Maruchanismo intelectual y cultura inmediatista

Importa poco realmente el criterio que pueda construir respecto a la sociedad de la información y sus dimensiones. La inabarcabilidad del presente humano abigarra los rincones por donde pueda ejercerse una crítica que no derive en una doxa baladí y ramplona. Como el vericueto de la deep web o peor aún los icebergs informáticos, las modas, las tendencias, desde una horizontal verticalidad cada vez más arraigada, en las prácticas violentas y el falso empoderamiento de las minorías, el presente, que para mí es ya por muchas razones una distemporanéidad, refleja las esquirlas nucleares y colectivas de los conglomerados humanos aptos para la falacia de la sobrevivencia. No es tan sólo la carencia de una planificación inclusiva, por parte de los comandantes políticos globales, es también la negación, en los hechos, de las múltiples agendas globalizantes, desde la ONU y otras instituciones, que derriban en su cisma paradigmas del siglo XX que deberían haberse erradicado pero que se han radicalizado: la pobreza, el analfabetismo, la crisis de salud, la violencia de género. Y todos podemos opinar, todos tenemos algo que decir, pero lo decimos para olvidarlo, para dejar huella en el foro global, no en nuestro actuar cotidiano. Y en esa espiral de modas, de tendencias y paradigmas, vigentes a la reapropiación de los clichés en una retorización reinterpretativa a partir del anything goes y del retro motive, no hay capacidad de avanzar, de recorrer caminos, de incidir en la transformación humana.

Las sopas maruchan están prefabricadas, listas para agregar agua caliente y comer. El maruchanismo intelectual, esa especie de inteligencia basura, de acuerdo tácito a partir del gusto y la moda vigente, de las tendencias, el famoso trending, incluye una mutilación simbólica del capital cultural en todas partes. Y lo implica por una fractura de la diversidad, no en su expresión, sino en su composición. En pocas palabras es hablemos todos de lo mismo, aunque opinemos diferente. No es entonces tampoco la consagración a un foro y público, no es entonces la significación estructural de las ideas o la impronta por plasmar novedades. No es, lo sabemos, la modernidad industrial. Y debemos informarnos y procurar tener un criterio que para como está la vida en este tiempo es en pro de la humanidad extensiva a una cuidadosa tarea vital o en pro de la barbarie capitalista postneoliberal globalizante. Divago entonces, pero esto del maruchanismo intelectual, extensivo a la cultura, las artes, la educación, deviene del programa económico neoliberal como un mecanismo de presionar los influjos pensantes: o te amoldas, aunque seas marginal, o te desechamos. No hay espacio para la construcción de grandes debates, como dijeron en 1999 con El final de los grandes proyectos, pero tampoco hay espacio ni tiempo para la configuración espaciada del ser y sus rincones. Entonces las esquirlas son de tradiciones, de ideas, de interpretaciones, pero que se ramifican en prácticas podridas. Esquirlas de algo que fue, dicen algunos, la posthistoria. Es un atomismo individualista, una nuclearidad egopática: ¿Quién eres? ¿Qué has hecho? ¿Cuánto has ganado? ¿Cuáles son tus credenciales? Maruchanismo intelectual porque agregando al o los autores de moda, porque insertándose en la agenda (multinacional, global, nacional, regional), porque actuando de acuerdo a principios de idolatría de personalidades (y de absurdos cinturones ideológico-culturales), se puede acceder a la mitopoiética instancia de ser alguien en la digitalidad postglobalizada. Solo agregué agua caliente (o ideas calientes, o instituciones calientes, o porno caliente, o algo caliente del momento) y vea acrecentar la forma expansiva de su nombre en el mundo.

 

Por el desquicio de la luz, negación de la visualidad

face2Debería arremeter mis ideas, mis pensamientos, mis palabras, con un flujo de autores que me pudieran dar orientación a estas intentonas disformes que elaboro desde mi automatismo mecanográfico. Disculpen si los hago perder el tiempo con este, mi ideario sin agenda. Hace 16 años pude muy bien ser acreedor de un embalsamamiento ideológico, pero en contra posición a mis devenires intelectuales, mis orientaciones y preferencias no involucran nítidamente un gramo de cordura. Y aquí, en este intervalo semi racional, escondo mi filosofía y promulgo una esperpéntica mirada a la globalidad y sus digitalismos. La predominancia de los efectos visuales en todas las esferas de la vida no han hecho sino reducir y segmentar las preferencias y orientaciones de la oferta cultural. Es decir que hace 100 años uno se maravillaba con el cine y hoy el cine es una referencia común de nuestros tiempos. El salto mediático que la imagen como emblema de nuestros días permite, no debe hacernos sospechar lo que es el analfabetismo funcional y las derivaciones propias de la pérdida del aprendizaje lecto-escrito. Más allá de una indagación sobre las dimensiones reales de las posibilidades educativas, el océano de luz en el que habitamos los nativos del siglo XXI no puede disociarse de la proliferación visualista de las estructuras mentales, conductuales, comunicativas y face4culturales.

¿Qué no es vivir pegado a la tecnología una forma de dependencia luminosa? ¿No nos frustra, como especie, no poder elaborar un proceso fotosintético y a cambio de eso nuestros impulsos culturales nos han orillado a vivir pegados de entes luminosos? ¿No es nuestro trauma histórico del pecado original el que nos ha recubierto el tejido exoepitelial tecnológico luminoso para hacernos creer que enteramente podemos crear y modificar a partir de elementos enajenantes? Si un litigio en pro de la tecnología nos permitiera aducir que estamos en un universo abierto y ancho al sin número de posibilidades propias de una saturación global expresiva, también podríamos muy bien creer que en el universo cerrado de la actividad humana vivimos actualmente los tiempos más conservadores que jamás hayan existido. Y en el vaivén de la innovación y la tradición, los sujetos comunes y corrientes nos face1inducimos a un cierto compañerismo que permita señalar algunos rumbos. No es más que la explosión masiva y tecnócrata del acto comunicativo, que devela, además, la tendenciosidad visual: toda imagen es objeto de distribución, sin importar su contenido, todo objeto visual llega, penetra, incide en el grueso de la población. ¿Nos importa tener una cultura visual? Más allá de una educación estética o cinematográfica, nuestro cosmos cultural nos ha orillado a la ceguera alfabética y una inclemente pérdida de los sentidos, sobre todo del común.

Si vivimos absortos en la luz (día, computadora, televisión, cinema, fotografía, vídeo) de este aglomerado visual no podemos desligar una fácil y pronta tendencia al deterioro alfabético, más que sonoro. Porque la cultura visual nos induce a creer que atrapamos algo, que cachamos algún sentido, aunque quizá mutilamos nuestras facultades alfabéticas por la accesibilidad de la imagen. Con el face3sonido pasan otros fenómenos, pero que se asocian en ocasiones con el discurso audiovisual.

Si esto es mucho o es poco, si esto es claro o es obscuro, si esto pretende ser algo más que un epitafio ensayado de mis pensamientos, quizá simplemente me falta acercarme al método sociológico y etnográfico de una digitalidad global que nos engulle y desmiente a cada momento.

 

Distemporáneidades

El diálogo sostenido entre tiempo y realidad oscila, navegante de una multitud de sentidos, en un océano de interpretaciones. Nos extraviamos de pronto en una ola de significados, porque el silencio no existe más, aunque en la totalidad de las voces presentes haya registros inexistentes. Y caemos, lento, en un marasmo de obras, de pensamientos, de autores, de sistemas y códigos. Un torbellino de existencias arremete contra el tiempo, saturada realidad de muchedumbres y de alientos que circundan los fosos de la expresividad. ¿Por qué no incitamos un eco de otredades múltiples sino que nos perdemos en el designio y tortura de una simple y unívoca seña? El tiempo, su maquinaria cultural, sus acertijos, nos devastan. La pesadilla malthusiana vuelta realidad es un almacén de palabras, de imágenes, de subjetividades. Nosotros conquistamos los espacios, los lindes precisos de una elección definida, a veces arbitraria, a veces selectiva.

No existe entonces el pasado ni el presente ni el futuro, sino que habitamos distemporaneidades polihédricas, multifacéticas, pluridimensionales, en un tejido de luz y de contrastes, abismal, imperecedero, voraz. Porque nutrimos el tejido vivo de la digitalidad y sus facetas, pero también volcamos nuestra persona, nuestro ser en el mundo, desde una presencia que se convierte en diálogo o perece en la marginalidad del soliloquio. Con el esmero ortográfico de la gramática de la existencia global, podemos saber qué pasa en Hong Kong o indagar el clima en Australia o enterarnos de las informaciones de las dictaduras en Argentina y Chile o simplemente escuchar a un afroamericano rapear. Y la diversidad incluye tener acceso al pensamiento presocrático o al milenarismo chino y al mismo tiempo poder leer el último artículo del columnista del New York Times. Todo además se convierte en un aposento orgiástico, la orgía de lo humano, culturalmente traducido en actos de habla. Todo es comunicación, pero lo distemporáneo se asemeja a un enjambre de nudos y listones, que conforman una urdimbre donde lo presente es inaccesible y lo pasado se subdivide en tendencias y mitos, en arqueologías disímbolas por la proliferación subjetivista.

Aquí estamos, a veces extraviados, a veces satisfechos, a veces en busca de un incentivo que nos expurgue el aburrimiento o nos ofrezca un arte o un culto o un mito para saborear el atardecer o un libro o una película o una obra teatral o simplemente la sonrisa del objeto del deseo, de la mujer o el hombre amado. Y todo es sin tiempo porque todo es una exterioridad y el interior se convierte en una fábrica simbólica de arrecifes de significados. Y moriremos, también.

Chatarrismo, digitalidades y vocalidad discursiva

La vivencia de los fenómenos digitales, proclives a una tendencia polihédrica y fractálica, incluye una corporatividad del hecho cultural inserto en el devenir de la obsolescencia y la caducidad, lo cual genera un chatarrismo cultural, una residuocidad. Esta situación conduce a la diáspora de reminiscencias en todos los niveles de la creación humana, que en el caso concreto de la vida animal, por ejemplo, construye zoológicos virtuales. La desaparición de los referentes, como enquistamiento ideológico, permea la conducta informativa, la tendenciosidad discursiva, generando un vocerío polifónico, creativo en ocasiones, otras veces destructivo y necropático. La imposibilidad de categorizar los hechos digitales, de rotular, por inabarcables, los hechos de una taxonomía cultural de un presente donde la sincronía es amplísima, genera también la dubitación, en principio, pero además constriñe los asideros saludables, en la marcha voraz de la caducidad, de lo obsoleto, de lo que pasa y deja una huella, rastreable, verificable, cuyo destino es lo deleble de su existencia.

La vocalidad discursiva se erige entonces como una actualidad apegada a la multiplicidad de la oferta y la demanda de los mercados diversos: delictivos, educativos, literarios, fotográficos, audiovisuales, mercantiles, entre otros. Esta vocalidad, esta oferta de voces que irrumpe en el presente, en la sincronía de las digitalidades compuestas por un registro escritura milenario que se aproxima al último segundo presente de forma saturada, esparce sus dólmenes de sentido, construyendo archipiélagos de significados y referenciales. Los ecos del chatarrismo cultural, de la basura cultural, son una parte crucial de los impulsos sonoros de estas voces de la digitalidad, construyen, al tiempo que dislocan, las redes y flujos conformadores de un gusto, donde el eclecticismo es una moneda, donde la heterodoxia y la multiplicidad, la heteronomia, mantienen la posibilidad de construir identidades, colectivas e individuales. Estos hechos reflexivos, no obstante, carecen de una conducta que anule el postulado de la saturación abismal, icónica en el caso de referentes sólidos, etérea en el caso de referentes socialmente menores, que circundan las distintas aristas del presente referido a miles de millones de personas con entidades psíquicas, identitarias y preferencias en diversos ámbitos, que derivan, por tanto, en una puesta en escena, experiencia y construcción, de las digitalidades contemporáneas y su vocalidad discursiva.

El ethos de la digitalidad: unidad y diversidad

Cuando nos aproximamos filosóficamente a un estado de cosas, a una sensibilidad, podemos planear una suposición a priori desde la conjunción predominante en los sistemas del pensamiento, los cuales conducen, invariablemente, al problema de la unidad y la diversidad. Desde mi trinchera, raquítica de un sistema filosófico coherente, desde mi nulidad, embebida por el trauma de la modernidad, componer la reflexión del ethos digital, me acerca a una valoración incipiente, superflua y contingente, de la esfericidad en la que se movilizan los campos propios del acto digital. No se trata exclusivamente de una acción comunicativa, en el sentido del circuito de Jakobson y posteriores, ni tampoco exclusivamente en la ley de la oferta y la demanda, así como tampoco puede evadirse el acto de lectura alfabética e interpretativa, del conjunto de la esfericidad del ethos de la digitalidad.

Profusamente la digitalidad envuelve una condición per se, la comunicativa, pero también inmiscuye per se su condición antropocéntrica: el anclaje semántico, actitudinal y comunicativo de la digitalidad es indisociable de la existencia humana. Así mismo, este ethos digital está premiado por una conducción pro conservadora en distintos niveles: histórica-documental, biológica (zoológica y botánica principalmente), artística (en la dimensión de la totalidad de obras creadas bajo modelos estéticos), política (gubernamental, de contestación social, inclusive de organización comunitaria), entre las formas de conservación más importantes (sin olvidar por supuesto la patrimonial y la audiovisual como instrumentación de conductas heredadas del siglo XX). Estos impulsos conservaduristas se inscriben también en la égida de una economía global de los significantes, en la taxonomía polisaturada del universo humano en toda su extensión. La concepción antropocéntrica y metafísica de la digitalidad impele a una metanaturaleza, a un ethos que se involucra, desde el valor de uso de la obsolescencia y del valor de cambio de la omnilocalización, con los ideales infértiles de la conquista tecnológica, desde la predominancia axiomática de la asepsia y la sanidad.

Por otra parte, el ethos de la digitalidad absorbe las contradicciones inherentes a una modernidad caduca, tardía y pronta, en sus modelos cognitivos, a la interpretación falaz, subjetivista, del posmodernismo occidental. No obstante la cristalización del estrepitoso deambular de los actos digitales legales, también el ethos digital se instaura en la contradicción totalizadora entre civilización y barbarie, fungiendo, irrestrictamente, como vehículo y canal tanto de los esfuerzos sociales políticamente correctos, como de los intentos criminales (en su diversidad de facetas), que amplían sus circuitos de vinculación a través de una instauración subterránea (como la deep web por ejemplo) de las prácticas digitalistas. La lógica dicotómica entre criminalidad/legalidad, constituye, por sí misma, uno de los pilares del ethos digital.

Finalmente, este ethos, inabarcable, polisaturado, difuso y gaseoso, en su nivel ideológico y creativo, es nitidamente una prolongación vigente de la querella entre antiguos y modernos, o del conflicto entre el perdurar ortodoxo de lo tradicional y la revocación instantánea de la novedad. No debemos olvidar, tampoco, que en esa medida lo tradicional, la tradición, se finca en un conjunto de valores (en ocasiones nacionales, pero también religiosos, políticos, sociales, folklóricos, culturales, etcétera), y que por tanto la dialéctica entre novedad-costumbre, es otro rasgo distintivo del ethos de la digitalidad. No sería posible plurilizar, sin menoscabo de una fenomenología del technogeist, a la digitalidad, puesto que las digitalidades, en tanto representaciones constructivas de múltiples lenguajes, se aíslan en el modelo teorizado de la unidad digital, de la digitalidad emblemática, que es canal, mensaje, sujeto, objeto, circuito, cultural, sociedad, vivencia, experiencia, anclaje, entre tantas otras formas, pragmáticas, simbólicas y lingüísticas, en las que se expresa la sociedad planetaria del siglo XXI.

Digitalidad y conservadurismo

La lógica de la saturación explícita en el actuar digital permite una actitud que promulga un ethos conservadurista y una actualidad distemporánea actualizada ad infinitud. La historicidad que implica el acto de conservar amplía sus horizontes de acción en el conjunto institucional de entidades que promueven el acto de preservación del pasado. Pero la lógica conservadurista no se remite exclusivamente a los hechos humanos, incluye los escenarios peligrosos de los ecosistemas, la disfuncionalidad criminal, las conductas monetarias, los registros cósmicos, etcétera. Es difícil discernir entre lo nuevo y lo viejo en un universo simbólico plagado de referencias a un antes -actitud retro- sacralizado y a un hoy -presentismo- obsoleto con un mañana -futurismo- dudoso. En ese sentido, la digitalidad y sus expresiones convulsionan el rango expresivo humano y asisten a la conservación de un registro, antropocéntricamente hablando, que queda expuesto en longitudes diacrónicas insospechadas e inaccesibles, por una parte, y en una especie de refrigeración cultural, por otra, como una actitud neo y ultra tradicionalista.

Si la digitalidad incluye una formulación de apertura que disloca la realidad materialista, también conduce a callejones sin salida extremosos. La era digitalista, anacrónicamente hablando, no puede disociarse del neoliberalismo y la tecnocracia, pero, tampoco es posible asumirla como una era posthistórica sine qua non es posible argüir una neometafísica de la finitud humana de dimensiones inabarcables, replanteando el ancho y longevo problema de la infinitud y de lo eterno. Si la digitalidad funciona como argamasa constructiva de una globalidad multimillonariamenete poblada, queda deshecha cualquier vía particularista en vías de una homogeneización fragmentaria y rudimentaria de un estilo de vida homologado y franco en términos de la tecnificación cotidiana y del internet way of life. No es exclusivamente la revolución comunicativa la que está presente, sino también la inmensa pragmatización y aplicación de las teorías de la saturación de la oferta, de donde el mercado, denominado global, ofrece una gama ampliada de la experiencia humana que termina traduciéndose en actos de digitalización. Si está en internet existe, de donde el valor ontológico dentro de la neometafísica digitalista promueve a un patronazgo semántico-dialéctal de la vida, en términos de la inconmensurabilidad del medio y de la hyperdiversificación del mensaje.

Las digitalidades como fundamento de las torpezas comunicativas

Al final vivir una metafísica ultrahermeneutizada, saturante de interpretaciones, inflinge las formas simbólicas clásicas y tradicionales para dotar de sentido a entidades semiotizadas que no alcanzan a definirse por referentes estables. Si la ambientación de la digitalidad es además una escenificación de un pantallismo voraz -monetariamente lumínico- la esquematización del circuito de la comunicación es fileteado como trozo de res ante la múltiple oferta cultural. Si en el ámbito del deep way of life existe toda posibilidad de existir, traficar, adquirir o mercadear, los cúmulos temático-taxonómicos de la existencia digital, sus características oscilan, desafortunadamente, entre las tendencias moralmente aceptadas y las inmiscuidas en una sistematización ultra conservadora de la información. El meollo no es la tradición o tradiciones o su conservación sino que, en una égida movilizada a partir del boom comunicativo, los sistemas de información inciden en el comportamiento cotidiano dando paso a una tecnologización de lo cotidiano y a una des-significación de lo trascendental, ya no entendido en su dimensión religiosa sino en su capacidad de articulación del acto sorpresivo, transitado y superado. La lógica moderna abría muy bien el paso a la novedad como mecanismo de control de la información pero hoy en día las modas parecen aplastar, mucho antes que en el siglo pasado, a las tendencias reivindicativas de un ethos alterno o de un pathos lógica y moralmente cuestionable, que surca las profundas aguas del anything goes desde la cuantificación totalizante del acto inventivo llamado hiper productividad salvaje. De existir un intervalo saludable, deberíamos pensar mucho menos en la capacidad articulatoria del desquicio digitalista y considerar en cambio el abismo polisígnico del neoinvencionismo presente. La posibilidad categórica no impide, entonces, que los actos comunicativos representen islotes que en ocasiones puedan resquebrajar el acto de habla pero que también pueden oscilar de un aplanamiento simbólico a una saturación neobarroquista o incluso a una minimalista reiterativa. Sin ir más allá de las coordenadas posibles de una filosofía de las digitalidades, la metafísica digital no puede ser asumida como algo asequible, equiparable o cuantificable, y por ende cuestiona rotundamente la finitud del acto comunicativo humano y también sus posibilidades expresivas.

Digitalidad letrada y barbarie digital

La falsificación de los proyectos neoracionalistas y postneoliberales, sustentados en diversos sentidos por la égida ilustrada occidental, no inciden en absoluto en una concepción estratificada del ámbito digitalista global. ¿Cómo concebir las atmósferas de las digitalidades globales sin atender los accidentados territorios y ambigüedades que oscilan en esta neometafísica? La pregunta es mucho más un sustento derivado de un retoricismo academicista que una introspección dialógica. Pero no es discernir entre la globalidad alfabetizada y la exposición del neobarbarismo lo que acomete los lindes profundos de este atisbo de pensamiento. No es tampoco la consideración de la deep web ni mucho menos la estandarización del espionaje digital el motivo de esta estratificación digital. Es en cambio la lógica dicotómica del sentido teleológico del alfabetismo el que demarca la balanza del declive. ¿Acaso yuxtaponer las dicotomías del pensamiento de la modernidad al presente no resulta una instrumentalidad anacrónica? Vale decir que la acepción alfabétizante de la modernidad no consiste exclusivamente en la dimensión histórica del conglomerado globalizante grecolatino ni tampoco el tan pregonado triunfo del occidente sobre la faz de la tierra. Acaso la digitalidad letrada funja como una argamasa unívoca que dislocada en multilingüismos sacude las entrañas de estratos de la sociedad global diversa. Si la disyunción entre alfabetizado y subalfabetizado puede fungir como parámetro de división social, pensar en un ethos de la barbarie digital implica considerar una realización que desde el 2001, con la caída de las Torres gemelas de New York y las diversas expresiones terroristas, incluye también una estratificación social de la economía de la tetricidad humana, como vestigios fantasmagóricos del capitalismo salvaje y caníbal de nuestro hoy. Y la categorización como ejercicio de simplificación y clasificación no puede negar, entonces, que el ámbito de una barbarie digital denota un conjunto de actos, personas, instancias, derivadas de la promiscuidad monetaria, de la prostitución del lenguaje y de la vacuidad existencial traducida en fanatismo, racismo, clasismo, sexismo, entre otras modalidades del pensamiento salvaje occidental. El problema profundo estriba en la dimensión consistente de la civilización occidental, del proyecto general del desarrollo humano bajo los modelos de agendas políticamente disformes, educativamente disímiles de la referencialidad presente, económicamente explotadoras. La transformación del humano en ser dota de sentido una inmensidad de experiencias en las que la barbarie juega un papel crucial para nuestros sistemas metafísicos digitales. Barbarie sexual y narcótica, barbarie mercantil y esclavista, barbarie política y monetaria, barbarie ecológica y social, barbarie terrorista y militar, nada nuevo en su esencia y raíz sino en los renovados métodos y aproximaciones de praxis que la metafísica postdigital permite.

La digitalidad letrada en cambio se moviliza con causas, por senderos que trascienden los eventos instintivos a cambio de presencias perdurables, de transiciones vigentes en una proyección trasngeneracional, en la dimensión del areté y la paideia griegas, en tanto modalidades herederas de las distintas tradiciones socioculturales. En su dimensión temporal la transfiguración al capitalismo cultural no puede negar la dimensión letrada del cosmos digital. Los aspectos elementales del alfabetismo -subalfabetismo-transalfabetismo-hiperalfabetismo-hipoalfabetismo-disalfabetismo no se reducen a una actitud alfabetocéntrica en donde la moralidad queda despejada de la ecuación vital y comunicativa, sino que la mayor incidencia de la oralidad, en ocasiones, desfigura el alfabetismo. La digitalidad letrada entonces no consiste en una medición fiable de los patrones de conducta alfabéticos, sino en una composición multiestratificada de la población alfabéticamente activa en la metafísica postdigital. La valoración negativa de la barbarie y la valoración positiva del alfabetismo son herencias ilustradas occidentales. El presente polisaturado y multifacético, sin considerar las dimensiones audiovisuales de las expresiones contemporáneas, debería describirse como una teatralidad que surca los caminos infinitos de la existencia introspectiva para comunicar al exterior los hallazgos, fortuitos o no, de la distopía del presentismo.

Extraviarse fácilmente en la aglomeración cronohumana de la digitalidad vigente

Uno puede mantenerse fuera del universo del presentismo actual que engloba una entidad metafísica inabarcable. Lo noticioso no existe ya como categoría axiomática sino como vacuidad social dentro de un sistema de reproducción socioambiental transgeneracional. Si pensamos que podemos naufragar en el conocimiento, más aún en la cronohumanidad o la finitud temporal de los vestigios y huellas humanas. Si el tema de la ignorancia es una controversia hereditaria, la validez del conocimiento no reside en anular lo ignorado o evadirlo sino en definir sus límites y senderos. Extraviarse en la metafísica de la digitalidad es también una metáfora del extraviarse en el presente universalizado del conocimiento históricamente acumulado. Si las tendencias actuales enfatizan lo posterior, lo post, lo pasado algo, esto anula las dimensiones temporales al dotar de sentido unidades semántico-culturales que distan de la absorción ideológica de las modalidades univocas del presentismo de una re-modernización hyperpática. Aunque los esfuerzos generacionales impliquen la transmisión de valores tradicionales, la era re-modernizante de la digitalidad implica rupturas des-objetivantes de cualquier intento de canon, y en esa disolución lo acanónico se convierte en una tradición heterodoxa dudosa. De ahí que en esta totalidad virtualista extaviarse sea una herramienta de producción simbólica o de anulación social.

Hace unos años me denominada indigente académico

Leo apenas los problemas de esencializar al momento de emprender algún estudio. También existen riesgos a la hora de generalizar. Las dificultades para establecer un método en vías de construir conocimiento, del tipo que sea, es uno de los retos disciplinares más auténticos. Me encuentro escribiendo una ponencia para un congreso de estudiantes de historia y no pude evitar aseverar que existe una epistemología de la modernidad industrial. Quizá desde mi lectura de Lyotard, ya ahora caduca, no puedo sino asumir que el giro interpretativo estaba de mi lado, para mal. No podría establecer nítidamente una certeza o un conjunto de certezas espitemológicas. Podría más bien mencionar las rutas de autores que he seguido, parcialmente. Digamos que en lo profundo he perdido el ímpetu y la temeridad intelectual. ¿Epistemología? Posibilidad de teoría del conocimiento. Pensé que escribí una novela epistemológico-pornográfica, de corte fantástico. Pero entender los mecanismos mediante los cuales se construye el conocimiento, no sólo desde los principios cartesianos del cogito ergo sum, ni tampoco desde el determinismo existencialista, implicaría para mi leer todo lo que he postergado. Dentro de lo que sí me he movido es dentro de la lógica de las ciencias sociales y las humanidades, más apto para las segundas que para las primeras. Recuerdo entonces el juego dicotómico de las ciencias del espíritu y las ciencias de la naturaleza de Dilthey. Sólo podría agregar que he intentado varias veces incursionar en Las palabras y las cosas de Michel Foucault, sin éxito alguno. ¿De dónde provienen entonces mis capacidades interpretativas? Quizá cuando estudiaba antropología y leí La descripción densa de Clifford Geertz logré interiorizar, en el sentido vigotskiano, la concepción semiótico-discursiva de la cultura. El curso lo daba Margarita Zárate en la Universidad Autónoma Metropolitana. Y ahora, después de 14 años, que estoy emprendiendo mi tesis de licenciatura y leo a Roger Chartier y a Robert Darnton o a Peter Burke, me doy cuenta de que mis logoestructuraitineriarios académicos han entorpecido mis posibilidades analíticas. Chartier, Darnton y Burke se la pasan hablando del giro lingüístico, de la historia cultural, que bebió de la antropología simbólica postmoderna norteamericana, especialmente de las posturas de Clifford Geertz y su texto mencionado anteriormente. Y en el intervalo entre Geertz y los historiadores culturales, nada menos que la lingüística estructural: Saussure, Greimas, Barthes, Todorov.

Pero no Foucault.

Las coordenadas longitudinales, geoambientales, de la intelectualidad del siglo XX, del escolasticismo de la espitheme de la modernidad industrial -recordando por completo el intento fallido de leer a Touraine y su Sociedad post-industrial– invoca nitidamente los acomplejamientos personales, las búsquedas mal hechas, los aprendizajes saboteados por episodios de psicotización drogadictiva, es más, el escueto y simplón acto esencialista y generalizador que moviliza mi método constructivo epistemológico humano. Es una muchedumbre de ausencias mis itinerario hasta ahora seguido. No olvido, sin embargo, que los más cerca que estuve de conocer y estudiar el presente, este presente global postdigital, fue cuando estudiaba antropología y me acercaba peligrosamente a la antropología simbólica.
Mis experiencias académicas hasta ahora, me han permitido notar que las distinciones nacionales, de las distintas escuelas del pensamiento, son contempladas, asumidas, ejercidas, practicadas, toleradas, sentenciadas, compartidas, escrutadas, distintivamente según cada disciplina. Y no es raro, además, pensar en el impulso del estado postrevolucionario mexicano y sus proyectos educativos durante el siglo XX, por lo menos hasta los gobiernos neoliberales iniciados por Miguel de la Madrid en 1982, siempre que se trata de un motor que impulsó la presencia, significación, transformación, consolidación y efervescencia de ciertas disciplinas, de ciertos conocimientos, para distintos proyectos sociales. Sin duda, las migajas de las escuelas intelectuales que he conocido, sobre todo la norteamericana de antropología cultural, la francesa de estructuralismo -sociológico,antropológico, literario y lingüístico, la alemana de psicoanálisis, la española de literatura e historia, y la latinoamericana -de literatura, historia y sociedad-, no han hecho más que ennegrecer mis facultades argumentativas, aunado a las duras y extendidas temporadas de consumo de Chaotism machinedrogas, sobre todo alucinógenas, que derivaron, prácticamente siempre, en brotes psicóticos: hongos alucinógenos, floripondio, peyote, ácido lisérgico, marihuana, alcohol en exceso y de distintos tipos, cocaína, crack, aire comprimido, insecticida, éxtasis (pocas veces), y quizá algunas otras substancias que he olvidado. Entre la claridad, la disciplina, y el desorden, el caos, ha transitado mi pensamiento. Entre la luz y la negrura, entre la paz y la guerra, entre la cima y la cresta, entre el cielo y la ultratumba, mi ideario, mis autores, mis predilecciones, mis filias y fobias, mis tendencias, mis arbitrariedades lectoras, intelectuales. Y omito la filosofía, rotundamente, porque al final de cuentas mi humanismo, postdigital, no desea ser más pretencioso de lo que en este escrito ha sido.

Changoidismo de una existencialidad en el genitalismo global

changuita peson negroMientras perdura el genitalismo global, la exposición exponencial de arrecifes corporales erotizados, el mito del chango que explota contra los nubarrones verbales del ser. La existencialidad maciza que conduce a los delirios del mítico animalismo humano es una copla atemorizada de salitre y sabanas africanas. No es más que la selva digital la que esconde los semilleros. Imagio mundi, imagio homine. Ninguna pieza del rompecabezas de la evolución puede sobresaltarse. Mutilatio cultis o de como sobrevivir en el ácido torrente de la virtualidad, digitalismo y exposición completa de los miembros: genitalismo ramplón, exacerbación pornotópica, explicatividad sonámbula: animalidad excretora de las reminiscencias prófugas, fugitividad de los changos, nuestros ancestros. Ahí, entre la muchedumbre de los eventos eternos, ese impulso de gritar, escandalizando los añorados retratos de la civilización. Antimutismo, mutilatio verba, contra ataque a la imaginación derrocada de los reinos del placer.

El hiperrealismo expone con toda certeza remilgosas figuras que aceitan el engranaje existencial. monkey gunVívida la cúpula de los tiempos establece terrenos propios a la exégesis mutilada. En fin, el pensamiento parece ser el mismo del planeta de los simios, el mismo que una figura del reaggeton o peor aún, el colonialismo del ego, de la presencia esencializada interior: animales de gimnasio, animales armados, animales sexuales, animales que no son changos, aunque lo parezcan. La animalidad se oponía a la razón, la ilustración buscaba el freno de los instintos. Las normativas religiosas no son otra cosa que los frenos a los impulsos animales. No es en balde mi esperpéntica changoidea, es mucho menos que un refrito de la lectura Naturaleza y Cultura de Leví-Strauss. Es por un sentido dionisiaco, un sentido que trasgrede el orden civilizatorio, increpando los cimientos mismos de mi tendenciosidad, lo que me remite a una pérfida apologética: si vivimos la genitalidad en la digitalidad de la globalidad el changoidismo representa un movimiento animalizado del mítico retorno a un epoquismo pasado. Don’t try to fool me. When the monkey man arrives we will be having oral sex and touching our skin. chango espantandoPero no se puede remitir a elaboraciones culturales, no se puede pensar, si quiera, en una mitología cultural del arquetipo del chango. No, tampoco es el signo del calendario chino de mi difunta madre, mono, el que escupo aquí. Es mucho más que eso, mucho menos que un motivo, una motivación, que se erige ramplonamente como fantasma de una vivencia nocturna, como residuo de una figuración erótica, como frustración psicodélica de una noche de primavera, una primavera: la mutación generacional en el tránsito de siglo. Y todos esos jóvenes protestando, no son acaso reprimidos por lingua changoidumtodos esos semi changos policiacos. No es entonces la represión, el instinto de sobrevivencia, la álgebra política, formas del animalismo. Si la sensates existía es quizá hoy cuando se convierte en demencia, es más, el genitalismo global es una fórmula simple de hedonismo, el changoidismo es una fórmula simple de exposición. Gritemos. vamos, adelante, sí, gimamos contra las pantallas luminosas. Escritura falaz, es más, falacia y tautología de la existencia sentenciada a una pocilga emotiva, eso es, changoidismo, elaboración raquítica del chango smokingser, esencialista, reduccionista, historicista, es más, no siquiera una simbólica ejecutoria del vacío sino un vacío ejecutorio del simbolismo informe. Esquina de los trinches cognitivos, trinche mental, experiencia, mutilatio verba. Non homine ad terra sino más bien el paso del chango, uh, ah. Alone, the monkey girl, with the very best breast ever build by nature, kiss him and suddenly the nightmare begins. We wish to be somewhere where we can be loved and we can’t loved those things that threaten us.