Desamores polvosos 1

 

Evocando, recordando, sintiendo, a mi amiga, Citla.

Salud comadrita, desde el extrañamiento profundo.

A rehacer el andar.

 

No imaginar el fondo

de un dolor:

trance

ese silencio de ausencia amada.

Duelo, masacre de párpados, lágrimas

un bohío triste, puerilidad

el llanto mismo de la despedida.

Nombrar el alma sus grietas

acto heroico, piezas

rotas la vida, un puño de alegrías

resquebrajadas, mutilación

fabuloso desengaño, muerte

siempre presencia

en lazos rotos: la unidad del amor

quebranto, viaje al incómodo y molesto

deambular recuerdos.

Desamores polvosos

esta geometría de cuerpos en separación.

 

 

Escuchar en sueños tu ausencia

Estás aquí,

duda y fragmento,

constelación sierva

en un destino ignoto,

torcedura líquida

al horizonte: ser entonces

plaga de recuerdos

en la cosecha de la vida.

No alcanza el olvido,

el desamor y la tristeza

cuando te busco

en el sueño. No alcanza

el acto cobarde,

ataque y ruina del viento

que conjunto nuestras almas.

Siempre es una palabra oscura

ninguno de nosotros conoce

el fondo de nuestras eternidades…

sospecha, el portón a una tropa

de imágenes, luces las líneas

de ritmos y canciones baladíes.

Aquí están tú y mi madre,

también don Sergio, también

los amigos que se fueron con la vida,

estamos todos envueltos

en la inconsciencia del pasar

y solo, individual, naufrago a la

escritura para decir que no te olvido.

 

Historicidades

Este siempre nunca

llamado nosotros,

nunca beso,

siempre silencio,

ronca inserto

en eternidades

de alfabetos.

siemprenunca

Causas

Cuando Efigenia azotó la puerta aquella tarde, Raúl supo que algo se había roto para siempre. ¿Fueron las constantes llamadas perdidas un síntoma de la evasión que hizo a Efigenia surcar los mares de la furia? Raúl cursaba el último año de carrera y ella había sido el amor más plácido y más extremo que hubiera tenido. Al salir del departamento de Raúl, Efigenia entendía que no habría marcha atrás, que todos esos años invertidos en lecturas compartidas, comidas mediterráneas y películas de arte acababan de irse a la basura. La borda a la que remitía los esfuerzos de 6 años de noviazgo parecía una maleza púrpura carente de algún atisbo de ternura y luz. Aunque Efigenia mantuvo en alto la frente, dentro de sí un sentimiento erguido asemejaba su vivencia reciente a una ostra lista para el caldo. Tomó de su bolso las llaves de su auto y decidida a no caer en el impulso de emborracharse, a medio llanto y gimoteando, subió en el vehículo. Antes de arrancar se detuvo en el asiento un momento para ojearse en el espejo retrovisor. Se preguntaba qué podía ser tan malo en ella como para que Raúl no le hubiera prestado atenciones en las últimas 3 semanas.

Detuvo el llanto, limpió su rostro de lágrimas, se arregló el cabello y encendí el automóvil. Comenzó entonces su peripecia urbana, sin rumbo fijo, sin destino. Pensó en visitar a Mónica, contarle todo, desahogarse, pero en cambio se dirigió a ver a Sebastian. Cuando tocó el timbre del departamento se escuchó en el interfón la voz rasposa y aguardientosa de Sebas. En ocasiones él le regalaba bolsitas de cocaína o marihuana cuando estaban de fiesta, aunque Efigenia prefería tirarlas a la basura después de haberlas probado varias veces y no comprender la finalidad de emplear el contenido mágico de las bolsas para recrearse. Sebas bajó del quinto piso, en bata, despeinado y como recién despierto. Abrió la puerta a Efigenia, le hizo una seña para que pasara y le preguntó si estaba bien. Efigenia no dejaba de pensar en las últimas vacaciones al lado de Raúl, cuando fantaseaban con concluir la carrera y hacer un posgrado becados en el extranjero. Ahora todo era una nube de tristeza y desolación. Sabes le ofreció un poco de agua, la hizo sentarse en la sala y le dijo si había problema en que fumara algo de yerba. Efigenia contestó con la nostalgia desnuda: Sebas, terminé con Raúl. El amigo fiestero, alternativo y hippy de Efigenia vislumbró en su rostro el terco deambular de los recuerdos. Aguarda, ahora vuelvo, respondió. Efigenia veía en derredor suyo como extraviada en un laberinto de pulmones secretas e inconscientes que nombraban su desgracia con el mutismo de un espejo. Sebas volvió de su cuarto, cargado de un bong, lleno de agua. Traía en sus manos una bolsa de tela. De ella sacó un bonche de mota, la puso en la rejilla del bono y le dijo a Efigenia: mira mujer, Raúl es un buen partido, pero también es un terco, anda, fuma conmigo. Efigenia se sentía inmersa en una especie de sopor, entre el entumecimiento del alma por los eventos recientes y la idea de pertrechar su alma en los impulsos ocultos que la acometían. Está bien, fumemos, agregó Efigenia. Sebas prendió el artefacto fumatorio y ambos fumaron plenamente aquel material que venía desde Michoacán. El ambiente se relajó, Efigenia rompió en llanto y Sebas se acercó a abrazarla. Quedaron un largo rato en silencio, mientras los efectos de la yerba hacían a Efigenia creer que todo era pasajero. Pero no había vuelta atrás en el tema de Raúl y ella lo sabía.

Pasarón tres horas en las que Efigenia, después de haber fumado constantemente, llorado y confesado su dolor y tristeza a Sebas, se había finalmente quedado dormida. Sebas se duchó, se puso rompa limpia y fue al Oxxo por unas caguamas y cigarros. Cuando volvió encontró a Efigenia despierta y algo ansiosa. ¿Quieres un poco de cerveza?, agregó. Ella respondió que sí, pero que debía volver a su casa manejando. Pasaron dos horas más, conversando de música, de vídeos y payasadas televisivas. Después de eso Efigenia volvió a su casa. Cuando llegó había un mensaje de Raúl en su teléfono, el cual había apagado todo este tiempo, que decía: Efi hermosa, no te pido perdón, te pido que regreses. Efigenia tomó su teléfono y le marcó a Raúl. La llamada no entraba y remitía al buzón de voz. Entonces dejó un mensaje a Raúl: te equivocas conmigo, pendejo, no vuelvas a hablarme.

La noche iniciaba su trayecto y Raúl sabía que era tarde para ellos. Efigenia se duchó, tomó un té con galletas de chocolate y empijamada durmió tranquila, después de fumar lo de una bolsita que le dejó Sebas aquella tarde.

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La barca del desconsuelo

Mecer en el quebranto

del destino el aliento

con ternura, principio

en do mayor, teatro

y escena: existir. Pensamiento

viejo hábito, nombres estructuran

la alquimia del silencio.

Dejamos atrás la alegría

en la fosa propia del recital:

augurio estéril, estos viajeros,

mar de angustias, abajo y encima,

nosotros también en la hoguera, gemimos.

Anterior al hospital de la memoria

un elixir compone retazos primaverales.

Éramos un vestigio de luz para otros

y en otros adquirimos relevos al dolor.

Partimos al puerto de la inocencia,

después del asombro, y remamos

mustios, contra la marea solitaria

de una vieja historia de desamor.

 

la barca del desconsuelo

Sin olvidar que no supe más de ti pero tal vez no me hayas amado

¿Tu nombre fue la lapida de mi luz
o fuiste lentamente un fantasma?
No tuve el valor
ni de buscarte
ni de quererte. Olvidé las enseñanzas
de mis ancestros por ti. Viví milenios
de dolores nostálgicos, por ti
tuve el valor de no seguir.
Rompiste con tu baile moreno
de fuego, miradas y deseo lujurioso
mi senda: ese pasillo donde la muerte
escribía con su aguja usando mi sangre, usando mi alma, usando mí luz y mi alma. Nunca como tú la usaste, esa noche, noche nuestra de nuestro baile y amor imposible.
¿Rompiste acaso el tendón de mi amor? Lo que rompiste fue mi juicio y razón.
Una oscura consecuencia despertaste
mi cobardía
agonía fulgente
traducción de anaqueles polvorientos y besos muertos, no dados.
Los días fueron acantilados tristes y espesos de la neblina del desamor.
¿Sólo bailamos, sólo me provocabas? A veces camino por la calle
hablando conmigo mismo, diciéndome ¿qué habría sido distinto si ella me hubiera amado?
Eres mi trauma vital preferido,
el surgimiento de todas mis complejidades,
la brújula de mis tragedias,
el trágico telón de mis quebrantos.
¿Me habrías amado con la desesperación que yo te perdí? ¿Habrías besado mi frente y cerrado tu mano sobre mi mano? ¿Habrías dicho que yo soy tu amor? La eternidad responde que
nos cruzamos y yo sucumbí ante ti.
Ni todas las putas de toda la historia, mía o de cualquier hombre común, podrían hacer del olvido
una medicina. Porque no es que te amara o que me embrujaras con tu té. Es algo más. Porque quizá me buscabas para destruirme.
Pero es la primavera tu estación. La nuestra. De nuestro baile. Y así la vida siguió y yo me pregunto:
¿si yo hubiere sido amado por ella ella me olvidaría tan pronto como lo hizo?
Estar así todos los tiempos estos que somos nadie
es saber que en tu nombre
estaba escrita mi sentencia.
Nunca podremos vivirnos
porque no nos importamos nunca
excepto quizás cuando me veías
en la penumbra
con esa ternura de miel en tus ojos
y yo quebraba mis caderas bailando
para que vieras que baila contigo
y para ti aunque no estuviéramos solos.
Todos estos años son esta escritura
y tú eres la ausencia
no mi madre
como creen mis lectores.
Tú y ella. Yo soy este ahora
un sin amar todos los ocasos
un sin refugio todas las tormentas
un sin cobija todos los inviernos
un simple soplo de amor inexistente.
No por todo lo dicho la eternidad cambiará. Eres el alfabeto de mi inexistencia: nosotros amándonos.

V despilfarros verbales

 

I

20 años

primavera

descolorida juventud

el sino de nuestro encuentro.

Flagelo incesante: tu recuerdo.

5 años.

 

II

No conoceré el saber tus labios

ni seré la felicidad de tus noches.

No brotarán en ti las lágrimas cuando muera

ni pondré en tu baño flores aromáticas.

No, sólo seré esta escritura degenerada,

esta perversión creciente, este desquicio

de desconocerte, de soñarte, de desearte

y no tenerte. Seré todos estos poemas

esta maldita pocilga fumadora, este atónito

demente. Nunca conoceré a tu madre,

ni te consolaré cuando te despidan del trabajo.

No veré a tus hijos ni verás mis desvelos

escribiendo sobre autores del siglo XVIII.

 

III

Nuestro baile fue la más osada acción de mi vida.

Qué baile, qué noche, qué fulgor de tus ojos

qué abrazo ajeno que no me correspondía y envidié.

No probarás mis guisos

ni sabrás mi receta para hacer ñoquis.

Olvido de la simpleza de la vida, jamás olvido de la tez morena

tuya, jamás olvido de tus pantorrillas,

jamás olvido tu falda morada.

Nunca estaremos juntos en una cama

viendo una película

ni negarás mi café cargado

ni leerás mis ensayos históricos

ni sabrás que nací un 6 de diciembre

ni que soy prematuro

ni que padezco esquizofrenia

ni mucho menos sabrás de nuestras vidas pasadas.

Somos lo imposible, el agua y el petróleo, lo que se toca

para destruirse y perderse, para olvidarse.

La eternidad ofuscó nuestro grito.

Gritamos y no pude seguir fingiendo, no pude ser el mismo.

¿A ti te pasó algo después de nosotros?

Nunca sabré qué efecto tuve en tu vida,

nunca conoceré tu tacto ni sabré si te gustan las fresas.

 

IV

Nunca me olvidaré de nuestra imposibilidad,

de nuestro desencuentro, nunca podré superarte, superarnos.

Qué manera de bailar, que cadenas de fuego tuyas. Ya incluso

hay algunos muertos de por medio, y no lloró, me resigno

a perderte como los aztecas perdieron su imperio.

La mierda de este país escribió en mi su condena, su repudio,

fui también un objeto público, profanado, desquiciado, perdido.

Y todas las primaveras, la misma noche del mismo día, te recuerdo.

Cada luna llena, que antes admiraba y decía me daba fortuna,

recuerdo tus ojos, tu cuerpo, tu voz, para maldecir mi destino.

No perdono porque no sé perdonar, porque soy una colmena

de infelicidad, una rotura que se ensancha, un abismo que se abre,

soy tu evasión, tu ignorancia de mí, tu ausencia, la vacuidad de nuestro nombre:

desamor. Confusión rotunda, maledicencia, soy

como un saco elegante: roto, descosido.

Sólo este agujero que emana todo el veneno ancestral y presente.

Yo fui un cobarde, todos los días,

todas las noches, cada luna llena,

fui un cobarde que se escondió,

como caracol en su concha.

No puedo dejarte ir porque no sabría vivir

sin el sufrimiento que me generas.

 

V

Y así estoy inmensamente cansado

con deseos de morir

inmensamente destruido;

ya la fuerza que me diste

desapareció,

ya vivo sin el ufano sabor de ese baile.

Todos los hombres somos iguales

pero hay algunos que son buenos.

Esto no es nada porque

yo soy nadie y tu eres todo el siglo presente

en un futuro radiante que yo no viviré.

Cantata de la deseperanza

Azul costra desamor

canción de tedio y vacío
lumen apócrifo, sonata mortuoria.
Esquirla: colindancia con la nostalgia
espera
la monotonía de las olas del mar.
Consciencia ausente falta de primavera
funerales de la alegría
tristezas acumuladas por los ayeres.
Invención que se arma contra el tendón
cardíaco, el ventanal de los días
escrito con el polvo de las migajas del amor.
Abismal efecto de los fracasos
como silencio vulnerado
por las escandalosas complicidades del futuro.
Acero de viento: aliento que se nombra orfandad.

A una chica dolida en primavera

Si la primavera trae consigo

la desgracia desértica del desamor

y tus ojos sucumben a la lluvia del llanto

no esperes que el otoño cobije tu nostalgia.

Los años y las tempestades forjan una malla

de recuerdos y colapsos nerviosos,

como los deseos de ser besado, como desear estrechar

la mano tibia de un acompañante.

Si la primavera no trae consigo flores y esperanzas

sino el rugido torrente de la desilusión

aguarda que la luna llena escriba los tendones del olvido.

¿Es mucha la impaciencia del árbol y la vegetación

cuando florecen? Es mucho el desatino de no ser amada.

Mucho también el raquítico desprecio que parece eternidad.

Una noche o un día o una tarde o una mañana son espacios

todos donde el prado del destino moviliza

los actos ínfimos del azar: una tarde quizá un Cupido lea

tu soledad soleada y desemboque en tu playa, de tristeza

y desamparo emotivo, llamada mirada taciturna

y aparezca

un alguien amor,

un algo amoroso,

un por qué y un para qué contar ansiosa los segundos,

un viajero de ti, de tus rincones y tus secretos.

Si la primavera trae consigo alfileres de melancolía

y el dolor de una ausencia revuelca tus ideas

no esperes que la brisa del mar o la luz de las estrellas

atestigüen a tu favor cuando desees volver la página

del libro que eres, si eres una tragedia innecesaria.

Si la primavera llega, recuerda, que los cerezos

y las flores esculpen delicadeza

pero que la savia de tus sentimientos

no depende de un otro,

de otredad ninguna,

sino que está fluyendo

sin fin

sin tope

aunque duela esa ternura que se fue.

Recuerda que el atardecer

conmueve porque se marcha desgarrado

el sol hacia el aposento lunar.

 

Tenía la esperanza de que me buscaras

pero saltaron los años

sin tu presencia, sin ti. No apareciste nunca

en los parajes enarbolados de mis días tristes

pero sale el sol y soy un hombre.

Derrotada la memoria que eres

no me buscaste y no te importó

el sabor de mi boca o el tacto de mi pecho

al desembocar nuestro grito que nos unió.

No me buscaste y yo tampoco

contra el espejismo cierto de una noche

arrecife de muchedumbre bailando

y nosotros ahí, a mitad de un desencuentro de por vida.

Con la mirada flácida y decepcionada

no te ví ni escuche el canto de tus ojos

porque al final no éramos destino

o porque fuimos el destino de la tragedia.

Eres el silencio más grande de mi vida

porque fuiste los gritos y el escándalo

más abrupto de mi existencia.

Te habito cada primavera y excavo

la imagen de tu piel morena

contra el polvo de tu recuerdo.

Amores de unicel

Canción ranchera del 2002