Teoría del instinto mutilado 5

Donde las nóminas de galardonados

revisten sociedades

otros nombramos otredades,

mitades, somos la oscuridad

contraparte, versificadores

de lo inútil. ¿Pereceremos

en este umbral de basura literaria

de concursos no obtenidos

y de lóbregas retahílas de mustiedad?

Donde otros son todo

nosotros somos nada, nadie,

ningún resquicio de esplendor

porque nuestro tiempo pasó.

Somos otros

contra el fondo roído del lenguaje.

Nadamos en la corriente esbelta

de truculencias y fraudes editoriales,

cabalgamos sinuosos prados

de verborrea y palabrería. Pendemos

cerca del abismo fortuito de la necedad.

Troquelamos la síncopa

que desquicia el alma

porque somos ignorantes

porque no estamos de moda

porque no conocemos el canon

porque al final vomitamos

únicamente

unicidades

particularismos

irrelevantes… como gaviotas muertas

en un muelle californiano.

Todo es cuestión de egos heridos

de grandilocuencia y sensacionalismo

todo es un estéril eco de esterilidades.

Escritores de unicel

somos

aquí

cuando nadie más enquista

nuestra flacidez intelectual,

nuestro raquitismo estético,

cuando sembramos lejanos

del orbe literario presente.

Ya lo dicen otros

como Lipovetski

que nuestro vacío nos induce

a vivir falsamente, a crear falsificaciones.

No merecemos el mote

de literatos o escritores o hombres —y mujeres—

de letras, aunque de letras estemos hechos

y hagamos nuestra vida, libro a libro,

ladrillo a ladrillo. ¿Por qué perder

el pulso y aliento de esta ramplona

apología inservible? No es sólo

como dijeran otros que no hay escalafón

es también el retículo indomable

que digo yo sobre nosotros

que no merecemos una oportunidad

que no valemos un poco de árboles deforestados

es también ese ego nuestro, eso yo

mutilado, desproporcionalmente

reseco, no como Onetti, que sí era escritor,

sino como estos que deambulamos

por el mundo en la farse escritural.

Y perderemos el tiempo

porque el tema del reconocimiento,

dice un autor por ahí escribes o trabajas,

es el tema de la negación de la modernidad:

otros son y para que ellos sean otros no son,

porque las asimetrías perduran, porque

no hay un mundo equitativo,

porque el capitalismo cultural

es más salvaje que el económico

porque merca con emociones y objetos.

Aquí es tarde ya,

tarde como fue

la pretensión de contar este fragmento.

Inútiles también tenemos detractores,

tenemos enemigos,

son ellos, los nombrados

los distinguidos

los reconocidos

los de la nómina, ellos

y ellas, que en su pelea

sobajan, aniquilan y canivalizan

el acto de crear.

Retorización

 

Flácida esta dureza cristalina de los ayeres hoy transidos, esbelta debilidad, fuga incierta el silogismo deshecho. Había una vez una especie que fue derribada por el eco solo, de la calle y sus ruidos emblema, solo, ese ruido, leve rumor, ajetreo, incipiente estructura. La consabida insignia del anclaje, océano siempre caer a las fauces silenciosas, un rugir en la cinta tiesa de lo endeble. Murmurar también en tautologías siniestros campos colapsados, humanidad, fértil sino, escueto sacudirse en el mantel apoltronado del confort. Desdecir el nombrar la cicatriz espuria, designio histórico, desgano vital, maquiavélica sombra, silueta, si ocaso también partida, si viaje también tormenta, ¿hacemos con las astillas del amor una balsa y nos escanciamos imágenes de este siglo? Los ángeles están ubicuos en la soltura, en el gris nocturno, como nosotros, cansados, embadurnados, asombrados, estamos despilfarrados en cariños, tientos, estanterías de bibliotecas del siglo XVII, aromas —tampoco falta un atisbo que reticule el indómito designar el atenuado sentido del encumbramiento ideogramática—, porque el sin final, tiempo, oh carta de amor, es igual un ápice de los endebles saltos, endebles también los atropellos, como voces endebles, igual de frágiles que el granito ante el terremoto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desproporción anquilosada

Cuando la balada invoca

este ritmo cruento

somos —esquirlas de tiempo—

amalgama de frutos: certezas

el reclinar la escucha

hacia el sendero —mística envoltura—

espiral quebranta sueños.

Incumbe a nuestro viento

—alma fugaz contra el espejo—

la risueña tempestad, melodía,

signo, seña, que es nuestro arder

—mutismo saltar rendijas imaginarias—

contra el pendón mustio del amor.

 

Solemos habitar los rincones

de canciones esbeltas —¿acaso

olvido te nombramos ley?—:

surca un sujeto colectivo

nuestro terraplén histórico,

como estamos aquí, cantando

—si es tu voz la mía respalda—

lo que del invento constriñe.

 

Un día quedamos sintiendo

que los laberintos son siempre

el estruendo del día,

los rayos de luna, imbéciles,

que nos devuelven la humanidad,

aun así

invocamos tropas de actos

al bailar contra la marea cotidiana

—si mitades nos dicen

entonces también unidades

nos esconden en la acrobacia

del silencio—: angostura infinita del verbo.

Galaxia sin

No es imposible

nombrar

mitades saltando

es columpiar

memorias

tejidas en mantos,

aires y sueños:

la vida misma

un enigma

escribe. Si despedida

trance

si tranza espacio

golpe

mitades

de arena caída

al paraíso:

insumos del devenir

el recuerdo

y los axiomas… silencio

nada ha sido espumoso

como el inmenso relinchar

de lo eterno, nosotros, sí,

estuvimos arriba del sol,

pero caemos, celestes

en el umbral de los destinos.

Fábrica de mitades

un desconsuelo estéril

la llanura del amar

las palabras y sus archipiélagos.

Ganancia bruta

este equilibrio

incierto, certeza

siempre la fuga

como ir al abismo,

gritar una vocal

y ser espacios de universos.

Digitalizando un absurdo

Vuelvo a este inquietante sitio en blanco, a figurar como un atleta del teclado. Me he dedicado a empacar mi vida, a envolver y reposar los rincones donde fraguo un nuevo horizonte. Me retiré un poco de aquí, dudo, como otras veces, mantenerme. Pero deseo volver. Escribir me complace al borde de un niño comiendo helado.

En pasados días he mantenido ideas respecto a mejorar mis entradas. ¿Cómo puedo escribir algo si no introduzco más información en mi frecuencia comunicativa? Soy un improvisado, quizá, pero también el mundo es una sopa maruchan fría y podrida. Podría hablar de política, debería hablar de política,d debería leer los periódicos, debería buscar becas para escribir. Intento mantenerme, sostenerme, en el mundo, en la vida, dignamente.

Y todo se convierte en una referencia de la referencia de la referencia: el tuit que otro tuiteo, la frase de otro, el posthistoricismo —tan postestructural—. Pero al final me construyó un muro de ignorancia, de famélicas lecturas mutiladas, de incipientes autores conocidos, de manías y bibliofilías mal aquilatadas, y me encuentro a mitad de ser un joven alguien. Investigo recientemente las razones por las que me cuesta habitar el mundo cercano. Indago los impulsos falsificados de tendones verbales entumecidos por la flagrancia de una inconsciencia lingüística, filosófica, histórica, humanística. A cambio de plasmar en este espacio blanco las lindes que sacuden mi esfumar los días entre cigarrillos y la mudanza, he perdido los horarios desde hace más de 6 meses y ahora me enfrente ante el reto de una disciplina, necesaria, muy superior a toda otra conocida por mí.

Plasmo el absurdo de perder mi público, de caer siempre en esta especie de letargo. Caigo entonces en el abismo de mis recuerdos, de mis otros blogs, de mis intentos, de lo que universo global promueve, induce, conduce, moviliza, porque al final nadie lee esto, nadie o si lo hacen lo desconozco. Al final estoy aquí convencido de cada rincón donde florece mi pesadumbre, de ese spleen tan codiciado entre psicodélico, narcótico y pornográfico, donde me extravío con el tino de un indigente que anda por el mundo de las palabras y los saberes, envuelto en la tinta fluoroscente del contraste de luces en la noche.

Absurdo digitalizar entonces, esta instanta, instantánea. Ahora me volcaré al maruchanismo intelectual, poético y cultural. Agregue agua caliente y consuma. Calor de hogar, hogar entonces pérdida, sí, esto digo hoy, ya que es tarde para leer el New York Times.

 

Titular es nombrar

Desfiguro el lenguaje

con una gubia infértil

que carcome el infinito.

Lenguajes y fugas,

pérdidas, deambular

entre el óxido de papeles

y la cicatriz esbelta

de cada amanecer fracasado.

Sin consciencia

lengua y voz

esparcen aliento

en un cuchitril

emblema que me designa.

Soy el rector propietario

en esta salida fácil

y mi quincena consta

de pinturas canónicas

vueltas hoguera.

Quemo la biblioteca de mis ojos

todo el tiempo, cada tiempo,

tiempo al tiempo, quemo

silencio —esparzo soplos

escritos al vendaval soporífero

de sílabas tónicas desafinadas—

y aguardo la llanura de luz,

tórrida y gélida y flujo

si mercancía también negrura.

Blanca es la espuma de los tendederos

que deformo, deconstruyo, desarmo,

en mí rotura de vivencias.

Escritura sin disciplina,

versificación de un momento

roto, abismo y caída, reparto

de teatro aburrido, eso es

lo dicho que fue nombrar

la silueta infusa de esta melodía

gris y turbia y saturada como engrudo.

Porciones

Importa de los años

el saltar las épocas.

No es dura la dicha

es duro nombrar

atisbos de porvenir.

Importa de la vida

la siembra y la cosecha.

Importante insignificar

en otros todo el tiempo

lo mismo que en nosotros

lo contrario: contrariedad

importar saber gozar

el instante fino, finito

grano de amistad sonrisa.

Decir de uno los abismos

Vuelvo al punto

donde inmersa lucha

cifra interiores flacos.

Caminé ruidoso

por el vendaval 

y la juventud no perdona

los amores imposibles.

Decir los abismos

como la vida dicha

resto y desgarre,

entre las ramas

del árbol ancestral.

Ser caída y rincón,

nombrar los dialectos 

del insomnio, espejo

la órbita del tiempo.

Del remilgar improvisaciones líricas o de cómo tornarse un autómata textual

Oh taxista nocturno

que del conocimiento

y la cultura griega

me inquiriste,

¿fue antes la poesía

que la filosofía,

antes la historia

que la gramática?

Desconocer entonces

es también rememorar

los caminos del mediterráneo

y sus olivos y sus vides,

también la tumba de Homero

en las Cícladas, también entonces

Creta y la mitología. Espera oh taxista

no fue precisa la hendidura

donde esparcí los átomos de Demócrito.

Endeudar contigo este verso,

que de silencio es estructura y

de correría imaginario,

es también acompasar una lírica

desvencijada en islotes, ideas, papeles y tinta.

¿Comulgaste, sí, con mi narración,

pero en el atrio de la noche

—estrella y signo, mutación—

te embauque en la liturgia

prosaica de conocimientos olvidados?

Oh, taxista, ruletero xalapeño, perdonad,

olvidad, romped, por su grosor, mi equívoco.

Salto al escondite de un lirismo ramplón.

Perdonadme, no os olvidéis, ni mucho menos

dejaros doblegar por la crisis del pendejismo:

global, nacional, regional y local.

Una vez me nombraron escriba,

porque nunca seré escritor,

porque versifico emociones

distorsionadas

en este caminar las turbias mareas

de un siglo XXI que ya es fin de época,

como épica de nuevas temporadas

—y las generaciones ya son obsoletas

maniobras de luminarias en todos los quehaceres

humanos—… pedazos de noche, también

escondieron en ti

un traqueteo común, cotidiano,

que es la fertilidad de luchar por el pan,

aunque yo no soy católico:

perdonadme, os pido.

Irreverencia poética 22

Hoy no existe

este presente

marcado de papeles.

Remonta una turba

los escondites del medio día

como fuentes borbotando

negrura histórica.

Empedernidos cuchicheos

cabalgan los rayos de sol

y la tormenta, renombrar

entonces de los húmedos espejos

de concreto, maquina huídas

entre autos, jets, aviones y trenes.

Hoy estaban las nubes

hermosas como tu cuerpo

pero te olvido y entonces

son algo que no eres:

yo sin voz aclamando el espectro

de una muchedumbre sabatina.

Vomitividad y verbalismo

Falsifico mi emotividad, falsifico mis ideas, falsifico, evado, el torrente cierto, acuoso, de la lengua. Desconozco de retórica, inmensamente ataco el teclado, pam, pam, pam. No es verdad que por escribir uno sea escritor, es mucho más complicado, pero tampoco es cierto que uno deje de escribir: escriba dice un buen amigo librero. Existe una horizontalidad que promueve el despilfarro verbal, la del sintagma. Ahora no es una cuestión de lingüística. Más bien se trata de la performatividad del momento: ¿qué pienso que digo cuando escupo saltos dentro de este cuadrado que será visto por 25 personas máximo? Es mucho menos que una audiencia, mucho menos que los libros que se pueden vender en una presentación regional.

No vayamos muy lejos, por favor. El abecedario es distinto del alfabeto, pero también la resistencia oral es distinta al trazo escrito. La mejoría estriba en la articulación del signo lingüístico y la escritura, no obstante los escondites ciertos de la inteligencia ficcionalizada del instinto, del arrobar las cúspides de la mente con grandilocuencia efervescente de misterios. ¿Dónde estaba abril en 1678? En el mismo sitio, cronológicamente. Se trata por ello de la calendarización del vacío, la vacuidad historizada, cata pum, cataplasma, ectoplasma, protoplasma, como la adenéica señal de decrepitud que arrostra mis ojos frente a una cabalgata insufrible de payasos literarios. Pero el payaso soy yo, sí, ridículo, sí, siempre, desde niño. Igual que las estrellas, igual que la sal, ridículo, sí, siempre, as usual. 

El acto de habla escupe, entonces, estas fruslerías, vaya palabreja, vaya intentona, vaya raquitismo, este ramplonismo ideológico, este desconocer tradiciones, este ni siquiera estar seguro pero seguir adelante. Vamos, cómete un Hot Dog, es lo de menos. Maravilloso, simples combinaciones infinitas. Diría Chomsky: your speech deos’t say anything, who cares? Encima del trance psicodélico, sexydélico, pornodélico, logofágico, emblema si carisma de cuento de los años cuarenta del siglo pasado, chasis de pacotilla de un automóvil oxidado en La Habana. Debería vivir más, debería abrirme, debería dejar de intelectualizar mi interpretación de mí mismo, soy un fiasco, un fraude, pero soy. ¿Aquí hay temporalidades ocultas en un numeral endecasílabo de fractales insalubres? De nuevo el hecho de la salud, la enferma obstinación del nombrar, más bien del expresar sin decir. Pamplinas, sería como ir de un lado al otro en la calle de la zona roja y decir: no soy carnívoro, soy vegetariano, who cares?

Teoría del instinto mutilado 4

Aflora la costa escritura:

si maremotos de sentido

refulgen en la playa de papel

somos saltos seguros de saltar.

Cae en nuestra lengua

—de torcedura indómita

la flexibilidad verbal—

una porción terrena,

salubre, indecisa, de simbolismo.

Roto espejo

alfabeto carcomido

en cinta

boca

lengua

código y señal…

siempre que es nada

nadie acompaña

al nosotros engreído.

Constipada nuestra memoria

recordamos que estar es hilar

los años con las estaciones,

pero ¿somos existencias del siglo

o figurines rotos en la caída

del siglo antecesor que ruge en nuestras

biografías? Espasmos conquistamos

cuando de pronto es un eco la tortura

de decir que una vez algo fue futuro. 

Y encima de nosotros, blancas pendejadas,

azotamos el tiempo en su coordenada

apolínea y cansados del vértigo indagamos

en las fruslerías de papeles no leídos jamás.

 

Cartografía del instante 1

Machucar el alma

contra el sopor del truco

esgrime siempre en la fábula

un siniestro desenlace:

nuestra, la boca espuma,

textualiza linderos fugitivos.

Escupir hacia el silencio

los restos del quebranto

es cantar al oído eterno

la balada derruida de cansancio

que somos siempre, aquí y ahora.

Anécdota fugitiva

Despliega una época

despistar nombres

como siluetas de barcos

—óxido interior

la bocanada de luz—

cuando envejece

el silencio torpe del cielo.

 

De la conflictividad autobiográfico-existencial de una estancia zamorana en vías de ingresar a un posgrado

Dejé en mi diario vivir el espacio a la escritura que aquí concierne, primero por razones laborales, segundo por razones creativas, tercero por razones académicas. Estoy en medio de un proceso de selección para ingresar a un reconocido programa académico de posgrado en Zamora, Michoacán. Esto me condujo a preparar documentos y realizar ciertas diligencias, pero también a localizarme en la entrevista y las evaluaciones de ingreso. Llegué a Zamora el pasado martes 13, de mala suerte como ese 13 de abril de 2002, pero esta vez era de junio y quince años posterior. 13 de mala suerte, no, en sí, aunque sufrí desvelo por el trayecto Xalapa-México Norte, sin carecer de valía el haber logrado cambiar mi horario de salida de las 11:15 a las 9:30 el pasado martes. Viajé y dormí, soñé, escuché un tronar, un terremoto, en mí trayecto. ¿Desperté de mi pesadilla que inicio hace 15 años? No lo sé, todo se mueve todo el tiempo, pero también es real que podemos absorber los tejidos mismos del tiempo y del ser con tan sólo un ápice de nuestra percepción.

El calor me acogió en este territorio del norte michoacano. De inmediato me quité el saco que traigo conmigo, pensando en mi regreso a Ciudad de México y luego a Xalapa. En fin, todo esto no es más que la crónica derruida de mi estancia, felizmente consumada, felizmente (objetivamente) realizada. Pero mi vivencia, más allá de mis paseos caminando desde el centro de Zamora hasta Jacona o en las banquetas donde pega el sol, me remite considerablemente al proceso emocional por el que atraviesa mi presente, no sólo por haber realizado un programa de vida de 2010 a hoy, sino también por la subyacente insinuación biográfico-estructural de mis primer década en este siglo XXI. Tres conflictos de mi vida, tres aristas de mi ser, tres formas prevalecientes de mi anquilosamiento, de este anacronismos tabaquista, reiteradamente darianítico, apache y chihuahuense frustrado. Me refiero a los conflictos que ahora, en mi estancia zamorana, se detonan.

El primero de ellos dialectal, ¿hablar cómo chihuahuense, cómo norteño, cómo hablaba mi madre, cómo hablé de niño, cómo me identifico, cómo hablaba en mis delirios psicóticos de mis excesivas correrías psicodélicas? Ahí, donde el usted tiene una forma distinta al tú, me retrotraigo a la represión de la abuela paterna, ese 2002, cuando dijo: aquí (en Xalapa, Veracruz), no se habla así, no hablamos así. La represión entonces vuelve. ¿Mi identidad? ¿Mi voz? ¿Mi enternecimiento y nostalgia de mis años infantiles chihuahuenses? ¿Mi identidad matrilíneal? También eso resurge hoy, ahora, al comer machaca, frijolitos bayos, tortillitas de harina, al reencontrarme con ese modo de ser, con ese espíritu que añoró. No es Chihuahua, es Zamora, no es mi madre, es ella, siempre, sí, innolvadible, que evoca igual mi cobardía de ese andar rondando las calles, murmurando, fraseando, royendo recuerdos, diciendo que no valí nada para ella. Sí, porque ese es el segundo conflicto: la hermosa mujer bailarina michoacana de 2002.

Dariana, a quién mandé mi escrito de la presentación de mi novela reciente, que no contesta más, que no tiene motivos ni razones para ser molestada por mí de ninguna forma, ese traumático instante de eternidad que me acompaña, que no sé cómo traducir, también se revive, se renombra, se exalta, al pasar por Zamora. Porque en las calles veo muchachas que se le parecen, porque no terminó de entender mi cobardía de no buscarla hace 15 años, porque no terminó de aceptar el dolor de ni siquiera haberla conocido, porque no termino de descifrar el significado de su presencia-ausencia en mi vida. Así tampoco entiendo, ni acepto, ni asumo quién es o quién sea. No entiendo, ni acepto, sino mi introducción falaz, mi renegar constante, mi dolor, mi recuerdo, ese dolor del ácido lisérgico en mi cabeza, ese dolor de mi oído derecho, ese bailar con ella, ese verle los ojos, ese desear sin libido su cuerpo, eso roto tendón de mi inocencia, nombre y figura de mi designio. Y no es gratuito el mito platónico de la caverna como metáfora de mi vida: de la oscuridad a la luz post tenebras lux. También esto que muere, mi rencor, mi desprecio, por Xalapa, por los xalapitos y las xalapitas, por mi patrilinealidad. Mi dolor, mi ansía, mi esbelto trance mutilatorio, indómito e indeleble, de esa eternidad de milisegundos a su lado, volando, cayendo, volteando, y la última vez, siempre, incluso reiterando mi dequicio abismado. No logré matarme ni logré morir ni ser asesinado pero tampoco la tuve ni la tendré ni seremos unidad ni la abrazaré, no, su camino no es el mío ni el mío el de ella. 2002-2017 poca cosa en el numeral cronológico, para mí el camino desde la hybris hasta la epifanía. Y entonces, descubrir mi anacronismo de fumador del siglo XX, mi afán por destruir mi salud, mi deseo repulsivo, mi pulsión de muerte, mi psique resquebrajada, es también el conflicto padre-madre, uno oncólogo, otra muerta de cáncer, uno vivo y ausente, otra muerta y presente. Todo combina, por tanto, en este viaje zamorano donde he visto mujeres lindas y jóvenes, atléticas, donde me conecta la pulsión de reencontrarme con las artes marciales, donde la institución que me interesa no permite la actividad fumadora, donde la política antitabaco es verídica, real, contundente. Ese mensaje de nuestra época —queremos vivir y vivir sanos y felices— que mueve al mundo, que conocí en mi adolescencia cuando decía no a la degradación humana, cuando componía canciones, cuando me iniciaba versificando, hoy es el conflicto entre dejar de fumar, volver al deporte, cambiar más radicalmente mi vida. Y todo es este sentirme un guerrero derrotado, este creerme un mal hijo, un hombre extraviado en los placeres del cuerpo y en las malévolas cúpulas del error. Todo es estos tres conflictos anudados, todo es, también, esta traducción.

Comí chongos zamoranos, probé unos camotitos con chile y limón, comí carne asada en su jugo, todo esto y más, sin olvidarme de mis compañeros infantiles michoacanos, con quienes vendía donas en Chihuahua, y Denis, o la niña que se volvió mujer, que alucino desde niño, que veo, que me sigue, a quien no sé cómo hablarle. Todo eso y la abigarradamente emocionante posibilidad de una vida nueva, en un posgrado, investigando sobre mi Nachito de Luzán, sobre las relaciones culturales hispano-mexicanas, sobre ese espíritu que entró en mí en 2002. No es mi herencia española o mi herencia apache la que predomina, no es mi resquemor al olvido o la insignificancia personal, es el infinito instante de la claridad, el inabarcable absoluto de la luz renacida lo que me inunda e invade. Uri luz lux luz LuxUri, Urías, Pardo café.

Aquí, en la antesala de mi vuelta al altiplano mexicano, pido perdón público a ella, a su bailar, a su familia, a su historia, que no me pertenece, a la cual no perteneceré. Pido perdón al mundo por mi escandalización, por alborotar las aguas, por ser innecesario. Perdóname FOX, perdóname CALDERÓN, perdonen. El país es vuestro, las mujeres son vuestras, yo soy mío, y mía es la luz, mía es la certeza finita, mío es, como suyos los fraudes, este camino, este andar. Porque la pesadilla inició en 2002, se volvió realidad y todos estamos inmersos en ella de millones de formas. ¿Terminó mi pesadilla? ¿Me enamoraré de otra michoacana? ¿Quedaré inscrito en el posgrado? ¿Viviré una aventura en Zamora? ¿Concluirá mi tercer período xalapeño? No lo sabemos, pero como decía María Gabriela Epumer: ya lo dijo Dios a los primeros habitantes de este mundo, no coman de esa fruta, les traerá problemas.

 

Nena 1 copia

 

 

Desearte restringe

en mi andar

las esquirlas

de un cuerpo roto:

nosotros hoy saltamos

estrellados al paraíso perdido.

 

 

 

 

Vitalicia

Pedí el deseo de tocarte.

Digitalizaste mi silencio

hecho trizas. El escaneo

de mis noches fuiste.

Cornea lasser tu aliento

surco y camino: adelante

estaba la cima de un nosotros

quemazón nuestra ingravidez.

Polvera sígnica

Ninguna escultura

—residuo: signo,

mentalidad, espacio—

anuda palabras

si no retoca imaginarios.

Al deambular los eclipses

del significado —sociedades

escribieron desde siempre

la fosas que pulverizan el tiempo—

como de caracol y tormenta

nuestra lengua, en cinta,

constricción volátil, reverbera

el soplar de alientos

la marejada de experiencias.

¿Cómo si de la voz

partimos

la esfera del silencio

repelemos

si de la estructura del signo

caemos

a la pesadilla

fútil del más acá?

Serenos enfrascamos versos,

prendemos vocales,

inservibles, toscas:

nos guarecemos

de las rendijas fugitivas

donde habitan las quebrazones

del ser y la reflexión: sincrónica

esbeltez, síncopa infructuosa.

 

 

Draco poiesis vitae

Espuma tu aliento

mi boca, certeza,

tiento, mañana gris:

humedad de silencio.

Aquí era la época

del amor y es hoy

del episodio roto,

como corazón,

el año del dragón

vencido: tú, aposento,

mía la vocal, nuestra

la playa insomne

de un beso.

Ciudadanía del tejado

Intermedio

si trota nuestra mirada

espuma de cielo

deja,

andar si vuelo,

truco si meta

mecánica: mecanismo

absorber el dintel

de los años. Juventud

ramificada, maleza nuestra

visión, como de un mundo

fragmento, truco de guiñol

aposentar la esencia

de las nubes: intermedio.

Gatilleros y gatillos

circunvecinos atómicos

nuestros: tejados

polis cierta del compendio

axiológico tildando el viento

con el estilo plural

de los cielos acantilados.

Irreverencia poética 21

Manejar silencios es un

trueque emblemático:

si mirar otredades

es un don, ¿qué de nosotros

columpia ruidos?

Hijos somos,

nacimos, cultivamos

las sendas prófugas

del amar, silencios

somos: bocas y abrazos,

don de alegría, de lenguas don,

traducir el espacio en sueños.

Si quebrar el dolor

es iluminación, entonces

¿donde nacemos

creemos tu magia,

madre? Rebelión

del uso patriarcal

de la mirada ¿Existes

tendón de feminidad?

No es un saltar las rendijas

del mutismo

la insignia de tu vida:

experiencia inconclusa

ese romance tuyo

pasto del mito celeste.

Inculpando al capitalismo culinario

Debería tener un diccionario

de aromas, en cambio de humo

tengo el pulmón lleno, como

ébano ardiente: máximo nivel

de oxidación. Anti poesía

pero comamos, anti poema,

gourmet impulso, refinamiento…

Todo es pobreza, desigualdad,

capitalismo culinario, ¿quiénes

pueden comer en realidad?

También la desigualdad se expresa

en los sagrados alimentos.

 

 

Leíamos al saltar el horizonte

Estaba negra

la esfera, que éramos,

saltamos, gritamos, volamos.

Era un teatro.

El aire viajaba, andaba,

nosotros mirábamos,

nos escondíamos,

porque yo caía y tu encendías

el germen mismo del ser.

Y volcamos la existencia

en un salto, ingenuos

siempre nuestros píes.

A veces creo que fue muy pronto

para ser muy tarde, pero te pienso

dentro de unas décadas y te amo.

Meme poética 3.6.5

Hay quien confunde

la moral con la cultura.

Yo confundo

profanación y tristeza.

Hace tantos saltos fuimos

eternidad, hoy somos

carne y ventisca

monetaria… materia

y carne, cenizas, fuimos.

Carencias nutren

el andamio de nuestra angustia

obsesiva de placer.

La suciedad de los poetas muertos

Esa melosa sentencia,

crucifixión nombrar

escondites inperiosos,

melodía es, tiento es,

soplo, quizá llanto,

no la raza o el designio

—humanos— sino

el precipitar los ácidos

años del spleen –agua—.

Vaporizar el verbo, retorcer

la metáfora, seña y abismo,

truco, mas infeliz, ritmo,

cansancio de generaciones

corruptela y maña: balada

de las mañas torcidas en TV.

Angustiamos, como esfinter

conteniendo, el transitar

segundos y meses, públicos

esperamos, siempre, aquí,

donde versos conjugan

esperpentos —Dios nos incumbe

desde el principio de la luz—.

Ahí están nuestros cadáveres:

versos, metros,

atardeceres, melomanías,

tradiciones, como rosas y tulipanes

en los Países Bajos, siempre,

ganando un poco de terreno al mar

de la barbarie estrecha del sentido.

Modernidades fugitivas

 

Rampante eco

siente

el caer los designios.

En el oráculo indubitable

cae la fuente gris,

torcedura y sopor,

de la crueldad.

Añorar es quebrar instantes

como celulosa quemada

en un sillón en Los Ángeles

en 1959. Perfumada

pulcritud nos induces

soplando en la vista

canciones, pero solos

escribimos el guión

en esta sinfónica demencia.

Rampantes modernidades

escupieron atroces el insuflado

acto especular y soñamos

otra vez con el bienestar.

¿Existe una forma de caer

sin dolor en la memoria?

Tristeza y ocaso de un tonto siglo XX.

Blancura verbal

Escapa al ruido

muchedumbre simbólica,

escápate conmigo,

lenguaje. Truena sonidos

lengua, habla insomnios y

compón esbeltos diarios,

niega el silencio, verbo

truco del sentir. Envuelve

siempre, el sí del aire,

boca inflexión, voz

inunda el patio

de la barbarie

con flores, flores

versificadas,

metas de días,

verbalmente blanca

cicatriz del tiempo,

escribe contagios

dentro de la urdimbre

conquistada: tiende al ser

si de la espuma de la razón

alimentas los caudales.

Buenos pasos, tiempo

A veces recordar

no es revivir

no es creer

no es saber

no es sentir

sino escupir

al universo

la figura cierta

de haber sobrevivido.

No es la tardanza

del recuerdo

o su cercanía

la que conmueve

o cimbra

es su fisonomía

de fantasma y materia

paso de tiempo

lo cierto

que nombra

su presencia.