Por el desquicio de la luz, negación de la visualidad

face2Debería arremeter mis ideas, mis pensamientos, mis palabras, con un flujo de autores que me pudieran dar orientación a estas intentonas disformes que elaboro desde mi automatismo mecanográfico. Disculpen si los hago perder el tiempo con este, mi ideario sin agenda. Hace 16 años pude muy bien ser acreedor de un embalsamamiento ideológico, pero en contra posición a mis devenires intelectuales, mis orientaciones y preferencias no involucran nítidamente un gramo de cordura. Y aquí, en este intervalo semi racional, escondo mi filosofía y promulgo una esperpéntica mirada a la globalidad y sus digitalismos. La predominancia de los efectos visuales en todas las esferas de la vida no han hecho sino reducir y segmentar las preferencias y orientaciones de la oferta cultural. Es decir que hace 100 años uno se maravillaba con el cine y hoy el cine es una referencia común de nuestros tiempos. El salto mediático que la imagen como emblema de nuestros días permite, no debe hacernos sospechar lo que es el analfabetismo funcional y las derivaciones propias de la pérdida del aprendizaje lecto-escrito. Más allá de una indagación sobre las dimensiones reales de las posibilidades educativas, el océano de luz en el que habitamos los nativos del siglo XXI no puede disociarse de la proliferación visualista de las estructuras mentales, conductuales, comunicativas y face4culturales.

¿Qué no es vivir pegado a la tecnología una forma de dependencia luminosa? ¿No nos frustra, como especie, no poder elaborar un proceso fotosintético y a cambio de eso nuestros impulsos culturales nos han orillado a vivir pegados de entes luminosos? ¿No es nuestro trauma histórico del pecado original el que nos ha recubierto el tejido exoepitelial tecnológico luminoso para hacernos creer que enteramente podemos crear y modificar a partir de elementos enajenantes? Si un litigio en pro de la tecnología nos permitiera aducir que estamos en un universo abierto y ancho al sin número de posibilidades propias de una saturación global expresiva, también podríamos muy bien creer que en el universo cerrado de la actividad humana vivimos actualmente los tiempos más conservadores que jamás hayan existido. Y en el vaivén de la innovación y la tradición, los sujetos comunes y corrientes nos face1inducimos a un cierto compañerismo que permita señalar algunos rumbos. No es más que la explosión masiva y tecnócrata del acto comunicativo, que devela, además, la tendenciosidad visual: toda imagen es objeto de distribución, sin importar su contenido, todo objeto visual llega, penetra, incide en el grueso de la población. ¿Nos importa tener una cultura visual? Más allá de una educación estética o cinematográfica, nuestro cosmos cultural nos ha orillado a la ceguera alfabética y una inclemente pérdida de los sentidos, sobre todo del común.

Si vivimos absortos en la luz (día, computadora, televisión, cinema, fotografía, vídeo) de este aglomerado visual no podemos desligar una fácil y pronta tendencia al deterioro alfabético, más que sonoro. Porque la cultura visual nos induce a creer que atrapamos algo, que cachamos algún sentido, aunque quizá mutilamos nuestras facultades alfabéticas por la accesibilidad de la imagen. Con el face3sonido pasan otros fenómenos, pero que se asocian en ocasiones con el discurso audiovisual.

Si esto es mucho o es poco, si esto es claro o es obscuro, si esto pretende ser algo más que un epitafio ensayado de mis pensamientos, quizá simplemente me falta acercarme al método sociológico y etnográfico de una digitalidad global que nos engulle y desmiente a cada momento.

 

Idola tempus

 

Los ídolos aglomerados del presente

escudriñan su efímera trascendencia.

Un galope propagandístico proclama

la llegada de una nueva ola —que de nueva

tiene lo mismo que el alfabeto griego—

para marcar al ritmo de los atuendos.

¿Perdimos acaso el discernimiento

cuando náufragos nos arrobamos

en lo que un otro distante hace?

Y todos queremos acercarnos —¿queremos?—

a ese mito viviente que reluce en el escenario.

idola tempus

Terrores y presente

El halo de podredumbre presente implica hacer una valoración transgeneracional siempre que nos enfrentamos a un mundo, a un ethos, que nos ha sido heredado. En el nivel de la herencia, especialmente del siglo XX y lo que va del XXI, los que nos encontramos en una intención “aún de cierta modernidad” no podemos dejar de sorprendernos frente a este estado de cosas terrorífico y terrorista. Las escalas múltiples de la herencia no implican, exclusivamente, el hecho de habitar un planeta saqueado, de vivir en un tejido social global descompuesto, de pretender, en el estado del capitalismo salvaje, la concreción de intereses particulares, egoistas, individuales. El sentido de pertenencia a una comunidad implica también asumir que los terroristas o el terror tienen su lógica comunitaria. La era del terror global puede cifrarse en el estado de la psique colectiva que denomino necropatismo, la sensación y vigencia absoluta de la muerte como simbolismo oculto a nuestros días. En ese sentido, el afán de sobre vivencia y el impulso por mantener una “armonía ilustrada y moderna” contrasta con el hecho del multihomicida momento contemporáneo, divergente de momentos previos exclusivamente en la dimensión hipersaturada comunicativa del presentismo, es decir, la masificación saturadora de las informaciones tendenciosas sobre las víctimas inocentes del terrorismo y sus secuaces, los directos y los velados.

Changoidismo de una existencialidad en el genitalismo global

changuita peson negroMientras perdura el genitalismo global, la exposición exponencial de arrecifes corporales erotizados, el mito del chango que explota contra los nubarrones verbales del ser. La existencialidad maciza que conduce a los delirios del mítico animalismo humano es una copla atemorizada de salitre y sabanas africanas. No es más que la selva digital la que esconde los semilleros. Imagio mundi, imagio homine. Ninguna pieza del rompecabezas de la evolución puede sobresaltarse. Mutilatio cultis o de como sobrevivir en el ácido torrente de la virtualidad, digitalismo y exposición completa de los miembros: genitalismo ramplón, exacerbación pornotópica, explicatividad sonámbula: animalidad excretora de las reminiscencias prófugas, fugitividad de los changos, nuestros ancestros. Ahí, entre la muchedumbre de los eventos eternos, ese impulso de gritar, escandalizando los añorados retratos de la civilización. Antimutismo, mutilatio verba, contra ataque a la imaginación derrocada de los reinos del placer.

El hiperrealismo expone con toda certeza remilgosas figuras que aceitan el engranaje existencial. monkey gunVívida la cúpula de los tiempos establece terrenos propios a la exégesis mutilada. En fin, el pensamiento parece ser el mismo del planeta de los simios, el mismo que una figura del reaggeton o peor aún, el colonialismo del ego, de la presencia esencializada interior: animales de gimnasio, animales armados, animales sexuales, animales que no son changos, aunque lo parezcan. La animalidad se oponía a la razón, la ilustración buscaba el freno de los instintos. Las normativas religiosas no son otra cosa que los frenos a los impulsos animales. No es en balde mi esperpéntica changoidea, es mucho menos que un refrito de la lectura Naturaleza y Cultura de Leví-Strauss. Es por un sentido dionisiaco, un sentido que trasgrede el orden civilizatorio, increpando los cimientos mismos de mi tendenciosidad, lo que me remite a una pérfida apologética: si vivimos la genitalidad en la digitalidad de la globalidad el changoidismo representa un movimiento animalizado del mítico retorno a un epoquismo pasado. Don’t try to fool me. When the monkey man arrives we will be having oral sex and touching our skin. chango espantandoPero no se puede remitir a elaboraciones culturales, no se puede pensar, si quiera, en una mitología cultural del arquetipo del chango. No, tampoco es el signo del calendario chino de mi difunta madre, mono, el que escupo aquí. Es mucho más que eso, mucho menos que un motivo, una motivación, que se erige ramplonamente como fantasma de una vivencia nocturna, como residuo de una figuración erótica, como frustración psicodélica de una noche de primavera, una primavera: la mutación generacional en el tránsito de siglo. Y todos esos jóvenes protestando, no son acaso reprimidos por lingua changoidumtodos esos semi changos policiacos. No es entonces la represión, el instinto de sobrevivencia, la álgebra política, formas del animalismo. Si la sensates existía es quizá hoy cuando se convierte en demencia, es más, el genitalismo global es una fórmula simple de hedonismo, el changoidismo es una fórmula simple de exposición. Gritemos. vamos, adelante, sí, gimamos contra las pantallas luminosas. Escritura falaz, es más, falacia y tautología de la existencia sentenciada a una pocilga emotiva, eso es, changoidismo, elaboración raquítica del chango smokingser, esencialista, reduccionista, historicista, es más, no siquiera una simbólica ejecutoria del vacío sino un vacío ejecutorio del simbolismo informe. Esquina de los trinches cognitivos, trinche mental, experiencia, mutilatio verba. Non homine ad terra sino más bien el paso del chango, uh, ah. Alone, the monkey girl, with the very best breast ever build by nature, kiss him and suddenly the nightmare begins. We wish to be somewhere where we can be loved and we can’t loved those things that threaten us.

 

 

 

 

 

 

 

 

Presente ciego

Hoy aquí en este país de acero y carne, celebran misa masiva y renuevan la credulidad fanática. Se vive ese énfasis de exageración cuando los hombres mueren hoy. Exageración de su vida y de sus obras, exageración de su certeza y de sus méritos. Los anónimos, nosotros, quedamos inmersos en la dureza de la desatención. Los ánimos también se exageran cuando mueren los “grandes”. Los medianos hacen homenajes a sus ídolos totémicos. Los que siguen aquí intentan plasmar una memoria caudalosa en un instante y de pronto es el sentido manido de la historia como hazaña la que queda inscrita en el evento funerario. ¿Acaso los que estamos aquí, que según los grandes medios, los grupos, las élites, no somos alguien de valor, acaso nosotros no valemos también? ¿No valen nuestras ideas ni nuestros esfuerzos creativos? ¿No valen acaso nuestras lecturas y nuestras predilecciones? No, vivimos la ceguera fanática por todas partes. No hay antídoto contra la idolatría sensacionalista que maneja a las muchedumbres, ora política ora literaria ora televisiva ora académica, idolatría, fanatismo, ceguera, por todas partes. ¿No sabes nada del presente? Ceguera. ¿No leíste al premio Nobel? Ceguera. ¿No sabes quién es la estrella del momento? Ceguera. ¿No compartes la lucha política? Ceguera. Y todo se convierte en un nudo simple en donde no importa si tienes un punto de vista pues estás al margen, en los lindes mismos del acontecer. Ceguera fanática e idolatría masiva.  Se paga el precio de la evasión y la omisión con un aislamiento social crudo pero simple: nadie atenderá lo que puedas opinar o decir o creer o expresar. La anulación rotunda se ciñe sobre los que no participamos en el ajedrez global. Anulación social que conduce a la sociopatía individual. Frustración de los lazos afectivos, mercantilización de las emociones, nulidad, abismo cierto de un punto negro en el perfil blanco de la multitud. ¿Los matices? No son rúbricas de la fábrica social. Nada de eso. Anulada la perspectiva distinta, vivimos el ejercicio de la intolerancia colectiva a lo diferente que se nombra diverso pero es sólo parte del acto demagógico de las cúpulas gobernantes.

Rincón de una hostil penumbra esto que aquí se dice. Penumbra mía, esa nulidad que vivo, anulación interior y exterior, sombras de otros días, mutilación melancólica este sentir bilioso. De pronto te das cuenta que no cabes en el mundo.

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Evidencias longitudinales de una catástrofe duradera

La sobrevivencia en tiempos de crisis parece ser una esfera cristalina de fácil quiebre. Las tendencias del neoliberalismo y la tecnocratización de la vida son una forma ramplona de encuadrar los daños vigentes de la actividad humana en todos los niveles. El impulso depredador y la rapiña en todas sus facetas mantiene la vigencia del debate sobre una dudosa naturaleza humana. No es por tanto gratuito el abigarramiento y endurecimiento de las tradiciones y dogmas, de las ortodoxias y fanatismos más cruentos y cegadores: religiones, partidismos nacionalistas, racismo, sexismo, etnocentrismo, neocomunismo y neoanarquismo entre los que son más evidentes en la orbe global. La crisis en su acepción más cercana puede traducirse como un tiempo de dificultades exacerbadas que para ciertos sectores de la sociedad resultan oportunidad y para otros una constante desventaja. El respaldo del proyecto global de humanidad se ha desmoronado en los asideros posibles de una debacle fractálica de injusticia, desigualdad, abandono y pobreza. El hecho puede mostrarse en una dualidad estructural cuyos polos son la lucha antisistema y la salvaguarda del sistema mismo, con toda una tonalidad de posturas y de prácticas tanto políticas como económicas, culturales y sociales, de donde la polaridad constitutiva del globalismo puede traducirse en la democratización de la esclavitud per se en todas sus dimensiones: psíquicas, creativas, económicas, productivas, ideológicas, estéticas, narcóticas. Pienso por tanto en los ejes articuladores de este momento de crisis y no puedo sino asimilar una barbarie narcoléptica y narcotizante, un influjo contundente que supera la ilusión civilizatoria ilustrada para oponer la ley del más fuerte, del más apto, del más aculturado, al gran proyecto de despilfarro energético.

Desde el sitio sunwarrior.com

The Garbage Patch: One Bag’s Exodus to the Ocean

Globalidad e impertinencia existencial

Arrobarse por los terrores contemporáneos puede ser una fórmula rotunda de aceptar el inhumanisno vigente. Los tiempos no son más que un calco de una barbarie renovatoria, registro de animalidades estertóreas y corruptoras, visión del agonismo vital de la especie. El acento consternado de la falsa objetividad y su consabido proceso de objetivación son sólo el residuo del infértil galope civilizatorio que se desprende hacia este renovado salvajismo, mucho peor que el primitivismo de la sociedades étnicas investigadas por la antropología euroccidental. Los impulsos de la legitimidad bárbara han volcado todo a contemplar ya no al buen salvaje de Rousseua sino al mal salvaje: intolerante, violento, autoritario, desdichado, crédulo y sobre todo capitalista.

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