Distemporaneidad, literatocentrismo y desidentificación individual

El ser redistribuido en las escamas del tiempo abosrbe los escondites falaces de una tautología inserta en la metafísica de lo contemporáneo. Lo humano queda entonces cifrado en una mecanicidad rústica que quiebra los linderos del instante para abrir paso al instinto neurotizado. A raíz de un ethos pornonarcotecnodemocrático instaurador de la terroricidad yankee islámica la desvencijada ruta impone su escultórico semblante de desgarre atómico. Caen entonces las estaciones en una pocilga de silencio porque a raíz de la sociedad posindustrialista posnacionalista posestructuralista pospornografista posmetafísicista posmodernista posthistoricista la resonancia del ego, psicopatologizado en una ruindad intelectualista, esparce siluetas quebradizas de pensamientos intraducibles.

La traducibilidad de la metafísica de lo contemporáneo incluye una fertilidad axiomática que restaura la unidad íntegra de la especie cuando en realidad nuestro devenir consiste en las exploraciones abismales: el abismal logos y su fonologocentrismo, la abismal narratividad del ser, social e individual, los abismales lazos —y vasos comunicantes— intersocietarios, la abismalidad propia de los neoultraconservadurismos (religioso, facista, cultural). Porque al final dentro de la dimensión quebrada de la inconsciencia histórica y el presentismo abigarrado de inreferencias todo el conjunto mismo —incluyendo el del verbo, divino o no— arremete a colapsarse en un enfrascamiento torpe, empecinado, mediocre y ruín.

El espejismo de lo contemporáneo también abigarra las dimensiones de la multiplicidad teleológica que inunda la conformación realista subjetiva de las particularidades. El sometimiento a tal espejismo impone creer que existen condiciones de agrupamiento unitario del tiempo y su percepción. En esa medida lo contemporáneo es antropocéntrico, pero no cronocentrista, es decir, no se centra concebir el tiempo sino en dotar de significado su matriz humana. No existe lo contemporáneo más. Existe lo distemporáneo, lo que no tiene tiempo, lo destemporalizado, una sincopacidad policrónica, ruptura misma de los ejes paradigmáticos y sintagmáticos, esquematismo de una caoticidad que en su complejidad no se asume ni se nombra, se escribe.

Porque también el audiocenematocentrismo, ese regreso, exacerbado, a una segunda oralidad de la que habla Walter Ong, es también una ruta que instauradora de la tiranía del ruido. Porque en todo caso el afalbetocentrismo nunca ha sido totalizante ni totalizador, por más empeños (nacionales, políticos, culturales, literarios, filosóficos, lingüísticos, entre otros) derivados de estrategias públicas, estructuras estatales, herencias ilustradas, maquinaciones ideológicas o instanscias educativas. El audiocinematocentrismo instuara la tiranía de la perecepción indómita.

Desde mi literatocentrismo yo impongo un cerco, mutilante, obsecado, turbio, indigente. Literatocentrismo no solo en el sentido estético sino en el sentido de la archiescritura de Derrida. Literatocentrismo como la centralidad de lo escrito, no de las bellas letras, no de la belleza verbal. Literatocentrismo como univocidad del lenguaje plasmado, figurado, rehificado, incrustado en el sin sabor del mito racionalista de occidente, dijera Dieguez.

Se trata por tanto de la radicalidad marchita del foucaultianismo, cuya teleología también ya es ahora un reducto, frente al avasallador presente politeleológico. Si la teleología de la modernidad instauró al hombre de letras como actor de la vida pública, nuestra era antropocénica, no es más que la dosificación cruenta de la retoricidad absurba de la memoria.

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La conspiración del trofeo inmaterial

Así las entrañas de una reacción en cadena, los astros escritos en la luz, las figuras de cera derretidas en el museo por mal mantenimiento. Gris costra el espectro de la juventud. ¿Cómo se consigue un efecto duradero cuando la cristalina faz del lenguaje es una turba de años acarreados con sigilo y ademanes de mozo raquítico? Nada bueno esconde la carne en el refrigerador, nada queda registrado junto al canibalismo existencial, no, nada es una lóbrega tormenta de recuerdos. Pero ¿acaso los días traslucen una estatua de memoria fútil y arborescente? Por si eso fuera distinto de la espiral ancestral, los caldos de cultivo de la canción están recubiertos con el magma del desprecio. Luego el volcán de la tristeza y su erupción, atardece, galopa el sol en el horizonte, lo que quede de él. Y las mañanas son un refugio tardío de crispados eclipses espirituales, los años, los días, las horas, todo es una figura rota de porcelana, todo es un sonido abierto, un escupitajo de palabras. Y nada está claro salvo la marcha incesante del capturado esfuerzo, de la tópica columna que vertebra la reminiscencia de una monotonía acuosa.

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Micro 5

Increpar al silencio con cariño

escribir un trozo de mañana,

eso que mece la distancia de nuestros cuerpos.

Añoranza. La ecuación es notoria: tuya la impresión

como atardecer enquistado, impresión de nosotros.

Acuarela tu mirada, tu voz melodía rasposa.

Año del tigre y cumpleaños feliz.

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