Restos y memorias de la primera presentación pública del Olvidado Imperio Natdzhadarayama

El pasado 19 de abril en el café teatro Tierra Luna de la ciudad de Xalapa fue presentada la novela El olvidado Imperio Natdzhadarayama. Estuvimos presentes en el estrado Citlalli Hernández, Emilio Sánchez, Agustín del Moral y yo mero, para comentar, ampliar e invitar a la audiencia a adquirir y leer este trabajo de reciente aparición. El tenor del evento fue cálido e íntimo, con sorpresas dentro del público, por la aparición de algunas y algunos interesados en conocer esta narración. Fueron presentadas las imágenes de Azamat Méndez que ilustran el trabajo, como primer punto, para dar paso a los comentarios, iniciando con las damas.

Foto: Fernanda Pardo

 

Los comentarios de la poeta, correctora y estudiosa del lenguaje y la cultura oriunda de Tuxtepec, fueron un atinado esbozo recordatorio sobre los tiempos en los que los amigos nos reuníamos, cuando yo, este Pardo Urías, componía los trazos caprichosos de mi novela. El recuerdo de esos momentos, con Azamat, Jero y ella, estuvieron impregnados por anécdotas de la narración, por esos nombres extraños o poco comunes que aparecen en ella, pero también por un tono íntimo y compartido, fraternal y sereno, desde la indudable experiencia cercana de la confección de la obra, como del proceso creativo y editorial.

 

 

Las participaciones de Emilio Sánchez y Agustín del Moral, fueron singularmente buenas, propositivas, completas e integradoras de una invitación a la lectura.

Iré subiendo gradualmente estas participaciones, por cuestiones de espacio y características de mi cuenta en VIMEO.

 

Foto: Fernanda Pardo

 

Yo leí, al final, este ensayo:

 

 

Primer plano de un territorio imaginario y algunos años de memoria

Rómulo Pardo Urías

 

Texto preparado para la primera presentación pública de la novela El olvidado Imperio Natdzhadarayama en el café teatro Tierra Luna el miércoles 19 de abril de 2017

 

I: Regresión fundacional

 

Ahora desnudaré un juego de sonidos, un juego fonético. El femenino de Darío, nombre persa de medio oriente, fue el motivo crucial derivativo del título. Me enfoqué en la pronunciación italiana como en pizza o civilizazione, como en ragazza o paparazzi. Desglosé el sonido t, fonéticamente sordo, y el sonido d, fonéticamente sonoro, colocando z, vocalizando antes y después. Natd-zha-da-ra-ya-ma: Dariana. Un intento de invocar un vocablo sánscrito o al menos asemejar un estilo sonoro budista o hindú. En 2007 después de un viaje a Sudamérica compuse un demo musical que titulé Broken Ramda Dharma Ígnea Intuición de Nacer. Un desafortunado compendio de canciones, tecladazos al piano, estridencia guitarrística y armónicas mal ejecutadas. El álbum estaba dedicado a Darjana, princesa del imperio Nazadarayama. Anécdotas más, anécdotas menos, gran parte es debido a mi experiencia en torno a Dariana, que no sé si sea Denis o alguien más, imposible no reconocerlo.

La pronunciación de una palabra como la que da título al imperio, que a tantos espanta por su grafía, la corroboré en el traductor de google, escribiéndola en español y dando clic a la pronunciación: Natdzhadarayama. En estos días he estado buscando la explicación fonética, pero ya es demasiado análisis lingüístico para mí. Siguiendo adelante, ahora me desnudo. En el año 2002 fui a un rave con una banda de amigos xalapeños, algunos de la Freinet, y de otras partes y ahí conocí a Dariana, o me reencontré con Denis, no lo sé, que en realidad no sé si sea la chica que yo recuerdo o alguien más. Todo fue un mal viaje de LSD, viviendo la falsa psicodelia electrónica, en un rave donde tocaron Shiva Shandra, que no escuché, y Alien Project entre otros. Era, casualmente, el cumpleaños 29 de mi hermano mayor Emiliano, a quien ví después de dicho rave, que se asombró pues yo estaba muy alterado, aún con el efecto de la substancia. Esa madrugada bailé con todas las fuerzas de mi cuerpo. Un mes después estaba en un vuelo rumbo a San Francisco California para embarcarme a Tokio. Y lo único que recuerdo son los whiskies del vuelo hasta Narita, el aeropuerto principal de la capital nipona, al lado de un compa argentino, llamado casualmente Emiliano, que se encargaba de hacer vídeos, con quien platiqué de lo lindo pues en ese entonces mis intenciones, como la de cualquier estudiante de antropología social desde entonces, era hacer etnografía con vídeo. Al final no fui antropólogo, aunque mi novela tiene algo de multicultural en un tono eurocéntrico, euroasiaticocentrista.

Pero esta desnudes que ahora les presento no es más que una desbalagada intuición por hacer memoria. Quizá también deba mencionar el recuerdo de platicar con Valentina Guadarrama del depilado brasileño en los pasillos de la Facultad de Letras Españolas como algo relacionado con los orígenes, irreverentes y satíricos, de la fábula que da ontología a la narración que hoy presentamos. Depilación testicular ¿es mucho pedir a la imaginación? Lo que no es mucho pedir es que una mujer, embarazada con siete meses, castre a un felino. Y todo es en clave psicoanalítica, pero también fantástica.

Cuando empecé a escribir mi novela leía a Marcel Schwob y me encontraba viviendo la teibolización de la vida, la burdelización del cuerpo, el descaro sin vergüenza de la venalidad sexual, además de atravesar por una crisis psicótica drogadictiva. Al reponerme de eso retomé el trabajo, inconcluso pero esquemáticamente compuesto. Trataron de extorsionarme mientras lo escribía porque había colgado en la red un curriculum vitae con mi teléfono y dirección, trabajaba con Mariano Báez en el Taller Miradas Antropológicas, aún no decidía ingresar a la licenciatura de Historia, construía una amistad cercana con el maestro Pitol, estaba regresando a la vida después de años destructivos. Y en una de esas noches previas del 2010, de intoxicación y autodenonimarme un coctel indescrifrable, aquella primavera de hace 7 años, pasó una estrella fugaz y pedí un deseo: volver a verla. Y según mi memoria la encontré trabajando en el Black Cat, afamado Table Dance xalapeño, aunque nunca estaré seguro si Dariana es quien yo recuerdo que es o si es un producto de mi imaginación o quién diablos sea Dariana, pudiendo ser quizá Denis, no lo sé. Empero, la emperatriz Drendovskaya, con un toque ruso, no es en sí la proyección frustrada de un amor imposible, como el de Dante o Petrarca o tantos otros poetas y literatos en la historia. La emperatriz es más bien el símbolo del abandono resultante de la transitoriedad, de la transformación. ¿No es mucho manosear mis recuerdos? Los primeros en leer el Imperio me dijeron que tenía un aire a Borges pero erótico. Yo me digo a mi mismo, lo único que medio conozco de Borges es el Manuel de zoología fantástica, ha de ser por eso. El trabajo de las ilustraciones es de Azamat Méndez Suárez, amigo cercano y querido, que compuso expresamente las pinturas para acompañar el texto. Junto a este inmenso trabajo pictórico está el prólogo de Reyes Rojas, invitación y preámbulo, de tino circulante y fresca intención, a ubicar las coordenadas de una economía fantástica de lo imperial.

El temor por publicarla autogestivamente nunca desapareció. La novela concursó en la editorial De otro tipo, en la editorial Mala letra, en el concurso Sergio Galindo de aquí en la Universidad, la mandé a dictamen a Sexto Piso, quienes nunca me respondieron si quiera de recibido, también a la editorial Cuadrivio, igualmente sin respuesta, hasta que en 2015 conocí a Marcos Merino, emprendedor de la editorial de Río Blanco, Veracruz, la Cosa Escrita, con quien habíamos llegado a un interesante acuerdo. Se editarían 1000 ejemplares, pagando yo el costo de 600 y él el de 400. Todo estaba, ahora que lo veo, mejor de lo que parecía. Era, creo, demasiado bueno para ser verdad. Marcos trabajó en la edición de la novela y llegó incluso a imprimir los 1000 ejemplares. Faltaban los acabados, el empastado. Él trabajaba con una chica de otra editorial pequeña, que al final nos vio la cara a los dos: desapareció con dinero y compú Mac que Marcos le había dejado, vendió como papel de segunda los ejemplares, dejo embaucados a 5 o 6 editores con múltiples proyectos, armó gran lío, ergo opus frustratio. Entonces, como por ahí de agosto del año pasado, cuando ya debía tener mi libro listo, llegó la noticia, y a buscarle, después de afrontar una gran depresión, después de un fracaso editorial. Gracias a un excelente y querido amigo, Timshel Altamira, contacte a una persona que me recomendó trabajara mi libro con Innovación Editorial Lagares. Me puse en contacto, intercambiamos materiales, obtuve un presupuesto y al final de todo, con una parte del reembolso que muy dignamente ha venido haciendo Marcos a su servidor, comencé los trabajos editoriales. En menos de 5 meses el libro estuvo listo. Y ahora estamos aquí, comentando una osada empresa.

No por llamarme Rómulo debía construir un Imperio, pues más que literario mi nombre es mitológico e histórico, pero escribí el Imperio Natdzhadarayama como una expresión dislocada de lo cotidiano, como una contestación a la barbarie pornonarcótica, inmerso en una búsqueda por la vida, como una esperanza al juego y la diversión con inteligencia. Si mi defensa hasta ahora, es decir esta desnudes que manipulo sin precaución, no es suficiente para transmitir la experiencia de crear, quizá tampoco logre conquistar lectores o desmontar la imagen de loco que tengo al caminar por las calles de Xalapa hablando solo. Quizá no logre incidir en la decisión de alguno de ustedes para adquirir mi libro y ¿saben porqué no? Por que yo escribo, porque no sé vender. ¿Qué sé yo del mercado literario? Lo mío es plasmar traducciones internas en un dialecto dudoso de un español imposible de disociar de la jerga del rock argentino entre 1970 y el año 2000.

 

II: Cumplir un programa intelectual o del cierre de un ciclo vital

 

En 2010 murieron Monsiváis, Montemayor y Saramago ¿o me falla la memoria? En junio de aquel año de centenas anuales en celebración, escribí un esperpéntico ensayo titulado De la heroicidad e idolatría literaria o del arte de combatir con la voz. A propósito del deceso de Carlos Monsiváis. En un tono de absoluto desprecio por la vida, esa vida mía de entonces con tés de floripondio, churros de mota, whiskies y cuerpos operados de Table dance, escribí un panfleto en el que difamaba a distintos jóvenes escritores y poetas xalapeños, al nombrarlos xalapitos, y asumía que el honor es para quien lo merece. Y en esos días tuve la osadía de insistir en acercarme al maestro Pitol, como último mecanismo e intento de dignidad literaria. Al cabo de los años no me queda más que pedir una disculpa pública a los xalapeños escritores y poetas ilustres y agradecer a la vida que el maestro Pitol me haya cobijado cuando nadie daba nada por mí, excepto quizá Adriana, Paty y mis hermanas Luisa y Fernanda. Pero esa anécdota no es la que importa. Ese mismo año grabé un vídeo desnudo que subí a Youtube, con mi cinta negra anudada a la cintura, y en un trance insospechado me autoproclamaba el último esclavo del mundo. ¿Qué más puede hacer un pequeño burgués con el ego herido? Escribí también mi Matricidio literario de un joven desconocido, para exaltar a Marina Orlova, Adriana Lima y Mila Kunis, frente a mis madres literarias, Marguerite Yourcenar, Guadalupe Dueñas y Ruth Benedecith. Y dado que no me es muy recurrente tener una audiencia a quien dirigirme, esta digresión anecdótica no interesa más que por el hecho respectivo al programa intelectual que me propuse en aquel desalineado ensayo mortuorio sobre el irónico Monsí, del cual sigo esperando la contra argumentación. El programa consistía en realizar tres objetivos intelectuales, que desde la trinchera de una espantosa psicosis, despersonalización y horizonte de vida nulo, asemejaban a un marinero de Ulises con los oídos destapados al pasar a través del océano de las sirenas: una verdadera locura. Me propuse realizar una investigación concienzuda sobre el erudito y tratadista aragonés Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, pensador español del siglo XVIII, cuya Poética se encuentra en la biblioteca de la Facultad de Humanidades, por si gustan leerla. Un segundo objetivo era realizar la recopilación, sin saber concretamente como publicarla, de las obras y trabajos diversos de mi difunta madre, Margarita Urías Hermosillo, que mi hermana Luisa ha rescatado como miembro de la guerrilla mexicana en los sesenta, en su obra de teatro El rumor del incendio, y que también perteneciera al grupo de intelectuales agrupados en torno a Enrique Florescano en el Castillo de Chapultepec como Héctor Aguilar Camín, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y José Joaquín Blanco, entre otras personalidades de la inteligencia mexicana a mediados de los setentas, aunque eso no importa tanto como el hecho de que ya van a ser 17 años de vivir sin ella. El tercero y último de los objetivos era terminar de escribir mi novelita sobre Natdzhadrayama. En junio del año pasado, después de años de convicción y tenacidad, me titulé como licenciado en Historia, con una tesis sobre Ignacio de Luzán y la República de las letras novohispano-mexicana a inicios del siglo XIX. Ya esa rama dio algunos frutos, sobre todo académicos y de investigación. Respecto a la compilación de las obras de mi mamá, Margarita, están en proceso editorial en la Universidad Veracruzana, que aunque sea de forma digital serán publicadas, esperando quizá en un futuro tener el libro impreso. Y aquí está mi novela, con las tribulaciones narradas, con toda esa retahíla de anécdotas, con años —ya sin substancias— de vida, esfuerzo, pérdidas, amor, dolor, tristeza, trabajo, constancia, reencuentros, trabajo y mucha perseverancia.

 

III. Paréntesis de lectura

 

Quizá mis libros están destinados a una dimensión micro poblacional receptivamente, pero no sé absolutamente cuál es la diferencia entre ser políticamente incorrecto y ser original. No dudo que en mí caso ambas cualidades puedan estar unidas ¿He sido hoy políticamente incorrecto? De ser así, les pido que olviden un poco los restos de la moral victoriana que hay en el ambiente. Cuando pensé este proyecto narrativo lo vislumbré como saga, como una continuación de episodios, de libros y narraciones. Tal vez por los contenidos simbólica y explícitamente sexuales mi narrativa puede leerse desde el psicoanálisis o desde una antropología simbólico-pornográfica, aunque tendría que ser una especie de psicoanálisis filtrado por Star Wars, el clasicismo francés del siglo XVII y sus libertinos, Mozart y su Requiem, y otras pistas culturales que me nutrieron. Antes de ingresar a estudiar Historia en 2012 me autodenominaba indigente académico. ¿Soy ahora un indigente editorial o tal vez emocional? No hay que leerlo todo para empezar a escribir, dice Gabriel Zaid, pero para publicar ¿Qué se necesita? He aquí un mural de retazos propios, que decodifican parcialmente, la transformación en fantasía de una pesadilla que este abril cumple 15 años de haber nacido, hoy ya pasado, ya distancia, ya recuerdo.

 

IV. Esbozando una literatura no oficialista

 

Vivimos en el auge de la productividad y la voracidad de becas, concursos, premios, adscripciones institucionales, reconocimientos y demás instancias que conforman una economía formal, instituida, de la creación en sus distintos ámbitos y niveles. Si en la academia existe el Sistema Nacional de Investigadores y en la creación artística y literaria el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, si la muchedumbre de premios en distintas escalas (local, regional, nacional, internacional, etcétera) implica una segmentación de las obras “aptas” y reconocidas para su publicación y mercantilización, si el estrellato, grandeza, fama y éxito se valoran a través de los lentes de la productividad, es precisamente porque la lógica del capitalismo cultural se inscribe en un modelo de sociedad dudosamente sensible, pensante y auténtica, creo yo. Porque me parece que en esta vida de letras, de ideas y pensamientos, uno debe pertenecer a una tradición, grupo o sociedad preestablecida o de lo contrario ser un ilegítimo creador miembro del grueso margen creativo. También existe el riesgo, siempre viable, de la autoedición o la autogestión, que remite en ocasiones a la publicación de obras caprichosas, quizá como esta, cuyo valor se restringe a un corto y reducido grupo de conocidos, familiares, amigos, personas cercanas y quizá uno que otro interesado. Por algo se debe empezar, pero sin duda se trata de dos caras de una misma moneda: ser un creador legitimado por las instituciones y el oficialismo cultural o ser un autogestivo marginal ilegítimo en el mundo de la creación. Dos rutas para un mismo fin: tener un público, ser escuchado, leído, atendido, hacerse un lugar en el mundo.

¿Por qué decir que mi obra es literatura no oficial? Es no oficial porque en ningún momento he buscado, perseguido o fomentado, en mi quehacer literario, su vínculo cierto, seguro y fiable, con alguna tradición cultural o ideológica preestablecida e institucionalizada en la cual cobijarme. Soy en ese sentido, un creador independiente, para bien y para mal. Uno de los primeros lectores críticos de mi novela me comentó, si quieres ser un autor leído y estudiado en las Facultades de Letras quítale lo sexual a tu novela. No es que escriba, piense o construya desde la nada, es más bien asumirme como el transgresor del que hablaba Susan Sontag en La imaginación pornográfica en 1967, que va a donde otros no van y hace lo que otros no hacen, en mi caso leer lo que otros no leen y tratar de escribir lo que otros no escriben, pero también desde la aseveración que hace esta escritora norteamericana respecto a los rasgos interesantes en común entre la pornografía, como género literario, y la ciencia-ficción. No es que mi novela sea pornográfica por violentar sexualmente, sino porque explicita un discurso donde el sexo es evidente y notorio, pero también sugerencia e invitación interpretativa, ¿metapornografía? Para Sontag la pornografía tiene tres modalidades: es parte de la historia social, es un fenómeno psicológico (una deficiencia o deformidad sexual) y es una modalidad o convención menor dentro de las artes. Y desde la vivencia común de la discursividad pornográfica, como un hijo de clase media mexicana de finales del siglo XX con acceso a internet y televisión satelital, cobrar consciencia de lo porno, de eso que llamo la teibolización de la vida, no es tan solo un motivo para rescatar a Sontag, así como reconocer mi deuda con George Bataille, Wilhelm Reich, Evelyn Reed y Beatriz Preciado. Es también la razón por la cual construir una fantasía, una imaginación, donde lo erótico, donde lo sexual, sea un componente del lenguaje y la narración, sea una realización simbólica. Lingüineto Violatore, ese historiador del siglo XXX de la ciudad de Mineí con un nombre italianizado que investiga sobre la civilización natdzhadarayamamita, es el símbolo completo de una contradicción vivenciada con la psicosis: el lenguaje que rompe sus surcos racionales, la razón que tiene conductos ciertos, un nombre que representa y refiere violencia verbal, pero que más bien remite a las dimensiones de las hazañas del logos, del saber, de la búsqueda del conocimiento, una contradicción en los términos. No es entonces gratuito que la narración comience con una castración, no es gratuito que haya una Banda de la Chichi Maravillosa, en inglés al estilo de las bandas de rock de los sesentas, no es gratuito que la líder de un ejército femenino sea cocinera, amante y hechicera. Lo gratuito es este desnudar los cabos y las piezas, los accidentes y las formas, porque si la literatura es escritura, y puede ser memoria, si me muevo en el terreno testimonial y autobiográfico, lo hago para reiterar que escribo para no olvidar, como lo hizo Carlos Castaneda cuando conoció a Don Juan Matus, porque al final no son sólo los juegos del lenguaje, no es sólo el simbolismo, es también el ingreso a lo posible, a la imaginación en sus distintas facetas. Además preciso reconocer mi adeudo con el ruso Yuri Olesha y su novela infantil Los tres gordinflones, de la extinta editorial Raduga/Progreso, que fue una de mis primeras lecturas conscientes en la vida y de la cual absorbí la dimensión de revueltas sociales que en algunos de los pasajes del imperio quedan plasmados, obsequio de una alumna de mi madre que estudio en la Unión Soviética, seguramente historia o ciencias sociales, y que me brindó en mi cumpleaños número 9 en 1990, o sea, en pleno final de la guerra fría.

Hoy se habla de una sociedad postmoderna, postpornográfica, postglobalizada, posthistórica, postcultural, postneoliberal, postdigital. Si mi novela fantasea con la tecnocracia interplanetaria dentro de 900 años, en el siglo XXX, si existen los exoplanetas, si hay vida en otras regiones cósmicas, ¿no es un hermoso nombre, eufónico nombre, el de Natdzhadarayama, para nombrar una posibilidad de un mundo paralelo? ¿O se trata simplemente de un cuento chino, del exotismo oriental?

 

V. Remate en la esperanza

 

Publico mi novela para, primero, someterla al gusto y criterio de los lectores, y, segundo, como una forma de dignidad personal. Todo el tiempo dudo de mi afán literario, de si renunciar a la vida académica o a la creativa, de si vale algo, si cambia algo, si transforma y genera algo, mi hacer con la escritura. Escribo porque no puedo vivir sin escribir, pero tampoco puedo vivir de mi escritura. Tengo 35 años y de muchas formas llevo 17 años comenzando mi carrera literaria e intelectual. He vivido duelos y muertes, he vivido éxitos y fracasos, he vivido viajes (internos y externos), he vivido amores y desamores. Quizá no venda ni alcance la gran audiencia, eso no importa hoy. Para mí importa escribir, porque no puedo ser ni existir sin escritura, porque no puedo dejar de traducirme en palabras, no puedo vivir sin letras sin símbolos ni lenguaje, porque quizá una parte del don de la escritura, don del que me habló el maestro Pitol hace prácticamente 7 años, está de alguna forma en mí. Publico esta novela porque tiene sentido para mi hacer humano, porque uno necesita un público, escuchar comentarios, para crecer como autor y como persona, porque no es cuestión de premios, reconocimientos, genealogías o instituciones, el arte, la creación, la originalidad. Mi novela, capricho autogestivo o no, también es publicada como un acto de reconocimiento y de fe. Reconocimiento de una obra, de un trayecto vital, de una vivencia, de la traducción personalísima de un mundo, un estilo, un estar en el universo. Fe de transmitir y comunicar, de emocionar y transformar a otros y en otros, algo. Publico mi novela con esperanza, por mis propios medios, no como un acto de rebeldía o de cuestionamiento, no como una excentricidad o exquisitez, sino como posibilidad de compartir, de contrastar, de asumir, que la construcción de una vida, de una trayectoria, de una carrera, se nutre de pequeños y grandes actos, que sin la otredad necesaria, no sería más que un monólogo. También con la esperanza de la valentía, del entusiasmo, de la dignidad, hoy les doy a conocer mi narrativa. Espero que esta desnudes, esta memoria y su distorsión, no les haya causado desagrado, y si encuentran algo en Natdzhadarayama, por mínimo que sea, no olviden que como dijo Ignacio de Luzán sobre la poesía, extensivo a la literatura, “su esencia consiste en la invención, en las fábulas y en aquella facultad que tienen los poetas [y los escritores, diría yo] de dar alma y sentido a cosas inanimadas y de crear como un nuevo mundo distinto” (Luzán: 1974: p. 93).

Foto: Fernanda Pardo

Lectura en el ahora: de ideas sobre la historia y una comparativa a 7 años Collingwood y Bloch

En 2010 sin saber cómo, cuándo, dónde ni por qué, decidí proponerme formar un perfil de pretendiente historiador. No era sólo por mis inquietudes referentes a Ignacio de Luzán y el siglo XVIII español, sino también por ser hijo de una historiadora y antropóloga mexicana, aunque en el fondo se trataba de realizar una empresa académica en un contexto de deriva, aislamiento, miedos e incertidumbres. Recuerdo que compré el libro de Marc Bloch Introducción a la historia  y lo leí con detenimiento, uno más de mis libros subrayados. En ese entonces no estaba en condiciones de poder realizar ningún tipo de ejercicio del pensamiento en ningún sentido. ¿Cuáles eran los ingredientes? Deseos de realizar una investigación sobre Luzán y su pensamiento, de explicar por qué razones su Poética estaba en la biblioteca de la Facultad de Humanidades, bajo la por entonces infundada razón de que seguramente había sido leído en México o Nueva España, pero ¿cuándo? ¿por quién o por quiénes? El segundo punto era el referente a las celebraciones del centenario de la revolución mexicana y el bicentenario de la guerra de independencia. Historia oficial, sin duda. Pero leí a Bloch con un interés genuino por aprender y descubrir la reflexión sobre la historia. Sin embargo, algo me distrajo ampliamente de mis inquietudes históricas: un trabajo que estuve a punto de dejar, una vida de excesos, el acercamiento a una figura de la literatura contemporánea radicada en Xalapa, la vivencia de experiencias límites que por diversas razones de orillaron a desquiciarme. Hoy estoy vivo, estoy plenamente seguro de que estoy contento con mi vida. Pero el libro de Bloch del que habló, reeditado por el Fondo de Cultura Económica, fue impreso y editado por primera vez en 1952. Ese mismo año el Fondo editaba otro libro que terminé de leer en estos últimos días: Idea de la Historia de R.G Collingwood. ¿Casualidad? ¿Historicismo? Pensamiento filosófico sobre la historia en la primera mitad del siglo XX. Dos latitudes rivales en el siglo XVIII: Inglaterra y Francia, que en el transcurso de los hechos de la segunda guerra mundial estuvieron en el mismo bando contra los alemanes. Dos vidas distintas, la de Bloch cortada, arrancada, por los escuadrones nazis frente a la resistencia francesa a la ocupación alemana; la de Collingwood una vida académica con cierto más sosiego. Esto desde mis escasas, desde mis nulas pesquisas sobre estos autores. Pienso en un ensayo, no este reporte de lectura, donde comparar cuatro formas reflexivas, desde la filosofía, de la historia: no sólo estos dos trabajos que menciono, sino incluyendo La historia como hazaña de la libertad de Benedetto Croce y el trabajo del español José Ortega y Gasset La historia como sistema. Ese posible ensayo hoy no es lo central. Tanto Collingwood como Bloch asumen que la historia remite a lo humano, al tiempo humano, a la acción humana, al pensamiento y de la experiencia humana. Con eso me quedo, me conformo. Si bien pudiera realizar una comparativa de ambos trabajos, ambos previos a la guerra fría, lo interesante para mí es la sincronicidad en el año de edición en español. Relaciones más o relaciones menos, leer a Collingwood no es sólo recorrer una tipificación, un compendio historiográfico, sino también es adentrarse en un sistema de pensamiento, en una definición concreta de la reflexión distintiva entre lo natural y  lo humano, eso que Leví-Strauss estableció muy bien en su apartado Naturaleza y Cultura en Las estructuras elementales del parentesco. De esta forma el recuento collingwoodiano también representa una nutritiva fuente de reflexión de la episteme histórica, del conocimiento y los límites y alcances de la historia como saber, independientemente de Foucault y neoestructuralismo. Collingwood logra un trabajo que responde a la modernidad occidental y su necesidad de historiar, no como un acto de la memoria sino como una posibilidad de conocer el pasado más allá de una causalidad diferencial, como una actividad de testimonio y explicación de lo ocurrido que se relaciona con el presente. La historia es pensamiento, es hacer humano, testimoniado, documentado. Entonces el historiador trabaja con pensamientos pero de distinta forma que el psicólogo. Lo crucial es tanto el recorrido por el pensamiento filosófico sobre la historia como los apuntes metodológicos sobre este tipo de conocimiento, su función, sus rasgos, sus problemas y métodos. A 7 años de haber leído a Bloch, ahora Collingwood me reafirma mi interés por la reflexión de la historia, aunque vivamos en un momento posthistórico. Finalmente mis búsquedas, anacrónicas o no, tienen un sentido en el intento construir una genealogía personal más allá de los autores de moda.

Maruchanismo intelectual y cultura inmediatista

Importa poco realmente el criterio que pueda construir respecto a la sociedad de la información y sus dimensiones. La inabarcabilidad del presente humano abigarra los rincones por donde pueda ejercerse una crítica que no derive en una doxa baladí y ramplona. Como el vericueto de la deep web o peor aún los icebergs informáticos, las modas, las tendencias, desde una horizontal verticalidad cada vez más arraigada, en las prácticas violentas y el falso empoderamiento de las minorías, el presente, que para mí es ya por muchas razones una distemporanéidad, refleja las esquirlas nucleares y colectivas de los conglomerados humanos aptos para la falacia de la sobrevivencia. No es tan sólo la carencia de una planificación inclusiva, por parte de los comandantes políticos globales, es también la negación, en los hechos, de las múltiples agendas globalizantes, desde la ONU y otras instituciones, que derriban en su cisma paradigmas del siglo XX que deberían haberse erradicado pero que se han radicalizado: la pobreza, el analfabetismo, la crisis de salud, la violencia de género. Y todos podemos opinar, todos tenemos algo que decir, pero lo decimos para olvidarlo, para dejar huella en el foro global, no en nuestro actuar cotidiano. Y en esa espiral de modas, de tendencias y paradigmas, vigentes a la reapropiación de los clichés en una retorización reinterpretativa a partir del anything goes y del retro motive, no hay capacidad de avanzar, de recorrer caminos, de incidir en la transformación humana.

Las sopas maruchan están prefabricadas, listas para agregar agua caliente y comer. El maruchanismo intelectual, esa especie de inteligencia basura, de acuerdo tácito a partir del gusto y la moda vigente, de las tendencias, el famoso trending, incluye una mutilación simbólica del capital cultural en todas partes. Y lo implica por una fractura de la diversidad, no en su expresión, sino en su composición. En pocas palabras es hablemos todos de lo mismo, aunque opinemos diferente. No es entonces tampoco la consagración a un foro y público, no es entonces la significación estructural de las ideas o la impronta por plasmar novedades. No es, lo sabemos, la modernidad industrial. Y debemos informarnos y procurar tener un criterio que para como está la vida en este tiempo es en pro de la humanidad extensiva a una cuidadosa tarea vital o en pro de la barbarie capitalista postneoliberal globalizante. Divago entonces, pero esto del maruchanismo intelectual, extensivo a la cultura, las artes, la educación, deviene del programa económico neoliberal como un mecanismo de presionar los influjos pensantes: o te amoldas, aunque seas marginal, o te desechamos. No hay espacio para la construcción de grandes debates, como dijeron en 1999 con El final de los grandes proyectos, pero tampoco hay espacio ni tiempo para la configuración espaciada del ser y sus rincones. Entonces las esquirlas son de tradiciones, de ideas, de interpretaciones, pero que se ramifican en prácticas podridas. Esquirlas de algo que fue, dicen algunos, la posthistoria. Es un atomismo individualista, una nuclearidad egopática: ¿Quién eres? ¿Qué has hecho? ¿Cuánto has ganado? ¿Cuáles son tus credenciales? Maruchanismo intelectual porque agregando al o los autores de moda, porque insertándose en la agenda (multinacional, global, nacional, regional), porque actuando de acuerdo a principios de idolatría de personalidades (y de absurdos cinturones ideológico-culturales), se puede acceder a la mitopoiética instancia de ser alguien en la digitalidad postglobalizada. Solo agregué agua caliente (o ideas calientes, o instituciones calientes, o porno caliente, o algo caliente del momento) y vea acrecentar la forma expansiva de su nombre en el mundo.

 

De la indigencia como motor

La vivencia del ostracismo, de la exclusión, en sus modalidades más simples, remite sin duda al valor primero de la indigencia: la no adscripción a institución, grupo o sociedad. El indigente es un huérfano social por decisión propia. Los mecanismos históricos de las sociedades, principalmente los relativos a la moral, introducen en el indigente una movilidad, emocional y factual, que lo induce a traslucir la palidez estructural del convivio, del encuentro. Pero en el atisbo mismo de lo marginal autoimpuesto, se localiza la configuración inherente al silencio. No es entonces una rebeldía ruidosa y modificadora, no es el inclemente instinto de transformación revolucionaria, es, por el contrario, la nitidez de una alteridad elegida como ruta de callar el indómito existir. Y si los márgenes son siempre amplios y carentes de nutrición en la sociedad, no es entonces del salto a una ningunidad o esfericidad del vacío lo que el indigente busca. Es la crítica al mundo, la crítica a la organización de lo social, lo que el indigente encarna.

Desde los rincones y confines del no ser social, desde la anulación impuesta, la indigencia remite a una decisión unívoca, definitiva, a la renuncia del contrato socialmente dado, para sustituirlo por el inminente remanso del fastidio. En el quehacer indigente los días no son tiempo, las horas son quizá soportar el hambre, quizá hacer una diligencia para obtener unas monedas y alcoholizarse, quizá dormir todo cagado u orinado en un parque público. Y si la sociedad funciona en términos de privilegios, reconocimientos y éxito, el indigente sabe que no necesita consistir su andar en otra cosa que en sus necesidades y los despojos de una vida pasada en la que perteneció a ese algo común. La indigencia promulga una desconsideración constante, la de las contradicciones inherentes a la lógica del capital. No es entonces una condición renovadora ni antiautoritaria, sino que es una imposibilidad, una renuncia, un dejarse vencer, por el inmenso aparato de lo social.

 

Reconocimiento óptico

Caras, rostros, imágenes, nos invaden, todos los días. Vivimos el régimen de la visualidad: fotos, farándula, actores y grupos, Facebook, emojis, rostros. El mar de imágenes infinitas nos circundan, nos impele a identificar, todo es identidad, conquista, nombre, incluso el anonimato tiene rostro. Caminamos por la selva ruidosa del siglo XXI entre luces, pantallas, reflejos, instantes que designan cúspides de sentido, tendencias pasajeras, modas, precipicios masivos de gustos y preferencias. El rostro entonces se convierte en un signo, en una moneda también, bajo la lógica dual de una economía de la imagen, como vertiente también, fetiche y estructura, del intercambio personalizado. Náufragos en un subjetivismo constante, todo es el semblante, el estado puro de una condición que la antropología forense identifica claramente. Si la fisognómica estriba en la identificación del rostro, hoy en día estaríamos en condiciones de preguntar por una fisognómica efímera y vacua, porque todos tenemos una cara, un semblante, un gesto, algo que nos identifica. Al final no es más que la proliferación y confirmación de las expresiones humanas lo que nos deja pensando, atemorizados, en que la cara familiar no es más que la cara compartida.

Caemos en el día a día en un ensamblaje de personalidades, en una costra de personajes y nombres, y todo el tiempo hacemos como que ignoramos la minúscula grandeza de los sin nombre, de los que no ocupan un sitio en la digitalidad. Representar la constancia de lo humano, abigarrar los horizontes propios del sentido, es un ejercicio de occidentalidad inerte y sombrío. Porque en el fondo la esclavitud visual dista mucho de corresponder a la plenitud alfabética o al paraíso cultural. Porque los rostros, las caras, no son más que símbolos en el mercado saturado de ser presencia en este siglo de digitalidades múltiples.

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Dislocación del espíritu creador

No basta con implementar dispositivos creativos y de difusión expresiva, no basta con tener buena ortografía, o mala, no basta si quiera con acumular lecturas o miradas atentas a la tradición pictórica. Precisa, para el espíritu creador, actualmente una compleja red de habilidades, técnicas y métodos, que permitan la expansión del mensaje y del contenido. La dualidad forma-contenido, abigarrada en el saturado ambiente de expresiones contemporáneas, no remite más a las posibilidades de crear una jugada discursiva novedosa, sino remite a la morbosidad instantánea de los hechos y las formas de comunicación. water1

El problema histórico entre tradición y novedad, sucumbe ahora en la multidimensionalidad de los pastiches. La pureza del arte o de las expresiones estéticas, en su dimensión viral, responden al amarillismo cultural, a la tendenciosidad precaria de una moda y su efímero récord de visitas. Está demás pensar y decir con notoriedad las cosas, porque vivimos, aquí en internet, un universo de múltiples formas discursivas, que avasallan el criterio propio, siempre en construcción, al acto de seguir ofrendase desconocidas. Y la construcción de un criterio, personal, se moviliza siempre en todas direcciones, porque en el ácido momento de la renuncia a la verosimilitud moderna, naufragamos en una hostilidad pasajera, un el acto voyeurista, en el esparcimiento fútil, en la campechana de medios, recursos y figuras estereotipadas.

Al encasillar la creatividad en una nulidad comunicativa, como aquí parece en ocasiones mostrarse,water3 no dista nada del aislamiento mental y del despilfarro anti-ideológico que podría muy bien caber en una escritura vacía y tenue, abismalmente diluida en la poltrona del desempleo y la constricción personificada de una esfericidad terca: el recorrido que va de la inventio y la imago a la retórica insalubre y corrosiva, desquiciante y mordaz en su lucha intestina por mostrarse auténtica y original.

Si crear no puede otra cosa más que referencia a las grandes obras y los grandes autores en nuestros días, crear es una abominación constante que rompe para mí debe romper el cerco del automatismo y mostrarse teatralmente, líricamente, pictóricamente, a partir no ya de un canon o un conocimiento preciso del pasado histórico-estético (no solamente), sino que debe nutrir una exploración personal y colectiva que permita oscilar del nihilismo al totalitarismo estético, en aras de fomentar una water2actualidad fenomenológicamente imposibilitada de renuncias.

Al final todo se trata, para mi, de hacer un sitio en el universo tergiversado del lenguaje multiplicado en parcelas y aromáticas tendencias pasajeras. Se trata de embalsamar mi lengua y mis nulos conocimientos teóricos y filosóficos, no sólo como muestra y exposición raquítica del ser no instruido absolutamente, sino como mecanismo factual de exteriorización provisional de una pathos intrincado y fugaz, como el resto de los eventos, que indaga y provoca, desde circunstancias locales, un efecto reflejante creativo, creador, sustancialmente entrometido en la distorsión de los lenguajes, como una falsa episteme estética, no inmersa en la realización y performatividad del inabarcable presente.

Retazos en la pantalla

rombo1Deberíamos dejar las intuiciones postmodernas a los filósofos y mantenernos erguidos, orgullosos, de nuestra eventualidad disruptiva. Acaso pensemos que las conquistas tenológicas y culturales sean una especie de reminiscencia futurista, pero no, es mucho menos que una osadía racional y un terco remilgo intelectualista. No es posible decidir acerca de los eventos creativos o de las situaciones creativas ni siquiera indagar en la creatividad sin un ápice de cordura pero también de genio. En cambio debería olvidarme que hace poco leía a Benedetto Croce y que no por nada la modernidad, caduca y rancia, es una dialéctica dicotómica improcedente. mancha1

Si las luchas estéticas, si el arte por el arte, si las posibilidades enunciativas proliferan ¿no estamos entonces en el laberinto de la lengua, en el torcido trance, también, de la efectualidad perecedera del nombre? Sin embargo, más allá de una filosofía del lenguaje o de una esteroetipida fórmula verbal, el efecto de los lugares comunes, de los hechos históricos, de las posibilidades argumentativas, que convergen en la dimensión tradicional, han sido rotos por el proliferante pastiche. No es, tampoco, la balada de los Beatles o si quiera algún libro de los autores del momento, ni siquiera, por consiguiente, es una metafísica blandengue y locuaz, donde pudiéramos solazarnos de un aprendizaje útil y pragmático. En cambio, las infinitas torceduras, visuales y verbales, impelen a conducirnos al horizonte del anything goes pero sin considerar su relatividad epistemológica. No obstante la configuración improvisada de este panfleto autoensayístico, los denominadores comunes, instancias del acto comunicativo, no pueden orillarnos más que al distanciamiento del logos y a la especificad del areté, pero sin considerar los elementos eidéticos posibles en su parcialidad histórico cultural.

bola1Si acaso la revisión de algún autor, obra o principio creativo nos induzca a ser mejores o más prolíficos creadores, eso no es motivo suficiente para la autodenominación profesional de oficio creativo cualquiera. Pero para cerrar este disímbolo efecto lingüístico preciso reconocer que en la prolijidad del lenguaje y sus diásporas emotivas, la dimensión de mi pensamiento esparce retículas de esterilidad.

¿Arte, muerte o revolución sin devolución?

No inquiero ni supongo el hechizo momento que proseguirá mi intento fallido. Es más, ni siquiera comprendo o asumo una teleología estética y, por tanto, carezco de definición lógica, semántica y conceptual, propia de un ensayo que pueda proporcionar una referencia válida de sentido. Pero si el arte es un instrumento de transformación, o de negación, de la realidad, deberíamos asumir que la proliferación discursiva estetizada no es un asidero seguro cuando de revolucionar el presente se trata. Si desde mi postura, snob, anquilosada y raquítica, no me es dable observar el péndulo transgeneracional del simbolismo actual, más allá de las dimensiones tangenciales de mi pensamiento hay una posibilidad realista de asociar el producir estético con la nutritiva sabia del ser. En esa medida el arte no es ya más que la imitación de lo imitado, es también un refrito renegrido de la polución masiva global. Los recursos no faltan ni las tendencias son absorbidas, pero navegamos en el extravío cotidiano que brota en sus caretas estéticas, en las axiomáticas figuras del discurso transmutado en expresividad comunicativa, carencia misma del estercolero de la aldea global. Desde la productividad fecálica del arte, las aristas posibles de la estratatificación jerárquica del pensamiento deniegan autoridad a la doxa, ámbito que también el arte, y sus técnicas y métodos, ha visto llegar a los extremos del maniqueísmo somnífero y trasnochado de un siglo XXI mutilante, heterofágico, glotón y supurante de basura legitimada institucionalmente como “creación”, “arte”, “literatura”, “teatro”, etcétera.

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Atmósfera derretida en un acto

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Podría creerse que la falta de sentido en el ámbito creativo es una derivación extensa de los fragmentos rotos que sucumben en un intento de teorizar la sensibilidad. Pero no hay un lugar común a la presencia ignota de la inspiración, no al menos en cuanto que deviene en un sin fin de actos, emergencias y situaciones. Propiciar la rememoración con la creación es un cuchilla mental, en mí caso, cuya inflexión de apropiación del significado de la experiencia puede muy bien circunscribirse en un acto reflexivo. En todo caso el semblante de mis carencias ideológicas, especialmente políticas, remite a una constricción volitiva de mi ser en el mundo, un tanto burgués, un tanto parcial, un tanto quebrada de los flujos informativos, de los hechos vigentes. Pero en el acto creativo, en el impulso creador que sigo, que persigo con mi automatismo escritural, no existe una premonición latente ni un fondo instantáneo que surque los océanos del ancho mar digital. En mi feudo creativo las exploraciones realizadas pueden muy bien ser legítimas o no, pero en el peor de los casos se trata del impulso catártico que, orillado a la necedad de un acto distorsionado, promulga los epicentros, ora lúgubres ora luminosos, que demarcan los linderos de mi discursividad.

Mantengo un impulso neto de exposición verificada en donde es posible localizar un influjo constante, en ocasiones falaz y otras veces pleno de sentido. Hay también un intervalo que oscila del lenguaje, del pensamiento, de las dimensiones interpretativas del ser y del mundo, a una estética cardinalmente solitaria, emblema mismo de un arte quebradizo, de una arteria sensible fugitiva, de una espiral ininteligible. Por la construcción sin agenda ni itinerario, mi arte, mi poesía, mis creaciones, no responden a la realidad ajena, al mundo externo, a la metafísica internáutica, sino que son porciones todas de mi interioridad, de mi instintividad creadora, de una especie de vivir el presente que no tiene nada que ver con el presente, una fórmula negativa, por dialéctica, de la asunción del tiempo y de sus marcas en el ahora. Lo instantáneo figura como un producto realizable, pérdida de simbolismo y de abstracción, surco y manantial de frases, versos, prosas, imágenes, orillas mismas del acto de desahogo incesante, infructuoso, ocioso, extravío y sombra de la torcedura del alma que me invoca cada vez a nombrar, a decir, a poner en juego una red de impulsos estéticos de dudosa procedencia.

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Por el desquicio de la luz, negación de la visualidad

face2Debería arremeter mis ideas, mis pensamientos, mis palabras, con un flujo de autores que me pudieran dar orientación a estas intentonas disformes que elaboro desde mi automatismo mecanográfico. Disculpen si los hago perder el tiempo con este, mi ideario sin agenda. Hace 16 años pude muy bien ser acreedor de un embalsamamiento ideológico, pero en contra posición a mis devenires intelectuales, mis orientaciones y preferencias no involucran nítidamente un gramo de cordura. Y aquí, en este intervalo semi racional, escondo mi filosofía y promulgo una esperpéntica mirada a la globalidad y sus digitalismos. La predominancia de los efectos visuales en todas las esferas de la vida no han hecho sino reducir y segmentar las preferencias y orientaciones de la oferta cultural. Es decir que hace 100 años uno se maravillaba con el cine y hoy el cine es una referencia común de nuestros tiempos. El salto mediático que la imagen como emblema de nuestros días permite, no debe hacernos sospechar lo que es el analfabetismo funcional y las derivaciones propias de la pérdida del aprendizaje lecto-escrito. Más allá de una indagación sobre las dimensiones reales de las posibilidades educativas, el océano de luz en el que habitamos los nativos del siglo XXI no puede disociarse de la proliferación visualista de las estructuras mentales, conductuales, comunicativas y face4culturales.

¿Qué no es vivir pegado a la tecnología una forma de dependencia luminosa? ¿No nos frustra, como especie, no poder elaborar un proceso fotosintético y a cambio de eso nuestros impulsos culturales nos han orillado a vivir pegados de entes luminosos? ¿No es nuestro trauma histórico del pecado original el que nos ha recubierto el tejido exoepitelial tecnológico luminoso para hacernos creer que enteramente podemos crear y modificar a partir de elementos enajenantes? Si un litigio en pro de la tecnología nos permitiera aducir que estamos en un universo abierto y ancho al sin número de posibilidades propias de una saturación global expresiva, también podríamos muy bien creer que en el universo cerrado de la actividad humana vivimos actualmente los tiempos más conservadores que jamás hayan existido. Y en el vaivén de la innovación y la tradición, los sujetos comunes y corrientes nos face1inducimos a un cierto compañerismo que permita señalar algunos rumbos. No es más que la explosión masiva y tecnócrata del acto comunicativo, que devela, además, la tendenciosidad visual: toda imagen es objeto de distribución, sin importar su contenido, todo objeto visual llega, penetra, incide en el grueso de la población. ¿Nos importa tener una cultura visual? Más allá de una educación estética o cinematográfica, nuestro cosmos cultural nos ha orillado a la ceguera alfabética y una inclemente pérdida de los sentidos, sobre todo del común.

Si vivimos absortos en la luz (día, computadora, televisión, cinema, fotografía, vídeo) de este aglomerado visual no podemos desligar una fácil y pronta tendencia al deterioro alfabético, más que sonoro. Porque la cultura visual nos induce a creer que atrapamos algo, que cachamos algún sentido, aunque quizá mutilamos nuestras facultades alfabéticas por la accesibilidad de la imagen. Con el face3sonido pasan otros fenómenos, pero que se asocian en ocasiones con el discurso audiovisual.

Si esto es mucho o es poco, si esto es claro o es obscuro, si esto pretende ser algo más que un epitafio ensayado de mis pensamientos, quizá simplemente me falta acercarme al método sociológico y etnográfico de una digitalidad global que nos engulle y desmiente a cada momento.

 

Autopoética de un lenguaje

Movilizar el lenguaje para mí es un acto de elaboración, en ocasiones automática. Las dimensiones que te brinda el conocimiento del pasado en cuanto a los recursos estilísticos, las tendencias y las modas estéticas, ideológicas, poéticas, etcétera, en ocasiones se transforman en enjambres de frases, ideas o figuras discursivas. Se trata para mi de elaborar el pensamiento. Y en un tono revisionista la inmensidad literaria producida en el tiempo implica generar elecciones y selecciones de obras, autores y épocas. Para mí se trata no sólo de plasmar un itinerario, ora falaz ora verídico, o de indagar los vericuetos inherentes al acto creativo, al desempolvamiento del ser o a su negrura prófuga y certera. El acto de escritura, que desde hace algunos años es en mí caso un acto de mecanografiado intencional, no debe disociarse de una exploración interior en diálogo comunicante con un conjunto de otredades  que nutran la búsqueda.

El presente abigarrado de tendencias, ocurrencias, modas, formas pasajeras y transitorias de pensar, de crear, de construir, de escribir y de creer, remite a una instancia contraria a un asidero, remite al vacío del que nos habla Baudrillard, a la fabulación inmensa de una legitimidad cognitiva fluctuante, incierta, por perecedera y disímbola del enquiste de la eternidad en su dimensión transitiva. Lo textual, en una elaboración finita y cerrada, purista, induce al acto de corroboración emotiva, de la ficcionalización y la realización propia, que desde una óptica fracturada indaga los caminos y las brechas del universo: mediatizado, inmediato, distante, abismal. En los intervalos del tedio digital, del abigarramiento del input creativo-expresivo, el lenguaje se convierte en una instancia del desconsuelo, reflejo de la realidad (ficticiamente elaborada) o resquicio de la ficción (buscando la realidad), que en su escueto semblante, de una finitud con posibilidades infinitas, absorbe partículas de experiencias. El tedio digital, la construcción fraudulenta del ser en la digitalidad es un sensacionalismo morboso llevado al extremo de una seriedad cancerígena, por aparente y viral, por destructiva del constatar las presencias y enaltecer lo efímero.

SI hay una filosofía del acto creativo, de haberla, no puede describirse en sí misma como una instrumentación simple de la palabra. El lenguaje, rotunda fertilidad ontológica, atraviesa imperecedero lo humano, atisba el fértil manto que cobija el impulso expresivo. Sin lenguaje no hay expresión. El conocimiento entonces de las formas del lenguaje permite la generación de nuevas jugadas en el tablero creativo. Pero no es una innovación pelona o una invención original la que incide en el presente digital para re-elaborar discursos y formas, sino que se trata de hacer nuevas jugadas desde el ángulo de acción no sólo del significado o la estructura, sino desde las posibilidades que un ancha experiencia lectora, estética, histórica, semántica, filosófica, promueven en el individuo creador. No es el lenguaje per se lo que intuye las fibras del impulso creador, no es el mito del dios que crea ex nihilo lo que compone la osada marca de la creación expresiva, sino el mito de la nada abismal que desborda al ser y el impone la labor de ordenar la fractalidad de ese abismo para clasificar su experiencia como si fuera una fuente donde un pez deseara evolucionar a cuadrúpedo y tuviera que mutar entre el agua y el borde del recinto acuoso.

Todas estas palabras carecen de significado referencialmente en cuanto que no son más que la exploración ensayística de un ego, mí mismidad parlante, que surca su intencionalidad creadora con el filo propio de una inocua fugacidad, terca, amañada, corruptora del realismo posible y de la ficcionalización posible. Si encima de todo la verosimilitud perdura, como elemento de una imantada tarea de desahogo discursivo, es en el intersticio de lo verosímil y lo veritativo, donde mi pensamiento encuentra una recóndita cordura, amasada en la filosofía del lenguaje, que rencorosa de la narratología invade mis residuales instintos literarios.

 

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Bibliotrauma

DSCN2678Pensamientos sueltos componen los linderos precisos de mi inteligencia verbal, de mi autismo como autor, deslindado del presente, en vínculo incierto con los acontecimientos. ¿Qué es la actualidad? ¿Qué resguarda la morada de las letras? Pensar que leer es un acto de diálogo virtual es en esencia algo cierto y también una consciencia de acceso a la otredad inmensa. Después de 3 intentos universitarios diversos puedo decir que he acumulado, para bien y para mal, distintos soportes bibliográficos. Y de vez en cuando me obstino en caer en el sin sentido del wanna be, para extraer de mi experiencia un conato de bronca intelectual. Aquí, en los estantes donde no caben las estrellas del momento, me extravío pensando que no seré el autor cotizado ni el pensador renombrado, pero nunca haré a un lado la dosis de originalidad que me puede proporcionar mi experiencia como indigente académico.

Libros de historia, de teoría literaria, de filosofía del lenguaje, del siglo XVIII (franceses, españoles, novohispanos, ingleses), de discurso, de literatura mexicana, latinoamericana y alemana, entre otras cosas, componen el minúsculo atisbo de lecturas pendientes: un abigarrado ejército de autores en mi intento de DSCN2680desfiguración del canon y la tradición estética verbal. Y no desisto porque ahora puedo decir que soy un pequeño historiador y poeta, en ciernes novelista y tal vez ensayista, todo depende del cristal con que se mire. Y no renuncio a mi matrimonio con las letras, existencial y desgarrador, porque en el fondo no es tampoco una cosa adictiva o compulsiva sino un acto de fe y de amor, de vida.

Los libros son un refugio, siempre, nunca una carga, jamás un peso u obstinado embalaje de miserias. Y entre tanto devano con tiento una cierta estrategia personal, de publicación, compaginada con mis proyectos de lectura. No soy parte de la intelectualidad del momento ni tampoco ostento ningún rótulo propio de joven promesa. No creo en los concursos literarios y pienso que hemos perdido el sentido y la significación de las formas luminosas del ser cuando nos acorralamos contra las dosis de realidad que nos impelen a creer en un futuro posible. Pero los libros que están aquí, conmigo, me sacuden y me invitan no tan solo a imaginar el para qué leerlos o el porqué postergar su lectura, sino a identificarme en la búsqueda de algo que no tiene forma ni rostro, mis próximos proyectos creativos.

DSCN2683El pasado mes de junio me titule de licenciado en Historia por la Universidad Veracruzana. Y es en esa dicotomía, en esa dualidad entre lo académico y lo creativo, que me zambullo en un marasmo de constancias falaces y de atormentadas cicatrices escolares: antropología social, teorías de la cultura, rituales económicos, economía, filosofía, historia, lingüística, pensamiento crítico, modernidad, lenguaje, arte, pensamiento, cabalmente una conceptualización de los sitios atravesados que no dicen mucho de mí mismo. Porque nunca he logrado ordenar mis intentos, mis pesquisas, mis falsificadas interpretaciones de lo real y lo ficticio. Porque predomina un desorden que hoy podría ser la puerta para acondicionar una trayectoria personal, propia, individual, en vías de crecimiento. Todo es el marasmo de una tautología y episteme no asimilada, no identificada, no verificable: donde la poesía es un ejercicio escritural y la lectura un vicio ausente, porque en el inmenso mar de los pasados navego ignotos territorios fabricados por especialidades poco útiles al ahora. Obras completas no conozco ninguna. Ninguna tampoco me invita a conocerla del todo. Y me descubro infértil, desértico, árido, en el instante mismo de elección para ubicar mi lenguaje para traducirme. Entonces este circunloquio, este espasmo de vomitar palabras.

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Por una vez en la vida he logrado construir algo que me parece un buen ejemplo de trabajo intelectual. La tesis de licenciatura que presenté me dejo completamente satisfecho. Pero me falta mucho camino por recorrer. La pregunta obligada para mi es ¿ortodoxia o innovación? Y no puedo desistir de las conquistas realizadas ni de los estímulos obtenidos, pero debería ser un poco más sensato y dejar de lado estos juegos retóricos y estilísticos. Aunque no puedo, no sé cómo abandonar mi inmadurez, no sé ni puedo embarcarme nuevamente en un revisionismo a ultranzas. No dejo de improvisar, ni de explorar los vericuetos de esta imaginación adolescente, medio sumergida en el trauma de los libros, de la lectura, de la cultura como una epígono de la consciencia.

 

Reseña histórica de la ningunidad

Primera dimensión: el ningunismo, la optatividad identitaria de lo ninguno de lo no existente, deambula como un tejido plasmado en el ejercicio consciente de las volatilidades sublimadas de la sociedad. Un ser ninguno, un ser nadie y nada, es una composición fraguada en las conquistas de una otredad que somete y sobaja al objeto de la ningunidad. Lo ninguno se sopesa siempre, se compara, de ahí su esencia, su ser DON NADIE, su espectral silueta de, hagas lo que hagas, ERES NADIE. El atisbo general de la nigunidad es mucho más que un perfil idóneo o salubre del ethos ideológicamente pragmático, es decir, de ese elemento de exclusión social del otro, del ninguno o ninguna. No es sólo su denigración genérica, sino su anulación, su nulidad como existencia y presente. Ningunidades abismales nos llenan todo el tiempo y acaso nos detenemos a preguntarnos si somos ninguno o ninguna para otros ¿para quiénes?

Segunda dimensión: la ductibilidad del ninguneo es una condición ontológica compleja, que traspasa los ámbitos institucionales para convertirse en una lógica inherente al capitalismo occidental. Si el modelo del pequeño burgués, quien obtiene las ganancias, recrudece la brecha entre los distintos individuos que componen el tejido social, el ninguno es una réplica de la constancia anulatoria del otro. Históricamente este desenvolvimiento se ha traducido, en la tradición occidental, en la centralidad ciertos sujetos sociales —o individuales— y en la anulación de diversas otredades —colectivas o individuales—. De ello se desprende que el filtro primero de la ningunidad es lo social, ejercido como maquinaria de asalta en vías de anular al otro: físicamente, mentalmente, espiritualmente, ideológicamente, económicamente, políticamente, educativamente, culturalmente, etcétera. No hay límites una vez aplicados los criterios de la ningunidad, pues al ser objeto del ninguneo, el ninguno se convierte en una pieza a la cual se adjudica un valor, negativo pero a la vez neutro, para que sus actos, sus palabras, sus relaciones, sus actividades, sus identidades, carezcan de valor según los consensos normativos. Entonces, la performatividad de los ninguneadores se transmuta en una conducta socialmente aceptada, discriminatoria, difamadora, que trascoloca al otro, a un lugar y sitio de ausencia, especialmente de significado.

Tercera dimensión: no es posible abarcar los mecanismos de la experiencia humana en donde la ningunidad se expresa porque abarcan todos los ámbitos de la vida humana. En el caso animal la experiencia puede traducirse en el abandono o sacrificio del individuo débil o anciano, pero en el caso humano la construcción de círculos sociales establece los criterios para ser un ninguno dentro de ciertos sectores. En ocasiones las ofrendase —colectivas e individuales— que son catalogadas de ningunistas pueden encontrar otros rangos de acción, de identidad y participación igualitaria o de mayor reconocimiento en ámbitos y esferas sociales que no estén contaminadas por la actividad de la red ninguneadora. Al final de cuentas es posible asumir, en esta concepción de las relaciones sociales y humanas, que lo ninguno se establece como parámetro de conquista y sometimiento del otro, el cual puede asumir o no su condición, pero sin lugar a dudas una vez puesto en el sitio de la ningunidad, el sujeto comprende, cabalmente, que algo de él es juzgado y sentenciado de forma negativa.

Distemporáneidades

El diálogo sostenido entre tiempo y realidad oscila, navegante de una multitud de sentidos, en un océano de interpretaciones. Nos extraviamos de pronto en una ola de significados, porque el silencio no existe más, aunque en la totalidad de las voces presentes haya registros inexistentes. Y caemos, lento, en un marasmo de obras, de pensamientos, de autores, de sistemas y códigos. Un torbellino de existencias arremete contra el tiempo, saturada realidad de muchedumbres y de alientos que circundan los fosos de la expresividad. ¿Por qué no incitamos un eco de otredades múltiples sino que nos perdemos en el designio y tortura de una simple y unívoca seña? El tiempo, su maquinaria cultural, sus acertijos, nos devastan. La pesadilla malthusiana vuelta realidad es un almacén de palabras, de imágenes, de subjetividades. Nosotros conquistamos los espacios, los lindes precisos de una elección definida, a veces arbitraria, a veces selectiva.

No existe entonces el pasado ni el presente ni el futuro, sino que habitamos distemporaneidades polihédricas, multifacéticas, pluridimensionales, en un tejido de luz y de contrastes, abismal, imperecedero, voraz. Porque nutrimos el tejido vivo de la digitalidad y sus facetas, pero también volcamos nuestra persona, nuestro ser en el mundo, desde una presencia que se convierte en diálogo o perece en la marginalidad del soliloquio. Con el esmero ortográfico de la gramática de la existencia global, podemos saber qué pasa en Hong Kong o indagar el clima en Australia o enterarnos de las informaciones de las dictaduras en Argentina y Chile o simplemente escuchar a un afroamericano rapear. Y la diversidad incluye tener acceso al pensamiento presocrático o al milenarismo chino y al mismo tiempo poder leer el último artículo del columnista del New York Times. Todo además se convierte en un aposento orgiástico, la orgía de lo humano, culturalmente traducido en actos de habla. Todo es comunicación, pero lo distemporáneo se asemeja a un enjambre de nudos y listones, que conforman una urdimbre donde lo presente es inaccesible y lo pasado se subdivide en tendencias y mitos, en arqueologías disímbolas por la proliferación subjetivista.

Aquí estamos, a veces extraviados, a veces satisfechos, a veces en busca de un incentivo que nos expurgue el aburrimiento o nos ofrezca un arte o un culto o un mito para saborear el atardecer o un libro o una película o una obra teatral o simplemente la sonrisa del objeto del deseo, de la mujer o el hombre amado. Y todo es sin tiempo porque todo es una exterioridad y el interior se convierte en una fábrica simbólica de arrecifes de significados. Y moriremos, también.

Guerra interior: un ensayo sin cabeza

Pensar en los efectos propios de la creación literaria, de la construcción de una identidad literaria, de la personalización del tejido literario, ¿no es acaso una compilación de los retazos que construyen el criterio personal y propio de los rincones, autores, obras, por las que se ha transitado? Existen los lugares comunes, las modas, las tendencias. También existen los abandonos y el exotismo, no siempre fiel al mercado. No se trata de ser un autor de culto o de retratar, en términos estéticos verbales, las aristas de experiencias convencionales o de pasajes cotidianos. Existen las escuelas también, que nutren a la personalidad literaria de un algo que define sus impulsos creativos.

En lo personal no soy una persona que haya estado fielmente adscrito, convencidamente definido, por alguna tendencia o por alguna generación o corriente. He construido un perfil sinuoso por mis obsesiones humanistas que me han hecho intentar tres licenciaturas. Me la he pasado leyendo teorías sobre la realidad y sus formas explicativas, he conocido, mayor o menormente, autores, ideas, pensamientos. Pero me he mantenido alejado de la creación y sus círculos institucionales. Desconozco las tendencias actuales y no soy parte de ningún nicho ampliamente reconocido. Escribo porque no puedo vivir sin ejercitarme en la escritura y porque no puedo concebir el mundo sin letras. ¿Qué es la escritura para mi? Es una forma, con diversos mecanismos, de traducción. Puede ser un acto explicativo, expiatorio, pero también una formulación carente de sentido. Puedo de pronto creer que escribir es mucho más que un instinto, pero no olvido que también es un don.

El problema con las escuelas, con la institucionalización de la creación literaria, es que se generan circuitos y agrupaciones, con valores morales, con criterios estéticos y estilísticos, con una especie de intelectualidad creativa orgánica. Cada quien juega el papel que desea en la sociedad. Yo considero que no está mal pedir becas para crear porque también vivimos en una época donde las oportunidades están más cercanas al mundo en general. Lo malo es que siempre sean los mismos los beneficiados ¿por qué? Porque vivimos en un tiempo conservador donde los “nuevos valores literarios”, jóvenes de entre 20 y 40 años, se han apoderado de un nicho creativo concreto. Los que no cabemos en esos nichos, los que nos mantenemos en un intento poco ortodoxo, poco convencional, por decisión propia, debemos buscar otros medios de difundir nuestras ideas, nuestras expresiones. Y es duro saber que en esta ciudad, Xalapa, existe una élite creativa a la cual medio mundo desea pertenecer y que si no perteneces a ella simplemente no existes. Eso ha pasado toda la vida y en el fondo se trata de una vivencia de la modernidad centralista, que descarta los intentos periféricos y los margina por sus rasgos, características, formas, estructuras, contenidos. Muchos creadores se dicen activistas sociales y terminan siendo los peores censuradores o los críticos más comprometidos con promover a sus amistades. Por todo eso puedo pensar que sin cabeza escribo esto, porque mi necedad no me permite ser políticamente correcto ni optar por los canales estables de una creación mansa, pagada, orgánica al sistema y el mercado culturales.

Autositios comunes

Ya paso de los 30, con la pesadumbre de lo no hecho. Escribo. Lenta la marcha de una década prima, azotada por el vendaval de la renovación generacional. Falto en las nóminas y en los registros, poco acertado en los gustos y las preferencias, erudito libresco, carezco de contacto con el presente. ¿Ciertamente? Escribo. Una letanía pesada acudió a mi alma hace 14 años casi y me enfrasqué en un bohío tétrico, tremendo y abarrotado de ausencias. Toda la vida fluyó, toda la marcha eterna prosiguió, todo estuvo ocurriendo y yo a la distancia, testimonio flácido del carnaval milenario. Desde el sótano impermeable de la evasión, no consigo mostrar ninguna de mis armas retóricas letales, porque al final la confluencia de los géneros literarios me ha derrocado. Investigo la vida y la obra de una autoridad del siglo XVIII. Me extravié en la filosofía postmoderna, en su crítica, ramplonamente, esbozando un recorrido intelectual no acontecido, heredando pugnas intelectuales de hace 30 o 40 años. Renuncié al erotismo, de Ruy Sánchez, de Bataille, al conocimiento profundo de la sensualidad humana. También olvido el existencialismo, tanto de Camus como Sartre, olvido el libro que fue novedad hace 6 o 8 años, de Kiekergaard. Mi frustración marxista persiste, perdura mi intentona de leer el Capital, sin método ni análisis. Además naufragué en los libros maternos de la intelectualidad mexicana de los años 70: Monsiváis, Paz, Aridjis, Benitez, un cúmulo de autores y obras que representan un capital cultural al que resguardo sin el más mínimo atisbo de socializar. También me dotan de sentido mis faltas lecturas de estética, de Croce por ejemplo, de autores del siglo XX, del pensamiento occidental, de mi frustración acicalada por construir un sistema de pensamiento. Escribo. Lenta la navegación de esta década, ya es 2016, me conduce a la redacción e investigación de mi autor favorito, Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, sin que logré comprender un carajillo de historia nacional, de identidad hispánica, de la ruptura y escisión entre los españoles americanos y los españoles europeos. Ni el remilgoso análisis historiográfico del criollismo me permite asomarme a otras ventanas, a otros pasajes, a otros autores. Y termine inmerso en la proyección de una biblioteca no visitada, muerta, agónica desde antes de construirse. El I Ching tampoco es visitado más. En cambio redacto este parrafito, esta prosa inservible, sin haber leído a los clásicos españoles del siglo de oro, con mi incisiva ausencia de Garcilaso de la Vega, el poeta español, y del Inca Garcilaso también, con el cargo de conciencia de las tareas lectoras de personas que me quieren y me han sugerido obras y autores. Seré un historiador postmaturo, tardío y tardado, quizá escuetamente olvidadizo de la literatura italiana del siglo XX, quizá también absorto por el texto de Buxo sobre Ungaretti y Góngora, quizá también absorto por la idealización disciplinaria de indagar en la poética de Hegel, la de Muratori, la de Boileau, para comprender mejor los sesgos y las interpretaciones. Y Vico, el gran filósofo de la historia, aparece renuente en mi addenda, finitud de autores no leídos, pero igual del XVIII Adam Smith y su Riqueza de las naciones. Todo se convierte en este discurso catártico, en esta monotonía de axiomas coagulantes, coágulo de letras, recuerdo del primer blog que logré posicionar. Mi importancia entonces me orilla a publicar dos trabajos míos, que no son mas que dos intentos: un poema y una novela, ilustrados ambos, por distintos artistas plásticos. Renuncio entonces a la infracción acomodaticia del presente. Ya cuando terminé mi tesis buscaré trabajo. Entonces quizá pueda pensar en mi libro de ensayos.

Digitalidad y conservadurismo

La lógica de la saturación explícita en el actuar digital permite una actitud que promulga un ethos conservadurista y una actualidad distemporánea actualizada ad infinitud. La historicidad que implica el acto de conservar amplía sus horizontes de acción en el conjunto institucional de entidades que promueven el acto de preservación del pasado. Pero la lógica conservadurista no se remite exclusivamente a los hechos humanos, incluye los escenarios peligrosos de los ecosistemas, la disfuncionalidad criminal, las conductas monetarias, los registros cósmicos, etcétera. Es difícil discernir entre lo nuevo y lo viejo en un universo simbólico plagado de referencias a un antes -actitud retro- sacralizado y a un hoy -presentismo- obsoleto con un mañana -futurismo- dudoso. En ese sentido, la digitalidad y sus expresiones convulsionan el rango expresivo humano y asisten a la conservación de un registro, antropocéntricamente hablando, que queda expuesto en longitudes diacrónicas insospechadas e inaccesibles, por una parte, y en una especie de refrigeración cultural, por otra, como una actitud neo y ultra tradicionalista.

Si la digitalidad incluye una formulación de apertura que disloca la realidad materialista, también conduce a callejones sin salida extremosos. La era digitalista, anacrónicamente hablando, no puede disociarse del neoliberalismo y la tecnocracia, pero, tampoco es posible asumirla como una era posthistórica sine qua non es posible argüir una neometafísica de la finitud humana de dimensiones inabarcables, replanteando el ancho y longevo problema de la infinitud y de lo eterno. Si la digitalidad funciona como argamasa constructiva de una globalidad multimillonariamenete poblada, queda deshecha cualquier vía particularista en vías de una homogeneización fragmentaria y rudimentaria de un estilo de vida homologado y franco en términos de la tecnificación cotidiana y del internet way of life. No es exclusivamente la revolución comunicativa la que está presente, sino también la inmensa pragmatización y aplicación de las teorías de la saturación de la oferta, de donde el mercado, denominado global, ofrece una gama ampliada de la experiencia humana que termina traduciéndose en actos de digitalización. Si está en internet existe, de donde el valor ontológico dentro de la neometafísica digitalista promueve a un patronazgo semántico-dialéctal de la vida, en términos de la inconmensurabilidad del medio y de la hyperdiversificación del mensaje.

Las digitalidades como fundamento de las torpezas comunicativas

Al final vivir una metafísica ultrahermeneutizada, saturante de interpretaciones, inflinge las formas simbólicas clásicas y tradicionales para dotar de sentido a entidades semiotizadas que no alcanzan a definirse por referentes estables. Si la ambientación de la digitalidad es además una escenificación de un pantallismo voraz -monetariamente lumínico- la esquematización del circuito de la comunicación es fileteado como trozo de res ante la múltiple oferta cultural. Si en el ámbito del deep way of life existe toda posibilidad de existir, traficar, adquirir o mercadear, los cúmulos temático-taxonómicos de la existencia digital, sus características oscilan, desafortunadamente, entre las tendencias moralmente aceptadas y las inmiscuidas en una sistematización ultra conservadora de la información. El meollo no es la tradición o tradiciones o su conservación sino que, en una égida movilizada a partir del boom comunicativo, los sistemas de información inciden en el comportamiento cotidiano dando paso a una tecnologización de lo cotidiano y a una des-significación de lo trascendental, ya no entendido en su dimensión religiosa sino en su capacidad de articulación del acto sorpresivo, transitado y superado. La lógica moderna abría muy bien el paso a la novedad como mecanismo de control de la información pero hoy en día las modas parecen aplastar, mucho antes que en el siglo pasado, a las tendencias reivindicativas de un ethos alterno o de un pathos lógica y moralmente cuestionable, que surca las profundas aguas del anything goes desde la cuantificación totalizante del acto inventivo llamado hiper productividad salvaje. De existir un intervalo saludable, deberíamos pensar mucho menos en la capacidad articulatoria del desquicio digitalista y considerar en cambio el abismo polisígnico del neoinvencionismo presente. La posibilidad categórica no impide, entonces, que los actos comunicativos representen islotes que en ocasiones puedan resquebrajar el acto de habla pero que también pueden oscilar de un aplanamiento simbólico a una saturación neobarroquista o incluso a una minimalista reiterativa. Sin ir más allá de las coordenadas posibles de una filosofía de las digitalidades, la metafísica digital no puede ser asumida como algo asequible, equiparable o cuantificable, y por ende cuestiona rotundamente la finitud del acto comunicativo humano y también sus posibilidades expresivas.

Digitalidad letrada y barbarie digital

La falsificación de los proyectos neoracionalistas y postneoliberales, sustentados en diversos sentidos por la égida ilustrada occidental, no inciden en absoluto en una concepción estratificada del ámbito digitalista global. ¿Cómo concebir las atmósferas de las digitalidades globales sin atender los accidentados territorios y ambigüedades que oscilan en esta neometafísica? La pregunta es mucho más un sustento derivado de un retoricismo academicista que una introspección dialógica. Pero no es discernir entre la globalidad alfabetizada y la exposición del neobarbarismo lo que acomete los lindes profundos de este atisbo de pensamiento. No es tampoco la consideración de la deep web ni mucho menos la estandarización del espionaje digital el motivo de esta estratificación digital. Es en cambio la lógica dicotómica del sentido teleológico del alfabetismo el que demarca la balanza del declive. ¿Acaso yuxtaponer las dicotomías del pensamiento de la modernidad al presente no resulta una instrumentalidad anacrónica? Vale decir que la acepción alfabétizante de la modernidad no consiste exclusivamente en la dimensión histórica del conglomerado globalizante grecolatino ni tampoco el tan pregonado triunfo del occidente sobre la faz de la tierra. Acaso la digitalidad letrada funja como una argamasa unívoca que dislocada en multilingüismos sacude las entrañas de estratos de la sociedad global diversa. Si la disyunción entre alfabetizado y subalfabetizado puede fungir como parámetro de división social, pensar en un ethos de la barbarie digital implica considerar una realización que desde el 2001, con la caída de las Torres gemelas de New York y las diversas expresiones terroristas, incluye también una estratificación social de la economía de la tetricidad humana, como vestigios fantasmagóricos del capitalismo salvaje y caníbal de nuestro hoy. Y la categorización como ejercicio de simplificación y clasificación no puede negar, entonces, que el ámbito de una barbarie digital denota un conjunto de actos, personas, instancias, derivadas de la promiscuidad monetaria, de la prostitución del lenguaje y de la vacuidad existencial traducida en fanatismo, racismo, clasismo, sexismo, entre otras modalidades del pensamiento salvaje occidental. El problema profundo estriba en la dimensión consistente de la civilización occidental, del proyecto general del desarrollo humano bajo los modelos de agendas políticamente disformes, educativamente disímiles de la referencialidad presente, económicamente explotadoras. La transformación del humano en ser dota de sentido una inmensidad de experiencias en las que la barbarie juega un papel crucial para nuestros sistemas metafísicos digitales. Barbarie sexual y narcótica, barbarie mercantil y esclavista, barbarie política y monetaria, barbarie ecológica y social, barbarie terrorista y militar, nada nuevo en su esencia y raíz sino en los renovados métodos y aproximaciones de praxis que la metafísica postdigital permite.

La digitalidad letrada en cambio se moviliza con causas, por senderos que trascienden los eventos instintivos a cambio de presencias perdurables, de transiciones vigentes en una proyección trasngeneracional, en la dimensión del areté y la paideia griegas, en tanto modalidades herederas de las distintas tradiciones socioculturales. En su dimensión temporal la transfiguración al capitalismo cultural no puede negar la dimensión letrada del cosmos digital. Los aspectos elementales del alfabetismo -subalfabetismo-transalfabetismo-hiperalfabetismo-hipoalfabetismo-disalfabetismo no se reducen a una actitud alfabetocéntrica en donde la moralidad queda despejada de la ecuación vital y comunicativa, sino que la mayor incidencia de la oralidad, en ocasiones, desfigura el alfabetismo. La digitalidad letrada entonces no consiste en una medición fiable de los patrones de conducta alfabéticos, sino en una composición multiestratificada de la población alfabéticamente activa en la metafísica postdigital. La valoración negativa de la barbarie y la valoración positiva del alfabetismo son herencias ilustradas occidentales. El presente polisaturado y multifacético, sin considerar las dimensiones audiovisuales de las expresiones contemporáneas, debería describirse como una teatralidad que surca los caminos infinitos de la existencia introspectiva para comunicar al exterior los hallazgos, fortuitos o no, de la distopía del presentismo.

Compaginación existente ¿un abismo temporal?

Explorar el siglo XVIII como una melomanía exploratoria de las sinuosidades de cualquier autor clásico es una especie de impulso que se cierne a través de un lectura un tanto desfasada de ciertos autores postmodernos. Es también una retroflexión de una vivencia académica que se ha prolongado a través de los años y las disciplinas. Si hace casi 4 años me autodenominaba como un indigente académico, hoy en día que me voy convirtiendo en historiador distingo con claridad los niveles y grados de análisis de la realidad que aportan las disciplinas. Todo esto es también la bestialidad de mi capricho por conocer el pensamiento occidental ilustrado en varias de sus modalidades, situación adversa en la medida que todo se reduce a un intento de traducción cultural. En términos de los actos, investigativos y creativos, es indisociable mi cercanía al siglo XVIII de mi experiencia vital y desde la propia inconsciencia mía de este hecho. No sólo es haber llegado de forma invertida al siglo, es decir con Mozart en mi adolescencia, sino atravesarlo, lo que me permitiría comprender un cierto espíritu de época. Y voy juntando libros, noticias, pero el mundo especializado de la República de los datos me juega malas pasadas.

Alpha 1. verbum

Ambigua la tendencia del trayecto de los días, no es tampoco mi escaso cuidado corporal y físico o mi tabaquismo aquello que denota mi actitud fulminante frente al conocimiento. Hay más de un poema de los que compongo en el aire que hablan de mi obsesión por conocer. Se trataría de adentrarse en el laberinto de la eternidad, quizá también de leer a Borges y un sin número de autores del siglo XX, acompañados de la lectura de Hobsbawn y su siglo XX corto. Es también otro adentrarse en un espíritu, una exploración y acto investigativo propio de una temporalidad diferente, la del siglo XX. Y en medio quedaría el presente, o tiempo sincrónico, y el siglo XIX, apoyo indudable de la cronología causal. Pero mi teleología, dudosa por donde se vea, es también un acto que tiende a un nihilismo estupefaciente, adormecedor, de un espíritu narcótico (narkotischengeist) dejando que el conducto del entretenimiento y el proyecto incompleto e inefectivo de la modernidad cultural ejerzan su fuerza de contracción. El universo polidimensional de una teoría cuántica no es impronta para mi, no lo es tampoco el pensamiento científico, al que atribuyo las desgracias de las monjas en un excursión donde 6 de ellas murieron al caer a un barranco. Más que un cúmulo retórico de conjugaciones y axiomas dudosos, inválidos veritativamente, dentro de mi se extingue el deseo de confabulación en términos de componer un futuro simétrico y redondo. Se trata por tanto de dos espíritus diferentes, el del siglo XX y el del siglo XVIII, mediados por el espíritu narcótico, adormecido, embebido y embelesado por el anything goes, por la postmodern way of interpretation, que me asume en conflicto con el hyper relativismo. Longitudinalmente la vida me exige definir y delimitar, pero termino sumido en los circunloquios de la mitografía racionalista occidental.

Alpha 2. res

Mi taller han sido las universidades públicas, especialmente ensayísticamente. Pero mantengo un perfil polígrafo, inusual y extraño en cuanto a la especialización saturante. Mantengo proyectos creativos como este sitio donde intento alimentar la llama de la creatividad, pero no puedo desprenderme de la dosis de intelectualidad que a ratos me falla. También mis textos más firmes absorben una cierta solemnidad fatua, artificial, dudosa. En cambio, el lado irónico e irreverente me sale en ocasiones pero no lo exploro del todo porque me hostiga el ímpetu de mantener un perfil decente de mis escritos. ¿Hago literatura? No puedo desistir de esa pregunta como no puedo negar mi precariedad como figura pública, mi inconsistencia como hombre de relaciones públicas. Tengo por lo menos 2 libros de ensayos en el cajón, un novela ilustrada, y quizá otros 3 libros de poesía. Mi técnica se ha visto desmantelada por los estilos neoclásicos hispánicos y por mi afán de sostener un estilo intelectualista, una retórica que piensa, que opina, intraducible a instancias certeras en términos de referentes. Escribo desde la  mix machine mental que me convoco por los muros de textos y autores caducos, conservadores, fallidos, donde no puedo evitar asomarme a los puntos de ideas ya pasadas, ya muertas, ya fuera de orden, incluyendo el pensamiento teórico y filosófico. Todo con una dosis bastante alta de conductismo lingüístico y ya con todas la carencias de un psicoanálisis social también caduco y estéril.

Alpha 3. cognitio

Los andamios de mi indigencia académica se fraguaron en distintas disciplinas y especialidades: antropología, sobre todo estructural y cultural estadounidense, lingüística, filosofía del lenguaje, semántica y toques de crítica literaria, historia, etnografía, psicoanálisis, orientalismo, filosofía. El perfil idóneo se tradujo a partir de vivencias cercanas del sistema educativo superior mexicano, desde centros bastante reconocidos y con acciones claras: participación en congresos, presentaciones públicas, escuchando conferencias magistrales, obteniendo por lo común excelentes resultados. En 2010 también se apoyó con cargos de ayudantías de investigación hasta el día de hoy y realizando trabajos académicos importantes que se tradujeron a su vez en becas. Dejar de ser un indigente académico ha sido el tránsito de la disgregación disciplinar a la institucionalización y profesionalización institucionalizada. Estoy a unos pasos de culminar este proceso, si no se atraviesa nada grave en mi camino.

Alpha 4. Finitum

Mas escribo por gusto, por pasión, por vocación, por impulso, por deseo. Conozco y aprendo por gusto, por interés, por deseo. Acepto la finitud de mis interpretaciones, la estreches de mis sistemas de pensamiento, el colapsado ambiente mental y cognitivo que ostento. En detrimento de la edad puedo decir que tengo 34 años y no estoy doctorado. Puedo decir que he escrito más de lo que he leído y que no conozco los cánones ni las tradiciones oficialmente instituidas de ninguna parte. Tengo una inmensa deuda conmigo mismo, seguir construyendo un perfil personal que combine autenticidad, originalidad y creación.

Los libros, la comida, el cigarrillo

No puedo desligar mi pensamiento de una reflexión sobre el tabaco y la modernidad occidental, no sólo en la dimensión simbólica sino también en su influjo significativo como aditamento cultural, como fetiche de elegancia, como representación de alcurnia, prestigio y distinción. Pero el cigarrillo, el tabaco, la cultura del tabaquismo en la modernidad, es mucho más que una simple causa de las políticas antitabaco, mucho más que el acto generador de la investigación oncológica, mucho más que un ritual caduco hoy en día. ¿Por qué no pensar en la triada libros-comida-cigarrillo, como un triángulo cultural? De existir una modernidad tabaquista no podría disociarse del acto gastronómico y culinario, del acto de la ingesta de alimentos, al menos en la medida de la función digestiva del tabaco. El acto del tabaquismo iría adherido al ritual de la comida, como un epígono natural, como una conclusión ad hoc en términos del reposo digestivo. Si bien no sería exclusivo del tabaco un sitio de distinción en este terreno, pensando por ejemplo en su complemento natural que es el alcohol en sus diversas presentaciones, la comida y su finalización abren la ruta del fumar, del degustar un humito, del encender un cigarrillo en vías de socializar. La función del tabaco, que ahora es sustituida por otras instancias, era la de promover la socialización entre las personas, especialmente adultas, considerando que era deseable fumar como un hábito promovido desde esa modernidad postindustrial en donde el humo, indisociable de la máquina, era un signo de avance, de progreso, de refinamiento, de poder.

En otro extremo localizar a los libros, en tanto objetos privilegiados del conocimiento en la sociedad de la modernidad postindustrial, implica también valorar las tendencias comunicativas de la intelectualidad y la farándula del pensamiento, también vinculada nítidamente al consumo de tabaco. Los libros, en tanto objetos intelectuales naturales, igualmente promovían un cierto tipo social de hombre y mujer que fumaba. Escritores, historiadores, antropólogos, sociólogos, científicos sociales, humanistas, filósofos, en su mayoría eran los que mantenían un vinculo emocional y afectivo con el cigarrillo, con el tabaco y el acto de fumar, como medios de socialización, nuevamente, pero esta vez de las ideas, las investigaciones y los avances del conocimiento. No es extraño ver en intelectuales y profesores de la década del 40 del siglo XX un habano o un cigarrillo. Fumar representaba una forma de tener estatus y de mantener protocolos y ritos de socialización.

Pero el dicho mexicano no puede estar equivocado. después de un taco un buen tabaco.  Así, los libros, la comida, los cigarrillos fueron parte de una época donde no existían las posibilidades comunicativas saturantes y saturadas, donde la oferta cultural estaba definida por medios masivos de comunicación que no alcanzaban a una totalidad tan amplia y abarcadora, en diversidad temática, como la presente. Tabaco, intelectualidad y comida: una triada cultural de la modernidad postindustrial, podría versar el título de un artículo donde sería problematizada la relación entre un acto fisiológico, comer, un acto mental, la lectura, y un acto de entretenimiento, fumar.

 

Fui merecedor del primer lugar del concurso de ensayo histórico de la Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana

El día de hoy me han notificado que fui merecedor del primer lugar del primer concurso de ensayo histórico convocado por la Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana el pasado mes de agosto. El aviso lo recibí por parte del director de la facultad, conmoviéndome de inmediato y asimilando la alegría de haber mandado mi trabajo, aún con todas las dudas de hacerlo. El trabajo que envíe se titula “La poética de Ignacio de Luzán en los orígenes culturales del México independiente: un vínculo intelectual trasatlántico en la formación de la República de las letras mexicana, 1805-1812″. Rumores extra oficiales parecen indicar que la premiación se desarrollará la siguiente semana, aunque falta una confirmación oficial.  La novedad implica un epígono en el esfuerzo constante de superación académica personal, muy incrementado este año con diversos resultados, entre ellos la participación en el IV Encuentro Internacional de AHILA 2015 en el puerto de Veracruz, la presencia como becario en el Verano de Investigación Científica de la Academia Mexicana de Ciencias, desarrollando trabajos con el Dr. Carlos Sola Ayape, y la exposición de una ponencia en el pasado XXXIV Encuentro Nacional de Estudiantes de Historia, desarrollado en la Ciudad de México los últimos días del mes de octubre. Los frutos cosechados a lo largo de este ciclo vital, además de nutrir mi curriculum, me hacen distinguir un nicho de investigación original, el cual estoy desarrollando, explorando y ensanchando. En vías de rematar el proceso de mis estudios de licenciatura, también el pasado lunes hice entrega de mis últimos trabajos y ahora me encuentro desarrollando mi trabajo de tesis, ya con un primer capítulo concluido.

Gracias a la audiencia por sus visitas, comentarios y sugerencias.

Un saludo cordial.

Fin del comunicado.

 

Romulaizer Pardo

Soy de una era tecnológica distemporánea

Mi mazmorra son los libros, los pensamientos, las ideas. Mazmorra de luz, lúgubre tenebra luminosa, fulminante, antípoda de la luz de las pantallas. Encripto fonémas y compongo falsos latinismos desde mi precariedad verbal: nihilo cognitio res lumine. Prefiguro esfuerzos banales, con el apego de ancestros que naufragaron por el cáncer. Remilgoso recuerdo a los sínodos del episcopado global y compongo altares ensombrecidos por el tiritar de los astros perdidos: los hombres de letras que configuran el mapa existencial de mi laberinto mental. ¿Mentalista? Indago los bordes y linderos del cretinismo nacional mexicano, impelo al cretino nacional mexicano como tipo social de nuestra incondición postmoderna, de nuestro ímpetu neoliberalista. Desde la anacronía esperpéntica de la hoja de papel cabalgo los soporíferos trances del auge libresco, de la página impresa: no tengo libros personales impresos, tengo un montón de escritos sin editar. Movilizado por los pensamientos síncopa de mi teatralidad escueta, de mi ramplonismo lingüístico, de mi esquemática retóricidad anglofílica, estoy aquí, en esta fase posterior al auge tecnológico, y respiro, camino, veo, me extravío en las sombras de luz que proyectan infinitos micro cosmos. Andante, embalsamo los torrentes sanguíneos del azar, que me impelen a conferir asuntos innecesarios a sentencias imposibles. Aquí espero un atardecer de otoño para morir, mientras denuncian mis crímenes en el ágora global.

Hace unos años me denominada indigente académico

Leo apenas los problemas de esencializar al momento de emprender algún estudio. También existen riesgos a la hora de generalizar. Las dificultades para establecer un método en vías de construir conocimiento, del tipo que sea, es uno de los retos disciplinares más auténticos. Me encuentro escribiendo una ponencia para un congreso de estudiantes de historia y no pude evitar aseverar que existe una epistemología de la modernidad industrial. Quizá desde mi lectura de Lyotard, ya ahora caduca, no puedo sino asumir que el giro interpretativo estaba de mi lado, para mal. No podría establecer nítidamente una certeza o un conjunto de certezas espitemológicas. Podría más bien mencionar las rutas de autores que he seguido, parcialmente. Digamos que en lo profundo he perdido el ímpetu y la temeridad intelectual. ¿Epistemología? Posibilidad de teoría del conocimiento. Pensé que escribí una novela epistemológico-pornográfica, de corte fantástico. Pero entender los mecanismos mediante los cuales se construye el conocimiento, no sólo desde los principios cartesianos del cogito ergo sum, ni tampoco desde el determinismo existencialista, implicaría para mi leer todo lo que he postergado. Dentro de lo que sí me he movido es dentro de la lógica de las ciencias sociales y las humanidades, más apto para las segundas que para las primeras. Recuerdo entonces el juego dicotómico de las ciencias del espíritu y las ciencias de la naturaleza de Dilthey. Sólo podría agregar que he intentado varias veces incursionar en Las palabras y las cosas de Michel Foucault, sin éxito alguno. ¿De dónde provienen entonces mis capacidades interpretativas? Quizá cuando estudiaba antropología y leí La descripción densa de Clifford Geertz logré interiorizar, en el sentido vigotskiano, la concepción semiótico-discursiva de la cultura. El curso lo daba Margarita Zárate en la Universidad Autónoma Metropolitana. Y ahora, después de 14 años, que estoy emprendiendo mi tesis de licenciatura y leo a Roger Chartier y a Robert Darnton o a Peter Burke, me doy cuenta de que mis logoestructuraitineriarios académicos han entorpecido mis posibilidades analíticas. Chartier, Darnton y Burke se la pasan hablando del giro lingüístico, de la historia cultural, que bebió de la antropología simbólica postmoderna norteamericana, especialmente de las posturas de Clifford Geertz y su texto mencionado anteriormente. Y en el intervalo entre Geertz y los historiadores culturales, nada menos que la lingüística estructural: Saussure, Greimas, Barthes, Todorov.

Pero no Foucault.

Las coordenadas longitudinales, geoambientales, de la intelectualidad del siglo XX, del escolasticismo de la espitheme de la modernidad industrial -recordando por completo el intento fallido de leer a Touraine y su Sociedad post-industrial– invoca nitidamente los acomplejamientos personales, las búsquedas mal hechas, los aprendizajes saboteados por episodios de psicotización drogadictiva, es más, el escueto y simplón acto esencialista y generalizador que moviliza mi método constructivo epistemológico humano. Es una muchedumbre de ausencias mis itinerario hasta ahora seguido. No olvido, sin embargo, que los más cerca que estuve de conocer y estudiar el presente, este presente global postdigital, fue cuando estudiaba antropología y me acercaba peligrosamente a la antropología simbólica.
Mis experiencias académicas hasta ahora, me han permitido notar que las distinciones nacionales, de las distintas escuelas del pensamiento, son contempladas, asumidas, ejercidas, practicadas, toleradas, sentenciadas, compartidas, escrutadas, distintivamente según cada disciplina. Y no es raro, además, pensar en el impulso del estado postrevolucionario mexicano y sus proyectos educativos durante el siglo XX, por lo menos hasta los gobiernos neoliberales iniciados por Miguel de la Madrid en 1982, siempre que se trata de un motor que impulsó la presencia, significación, transformación, consolidación y efervescencia de ciertas disciplinas, de ciertos conocimientos, para distintos proyectos sociales. Sin duda, las migajas de las escuelas intelectuales que he conocido, sobre todo la norteamericana de antropología cultural, la francesa de estructuralismo -sociológico,antropológico, literario y lingüístico, la alemana de psicoanálisis, la española de literatura e historia, y la latinoamericana -de literatura, historia y sociedad-, no han hecho más que ennegrecer mis facultades argumentativas, aunado a las duras y extendidas temporadas de consumo de Chaotism machinedrogas, sobre todo alucinógenas, que derivaron, prácticamente siempre, en brotes psicóticos: hongos alucinógenos, floripondio, peyote, ácido lisérgico, marihuana, alcohol en exceso y de distintos tipos, cocaína, crack, aire comprimido, insecticida, éxtasis (pocas veces), y quizá algunas otras substancias que he olvidado. Entre la claridad, la disciplina, y el desorden, el caos, ha transitado mi pensamiento. Entre la luz y la negrura, entre la paz y la guerra, entre la cima y la cresta, entre el cielo y la ultratumba, mi ideario, mis autores, mis predilecciones, mis filias y fobias, mis tendencias, mis arbitrariedades lectoras, intelectuales. Y omito la filosofía, rotundamente, porque al final de cuentas mi humanismo, postdigital, no desea ser más pretencioso de lo que en este escrito ha sido.

Sobre cierta actitud burguesa

Por lo poco que entiendo, una persona burguesa es aquella que tiene los recursos económicos suficientes para subsistir y para desarrollar alguna otra actividad con ellos. Recuerdo que las clases de historia de la secundaria hablaban de los inicios de la burguesía en los gremios y centros de trabajo artesanal que proliferaron en la última etapa del período denominado feudalismo. Si mal no recuerdo, el nombre de burgués proviene del de Burgos, centros urbanos próximos a los castillos, que gozaban de un intercambio mercantil y una abundante vida económica. Pero a decir verdad, mis días en la secundaria al igual que las épocas feudales, hoy son cuentos concernientes a la historia pasada. Lo importante es que en estos momentos quiero recuperar algo de lo que pude aprender en esos salones, sobre aquellas lejanas situaciones, para poder decir que a un burgués no le falta la pasta, la plata, la lana, el capital, el dinero, por llamar de alguna manera, a lo que caracteriza según mis pocos conocimientos a un burgués. En este sentido, creo que el tener o no tener los recursos para subsistir, es en primera instancia una gran diferencia. Por ejemplo, pienso que un burgués puede verse en la comodidad de no trabajar para poder comer, mientras que alguna otra persona, es decir una que no sea burguesa, se ve obligado a trabajar diariamente para comer. Si las cosas van funcionando, el burgués encuentra que en tanto tenga el recurso monetario para vivir, deberá dedicar su tiempo a alguna otra cosa que la de trabajar para conseguir dicho sustento, lo cual le permite encontrar en el mundo un nuevo y enriquecido rango de experiencias. Seré más concreto al decir que alguien que se ve en la obligación de trabajar para comer día a día, se ve amenazado constantemente por distintas situaciones. En principio tiene que salir a buscar un trabajo, en donde pueda desempeñarse, donde además reciba el dinero que requiere para comer él y su familia, verse en la necesidad de soportar cosas desagradables –quizás abusos, jornadas extensas y abrumadoras labores, permitir que se le restrinja mediante su trabajo a hacer tal o cual cosa, hacer todo lo posible por lograr que haya sustento.

Desde aquí, es posible ver claramente la posibilidad que se le abre a un burgués con respecto a otro que no lo sea. Simplemente en cuestión de tiempo, el que no tiene que trabajar tiene más tiempo para hacer lo que se le ocurra, siempre y cuando no se vea obligado a tener que trabajar. Quizás pueda ser repetitivo o quizás parezca ignorante, pero en lo que respecta a la persona burguesa, es posible ver que las posibilidades de su vida en cuestión de tiempo, están insertas en el ámbito de sus posibilidades imaginativas.

Ahora, es importante decir que alguien con estas características deberá buscar en su experiencia vital, algún significado o parámetro que le confiera importancia a su vida. Esta situación tiene que ver con otro de los conocimientos que me fueron adquiridos en la secundaria, pues recuerdo que la aparición de la burguesía esta asociado a la época del renacimiento, tiempo en el cual la figura de dios, como única expresión significativa y de validez para la vida, deja de ser concebida como tal. Puedo estar equivocado, pero la aparición de la burguesía tiene que ver con el problema que se vive en el mundo monárquico, un mundo en descomposición, corrupto, burocrático, simplemente un mundo que se estancaba, solo para darle paso a las nuevas ideas y tendencias de la vida de aquellos tiempos. Estoy pensando que el mercantilismo ayudo al crecimiento de la burguesía, luego el descubrimiento de América permitió modificar ciertas concepciones sobre la tierra, los avances hacía el modelo científico permitieron que se iniciara una revolución intelectual, la cual tenía por objetivo, desfigurar la hegemonía que la Iglesia ostentaba dentro de la vida en general. Así la iglesia y la monarquía, tenían un destino común ante sus predecesores, la ciencia y la burguesía. A grandes rasgos fue algo así.

El hecho trascendente es que la condición burguesa esta desligada en mucho de la vida religiosa. Los intereses del burgués pueden ser un buen tema a tratar, aunque sus habilidades giran en torno a funciones mercantiles, bancarias, intelectuales, artísticas, entre otras posibilidades. Es muy posible que este equivocado, pero es la condición burguesa una situación que desde cierta óptica permite desarrollar esta clase de actividades.

En la situación actual, año 2004, mes de julio, día 26, ser un burgues es también un signo de ser alguien que puede hacer cierto tipo de cosas, entre ellas, ir al cine, comprar zapatos nuevos, tener un coche, una linda chamarra y novia, ir al café y leer determinada revista. De alguna manera, la burguesía le dio al mundo bastante de que hablar, le brindo la oportunidad de descubrir muchas cosas y en su momento fue la alternativa a un modo de vida obsoleto. Hoy ser burgués es también algo obsoleto, pues hablar de eso es hablar de lo que ocurrió en el siglo XVIII. Pero de todas formas, ser burgués es ser algo determinado, vivir de una manera, pensar y decir ciertas cosas, expresarse y conducirte con lo que esa condición te permite.

Lo cierto es que después de la revolución industrial del siglo XIX, la burguesía cedió su lugar a la clase capitalista, con lo cual el cuento se vuelve más complicado, pues mi memoria apenas registra algo de esos tiempos. El problema después de haberse desterrado a los reyes y sometido a las reglas del pueblo, fue que los que tenían recursos monetarios comenzaron a aprovechar los recursos científicos para desarrollar técnicas para producir lo que antes hacían a mano en máquinas. Pero bueno, el problema verdadero fue que unos cuantos tenían el control de lo que se vendía y otros eran explotados para que eso fuera así. No recuerdo mucho, solo que el ser un capitalista, es en alguna forma, el ser un burgués desarrollado. En fin, los caminos de la historia son complejos e intrincados, difíciles y laboriosos, están llenos de caminos y de surcos por donde el pensamiento puede transitar. No es aquí el lugar ni el momento para recorrer esos interesantes caminos.

Ahora pensemos en lo que puede caracterizar a un burgués en el siglo XXI. Como bien dije anteriormente, alguien que no tiene la necesidad de trabajar puede ser un burgués, pero no todos los burgueses no trabajan. Por el contrario, creo que el ser un buen burgués implica ser trabajador, y ser un mal burgués implica no serlo. Esto claro puede estar en tela de juicio como todo lo que he venido diciendo, pero en este caso el ser o no ser un buen burgués es otro problema.

Si partimos de que ser un burgués es no tener la necesidad de trabajar porque se tiene el sustento garantizado, entonces puedo decir que el burgués usa su tiempo en otra cosa. Debemos partir también de que alguien burgués es una persona que tiene una experiencia intelectual por arriba a la de la población media, por ser el plano educativo uno de los beneficiados de los excedentes monetarios. La educación será una buena inversión para alguien que tiene dinero y sabe en que usarlo. Siendo entonces el burgués alguien adiestrado en las artes mercantiles, en el aprovechamiento del dinero como resultado del trabajo, en el préstamo y cobro de cantidades monetarias, es en una palabra una persona especialista en dinero. De aquí que sus creencias estén basadas en el dinero, en como invertirlo, hacerlo crecer, darle vida y movilidad, en fin, hacer que ese papel o pedazo de metal, circule, cambie de manos, de destino, de lugar. Así el burgués del siglo XXI va al café, fuma cigarros Camel y se monta en un Ford Fiesta o K. Se dedica a buscar en la cartelera del cine la nueva película de Hollywood, contestar su teléfono Nokia o Sony-Ericson. Navega por Internet en busca información para llevar una dieta, o conocer las técnicas sexuales que proporcionan más placer, o saber sobre depresión, o llegar al Chat para conocer a alguna chava de Puerto Rico o Venezuela. Se encuentra en un mundo en donde el dinero le abre las puertas para que el se encargue de consumir lo que le plasca. Pero también es cierto que en estos días, ser burgués resulta muy costoso, por eso hace falta ser un buen burgués. Aprender que hay que trabajar, tener ganancias, aprovechar el tiempo, darle sentido a cada acción del día. Hay que elegir, optimizar, dar prioridad a tal o cual acción, hacer que la vida sea vertiginosa, acelerada, presto, presto. Así la agilidad es una de las características de lo que se puede comenzar a denominar un burgués postmoderno. Eso es por principio algo que se debe llevar de la mano de la versatilidad. Hay que saber de deporte, de mecánica, de informática, sobre todo, hay que saber de entretenimiento. Eso si, quien es quien, cual es el nombre de ese actor y cuáles son sus películas, saber quien hizo la telenovela más radical de la televisión, conocer al grupo de moda y tararear la letra de su último Hit por cada minuto que se haga de abdominales o lagartijas. Hablar un poco de política o economía, por lo menos saber distinguir entre las dos. Es preciso y necesario hablar dos idiomas por lo menos, si no eres bilingüe no se te ocurra intervenir en la vida burguesa. Debes por principio saber entender que el mundo esta lleno de personas, que tienen distintos idiomas, que tienen distintas historias, que son distintos a ti. Una vez que pudiste aprender que dos y dos son cuatro, debes aprender a decir Hello, Bonjour, Chao o algún otro modismo extranjero. Tampoco esta de más aprender los modismos locales para que así logres ese eclecticismo lingüístico que caracteriza al buen burgués del siglo XXI. Eso te servirá para escuchar música de otros lugares, saber que tienes la oportunidad de llegar hasta ellos, intercambiar puntos de vista con personas que son distintas a ti por el simple hecho de que han vivido cosas distintas a las que tu viviste, pero sin espantarse, hay estructuras, hay semejanzas, hay en común mucho, por eso se necesita conocer algo más que la lengua materna para interactuar de manera más o menos competente. De ahí que se entienda que un burgués debe no solo ser versátil y ágil, debe también tener criterio y ponerse de acuerdo con los discursos que lo avalan. Para estos días la miseria del mundo es demasiada, así que yo, burgués postmoderno, haré un movimiento para que se cambie la situación de los niños que tienen cáncer. Los pobres se van a morir de todas formas, así que yo les ayudo y de paso me ayudo a crearme una imagen. Esa es otra característica de este emblemático personaje. Necesita tener una imagen que mostrar ante todos, demostrar además que lucha por tener esa imagen, que le interesa verse así, que le gusta además porque le permite conseguir a la muchacha más rica y apetitosa del grupo burgués. Por eso esta cinco horas a la semana de mínimo en el Gym, haciendo pesas, comprobando las leyes de Newton, viendo como el espejo le va diciendo lo guapo, fornido y asquerosamente atractivo que se ve. –Me das asco, cada día estas más bueno, le dice su ego al burgués que se empeña por realizarse y realizar el acto sexual cuanto antes, pero eso si, de la manera correcta, primero somos novios, luego cogemos y después las cosas se olvidaran. Por eso al burgués de estos tiempos le hace falta tener esa imaginaria mascará todo el tiempo, busca decir las cosas de la manera correcta, ser parte del movimiento indigenista, tener un condón siempre listo, por aquello de que llegue el nuevo amor de su vida la noche menos pensada y después de eso, no saber quien fue la pobre inocente que fue a dar con aquel engendro devorador de virginidades. Entonces otra característica de este personaje es la de su frialdad. Calcula sus movimientos, sus palabras, para que sus pensamientos se mantengan ejercitados mientras sus acciones vayan ocultando a los demás las intenciones que se comienzan a maquinar con el primer aliento de la mañana. Sin importar la ideología, la frialdad se apodera del rostro, lo hace coquetear con la chica que se encontró en el antro, la empalaga, le hace ver su propia hermosura en ella, materializa sus propios rasgos para halagar a la incauta que esta por ser engullida por el tremendo macho. Aunque el caso de la mujer burguesa del siglo XXI es por demás fascinante y producirá encuentros cercanos del primero, segundo y tercer tipo, esta por demás decir que las características antes descritas son válidas también para ella.

Ágil, versátil, superficial, frívolo y sexista, son las características que le atribuyo a este burgués postmoderno. De todas las que se han enunciado hasta aquí habrá algunas de mayor interés que otras, pero de las que están por venir, la más importante es que el burgués sea consciente de su condición burguesa, lo cual le permite tener ciertos atributos que le distinguen. Volviendo un poco en la historia, me parece que una característica del ascenso de la burguesía al poder es precisamente la ruptura que hay en el seno del clero. Aunado a esto, la vida del siglo XVIII particularmente pone un énfasis en dos cuestiones: la primera es la de una aristocracia que se encarga de administrar las tierras de cultivo, por un lado, y por el otro, la creciente burguesía que apoderada de la situación económica, empieza a tener el deseo de ser ella misma la que tenga el poder del estado, del gobierno y sus formas de expresión. Esta ultima situación pone de relieve que la consciencia burguesa es un factor trascendente de su clase.

Adentrándome en los terrenos prohibidos de la insinuación, la consciencia burguesa del siglo XXI estriba en problemas ambientales, discusiones bélicas en torno a la paz, diferencias étnicas y de racismo en pro de la tolerancia, ideologías izquierdistas en contra del sistema hegemónico, por demás debates de distintas dimensiones y profundidades. Por ahí escuche el término hippie-yuppie que denota claramente lo que es ser un burgués postmoderno. Quizás lo más sugerente de la cuestión burguesa del siglo XXI sea la intelectualidad de dicha clase. A pesar de que hoy la teoría de las clases sociales es fácilmente refutable, prevalece por el simple hecho de que los factores económicos permiten que así sea.

Ahora bien, no quiero hacer pensar al lector que estas características sean rotundas ni únicas de las formas burguesas que aquí se manifiestan. Cabe hacer la aclaración que de la inmensa mezcla cultural que prevalece hoy en día, estas características encajan perfectamente en distintos niveles de comprensión social. Esto por decirlo de un modo, es mero entretenimiento. Lo cierto es que dichas características son solo atributos de lo que se puede encontrar en esta supuesta burguesía de los tiempos informáticos.

Hace falta hablar de otra característica importante en esta lista, a decir verdad la que se refiere a la seguridad que el dinero proporciona en un plano más elevado que el material. La costumbre de enaltecer las acciones que se prestan en una situación como la arriba mencionada traen a colación el hecho de la seguridad personal, el valor en un sentido principal, que se desprende de la capacidad de pensar y vivir con las necesidades primordiales satisfechas. Así en el mundo versátil y cambiante en que vivimos, la toma de decisiones es de suma importancia. De ahí que se requiera de los individuos la capacidad para tomar decisiones de manera eficaz, constante y ante todo, rápida. Tengo aquí otra cualidad del burgués postmoderno, pues ante la necesaria situación de solucionar las cosas que le aquejan (característica universal del ser humano), se ve involucrado en circunstancias y actuaciones que le permiten llevar a cabo el arte de decidir. Ya sea por experiencias pasadas acumuladas, ya por sus valoraciones personales y/o grupales, el joven burgués se encuentra repleto de decisiones día con día. Lo cierto es que el hecho de ser burgués le permite ampliar el rango de posibilidades a elegir, en donde se pueden encontrar cosas tales como que coche se va a usar, que tipo de música se escuchará en su cuarto, que periódico esta de moda leer, cuantos pantalones de marca hay que comprar en la tienda que esta de barata, en fin, hay muchas situaciones que se pueden enumerar aquí. Lo importante es saber que este personaje se desenvuelve en distintos niveles, de diversas formas y que la transformación de sus necesidades primordiales –resueltas de ante mano, lo llevan a tener conductas que le hacen crear y establecer necesidades de otra índole. Esta situación en torno a las necesidades le es casi única, aunque las dos primeras se pueden ver en distintos estratos sociales.

¿Cuál sería entonces la caracterización de este burgués? ¿Qué parámetros se pueden establecer para denominarlo como tal? El diccionario responde así: Burgués: persona acomodada. Simplemente hace falta ver que lo que pretendo al escribir esto no es conocer algo particular, mis intenciones son más en la dirección de describir y lograr definir lo que aquí se trata. Por eso el título busca acotar en cierto sentido al pretenderse hablar sólo sobre cierta actitud burguesa. Esto quiere decir que es algo que esta enmarcado en dos cosas: lo que pueda significar ser un burgués, y que sea específicamente cierta actitud, en ningún caso algo general o científico.

Las buenas distorsiones

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El blanco y negro fue una innovación visual en la fotografía y el cine. Bueno, es evidente que la realidad planteaba una disyuntiva estética, pero mucho más allá de eso pensemos: ¿qué hace que una distorsión sea buena? No podemos constatar una epistemología clásica ni tampoco una teoría del conocimiento inherente a la materialidad humana. Es más, vivimos la desigualdad estética por todos los frentes. ¿Y qué importan las barbies del porno? Parece que un arcoirís dice más que una nevada, pero no es así, porque si volvemos a la idea de una epistemología posmoderna, donde la relatividad interpretativa es longitudinal y transversal, el monismo estético se convierte en una alternativa tautológica. Pero el blanco y el negro fueron revolucionarios en un momento, igual que la burguesía. En fin, es sólo un rollo perdido del mar seco (mi mar seco, ósea yo). Olvidemos las retaguardias artísticas.

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