Embodegar una biblioteca por una nueva vida

He hablado otras veces de los libros de la casa donde habito, estos libros de mi extinta Margarita Urías, una impresionante colección. También yo tengo mis volúmenes en esta casa de madera y ladrillo, muestra de mis búsquedas y de mis snobismos literarios e intelectuales. Hoy me toca embodegar, con naftalina y plástico, mi colección pitoleana, hesseiana, lemaziana, ruy sancheziana,  motemayoriana, y un largo etcétera. Y embodego porque me encuentro en un punto de transición a una nueva vida, como estudiante de doctorado en el COLMICH, llevándome entre otras cosas historias literarias, tomos de estética, compilaciones historiográficas y la fuerte esperanza de salvaguardar mi intento académico hasta cumplirlo cabalmente. Por consiguiente, esta catarsis prefigura el acto de memoria que invita a recordar, por ejemplo, la adquisición de Sholojov y El don apacible, en la librería Da Vinci de la ciudad de Xalapa, cuando en ella se encontraban cosas bastante mejores que las de ahora. Recordar también esas caminatas al CIESAS-Golfo cuando trabajaba con el Dr. Mariano Baéz, cuando transcribía la Literatura Universal de Arqueles Vela, editada por Botas, cuando leí La vida es sueño de Calderón de la Barca, junto a textos históricos y mis incursiones graduales en la obra de Sergio Pitol. También esta manía, este consumismo bibliófilo, es un vestigio que me ha permitido hacerme de un acervo documental importante, sin descartar mis afanes lingüísticos y semióticos, de filosofía del lenguaje, de antropología, pero más en los últimos años de literatura e historia española. Entonces se encuentra los libros que se van conmigo a la aventura académica, y los que quedaran en el sótano temporalmente.

Mis búsquedas en la tradición literaria española son islotes insignificantes de vestigios que más que dar una sólida forma a mis ideas muestran una tergiversada maniobra de asimilación ecléctica. Entonces ¿por qué no asumir que los nacionalismos representan diferencialmente categorizaciones absolutistas que rompieron las lógicas geopolíticas para delimitarlas a las dimensiones cartográficas de los derrotados y los vencedores? El particularismo nacional me ha invitado, además a revelar algo más que las maniobras coloniales y asumir que el tiempo histórico también puede aprehenderse desde una particularidad desatendida académicamente. Es entonces el conglomerado intelectual del siglo XVIII uno de mis principales apoyos y resortes en mi aventura académica: español, con Feijoo, Jovellanos, los Moratín, Iriarte, pero sobre todo Luzán, francés, con Voltaire, Rousseau, Diderot, D’Alembert, alemán, con Kant, Fichte y sin ser estrictos con Hegel, italiano, con Vico, Muratori, novohispano, con Clavijero, ante todo, pero también con Humboldt, Alzate, Boturini, entre otros. Y también es la historiografía, aunque desde lo político económico, como Sarrailh, Bazant, Vilar, entre otros.

Es incluso este acto el rememorar que hace 17 años estábamos llegando a esta casa Luisa, Margarita y yo, cuando concursé en el premio de ensayo del CIDE y quedé finalista. Es recordar que tocaba las canciones del disco Enemigos íntimos de Sabina y Páez, como el viaje a las cercanías de San Marcos para buscar orquídeas y fauna para construir nuestro jardín, con esos platanares de ornato que duraron unos años. Es también recordar la caoba que traje de la playa oaxaqueña Ventanilla un año después, ya sin mi madre, que terminó secándose entre 2007 y 2010. Empacar es deslindarse, conquistar, reflejar, momentos, encontrar notas, ver postales viejas, de amores, de amigos, de cuando la vida era un amasijo de amistades, hoy ya distancia y torpeza, desconocimiento. Empaco entonces porque me voy al COLMICH a estudiar el posgrado con todo el gusto y dolor que eso conlleva.

 

 

Lectura en el ahora: el periplo italiano de Elena Croce

Dentro de una actitud crítica y con una elaboración de juicios bastante prometedora la estudiosa italiana ofrece un recorrer la idea de la narrativa italiana de finales del medioevo y los albores del renacimiento. Recabar un corpus de obras, donde encontrar a los clasicos italianos, implica un esfuerzo de historiar la literatura frente a postulados tradicionales que niegan la existencia de una narrativa italiana en esta temporalidad. Y en la revision de Croce, que pasa por Settembrini, no faltan Dante, Bocaccio, Ariosto, Boiardo, y otros muchos prosistas italianos. La lectura implica el esfuerzo de interpretar comparativamente la narrativa que surge en España, Francia y Alemania, por ejemplo, con las producciones italianas. Ágil, documentada, inquietante y convidadora, la lectura de Croce esparce huellas de una tradición literaria que no se cifra necesariamente en el canon nacional italiano sino que muestra los lados flacos de dicha elaboración. Aguda, atenta, plena y contagiosamente crítica, la andanza que ofrece este periplo nutre la comprensión de la literatura italiana en sus expresiones cuentisticas, novelísticas y prosísticas, que establecen un gusto y una creatividad inteligente mayor a la construcción identitaria de la literatura   referente a Italia como nación.

Lectura en el ahora: novela naturalista japonesa El Edredón de Tayama Katai

Uno de los dramas más complicados y recurrentes, más rotundos y plenos, es la salida de los individuos de su ceno familiar. Si existe una forma social, sus funcionamientos consistirán, no obstante la legitimidad de la violencia, en la posibilidad de reproducirse, de perpetrarse. Ya en mi adolescencia pensaba en escribir un guión sobre un problema de este tipo, cuando abandonaba la tutela y guía de mi primer gran maestro, el que fuera mi entrenador, tutor e introductor en el karate coreano o Tae Kwon Do. Porque si salir del seno familiar es abrirse a la circunspección de una otredad validada en función de su calidad educativa, de su dúctil y esbelta adecuación, de la inserción constante en el proceso formativo del ser (colectivo e individual), el tema central es el vínculo cierto alumno-maestro. Reproducir costumbres, ideas, formas, saberes, etcétera, más allá de memorizarlos o ejecutarlos sin reparos, es, además, uno de los soportes del actuar colectivo. Por el otro supe mi nombre y es a través del otro que me distingo único y singular. Además de eso, mi obcecada intuición torpe sobre los orientes posibles, que me rondan desde pequeño, que me escriben y me palpan y me agitan, son también otros de los ecos inscritos en la fugacidad de este comentario: el libro de las mutaciones, el arte de la guerra, el tratado de los cinco anillos, el Tao Te King, pero siempre, desde la mutilación propia, desde este desquiciante terreno occidentalizado, mío, inservible, fútil, rancio, ya escueto de tecnofobia y amaneceres en Tokio a las 4:30 am.

Tampoco deberé pensar en las formaciones económicas precapitalistas, de Hobsbawn y Marx, o el modo de producción asiático. No, tampoco es la revolución industrial en Japón o el quiebre de la sociedad tradicional de dinastías que desconozco. Mucho menos se trata del recuerdo del palacio de Hiroshima o de los paseos por Kyoto, 15 años atrás. Es también menos que la consciencia de los estilos literarios decimonónicos y su difusión por el orbe. Se trata de una novela japonesa, peculiaridad cultural que invita a olvidar también ese abanico que obtuve a cambio de un beso y un collar rarámuri en Saiki, de una bellísima y hermosa nipona, rubia, trabajadora, pueblerina, que regalé hace años. Es la narrativa de Tayama Katai, autor desconocido. En una edición limpia del Colegio de México, es además el periplo de indagar latitudes literarias dentro de las posibilidades de las librerías de viejo xalapeñas.

Y me doy cuenta de que este tema, maestro-aprendiz, me persigue, de muchas formas. No olvido la muerte de José Knecht cuando trataba de salvar a su aprendiz de ahogarse, aunque se trata de otra alumnaje, de otra forma de ser maestro. En el caso de la novela japonesa, estamos frente a una relación maestro-alumna, una relación triple de asimetría: el hombre, experto, conocedor y maduro, la mujer, deslumbrante, inocente y apresurada. Es la historia de una mujer que en el Japón de principios del siglo XX quiere ser escritor y su maestro, Tokio, que es un autor mediano, con un sueldo, con una familia. Ella lo busca, él rehusa aceptarla, pero la acepta. El viaje comienza y en la narración de los accidentes, tribulaciones y desasosiego de la vida cambiante, de ella y de él —que se ubica enamoradizo de su aprendiz— la trama va incluyendo personajes que deambulan por pasajes ignotos hasta representar nudos narrativos que dan un toque sorpresivo al desenlace. Ella, aprende, lee, se comporta, pero vive de una forma contraria a las tradiciones de las generaciones que la preceden. El maestro la comprende, la estimula, la desea eróticamente. Todo se desvanece al enamorarse ella de un joven en Kyoto. Y el maestro se convierte en su complice, primero, pero después en el atormentado receptáculo de dudas, intrigas, sospechas. Por un lado su relación es va diluyendo, al diluirse el furor y la pasión por la literatura, en una misteriosa sinuosidad amorosa, triangular, que pone en jaque al maestro y el motivo de tener una alumna. Él la defenderá frente a su padre, a su familia, acomodada y provinciana, pero todo es en vano: ella no logra ser novelista, no culmina su educación, vuelve al terruño, a ser una mujer más dentro de la jerarquía familiar. Él, maestro, defensor y secreto amante erotizado por la joven de 19 años, termina derrotado como mentor, pero también harto y fastidiado, colapsado, con la certeza de una vida común, cotidiana, corriente y pesada, que abomina.

En el inter aparece la esposa del escritor maduro, sus hijos, en las noches de alcoholismo con sake, en las noches de pérdida de sentido, en el caos de la incertidumbre sobre la pureza, la castidad de su alumna. Aparece el hombre que sacude a la aprendiz, ramplón, de mediana inteligencia, desertor de estudios religiosos, más valentón que realmente valiente, más ignorante, resignado, entregado e inexperto, más intempestivo y juvenilmente acelerado, pero obtuso y arrogante. También aparece la cuñada de Tokio, esa mujer de barrio tradicional que recibe a la discípula, aun estando en contra de sus formas y modos de vida. En las escenas finales conocemos al padre, agro empresario japonés, acomodado, sensato y cortado con la tijera del viejo molde. Y todo es un desenlace dramático, donde los sentidos terminan por jugar malas pasadas y la frustración impregna el ambiente con una nostalgia potencialmente irreparable.

Lectura en el ahora: visitando a Ortega y Gasset

Comienza aclarando mi falta de método respecto a la invención intelectual, mi falta de eso que Ortega y Gasset distingue, la distinción entre leer y estudiar. La más reciente lectura fue la de Collingwood, también sobre filosofía de la historia. No es tampoco mi conocimiento historiográfico del siglo XX ni mucho menos el excelente libro La cultural del 900, en su reflexividad historiográfica, lo que me orilla a entonar que el pensamiento histórico, para mí ya anclado en Bloch y los dos filosófos recientes, me zambullen en una intencionalidad reconstructiva trocada en esta proclama en tiempos posthistóricos. No es tampoco la esfera del capital de Sloterdijk ni la filosofía contemporánea lo que me inclina a dilucidar, expresivamente, las migajas filosóficas del pensador español que retengo con insuficiencia. Tampoco es ese incultura que ubica nuestro filósofo ibérico respecto a la especialización, hoy más alta, profunda y precisa que nunca. Sí, para Ortega y Gasset la especialización remite a una incultura, pero también reflexiona sobre la importancia y el valor de la tradición, como obstáculo y como posibilidad de innovar. Si para Habermas existe una lógica en el discurso filosófico de la modernidad, parte de tal lógica refiere a la crítica y el  arte, en una modalidad de sustitución de modas, de escuelas, de posturas que cuestionan lo precedente para renovarse en lo “nuevo” —léase moderno como uno de sus sinónimos—. Lo trascendente no es tampoco la verdad o la realidad, no es la ciencia —con una lógica propia— sino los histórico, lo humano, lo que podría remitir al determinismo cultural —también hoy, cuando todos pretenden ser creadores culturales— del tiempo, de los actos y de las construcciones. Cifrar en términos de historicismo el devenir del tiempo implica valorarlo como un instrumento humano, con una teleología especialmente en tanto asume la conexión, la relación, la interdependencia del pasado con el presente y con el futuro, no en un esquema determinista —o prospecto—, sino como una lógica donde se intuyen novedades y costumbres, cambios y persistencias, hazañas de libertad y opresión. No es que la historia sirva para conocer el pasado y proyectar el futuro, sino que la historia construye la posibilidad existencial del presente y la causalidad del futuro, desde la vertiente que ocupa lo pretérito como hechos inacabados. Si Ortega y Gasset discute y cuestiona el fin de la historia, de Hegel y de Comte, lo hace también valorando que la filosofía de la historia no es historia de la filosofía, sino que el filósofo debe transitar por todos los momentos filosóficos previos, vivirlos, aprehenderlos, transitar por ellos, para construir su sistema filosófico. No es la historia un ente pasivo, obsoleto, de hechos muertos. La historia vive, está viva, en nosotros, en lo humano.

Pensar en las posibilidades del determinismo cultural como instrumento reflexivo me orilla a la interpelación con la dimensión antropológica de la cultura, donde no sólo la “alta cultura” es cultura. Esta hazaña de la antropología, especialmente del siglo XX, ha constituido uno de los máximos elementos de proliferación creativa —aunque habría de cuestionar, axiológicamente y estéticamente, ciertas formas de creación—. No es extraño que para los postmodernos, cuando los primeros en tomar esa actitud me parece fueron los antropólogos norteamericanos de finales de los sesentas, el lenguaje y la cultura se relacionen de una forma interdependientes: por ejemplo con la interpretación semiótica que designa a la cultura como una serie de intercambios comunicativos, códigos y formulaciones socialmente internalizadas y compartidas. En todo caso se renuevan las discusiones y ahora no es tiempo más que de enfatizar que la filosofía de la historia y la historia de la filosofía deambulan, en el pensamiento de Ortega y Gasset, entre la composición flexible de una axiología del tiempo humano y una aprehensión de la phisis y su designación y vivencia. No soy filósofo, no soy historiógrafo. Soy más bien un inquieto residuo del siglo anterior. ¿Por qué leer a Ortega y Gasset? Debería tratarse del simple ejercicio reflexivo y de la intención, profesionalmente no conquistada en lo personal, de escribir sobre el pensamiento histórico de la primera mitad del siglo XX, frente al estructuralismo histórico que terminó desembocando en la postmodernidad y ese conductismo reiterativo de lo post, de lo pasado, que remite a una contemporaneidad nueva y discursos, filosóficos, académicos y culturales, ampliamente difundidos. En todo caso para mi se trata de la hiper fragmentación del tiempo, o eso que llamo distemporaneidad, por una parte, y de la recursividad aglomerativa de la neometafísica digitalista, proclive a una vivencia de la digitalidad, informática. A este régimen corresponde una pornonarcotecnodemocracia en su dimensión política, mientras que en términos del actuar cultural,  es una pluriculturalidad luminocentrica relativista. ¿Que tiene que ver Ortega y Gassset con todo esto?  Pensar lo histórico, más allá de las herencias intelectuales y academicistas de las epistemes de la modernidad, implica redimensionar lo humano en su destiempo presente.

Lectura en el ahora: de ideas sobre la historia y una comparativa a 7 años Collingwood y Bloch

En 2010 sin saber cómo, cuándo, dónde ni por qué, decidí proponerme formar un perfil de pretendiente historiador. No era sólo por mis inquietudes referentes a Ignacio de Luzán y el siglo XVIII español, sino también por ser hijo de una historiadora y antropóloga mexicana, aunque en el fondo se trataba de realizar una empresa académica en un contexto de deriva, aislamiento, miedos e incertidumbres. Recuerdo que compré el libro de Marc Bloch Introducción a la historia  y lo leí con detenimiento, uno más de mis libros subrayados. En ese entonces no estaba en condiciones de poder realizar ningún tipo de ejercicio del pensamiento en ningún sentido. ¿Cuáles eran los ingredientes? Deseos de realizar una investigación sobre Luzán y su pensamiento, de explicar por qué razones su Poética estaba en la biblioteca de la Facultad de Humanidades, bajo la por entonces infundada razón de que seguramente había sido leído en México o Nueva España, pero ¿cuándo? ¿por quién o por quiénes? El segundo punto era el referente a las celebraciones del centenario de la revolución mexicana y el bicentenario de la guerra de independencia. Historia oficial, sin duda. Pero leí a Bloch con un interés genuino por aprender y descubrir la reflexión sobre la historia. Sin embargo, algo me distrajo ampliamente de mis inquietudes históricas: un trabajo que estuve a punto de dejar, una vida de excesos, el acercamiento a una figura de la literatura contemporánea radicada en Xalapa, la vivencia de experiencias límites que por diversas razones de orillaron a desquiciarme. Hoy estoy vivo, estoy plenamente seguro de que estoy contento con mi vida. Pero el libro de Bloch del que habló, reeditado por el Fondo de Cultura Económica, fue impreso y editado por primera vez en 1952. Ese mismo año el Fondo editaba otro libro que terminé de leer en estos últimos días: Idea de la Historia de R.G Collingwood. ¿Casualidad? ¿Historicismo? Pensamiento filosófico sobre la historia en la primera mitad del siglo XX. Dos latitudes rivales en el siglo XVIII: Inglaterra y Francia, que en el transcurso de los hechos de la segunda guerra mundial estuvieron en el mismo bando contra los alemanes. Dos vidas distintas, la de Bloch cortada, arrancada, por los escuadrones nazis frente a la resistencia francesa a la ocupación alemana; la de Collingwood una vida académica con cierto más sosiego. Esto desde mis escasas, desde mis nulas pesquisas sobre estos autores. Pienso en un ensayo, no este reporte de lectura, donde comparar cuatro formas reflexivas, desde la filosofía, de la historia: no sólo estos dos trabajos que menciono, sino incluyendo La historia como hazaña de la libertad de Benedetto Croce y el trabajo del español José Ortega y Gasset La historia como sistema. Ese posible ensayo hoy no es lo central. Tanto Collingwood como Bloch asumen que la historia remite a lo humano, al tiempo humano, a la acción humana, al pensamiento y de la experiencia humana. Con eso me quedo, me conformo. Si bien pudiera realizar una comparativa de ambos trabajos, ambos previos a la guerra fría, lo interesante para mí es la sincronicidad en el año de edición en español. Relaciones más o relaciones menos, leer a Collingwood no es sólo recorrer una tipificación, un compendio historiográfico, sino también es adentrarse en un sistema de pensamiento, en una definición concreta de la reflexión distintiva entre lo natural y  lo humano, eso que Leví-Strauss estableció muy bien en su apartado Naturaleza y Cultura en Las estructuras elementales del parentesco. De esta forma el recuento collingwoodiano también representa una nutritiva fuente de reflexión de la episteme histórica, del conocimiento y los límites y alcances de la historia como saber, independientemente de Foucault y neoestructuralismo. Collingwood logra un trabajo que responde a la modernidad occidental y su necesidad de historiar, no como un acto de la memoria sino como una posibilidad de conocer el pasado más allá de una causalidad diferencial, como una actividad de testimonio y explicación de lo ocurrido que se relaciona con el presente. La historia es pensamiento, es hacer humano, testimoniado, documentado. Entonces el historiador trabaja con pensamientos pero de distinta forma que el psicólogo. Lo crucial es tanto el recorrido por el pensamiento filosófico sobre la historia como los apuntes metodológicos sobre este tipo de conocimiento, su función, sus rasgos, sus problemas y métodos. A 7 años de haber leído a Bloch, ahora Collingwood me reafirma mi interés por la reflexión de la historia, aunque vivamos en un momento posthistórico. Finalmente mis búsquedas, anacrónicas o no, tienen un sentido en el intento construir una genealogía personal más allá de los autores de moda.

Lectura en el ahora: Naciones y nacionalismos de Ernest Gellner

Decididamente estoy intentado construir un andamio intelectual para mi proyecto de investigación en cierto posgrado, aunque con certeza mi indisciplina vigente no es más que una esfumada silueta rotunda de la crisis que vivo. Y si pensar lo nacional —hoy postnacionalizado— implica intuir una modificación completa en los hábitos identitarios, económicos, políticos y empresariales, la lectura de Gellner remite con nitidez a un programa antropológico —por étnico y cultural— de análisis nacionalista. No es extraño que en 1983 se editara una obra como esta, pero si lo es que llegara a México hasta 1999, para no dejar de lado las inclinaciones editoriales que amalgaman las capas y los tejidos ideológicos, para mostrar como novedad algo que, en realidad, ya ha sido discutido y comentado hasta el agotamiento. No obstante, la propuesta de Gellner enfatiza claramente un postulado importante respecto al nacionalismo: la interconexión entre la cultura, el estado y la educación, como un trinomio de las sociedades industriales, que configuran y enlazan los aspectos principales de la modernidad nacional. En la medida que se trata de establecer una cultura homogénea, aun fincada en tradiciones —históricas y literarias—, en tanto refiere a la composición de un territorio definido y estable en su denominación de Estado, en tanto se trata de la posibilidad social, y sociológica, de generar especialistas a partir de una especialización común —para el autor el alfabetismo—, la nación engloba estas dimensiones como sus elementos intrínsecos, aunque el nacionalismo y lo nacional no remita a una forma de organización social natural. Resaltan también los comentarios anti-marxistas de Gellner, que nos hablan de que su lectura de Weber es más un lugar común en la fundamentación constructiva del análisis del capitalismo occidental, que de una posición crítica del mismo, aunque deberíamos sopesar el momento histórico del marxismo occidental, en la década de los 80’s en Inglaterra, aunque ahora nos resulte inútil evocar un librito adquirido de Perry Anderson. No es gratuita la conjugación del análisis antropológico y sociológico que Gellner materializa, al cristalizar una óptica que ofrece algunos ejemplos, aunque su planteamiento sea más bien teórico. Sin lugar a dudas, la reflexión nacionalista de finales del siglo XX debió encontrar en trabajos como este —descartando que el mismo 1983 se publico el libro de Benedict Anderson Comunidades imaginadas Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo— debieron nutrir una fase intelectual controversial, si no olvidamos la caída del muro de Berlín en 1989 y el proceso neoliberal de globalización y trasnacionalización, que configura, con el pitido ejemplo de la Comunidad Europea (aunque no tengo esta certeza), un escenario político, ideológico, económico y cultural, que quizá en este momento post-histórico (aunque ya he olvidado la lectura de Sloterdijk) se encuentra en vías de extinción, transformación o radicalización.

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Lectura en el ahora: El discurso filosófico de la modernidad de Jürgen Habermas

Terminé de leer este impresionante trabajo de Habermas, inquieto por diversas razones. En principio el tema de la modernidad como una categoría de apertura del mundo refiere con nitidez a un conjunto de hábitos, pensamientos, normas y patrones conductuales. ¿Hice mal en leer primero a Lyotard y La condición postmoderna? Sería el momento de refrascarme en esa lectura para contrastar el meollo del planteamiento habermasiano. Como siempre voy algunos pasos atrás de los debates contemporáneos. Pero desde mis escasas incursiones en el estructuralismo distinguí hace tiempo un cierto afán a-histórico en los complejos ideológicos y analíticos estructurales de primer cuño. Quizá el único planteamiento estructuralismo que recuerdo con esbozos y argumentos históricos es el de Leví-Strauss. Pero Habermas ataca con claridad ciertos planteamientos antropológicos. No olvidemos, entonces, que la antropología poseedora fue quizá la primera disciplina en categorizarse como tal. En el peor de los escenarios, el mío, no hay elementos para sanar el debate entre postmodernidad y modernidad. De lo que no cabe duda es que se trata de un epicentro mas de las modas interpretativas occidentales sobre los cimientos de su cultura. El año de edición original en Frankfurt es de 1985, la primera edición en español de 2008 con una reimpresión en 2012. ¿No es algo tarde para México leer a Habermas casi 30 años después? Existe un capitalismo intelectual e ideológico y en las esferas del mercado de las ideas y de los modelos interpretativos no caben la sincronicidad global, el presente totalizado.

Los planteamientos de Habermas me parecen muy claros, con un riguroso sistema crítico, asumiendo una postura política frente a la crítica de la razón de la modernidad. Se distingue una lectura completa, fina y pulimentada, de los autores que comenta, contra argumenta y discute. Su ejercicio filosófico se moviliza completo y franco. No es sólo quizá la filosofía del lenguaje la que ahuyenta a ciertos lectores de los planteamientos de Habermas. Es también su cuestionamiento de las “novedades académicas”. El juego de los sistemas comunicativos y de interpretación de la realidad humana no escapa en absoluto de la la lógica del mercado. La modernidad no ha concluido, se ha fragmentado, particularizado. De ahí que las modas no dejen de tener sentido, comercial, ideológico y cultural, en mí opinión.

Leí a Habermas porque un querido amigo me recomienda libros que él lee. Ya con este van tres que he leído de su cosecha, incluyendo el acercamiento de Sloterdijk al capitalismo global y el proceso de la cultura y la modernidad de Josep Pico. Mi deuda no se remite a otra cosa que a un compañerismo. En un mundo donde todos leen a Foucault, a Derrida y a Heidegger, lee a Habermas. No es extraño, entonces, que este comentario desvariado resignifique la constante búsqueda de un universo expresivo y sus raíces nutrientes. Leer a Habermas siempre ha sido muy grato para mí, aunque no conozca mucho de su producción. Es impactante distinguir su pulimentada maquinaria analítica, pero sobre todo su compromiso intelectual en dos sentidos: en la lectura atenta de sus contemporáneos, para ejercer su crítica, y en el crucial de papel de interpelador de la escuela neo-estructuralista.

Siempre habrá quién esté a favor y en contra, siempre habrá debates. Quizá los hechos recientes, con la subida de Trump al poder, no pueda sino hacer remarcable el hecho del retrocedimiento a un dogmatismo racial sui generis y absolutamente envuelto en un misticismo supremacista. El efecto de leer un trabajo de 1985 tres décadas después no debe impedir comprender que la maquinaria de producción intelectual, de un hombre, en su obra, y de una sociedad, en su mercado editorial, pierda su sentido como eslabón fértil en vías de conquistar un conductismo comunicativo dialógico.

 

habermas_discursofilosofico_modernidad_2008

Lectura en el ahora 4: Carlos Montemayor

Cuadrados al cuadrado

Cimientos indelebles

el tránsito perfectible

de los nombres. Ladrillos

y anaqueles infinitos,

los libros siempre

completan una cuadratura

universal. Desperdigada

la sinuosa ruina del saber

una construcción de papel

y tinta resguarda la colina

fértil del ser: entonces seremos.

Cuadrados al cuadrado

libros siempre invitación

de los remilgos alfabéticos

certezas dentro del laberinto.

libros

Estante a ningún lugar

librero

Repartidor de alientos

este vendaval de sentido,

sentir, escueto trance

lapidario, de la esencia

mutación, algoritmo

del verbo. Tropiezo,

fertilidad irradiada,

cobijo ontológico,

escueta memoria, como

si llorar fuera una alternativa

a la crudeza del mercado.

Ninguna parte, estadio

de un alma desvencijada

entre conciertos librescos.

librero

Lectura en el ahora 1: Hermann Hesse

 

Actualmente me encuentro leyendo este libro

Hesse Portada

Autositios comunes

Ya paso de los 30, con la pesadumbre de lo no hecho. Escribo. Lenta la marcha de una década prima, azotada por el vendaval de la renovación generacional. Falto en las nóminas y en los registros, poco acertado en los gustos y las preferencias, erudito libresco, carezco de contacto con el presente. ¿Ciertamente? Escribo. Una letanía pesada acudió a mi alma hace 14 años casi y me enfrasqué en un bohío tétrico, tremendo y abarrotado de ausencias. Toda la vida fluyó, toda la marcha eterna prosiguió, todo estuvo ocurriendo y yo a la distancia, testimonio flácido del carnaval milenario. Desde el sótano impermeable de la evasión, no consigo mostrar ninguna de mis armas retóricas letales, porque al final la confluencia de los géneros literarios me ha derrocado. Investigo la vida y la obra de una autoridad del siglo XVIII. Me extravié en la filosofía postmoderna, en su crítica, ramplonamente, esbozando un recorrido intelectual no acontecido, heredando pugnas intelectuales de hace 30 o 40 años. Renuncié al erotismo, de Ruy Sánchez, de Bataille, al conocimiento profundo de la sensualidad humana. También olvido el existencialismo, tanto de Camus como Sartre, olvido el libro que fue novedad hace 6 o 8 años, de Kiekergaard. Mi frustración marxista persiste, perdura mi intentona de leer el Capital, sin método ni análisis. Además naufragué en los libros maternos de la intelectualidad mexicana de los años 70: Monsiváis, Paz, Aridjis, Benitez, un cúmulo de autores y obras que representan un capital cultural al que resguardo sin el más mínimo atisbo de socializar. También me dotan de sentido mis faltas lecturas de estética, de Croce por ejemplo, de autores del siglo XX, del pensamiento occidental, de mi frustración acicalada por construir un sistema de pensamiento. Escribo. Lenta la navegación de esta década, ya es 2016, me conduce a la redacción e investigación de mi autor favorito, Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, sin que logré comprender un carajillo de historia nacional, de identidad hispánica, de la ruptura y escisión entre los españoles americanos y los españoles europeos. Ni el remilgoso análisis historiográfico del criollismo me permite asomarme a otras ventanas, a otros pasajes, a otros autores. Y termine inmerso en la proyección de una biblioteca no visitada, muerta, agónica desde antes de construirse. El I Ching tampoco es visitado más. En cambio redacto este parrafito, esta prosa inservible, sin haber leído a los clásicos españoles del siglo de oro, con mi incisiva ausencia de Garcilaso de la Vega, el poeta español, y del Inca Garcilaso también, con el cargo de conciencia de las tareas lectoras de personas que me quieren y me han sugerido obras y autores. Seré un historiador postmaturo, tardío y tardado, quizá escuetamente olvidadizo de la literatura italiana del siglo XX, quizá también absorto por el texto de Buxo sobre Ungaretti y Góngora, quizá también absorto por la idealización disciplinaria de indagar en la poética de Hegel, la de Muratori, la de Boileau, para comprender mejor los sesgos y las interpretaciones. Y Vico, el gran filósofo de la historia, aparece renuente en mi addenda, finitud de autores no leídos, pero igual del XVIII Adam Smith y su Riqueza de las naciones. Todo se convierte en este discurso catártico, en esta monotonía de axiomas coagulantes, coágulo de letras, recuerdo del primer blog que logré posicionar. Mi importancia entonces me orilla a publicar dos trabajos míos, que no son mas que dos intentos: un poema y una novela, ilustrados ambos, por distintos artistas plásticos. Renuncio entonces a la infracción acomodaticia del presente. Ya cuando terminé mi tesis buscaré trabajo. Entonces quizá pueda pensar en mi libro de ensayos.

Biblioteca materna tu voz en mi presente

Escribo desde la posibilidad de remembranza que me ofrece arreglar nuevamente la biblioteca de mi madre. Temas, autores, ediciones raras, todo es un coctel inmenso de conjeturas sobre su pasado, sobre su andar en el mundo de las ideas. La primera vez que ordené estos libros tenía menos de 20 años o estaba en ese margen. Los años pasaron y constantemente ordené y desarreglé los libros en un afán de mudanza interna que no tenía píes ni cabeza. Hoy todo es algo más quieto, más calmado y ordenado.

Ordenar los libros de alguien más, los libros que fueron una herencia obligatoria, más no obligada, es un acto de fascinación. Pero el estado actual de la biblioteca es producto de años de descuido, llenos de polvo, desordenados, mezclados unos con otros. Descubro gradualmente las temporalidades y predilecciones de una mujer protagonista de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Sin una intención de averiguación me doy cuenta de una cierta filogenética personal, de una cierta filiación con los vestigios y cúmulos de informaciones de esa biblioteca. Literatura, urbanismo, sociología de la familia, historia latinoamericana, antropología, marxismo, comunismo y socialismo, chamanismo y mucha historia de México son algunos de los vericuetos por los que anduvo mi extinta madre. Distinguir casos raros de ejemplares únicos o exclusivos, algunos firmados por los propios autores con dedicatorias y saludos afectuosos, me hace preguntarme por los círculos intelectuales y académicos que frecuentó mi madre, por las relaciones y vínculos que estableció en su devenir profesional.

Y me invaden unas ganas furibundas de leer lo más que pueda, de naufragar en esa vida de libros, en esos ejemplares tan especiales. Pero noto que mis intereses son distintos, en gran parte. Admito que la curiosidad me invade, que los deseos de indagar y leer más de un tomo me impelen a proponer una clasificación bibliográfica un tanto más minuciosa. Pero desisto del impulso biblioteconómico y más bien acomodo según entiendo los flujos temáticos y académicos, regionales, historiográficos, intelectuales. No es fácil ordenar libros que tú no compraste, libros que no te pertenecen, que no son enteramente tuyos. No es fácil porque es como adentrarse en el pensamiento y la vida de alguien más, adentrarse en una cúspide de dudas y suposiciones sobre qué fue leído, qué fue consultado, qué fue lo que construyó esos criterios de búsqueda y elección de libros. Finalmente una biblioteca es una colección, un ensamblado de piezas, de preferencias, de indagaciones, de actos y eventos, que conforman un rompecabezas longitudinalmente temporal, espacialmente definido y finito en términos materiales más no en términos del pensamiento.

Ordeno los libros de mi madre, Margarita Urías Hermosillo, que murió el 1 de noviembre del año 2000, antes de la transición democrática panista, mucho antes de la corrupción evidente de la izquierda mexicana, mucho antes de la renovación partidista del PRI, antes de la visita de Juan Pablo segundo en 2002 a México para la canonización de Juan Diego. Acomodar los libros de una guerrillera, intelectual, historiadora, madre soltera, académica, maestra y formadora de generaciones en distintas instituciones, es un reto deducido de haber tenido la distinción de ser parte de sus días, de ser uno de sus retoños, de estar, también por qué no, en el proceso de asimilación del legado que dejó una mujer entera, valiente, excepcional y olvidada en muchos sentidos por sus contemporáneos.

Andrée Michel quote

“Contrariamente a la situación descrita por Parsons hace 25 años, podemos comprobar que una proporción cada vez mayor de jóvenes mujeres casadas con hijos de corta edad trabajan tanto en los países industriales capitalistas como en los países socialistas. Como consecuencia de ello, en todos estos países, el porcentaje de mujeres casadas en la población activada femenina es mayoritario. A título de ejemplo, citemos a los Estados Unidos donde este porcentaje pasó de 30% en 1940 a 57% en 1964, a Francia, donde se pasó de 49% en 1921 a 53% en 1962 y a 55% en 1970. En Suecia, un 45% de las madres con un hijo menor de 7 años trabajan. Por consiguiente, un porcentaje creciente de mujeres casadas y con hijos, comparten con el marido la función instrumental”

Andrée Michel. “Sociología de la familia y del matrimonio” Ediciones Península, Barcelona 1974, pp. 113-114.

Los libros, la comida, el cigarrillo

No puedo desligar mi pensamiento de una reflexión sobre el tabaco y la modernidad occidental, no sólo en la dimensión simbólica sino también en su influjo significativo como aditamento cultural, como fetiche de elegancia, como representación de alcurnia, prestigio y distinción. Pero el cigarrillo, el tabaco, la cultura del tabaquismo en la modernidad, es mucho más que una simple causa de las políticas antitabaco, mucho más que el acto generador de la investigación oncológica, mucho más que un ritual caduco hoy en día. ¿Por qué no pensar en la triada libros-comida-cigarrillo, como un triángulo cultural? De existir una modernidad tabaquista no podría disociarse del acto gastronómico y culinario, del acto de la ingesta de alimentos, al menos en la medida de la función digestiva del tabaco. El acto del tabaquismo iría adherido al ritual de la comida, como un epígono natural, como una conclusión ad hoc en términos del reposo digestivo. Si bien no sería exclusivo del tabaco un sitio de distinción en este terreno, pensando por ejemplo en su complemento natural que es el alcohol en sus diversas presentaciones, la comida y su finalización abren la ruta del fumar, del degustar un humito, del encender un cigarrillo en vías de socializar. La función del tabaco, que ahora es sustituida por otras instancias, era la de promover la socialización entre las personas, especialmente adultas, considerando que era deseable fumar como un hábito promovido desde esa modernidad postindustrial en donde el humo, indisociable de la máquina, era un signo de avance, de progreso, de refinamiento, de poder.

En otro extremo localizar a los libros, en tanto objetos privilegiados del conocimiento en la sociedad de la modernidad postindustrial, implica también valorar las tendencias comunicativas de la intelectualidad y la farándula del pensamiento, también vinculada nítidamente al consumo de tabaco. Los libros, en tanto objetos intelectuales naturales, igualmente promovían un cierto tipo social de hombre y mujer que fumaba. Escritores, historiadores, antropólogos, sociólogos, científicos sociales, humanistas, filósofos, en su mayoría eran los que mantenían un vinculo emocional y afectivo con el cigarrillo, con el tabaco y el acto de fumar, como medios de socialización, nuevamente, pero esta vez de las ideas, las investigaciones y los avances del conocimiento. No es extraño ver en intelectuales y profesores de la década del 40 del siglo XX un habano o un cigarrillo. Fumar representaba una forma de tener estatus y de mantener protocolos y ritos de socialización.

Pero el dicho mexicano no puede estar equivocado. después de un taco un buen tabaco.  Así, los libros, la comida, los cigarrillos fueron parte de una época donde no existían las posibilidades comunicativas saturantes y saturadas, donde la oferta cultural estaba definida por medios masivos de comunicación que no alcanzaban a una totalidad tan amplia y abarcadora, en diversidad temática, como la presente. Tabaco, intelectualidad y comida: una triada cultural de la modernidad postindustrial, podría versar el título de un artículo donde sería problematizada la relación entre un acto fisiológico, comer, un acto mental, la lectura, y un acto de entretenimiento, fumar.

 

Otra vez la tesis

Me voy a hacer la tesis

no sé si volveré

perdido en el XVIII

no sé si volveré.

Con Mozart en el fondo

Luzán espera el capítulo 2,

Voltaire indiscutible

Muratori sereno, no sé si volveré.

La tesis me engulle, no sé si volveré,

autores y palabras, libros y referencias,

citas y evitar el plagio, no sé si volveré.

Pero me quedo contento

Luzán y otros autores

me hacen recordar

el proyecto ilustrado de Habermas

no sé si volveré, no sé modernidad,

si volveré a ser un hombre entero.

Con Mozart en el fondo

no sé si volveré. Seguro en la angustia

tampoco sé si terminaré

la tesis o si me transforme en rata.

De bibliotecas, periódicos y fichas bibliográficas

mi tesis me devora, no sé si volveré.

Absorto entre palabras

res publica litterarum absorbe ya me mente,

no sé si volveré. En el camino historiográfico

incauto ya camino, no sé si volveré

si el mundo podrá ser un hábito operativo,

no sé si voy a ser

feliz con esta tesis

si volveré a sonreír o seré inconsciente

no sé si volveré, me voy a hacer la tesis

sobre Luzán y otros temas

de la transición a la modernidad.

Sin rima ya termino mi trémulo lamento

me voy a hacer la tesis

no sé si volveré

pero segura una cosa

podré alcanzar

el ser del conocimiento

podré intentar saber

qué pasaba hace 300 años

no sé si volveré

la tesis me devora

pero me causa placer.

Neo enciclopedismo

Ventosa idea
conocimiento esparcido
¿acaso lo injusto es tu infinito?
Volver al paso de las páginas
hacia las ondas del sentido
cabalgata de alfabetos descubiertos,
sino cualquier angustia
por descubrir el pasado.
Paso a la esfera luminosa
luz como de estrella estallada.
Imagen total el eclipse mental
axioma entre los tientos y voces
escritura que en silencio columpia
el almanaque del saber. Inmensidad
nombres de una transgramatosofia
conocimiento finito a través de lo escrito.
Civilización absorta y absoluta
como barco transatlántico,
que atraviesa tinieblas y encumbra
faros. Libertad conquistada al presente.
Tu voz nace de otras voces imaginadas.

Pixel moment 7

Ancient books in Mexico city

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Pixel moment 4

Some books to nowhere

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Escritura de candado fónico

Bloques de libros, libros, libros,

ideas pinches de otros

pinches idiotas

escritura encima

contrabajo de candado fónico.

Otros libros,

no es escritura

es leer y otras personas

no son idiotas,

pinches, pinches, libros

escritos escupiéndome

ideas.

Otros autores

otras perspectivas

otras cercanías

interpretativas

caracoles decía Robin

pero Batman le escupía

decía: no, no, más libros, no

piedad de la que en el siglo XVII

era próxima cadencia de código civil.

Piedad escritura, escritores, no son idiotas,

no, pensadores, no escriban más

la tinta siempre del mismo color

como el cielo siempre allá lejano en una altura

circunfleja de sonidos, fónico teatro ritmo,

escritores, no escriban, no más, piedad,

libros por favor, dejen de verme como un sujeto

mejor contemplen mi más reciente vendaval:

arroz frito que no es Yakimeshi porque

libros más o menos traían una receta apócrifa

japonesa de la cordillera de los Andes, no, piedad,

libros, inquisición y Juan de Torquemada, peor aún,

leyenda negra de ser poeta sin distingos, peor aún

libros no, por favor, vallánse, no soy don Quijote,

ni lo seré, no, persiguen entonces escritores

ideas

no

idiotas

mejor no promulguen sus pensamientos

no

siempre del mismo color

parcialmente nublada

la tinta de este tendón: corazón

no, piedad, más libros escritores

no escriban idioteces

mejor

publiquen sus insignificancias

pero dejen a todos arriba

con la tinta y los años, con las almas,

es más, la espiritualidad terminó con la bomba de Hiroshima

pero en el año 2012 no había más muertos

que en otro año

sino en el 2015 y mejor olvidamos

pero escribimos

esas muertes

con

perfumes de vidas truncas y así

escritores

¿qué son sus palabras,

escritura?

Mejor ahí, piedad, como auto de fe,

no, mejor no, dejen de escribir.

¿A alguien le gusta mi literatura?

Bueno, llevo años escribiendo, sin ninguna clase de formación profesional ni de orientación específica para mi desarrollo literario. Dudo todo el tiempo de la calidad de mis escritos, sobre todo cuando no han sido publicados por ninguna editorial. No sé cómo promover la lectura de mi trabajo ni tampoco sé de qué forma adentrarme en los círculos de escritores jóvenes que están teniendo un momento de mayor recompensa por su quehacer literario. Mis exploraciones creativas se han visto influenciadas por dinámicas y ejes temáticos políticamente incorrectos desde la óptica de las modas y tendencias editoriales. Atravesé por un periodo de creación vinculando poesía, ensayo y testimonio, con la imagen pornográfica de la mujer, el erotismo y la explicitación sexual a través del arte, proyecto que titulé pornopoiesis y que implicaba una retaguardia estética. Escribí mi primer novela, de corte fantástico con un toque erótico satírico y de ciencia ficción, acompañada de ilustraciones de mi amigo y artista visual Azamat Méndez Suárez. Recopilé un grupo de ensayos que escribí en 10 años, considerando mi actividad ensayística, nunca premiada al igual que las otras, bajo una books and fingertipimpronta de compendiar mis inquietudes escritas en prosa y mostrar mi perfil de criterio, su proceso de construcción y los caminos y derroteros por los que ha transitado mi actividad intelectual y humanista. Apenas también compendié los únicos cuentos primeros con los que cuento ahora ya que gracias a una “amistad” perdí un grupo de cuentos iniciales, y la amistad también, pero los reunidos fueron rescatados y escritos, en su mayoría, en la última década. Todo esto comentado aquí es parte de mi voracidad escritural, de mi obsesión por mantenerme escribiendo. No puedo vivir sin escribir. Pero me pregunto ¿escribo literatura de calidad? ¿por qué no logro publicar mis trabajos? ¿de qué sirve que tenga este blog y mis archivos colgados en la red si no tengo la oportunidad de alcanzar una plataforma más segura para conseguir lectores?

Termino explicando que quizá mi egoticidad, en un intento de autopsicoanálisis muy frustrante, no me permite tender puentes hacia otros y otras que puedan ser mis pares. No soy un novato, tampoco tengo el gran reconocimiento, dicen que tengo mis lectores -no lo dudo- y que no es malo lo que escribo, aunque no se pueda vender o sea demasiado exótico y poco convencional. No entiendo los criterios de originalidad de las casas editoriales ni tampoco logro conseguir entender de qué forma se logra publicar un libro sin que se trate de una edición de autor ni tampoco logro comprender cómo se pueden generar vínculos para lograr promover una obra literaria como la mía. Y veo pasar a las generaciones de “jóvenes creadores” y noto que aunque yo también lo soy no tengo la misma idoneidad cuando de obtener un crédito se trata.

En días pasados un joven, actualmente becario de la Fundación para las letras mexicanas, me invitó a una presentación de poesía. Yo sería uno de los invitados principales. Al final la lectura fue la más triste a la que hubiera asistido y pese a su tradición, de un año, el grupo y el joven que me invitaron quizá no se percatan del daño afectivo, moral, psicológico y emocional que produce que lo inviten a uno a una lectura y no lo traten como a invitados anteriores. Intencionalmente o inconscientemente su trato para mi fue desdeñoso y poco serio, pese al cúmulo de excusas y disculpas recibidas. Y de pronto -con un afán asociatorio- descubro que esos jóvenes creadores xalapeños de la fundación para las letras mexicanas se olvidan de uno como yo que como dije no publico, no gano premios, no soy,ballons and stop sign en sí, una figura de la literatura joven contemporánea. El problema no son los jóvenes de la fundación, que pueden ser bastante desdeñosos, sino el poder figurar en la literatura joven contemporánea. Y el sesgo, muy obtuso, estriba en la inflación de las figuras y en el prolífico escaparate de los elegidos de las editoriales, de los círculos creativos, de las instituciones y las becas públicas, en una palabra, del retrogradismo modernista que omite a los que nos movemos en márgenes poco ortodoxos o poco comunes.

Si esta perorata no fuera necesaria, que no lo es, en cambio el valor de mi literatura es más una incógnita que una certeza. No dejo ni dejaré de escribir, publique o no publique en las modalidades socialmente aceptadas. Con lo dicho hasta aquí no hay más que referir que he creado la sección pdf en este blog donde podrán encontrarse algunos libros con mis textos, referidos en un momento previo de este comentario.

Sirve también como medio para difundir una cierta somnolencia creativa, un cierto letargo, un cierto apendejamiento de mi espíritu creador pero también una esperanza de encontrar el sitio indicado para este sistema mía de pensar, de sentir, de creer, de transformar el lenguaje, original o exótico o trillado o incomprensible pero mío y construido por mi.

Un saludo cordial a la audiencia desde esta Xalapa nuestra que tanto odio puede generarme y que tan pocas alegrías contiene para mi.

 

Romulaizer Pardo

Foto del día 08-12-14 a la(s) 23.16

En las librerías de viejo

De pronto tus libros están ahí, pero no son los tuyos,

y yo, que los acomodé tantas veces y ahora no puedo,

los veo y pienso que no he leído nada, que soy un absurdo

lector de refritos y estilos ya superados. Ahí están, esos libros

que también están en la casa, que hablan de ti, que dicen

Margarita. Y las fechas y las vivencias me dicen también

que amigos llegan y otros se van, pero tú, ahí, los libros

las novedades repetidas en las librerías de viejo.

La tradición de adquirir ejemplares buenos me es dudosa.

No soy un buen coleccionista, pero te veo todo el tiempo,

leyendo esas novelas o poemas o ensayos o lo que sea

que leías cuando eras joven y radiante y entregada y eras tú.

Contra el polvo de tu biblioteca, ahora mal acomodada,

yo he traído a los españoles que quizá hubieras reprobado.

También he escrito y escrito y escrito y como tú no publico.

Pero no es el fin del mundo sino el fin de tu neurosis viva en mí.

No es más que eso y creer que un día pude entender algo tuyo

pero no es eso sino los años estos sin ti que so yo todo el tiempo.