Hoy presentamos Natdzhadarayama en Casa Libertad de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Con una cálida acogida, un grupo de personas amistoso, alumnos y maestros, dentro de las primeras jornadas de Oralidad y escrituras organizadas por la EDCO de la UACM, presentamos la novela El olvidad Imperio Natdzhadarayama. Se organizó una dinámica colectiva mostrando fragmentos de la narración y algunas de las ilustraciones que la acompañan. El ambiente amigable, la cordialidad, la cooperación y el intercambio fueron el primer acercamiento al trabajo, pues se realizaron algunos comentarios por equipos para propiciar una reflexión previa, a partir de algunos contenidos de la novela, entre el público que asistió al evento. En un tono informal, mas no por eso menos serio, el diálogo entre conocedores y no conocedores del trabajo permitió que la audiencia se fuera preguntando por la construcción de la trama, fuera identificando los personajes principales, los hechos que van conduciendo la narración y preguntándose por los distintos momentos, pasajes y situaciones que se expresaron en capítulos como Los testículos a la fritangaMuerte del último conocedor de la civilización Natdzhadarayamamita.

Posterior a ese encuentro de puntos de vista se realizó la presentación donde colaboró Juan Carlos Vilchis, también de la UACM, y un servidor. El comentario de Vilchis atinó en aspectos como el análisis folklórico y de los tipos de personajes, la dimensión de una construcción de un mundo, atribuyendo también un elemento importante en los hechos que van denotando la importancia del rescate del pasado, del valor social de la historia y la memoria. En ese tenor este nuevo comentario fue de una interpretación profunda, amplia y minuciosa, mostrando el hecho de que Lingüineto Violatore puede considerarse un héroe —y los motivos para ello— y de cómo el carnicero puede funcionar como un villano, también explicando la ontología de los personajes malévolos. Además mostró una lectura profunda del trabajo, contribuyendo a un entendimiento de su estructura, a una condensación de notas y apuntes que hablan de una lectura detenida, sólida, atenta. Si para Sánchez Menéndez en la primera presentación se trató de vincular la historia y la literatura, así como de traer a una ficcionalidad la construcción de un universo cotidiano, si para Prado se trató de una maquinaria, de un artefacto que habla de lo que se destruye, de lo que desaparece, para Vilchis fue más bien el toque de la soledad, de la intimidad, la que afloró en su interpretación. 

Posteriormente participé con un escrito donde reafirmé el camino, las andanzas, de este trabajo. Desde su construcción inicial en el año 2010 hasta las peripecias para poder editarla y finalmente la reflexión respecto a que nunca terminamos de aprender a leer y a escribir, de que somos lectores que trascendemos los bestsellers, que tenemos un horizonte de vida, de sentido, de conocimiento y de aprendizaje propios, que construimos mundos, que inventamos palabras y sonidos y formas y que al final de cuentas Natdzhadarayama busca un lector intrépido, ágil, aventurado. En esa medida el libro,digo yo, es un ejercicio que exige al lector atención, invención, construcción, memoria. No es entonces gratuito recordar lo que decía Barthes sobre los textos, que nunca son los mismos, ni tampoco exagerar las dotes postmodernas de una multiplicidad de facetas presentes en la novela.

Con todo el cariño después de esta presentación puede afirmar que se trató de un evento muy apropiado para explorar experiencias, conocer puntos de vista, anotar y distinguir distintos elementos del trabajo que mantienen una estructura narrativa propio, como lo reveló el hecho de uno de los grupos que comentaron que los personajes principales eran Lingüineto Violatore, el carnicero, la capitana y la emperatriz. La selección de textos también permitió vislumbrar anécdotas que fertilizan la lectura, resaltando hechos singulares como la presencia de un ejército de mujeres o la extrañeza entre la depilación testicular y la castración del tigre Wu Yu Hu.

Al final tuvimos una pequeña convivencia con carnitas, a propósito de fritangas, y pasamos un rato agradable, departiendo, comentando, aprendiendo unos de otros. Fue una linda estancia en Casa Libertad y para mí ha sido muy importante tener de viva voz la cercanía con un público inquieto, preguntón, crítico, despierto.

Del remilgar improvisaciones líricas o de cómo tornarse un autómata textual

Oh taxista nocturno

que del conocimiento

y la cultura griega

me inquiriste,

¿fue antes la poesía

que la filosofía,

antes la historia

que la gramática?

Desconocer entonces

es también rememorar

los caminos del mediterráneo

y sus olivos y sus vides,

también la tumba de Homero

en las Cícladas, también entonces

Creta y la mitología. Espera oh taxista

no fue precisa la hendidura

donde esparcí los átomos de Demócrito.

Endeudar contigo este verso,

que de silencio es estructura y

de correría imaginario,

es también acompasar una lírica

desvencijada en islotes, ideas, papeles y tinta.

¿Comulgaste, sí, con mi narración,

pero en el atrio de la noche

—estrella y signo, mutación—

te embauque en la liturgia

prosaica de conocimientos olvidados?

Oh, taxista, ruletero xalapeño, perdonad,

olvidad, romped, por su grosor, mi equívoco.

Salto al escondite de un lirismo ramplón.

Perdonadme, no os olvidéis, ni mucho menos

dejaros doblegar por la crisis del pendejismo:

global, nacional, regional y local.

Una vez me nombraron escriba,

porque nunca seré escritor,

porque versifico emociones

distorsionadas

en este caminar las turbias mareas

de un siglo XXI que ya es fin de época,

como épica de nuevas temporadas

—y las generaciones ya son obsoletas

maniobras de luminarias en todos los quehaceres

humanos—… pedazos de noche, también

escondieron en ti

un traqueteo común, cotidiano,

que es la fertilidad de luchar por el pan,

aunque yo no soy católico:

perdonadme, os pido.

Lectura en el ahora: visitando a Ortega y Gasset

Comienza aclarando mi falta de método respecto a la invención intelectual, mi falta de eso que Ortega y Gasset distingue, la distinción entre leer y estudiar. La más reciente lectura fue la de Collingwood, también sobre filosofía de la historia. No es tampoco mi conocimiento historiográfico del siglo XX ni mucho menos el excelente libro La cultural del 900, en su reflexividad historiográfica, lo que me orilla a entonar que el pensamiento histórico, para mí ya anclado en Bloch y los dos filosófos recientes, me zambullen en una intencionalidad reconstructiva trocada en esta proclama en tiempos posthistóricos. No es tampoco la esfera del capital de Sloterdijk ni la filosofía contemporánea lo que me inclina a dilucidar, expresivamente, las migajas filosóficas del pensador español que retengo con insuficiencia. Tampoco es ese incultura que ubica nuestro filósofo ibérico respecto a la especialización, hoy más alta, profunda y precisa que nunca. Sí, para Ortega y Gasset la especialización remite a una incultura, pero también reflexiona sobre la importancia y el valor de la tradición, como obstáculo y como posibilidad de innovar. Si para Habermas existe una lógica en el discurso filosófico de la modernidad, parte de tal lógica refiere a la crítica y el  arte, en una modalidad de sustitución de modas, de escuelas, de posturas que cuestionan lo precedente para renovarse en lo “nuevo” —léase moderno como uno de sus sinónimos—. Lo trascendente no es tampoco la verdad o la realidad, no es la ciencia —con una lógica propia— sino los histórico, lo humano, lo que podría remitir al determinismo cultural —también hoy, cuando todos pretenden ser creadores culturales— del tiempo, de los actos y de las construcciones. Cifrar en términos de historicismo el devenir del tiempo implica valorarlo como un instrumento humano, con una teleología especialmente en tanto asume la conexión, la relación, la interdependencia del pasado con el presente y con el futuro, no en un esquema determinista —o prospecto—, sino como una lógica donde se intuyen novedades y costumbres, cambios y persistencias, hazañas de libertad y opresión. No es que la historia sirva para conocer el pasado y proyectar el futuro, sino que la historia construye la posibilidad existencial del presente y la causalidad del futuro, desde la vertiente que ocupa lo pretérito como hechos inacabados. Si Ortega y Gasset discute y cuestiona el fin de la historia, de Hegel y de Comte, lo hace también valorando que la filosofía de la historia no es historia de la filosofía, sino que el filósofo debe transitar por todos los momentos filosóficos previos, vivirlos, aprehenderlos, transitar por ellos, para construir su sistema filosófico. No es la historia un ente pasivo, obsoleto, de hechos muertos. La historia vive, está viva, en nosotros, en lo humano.

Pensar en las posibilidades del determinismo cultural como instrumento reflexivo me orilla a la interpelación con la dimensión antropológica de la cultura, donde no sólo la “alta cultura” es cultura. Esta hazaña de la antropología, especialmente del siglo XX, ha constituido uno de los máximos elementos de proliferación creativa —aunque habría de cuestionar, axiológicamente y estéticamente, ciertas formas de creación—. No es extraño que para los postmodernos, cuando los primeros en tomar esa actitud me parece fueron los antropólogos norteamericanos de finales de los sesentas, el lenguaje y la cultura se relacionen de una forma interdependientes: por ejemplo con la interpretación semiótica que designa a la cultura como una serie de intercambios comunicativos, códigos y formulaciones socialmente internalizadas y compartidas. En todo caso se renuevan las discusiones y ahora no es tiempo más que de enfatizar que la filosofía de la historia y la historia de la filosofía deambulan, en el pensamiento de Ortega y Gasset, entre la composición flexible de una axiología del tiempo humano y una aprehensión de la phisis y su designación y vivencia. No soy filósofo, no soy historiógrafo. Soy más bien un inquieto residuo del siglo anterior. ¿Por qué leer a Ortega y Gasset? Debería tratarse del simple ejercicio reflexivo y de la intención, profesionalmente no conquistada en lo personal, de escribir sobre el pensamiento histórico de la primera mitad del siglo XX, frente al estructuralismo histórico que terminó desembocando en la postmodernidad y ese conductismo reiterativo de lo post, de lo pasado, que remite a una contemporaneidad nueva y discursos, filosóficos, académicos y culturales, ampliamente difundidos. En todo caso para mi se trata de la hiper fragmentación del tiempo, o eso que llamo distemporaneidad, por una parte, y de la recursividad aglomerativa de la neometafísica digitalista, proclive a una vivencia de la digitalidad, informática. A este régimen corresponde una pornonarcotecnodemocracia en su dimensión política, mientras que en términos del actuar cultural,  es una pluriculturalidad luminocentrica relativista. ¿Que tiene que ver Ortega y Gassset con todo esto?  Pensar lo histórico, más allá de las herencias intelectuales y academicistas de las epistemes de la modernidad, implica redimensionar lo humano en su destiempo presente.

Lectura en el ahora: de ideas sobre la historia y una comparativa a 7 años Collingwood y Bloch

En 2010 sin saber cómo, cuándo, dónde ni por qué, decidí proponerme formar un perfil de pretendiente historiador. No era sólo por mis inquietudes referentes a Ignacio de Luzán y el siglo XVIII español, sino también por ser hijo de una historiadora y antropóloga mexicana, aunque en el fondo se trataba de realizar una empresa académica en un contexto de deriva, aislamiento, miedos e incertidumbres. Recuerdo que compré el libro de Marc Bloch Introducción a la historia  y lo leí con detenimiento, uno más de mis libros subrayados. En ese entonces no estaba en condiciones de poder realizar ningún tipo de ejercicio del pensamiento en ningún sentido. ¿Cuáles eran los ingredientes? Deseos de realizar una investigación sobre Luzán y su pensamiento, de explicar por qué razones su Poética estaba en la biblioteca de la Facultad de Humanidades, bajo la por entonces infundada razón de que seguramente había sido leído en México o Nueva España, pero ¿cuándo? ¿por quién o por quiénes? El segundo punto era el referente a las celebraciones del centenario de la revolución mexicana y el bicentenario de la guerra de independencia. Historia oficial, sin duda. Pero leí a Bloch con un interés genuino por aprender y descubrir la reflexión sobre la historia. Sin embargo, algo me distrajo ampliamente de mis inquietudes históricas: un trabajo que estuve a punto de dejar, una vida de excesos, el acercamiento a una figura de la literatura contemporánea radicada en Xalapa, la vivencia de experiencias límites que por diversas razones de orillaron a desquiciarme. Hoy estoy vivo, estoy plenamente seguro de que estoy contento con mi vida. Pero el libro de Bloch del que habló, reeditado por el Fondo de Cultura Económica, fue impreso y editado por primera vez en 1952. Ese mismo año el Fondo editaba otro libro que terminé de leer en estos últimos días: Idea de la Historia de R.G Collingwood. ¿Casualidad? ¿Historicismo? Pensamiento filosófico sobre la historia en la primera mitad del siglo XX. Dos latitudes rivales en el siglo XVIII: Inglaterra y Francia, que en el transcurso de los hechos de la segunda guerra mundial estuvieron en el mismo bando contra los alemanes. Dos vidas distintas, la de Bloch cortada, arrancada, por los escuadrones nazis frente a la resistencia francesa a la ocupación alemana; la de Collingwood una vida académica con cierto más sosiego. Esto desde mis escasas, desde mis nulas pesquisas sobre estos autores. Pienso en un ensayo, no este reporte de lectura, donde comparar cuatro formas reflexivas, desde la filosofía, de la historia: no sólo estos dos trabajos que menciono, sino incluyendo La historia como hazaña de la libertad de Benedetto Croce y el trabajo del español José Ortega y Gasset La historia como sistema. Ese posible ensayo hoy no es lo central. Tanto Collingwood como Bloch asumen que la historia remite a lo humano, al tiempo humano, a la acción humana, al pensamiento y de la experiencia humana. Con eso me quedo, me conformo. Si bien pudiera realizar una comparativa de ambos trabajos, ambos previos a la guerra fría, lo interesante para mí es la sincronicidad en el año de edición en español. Relaciones más o relaciones menos, leer a Collingwood no es sólo recorrer una tipificación, un compendio historiográfico, sino también es adentrarse en un sistema de pensamiento, en una definición concreta de la reflexión distintiva entre lo natural y  lo humano, eso que Leví-Strauss estableció muy bien en su apartado Naturaleza y Cultura en Las estructuras elementales del parentesco. De esta forma el recuento collingwoodiano también representa una nutritiva fuente de reflexión de la episteme histórica, del conocimiento y los límites y alcances de la historia como saber, independientemente de Foucault y neoestructuralismo. Collingwood logra un trabajo que responde a la modernidad occidental y su necesidad de historiar, no como un acto de la memoria sino como una posibilidad de conocer el pasado más allá de una causalidad diferencial, como una actividad de testimonio y explicación de lo ocurrido que se relaciona con el presente. La historia es pensamiento, es hacer humano, testimoniado, documentado. Entonces el historiador trabaja con pensamientos pero de distinta forma que el psicólogo. Lo crucial es tanto el recorrido por el pensamiento filosófico sobre la historia como los apuntes metodológicos sobre este tipo de conocimiento, su función, sus rasgos, sus problemas y métodos. A 7 años de haber leído a Bloch, ahora Collingwood me reafirma mi interés por la reflexión de la historia, aunque vivamos en un momento posthistórico. Finalmente mis búsquedas, anacrónicas o no, tienen un sentido en el intento construir una genealogía personal más allá de los autores de moda.

Torrente de nadie, nada aquí

De existir la verdad

sus hazes circundan

el foso de la historia.

De existir, mitad

armonía y caos,

la verdad sería

también el negocio

de la miseria, del hambre,

de la muerte: el capital

siempre renovándose.

Si existiera la paz

no tendría este vacío

que se llena de sexo negociado.

Si hubiera otra forma

de vivir el silencio,

más quieta o menos salubre

—porque el presente es una sal

que oxida el alma con su raigambre—

habría quizá bocas unidas y labios

que en lugar de rezos besaran extraños.

Si la barbarie no fuera hoy

el axioma correcto, quizá

habría un verso con esperanza,

o una familia feliz, quizá

el socialismo de Jesucristo

sería completado. Tal vez,

sólo tal vez, seríamos una hermandad.

Si entonces redujéramos la verdad

a su faz empolvada de hechos,

hoy podríamos decirnos faltos

de sensatez y cordura social,

porque al final nos engulle

una maquinaria destructiva,

nos demuele la fe y la mirada

el derredor violento y constipado

de muerte, sangre y humo. Totalidad

nuestra verdad, si existiera, ¿sería

la víctima o el verdugo? Nosotros

generalmente caemos en la trampa

de creer en lo desconocido y explicarlo.

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La indisociable palidez nacional: de antropólogos y escritores mexicanos en la pugna por la cultura

Me remito a mis divagaciones en torno al problema de la cultura en México, desde mi horizonte de historiador, que ha transitado por la indigencia académica, con estudios truncos de antropología y bonfil-batalla-guillermo-antropologo-mexicanoliteratura. Parecería simple atribuir a dos vertientes ideológicas e históricas la querella cultural que Guillermo Bonfil Batalla estableciera con claridad. Me refiero, ya en mi ahora desfasado y anacrónico presente, a las versiones antagónicas, culturales, políticas e históricas, de la vertiente norteamericana y la vertiente española, como formulaciones y conjuntos eidéticos que sembraron posturas antagónicas en la intelectualidad mexicana del siglo XX. Y si la modernidad nos remite a los proyectos nacionales, en su diversidad y unidad, también nos remite a la Historia y la absorción, mayor o menor, de las fuentes culturales que definen la identidad mexicana.

Si hasta aquí mi balbuceo no puede ser documentado más que por premisas dudosas, no deberemos caer en el absurdo argumentativo ni dejar de considerar la pugna cultural e ideológica que define el proyecto de la cultura moderna en México, es decir, el problema indígena (no del indio de bronce sino del vivo) y el proceso de modernización y occidentalización instaurado en México (dependiente a las metrópolis desarrolladas del orbe euroamericano). Si el indio vivo representó los esfuerzos por moctezuma_ii_emperador_mexicaasimilarlo a la sociedad mexicana, la España muerta, especialmente de los siglos de Oro, representó el auge del hispanismo, en esa querella histórica que viene desde los criollos novohispanos, donde la oposición entre Moctezuma y Cortés no hace más que referir al nudo socio afectivo, al trauma cultural de la conquista, a la dualidad crujiente y definitoria del sino identitario en México. Si el indio muerto fue enaltecido, generando toda una tradición historiográfica que viene desde el siglo XVI y que con Clavijero y Boturini alcanza un apogeo singular, la España saqueadora, el pasado colonial, el influjo etnocentrista de la dominación lingüística española, la lectura de Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Calderón, y demás miembros del conjunto letrado del auge literario áureo español, fungieron como argamasa constructiva de un modelo de pensamiento, de actitud hacia España y de renovación que polarizó las formas de pensamiento. Si la antropología mexicana se funda en la escuela norteamericana la literatura mexicana es indisociable de los siglos de oro. En medio queda el indio vivo, las comunidades desplazadas, rebeldes, insolutas en su precariedad dentro del abigarrado e inútil proceso de modernización de los hombres de razón.

220px-manuel_gamioDesde esta perspectiva, la cultura ofrece, en ese siglo XX mexicano, sus dos vertientes pragmática e ideológicamente antagónicas: la versión de la escuela boasiana de relativismo histórico, de donde se dijo mucho tiempo que Manuel Gamio bebió, y la tradición cultural hispánica, revitalizada en términos estrictos por personalidades de la intelectualidad como Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos. Si la antropología mexicana intentó la doble tarea, práctica y teórica, de incorporar al indígena al mundo social mexicano, la literatura mexicana se ancló como proclive al enaltecimiento de los hispano, negando, además, la precariedad histórica de la realidad española. De acuerdo, todo esto son suposiciones, lo afirmo. No sólo en la dimensión cultural o política es posible distinguir este abismo de sentido y significados divergentes entre lo español y lo norteamericano, entre la negación del presente histórico de España, en su desmembramiento y largo proceso de desconstitución imperial, y la negación del indio vivo, de su particularidad y articulación jose_vasconcelos_escritor_mexicanopedro-henriquez-urenaalfonso_reyes_escritor_mexicanoimposible en el asidero de la arena mexicana. No es extraño, en este balbuceo mío, que tanto la negación de la España perdedora como la negación del indio vivo en México, sean ambos dos modelos negativos insertos en la modernidad nacional mexicana. Si los escritores, como Octavio Paz por ejemplo, mantuvieron en sus cúpulas en vínculo certero con la tradición española, los científicos sociales, antropólogos e historiadores, se fincaron en un marxismo recalcitrante y absorbieron el compromiso de darle un sitio, aunque ellos hubieran querido que fuera el mejor sitio posible, a los grupos étnicos mexicanos.

paz_octavio_escritor_mexicanoY la labor, la tarea, fue siempre dual, en cuanto que segmentación de las élites intelectuales, entre las formadas en los united states, y las abanderadas de la tradición hispánica. Y no es gratis que esta dualidad poco evidente, se mantenga en nuestros días, como una compaginación obtusa y ansiosa de las incógnitas culturales mexicanas, puesto que en ambos casos la concreción del proyecto indigenista y del proyecto hispanista mexicanos, se vieron fortalecidos por el comportamiento esquizoide de la política presidencialista priísta del siglo XX, que negociaba con las mafias intelectuales, con los mafiosos de la cultura, el pensamiento y las instituciones, los acuerdos y políticas públicas según sus conveniencias. Y si nos remitimos a lo más tangible de esta querella, sólo deberíamos colocar en una mesa de discusión a un antropólogo de la Escuela Nacional de Antropología con un alumno de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, preguntándoles por su interpretación, académica y disciplinar, sobre España y sobre lo indígena en México.

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Resignificación obtusa

Esta oscura visión,

entre nombre y papel,

ronca el devenir cantado

de consciencias llovidas

cuando los atardeceres,

de la Historia amantes,

rondaban escenarios.

Trozos de tinta seca

son la enramada sinuosa

donde abyecto queda,

como de puma abierta la boca,

ese tentáculo mitad nombre

mitad añoranza. Porque esculpe,

silueta la atmósfera impenetrable,

lánguidas voces el destino,

contra sentido siempre, marca y signo,

la escueta luz, irradiación y sombra

en una concurrida factura de los años.

Su oscuridad, visión quebrada, nos habla

por los codos de una metafísica corroída

que prorrumpe cierta hacia la inmensidad

absorta, como lengua y tropel hambriento,

de estos ejércitos que firman —signatura

eólica de costas desvencijadas— las nupcias

inmoladas al dios del estiércol citadino.

Osada neurona su recuadro, renegrido

insuflar tediosas cicatrices en el alma,

circundante foso, de tinta la mano envuelta,

como si todo los sonidos de la eternidad

hubieran conspirada en el alzamiento

del sombrío anclaje que remonta la marea,

figura y toque, licuada en el idéntico colectivo

que es el paso del pensamiento al papel.

Understanding recalls

Esperar la idea

muralista1

Entre tejida la voz

puebla años tercos,

pensar es una rebelión,

instintiva marca

el antes de la lucha.

Ennegrecida la vista,

nocturna insignia,

contra el espejo

de la Historia

el ansiado instante

del bautizo: éramos todos

un espectro de injusticias

y soñábamos con el fastidio ajeno.

Trepamos por el abismo del sol

con las quejas de generaciones

yermas y soltamos el amarre

del aliento que nos unía

a las cadenas del pasado.

Fruncimos el semblante

caído en el rostro inerme del

aroma putrefacto que era nuestro verdugo

para saltar a la vida y entender

que una esfera de silencio

cobijaba la espera de una idea,

la idea del trotar los campos

universales del tiempo.

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Microfilm

microfilm1

 

Dejamos huellas,

todos los días dejamos

cicatrices, perdemos

tacto y lengua. Al viento

olvidamos la Historia,

modernidad nombrada,

emblema vacío, tetris archivístico, memoria

espolvoreada de sentido,

frases hechas, vestigios.

Soplamos narraciones

a la deriva el ego,

la muchachada

horneando los hechos.

Filtro de luz, lunas

encuentran tiempos,

anterior a la difusión,microfilm4

el anclaje de los eventos.

Periodicidad del fracaso.

¿Alguna vez dijimos

verdades contra la masa

energúmena? Voceamos

los candados sonoros del destino,

huimos así a la calma observadora.

 

Señalizar la huida

Los materiales con que embalsamas

tu verso y tu lenguaje

carecen de silueta, prófuga la andanza

evocativa del ser reclama

el cimanorraje propio del mutismo.

Callas las alegrías y reanudas la pesadumbre,

hoguera final el verbo y la esfera

de tus ancestros: anterioridad impoluta

clave de sol y tendones cardíacos —el espectáculo—

de tu faz y tu tez de poetastro, raquítico.

Pero sucumbes y nos conduces a los rincones

del exitoso trance armado, sin metro ni rima,

sin tonos ni acentos, es más, sin la armadura

tenue de las caídas históricas… ¿qué te precede?

¿Acaso luz y pantanos emotivos, luminiscencias

remotas del tiempo ígneo y prístino o

el vuelo cortado de un silabario perdido?

Tu arqueología es el imán de la desdicha,

rota en el punto del nacimiento, crueldad

añoranza y fácil remiendo de ausencias,

caminas siempre con la boca torcida por el cigarrillo

y relatas tiempos en los campos de batalla

del presente. Tu eres cotidianamente el sastre de las limosnas

que erigen el templo conciso de la expresión no fecunda.

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Autopoética de un lenguaje

Movilizar el lenguaje para mí es un acto de elaboración, en ocasiones automática. Las dimensiones que te brinda el conocimiento del pasado en cuanto a los recursos estilísticos, las tendencias y las modas estéticas, ideológicas, poéticas, etcétera, en ocasiones se transforman en enjambres de frases, ideas o figuras discursivas. Se trata para mi de elaborar el pensamiento. Y en un tono revisionista la inmensidad literaria producida en el tiempo implica generar elecciones y selecciones de obras, autores y épocas. Para mí se trata no sólo de plasmar un itinerario, ora falaz ora verídico, o de indagar los vericuetos inherentes al acto creativo, al desempolvamiento del ser o a su negrura prófuga y certera. El acto de escritura, que desde hace algunos años es en mí caso un acto de mecanografiado intencional, no debe disociarse de una exploración interior en diálogo comunicante con un conjunto de otredades  que nutran la búsqueda.

El presente abigarrado de tendencias, ocurrencias, modas, formas pasajeras y transitorias de pensar, de crear, de construir, de escribir y de creer, remite a una instancia contraria a un asidero, remite al vacío del que nos habla Baudrillard, a la fabulación inmensa de una legitimidad cognitiva fluctuante, incierta, por perecedera y disímbola del enquiste de la eternidad en su dimensión transitiva. Lo textual, en una elaboración finita y cerrada, purista, induce al acto de corroboración emotiva, de la ficcionalización y la realización propia, que desde una óptica fracturada indaga los caminos y las brechas del universo: mediatizado, inmediato, distante, abismal. En los intervalos del tedio digital, del abigarramiento del input creativo-expresivo, el lenguaje se convierte en una instancia del desconsuelo, reflejo de la realidad (ficticiamente elaborada) o resquicio de la ficción (buscando la realidad), que en su escueto semblante, de una finitud con posibilidades infinitas, absorbe partículas de experiencias. El tedio digital, la construcción fraudulenta del ser en la digitalidad es un sensacionalismo morboso llevado al extremo de una seriedad cancerígena, por aparente y viral, por destructiva del constatar las presencias y enaltecer lo efímero.

SI hay una filosofía del acto creativo, de haberla, no puede describirse en sí misma como una instrumentación simple de la palabra. El lenguaje, rotunda fertilidad ontológica, atraviesa imperecedero lo humano, atisba el fértil manto que cobija el impulso expresivo. Sin lenguaje no hay expresión. El conocimiento entonces de las formas del lenguaje permite la generación de nuevas jugadas en el tablero creativo. Pero no es una innovación pelona o una invención original la que incide en el presente digital para re-elaborar discursos y formas, sino que se trata de hacer nuevas jugadas desde el ángulo de acción no sólo del significado o la estructura, sino desde las posibilidades que un ancha experiencia lectora, estética, histórica, semántica, filosófica, promueven en el individuo creador. No es el lenguaje per se lo que intuye las fibras del impulso creador, no es el mito del dios que crea ex nihilo lo que compone la osada marca de la creación expresiva, sino el mito de la nada abismal que desborda al ser y el impone la labor de ordenar la fractalidad de ese abismo para clasificar su experiencia como si fuera una fuente donde un pez deseara evolucionar a cuadrúpedo y tuviera que mutar entre el agua y el borde del recinto acuoso.

Todas estas palabras carecen de significado referencialmente en cuanto que no son más que la exploración ensayística de un ego, mí mismidad parlante, que surca su intencionalidad creadora con el filo propio de una inocua fugacidad, terca, amañada, corruptora del realismo posible y de la ficcionalización posible. Si encima de todo la verosimilitud perdura, como elemento de una imantada tarea de desahogo discursivo, es en el intersticio de lo verosímil y lo veritativo, donde mi pensamiento encuentra una recóndita cordura, amasada en la filosofía del lenguaje, que rencorosa de la narratología invade mis residuales instintos literarios.

 

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Algo más de Margarita Urías Hermosillo, que la interpretación de su episodio guerrillero

Somos tres hijos de Margarita Urías, Emiliano, Luisa y yo. En años pasados me dediqué a realizar un compendio de obras dentro del archivo de mi madre, documento aún inédito y que esperamos sea publicado por la Universidad Veracruzana en fechas próximas. En 2010 mi hermana Luisa desarrolló un proyecto creativo multidisciplinario, basado en teatro, un libro y diversas plataformas, donde reconstruyó, junto a su equipo Lagartijas tiradas al sol el peor momento de la vida de mi madre: su participación en el movimiento guerrillero chihuahuense de los años sesentas del siglo pasado. Y más allá de posibles reproches o reclamos entre Luisa y yo, ¿qué sí hizo Margarita Urías Hermosillo? Además de su trance frustrado en la guerrilla ¿cuáles fueron los logros de esta mujer de la segunda mitad del siglo XX mexicano? Fue madre, fue maestra, fue investigadora, fue intelectual, fue sindicalizada, fue en muchos sentidos un mujer completa en su incompletud. Y lo que sí hizo fue dedicar su vida al personaje veracruzano Manuel Escandón, fue devanar la trama de la construcción de la nación mexicana en el siglo XIX, fue indagar la historia económica y social del desarrollo de la burguesía mexicana, fue también una mujer arduamente trabajadora, excelente compañera y amiga, muy buena escucha, que disfrutaba sumamente escuchar a Bob Dylan, los Rolling, Janis Joplin, Pink Floyd y otras tantas bandas musicales. Era una apasionada de los deportes, le fascinaba ver las olimpiadas, las finales de fut bol, tanto soccer como americano, le encantaba el patinaje sobre hielo y cada  que podía seguía la trama de las novelas de moda. Y se sumergía en los archivos históricos mexicanos, la colección Lafragua, el Archivo General de la Nación, el Archivo de Real del Monte en Pachuca, archivos notariales en Chihuahua y otros sitios, siempre con el firme compromiso de su hacer en el mundo, de su acto-existencia.

Uno puede buscar en internet Margarita Urías Hermosillo y notará de inmediato que no hay un artículo de Wikipedia que hablé sobre ella, que las noticias que remiten a esta mujer mexicana son mayoritariamente las referentes a la obra teatral el Rumor del incendio. ¿Qué más hay de ella en internet? Localizar las huellas de una mujer que no vivió la transición a la hypermodernidad digital es una tarea compleja, pero factible. Recientemente, más o menos hace un año, la revista Nexos publicó, en sus versión cibernética, la edición de agosto de 1979 de su revista, donde aparece el articulo de mi madre México y los proyectos nacionales, 1821-1857. También en línea se encuentra el libro de Patricia Arías donde colaboró Industria y Estado en la vida de México, editado en 1990, apareciendo su artículo El Estado nacional y la política de fabricar fabricantes 1830-1856. En el portal de Researchgate.com aparece su revisión historiográfica Los estudios económicos sobre el siglo XIX, trabajo de la década de los setentas. Además, desde la revista Historias del Departamento de Estudios Históricos del INAH, está disponible su artículo Militares y comerciantes en México1828-1846: las mercancías de la nacionalidad. También puede localizarse con facilidad una nota de 2002 donde se ofreció un homenaje a Margarita Urías, en Xalapa, a 2 años de su muerte, ocurrida en el año 2000. Igualmente debe mencionarse su aparición en el portal de la Red Nacional de Investigación Urbana, donde figuró en distintas publicaciones y cuenta con un perfil propio, recordando que fue parte del consejo editorial de la revista ciudades.

Todo esto puede ser parte de una hazaña de reconstrucción de la vida profesional de mi madre, Margarita, a quien merecidamente le deberíamos hacer justicia intelectual, profesional y académica. Esta breve semblanza de sus cosas en internet intenta dar cuenta de una ausencia más en el siglo XXI mexicano, para mí la de mi madre, para la sociedad mexicana, la de una mujer única, combatiente, inteligente, mordaz, astuta y decidida.

 

 

Enlaces de interés sobre Margarita Urías Hermosillo en la red, búsqueda somera e incompleta;


Revista Nexos: México y los proyectos nacionales, 1821-1857 
http://www.nexos.com.mx/?p=3407 

Libro Industria y Estado en la vida de México: El Estado nacional y la política de fabricar fabricantes 1830-1856 https://books.google.com.mx/books?id=23ukkASt9nIC&pg=PA119&lpg=PA119&dq=Margarita+Ur%C3%ADas+Hermosillo&source=bl&ots=zBb_NgZK5e&sig=o4thgHGCwZwQRaXh9cyzQb4Xgq4&hl=es-419&sa=X&ved=0ahUKEwjdlL74rpTMAhVoyYMKHcd7B0gQ6AEINTAF#v=onepage&q=Margarita%20Ur%C3%ADas%20Hermosillo&f=false

 

Los estudios económicos sobre el siglo XIX https://www.researchgate.net/publication/31710198_Los_estudios_economicos_sobre_el_siglo_XIX_M_Urias_Hermosillo

 

Revista Historias, DEH-INAH: Militares y comerciantes en México1828-1846: las mercancías de la nacionalidad http://www.estudioshistoricos.inah.gob.mx/revistaHistorias/wp-content/uploads/historias_6-49-70.pdf 

Red Nacional de Investigación Urbana:

Revista Ciudades:

1) http://www.rniu.buap.mx/edit/revistas/revistas1.php 

2) http://www.rniu.buap.mx/edit/revistas/revistas1.php

Más de la Red Nacional de Investigación Urbana:

http://www.rniu.buap.mx/edit/libros/libros.php

Perfil en RNUI: http://www.rniu.buap.mx/ficha/ficha.php?nombre=URIAS%20HERMOSILLO,%20Margarita

Nota del homenaje en 2002 a Margarita Urías Hermosillo:  https://www.uv.mx/universo/85/infgral/infgral21.htm

 

Si la turbiedad conquista

Los prados del conocimiento
están poblados de letras
pero los fantasmas del saber
anotan refugios de la imaginación.
¿Son los fragmentos de eternidad
llamas que suben a los abismos
del cielo donde reposan las almas?
Son escrituras de otros paisajes
las insignias mismas del ocaso.
Acaso tientan las mentes
los caballeros del infructuoso
conocer, los atisbos ciertos
de la fábula sapiencial.
Todo transita contra el espejo
de la Historia y deja un polvo.
El aroma de las estrellas,
que alumbra los destinos,
está sostenido por el deseo.

El monopolio de la desgracia

Hubo un tiempo

una conciencia

un hito

un envoltorio

todo

lo que la Historia nombró

la desgracia perpetua.

El principado de la tragedia

erigía los años siempre destructivos

como bombas atómicas esparcidas en la antigüedad.

Todo sufrir es una cadencia

deseo de evasión

enajenación

perpetua en el rincón que atisba

nombres de mártires y héroes clandestinos.

Eso que se sufre es la desgracia, inacabable, inacabada.

Su territorio, su geografía, es habitada por le hegemónica pobreza

que en el pueblo encuentra su sino, su faz, su rostro.

El monopolio de la desgracia es del pueblo

históricamente

socialmente

económicamente.

Pese a todo el pueblo sabe sonreír y festejar.

A veces incluso olvida que es el monarca

de lo aciago, para invocar algarabía tumultuosa.

Aunque sabe que no cambia

el pueblo emerge de las entrañas del mundo

y aunque sabe que es suyo el monopolio de la desgracia

el pueblo inunda su voz con la rutinaria sombra del instante.

Ecos para las fatigas

Es un tiempo indefinido

acto provocativo y mutismo

cuando surcan voces los lindes del sentido,

la razón esculpida, los atardeceres en Santorini,

caballos de significados, hechura de alfabetos múltiples.

Unidad que contradice los nombres

evocación pusilánime y escritura compás.

Una araña de versos deambula en el rincón

humedad léxica que arrebata los oídos

al armonioso silbar del viento. Prontitud:

cuan rápido fue tarde para ser ahora

esto que nos llega dicho

¿estaba dicho como fue o fue dicho de otra forma?

No lo sabemos, pero conocemos la historia

del pecado original, la hazaña de los locos, la estrella,

buena, de Ulises, el canto de las sirenas, los epicentros

del terremoto de Osaka, la magnitud Celsius, todo

lo propio de enciclopedias y periódicos.

Y vomitamos palabras porque no entendemos el silencio.

Aún una costa del mediterráneo no puede estrecharse

contra el pecho sudoroso de un campesino boliviano.

Manantial de pensamientos, toda unidad escindida es pobre.

Cuando creíamos que llegaba la noche era cuando saltábamos,

como canguros y también como guepardos y como niños.

Una vez tuvimos raíces como de rábano

pero nos escondíamos en el jarabe para la tos:

nos enervamos y logramos un ruido como silencio

falso, como estruendo de salpicadura de hierro líquido

y nos quemó el acto de enaltecer el honor a la podredumbre.

No es hora de preguntar pero ¿alguna vez dejará de existir

el eco de las generaciones pasadas? Pesadilla

el presente cuyo móvil sigue en píe cuando caemos a las nubes dominicales.

Versión de una queja elaborada sin métrica

¿Qué lápida dejan los ríos de sangre
o las muchedumbres analfabetas
o los rumores de la esperanza
o las costillas rotas de la justicia?
Mitad silencio mitad rabia
todo es una amalgama en desunión.
¿Acaso los millones de estrellas vigilan
o registran
o recuerdan
todos esos muertos por la mano del hombre
por el hombre
todos esos cadáveres de la historia por las causas falaces?
No, sólo es una lápida de tristeza y rencor:
lápida de todas las luchas frustradas
de todos los que no fueron héroes oficiales
de todas y cada una de las mujeres destruidas desde el patriarcado.
Mitad silencio, obligado, mitad tortura, inducida,
los cuerpos escriben en el tejido social
la faz indómita de la rebeldía.
¿Qué lápida dejan las infancias corrompidas,
las adolescencias superficiales,
los discos de moda y el último atuendo de París?
Ninguna época mantiene un lazo firme con el porvenir
salvo por la fuerza y no hay en época alguna
paz, solidaridad, justicia y plenitud, más que para algunos.
No es vana la incertidumbre del hombre en su existencia
ni es bueno el fanatismo en su esencia.
No en balde el dinero y la religión, no en balde
los fanatismos y prejuicios, no en balde la violencia.
¿Hay lápidas de amor, serenidad y armonía?
Estamos en la necropatía de un absolutismo rancio
disfrazado de novedades luminosas, de luz
que no permite ver el fondo de la miseria humana.

Huellas satelitales de una juventud derruida

tokio bayHace 17 años salí por primera vez de México. Embarcado en una adolescencia que traslucía las melodías de la banda argentina Sui Generis, emprendí un viaje familiar europeo a un evento global: el mundial de soccer FIFA 1998. Primeras incursiones en un ambiente de culturas múltiples que no fuera un mero espejismo. Caminé por Barcelona, por Amsterdam, por Montpellier, caminé por una Europa en renovación, hoy quizá lejana. El viaje fue mucho más divertido de lo que creí, aunque no pude recorrer museos ni visitar sitios de interés cultural. ¿Dónde quedan las huellas de los lugares que conocemos? ¿Quedan registrados en nosotros nada más? Escribo desde la Ciudad de México, nostálgico de una juventud que se quebró, pero también consciente de un presente nutrido, firme y renovado. Viajar es una situación particularmente engrandecedora. Apenas este fin de semana estuve en Malinalco visitando a un amigo. Platicamos, comimos rico, paseamos, anduvimos nuestra otredad mutua. En fin, no todo puede ser el recuerdo de tiempos mejores o de tiempos pasados. ¿Cómo es estar desde fuera y desde lejos en una ciudad que ya no es la que conociste? ¿Para qué mostrar los senderos de recorridos que no tienen un sentido vital en el ahora? Mero hedonismo, mera rememoración.

Cuando creces sin guías muy claras es notorio que el extravío, que desde fuera se percibe, sea un defecto de la trayectoria que continua tu desvío. Pero no es posible ser enteramente consciente de todos y cada uno de los actos propios ni ajenos. No es posible tampoco sucumbir al inconsciente colectivo de manera superflua. Pero no es una sesión de psicoanálisis ni un esbozo autobiográfico este intento. Recordar que un vez me toco estar en Holanda es casi un acto de rejuvenecimiento. No sé por qué no pude ir al museo de Van Gogh pero si se que los canales de Amsterdam me parecieron crucialmente hermosos. No es que ahora note como el sino del progreso occidental destruyó la Ciudad de México, incomparable Tenochtitlan que tenía el mejor sistema de canales del siglo XVI. Quizá simulo los ecos torcidos de las excrecencias del capitalismo global mexicano, quizá es un remilgoso atuendo mío, de mi alma, el que se esconde detrás de las figuras satelitales que aquí convoco.

No lograr transitar por los rituales de paso de tu generación es también una amsterdam baymanera de negar el síntoma propio de los tiempos: escalar otras montañas, leer otros autores, citar otros libros, escuchar otra música, visitar otros lugares, sin que
haya algo nuevo detrás del sol. Tampoco caer ensimismado en la égida nacionalista que gobierna los estilos fanáticos de nuestros tiempos, ni en la credulidad religiosa o en la parafernalia tecnócrata. No, es mucho más que pensar que cuando escuchaba a Mozart en la adolescencia no sabía que existía el romanticismo, el barroco, el neoclasicismo, el humanismo, el existencialismo, el postmodernismo, el marxismo, el anarquismo, el surrealismo, el ultraísmo, el dadaísmo, el cubismo, nada que pudiera representar una aglutinación simbólico estética. Ni había leído a Sánchez Vázquez ni sabía del asesinato de Carranza ni tampoco entendía los motivos de la hispanofilia y la hispanofobia en mi país. Y cuando ví el monumento a Colón en Barcelona, cuando caminé por sus playas llenas de colillas de cigarros y mujeres con el pecho desnudo, cuando estuve en Ibiza y nos metimos a una playa nudista, cuando me ofrecían que me acostara con un prosti para que me volviera hombrecito, no sabía que el sexo fuera un potencialidad vital ni que también pudiera convertirse en una entidad destructiva, neurótica, maniaca, obsesiva. No sabía los nombres de las actrices pornográficas o las modelos de play boy que veía en antena satelital, igual que estas imágenes mapeadas, cartografías de una memoria, la mía, tenue en este ventrilocuismo fugaz: mi yo desdoblando imágenes de otro yo que ya no existe. No sabía que Led Zeppelin tuviera discos tan buenos y más bien buscaba hacerme de la discografía de Charly García y Fito Páez. Barcelona_Spain

En ese entonces quizá leía El Mundo de Sofía de Gardner y también componía canciones de amor a una mujercita hermosa, morena, radiante e inocente, dentro de todo, la dueña de mis versos, de mis días y mis sueños, de mis palabras y de mis actos, hoy una mujer casada ya olvido de mi presente. Por todas partes, en el bullicio de la vida y la existencia, el agro global del ser, eso que nos mantiene atados a una circunstancia y a un esqueleto emotivo, eso que abre o cierra puertas con decisiones, eso que es estar un día aquí y otro en el otro extremo del mundo. Como ir a Japón, a otro evento global, 4 años después. Conocer y andar Tokio, también con canales, también una ciudad que ha ganado terreno al mar. Deambular occidentalmente por la plaza oriental tokienes, nipona, conocer y ver rostros y sentir como en esa inmensa diferencia estriba una otredad que no es accesoria sino descripción fiel de la diversidad humana. Recorrer Ginza, luces, tiendas, comida, ruido, y dentro del ruido el orden po00265_cjaponés, la coordinación urbana perfecta, trazos geométricos exactos de los pasos de cebra, toda una multitud organizada para vivir en rascacielos.  Los canales, sorprendentes de forma distinta que los de Amsterdam, dos ciudades en una época del año como es el tránsito de la primavera al otoño; la lluvia que afloja la visión y agudiza la humedad, que profundiza en los caminos de una cercana experiencia con la neblina y la llovizna, la vivida en Xalapa, la serranía, el píe de monte en el oriente mexicano. Totalidades-globalidades-personalidades- atmósfera que se reticula con la ambientación de la memoria, el eco de los pasos y los días, de las noches donde fueron lavados calzoncillos en los baños de hoteles y leídos libros como Mono y Esencia de Huxley. Queda en cinta, preñada, la historia crónica de episodios personales: el ligue trunco de una japonesa, el beso a otra a cambio de un collar y un abanico japonés, la comida, el sushi, las sopas chinas, los vasos de cerveza, la Sapporo, KAMPAY.

¿Cómo reside el espíritu en el cuerpo cuando es atacado por fuera y por dentro? Reside acaso si una flama de optimismo queda sujeta a la inclinación de los eventos, ese horizonte donde podemos ser una persona, un amigo, un cliente, un amante, un escucha, un alguien que a otro moviliza y sacude, un otro que dialoga y pregunta, un otro para otro y para otra, marca de registros vitales, emotivos, literarios, poéticos, artísticos, sin el peso solemne de la antigüedad falsificadora. Cantos de ballenas, cantos de lobos, cantos de aviones que aterrizan y en su aterrizaje pasan por la colonia Alamos, cerca de Tlalpán, por la zona roja donde se ponen las prostis y las chicas trans. Escueta semejanza que hace Gruzinski de Tenochtitlán con Venecia. Tenochtitlán fue la ciudad más grande del mundo en el siglo XVI, la más organizada, la más pulimentada obra de ingeniería prehispánica, el esplendor, por ser síntesis de una larga trayectoria, de los procesos de urbanización mesoamericanos. Pamplinas, también en México, los mexicanos, somos etn1366815826_17_tokio_jap__n-1000x658océntricas. No existen figuras retóricas para el corazón, eso es una rotunda falacia. El auge de mi sentimentalismo, de mi perspicacia falta de congruencia, es una semilla que busca lectores, propios y extraños.  Los costados de mi presente están como soportando una falta de sensibilidad que no es favorable a mi destino, pero también soportan una especie de sensibilidad amortiguadora de los fracasos. Contiendas siempre en mi interior, entre el deber ser y el parecer y el ser, entre la culpa, la virtud y el vicio. Al final un último evento global fueron las olimpiadas de Atenas, último viaje con la familia, último cruzar el Atlántico, leyendo a Ruy Sánchez y a Paolo Freire. Un recorrido por el origen de los tacos al pastor mexicanos, en el giro griego, zat zi ki, queso feta, cigarrillos finos en caja de cartón, rotulados. La elegancia que debe surgir el leer Tabaco de Dimiter Dimov. El afán de mostrarme en el universo tangencialmente, oblicuamente, extraviado en esta selva informativa que es la digitalidad.

atenas bay

Vuelvo

Reloj de sol

Descansé un poco de la escritura aquí. Es fácil perder el ritmo, difícil retomarlo. Quizá el silencio tampoco sea una manera apropiada cuando se va construyendo una audiencia. He vuelto, con distintas vivencias, sorprendido por muchas cosas, extrañado, algo cansado. No estoy en un momento bueno, no estoy contento ni me encuentro satisfecho con mi vida, exitosa, triunfante, pero triste y vacía, insípida, acartonada. Y no es para menos. Hace poco decía en Facebook que estoy traumado eróticamente. Podría agarrar este volver como una síntesis terapéutica. No lo haré. Hace más o mens 3 años y medio decidí volver a las aulas universitarias. Estudio historia y estoy en mi proceso de tesis. Si mi traumatización erótica no fuera suficiente, es decir mi incapacidad para tener vínculos afectivos con chicas pero también mi impulso vital obstruido por mi visión necropática de la vida, me arremete la culpa cuando dedico tiempo a este espacio y me digo a mi mismo: debería estar haciendo mi tesis. Voy terminando mis materias y se perfila el final de mi ciclo académico vigente. Me llena de miedo. Y tengo en mente un tema inmenso, novedoso, al cual mi asesor le pone siempre negativas. Y me siento más frustrado, más incapacitado, con menos instancias al diálogo. Vivo ese bloqueo propio de los gremios: parar ser parte de uno debes pasar por sus ritos de paso, conocer sus reglas, aceptarlas, jugarlas, trascenderlas. Y dicen que me paso de inteligente, que abarco demasiado, que no es para tanto. Localizo también mi inocencia, mi indisciplina, mi falta de rigor, mi escueto bagaje intelectual, quizá no escueto, otro, inconexo para una investigación. No es suficiente tener buena ortografía, saber citar, argumentar, construir conocimiento. No, soy un alumno y no puedo tener propuestas novedosas, soy inexperto.

A principios de mes nos fuimos a tomar la foto de generación al puerto de Veracruz. Y yo estoy

En la foto de generación

oxidado, fuera de contexto, distante, haciendo popurris irreverentes de éxitos del momento. En mi país, México, se vive un ethos de descomposición que genera un pathos violento. El ethos se refiere no sólo al narcotráfico, a las negligencias y abusos de la clase política, al sesgo ridículo y obcecado de los medios masivos de comunicación nacionales (TELEVISA y TV AZTECA), sino también a la podredumbre de un tejido social históricamente construida, al retorno del Revolucionario Institucional a la presidencia, a la reformulación saqueadora del hipercapitalismo global inserto en estas tierras. Todo esto se puede sintetizar en la expresión personal de que México es un rancho, el rancho nacional: la ley de las armas y del más fuerte, las correrías y corruptelas como sistema operativo en todos los niveles sociales, el conservadurismo religioso, fanático, el etnocentrismo racial, la discriminación y los ataques constantes a la población femenina no hablan más que de este ranchito, donde todo se arregla a pistolazos o con fajos de billetes, donde no hay derechos humanos en la práctica, aunque si en las leyes, donde la democracia es una farsa teledirigida de sostenimiento del sanguinismo político. A principios de mes nos fuimos a tomar la foto de generación, ¿qué le interesa a los jóvenes? Todo es broma, risas, chelas, alcohol, sexo, o conservadurismo, moralismo, recato, no sé… ¿Y yo dónde estoy? ¿qué soy? ¿en qué dimensión social puedo integrarme?

Rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar, Agustín Lara.

Estoy traumado eróticamente porque ya no distingo ni aplico ni consecuento las formas eróticas, en un sentido abstracto y concreto, las formas en las que el amor se expresa. Ya no percibo el amor, ya no lo identifico, ya no lo puedo nombrar, no puedo referenciarlo ni tampoco puedo seguir los flujos amorosos. ¿Qué es el amor? Y quizá no sólo debería leer a Stendhal.

Mosaico También Ignacio de Luzán habla del amor en su Poética. ¿La calidez, el abrazo, el beso, la ternura, la vida, el sol? Todo me remite a la biografía de Mozart que leí a los 16 años, a la división nietzcheana entre lo apolíneo y lo dionisíaco: http://es.wikipedia.org/wiki/Apol%C3%ADneo_y_dionis%C3%ADaco 

También Ignacio de

También Ignacio de

Estoy en medio, entre la luz y la oscuridad, pero dentro, vive una tundra inmensa, tundra de desamores, de desencuentros, de rabia y odio, de veneno, de envidia, de dolor, de fracasos y tristezas. Tundra porque mi corazón me resulta una gélido páramo. Por ello mis traducciones intelectualistas, mis fórmulas retóricas torcidas, espasmosas, lúgubres a veces, y otras desangeladas. Fisiológicamente mi esquizofrenia lo explica todo, mi depresividad constante, mi aislamiento, mi tabaquismo, la sombra que soy del adolescente radiante que era derpotista de alto rendimiento, la sombra de los flashes de mi psicodelia personal, ese pasaje mío turbulento, turbio, ese residual estrato psicótico, ese desorden de la razón, de la mente, los senderos transitados del laberinto del desquicio. Y yo estoy ahí, no aquí, estoy allá, no acá, sin pertenecer. El trauma erótica es eso, la actitud de abandono, el miedo a brillar, el terror al mundo, a las personas, a los juicios. Mi sensación es de un histórico rechazo a mi persona. Y aquí estoy, escribiendo, vomitando quizás, pero por encima de todo el telón de los años, 33, la edad de Cristo. Entonces el abosultismo mental de mi presente es lo imposible constante.

Estoy en tránsito y vuelvo aquí, a ser un rincón, a ser una aire, a ser letra.

 

 

Apología de la ignorancia lingüística

Me enfrasco en el radicalismo, infertilidad colmada de silencio. Imperfecciones sutiles. Ni siquiera sé hablar español. Es más vivo un conflicto de identidad dialectal, un reborujadero continuo. Soplo entreverando la propulsión de las herramientas, informaciones verbales de lenguas extrañas. Contra el silencio de la incomprensión no es posible redactar más que espejos quebrados de la inmensidad global: inabarcabilidad rotunda de los instantes de encierro, el enclaustramiento personal, 13 años atrás la juventud desvencijada, la fuerza, el poder, la furia, el inmenso torrente psicótico. Psicosis verbal, verbalismo intelectualista. Incomprensión absoluta, todo es una tinta rota como los mares existentes, no los mares, sus abismos. 13 de abril del año 2002. Pócimas de la realidad distorsionada, distorsión, todo eso que cabe aquí con los nombres desconocidos. ¿Qué importa sostener una mínima coherencia lingüística si la razón no pudo sostener la Historia ni la civilización? ¿Qué importa si quiera el ramplonismo racionalista de la prófuga postverbalidad? Mucho menos que un impulso neobarroco, mucho menos que un afán de equilibrio, mucho menos que la caracterización inmensa de una totalidad cognocible. Cognición mutilada, mutilación emocional, psiquísmo improductivo. Si con Wittgenstein eran los juegos del lenguaje deberíamos escribir la oda al traductor de google, la oda a la imperfección computarizada de la traducción autómata. Traducir los gestos es también un eclipse que se colapsa, como marea roja, como abortivo, como silencio: incomprensión que dibuja los rasgos muertos de una esplendorosa hazaña. Esta hazaña, oh informática, oh ciencia del lenguaje, oh despilfarro de horas y minutos o ácidos lisérgicos y hongos alucinantes y peyote y mucho más que un relampago oh traductor de google, seguís siendo una invitación al sencillismo de otras latitudes. Viajera la escritura es una forma de historizar, oh escritura, oh alfabetos, oh ideogramas, oh símbolos resquebrajadores de arquetipos. Pamplinas, no podría si quiera aprender a pensar una forma cortés, no podría si quiera involucrarme moralmente con la palabra, no podría creer que el verbo es divino ni que los protectores de la luz son los ingentes guardias de la palabra. Oh sinvergüenza que dilapida vidas en el compás de los ejércitos ideológicos, sucumbid al estrecho sin sentido de la culpabilidad esperpéntica. ¿Acaso articular la lengua es también un acto de cientificidad? ¿Acaso las uñas enfermas, los dientes amarillos, el estómago ulcerado, son mayores vestigios de la renuncia al tecnocratismo sociocultural? Muchas cabezas podrían nutrir el inmenso atisbo de sentido que vuelve desde los auges de la antigüedad hasta este segundo pero no es una filosofía sino la ignorancia verbal, la ignorancia y arrogante y pedante forma de establecer caracteres en idiomas distantes, con sentidos distintos, bajo connotaciones divergentes. No es un contextualismo coherente, no es la razón erguida ni la palabra límpida ni el eco claro de un poema de Ruben Darío. No es tampoco el apagón afectivo de la droga y el porno y la decadencia juvenil, no es el delito de sentir ni la culpa de saber. Es el árbol mismo del conocimiento en llamas, es la cúspide de lo asignificativo, de la asignificatividad. Tampoco es una teoría, es el esplendor de modificar en un segundo letras por letras, escritura por escritura, sin el vestigio de un tacto vivido, sin la vivencia precisa de lo aprehendido, sin la aprehensión de lo conocido. Es la ignorancia, la falacia, la tautología, la distorsión conducida por al senda del egoísmo, de la raquítica esferalidad teatralmente montada: oh traductor de google, imperecedera machina de todos los tiempos. Ignoro y moriré ignorante de la inmensidad lingüística vigente al día de hoy.

Bossuet quote

“Aun cuando la historia fuese inútil para los demás hombres, importaría mucho que la leyeran los príncipes. No hay en verdad medio más adecuado de conocer cuánto pueden las pasiones y los intereses humanos, los tiempos y las circunstancias, los buenos y los malos consejos. Las acciones humanas forman el tejido de la historia, en la que todo parece dispuesto para el uso de los príncipes. Si para bien reinar les es indispensable la experiencia, nada hay más provechoso para su instrucción que el unir con los ejemplos de siglos pasados su experiencia de todos los días”.

Bossuet, Discurso sobre la historia universal, Editorial Garnier Hermanos, París, 1913, p. 1.

Confesiones de un envoltorio humano I

Sin legitimidad alguna pienso y construyo itinerarios falaces, eclécticos y raquíticos de ideas, pensamientos, posturas, tendencias, todos particularistas que no dejan lugar a algo menos que una retórica desproporcionada. No soy un lector sistemático ni he encontrado en tradición alguna el eco del cual nutrir mi voz, mi pensamiento y mi lógica. Tampoco soy un huérfano intelectual, tengo mis dosis de filosofía y otras disciplinas, pero mucho más allá de la posibilidad real de pensar con principios solidificados, mantengo estructuras mentales que ya de anteriores son caducidad estéril. No por ello desisto de plantear preguntas e inquietudes: ¿mucho más allá de una dimensión diagnóstica de la realidad presente hay alguna forma de creer que puede aprehenderse cierta tipología temporal? Creo que el arquetipo dialéctico ejemplifica muy bien el modo que aterriza todo sistema dualista y creo, además, que la posibilidad de nombrar la realidad, hoy ya tan fuera de cualquier rango de originalidad, es una vertiente referencial de dudosas proporciones. Pero intuyo y veo una re-modernidad digital, la vuelta, el volver. No diré con Lyotard y otros que exista una dialéctica de la postmodernidad y la modernidad, como una dialéctica del Antiguo Régimen y la modernidad, como una dialéctica de la edad media y la antigüedad, como una dialéctica del tiempo histórico y prehistórico, como una dialéctica inherente a la condición humana.

Vivimos un tiempo que es un ápice circustancial polimorfo y saturado. Se ha invertido lo público privatizándose y la privado se ha vuelto lo público. Es todo una exposición exponencial que ha subvertido las relaciones humanas. Desde mi deslegítima óptica, no puedo sino desvencijar el asiento de la sincronía absoluta: todo es presente, todo es en el instante y deja de ser al mismo tiempo. Se ha convertido la vida en un ontografía multimodal codificada en nudos simbólicos. No soy más que un pobre pensador desechable, la basura del siglo XX, que nadie ha recogido.

Silvio Zavala quote

“Lo que ocurre y debe quedar en claro es que el descubrimiento logrado en 1492 abre una fase nueva de la historia universal en la que hay múltiples hallazgos, encuentros e intercambios de los que emerge el mundo que conocemos. La empresa de Colón no fue la primera ni la única del ciclo de los grandes descubrimientos, pero tiene su significación propia que merece ser recordada con primacía, como lo propusieron inicialmente y lo vienen cumpliendo las instituciones culturales españolas, acompañadas por las portuguesas italianas y de otros países, al mismo tiempo que lo hacen las de los pueblos iberoamericanos. Recordemos que Gómara, con amplia mirada que envuelve a la historia universal, retenía que el hecho del descubrimiento del Nuevo Mundo era: ‘la mayor cosa después de la creación del mundo sacando la encarnación y la muerte del que lo creo’. Grandes espíritus han continuado esta línea de pensamiento hasta nuestros días.”   Silvio Zavala, Ensayos iberoamericanos. Universidad Autónoma de Yucatán, 1993, p.10.