El ethos de la digitalidad: unidad y diversidad

Cuando nos aproximamos filosóficamente a un estado de cosas, a una sensibilidad, podemos planear una suposición a priori desde la conjunción predominante en los sistemas del pensamiento, los cuales conducen, invariablemente, al problema de la unidad y la diversidad. Desde mi trinchera, raquítica de un sistema filosófico coherente, desde mi nulidad, embebida por el trauma de la modernidad, componer la reflexión del ethos digital, me acerca a una valoración incipiente, superflua y contingente, de la esfericidad en la que se movilizan los campos propios del acto digital. No se trata exclusivamente de una acción comunicativa, en el sentido del circuito de Jakobson y posteriores, ni tampoco exclusivamente en la ley de la oferta y la demanda, así como tampoco puede evadirse el acto de lectura alfabética e interpretativa, del conjunto de la esfericidad del ethos de la digitalidad.

Profusamente la digitalidad envuelve una condición per se, la comunicativa, pero también inmiscuye per se su condición antropocéntrica: el anclaje semántico, actitudinal y comunicativo de la digitalidad es indisociable de la existencia humana. Así mismo, este ethos digital está premiado por una conducción pro conservadora en distintos niveles: histórica-documental, biológica (zoológica y botánica principalmente), artística (en la dimensión de la totalidad de obras creadas bajo modelos estéticos), política (gubernamental, de contestación social, inclusive de organización comunitaria), entre las formas de conservación más importantes (sin olvidar por supuesto la patrimonial y la audiovisual como instrumentación de conductas heredadas del siglo XX). Estos impulsos conservaduristas se inscriben también en la égida de una economía global de los significantes, en la taxonomía polisaturada del universo humano en toda su extensión. La concepción antropocéntrica y metafísica de la digitalidad impele a una metanaturaleza, a un ethos que se involucra, desde el valor de uso de la obsolescencia y del valor de cambio de la omnilocalización, con los ideales infértiles de la conquista tecnológica, desde la predominancia axiomática de la asepsia y la sanidad.

Por otra parte, el ethos de la digitalidad absorbe las contradicciones inherentes a una modernidad caduca, tardía y pronta, en sus modelos cognitivos, a la interpretación falaz, subjetivista, del posmodernismo occidental. No obstante la cristalización del estrepitoso deambular de los actos digitales legales, también el ethos digital se instaura en la contradicción totalizadora entre civilización y barbarie, fungiendo, irrestrictamente, como vehículo y canal tanto de los esfuerzos sociales políticamente correctos, como de los intentos criminales (en su diversidad de facetas), que amplían sus circuitos de vinculación a través de una instauración subterránea (como la deep web por ejemplo) de las prácticas digitalistas. La lógica dicotómica entre criminalidad/legalidad, constituye, por sí misma, uno de los pilares del ethos digital.

Finalmente, este ethos, inabarcable, polisaturado, difuso y gaseoso, en su nivel ideológico y creativo, es nitidamente una prolongación vigente de la querella entre antiguos y modernos, o del conflicto entre el perdurar ortodoxo de lo tradicional y la revocación instantánea de la novedad. No debemos olvidar, tampoco, que en esa medida lo tradicional, la tradición, se finca en un conjunto de valores (en ocasiones nacionales, pero también religiosos, políticos, sociales, folklóricos, culturales, etcétera), y que por tanto la dialéctica entre novedad-costumbre, es otro rasgo distintivo del ethos de la digitalidad. No sería posible plurilizar, sin menoscabo de una fenomenología del technogeist, a la digitalidad, puesto que las digitalidades, en tanto representaciones constructivas de múltiples lenguajes, se aíslan en el modelo teorizado de la unidad digital, de la digitalidad emblemática, que es canal, mensaje, sujeto, objeto, circuito, cultural, sociedad, vivencia, experiencia, anclaje, entre tantas otras formas, pragmáticas, simbólicas y lingüísticas, en las que se expresa la sociedad planetaria del siglo XXI.

El proceso de digitalización de lo humano: una jaula de luces

Pensar incluso que el iluminismo, su racionalismo instrumental y su teleología civilizadora puedan haber sido parte del conglomerado, atinado o no, de la modernidad, no implica asumir, como lo hago yo, que en las digitalidades lo permeable consista en un ethos antagónico de la concreción natural. Por encima de cada rincón, de cada dato, de cada información almacenada en internet hay una cúspide de esfuerzos por dotar, en un sentido metafísico trascendental, al mundo con una forma plástica: la posibilidad intrínseca de adquisición global y saturada de prácticamente cualquier cosa. Y la luz, que en el XVIII fuera una metáfora atinada, hoy es más bien el fetiche del mercado. Si no estás en internet (educación, comercio, gobierno, turismo, cultura, libros, arte, vídeos, música, cine, etcétera) no estás en el mundo. Y es bastante loable la decisión de algunos de no figurar, de no aparecer. ¿Es loable también el proceso de digitalización en tanto cautiverio a la metafísica luminosa del hacer humano? No está por demás mantener el impulso productivo de una álgebra comercial globalista, tendenciosa, en fin, acorde con los tradicionales sistemas de dominación. Tampoco es posible, frente a las intentonas críticas antisistema encabezadas por la neorebelión hacker, asumir que el mundo en el siglo XXI sea un lugar seguro para vivir. El equilibrio de las fuerzas, distinto de una actuación termodinámica de los conglomerados histórico-sociales, sus oscilaciones y sus hábitos (de consumo, de producción, de recreación, etcétera) están inmensamente permeados por el auge luminista. El esplendor de nuestras luces del XXI, raquíticas por la digitalización de la barbarie que lo acompaña, es el esplendor de unas pocas generaciones que inventaron y creyeron dotar de algo importante el universo humano. Quizá desconozcamos los más avanzados sistemas científicos y tecnológicos de nuestro presente y en diversas medidas la tecnología comercial nos induce, como película de ciencia ficción en los años 60, a construir un imaginario de las digitalidades en donde no existe un hálito de compasión. Al final, la digitalización de lo humano responde al impulso opuesto a la libertad creativa, se trata de la expresión multifacética del terror al vacío y de la longitud propia de la frustración ante lo inconmensurable del cosmos. Entonces lo infinito, como adversario común de una finitud cierta, y en ocasiones existencialista, traduce el abigarrado terror psíquico al silencio, a la evasión, a la ignorancia, a lo desconocido, abriendo, en su multiplicidad, los canales propios de un conductismo polimórfico, acuoso, insostenible por su carácter de innovación ad infinitum. La jaula de la humanidad digitalizada construye el simulacro de un hábitat no hostil que pasará la factura a las futuras generaciones.

Digitalidad letrada y barbarie digital

La falsificación de los proyectos neoracionalistas y postneoliberales, sustentados en diversos sentidos por la égida ilustrada occidental, no inciden en absoluto en una concepción estratificada del ámbito digitalista global. ¿Cómo concebir las atmósferas de las digitalidades globales sin atender los accidentados territorios y ambigüedades que oscilan en esta neometafísica? La pregunta es mucho más un sustento derivado de un retoricismo academicista que una introspección dialógica. Pero no es discernir entre la globalidad alfabetizada y la exposición del neobarbarismo lo que acomete los lindes profundos de este atisbo de pensamiento. No es tampoco la consideración de la deep web ni mucho menos la estandarización del espionaje digital el motivo de esta estratificación digital. Es en cambio la lógica dicotómica del sentido teleológico del alfabetismo el que demarca la balanza del declive. ¿Acaso yuxtaponer las dicotomías del pensamiento de la modernidad al presente no resulta una instrumentalidad anacrónica? Vale decir que la acepción alfabétizante de la modernidad no consiste exclusivamente en la dimensión histórica del conglomerado globalizante grecolatino ni tampoco el tan pregonado triunfo del occidente sobre la faz de la tierra. Acaso la digitalidad letrada funja como una argamasa unívoca que dislocada en multilingüismos sacude las entrañas de estratos de la sociedad global diversa. Si la disyunción entre alfabetizado y subalfabetizado puede fungir como parámetro de división social, pensar en un ethos de la barbarie digital implica considerar una realización que desde el 2001, con la caída de las Torres gemelas de New York y las diversas expresiones terroristas, incluye también una estratificación social de la economía de la tetricidad humana, como vestigios fantasmagóricos del capitalismo salvaje y caníbal de nuestro hoy. Y la categorización como ejercicio de simplificación y clasificación no puede negar, entonces, que el ámbito de una barbarie digital denota un conjunto de actos, personas, instancias, derivadas de la promiscuidad monetaria, de la prostitución del lenguaje y de la vacuidad existencial traducida en fanatismo, racismo, clasismo, sexismo, entre otras modalidades del pensamiento salvaje occidental. El problema profundo estriba en la dimensión consistente de la civilización occidental, del proyecto general del desarrollo humano bajo los modelos de agendas políticamente disformes, educativamente disímiles de la referencialidad presente, económicamente explotadoras. La transformación del humano en ser dota de sentido una inmensidad de experiencias en las que la barbarie juega un papel crucial para nuestros sistemas metafísicos digitales. Barbarie sexual y narcótica, barbarie mercantil y esclavista, barbarie política y monetaria, barbarie ecológica y social, barbarie terrorista y militar, nada nuevo en su esencia y raíz sino en los renovados métodos y aproximaciones de praxis que la metafísica postdigital permite.

La digitalidad letrada en cambio se moviliza con causas, por senderos que trascienden los eventos instintivos a cambio de presencias perdurables, de transiciones vigentes en una proyección trasngeneracional, en la dimensión del areté y la paideia griegas, en tanto modalidades herederas de las distintas tradiciones socioculturales. En su dimensión temporal la transfiguración al capitalismo cultural no puede negar la dimensión letrada del cosmos digital. Los aspectos elementales del alfabetismo -subalfabetismo-transalfabetismo-hiperalfabetismo-hipoalfabetismo-disalfabetismo no se reducen a una actitud alfabetocéntrica en donde la moralidad queda despejada de la ecuación vital y comunicativa, sino que la mayor incidencia de la oralidad, en ocasiones, desfigura el alfabetismo. La digitalidad letrada entonces no consiste en una medición fiable de los patrones de conducta alfabéticos, sino en una composición multiestratificada de la población alfabéticamente activa en la metafísica postdigital. La valoración negativa de la barbarie y la valoración positiva del alfabetismo son herencias ilustradas occidentales. El presente polisaturado y multifacético, sin considerar las dimensiones audiovisuales de las expresiones contemporáneas, debería describirse como una teatralidad que surca los caminos infinitos de la existencia introspectiva para comunicar al exterior los hallazgos, fortuitos o no, de la distopía del presentismo.

Terrores y presente

El halo de podredumbre presente implica hacer una valoración transgeneracional siempre que nos enfrentamos a un mundo, a un ethos, que nos ha sido heredado. En el nivel de la herencia, especialmente del siglo XX y lo que va del XXI, los que nos encontramos en una intención “aún de cierta modernidad” no podemos dejar de sorprendernos frente a este estado de cosas terrorífico y terrorista. Las escalas múltiples de la herencia no implican, exclusivamente, el hecho de habitar un planeta saqueado, de vivir en un tejido social global descompuesto, de pretender, en el estado del capitalismo salvaje, la concreción de intereses particulares, egoistas, individuales. El sentido de pertenencia a una comunidad implica también asumir que los terroristas o el terror tienen su lógica comunitaria. La era del terror global puede cifrarse en el estado de la psique colectiva que denomino necropatismo, la sensación y vigencia absoluta de la muerte como simbolismo oculto a nuestros días. En ese sentido, el afán de sobre vivencia y el impulso por mantener una “armonía ilustrada y moderna” contrasta con el hecho del multihomicida momento contemporáneo, divergente de momentos previos exclusivamente en la dimensión hipersaturada comunicativa del presentismo, es decir, la masificación saturadora de las informaciones tendenciosas sobre las víctimas inocentes del terrorismo y sus secuaces, los directos y los velados.

Desde la alopecia emocional e intelectual

muralidad1.2.3No es sólo un problema de definiciones, no es ni siquiera la inquieta y versátil lubricidad del logos occidental. No es una interpretación esquemática del simbolismo histórico ni la prófuga instancia de una mitología cultural. Es mucho más que un re-nombrar lo re-aparecido, mucho más que distinguir el cauteloso afán tecnocrático en sus conservadurismos. No es simplemente el fracaso de las alternativas (sociales, culturales, políticas, económicas) ni los rincones en los que se fraguan los instantes proyectados del sometimiento. No es si quiera la proliferación masiva de las huellas humanas ni tampoco la dimensión catalizadora de la saturación global. No es ningún juicio a priorístico ni tampoco una deducción derivada de la observación empírica. No es si quiera el intento, trunco y mutilado, de una ingeniería social que pudiera erguirse como solvente de la podredumbre del tejido social. Es, también, mucho más que un lenguaje entorpecido por los garigoleos retóricos o las reinvenciones epistemológicas. Parece como diría Baudrillard que ya todo ha pasado y en ese juzgar desde el paso dado, la forma esquiva es una vorágine de pensamientos truncos. Pero no hay esperanzas más que las colectivas, no hay, por si fuera poco, una dirección salvaguarda de los vestigios de la humanidad: no hablemos de la privatización del agua o los recursos naturales, no mencionemos a la infancia como sujeto histórico de la esclavitud contemporánea (esclavitud mediática, laboral, sexual, icónica, lúdica), no consideremos tampoco los regímenes depredadores del entorno (humano, natural, psicosocial) ni nos restrinjamos a la escueta valoración de las élites gubernamentales globales (que resguardan proyectos dualistas por su condición de beneficio y daño). Es más, ni siquiera creamos que nosotros, este demos global, pueda figurar en los terrenos fértiles de la propaganda aceptada. Es muralidad1.1.2como la metáfora que usó Marx sobre las abejas y el trabajo, pero ahora, ya con las versiones neomalthusianas (que deben existir pero que desconozco): la naturaleza convertida en un ente distorsionado por la enajenación histórica humana no responde más a conductas y patrones verificables fuera de su contenido necropático. Necropatía o sea una emoción de la muerte, un sentir lo moribundo, lo que se apaga, contra un ethos vital, un actuar siguiendo las normas de lo vivo. Por ello, mucho más tétrico aún, el resurgir religioso, el fanatismo exacerbado, lo que Fromm llamará el miedo a la libertad, a pensar por uno mismo, a ser uno mismo, a vivirse y asumirse uno mismo, es el simple acto evasivo que no parece estar presente. Evasión constante (narcótica, televisiva, deportiva, artística), ejercicio procastinador derivado como facto improductivo: el hecho de lo pasado remueve la conciencia de que ya no hay nada adelante y por lo tanto el presente es una eternidad vacua en la que no hay más que interacciones (para algunos, hallazgos de una otredad inmensa y saturada, la otredad global). No sin desprender el exiguo remanente de este discurso, proclamador de la esterilidad como totalidad circunfleja del ahora, la teatralidad esférica de un otro desconocido, no ya desde la jerarquización civilizatoria frente al salvajismo, es una artilugio mental que construye una despilfarradora fotografía del abismado terreno del no sé quiénes son los demás, del egopatismo egopático de la egopatía: el sentir el yo en sus dimensiones expandidas, la experimentación sesgada de un infinito mar de significados revueltos en el camino de la identidad constructiva, de la personalidad ampliada, del ego como núcleo semántico, bajo disfraz o no, que recoge, igualmente de forma renovada, la clásica versión oficialista de los elegidos y el resto del mundo. Finalmente, el hecho es marcado por la voz presente de los sin historia y por la hegemonía, totalizante, de los grandes nombres. Si los grandes proyectos concluyeron, diría yo sólo en apariencia, no concluyó la nómina de los grandes personajes. Todo esto es parte de la digitalización de histórica del cosmos humano, si no estás en internet (sea como sea) no existes.

muralidad1.2.1

 

Dementis lux factum

Así, con la cortina de un idioma muerto

los puertos y mis ancestrales torturas

como la gaviota en la playa

cayendo. Así, muerto, como al latín

vivo contra los trozos frugales

olvido toda inspección interna

laguna de tedio, remilgo, azufrada imagen

de un jabón contra la sarna: memoria.

Así, ya sin uso ni existente, las pausas

suspenso corporal

los alientos compartidos

así igual

el rancio fluir de la sangre

la tuerca mental corroída

por los ácidos estomacales de la historia.

Narración al asecho, porción imaginativa

así como un texto del siglo XIII en el este europeo,

como una cita de Horacio o San Agustín,

perdón, no sé cómo explicar el vacío de mis tendones.

Contrabajo la marea cristal descrita

las conexiones neuronales

también así como la frase en latín

oscura y mal interpretada

mal traducida

mal compuesta

mala sintaxis del corazón avejentado

mala sintaxis de los labios y su sudor

mala sintaxis también del gañan del club

mala sintaxis y esas canciones cursis de un amanecer

amanecer de borrachera y borrachera infinita

la torpeza del ser existencia pluricelular.

Así, en el olvido, como un arancel universitario

el espectro radiante

apoltronado de los cansados trabajos de Hércules

o la fibra óptica que desemboca en tu ojos

mis ojos

nuestros ojos

unos ojos

los suyos

lejanos

¿abiertos?

cerrados

fátigosamente

escritura la piel que nos camina.

Olvidar

tremebunda fragancia

eso imposible

olvido

lo que deja proyectada

la sombra de los soles externos al presente.

Falta de lógica este latinismo estéril

optometría de un ethos baladí y el pathos esplendoroso.

Costra en la costa del costado

anima animae animis animíco

antiestamínico

ribonucléico

cromosomática expectadora de la genealogía enfurecida.

Ancestral martillo

Thor

los planetas y los años

la época esta de luz -lux-

de demencia -dementis-

hecha hecho hechura -factum-

falta de tacto nauseabundo.

Totalidad increpadora como los burdeles para las mujeres castas,

como los orfanatos para los niños de familia

como Dios para los ateos

como un ostión ahumado salido de la lata

para la tertulia nocturna acompañada con vino.

Elixir de nombrar lo que ya no es nombre

lo que no puede nombrarse más

eso que la eternidad extingue

las fuerzas motoras de la Esfinge

Heródoto contra Euclides y Esquilo.

Años

turbia marea

estropeada la silueta interior

la ruta

los atardeceres

la camara

el pixel averiado por la distancia de la lujuría sombría.

Este museo

falto de testigos

es un testimonio

de la oscuridad prófuga.

Dementis

demente

demencial

el palpar los sonidos la cortina de humo

lux

luz

luzciernágas primaveralas

factum

hecho

posterior a los acontecimientos.

DISCURSO DECLARATORIO DE UN AUTOSOMETIMIENTO

Desde una periférica y desinformada visión de la realidad, bajo una concepción mesomatieralista y postmercadotécnicista, en vías de una extinción y asidero seguro, remedo los influjos verbales que no tiene sentido cuando las ansias por ostentar un algo llamado reconocimiento fallido son todo menos un cheque en blanco en el cual poder inscribir los apelativos de mi acta de nacimiento. La longitud del dato histórico trasciende toda interpretación etnológica, para abrir paso un acto evocativo de una edición española de 1890 donde la literatura cuenta con la etnografía como una de sus formas. Lo longevo no es más que una estructura demiurgica y grandilocuente, falacia y argumento escueto, como los silogismos aristotélicos que dividen, en una hipótesis de trabajo filosófico, la lógica en la distinción teórica y práctica. Quizá no fuera Aristóteles sino Descartes el que estableciera esta diferencia, pero a quien le importan ahora el jarabe de rábano yodado, la emulsión de Scot o el aceite de hígado de bacalao, si al final de todo ensayo, al final de todo texto, al final siempre queda una hermenéutica vacua susceptible de psicoanalizarse. No, el ajo y sus pieles no son las escuela de Frankfurt ni tampoco la lectura de Erich Fromm es un variable segura. No, nada de eso. Al final también los intelectuales tienen su predilecciones, sus agrupaciones, sus tendencias, su privilegios, sus preferencias, pero también son humanos. 

Mucho más allá de la intención rota, del discurso roto, de la lingüística aplicada o del conocimiento actualizado de la gramática de mi lengua materna, que a duras penas hablo, los circuitos así estables como dispares son una radiación de la pocilga desde la que veo el destructivo trance de un pasaje de siglo a otro. Y soy parte de la destrucción y no de los artistas, poetas, escritores, cineastas, creadores, oficiales, en el sentido gubernamental, institucional, pero también en el sentido del oficio. Y si leen a los sociólogos franceses, y se creen que saben de cultura, y si anotan y apuntan ideas de filósofos alemanas, y si los nacionalismos siguen vigentes y se cree el nacionalismo es una pauta multicultural, se olvidan del proyecto civilizatorio y entonces yo no soy más un transgresor menos en la faz de la globalidad. Todos los años hay nuevos valores, nuevos símbolos, nuevos y nuevas generaciones, y ya la mía ha hablado y ya mis contemporáneos y los que siguen están arriba y ya ahora el temor de saber que al final de cuentas no se mide la vida por lo vivido sino por el mérito tecnócrata: reconocimientos, premios, distinciones, apoyos, viajas, talleres, cursos, charlas, conferencias, congresos, etcétera, etcétera. Productividad a todo lo que da. Y mis veinte años a la mierda. Y mis treinta según entiendo que el mundo de los hombres no ha dejado de girar y que en ese movimiento los que antes eran ahora son otros y otros somos todos, pero yo me mantengo como un ancla, aquí, fijo, en ese recuerdo, en ella, inexistente, imposible, fantasmagórica. Y luego viene las recriminaciones de los libros comprados y no leídos que me pasa desde que estudia antropología. 

Las ciencias de la cognición quizá incluyan un apartado a la historia del conocimiento, quizá también bajo la lógica que ya planteaba Lyotard y otros, porque como dice una antropóloga a ella no le interesa la sociología del conocimiento, pero a mi sí. confesing the caosY entonces lo que antes era filosófico ahora es lenguaje y lo que antes era discurso ahora es cultural y lo que antes era historia ahora es transdisciplina y lo que antes era poema ahora es un vídeo y así todas las cosas y las instancias actualizándose y el lugar en el mundo que me ha dejado lo que hice, lo que dije, lo que grite, lo que sufrí, lo que pensé, lo que sentí, lo que ahora no es más que un flujo de escritura automática, es además de este automatismo, una muestra de cómo el sistema, el mundo, los medios de comunicación, el poder, es ejercido en todos sus niveles; desde el hombre menor, crecido que te decía eres bueno y que ahora te ve para abajo porque no alcanzaste el éxito, hasta el viejo hombre reconocido y la figura primordial que te ve para abajo porque no has conseguido ninguna distinción ni título ni tienes abolengo alguno, hasta los maestros que te ven para abajo porque aprenden de ti y en lugar de reconocer simplemente te hacen a un lado y todos esos jóvenes que oscilan entre los 20 y los 28 años que te ven para abajo y que de pronto dicen: ese es un nerd, es un matado, es alguien que no va a fiestas, que no tiene problemas de pachanga, y todo eso es visto y sopesado porque también uno desde adentro aprendió a verse para abajo a ver para abajo a estar agachado, menguado, desde ese salto, y ella estaba arriba y desde entonces yo estoy abajo, como la canción de Televisa o las radios de Televisa o simplemente como los motivos de las canciones de moda de Belinda y no ser Freud ni tu mamá y entonces descubrir que pensar no vale nada, que leer no vale nada, que escribir no vale nada, que nada, nada, nada de lo hecho vale nada, porque todo es un filtro imperfecto o macabro donde el maquiavélico edificio autoconstruido ha sido realidad. Entonces, mucho antes de decidir arrruinarme, mucho antes de rendirme, mucho antes de comprender que no quería jugar a la tecnocracia mexicana, que no quería ser un hijo del panismo foxista ni calderonista, que no quería, que no podía, aceptar el ethos ni el pathos vigente, mucho antes de eso la fiebre rotunda de mis cavilaciones, mis traumas amorosos, el cerco del fantasma de mis padres, de mis abuelos, de sus grandezas, sus hazañas. La historia de un gitano que tocaba la guitarra, vidas pasadas. Eso mismo. Hasta que llega ella y entonces hago el esfuerzo más grande de toda mi vida y mi cuerpo no puedo más y mi cerebro revienta y me convierto en un trapo desvencijado.

Todo eso y después leer autores franceses, leer pendejadas, comprender que Gabriel Zaid es un autor y además, comprender que no puede vivirse la mitología maya del Popol Vuh, comprender que no hay formas más occidentalizadas que las alfabéticas bajo la lectura de Giorgo Raimondo Carmona, perderse, todos los días, en relecturas de copías y autores de una carrera trunca: Naturaleza y cultura, de las Estructuras elementales del parentesco de Lévi-Strauss. Pero olvidar, por completo, las charlas escuchdas de Marc Auge, las palabras del neomarxismo de Michel Kerny, olvidar la inocencia, olvidar todo de la mano de Carlos Castaneda y Don Juan Matus. Olvidarlo todo. Todo, todo hasta el nombre y el acento al hablar. Todo. 

Y mucho más que comprender las estructuras presentes, mucho más que aceptar el estructurlismo de Todorov o de Barhtes, mucho más que encontrarme la intelectualidad francesa, mexicana, alemana, italiana, rusa, mucho más que creer que hay un lugar para mi en el mundo, estoy convencido de los entrecejos y pasajes vacíos en la poética incierta de las confiuraciones personales. Mucho más que acatar los ideales del hombre de Play Boy México, mucho más que entender que el cuerpo es un recinto, mucho más que asumir este autosaqueo a mi alma, contra los huesos de una juventud que parece renacer, sostengo los candiles de proyectos que no pueden cristalizarse. Debería leer a Whitman de nuevo, debería volver a algo más apacible y menos egoista. Pero no puedo tener conciencia ni puedo tener razón ni puedo si quiera dejar de lado los pezones hermosos de las modelos de revistas para caballeros y todo eso es sincrónico a este vocerío ramplón. Todo eso. Todo.
actress and audienceLa macro estructura de la globalidad se nutre todo el tiempo de vivos y muertos. La mecánica es malthusiana desde la visión exponencial. Pero no, nada de lo que puede pensar es un atino. Mis ideas, mis textos, mis creaciones, son ocurrencias. En el siglo XVI hubiera sido objeto de un auto de fe. Ahora el castigo es vivir, es respirar, es ver, contemplar, observar. Desde la televisión y sus comunicaciones dominaron y rompieron los límites de mi conciencia, rompieron mi corazón, mi alma, mi cerebro, mi sistema nervioso. Soy una muestra de lo fácil que es derrotar a una persona, de lo simple que es hacerlo a un lado, inculcarle la vergüenza, acorralarlo, despojarlo de su dignidad, someterlo a las disposiciones ajenas a él. Todos ejercen su poder sobre mi, todos, todas, como una simple cometa, que es controlada desde la tierra, mi vida es un trozo de papel a la deriva. Los mensajes televisivos, los canales, el afán del mundo, el encierro, la incomprensión, la exclusión, es algo que se agudizó hace años y ahora desde este margen estúpido soy un hombre que no ha sido asimilado por nadie, por nada. Ni los grupos, ni los individuos, ni yo mismo, puedo romper este juicio rotundo, oscuro y pesado, de que no valgo, de que no puedo valer, porque rompí las reglas y sufrí castigo, porque transigí, porque no fui lo suficientemente fuerte y por eso estoy solo, por eso tengo este blog, por eso escribo, por eso siento rencor y odio, por eso decidí lo que decidí y a nadie le importa.
POR TODAS PARTES HAY OPORTUNIDADES Y EN TODOS LADOS HAY PERSONAS QUE SE EMPECINAN EN SER LO QUE NO SON

YO SOY ESO QUE NO SOY Y NO SOY ESO QUE QUIERO SER

VIVO ARREPENTIDO Y ME CASTIGO SIN ENTENDER

PON LA OTRA MEJILLA ESTOICO DE MIERDA

Algo mucho menos amable de lo que creo es la manera en la que intento decir estar en guerra desde hace 12 años por una mujer.