Libresco y tendido en mares de signficados

Conocer el alfabeto

no es suficiente

acaso debamos

rendirnos al socavón

de autores, aguardar

la cima de los pensamientos,

trocar las señales en atisbos,

certezas y emociones.

Pudrimos los ojos con tanta letra

sorbemos figuras retóricas

y escondemos límites cuando buscamos

esculpir un verso. No somos poetas,

ni somos escritores, ni letrados, ni

tampoco somos alquimia de silencios.

Navegamos en un tedio fluctuante

desembarco de tiento y lectura,

como acaso desembarcaron

los refugiados españoles en México

en 1949. Nutridos nuestros alientos

por el compás de los hombres, de las

mujeres, de los infantes, rugimos.

¿Seremos capaces de absorber

una idea que ya de vieja es universal?

Toda la caminata nos conduce a las librerías,

perdidos, practicando los ecos de otros años,

columpiados en ayeres que fabrican

ópticas ya hoy desvencijadas por las luces.

Y cabalgamos silentes letras y símbolos.

Toda la teatralidad de nuestra vista,

nuestra visión ramera de palabras,

es una canción cansada, un aburrido

corcel medieval, una lucha entre obreros

y burgueses, es toda la complicidad

de los hechos humanos y su registro.

Acampamos en las épocas, en los siglos

y la tempestad de un antes y un después.

Los hitos nos marcan -ora Cervantes

ora Shakespeare, ora Newton ora Kepler,

ora Bacon ora Descartes, ora Gibbon

ora Feijoo, ora Balzac ora Leopardi-

para rellenar el aire que rugimos dentro:

eso que es nuestra alma esparcida

por los canales de Amsterdam

o de Venecia, olvidando siempre

que Tenochtitlan era la ciudad más grande

del mundo en su época. Cada siglo

repetimos los nombres, las obras,

contra nuestro destino que es perdernos

en la marea de tradiciones que ya de viejas

hieden a un epicentro carroñero y sobrante.

 

Autositios comunes

Ya paso de los 30, con la pesadumbre de lo no hecho. Escribo. Lenta la marcha de una década prima, azotada por el vendaval de la renovación generacional. Falto en las nóminas y en los registros, poco acertado en los gustos y las preferencias, erudito libresco, carezco de contacto con el presente. ¿Ciertamente? Escribo. Una letanía pesada acudió a mi alma hace 14 años casi y me enfrasqué en un bohío tétrico, tremendo y abarrotado de ausencias. Toda la vida fluyó, toda la marcha eterna prosiguió, todo estuvo ocurriendo y yo a la distancia, testimonio flácido del carnaval milenario. Desde el sótano impermeable de la evasión, no consigo mostrar ninguna de mis armas retóricas letales, porque al final la confluencia de los géneros literarios me ha derrocado. Investigo la vida y la obra de una autoridad del siglo XVIII. Me extravié en la filosofía postmoderna, en su crítica, ramplonamente, esbozando un recorrido intelectual no acontecido, heredando pugnas intelectuales de hace 30 o 40 años. Renuncié al erotismo, de Ruy Sánchez, de Bataille, al conocimiento profundo de la sensualidad humana. También olvido el existencialismo, tanto de Camus como Sartre, olvido el libro que fue novedad hace 6 o 8 años, de Kiekergaard. Mi frustración marxista persiste, perdura mi intentona de leer el Capital, sin método ni análisis. Además naufragué en los libros maternos de la intelectualidad mexicana de los años 70: Monsiváis, Paz, Aridjis, Benitez, un cúmulo de autores y obras que representan un capital cultural al que resguardo sin el más mínimo atisbo de socializar. También me dotan de sentido mis faltas lecturas de estética, de Croce por ejemplo, de autores del siglo XX, del pensamiento occidental, de mi frustración acicalada por construir un sistema de pensamiento. Escribo. Lenta la navegación de esta década, ya es 2016, me conduce a la redacción e investigación de mi autor favorito, Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, sin que logré comprender un carajillo de historia nacional, de identidad hispánica, de la ruptura y escisión entre los españoles americanos y los españoles europeos. Ni el remilgoso análisis historiográfico del criollismo me permite asomarme a otras ventanas, a otros pasajes, a otros autores. Y termine inmerso en la proyección de una biblioteca no visitada, muerta, agónica desde antes de construirse. El I Ching tampoco es visitado más. En cambio redacto este parrafito, esta prosa inservible, sin haber leído a los clásicos españoles del siglo de oro, con mi incisiva ausencia de Garcilaso de la Vega, el poeta español, y del Inca Garcilaso también, con el cargo de conciencia de las tareas lectoras de personas que me quieren y me han sugerido obras y autores. Seré un historiador postmaturo, tardío y tardado, quizá escuetamente olvidadizo de la literatura italiana del siglo XX, quizá también absorto por el texto de Buxo sobre Ungaretti y Góngora, quizá también absorto por la idealización disciplinaria de indagar en la poética de Hegel, la de Muratori, la de Boileau, para comprender mejor los sesgos y las interpretaciones. Y Vico, el gran filósofo de la historia, aparece renuente en mi addenda, finitud de autores no leídos, pero igual del XVIII Adam Smith y su Riqueza de las naciones. Todo se convierte en este discurso catártico, en esta monotonía de axiomas coagulantes, coágulo de letras, recuerdo del primer blog que logré posicionar. Mi importancia entonces me orilla a publicar dos trabajos míos, que no son mas que dos intentos: un poema y una novela, ilustrados ambos, por distintos artistas plásticos. Renuncio entonces a la infracción acomodaticia del presente. Ya cuando terminé mi tesis buscaré trabajo. Entonces quizá pueda pensar en mi libro de ensayos.

Ein mexikanisch dichter und sein deutschen genealogischen ohne Fichte

El problema de la identidad de un autor moviliza fibras que atañen a un conglomerado simbólico y vivencial extenso, como múltiplicidad epitelial del tejido intelectual que compone una demarcación propia, única e individualizada. El trance de una esquemática biográfica autoreferencial, compuesta por una egopoiesis simbiótica de la cronología, partiendo de modalidades contextuales históricas, es mucho más que exigir al autor, al pensador, al creador, un simple producto de becas, ósea, la mera realización de un proyecto. El flujo vital por lo común es acompañado de influencias polisaturadas, diversificadas y en ocasiones anuladas por instancias que, en apariencia, son más relevantes. ¿Es una genealogía propia la que define los lindes y colindancias del autuoproyecto creador? ¿No es acaso la función de la bildung alemana, la areté y paideia griega, el símil rotundo de los esfuerzos conquistados en vías de ser “alguien en el mundo” sin perder por ello el rostro y la mirada en escuetos sensacionalismos de famas institucionales y proclives a la demarcación etnocéntrista, fanática y racista, es decir, exclusivista, de los nombres autorizados del pensamiento, la literatura o cualquier otra rama humana contemporánea? Noto que estoy equivocado el creer en le hipótesis de una remodernidad negativa, cuando en el impulso mismo de las pulsiones condicionantes postmodernas se localizan los gérmenes inherentes a este proceso de resemantización negativa, reconductualización desde y con la miseria, de esta re-estructuracion global de la psíque humana digitalizada en función de la raigambre derivada del terror. No es remordenidad la totalidad fanática presente o la exclusividad  normativa del mainstream o ni siquiera el estúpido semblante de la farándula juvenil global con más actos que fotografías en la red (¿será cierta esta hipótesis?). No es ahora el momento de discurrir sobre esta delicada y descompuesta teoría de una desestructuración longitudinal y transversal de la psíque moderna. Este esfuerzo es, quizá por eso, menos que un acto de reflexividad y más un vestigio cronosófico autoperformático: comprendiendo que me muevo alejado de los consensos, escribo esta diatriba como un impulso panfletario de reconocimiento (por ello de identidad) en vías de marcar un contraste insignificante, falto de profundidad y de constituirse en un horizonte cultural, ideológico, filosófico o político definido.

En 1995 me fue otorgado el regalo de una piedra angular para mi formación literaria, piedra y cimiento que debería rescatar de los cajones perdidos de mi biblioteca oculta. A continuación la escritura de una brevísima genealogía personal, inconexa, fútil, que habla de la desnutrición autoreferida de la tradición alemana en mi ideario.

meine duetsche genealogischen

Alpha I

Curiosa la memoria ejercida como un manantial de equívocos, en la medición sustancial de vivencias, anécdotas, formulaciones, acercamientos y momentos. Digamos que 20 años marcan una longitud vital suficiente para forzar un acto rememorativo, desde el tuétano mismo de los desquicios psicóticos, desde el torzón de alma, desde lo evanescente que es el hecho de la significación social de la escritura, la significación de lo escrito como origen de la historia, en una palabra, el escribir para no olvidar. 1995 a 2005 quizá sería lo más sensato de dimensionar, una década, un ciclo de vida con estancias divergentes: Xalapa-D.F.-Xalapa. Viajes también a los desiertos del noroeste mexicano, conferencias magistrales en congresos antropológicos, los primeros pulques y algunos vestigios del arranque de una drogadicción fortísima por destructiva, el abandono de las disciplinas deportivas y físicas de ocio por un acercamiento a la vida jardinera, por la siembra y la cosecha, por huertas, por la aspereza de manos después de trabajar la tierra. ¿Simbolismos fortuitos los callos de la mano por la ejecución de la guitarra y un sin número de canciones compuestas y cassettes grabados? ¿Amores, cervezas, cigarrillos? ¿Mercados? Coyoacán y Malinalco.

 

Beta II

Plantear un evento genealógico como este es un acto innecesario por inútil, por ramplón y raquítico. No son Los Sonetos a Orfeo u otro de sus poemas, ni siquiera la traducción de Villaurrutia de la Corneta Rilke editada por el Instituto Veracruzano de Cultura, es Rainer Maria Rilke, aliento figurativo de mi frustratio littere: olvidé que es favorable el cultivo de una urdimbre personal marcada por las preferencias, predilecciones, gustos, pasiones, movimientos. Derivo entonces los hechos, un cumpleaños, una época, el pasado como trampolín reinterpretativo. Vivo como esas tardes cuando me decía a mi mismo que debía leer en lugar de la multitud de cosas que hacía. Porque me taché siempre de perezoso, porque no me gustaba leer, porque al final prefería pensar por mí mismo, pero al leer encontré algunos universos interesantes. Leer por compromiso, cosa que ya no hago. Cartas a un joven poeta querer ser parte de esa inmersión en el género versificado. Recuerdo que terminé completamente convencido y alerta, deseoso de escribir. Y escribí un verso sobre unos senos… verso destinado al olvido. La dulzura de la adolescencia estriba entonces en las aventuras y los peligros superados. ¿Desear escribir? Escrbía, cada que podía, sin saber que además era posible publicar o dar a conocer lo que escribía. Lo hacía para mi. No en ese tener del diálogo entre el poeta inexperto que inicia y el maestro que impulsa, que arremete contra los temores e inseguridades del novato, para inculcarle un constancia ascendente.

Y seguir con el mundo y la vida, resplandecientes, infinitos de posibilidades, contracturado por mis representaciones represivas de mí mismo, con ímpetu y deseos de ser siempre alguien. Entonces los acertijos y las huellas que conectan a Rilke con Hesse, con esa obra de teatro que no escribí en la que un alumno se rebela contra su maestro, esa escenificación de una ruptura que vivía pero nunca escribía porque no sabía qué era un guión o peor aún no conocía de géneros literarios. Aún quizá no sepa del todo, no importa saber. La influencia de un hermano mayor, de una persona sensible en estas dos aristas de mi deutschen genealogischen. La gratitud y el apego, sano, en este segundo libro, leído ya un poco más grande: El juego de los abalorios. Adquirido en 2001 en su versión de la editorial Alianza, vendido después, años después, memoria como máscara que encubre los acertijos insuficientes del pasado. Hermann Hesse autor, la Alemania del siglo XX, el pensamiento alemán, los alemanes, tan cuestionados y mal vistos debido a las atrocidades de hitlerianas.

altarhesse

Gamma III

Cuando a uno le preguntan qué quiere ser en la vida, cuando llega el punto socialmente reconocido de aceptar una profesión o de validar moralmente una elección que proyectará un futuro establecido, es probable que no haya respuestas, o si las hay que sean tentativas. Terminar la prepa, año 2000, Xalapa, con planes del Distrito Federal. ¿No es saludable urgar en los rescoldos y pasajes de momentos agradables? ¿Es demasiada enfermedad, vanidad o soberbia, la aceptación de los intereses personales? La cosa fue mucho más allá de los libros de texto del pensamiento humanístico de la preparatoria donde se hablaba de la famosa escuela de Frankfurt. Fue también un acto azaroso, precipitado, movido por el deseo de averiguación de la libertad. Erich Fromm mantuvo también otro nexo familiar, con un tío hermano de mi madre, con Jesús, como figura de un imaginario familiar, destrozado por muchos frentes, nutrido en ese momento por el autógrafo de mi tío, físico y científico, que me hacía creer que leía algo que era suyo, algo que él, sin saberlo, me transmitía. El miedo a la libertad no fue más que el comienzo de los pocos libros de Fromm que leí, pero también fue un acto de maduración personal, un acto de confrontación del mundo ensamblado desde mi condición burguesa, grande o pequeña, para distinguir los rostros del clasismo mexicano. Fue leer un fragmento en mi antigua escuela de Tae Kwon Do, ya habiendo roto con mi maestro. Fue también el eco de mis primeros análisis “críticos” del presente (ya rebasado en ese cambio de milenio).

Delta IV

Jung después, en el umbral de mis pesadillas psicóticas, en la movilización destructiva del inconsciente colectivo en mí. Más que la premonición de un sueño donde mi madre, después de muerta, me visitaba y me decía que venía a ver cómo estaba, más allá de la pesadilla en donde aparecía la imagen de un hombre parecido de un policia judicial que terminaba por anular mis deseos, Jung y el evento de la figuración narrativa de un yo carente de sentido en tanto se trata de otra herencia materna. La dimensión social de la psíque, no ya como psicología social o identidad negativa, sino como efecto y causa de los impulsos espirituales de la actividad humana. En fin, Jung y sus ediciones argentinas en mi casa, en esos años de ociosa inactividad académica, de ser un nini, ni estudiar ni trabajar, de no atreverse a vivir por el terror de una psicosis derivada de la psicodelia electrónica de un rave en Milpa Alta.

Y para terminar, Júrgen Habermas, más que eso, sus ensayos sobre Nietzche. Pero son puras grandilocuencias, hoy olvidos, son ruinas de mi propia arqueología del no saber, son los arrecifes de 20 años. Es saber que un día mientras estudiaba antropología social un libro nuevo aparecía en mis manos, del puesto de un vendedor afuera de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa: Sobre Nietzche y otros ensayos. Tarde años en leerlo o eso creo, pero me atrapó su pensamiento. Filosofía alemana del siglo XX y XXI, Habermas como lugar común de las modas académicas de fin de siglo XX mexicano. Mucho más que la crítica al conocimiento nihilista, mucho menos que un hombre en busca de construir un criterio del mundo asumiendo que los libros deben leerse tres o cuatro años después de adquiridos. Proyectos de lectura que no acompañan el fértil camino presente.

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Anexo digital

 

Rainar Maria Rilke

Rainer Maria Rilke

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Hermann HesseHermann Hesse

El juego de los Abalorios

 

 

 

 

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Erich Fromm

FROMM El Miedo A La Libertad

 

 

 

 

 

carl-gustav-jungCarl Gustav Jung

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habermas_youngJürgen Habermas

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Huellas satelitales de una juventud derruida

tokio bayHace 17 años salí por primera vez de México. Embarcado en una adolescencia que traslucía las melodías de la banda argentina Sui Generis, emprendí un viaje familiar europeo a un evento global: el mundial de soccer FIFA 1998. Primeras incursiones en un ambiente de culturas múltiples que no fuera un mero espejismo. Caminé por Barcelona, por Amsterdam, por Montpellier, caminé por una Europa en renovación, hoy quizá lejana. El viaje fue mucho más divertido de lo que creí, aunque no pude recorrer museos ni visitar sitios de interés cultural. ¿Dónde quedan las huellas de los lugares que conocemos? ¿Quedan registrados en nosotros nada más? Escribo desde la Ciudad de México, nostálgico de una juventud que se quebró, pero también consciente de un presente nutrido, firme y renovado. Viajar es una situación particularmente engrandecedora. Apenas este fin de semana estuve en Malinalco visitando a un amigo. Platicamos, comimos rico, paseamos, anduvimos nuestra otredad mutua. En fin, no todo puede ser el recuerdo de tiempos mejores o de tiempos pasados. ¿Cómo es estar desde fuera y desde lejos en una ciudad que ya no es la que conociste? ¿Para qué mostrar los senderos de recorridos que no tienen un sentido vital en el ahora? Mero hedonismo, mera rememoración.

Cuando creces sin guías muy claras es notorio que el extravío, que desde fuera se percibe, sea un defecto de la trayectoria que continua tu desvío. Pero no es posible ser enteramente consciente de todos y cada uno de los actos propios ni ajenos. No es posible tampoco sucumbir al inconsciente colectivo de manera superflua. Pero no es una sesión de psicoanálisis ni un esbozo autobiográfico este intento. Recordar que un vez me toco estar en Holanda es casi un acto de rejuvenecimiento. No sé por qué no pude ir al museo de Van Gogh pero si se que los canales de Amsterdam me parecieron crucialmente hermosos. No es que ahora note como el sino del progreso occidental destruyó la Ciudad de México, incomparable Tenochtitlan que tenía el mejor sistema de canales del siglo XVI. Quizá simulo los ecos torcidos de las excrecencias del capitalismo global mexicano, quizá es un remilgoso atuendo mío, de mi alma, el que se esconde detrás de las figuras satelitales que aquí convoco.

No lograr transitar por los rituales de paso de tu generación es también una amsterdam baymanera de negar el síntoma propio de los tiempos: escalar otras montañas, leer otros autores, citar otros libros, escuchar otra música, visitar otros lugares, sin que
haya algo nuevo detrás del sol. Tampoco caer ensimismado en la égida nacionalista que gobierna los estilos fanáticos de nuestros tiempos, ni en la credulidad religiosa o en la parafernalia tecnócrata. No, es mucho más que pensar que cuando escuchaba a Mozart en la adolescencia no sabía que existía el romanticismo, el barroco, el neoclasicismo, el humanismo, el existencialismo, el postmodernismo, el marxismo, el anarquismo, el surrealismo, el ultraísmo, el dadaísmo, el cubismo, nada que pudiera representar una aglutinación simbólico estética. Ni había leído a Sánchez Vázquez ni sabía del asesinato de Carranza ni tampoco entendía los motivos de la hispanofilia y la hispanofobia en mi país. Y cuando ví el monumento a Colón en Barcelona, cuando caminé por sus playas llenas de colillas de cigarros y mujeres con el pecho desnudo, cuando estuve en Ibiza y nos metimos a una playa nudista, cuando me ofrecían que me acostara con un prosti para que me volviera hombrecito, no sabía que el sexo fuera un potencialidad vital ni que también pudiera convertirse en una entidad destructiva, neurótica, maniaca, obsesiva. No sabía los nombres de las actrices pornográficas o las modelos de play boy que veía en antena satelital, igual que estas imágenes mapeadas, cartografías de una memoria, la mía, tenue en este ventrilocuismo fugaz: mi yo desdoblando imágenes de otro yo que ya no existe. No sabía que Led Zeppelin tuviera discos tan buenos y más bien buscaba hacerme de la discografía de Charly García y Fito Páez. Barcelona_Spain

En ese entonces quizá leía El Mundo de Sofía de Gardner y también componía canciones de amor a una mujercita hermosa, morena, radiante e inocente, dentro de todo, la dueña de mis versos, de mis días y mis sueños, de mis palabras y de mis actos, hoy una mujer casada ya olvido de mi presente. Por todas partes, en el bullicio de la vida y la existencia, el agro global del ser, eso que nos mantiene atados a una circunstancia y a un esqueleto emotivo, eso que abre o cierra puertas con decisiones, eso que es estar un día aquí y otro en el otro extremo del mundo. Como ir a Japón, a otro evento global, 4 años después. Conocer y andar Tokio, también con canales, también una ciudad que ha ganado terreno al mar. Deambular occidentalmente por la plaza oriental tokienes, nipona, conocer y ver rostros y sentir como en esa inmensa diferencia estriba una otredad que no es accesoria sino descripción fiel de la diversidad humana. Recorrer Ginza, luces, tiendas, comida, ruido, y dentro del ruido el orden po00265_cjaponés, la coordinación urbana perfecta, trazos geométricos exactos de los pasos de cebra, toda una multitud organizada para vivir en rascacielos.  Los canales, sorprendentes de forma distinta que los de Amsterdam, dos ciudades en una época del año como es el tránsito de la primavera al otoño; la lluvia que afloja la visión y agudiza la humedad, que profundiza en los caminos de una cercana experiencia con la neblina y la llovizna, la vivida en Xalapa, la serranía, el píe de monte en el oriente mexicano. Totalidades-globalidades-personalidades- atmósfera que se reticula con la ambientación de la memoria, el eco de los pasos y los días, de las noches donde fueron lavados calzoncillos en los baños de hoteles y leídos libros como Mono y Esencia de Huxley. Queda en cinta, preñada, la historia crónica de episodios personales: el ligue trunco de una japonesa, el beso a otra a cambio de un collar y un abanico japonés, la comida, el sushi, las sopas chinas, los vasos de cerveza, la Sapporo, KAMPAY.

¿Cómo reside el espíritu en el cuerpo cuando es atacado por fuera y por dentro? Reside acaso si una flama de optimismo queda sujeta a la inclinación de los eventos, ese horizonte donde podemos ser una persona, un amigo, un cliente, un amante, un escucha, un alguien que a otro moviliza y sacude, un otro que dialoga y pregunta, un otro para otro y para otra, marca de registros vitales, emotivos, literarios, poéticos, artísticos, sin el peso solemne de la antigüedad falsificadora. Cantos de ballenas, cantos de lobos, cantos de aviones que aterrizan y en su aterrizaje pasan por la colonia Alamos, cerca de Tlalpán, por la zona roja donde se ponen las prostis y las chicas trans. Escueta semejanza que hace Gruzinski de Tenochtitlán con Venecia. Tenochtitlán fue la ciudad más grande del mundo en el siglo XVI, la más organizada, la más pulimentada obra de ingeniería prehispánica, el esplendor, por ser síntesis de una larga trayectoria, de los procesos de urbanización mesoamericanos. Pamplinas, también en México, los mexicanos, somos etn1366815826_17_tokio_jap__n-1000x658océntricas. No existen figuras retóricas para el corazón, eso es una rotunda falacia. El auge de mi sentimentalismo, de mi perspicacia falta de congruencia, es una semilla que busca lectores, propios y extraños.  Los costados de mi presente están como soportando una falta de sensibilidad que no es favorable a mi destino, pero también soportan una especie de sensibilidad amortiguadora de los fracasos. Contiendas siempre en mi interior, entre el deber ser y el parecer y el ser, entre la culpa, la virtud y el vicio. Al final un último evento global fueron las olimpiadas de Atenas, último viaje con la familia, último cruzar el Atlántico, leyendo a Ruy Sánchez y a Paolo Freire. Un recorrido por el origen de los tacos al pastor mexicanos, en el giro griego, zat zi ki, queso feta, cigarrillos finos en caja de cartón, rotulados. La elegancia que debe surgir el leer Tabaco de Dimiter Dimov. El afán de mostrarme en el universo tangencialmente, oblicuamente, extraviado en esta selva informativa que es la digitalidad.

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Hace unos años me denominada indigente académico

Leo apenas los problemas de esencializar al momento de emprender algún estudio. También existen riesgos a la hora de generalizar. Las dificultades para establecer un método en vías de construir conocimiento, del tipo que sea, es uno de los retos disciplinares más auténticos. Me encuentro escribiendo una ponencia para un congreso de estudiantes de historia y no pude evitar aseverar que existe una epistemología de la modernidad industrial. Quizá desde mi lectura de Lyotard, ya ahora caduca, no puedo sino asumir que el giro interpretativo estaba de mi lado, para mal. No podría establecer nítidamente una certeza o un conjunto de certezas espitemológicas. Podría más bien mencionar las rutas de autores que he seguido, parcialmente. Digamos que en lo profundo he perdido el ímpetu y la temeridad intelectual. ¿Epistemología? Posibilidad de teoría del conocimiento. Pensé que escribí una novela epistemológico-pornográfica, de corte fantástico. Pero entender los mecanismos mediante los cuales se construye el conocimiento, no sólo desde los principios cartesianos del cogito ergo sum, ni tampoco desde el determinismo existencialista, implicaría para mi leer todo lo que he postergado. Dentro de lo que sí me he movido es dentro de la lógica de las ciencias sociales y las humanidades, más apto para las segundas que para las primeras. Recuerdo entonces el juego dicotómico de las ciencias del espíritu y las ciencias de la naturaleza de Dilthey. Sólo podría agregar que he intentado varias veces incursionar en Las palabras y las cosas de Michel Foucault, sin éxito alguno. ¿De dónde provienen entonces mis capacidades interpretativas? Quizá cuando estudiaba antropología y leí La descripción densa de Clifford Geertz logré interiorizar, en el sentido vigotskiano, la concepción semiótico-discursiva de la cultura. El curso lo daba Margarita Zárate en la Universidad Autónoma Metropolitana. Y ahora, después de 14 años, que estoy emprendiendo mi tesis de licenciatura y leo a Roger Chartier y a Robert Darnton o a Peter Burke, me doy cuenta de que mis logoestructuraitineriarios académicos han entorpecido mis posibilidades analíticas. Chartier, Darnton y Burke se la pasan hablando del giro lingüístico, de la historia cultural, que bebió de la antropología simbólica postmoderna norteamericana, especialmente de las posturas de Clifford Geertz y su texto mencionado anteriormente. Y en el intervalo entre Geertz y los historiadores culturales, nada menos que la lingüística estructural: Saussure, Greimas, Barthes, Todorov.

Pero no Foucault.

Las coordenadas longitudinales, geoambientales, de la intelectualidad del siglo XX, del escolasticismo de la espitheme de la modernidad industrial -recordando por completo el intento fallido de leer a Touraine y su Sociedad post-industrial– invoca nitidamente los acomplejamientos personales, las búsquedas mal hechas, los aprendizajes saboteados por episodios de psicotización drogadictiva, es más, el escueto y simplón acto esencialista y generalizador que moviliza mi método constructivo epistemológico humano. Es una muchedumbre de ausencias mis itinerario hasta ahora seguido. No olvido, sin embargo, que los más cerca que estuve de conocer y estudiar el presente, este presente global postdigital, fue cuando estudiaba antropología y me acercaba peligrosamente a la antropología simbólica.
Mis experiencias académicas hasta ahora, me han permitido notar que las distinciones nacionales, de las distintas escuelas del pensamiento, son contempladas, asumidas, ejercidas, practicadas, toleradas, sentenciadas, compartidas, escrutadas, distintivamente según cada disciplina. Y no es raro, además, pensar en el impulso del estado postrevolucionario mexicano y sus proyectos educativos durante el siglo XX, por lo menos hasta los gobiernos neoliberales iniciados por Miguel de la Madrid en 1982, siempre que se trata de un motor que impulsó la presencia, significación, transformación, consolidación y efervescencia de ciertas disciplinas, de ciertos conocimientos, para distintos proyectos sociales. Sin duda, las migajas de las escuelas intelectuales que he conocido, sobre todo la norteamericana de antropología cultural, la francesa de estructuralismo -sociológico,antropológico, literario y lingüístico, la alemana de psicoanálisis, la española de literatura e historia, y la latinoamericana -de literatura, historia y sociedad-, no han hecho más que ennegrecer mis facultades argumentativas, aunado a las duras y extendidas temporadas de consumo de Chaotism machinedrogas, sobre todo alucinógenas, que derivaron, prácticamente siempre, en brotes psicóticos: hongos alucinógenos, floripondio, peyote, ácido lisérgico, marihuana, alcohol en exceso y de distintos tipos, cocaína, crack, aire comprimido, insecticida, éxtasis (pocas veces), y quizá algunas otras substancias que he olvidado. Entre la claridad, la disciplina, y el desorden, el caos, ha transitado mi pensamiento. Entre la luz y la negrura, entre la paz y la guerra, entre la cima y la cresta, entre el cielo y la ultratumba, mi ideario, mis autores, mis predilecciones, mis filias y fobias, mis tendencias, mis arbitrariedades lectoras, intelectuales. Y omito la filosofía, rotundamente, porque al final de cuentas mi humanismo, postdigital, no desea ser más pretencioso de lo que en este escrito ha sido.

Termino el año escribiendo

Navego por el conflicto de escribir en este blog debido a que actualmente mantengo actividad de tesista y prestador de servicio social para una institución educativa. Me mueve ese conflicto o más bien me frena a proseguir con el esfuerzo por tener este espacio vivo. Pero no desisto ni desistiré. A veces creo que la vida está escindida de muchas maneras, que lo que hacemos en un tiempo y en un espacio no tiene que ver con lo que hacemos en otro. Son tiempos de incongruencia severa en todos los ámbitos. Y entre los niveles de conflictividad que puedo soportar me sumerjo factualmente en el momento presente. Me mantengo y me mantendré escribiendo y quizá por encima de todo logré sostener el esfuerzo por hacerme un lugar en el mundo. Al final es eso lo que busco, un sitio, un lugar, aunque a veces mis esfuerzos parecen más monólogos de diálogos abiertos. No creo que llegué pronto mi momento de fama y de prestigio, pero no por eso renunciaré a esta pasión que me arroba el espíritu.

Una vez un hombre de letras, sabio y mayor me dijo que escribir es un don. Yo de cierta forma lo sabía. El don de la palabra, el don del lenguaje, es uno de los atributos más preciados y mejor insertos en una dinámica mágico ritual como la de la antigua Grecia. No es gratuito que se hablé del rapto de las musas ni tampoco que el poeta y el chaman griego sean seres incomprensibles que hablan con los dioses. No es gratuito que Homero fuera ciego pero que tuviera el don de la palabra. Y tampoco es gratis el hecho del lenguaje constructivo que propongo, a veces más exótico que realista. Escribo y termino el año escribiendo porque creo que es vital para nuestros tiempos construir algo, por mínimo que sea. Y mis propuestas, por más incorrectas o atrevidas que sean buscan proponer lecturas, buscan construir, buscan armar hacia adelante desde el algoritmo infinito del presente. Termino el año escribiendo aquí, en este espacio mío que es para ustedes.

Feliz fin de año a media semana Doctores y Doctoras, testigos de este crudo nudo de urdimbres.

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Romulaizer Pardo

DISCURSO DECLARATORIO DE UN AUTOSOMETIMIENTO

Desde una periférica y desinformada visión de la realidad, bajo una concepción mesomatieralista y postmercadotécnicista, en vías de una extinción y asidero seguro, remedo los influjos verbales que no tiene sentido cuando las ansias por ostentar un algo llamado reconocimiento fallido son todo menos un cheque en blanco en el cual poder inscribir los apelativos de mi acta de nacimiento. La longitud del dato histórico trasciende toda interpretación etnológica, para abrir paso un acto evocativo de una edición española de 1890 donde la literatura cuenta con la etnografía como una de sus formas. Lo longevo no es más que una estructura demiurgica y grandilocuente, falacia y argumento escueto, como los silogismos aristotélicos que dividen, en una hipótesis de trabajo filosófico, la lógica en la distinción teórica y práctica. Quizá no fuera Aristóteles sino Descartes el que estableciera esta diferencia, pero a quien le importan ahora el jarabe de rábano yodado, la emulsión de Scot o el aceite de hígado de bacalao, si al final de todo ensayo, al final de todo texto, al final siempre queda una hermenéutica vacua susceptible de psicoanalizarse. No, el ajo y sus pieles no son las escuela de Frankfurt ni tampoco la lectura de Erich Fromm es un variable segura. No, nada de eso. Al final también los intelectuales tienen su predilecciones, sus agrupaciones, sus tendencias, su privilegios, sus preferencias, pero también son humanos. 

Mucho más allá de la intención rota, del discurso roto, de la lingüística aplicada o del conocimiento actualizado de la gramática de mi lengua materna, que a duras penas hablo, los circuitos así estables como dispares son una radiación de la pocilga desde la que veo el destructivo trance de un pasaje de siglo a otro. Y soy parte de la destrucción y no de los artistas, poetas, escritores, cineastas, creadores, oficiales, en el sentido gubernamental, institucional, pero también en el sentido del oficio. Y si leen a los sociólogos franceses, y se creen que saben de cultura, y si anotan y apuntan ideas de filósofos alemanas, y si los nacionalismos siguen vigentes y se cree el nacionalismo es una pauta multicultural, se olvidan del proyecto civilizatorio y entonces yo no soy más un transgresor menos en la faz de la globalidad. Todos los años hay nuevos valores, nuevos símbolos, nuevos y nuevas generaciones, y ya la mía ha hablado y ya mis contemporáneos y los que siguen están arriba y ya ahora el temor de saber que al final de cuentas no se mide la vida por lo vivido sino por el mérito tecnócrata: reconocimientos, premios, distinciones, apoyos, viajas, talleres, cursos, charlas, conferencias, congresos, etcétera, etcétera. Productividad a todo lo que da. Y mis veinte años a la mierda. Y mis treinta según entiendo que el mundo de los hombres no ha dejado de girar y que en ese movimiento los que antes eran ahora son otros y otros somos todos, pero yo me mantengo como un ancla, aquí, fijo, en ese recuerdo, en ella, inexistente, imposible, fantasmagórica. Y luego viene las recriminaciones de los libros comprados y no leídos que me pasa desde que estudia antropología. 

Las ciencias de la cognición quizá incluyan un apartado a la historia del conocimiento, quizá también bajo la lógica que ya planteaba Lyotard y otros, porque como dice una antropóloga a ella no le interesa la sociología del conocimiento, pero a mi sí. confesing the caosY entonces lo que antes era filosófico ahora es lenguaje y lo que antes era discurso ahora es cultural y lo que antes era historia ahora es transdisciplina y lo que antes era poema ahora es un vídeo y así todas las cosas y las instancias actualizándose y el lugar en el mundo que me ha dejado lo que hice, lo que dije, lo que grite, lo que sufrí, lo que pensé, lo que sentí, lo que ahora no es más que un flujo de escritura automática, es además de este automatismo, una muestra de cómo el sistema, el mundo, los medios de comunicación, el poder, es ejercido en todos sus niveles; desde el hombre menor, crecido que te decía eres bueno y que ahora te ve para abajo porque no alcanzaste el éxito, hasta el viejo hombre reconocido y la figura primordial que te ve para abajo porque no has conseguido ninguna distinción ni título ni tienes abolengo alguno, hasta los maestros que te ven para abajo porque aprenden de ti y en lugar de reconocer simplemente te hacen a un lado y todos esos jóvenes que oscilan entre los 20 y los 28 años que te ven para abajo y que de pronto dicen: ese es un nerd, es un matado, es alguien que no va a fiestas, que no tiene problemas de pachanga, y todo eso es visto y sopesado porque también uno desde adentro aprendió a verse para abajo a ver para abajo a estar agachado, menguado, desde ese salto, y ella estaba arriba y desde entonces yo estoy abajo, como la canción de Televisa o las radios de Televisa o simplemente como los motivos de las canciones de moda de Belinda y no ser Freud ni tu mamá y entonces descubrir que pensar no vale nada, que leer no vale nada, que escribir no vale nada, que nada, nada, nada de lo hecho vale nada, porque todo es un filtro imperfecto o macabro donde el maquiavélico edificio autoconstruido ha sido realidad. Entonces, mucho antes de decidir arrruinarme, mucho antes de rendirme, mucho antes de comprender que no quería jugar a la tecnocracia mexicana, que no quería ser un hijo del panismo foxista ni calderonista, que no quería, que no podía, aceptar el ethos ni el pathos vigente, mucho antes de eso la fiebre rotunda de mis cavilaciones, mis traumas amorosos, el cerco del fantasma de mis padres, de mis abuelos, de sus grandezas, sus hazañas. La historia de un gitano que tocaba la guitarra, vidas pasadas. Eso mismo. Hasta que llega ella y entonces hago el esfuerzo más grande de toda mi vida y mi cuerpo no puedo más y mi cerebro revienta y me convierto en un trapo desvencijado.

Todo eso y después leer autores franceses, leer pendejadas, comprender que Gabriel Zaid es un autor y además, comprender que no puede vivirse la mitología maya del Popol Vuh, comprender que no hay formas más occidentalizadas que las alfabéticas bajo la lectura de Giorgo Raimondo Carmona, perderse, todos los días, en relecturas de copías y autores de una carrera trunca: Naturaleza y cultura, de las Estructuras elementales del parentesco de Lévi-Strauss. Pero olvidar, por completo, las charlas escuchdas de Marc Auge, las palabras del neomarxismo de Michel Kerny, olvidar la inocencia, olvidar todo de la mano de Carlos Castaneda y Don Juan Matus. Olvidarlo todo. Todo, todo hasta el nombre y el acento al hablar. Todo. 

Y mucho más que comprender las estructuras presentes, mucho más que aceptar el estructurlismo de Todorov o de Barhtes, mucho más que encontrarme la intelectualidad francesa, mexicana, alemana, italiana, rusa, mucho más que creer que hay un lugar para mi en el mundo, estoy convencido de los entrecejos y pasajes vacíos en la poética incierta de las confiuraciones personales. Mucho más que acatar los ideales del hombre de Play Boy México, mucho más que entender que el cuerpo es un recinto, mucho más que asumir este autosaqueo a mi alma, contra los huesos de una juventud que parece renacer, sostengo los candiles de proyectos que no pueden cristalizarse. Debería leer a Whitman de nuevo, debería volver a algo más apacible y menos egoista. Pero no puedo tener conciencia ni puedo tener razón ni puedo si quiera dejar de lado los pezones hermosos de las modelos de revistas para caballeros y todo eso es sincrónico a este vocerío ramplón. Todo eso. Todo.
actress and audienceLa macro estructura de la globalidad se nutre todo el tiempo de vivos y muertos. La mecánica es malthusiana desde la visión exponencial. Pero no, nada de lo que puede pensar es un atino. Mis ideas, mis textos, mis creaciones, son ocurrencias. En el siglo XVI hubiera sido objeto de un auto de fe. Ahora el castigo es vivir, es respirar, es ver, contemplar, observar. Desde la televisión y sus comunicaciones dominaron y rompieron los límites de mi conciencia, rompieron mi corazón, mi alma, mi cerebro, mi sistema nervioso. Soy una muestra de lo fácil que es derrotar a una persona, de lo simple que es hacerlo a un lado, inculcarle la vergüenza, acorralarlo, despojarlo de su dignidad, someterlo a las disposiciones ajenas a él. Todos ejercen su poder sobre mi, todos, todas, como una simple cometa, que es controlada desde la tierra, mi vida es un trozo de papel a la deriva. Los mensajes televisivos, los canales, el afán del mundo, el encierro, la incomprensión, la exclusión, es algo que se agudizó hace años y ahora desde este margen estúpido soy un hombre que no ha sido asimilado por nadie, por nada. Ni los grupos, ni los individuos, ni yo mismo, puedo romper este juicio rotundo, oscuro y pesado, de que no valgo, de que no puedo valer, porque rompí las reglas y sufrí castigo, porque transigí, porque no fui lo suficientemente fuerte y por eso estoy solo, por eso tengo este blog, por eso escribo, por eso siento rencor y odio, por eso decidí lo que decidí y a nadie le importa.
POR TODAS PARTES HAY OPORTUNIDADES Y EN TODOS LADOS HAY PERSONAS QUE SE EMPECINAN EN SER LO QUE NO SON

YO SOY ESO QUE NO SOY Y NO SOY ESO QUE QUIERO SER

VIVO ARREPENTIDO Y ME CASTIGO SIN ENTENDER

PON LA OTRA MEJILLA ESTOICO DE MIERDA

Algo mucho menos amable de lo que creo es la manera en la que intento decir estar en guerra desde hace 12 años por una mujer.