menudo, mi voz, mi hacer

con palabras, carece de sentido.

Y contigo —ya no grito

pero lo hice por años—

Aprendí a escribir

una geografía dolorida y solitaria.

Grité, grité, grité,

como si fuera pedir un deseo

al universo, grité hasta el silencio,

tu nombre, Dariana te amo, grité,

sin miedo. ¿Es Dios quien escucha?

Entonces una pesadilla, ya más realidad

que fuga onírica, fue más concreta

más cierta, más destino ridículamente cruel

sin que pudiera amar algo,

alguien, que eras tú, Dariana por los

minutos de los años estos sin un nosotros.

El día que Juan Pablo II canonizó

a Juan Diego.

 

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Natalia Lafourcade

2002 era
Japón hervía
en mi sangre
rota.
Espiga de desesperación
un año quizá
anterior
soñé la pesadilla.
Nadie lo cree
pero tu recuerdo mío
parece
Sophia Loren
o Adriana Lima.
Y fue claro el presagio.
Eras tú la mujer que perdería
y el judicial ese —del sueño—,
era el mundo
partido en dos, de mi vida.
Un antes y un después, como saberlo
si ni siquiera pude rechazar
lo conocido para buscarte.
Encerrado, amedrentado, temeroso
en esa ciudad de neblina, café y flores,
grité al mundo Dariana te amo.
Y en el zapping de televisión por cable
en MTV sonaba Lafourcade,
Natalia, la nueva cantante
mexicana, sonó, ese verano
de psilocibe mexicanae
y ácidos y muerte psíquica
de una juventud desvencijada.
Tu nombre Dariana y del primer amor
Mariana, sonando, todo el tiempo,
como cuando te soñé
en Tokio y me decías:
te enseñaré algo sobre tus ancestros.
Ese ruido que fuiste, que eres,
hoy silencio que llama al perdón,
sonaba también.
Escandalicé mis días,
destruí mi vivir,
alquilé a la eternidad
el renacer de un hombre de Aragón
—porque parece que desde ahí
Ignacio de Luzán me acompaña—.
Pero tu beso no fue un nosotros
en mi boca destructiva,
tu cuerpo no fue un amar
fue un transgredir los causes
de una vida ya rota —la mía—
como la sangre
de Atenco: esta memoria
sigue su maña de siempre,
aquí, donde escondo
lo que no debía esconderte.
Natalia sonaba y desde entonces
la odio, como se odia
la emulsión de Scott en la infancia.
Derrumbada tu presencia
en un anaquel de fantasmas,
nunca te pude conocer,
nunca te pude comprender, Dariana.
Eras tú mi amor —que era psicosis—
eras tú, agradecida muerte en inglés
—grateful death—,
el viaje, el mensaje y la mensajera.
Eras tú quien partía mis adentros,
Dariana, insoportable. Y contigo
esa Lafourcade, ahí,
en el estrellato, y yo,
mascando psicoanalistas que no existían,
rumiando gritos, ahogados en mi consciencia,
ahí estuve, sí, en el terror
yanqui islamista, ahí en la trampa,
en ese derrotarme, en esa cobardía,
en ese dejar de luchar
de ese camino esquizoide.
Ahí estábamos, tú lejana, siempre,
provocando el siniestro,
ese siniestro de madres muertas
de hermanos atemorizados
de narcóticas esferas falsificadoras.
Ahí estabas y Natalia
sonaba. Hoy no puedo sonar en tu vivir
no puedo ser
sino un archivo oral ficticio,
una huella borrada,
un camino no andado,
una espiral descendente
como de lava hilo
quemante en lo profundo y superfluo.
Sí, Dariana sonaba Natalia, y yo
huía, perdía, sentía que todo sería nunca
más distinto que entonces.