Retorización

 

Flácida esta dureza cristalina de los ayeres hoy transidos, esbelta debilidad, fuga incierta el silogismo deshecho. Había una vez una especie que fue derribada por el eco solo, de la calle y sus ruidos emblema, solo, ese ruido, leve rumor, ajetreo, incipiente estructura. La consabida insignia del anclaje, océano siempre caer a las fauces silenciosas, un rugir en la cinta tiesa de lo endeble. Murmurar también en tautologías siniestros campos colapsados, humanidad, fértil sino, escueto sacudirse en el mantel apoltronado del confort. Desdecir el nombrar la cicatriz espuria, designio histórico, desgano vital, maquiavélica sombra, silueta, si ocaso también partida, si viaje también tormenta, ¿hacemos con las astillas del amor una balsa y nos escanciamos imágenes de este siglo? Los ángeles están ubicuos en la soltura, en el gris nocturno, como nosotros, cansados, embadurnados, asombrados, estamos despilfarrados en cariños, tientos, estanterías de bibliotecas del siglo XVII, aromas —tampoco falta un atisbo que reticule el indómito designar el atenuado sentido del encumbramiento ideogramática—, porque el sin final, tiempo, oh carta de amor, es igual un ápice de los endebles saltos, endebles también los atropellos, como voces endebles, igual de frágiles que el granito ante el terremoto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciudadanía del tejado

Intermedio

si trota nuestra mirada

espuma de cielo

deja,

andar si vuelo,

truco si meta

mecánica: mecanismo

absorber el dintel

de los años. Juventud

ramificada, maleza nuestra

visión, como de un mundo

fragmento, truco de guiñol

aposentar la esencia

de las nubes: intermedio.

Gatilleros y gatillos

circunvecinos atómicos

nuestros: tejados

polis cierta del compendio

axiológico tildando el viento

con el estilo plural

de los cielos acantilados.

La suciedad de los poetas muertos

Esa melosa sentencia,

crucifixión nombrar

escondites inperiosos,

melodía es, tiento es,

soplo, quizá llanto,

no la raza o el designio

—humanos— sino

el precipitar los ácidos

años del spleen –agua—.

Vaporizar el verbo, retorcer

la metáfora, seña y abismo,

truco, mas infeliz, ritmo,

cansancio de generaciones

corruptela y maña: balada

de las mañas torcidas en TV.

Angustiamos, como esfinter

conteniendo, el transitar

segundos y meses, públicos

esperamos, siempre, aquí,

donde versos conjugan

esperpentos —Dios nos incumbe

desde el principio de la luz—.

Ahí están nuestros cadáveres:

versos, metros,

atardeceres, melomanías,

tradiciones, como rosas y tulipanes

en los Países Bajos, siempre,

ganando un poco de terreno al mar

de la barbarie estrecha del sentido.

Putrefactum

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Lazar la cloaca del alma

con la pútrida forma

es una alquimia olvidada,

entre callejones y plazas,

con el vuelo de las palomas,

cadáveres del horizonte.

Pero destella el apunte

de la libreta marchita

del hedor de los sentimientos.

Y a mitad de la escena,

oh prefijo dislocado,

el poeta remienda su verso

porque una indigente

se da a la fuga de la policía.

Todas las sombras citadinas

respiran dentro, amasijo

de soltura desagradable,

la injusticia reclama

un espacio en el tránsito

cotidiano… y nos escupe

a la cara sus formas contiguas.

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Autoconcepción negativa: negatividad constructiva

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I

Hay un punto en el camino de la vida en el que puedes quedar doblado, torcido, resquebrajado por todo lo que no has conseguido, todo lo que no has hecho, todo lo que te hace arrepentirte de ser quien eres. Imbuido en una moral judeocristiana, más por motivos culturales que familiares, vivir el arrepentimiento como una dosis para la creatividad es un marasmo difícil de asimilar. No importa naufragar en el input deteriorado o concebirse negativamente, como una basura del siglo o un aborto frustrado, sino el eco catártico, el desahogo, el hecho, intrascendente, de la traducción vivencial de un ego, de un ser, de una entidad psíquica única, exclusiva, que se proyecta al universo público.

No es el acto rememorativo o las secuencias intelectuales recorridas, ni siquiera es el hecho de saberse privilegiado y sentirse, por ello, un miserable en el presente. No es tampoco la dosis existencialista o ni siquiera el apabullante escándalo del wanna be a writer o peor aún quizá el ghetto prefabricado en torno de mi persona, lo que me induce a interpretar mi realidad como una almohada pedregosa de sabores exóticos. Ni siquiera es el posible tono difamatorio de algunos de mis escritos o peor aún el emolumento autodifamatorio, lo que moviliza este catartic moment.

II

Cuando tienes 18 años y pasas 10 años viviendo en crisis, ¿qué te queda a los 30? No es tampoco el hecho, proeza o no, de sobrepasar los obstáculos. Es un oscurantismo autoinducido, inductivo de las mareas lunares, epicéntrico de recuerdos intraducibles. No es tampoco esta prosa infértil o la letanía mortífera de sentirse uno menos en el mundo. Es mucho peor que el dobles firme de la juventud que me dijo: no puedes. Y es también el podrido acto de acumulación de poder, es la negación de toda instancia mística y mágico-religiosa, es una especie de ateísmo culpable o de un deísmo falto de congruencia racional. Es también la torcedura de los afectos perdidos, de los seres queridos muertos, de los que aún no se van pero ser irán. Es todo eso y también el odio y el rencor y la frustración y todo lo que significa ser alguien a quien nadie busca un sábado por la noche, a quién nadie llama un día cualquiera, a quien nadie toca la puerta de su casa. Y en esto estriba la ningunidad, un ser ninguno, un ser nadie, ya trascendido el acto del don juanismo, ya fertilizada la semilla desquiciada de un verbo en distorsión. Nunca recibí educación religiosa y no la recibiré. Es eso, lo ninguno, el ningunismo, el representar una ausencia, un algo desagradable, podrido, lúgubre, incomprensible. Y de ahí los huecos y vestigios de otros días cuando la sociedad, cuando las personas, cuando otros se proyectaban en este espejo, ahora disformismo musical.

III

Paseo cantando irreverencias

canto de melodías mutiladas, pastiche

inseminado de distorsión, Mozart y otros,

cumbia, reggeton, jamás rancheras. Las viejas del patrón,

el peor programa musical  de todos los tiempos

la inspiración. Mutilación emocional, declive, existencia

torpeza social inmanente al abismo crudo de no decir nada.

No decir nada, no ser nada, nadie, nadie, nadie, aquí.

Estaba saltando cuando caí y caí tan hondo

y salté tan alto y escuche un trueno y me partió.

Partido como transición de milenio, te extraño madre flor.

IV

Y todas las veces estar arrinconado, ya no con lecturas ni autores, sino con una falsificación por identidad, estar ahí, en el mundo, un ser extraviado, sin núcleo, sin centro, sin sentido, con un corazón que ama, con una deseo que se expande, con la tristeza de la distancia, distancia siempre realidad que amordaza los sueños, que amarra las ilusiones, que derruye los placeres. Llegar siempre al mismo punto, al mismo sitio, a las mismas conclusiones, un círculo, no una espiral. Algo que no ha dejado de ser, algo como una maldición, algo quizá ya de tan viejo, de tan antiguo, peor que obsoleto, cadáver.

Incrédulo mascullo este escrito, este vómito de letras, de palabras. ¿Intención? No puede pensarse el mundo, no puede aprehenderse la realidad, no sin antes atender el complejo personal, la unidad psíquica interna. No puede abstraerse nada sin antes proponer una concreción del adentro. Y en ese devenir, en esa dialéctica ego-grupo-sociadad, me pierdo, todo el tiempo. Por eso, desde esta torre de cristal, desde este asidero insano o torre también de marfil, desde aquí, el juicio extremoso de lo inmediato. La figuración obtusa, miope, lánguida, del no ser, del no pertenecer, del no estar, del estar no como ausente sino de ser ausencia…

Romulaizer Pardo

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Despilfarro verbal novo

Encapsulaste mi alegría

en un ambiente de tristeza

día gris,

melancolía,

átomos de turbias campañas

contra la hepatitis existencial.

Añoraríamos la canción del prado

si el prado fuera

una cubeta de sal y una armonía clásica,

pero surcamos el océano de la incomprensión

en el caballo de hierro que es nuestra demencia corta.

Encíclica premonitoria el advenimiento nuestro

que figuramos como sombras de teatro;

síncopa forte

demacrada silueta juvenil

perfidia, el acento de tu plática, libro estéril.

Totalizadora imagen de azul pantalla

o proyección de cine de los veintes

o huelga de panaderos

o mejor aún campaña presidencial de final de los cuarentas.

No es más que un extravío el pasajero móvil

del sueño irreparable, perdido, pasaje de ida y vuelta

a la cortina del formato alquitranado: tabaquismo histórico

del régimen dominante, hoy una purga poblacional.

Inconexo y palabras adyacentes que no son búsquedas.

Nosotros, ahí, en una foto infantil, no sé, carcomida,

es más el espíritu perdido que los años de lectura.

Extravío vocacional

 

2002, viajé al mundial de FIFA Corea-Japón y escandalicé Tokio una noche de mayo. Estaba desesperado porque había estado usando LSD. Pero el sushi en Japón es grandioso.

Bien o mal, soy un impostor. Navego por intencionalidades falaces, por rincones estéticos dudosos, es más, ni siquiera conozco las distinciones entre los géneros y tipos de escritura, pensamiento o argumentación. Soy un orgulloso producto del subdesarrollo mexicano del siglo XX y un libertino que termina atormentado por sus renglones vomitados desde la entraña pretérita. El tema de una posible identidad, rota en muchos niveles y sentidos, es también una cansada fórmula de cocina creativa: ¿quién soy? Un adulto de 33 años que se siente inferior a las personas de su edad, que se culpa por actos moralmente cuestionables, que no perdona los accidentes juveniles, que se la pasa comparando la vida de los otros con la propia para llegar a la conclusión de la miseria auto-inducida.

Ya es un cansancio lo que pueda opinar, es más, si quisiera tener un perfil digital, si quisiera construir una identidad, ¿no debería acaso interactuar, buscar foros, plantear preguntas a otros, vincularme? Todo es este oasis de soledad, de abandono, como los libros de viejo adquiridos, no leídos, como las postales no contestadas, como los viajes no hechos. El padecimiento recrudecido de un esquizofrenia crónica y progresiva, el dolor de la auto marginación, del auto engaño, del auto fastidio, de la auto evasión. Las cajetillas de cigarros, los platos sucios, el exceso de café. Maldita sea, muchas personas creen que debería cambiar mi estilo de vida. También debería asumirme como un maldito conservador, intolerante, acomplejado, degenerado. No es sólo leer lo que otros no leen, atender lo

He olvidado las habilidades sociales para estar en grupo.

que otros no atienden, no, es ser una ausencia menos, como dije hace años. El hombre es gregario por naturaleza, político por naturaleza, pero yo no creo en la naturaleza humana desde hace mucho tiempo. Por eso mis carencias son también la carencia de la otredad, no sólo de algún sistema filosófico, moral, intelectual o de creencias que pueda aliviar el hecho de las truculencias, de la hipocresía personal, no sólo los estribos faltos de razón que anidan sus locomotoras en mi silencio.

Preguntarme quién soy cuando me encuentro roto, deshilvanado, fugaz, cuando me entero que soy un rezagado históricamente, en mi medio social, en mi momento contemporáneo, en la vida. El sino de ser prematuro, antes de madurar, es el sino de estar siempre fuera de lugar, donde no debería estar y estoy porque no encuentro otro lugar en el mundo.

Ni qué decir de los trayectos frustrados, más ahora que el mundo es tan abierto y tan ancho, pero también tan obtuso y tan miope. Olvido con facilidad lo simple, lo delicado, lo humilde, porque me moviliza un egoísmo sin sentido: yo no soy yo como Dariana no fue Dariana y Dios no fue Dios. Porque las dimensiones místicas de mi existencia, no sólo como existir individual presente, son migajas de los últimos 15 años. Debería madurar, afrontar el reto de crecer, escribir mi tesis, concluir. Pero  no puedo, porque llevo años recolectando libros del siglo XVIII, porque llevo años sin una guía creativa, porque no importa lo que escriba o lo que piense ni siquiera lo que viva. Es toda una inutilidad llamada ego. No podría dar un curso de ninguna materia, no domino a ningún autor, no tengo profesión definida, intento pasar de un género a otro pero desconozco los cánones y reglas de cada uno, en una palabra, soy un escritorsuelo desde una ciencia infusa. Y en el vacío que vivo, en esta pocilga, donde están embodegadas memorias, personas, números telefónicos, fotografías, posters, entre lo que alberga mi bodega, es el lenguaje y el trauma de los nombres, de los referentes y los significantes, dislocados de una significación y un significado definido y estable, lo que me instruye como parte de la dislocación personal.

Egoísmo contra Ecologismo

No lo he leído, bueno, algo sí, pero no mucho. BORGES

Debería quizá escribir un diario, no sé, algo, que me destrabe, algo que me saqué de la órbita obtusa: leer a Borges, ver una película, ir a una representación teatral, cocinar. Pero no, estoy atrapado, vivo en un cautiverio cifrado en un evento de hace 13 años, en la imposibilidad de una esperanza que se podría lentamente y que ahora es una fétida esencia personal. Vivo en la desgracia de lo que no fui, en la nostalgia de lo que no soy, en el fracaso de lo que no intente, en el arrepentimiento de lo que he vivido. Aunque no soy católico, aclaro. Vivo dejando pasar y hacer, en un trueque incipiente y arrítmico basado en el Kula de las islas Trobriand: a la izquierda circulan las tristezas y a la derecha circulan las desesperanzas.

Además invoco mis oficios intelectuales, mis tareas escriturales, mis actividades “creativas” que son no sólo los remilgos psíquicos de mis fracasos: ¿para qué coño estoy vivo? ¿qué chingados estoy buscando en el mundo? No lo sé, ni siquiera me importa tener ambiciones o sueños o ideales o ser una hombre completo. Estoy podrido por dentro y por fuera soy como un transporte de combustión interna: emitiendo dióxido de carbono al fumar como chacuaco. Debería tener algo de sensatez. No puedo siquiera distinguir mis faltas ortográficas, vivo un desconsuelo porque nada es suficiente, nunca es tiempo propicio, porque he olvidado leer el I Ching, preguntar al oráculo, porque me niego a ser parte de un mundo, de una país, de una ciudad, de un estado, también podrido por todas partes. Porque inscrito en el curso monográfico de la monotonía, esa que es no desayunar, no comer, no quererse, no entender que no seré Charles Baudelaire, que no llega mi oportunidad de brillar públicamente, que si quiero algo tengo que luchar, pero desfallezco y me rindo, desisto, porque tengo la frustrada intención de un gran proyecto escrito, de un gran auto-meta-relato, porque soy mi ficcionalidad, esquizoide, bipartita, longitudinal y enfrascado en la burbuja continua de un instante. Conmigo la ignorancia, la arrogancia, la falacia, la preponderancia de lo inservible, de lo chatarra, porque soy la chatarra del cambio de siglo, chatarra social. Un clase media venido a menos, extraviado en antros y prostíbulos, adormecido ya por el impulso juvenil de una brutal adicción de 10 años, he perdido la voluntad, el impulso que años atrás renové. En mi egoísmo no caben los regalos para otras personas, no caben los seres queridos, no cabe nada más que la ausencia de mi madre, el trauma del amor no vivido con Dariana, el anclaje torcido de mis 20 años dilapidados: dilapidar fortunas heredadas, dilapidar el tiempo, dilapidar los años y los esfuerzos. Quizá esté deprimido o enfermo o desanimado o simplemente harto de vivir mi vida, esta vida sin amor, sin alegría, sin regocijo, sin dicha. Es todo eso y mis pretensiones, esas de conquistar a Marian Orlova hace 5 años, las de acercarme a Sergio Pitol aquí en Xalapa, las de escribir pelafustanamente ensayos retorcidos, redundantes, retóricamente ramplones y obtusos, la pretensión misma de vivir como diputado mexicano del PRI siendo hijo de una mujer que fue encarcelada, torturada y perseguido por el gobierno priista. ¿Extraviado? Ni siquiera sé qué pasó hoy en mi ciudad, en mi barrio, no sé qué demonios planea la NASA. Soy una isla de insignificados, soy un isignificante, soy un murmullo. Dicen y escucho y veo y noto que han pasado cosas maravillosas en los últimos 15 años. Yo no he vivido ni una cosa maravillosa en 15 años. Me recuerdan que la vida es eso, maravillosa, y me resisto como si estuviera en la incubadora de la infelicidad y no quisiera salir de ahí.

Space explorer

Para limpiarse…

Y mi desahogo, mi consuelo, fue y es este blog, este sitio, que ya no tiene vida, que está como extraviado, como agujero negro en el cyber espacio. La pugna constante, el deber ser, el parecer, el wanna be, el maremagnum del presente y sus producciones, nunca antes tan inabarcable como ahora.  Qué importa Jung, Freud, Fromm, qué importa el psicoanálisis. Que importa la cultura, la antropología, la literatura, la lingüística, la música, las humanidades, la historia, la estética, la ética, la sociología, qué importa el mundo, el presente, el tiempo, todo es una mierda, una mierda que pruebo todos los días, esa mierda de tener 20 años e irte a la chingada, solo. La misma mierda de que el teléfono de mi casa no suene, de que no tenga visitas, de que nadie sepa si comí hoy o no, si estoy enfermo o si me emociona la idea de viajar pronto. La mierda de no ser tomado en cuenta, de vivir una nulidad. La mierda de mis exageraciones, de mi cerco emocional, la mierda de vivir la monotonía de mi terapia que ya no funciona, la mierda de no tener con quien coger, la mierda de tener que terminar una carrera y no poder escribir en libertad, la mierda mía de todas las mañanas: despertar, prender un cigarro, fumar, hacer café, tomarlo. Esa mierda de las moscas en mi casa, de los platos sucios, el espíritu de la depresión, depressive mode, falta de ánimo. Pero no cerraré así la puerta hoy, no me iré a dormir de esta manera.

 

Había una vez un joven que quería ser antropólogo. Su madre murió. Se quedó en un viaje de LSD. Conoció a una chica que le gustó pero que no volvió a ver. Los años pasaron. Ahora escribe un blog en wordpress.

 

 

 

 

Mi gangrenismo mental

Inteligencia gangrenada, esparcida por el territorio improductivo de la mecanización emotiva: mi boca mal oliente y los juicios externos que componen una sinfonía esquizoide. No sé, a veces me imagino que habría sido de mi si hubiera sido antropólogo, si hubiera acogido los consejos de los mayores cuando me internaba en el abismo autodestructivo. No sé tampoco de qué sirvió leer psiconanálisis ni mucho menos comprendo cuál es el motivo de mis discursos. ¿Desde qué trinchera podría analizarse mi discursividad? A ratos me encuentro como un enfermo y a veces como un ser que desahoga un alma vieja y cansada. A ratos me veo en el espejo y no me reconozco. No sé, me habría gustado dedicarme a algo más que a desgastar mis impulsos nerviosos. Sacudo los días de la tristeza que se instaló en los resquicios de mi corazón. No veo películas, no escucho música, me encuentro siempre perdido, extraviado, en el percance presente de los ecos magnificados de la tortura existencial.

Al final del día dudo de todo, menos del cigarrillo que enciendo y me pregunto si algo bueno vendrá porque estoy encerrado en una casa hermosa, en una ciudad provinciana, en un sitio donde no puedo entablar un diálogo con mis pares. Estoy aquí y me veo tan lejano, tan absorto, tan distante, y me duele.

 

Este Romulaizer

Impasse

Florece mi discursividad ignorante. Florezco con grandilocuencia. Petulante, arrogante, cínico, soy un cretino de la terminología neológica. Falaz y tautológico esculpo axiomas poco clarificados y mantengo tersa la versión anacrónica de los hechos. Azules campos electroacústicos generan mis dendritas y desconozco el precio del morrón verde y del maíz transgénico. Escupo, eructo, palabrería y retoricismo intelectualista. No hay mensaje, no hay transparencia. Sepulcro ignoto, el pasado humanista. Lóbrega tendencia, pathos anulatorio, espectral algortimo de trigonometría escultórica, virtualismo esperpéntico, cuantificación estratolográfica, vocabulario pódrido.

Descomposición, artería venosa de lecturas caducas, versiones caducas, libros caducos, ideas caducas: conservadurismo intacto de la originalidad. Petulancia, arrogancia, cretinismo apoerético, tremendismo constipado de una verbalidad secularizante y profana. Apoteosis de fluctuaciones macro epistemológicas.