Embodegar una biblioteca por una nueva vida

He hablado otras veces de los libros de la casa donde habito, estos libros de mi extinta Margarita Urías, una impresionante colección. También yo tengo mis volúmenes en esta casa de madera y ladrillo, muestra de mis búsquedas y de mis snobismos literarios e intelectuales. Hoy me toca embodegar, con naftalina y plástico, mi colección pitoleana, hesseiana, lemaziana, ruy sancheziana,  motemayoriana, y un largo etcétera. Y embodego porque me encuentro en un punto de transición a una nueva vida, como estudiante de doctorado en el COLMICH, llevándome entre otras cosas historias literarias, tomos de estética, compilaciones historiográficas y la fuerte esperanza de salvaguardar mi intento académico hasta cumplirlo cabalmente. Por consiguiente, esta catarsis prefigura el acto de memoria que invita a recordar, por ejemplo, la adquisición de Sholojov y El don apacible, en la librería Da Vinci de la ciudad de Xalapa, cuando en ella se encontraban cosas bastante mejores que las de ahora. Recordar también esas caminatas al CIESAS-Golfo cuando trabajaba con el Dr. Mariano Baéz, cuando transcribía la Literatura Universal de Arqueles Vela, editada por Botas, cuando leí La vida es sueño de Calderón de la Barca, junto a textos históricos y mis incursiones graduales en la obra de Sergio Pitol. También esta manía, este consumismo bibliófilo, es un vestigio que me ha permitido hacerme de un acervo documental importante, sin descartar mis afanes lingüísticos y semióticos, de filosofía del lenguaje, de antropología, pero más en los últimos años de literatura e historia española. Entonces se encuentra los libros que se van conmigo a la aventura académica, y los que quedaran en el sótano temporalmente.

Mis búsquedas en la tradición literaria española son islotes insignificantes de vestigios que más que dar una sólida forma a mis ideas muestran una tergiversada maniobra de asimilación ecléctica. Entonces ¿por qué no asumir que los nacionalismos representan diferencialmente categorizaciones absolutistas que rompieron las lógicas geopolíticas para delimitarlas a las dimensiones cartográficas de los derrotados y los vencedores? El particularismo nacional me ha invitado, además a revelar algo más que las maniobras coloniales y asumir que el tiempo histórico también puede aprehenderse desde una particularidad desatendida académicamente. Es entonces el conglomerado intelectual del siglo XVIII uno de mis principales apoyos y resortes en mi aventura académica: español, con Feijoo, Jovellanos, los Moratín, Iriarte, pero sobre todo Luzán, francés, con Voltaire, Rousseau, Diderot, D’Alembert, alemán, con Kant, Fichte y sin ser estrictos con Hegel, italiano, con Vico, Muratori, novohispano, con Clavijero, ante todo, pero también con Humboldt, Alzate, Boturini, entre otros. Y también es la historiografía, aunque desde lo político económico, como Sarrailh, Bazant, Vilar, entre otros.

Es incluso este acto el rememorar que hace 17 años estábamos llegando a esta casa Luisa, Margarita y yo, cuando concursé en el premio de ensayo del CIDE y quedé finalista. Es recordar que tocaba las canciones del disco Enemigos íntimos de Sabina y Páez, como el viaje a las cercanías de San Marcos para buscar orquídeas y fauna para construir nuestro jardín, con esos platanares de ornato que duraron unos años. Es también recordar la caoba que traje de la playa oaxaqueña Ventanilla un año después, ya sin mi madre, que terminó secándose entre 2007 y 2010. Empacar es deslindarse, conquistar, reflejar, momentos, encontrar notas, ver postales viejas, de amores, de amigos, de cuando la vida era un amasijo de amistades, hoy ya distancia y torpeza, desconocimiento. Empaco entonces porque me voy al COLMICH a estudiar el posgrado con todo el gusto y dolor que eso conlleva.

 

 

De la conflictividad autobiográfico-existencial de una estancia zamorana en vías de ingresar a un posgrado

Dejé en mi diario vivir el espacio a la escritura que aquí concierne, primero por razones laborales, segundo por razones creativas, tercero por razones académicas. Estoy en medio de un proceso de selección para ingresar a un reconocido programa académico de posgrado en Zamora, Michoacán. Esto me condujo a preparar documentos y realizar ciertas diligencias, pero también a localizarme en la entrevista y las evaluaciones de ingreso. Llegué a Zamora el pasado martes 13, de mala suerte como ese 13 de abril de 2002, pero esta vez era de junio y quince años posterior. 13 de mala suerte, no, en sí, aunque sufrí desvelo por el trayecto Xalapa-México Norte, sin carecer de valía el haber logrado cambiar mi horario de salida de las 11:15 a las 9:30 el pasado martes. Viajé y dormí, soñé, escuché un tronar, un terremoto, en mí trayecto. ¿Desperté de mi pesadilla que inicio hace 15 años? No lo sé, todo se mueve todo el tiempo, pero también es real que podemos absorber los tejidos mismos del tiempo y del ser con tan sólo un ápice de nuestra percepción.

El calor me acogió en este territorio del norte michoacano. De inmediato me quité el saco que traigo conmigo, pensando en mi regreso a Ciudad de México y luego a Xalapa. En fin, todo esto no es más que la crónica derruida de mi estancia, felizmente consumada, felizmente (objetivamente) realizada. Pero mi vivencia, más allá de mis paseos caminando desde el centro de Zamora hasta Jacona o en las banquetas donde pega el sol, me remite considerablemente al proceso emocional por el que atraviesa mi presente, no sólo por haber realizado un programa de vida de 2010 a hoy, sino también por la subyacente insinuación biográfico-estructural de mis primer década en este siglo XXI. Tres conflictos de mi vida, tres aristas de mi ser, tres formas prevalecientes de mi anquilosamiento, de este anacronismos tabaquista, reiteradamente darianítico, apache y chihuahuense frustrado. Me refiero a los conflictos que ahora, en mi estancia zamorana, se detonan.

El primero de ellos dialectal, ¿hablar cómo chihuahuense, cómo norteño, cómo hablaba mi madre, cómo hablé de niño, cómo me identifico, cómo hablaba en mis delirios psicóticos de mis excesivas correrías psicodélicas? Ahí, donde el usted tiene una forma distinta al tú, me retrotraigo a la represión de la abuela paterna, ese 2002, cuando dijo: aquí (en Xalapa, Veracruz), no se habla así, no hablamos así. La represión entonces vuelve. ¿Mi identidad? ¿Mi voz? ¿Mi enternecimiento y nostalgia de mis años infantiles chihuahuenses? ¿Mi identidad matrilíneal? También eso resurge hoy, ahora, al comer machaca, frijolitos bayos, tortillitas de harina, al reencontrarme con ese modo de ser, con ese espíritu que añoró. No es Chihuahua, es Zamora, no es mi madre, es ella, siempre, sí, innolvadible, que evoca igual mi cobardía de ese andar rondando las calles, murmurando, fraseando, royendo recuerdos, diciendo que no valí nada para ella. Sí, porque ese es el segundo conflicto: la hermosa mujer bailarina michoacana de 2002.

Dariana, a quién mandé mi escrito de la presentación de mi novela reciente, que no contesta más, que no tiene motivos ni razones para ser molestada por mí de ninguna forma, ese traumático instante de eternidad que me acompaña, que no sé cómo traducir, también se revive, se renombra, se exalta, al pasar por Zamora. Porque en las calles veo muchachas que se le parecen, porque no terminó de entender mi cobardía de no buscarla hace 15 años, porque no terminó de aceptar el dolor de ni siquiera haberla conocido, porque no termino de descifrar el significado de su presencia-ausencia en mi vida. Así tampoco entiendo, ni acepto, ni asumo quién es o quién sea. No entiendo, ni acepto, sino mi introducción falaz, mi renegar constante, mi dolor, mi recuerdo, ese dolor del ácido lisérgico en mi cabeza, ese dolor de mi oído derecho, ese bailar con ella, ese verle los ojos, ese desear sin libido su cuerpo, eso roto tendón de mi inocencia, nombre y figura de mi designio. Y no es gratuito el mito platónico de la caverna como metáfora de mi vida: de la oscuridad a la luz post tenebras lux. También esto que muere, mi rencor, mi desprecio, por Xalapa, por los xalapitos y las xalapitas, por mi patrilinealidad. Mi dolor, mi ansía, mi esbelto trance mutilatorio, indómito e indeleble, de esa eternidad de milisegundos a su lado, volando, cayendo, volteando, y la última vez, siempre, incluso reiterando mi dequicio abismado. No logré matarme ni logré morir ni ser asesinado pero tampoco la tuve ni la tendré ni seremos unidad ni la abrazaré, no, su camino no es el mío ni el mío el de ella. 2002-2017 poca cosa en el numeral cronológico, para mí el camino desde la hybris hasta la epifanía. Y entonces, descubrir mi anacronismo de fumador del siglo XX, mi afán por destruir mi salud, mi deseo repulsivo, mi pulsión de muerte, mi psique resquebrajada, es también el conflicto padre-madre, uno oncólogo, otra muerta de cáncer, uno vivo y ausente, otra muerta y presente. Todo combina, por tanto, en este viaje zamorano donde he visto mujeres lindas y jóvenes, atléticas, donde me conecta la pulsión de reencontrarme con las artes marciales, donde la institución que me interesa no permite la actividad fumadora, donde la política antitabaco es verídica, real, contundente. Ese mensaje de nuestra época —queremos vivir y vivir sanos y felices— que mueve al mundo, que conocí en mi adolescencia cuando decía no a la degradación humana, cuando componía canciones, cuando me iniciaba versificando, hoy es el conflicto entre dejar de fumar, volver al deporte, cambiar más radicalmente mi vida. Y todo es este sentirme un guerrero derrotado, este creerme un mal hijo, un hombre extraviado en los placeres del cuerpo y en las malévolas cúpulas del error. Todo es estos tres conflictos anudados, todo es, también, esta traducción.

Comí chongos zamoranos, probé unos camotitos con chile y limón, comí carne asada en su jugo, todo esto y más, sin olvidarme de mis compañeros infantiles michoacanos, con quienes vendía donas en Chihuahua, y Denis, o la niña que se volvió mujer, que alucino desde niño, que veo, que me sigue, a quien no sé cómo hablarle. Todo eso y la abigarradamente emocionante posibilidad de una vida nueva, en un posgrado, investigando sobre mi Nachito de Luzán, sobre las relaciones culturales hispano-mexicanas, sobre ese espíritu que entró en mí en 2002. No es mi herencia española o mi herencia apache la que predomina, no es mi resquemor al olvido o la insignificancia personal, es el infinito instante de la claridad, el inabarcable absoluto de la luz renacida lo que me inunda e invade. Uri luz lux luz LuxUri, Urías, Pardo café.

Aquí, en la antesala de mi vuelta al altiplano mexicano, pido perdón público a ella, a su bailar, a su familia, a su historia, que no me pertenece, a la cual no perteneceré. Pido perdón al mundo por mi escandalización, por alborotar las aguas, por ser innecesario. Perdóname FOX, perdóname CALDERÓN, perdonen. El país es vuestro, las mujeres son vuestras, yo soy mío, y mía es la luz, mía es la certeza finita, mío es, como suyos los fraudes, este camino, este andar. Porque la pesadilla inició en 2002, se volvió realidad y todos estamos inmersos en ella de millones de formas. ¿Terminó mi pesadilla? ¿Me enamoraré de otra michoacana? ¿Quedaré inscrito en el posgrado? ¿Viviré una aventura en Zamora? ¿Concluirá mi tercer período xalapeño? No lo sabemos, pero como decía María Gabriela Epumer: ya lo dijo Dios a los primeros habitantes de este mundo, no coman de esa fruta, les traerá problemas.

 

Restos y memorias de la primera presentación pública del Olvidado Imperio Natdzhadarayama

El pasado 19 de abril en el café teatro Tierra Luna de la ciudad de Xalapa fue presentada la novela El olvidado Imperio Natdzhadarayama. Estuvimos presentes en el estrado Citlalli Hernández, Emilio Sánchez, Agustín del Moral y yo mero, para comentar, ampliar e invitar a la audiencia a adquirir y leer este trabajo de reciente aparición. El tenor del evento fue cálido e íntimo, con sorpresas dentro del público, por la aparición de algunas y algunos interesados en conocer esta narración. Fueron presentadas las imágenes de Azamat Méndez que ilustran el trabajo, como primer punto, para dar paso a los comentarios, iniciando con las damas.

Foto: Fernanda Pardo

 

Los comentarios de la poeta, correctora y estudiosa del lenguaje y la cultura oriunda de Tuxtepec, fueron un atinado esbozo recordatorio sobre los tiempos en los que los amigos nos reuníamos, cuando yo, este Pardo Urías, componía los trazos caprichosos de mi novela. El recuerdo de esos momentos, con Azamat, Jero y ella, estuvieron impregnados por anécdotas de la narración, por esos nombres extraños o poco comunes que aparecen en ella, pero también por un tono íntimo y compartido, fraternal y sereno, desde la indudable experiencia cercana de la confección de la obra, como del proceso creativo y editorial.

 

 

Las participaciones de Emilio Sánchez y Agustín del Moral, fueron singularmente buenas, propositivas, completas e integradoras de una invitación a la lectura.

Iré subiendo gradualmente estas participaciones, por cuestiones de espacio y características de mi cuenta en VIMEO.

 

Foto: Fernanda Pardo

 

Yo leí, al final, este ensayo:

 

 

Primer plano de un territorio imaginario y algunos años de memoria

Rómulo Pardo Urías

 

Texto preparado para la primera presentación pública de la novela El olvidado Imperio Natdzhadarayama en el café teatro Tierra Luna el miércoles 19 de abril de 2017

 

I: Regresión fundacional

 

Ahora desnudaré un juego de sonidos, un juego fonético. El femenino de Darío, nombre persa de medio oriente, fue el motivo crucial derivativo del título. Me enfoqué en la pronunciación italiana como en pizza o civilizazione, como en ragazza o paparazzi. Desglosé el sonido t, fonéticamente sordo, y el sonido d, fonéticamente sonoro, colocando z, vocalizando antes y después. Natd-zha-da-ra-ya-ma: Dariana. Un intento de invocar un vocablo sánscrito o al menos asemejar un estilo sonoro budista o hindú. En 2007 después de un viaje a Sudamérica compuse un demo musical que titulé Broken Ramda Dharma Ígnea Intuición de Nacer. Un desafortunado compendio de canciones, tecladazos al piano, estridencia guitarrística y armónicas mal ejecutadas. El álbum estaba dedicado a Darjana, princesa del imperio Nazadarayama. Anécdotas más, anécdotas menos, gran parte es debido a mi experiencia en torno a Dariana, que no sé si sea Denis o alguien más, imposible no reconocerlo.

La pronunciación de una palabra como la que da título al imperio, que a tantos espanta por su grafía, la corroboré en el traductor de google, escribiéndola en español y dando clic a la pronunciación: Natdzhadarayama. En estos días he estado buscando la explicación fonética, pero ya es demasiado análisis lingüístico para mí. Siguiendo adelante, ahora me desnudo. En el año 2002 fui a un rave con una banda de amigos xalapeños, algunos de la Freinet, y de otras partes y ahí conocí a Dariana, o me reencontré con Denis, no lo sé, que en realidad no sé si sea la chica que yo recuerdo o alguien más. Todo fue un mal viaje de LSD, viviendo la falsa psicodelia electrónica, en un rave donde tocaron Shiva Shandra, que no escuché, y Alien Project entre otros. Era, casualmente, el cumpleaños 29 de mi hermano mayor Emiliano, a quien ví después de dicho rave, que se asombró pues yo estaba muy alterado, aún con el efecto de la substancia. Esa madrugada bailé con todas las fuerzas de mi cuerpo. Un mes después estaba en un vuelo rumbo a San Francisco California para embarcarme a Tokio. Y lo único que recuerdo son los whiskies del vuelo hasta Narita, el aeropuerto principal de la capital nipona, al lado de un compa argentino, llamado casualmente Emiliano, que se encargaba de hacer vídeos, con quien platiqué de lo lindo pues en ese entonces mis intenciones, como la de cualquier estudiante de antropología social desde entonces, era hacer etnografía con vídeo. Al final no fui antropólogo, aunque mi novela tiene algo de multicultural en un tono eurocéntrico, euroasiaticocentrista.

Pero esta desnudes que ahora les presento no es más que una desbalagada intuición por hacer memoria. Quizá también deba mencionar el recuerdo de platicar con Valentina Guadarrama del depilado brasileño en los pasillos de la Facultad de Letras Españolas como algo relacionado con los orígenes, irreverentes y satíricos, de la fábula que da ontología a la narración que hoy presentamos. Depilación testicular ¿es mucho pedir a la imaginación? Lo que no es mucho pedir es que una mujer, embarazada con siete meses, castre a un felino. Y todo es en clave psicoanalítica, pero también fantástica.

Cuando empecé a escribir mi novela leía a Marcel Schwob y me encontraba viviendo la teibolización de la vida, la burdelización del cuerpo, el descaro sin vergüenza de la venalidad sexual, además de atravesar por una crisis psicótica drogadictiva. Al reponerme de eso retomé el trabajo, inconcluso pero esquemáticamente compuesto. Trataron de extorsionarme mientras lo escribía porque había colgado en la red un curriculum vitae con mi teléfono y dirección, trabajaba con Mariano Báez en el Taller Miradas Antropológicas, aún no decidía ingresar a la licenciatura de Historia, construía una amistad cercana con el maestro Pitol, estaba regresando a la vida después de años destructivos. Y en una de esas noches previas del 2010, de intoxicación y autodenonimarme un coctel indescrifrable, aquella primavera de hace 7 años, pasó una estrella fugaz y pedí un deseo: volver a verla. Y según mi memoria la encontré trabajando en el Black Cat, afamado Table Dance xalapeño, aunque nunca estaré seguro si Dariana es quien yo recuerdo que es o si es un producto de mi imaginación o quién diablos sea Dariana, pudiendo ser quizá Denis, no lo sé. Empero, la emperatriz Drendovskaya, con un toque ruso, no es en sí la proyección frustrada de un amor imposible, como el de Dante o Petrarca o tantos otros poetas y literatos en la historia. La emperatriz es más bien el símbolo del abandono resultante de la transitoriedad, de la transformación. ¿No es mucho manosear mis recuerdos? Los primeros en leer el Imperio me dijeron que tenía un aire a Borges pero erótico. Yo me digo a mi mismo, lo único que medio conozco de Borges es el Manuel de zoología fantástica, ha de ser por eso. El trabajo de las ilustraciones es de Azamat Méndez Suárez, amigo cercano y querido, que compuso expresamente las pinturas para acompañar el texto. Junto a este inmenso trabajo pictórico está el prólogo de Reyes Rojas, invitación y preámbulo, de tino circulante y fresca intención, a ubicar las coordenadas de una economía fantástica de lo imperial.

El temor por publicarla autogestivamente nunca desapareció. La novela concursó en la editorial De otro tipo, en la editorial Mala letra, en el concurso Sergio Galindo de aquí en la Universidad, la mandé a dictamen a Sexto Piso, quienes nunca me respondieron si quiera de recibido, también a la editorial Cuadrivio, igualmente sin respuesta, hasta que en 2015 conocí a Marcos Merino, emprendedor de la editorial de Río Blanco, Veracruz, la Cosa Escrita, con quien habíamos llegado a un interesante acuerdo. Se editarían 1000 ejemplares, pagando yo el costo de 600 y él el de 400. Todo estaba, ahora que lo veo, mejor de lo que parecía. Era, creo, demasiado bueno para ser verdad. Marcos trabajó en la edición de la novela y llegó incluso a imprimir los 1000 ejemplares. Faltaban los acabados, el empastado. Él trabajaba con una chica de otra editorial pequeña, que al final nos vio la cara a los dos: desapareció con dinero y compú Mac que Marcos le había dejado, vendió como papel de segunda los ejemplares, dejo embaucados a 5 o 6 editores con múltiples proyectos, armó gran lío, ergo opus frustratio. Entonces, como por ahí de agosto del año pasado, cuando ya debía tener mi libro listo, llegó la noticia, y a buscarle, después de afrontar una gran depresión, después de un fracaso editorial. Gracias a un excelente y querido amigo, Timshel Altamira, contacte a una persona que me recomendó trabajara mi libro con Innovación Editorial Lagares. Me puse en contacto, intercambiamos materiales, obtuve un presupuesto y al final de todo, con una parte del reembolso que muy dignamente ha venido haciendo Marcos a su servidor, comencé los trabajos editoriales. En menos de 5 meses el libro estuvo listo. Y ahora estamos aquí, comentando una osada empresa.

No por llamarme Rómulo debía construir un Imperio, pues más que literario mi nombre es mitológico e histórico, pero escribí el Imperio Natdzhadarayama como una expresión dislocada de lo cotidiano, como una contestación a la barbarie pornonarcótica, inmerso en una búsqueda por la vida, como una esperanza al juego y la diversión con inteligencia. Si mi defensa hasta ahora, es decir esta desnudes que manipulo sin precaución, no es suficiente para transmitir la experiencia de crear, quizá tampoco logre conquistar lectores o desmontar la imagen de loco que tengo al caminar por las calles de Xalapa hablando solo. Quizá no logre incidir en la decisión de alguno de ustedes para adquirir mi libro y ¿saben porqué no? Por que yo escribo, porque no sé vender. ¿Qué sé yo del mercado literario? Lo mío es plasmar traducciones internas en un dialecto dudoso de un español imposible de disociar de la jerga del rock argentino entre 1970 y el año 2000.

 

II: Cumplir un programa intelectual o del cierre de un ciclo vital

 

En 2010 murieron Monsiváis, Montemayor y Saramago ¿o me falla la memoria? En junio de aquel año de centenas anuales en celebración, escribí un esperpéntico ensayo titulado De la heroicidad e idolatría literaria o del arte de combatir con la voz. A propósito del deceso de Carlos Monsiváis. En un tono de absoluto desprecio por la vida, esa vida mía de entonces con tés de floripondio, churros de mota, whiskies y cuerpos operados de Table dance, escribí un panfleto en el que difamaba a distintos jóvenes escritores y poetas xalapeños, al nombrarlos xalapitos, y asumía que el honor es para quien lo merece. Y en esos días tuve la osadía de insistir en acercarme al maestro Pitol, como último mecanismo e intento de dignidad literaria. Al cabo de los años no me queda más que pedir una disculpa pública a los xalapeños escritores y poetas ilustres y agradecer a la vida que el maestro Pitol me haya cobijado cuando nadie daba nada por mí, excepto quizá Adriana, Paty y mis hermanas Luisa y Fernanda. Pero esa anécdota no es la que importa. Ese mismo año grabé un vídeo desnudo que subí a Youtube, con mi cinta negra anudada a la cintura, y en un trance insospechado me autoproclamaba el último esclavo del mundo. ¿Qué más puede hacer un pequeño burgués con el ego herido? Escribí también mi Matricidio literario de un joven desconocido, para exaltar a Marina Orlova, Adriana Lima y Mila Kunis, frente a mis madres literarias, Marguerite Yourcenar, Guadalupe Dueñas y Ruth Benedecith. Y dado que no me es muy recurrente tener una audiencia a quien dirigirme, esta digresión anecdótica no interesa más que por el hecho respectivo al programa intelectual que me propuse en aquel desalineado ensayo mortuorio sobre el irónico Monsí, del cual sigo esperando la contra argumentación. El programa consistía en realizar tres objetivos intelectuales, que desde la trinchera de una espantosa psicosis, despersonalización y horizonte de vida nulo, asemejaban a un marinero de Ulises con los oídos destapados al pasar a través del océano de las sirenas: una verdadera locura. Me propuse realizar una investigación concienzuda sobre el erudito y tratadista aragonés Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, pensador español del siglo XVIII, cuya Poética se encuentra en la biblioteca de la Facultad de Humanidades, por si gustan leerla. Un segundo objetivo era realizar la recopilación, sin saber concretamente como publicarla, de las obras y trabajos diversos de mi difunta madre, Margarita Urías Hermosillo, que mi hermana Luisa ha rescatado como miembro de la guerrilla mexicana en los sesenta, en su obra de teatro El rumor del incendio, y que también perteneciera al grupo de intelectuales agrupados en torno a Enrique Florescano en el Castillo de Chapultepec como Héctor Aguilar Camín, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y José Joaquín Blanco, entre otras personalidades de la inteligencia mexicana a mediados de los setentas, aunque eso no importa tanto como el hecho de que ya van a ser 17 años de vivir sin ella. El tercero y último de los objetivos era terminar de escribir mi novelita sobre Natdzhadrayama. En junio del año pasado, después de años de convicción y tenacidad, me titulé como licenciado en Historia, con una tesis sobre Ignacio de Luzán y la República de las letras novohispano-mexicana a inicios del siglo XIX. Ya esa rama dio algunos frutos, sobre todo académicos y de investigación. Respecto a la compilación de las obras de mi mamá, Margarita, están en proceso editorial en la Universidad Veracruzana, que aunque sea de forma digital serán publicadas, esperando quizá en un futuro tener el libro impreso. Y aquí está mi novela, con las tribulaciones narradas, con toda esa retahíla de anécdotas, con años —ya sin substancias— de vida, esfuerzo, pérdidas, amor, dolor, tristeza, trabajo, constancia, reencuentros, trabajo y mucha perseverancia.

 

III. Paréntesis de lectura

 

Quizá mis libros están destinados a una dimensión micro poblacional receptivamente, pero no sé absolutamente cuál es la diferencia entre ser políticamente incorrecto y ser original. No dudo que en mí caso ambas cualidades puedan estar unidas ¿He sido hoy políticamente incorrecto? De ser así, les pido que olviden un poco los restos de la moral victoriana que hay en el ambiente. Cuando pensé este proyecto narrativo lo vislumbré como saga, como una continuación de episodios, de libros y narraciones. Tal vez por los contenidos simbólica y explícitamente sexuales mi narrativa puede leerse desde el psicoanálisis o desde una antropología simbólico-pornográfica, aunque tendría que ser una especie de psicoanálisis filtrado por Star Wars, el clasicismo francés del siglo XVII y sus libertinos, Mozart y su Requiem, y otras pistas culturales que me nutrieron. Antes de ingresar a estudiar Historia en 2012 me autodenominaba indigente académico. ¿Soy ahora un indigente editorial o tal vez emocional? No hay que leerlo todo para empezar a escribir, dice Gabriel Zaid, pero para publicar ¿Qué se necesita? He aquí un mural de retazos propios, que decodifican parcialmente, la transformación en fantasía de una pesadilla que este abril cumple 15 años de haber nacido, hoy ya pasado, ya distancia, ya recuerdo.

 

IV. Esbozando una literatura no oficialista

 

Vivimos en el auge de la productividad y la voracidad de becas, concursos, premios, adscripciones institucionales, reconocimientos y demás instancias que conforman una economía formal, instituida, de la creación en sus distintos ámbitos y niveles. Si en la academia existe el Sistema Nacional de Investigadores y en la creación artística y literaria el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, si la muchedumbre de premios en distintas escalas (local, regional, nacional, internacional, etcétera) implica una segmentación de las obras “aptas” y reconocidas para su publicación y mercantilización, si el estrellato, grandeza, fama y éxito se valoran a través de los lentes de la productividad, es precisamente porque la lógica del capitalismo cultural se inscribe en un modelo de sociedad dudosamente sensible, pensante y auténtica, creo yo. Porque me parece que en esta vida de letras, de ideas y pensamientos, uno debe pertenecer a una tradición, grupo o sociedad preestablecida o de lo contrario ser un ilegítimo creador miembro del grueso margen creativo. También existe el riesgo, siempre viable, de la autoedición o la autogestión, que remite en ocasiones a la publicación de obras caprichosas, quizá como esta, cuyo valor se restringe a un corto y reducido grupo de conocidos, familiares, amigos, personas cercanas y quizá uno que otro interesado. Por algo se debe empezar, pero sin duda se trata de dos caras de una misma moneda: ser un creador legitimado por las instituciones y el oficialismo cultural o ser un autogestivo marginal ilegítimo en el mundo de la creación. Dos rutas para un mismo fin: tener un público, ser escuchado, leído, atendido, hacerse un lugar en el mundo.

¿Por qué decir que mi obra es literatura no oficial? Es no oficial porque en ningún momento he buscado, perseguido o fomentado, en mi quehacer literario, su vínculo cierto, seguro y fiable, con alguna tradición cultural o ideológica preestablecida e institucionalizada en la cual cobijarme. Soy en ese sentido, un creador independiente, para bien y para mal. Uno de los primeros lectores críticos de mi novela me comentó, si quieres ser un autor leído y estudiado en las Facultades de Letras quítale lo sexual a tu novela. No es que escriba, piense o construya desde la nada, es más bien asumirme como el transgresor del que hablaba Susan Sontag en La imaginación pornográfica en 1967, que va a donde otros no van y hace lo que otros no hacen, en mi caso leer lo que otros no leen y tratar de escribir lo que otros no escriben, pero también desde la aseveración que hace esta escritora norteamericana respecto a los rasgos interesantes en común entre la pornografía, como género literario, y la ciencia-ficción. No es que mi novela sea pornográfica por violentar sexualmente, sino porque explicita un discurso donde el sexo es evidente y notorio, pero también sugerencia e invitación interpretativa, ¿metapornografía? Para Sontag la pornografía tiene tres modalidades: es parte de la historia social, es un fenómeno psicológico (una deficiencia o deformidad sexual) y es una modalidad o convención menor dentro de las artes. Y desde la vivencia común de la discursividad pornográfica, como un hijo de clase media mexicana de finales del siglo XX con acceso a internet y televisión satelital, cobrar consciencia de lo porno, de eso que llamo la teibolización de la vida, no es tan solo un motivo para rescatar a Sontag, así como reconocer mi deuda con George Bataille, Wilhelm Reich, Evelyn Reed y Beatriz Preciado. Es también la razón por la cual construir una fantasía, una imaginación, donde lo erótico, donde lo sexual, sea un componente del lenguaje y la narración, sea una realización simbólica. Lingüineto Violatore, ese historiador del siglo XXX de la ciudad de Mineí con un nombre italianizado que investiga sobre la civilización natdzhadarayamamita, es el símbolo completo de una contradicción vivenciada con la psicosis: el lenguaje que rompe sus surcos racionales, la razón que tiene conductos ciertos, un nombre que representa y refiere violencia verbal, pero que más bien remite a las dimensiones de las hazañas del logos, del saber, de la búsqueda del conocimiento, una contradicción en los términos. No es entonces gratuito que la narración comience con una castración, no es gratuito que haya una Banda de la Chichi Maravillosa, en inglés al estilo de las bandas de rock de los sesentas, no es gratuito que la líder de un ejército femenino sea cocinera, amante y hechicera. Lo gratuito es este desnudar los cabos y las piezas, los accidentes y las formas, porque si la literatura es escritura, y puede ser memoria, si me muevo en el terreno testimonial y autobiográfico, lo hago para reiterar que escribo para no olvidar, como lo hizo Carlos Castaneda cuando conoció a Don Juan Matus, porque al final no son sólo los juegos del lenguaje, no es sólo el simbolismo, es también el ingreso a lo posible, a la imaginación en sus distintas facetas. Además preciso reconocer mi adeudo con el ruso Yuri Olesha y su novela infantil Los tres gordinflones, de la extinta editorial Raduga/Progreso, que fue una de mis primeras lecturas conscientes en la vida y de la cual absorbí la dimensión de revueltas sociales que en algunos de los pasajes del imperio quedan plasmados, obsequio de una alumna de mi madre que estudio en la Unión Soviética, seguramente historia o ciencias sociales, y que me brindó en mi cumpleaños número 9 en 1990, o sea, en pleno final de la guerra fría.

Hoy se habla de una sociedad postmoderna, postpornográfica, postglobalizada, posthistórica, postcultural, postneoliberal, postdigital. Si mi novela fantasea con la tecnocracia interplanetaria dentro de 900 años, en el siglo XXX, si existen los exoplanetas, si hay vida en otras regiones cósmicas, ¿no es un hermoso nombre, eufónico nombre, el de Natdzhadarayama, para nombrar una posibilidad de un mundo paralelo? ¿O se trata simplemente de un cuento chino, del exotismo oriental?

 

V. Remate en la esperanza

 

Publico mi novela para, primero, someterla al gusto y criterio de los lectores, y, segundo, como una forma de dignidad personal. Todo el tiempo dudo de mi afán literario, de si renunciar a la vida académica o a la creativa, de si vale algo, si cambia algo, si transforma y genera algo, mi hacer con la escritura. Escribo porque no puedo vivir sin escribir, pero tampoco puedo vivir de mi escritura. Tengo 35 años y de muchas formas llevo 17 años comenzando mi carrera literaria e intelectual. He vivido duelos y muertes, he vivido éxitos y fracasos, he vivido viajes (internos y externos), he vivido amores y desamores. Quizá no venda ni alcance la gran audiencia, eso no importa hoy. Para mí importa escribir, porque no puedo ser ni existir sin escritura, porque no puedo dejar de traducirme en palabras, no puedo vivir sin letras sin símbolos ni lenguaje, porque quizá una parte del don de la escritura, don del que me habló el maestro Pitol hace prácticamente 7 años, está de alguna forma en mí. Publico esta novela porque tiene sentido para mi hacer humano, porque uno necesita un público, escuchar comentarios, para crecer como autor y como persona, porque no es cuestión de premios, reconocimientos, genealogías o instituciones, el arte, la creación, la originalidad. Mi novela, capricho autogestivo o no, también es publicada como un acto de reconocimiento y de fe. Reconocimiento de una obra, de un trayecto vital, de una vivencia, de la traducción personalísima de un mundo, un estilo, un estar en el universo. Fe de transmitir y comunicar, de emocionar y transformar a otros y en otros, algo. Publico mi novela con esperanza, por mis propios medios, no como un acto de rebeldía o de cuestionamiento, no como una excentricidad o exquisitez, sino como posibilidad de compartir, de contrastar, de asumir, que la construcción de una vida, de una trayectoria, de una carrera, se nutre de pequeños y grandes actos, que sin la otredad necesaria, no sería más que un monólogo. También con la esperanza de la valentía, del entusiasmo, de la dignidad, hoy les doy a conocer mi narrativa. Espero que esta desnudes, esta memoria y su distorsión, no les haya causado desagrado, y si encuentran algo en Natdzhadarayama, por mínimo que sea, no olviden que como dijo Ignacio de Luzán sobre la poesía, extensivo a la literatura, “su esencia consiste en la invención, en las fábulas y en aquella facultad que tienen los poetas [y los escritores, diría yo] de dar alma y sentido a cosas inanimadas y de crear como un nuevo mundo distinto” (Luzán: 1974: p. 93).

Foto: Fernanda Pardo

Calles en versos torcidos

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Esfumarse como hábito

un torrente de voces,

ajetreo encinta del auto,

mecánica y derrumbe

de los buenos modales.

La civilidad arremete

contra el tejido cotidiano: realidad expurgada, muchachadas,

cantos a la rendija oscura donde una rata promulga

la rebelión de la basura. Ennegrecida la colina de edificios,

mortandad el aliento de cigarrillos

quemados, como los dientes y las manos,fragmento1

quema siempre y monóxido de carbono

por doquier. Versificar, podrido instante,

la curiosa marca de concreto. Añoranza,

quizá la naturaleza que nos abandona,

hoy que ruge, mañana que cultiva,

igual que mariposas en parques industriales.

Todo tronado de cristales, todo roto,

encrucijada vacua el cruce de cebra,

los niños sonrientes, juegos y domingos

nadaren la fuente, todo con el orden citadino:

fragilidad inmensa del hombre por el hombre,

culturas ancestrales que roncan en nuestras orejas.

Los días escupen horarios y el tendón céntrico,

corazón y decibel esquelético, nos mira desde una plaza

trazada por el ingenio de Vitruvio. Eso y más la torcedura.

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Exterminio eidético

visual1Hubo un tiempo limpio y transparente

para la idea. El pensamiento hablaba

yo callaba. Un régimen cruel se levantó

entonces, pero la calma, extinción en ciernes,

doblegó las aristas del lenguaje. Caí certero

a la urdimbre falsificada del retoricismo.

Oh desiertos mentales

Oh praderas mentales asesinadas

Oh miseria de palabras.

Entonces la cortina, dureza y formavisual1

de la rancia espiga ideológica,

rompió los surcos demacrados

de memorias y fotografías. Quedé ensombrecido

siempre cargando el costal del recuerdo…

y medité la angustia y engullí el terror

y fabriqué odas a la inclemencia del pensar.

Pensé que había un universo llano y existencial,

pero no había más que parques industriales abandonados.

Muero, pronto, expedito, en una bocanada

alfabética y se extingue el símbolo

en mi mente quejumbrosa y torcida.

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Fuga

fuga

Salté a la rendija,

existo, contra flujo

marea, mi verbo.

Ansia asidua,

premonición, esbelto

recinto, manantiales

del lenguaje. Escapatoria

ensamble de silencios,

alfabetos podridos,

laguna mental, ansia

de salto, rendija de luz,

sentido invertebrado.

Lengua y filosofía,

pocilga semántica,

añorar la infancia

como un libro perdido.

Fuga a la intromisión

de las realidades,

desfigurar el rostro

de los nombres. Acto

creativo, panfleto del yo,

como mismidad ausente,

ausencia de significados.

fuga

Microfilm

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Dejamos huellas,

todos los días dejamos

cicatrices, perdemos

tacto y lengua. Al viento

olvidamos la Historia,

modernidad nombrada,

emblema vacío, tetris archivístico, memoria

espolvoreada de sentido,

frases hechas, vestigios.

Soplamos narraciones

a la deriva el ego,

la muchachada

horneando los hechos.

Filtro de luz, lunas

encuentran tiempos,

anterior a la difusión,microfilm4

el anclaje de los eventos.

Periodicidad del fracaso.

¿Alguna vez dijimos

verdades contra la masa

energúmena? Voceamos

los candados sonoros del destino,

huimos así a la calma observadora.

 

Noticia de un tesista de Xalapa

carita marionetaMe devano la cabeza, el pensamiento, contra el filo de una tesis abominable, intensa, ampliamente documentada. Dudo de mis intentos creativos, igual que dudo de la bondad humana. Mantengo cerrado el frasco del olvido, porque creo que la tinta merece más memoria que silencio. avisoEntre ladrillos de conocimientos, mi afán libresco, mi imposibilidad de acceso a la gran audiencia, mis flagelos personales autoinducidos que disocian mi vida creativa, literaria, de mi vida académica, profesional. Mucho más que un hobbi, que un pasatiempo, escribir para mi es la vida. Pero termino embargando mis reflexiones, mis textos, por una estilística grandilocuente, exagerada, ininteligible. Siempre me falta preparación, siempre. Ante mí se levanta la senda absoluta del conocimiento. Mi escritura intenta ser una traducción infiel de una arista presente que arruina la escenografía global.

sala de conferenciasPor si esto fuera poco, o de escasa relevancia, mantengo una proliferan compra de libros que no puedo leer. Como compulsión, como un fetichismo, como una manda, adquiero libros. Quisiera ampliar los contenidos de este sitio, ampliarme, crecer. Pero tengo mi tesis, inabarcable, indómita, absoluta también. escritorio falazHasta que no la termine no estaré en paz, no podré dedicar mi atención a otra cosa. Eso me pasa por documentar ampliamente un hecho tan particular. Me arroba el trabajo intelectual, la contratación de ideas y opiniones, la construcción del conocimiento. Pero los días me endilgan su ligereza o pesadez, cada vez que voy a la cocina, armo un café y regreso a mi sitio de trabajo. Ahora, este balbuceo, este acto de impronta comunicativa, abre un mes nuevo en mi historial bloglibrero absortouístico. Para bien. Con dos meses intensos en visitas, satisfecho, me queda aún el aliento de dos proyectos editoriales cercanos: con Rodrigo Porrúa la publicación de mi ebook Advenimiento de la espera, poema extenso dividido en tres partes e ilustrado por mi amigo Sebastian Fund, y la publicación de mi novela con La Cosa Escrita de Marcos Merino, novela en ocasiones irreverente, en ocasiones seria, como un remedo de retazos este Olvidado Imperio Natdzhadarayama, ilustrado por otro amigo Azamat Méndez Suárez.

El teatro y su doble

 

Opus frustratio

Perdida, la voz truco, la imagen vereda, la seña, mutismo. Los ácidos lisérgicos estriban en una cúspide similar a la eternidad de Sísifo. Años que atardecen la curva atisbada, vida, espectro de luz, agnosticismo, nada que decir. Estoy aquí en el veredicto ontogénetico de la nada, absorto, y soy un puño de reclamos, una sombra de playa, una tormenta de fotografías blanco y negro. Soy una consulta al I Ching, pero olvido que también el vuelco orientalista es una estrellada singularidad ajena. Todo es rocas de símbolos, todos estamos aquí, insertos, inmersos, plenos de longitudinales fracasos. No es más que la hipótesis de una ventila emotiva, exacta, carrusel infanticida, la pelea de box del sábado pasado, es decir, todos los discursos deportivos que sobran en la lata de sopa campbells. Aquí, sin escritura, sin letras, sin sentido, la vacuidad compulsiva de la crudeza, innecesaria escolástica que superó los límites ilustrados. No sé, a veces creo que no debería tener un átomo de inteligencia, porque me extravío en los sonidos poéticos de la taza de café, me extravío en los ojos consagrados de la mujer que no amo, me pierdo todos los segundos en los senos jóvenes.

Introito

Estaba un  día sentada la cúspide literaria en el paseo de las estrellas. Y ahí se quedaron los vestigios de una carrera que nadie conoció.

primer mix 2.3.4

 

Actum I

Escribiría todos los libros que tuvieran que ver con el siglo XVIII. Leería a Voltaire, a Rousseau, a Montesquieu, a Diderot, pero también escucharía a Bach, a Haydn, a Hendel, a Mozart, y además estudiaría poética con Muratori y Luzán, estudiaría también el reinado de Luis XVI y Carlos III y quizá también habría de leer a Jonathan Swift. Pero esto que digo se basa en un viejo libro de historia literaria europea, en mi recóndito escondite libresco. Hay quien odia escribir desde la torre de marfil, yo no puedo escribir desde ninguna parte porque no soy culto, no soy letrado, no soy lector, no soy un conocedor, no soy nadie, no tengo piezas literarias, no tengo estilo, no tengo más que una torpeza emocional, una trunca búsqueda de mi mismo, eso soy, un espejismo, torcedura completa. Debería leer al Quijote, debería evitar seguir acumulando libros viejos, debería dejar de lado mis pretensiones. No es más que el acto de mantenerme encarcelado, eso, la cárcel de la ignorancia. Totalidad, es mucho más que los residuos del estructuralismo del siglo XX, mucho más que el reconocimiento de la antropología filosófica de Cassirer y la simbólica de Geertz y James Clifford. Es el trauma de mi juventud, no ser el gran joven, distinguido, no, perder el tiempo en horas muertas de contemplación pornográfica sin leer al Marqués de Sade. Pamplinas, qué importa Bataille, qué importa Ruy Sánchez, qué importa Susan Sontag. El recuento me hace sentir nauseabundo, totalidad, torpeza, torcedura. Evito también a los poetas, a Ungaretti, a Baudelaire, a Rimbuad, a Ginsberg, a Pessoa, evito a todos, evito el destino de mi mirada. Estoy aquí, encerrado en la jaula del tiempo, en el pasado perdido, eso, el siglo XX, qué más da, el XVIII, es toda la figura de mi pensamiento. No importa más si quiera leer a Carlos Monsiváis, no importa si quiera perderse en las personalidades, no importa, porque no tengo un libro ni una idea ni un pensamiento ni siquiera puedo creer que exista mi perfil en la globalidad y soy un autómata. No importa la lingüística de la escuela de Praga ni Hjelmslev ni tampoco importa pensar qué la epistemología de la modernidad no caducó con la postmodernidad y que al contrario, es un trauma. Tinaco vacío, mí cabeza, ánfora destruida. Y no importa tener proyectos de lectura, no importa porque todo es un acumular falso, todo es como la piedra filosofal. No, he perdido el misticismo y soy otro, soy el que termina absorto y miserable, sin compañera de juegos sexuales, sin pareja, sin vida social. Soy un autómata.

mix segundo 2.3.4

Actum II

Esta escritura es parcial, parcialidad escrita la lengua de mis ancestros. No sé, el tiempo pasa, las vidas pasan, moriremos. El mundo pasa, el universo transcurre, totalidad. Escritura parcial. No tengo futuro porque no tengo presente. Estoy aquí, perdido, lejos, con puros PDFS que nadie leerá. Y soy inféliz porque mis triunfos me saben a fracasos.

Proyectum III

Addenda: si pudiera ser, mantenerme erguido como olvido de las masacres, si pudiera ser más que tendones y sangre. No sé. quisiera tener una novia de proporciones pornográficas. Pero todo es tan aterrador. También tenía una cinta negra en el cajón.

Secreto

Recluir el salto de otras vidas

en tu vida

resguardo y sitio de reserva

complicidad toda esa marea de vivencias.

Rostros y corte de uñas y pelo

manantiales de anécdotas que son pasos

silencio

abierto al colapso de los mares

de las torres de granito naturales.

Flujo de memorias anteriores al eclipse

donde saltas para esconder

el álbum de fotos de tu infancia.