Teoría del instinto mutilado 5

Donde las nóminas de galardonados

revisten sociedades

otros nombramos otredades,

mitades, somos la oscuridad

contraparte, versificadores

de lo inútil. ¿Pereceremos

en este umbral de basura literaria

de concursos no obtenidos

y de lóbregas retahílas de mustiedad?

Donde otros son todo

nosotros somos nada, nadie,

ningún resquicio de esplendor

porque nuestro tiempo pasó.

Somos otros

contra el fondo roído del lenguaje.

Nadamos en la corriente esbelta

de truculencias y fraudes editoriales,

cabalgamos sinuosos prados

de verborrea y palabrería. Pendemos

cerca del abismo fortuito de la necedad.

Troquelamos la síncopa

que desquicia el alma

porque somos ignorantes

porque no estamos de moda

porque no conocemos el canon

porque al final vomitamos

únicamente

unicidades

particularismos

irrelevantes… como gaviotas muertas

en un muelle californiano.

Todo es cuestión de egos heridos

de grandilocuencia y sensacionalismo

todo es un estéril eco de esterilidades.

Escritores de unicel

somos

aquí

cuando nadie más enquista

nuestra flacidez intelectual,

nuestro raquitismo estético,

cuando sembramos lejanos

del orbe literario presente.

Ya lo dicen otros

como Lipovetski

que nuestro vacío nos induce

a vivir falsamente, a crear falsificaciones.

No merecemos el mote

de literatos o escritores o hombres —y mujeres—

de letras, aunque de letras estemos hechos

y hagamos nuestra vida, libro a libro,

ladrillo a ladrillo. ¿Por qué perder

el pulso y aliento de esta ramplona

apología inservible? No es sólo

como dijeran otros que no hay escalafón

es también el retículo indomable

que digo yo sobre nosotros

que no merecemos una oportunidad

que no valemos un poco de árboles deforestados

es también ese ego nuestro, eso yo

mutilado, desproporcionalmente

reseco, no como Onetti, que sí era escritor,

sino como estos que deambulamos

por el mundo en la farse escritural.

Y perderemos el tiempo

porque el tema del reconocimiento,

dice un autor por ahí escribes o trabajas,

es el tema de la negación de la modernidad:

otros son y para que ellos sean otros no son,

porque las asimetrías perduran, porque

no hay un mundo equitativo,

porque el capitalismo cultural

es más salvaje que el económico

porque merca con emociones y objetos.

Aquí es tarde ya,

tarde como fue

la pretensión de contar este fragmento.

Inútiles también tenemos detractores,

tenemos enemigos,

son ellos, los nombrados

los distinguidos

los reconocidos

los de la nómina, ellos

y ellas, que en su pelea

sobajan, aniquilan y canivalizan

el acto de crear.

El pórtico del vuelo

Devana mi presente

enquistes de recuerdos

contra el escalpelo triste

que es mi fantasma.

Fulge la incisiva imagen

otrora orfandad y horrores

hoy proclama de esperanza.

Invadida en este pórtico,

que dejo,

una viga es pedestal

para un nido.

Aves ven en este lugar por abandonar

un lugar para la vida… y sonríe

mi corazón, envuelto en acertijos

históricos y pañales académicos.

Los polluelos crecen y deberán volar:

como yo vuelo, pronto, quizá

como nunca antes, otra vez.

Rebano contra tiempos

en la esfera culminante de los otros

porque en cinta está mi futuro

de una alfombrada señal

que es facto saltimbanqui.

Aventura ahora el insomnio

nuevos salones y viejos ojos

leyendo, aventura paseos,

personas, indagatoria nueva

que es vejez por ser olvido.

Y este nido de aquí es la metáfora

del nido que tuvimos, pero también

realización del nido temporal —abandono—.

Repito contra mi pecho

el signo de una primavera

quinceañera donde bailé

como nadie y entre los fetiches

del sol y de la tierra, del agua

y la madera, esparzo nostalgia

como si comprar tamales de elote

no fuera ya un símil del hogar.

Consanguínea mi paranoia y terror,

mi depresión, mi tristeza, mi ruindad,

emiten una sinfonía monocromática

pero que es la marcha previa

al horizonte nuevo, al vuelo

de los polluelos, próximo.

¿Vivirán? ¿Viviré? Sueño

con una esperanza que no sea política

como si de las fauces de la tragedia

mi destino pariera indómitos festines

luzanianos, literarios, provincianos.

Me voy y en el pórtico de esta casa,

nuestra casa Emi, Lu, Mague,

hay un nido donde unos polluelos crecen.

Vuelo pronto, también, con pendientes

y adeudos morales, con el tino prístino

de un gemido y ese poema de historiadora

que es mi más valioso tesoro, al fin…

Al fin llega un verano y suplanta ese verano.

Llega un ave, confía, arma su nido, sus polluelos

están ahí y les doy avena y temo que su madre

sea cazada por un gato,

que muera de pronto;

me invade la aprehensión de la vida

y los polluelos pían inclementes

—hambrientos y ciegos—

pero el nido soy yo también:

un lugar donde nacer es propicio

y volar la próxima estación del panorama.

Lectura en el ahora: novela naturalista japonesa El Edredón de Tayama Katai

Uno de los dramas más complicados y recurrentes, más rotundos y plenos, es la salida de los individuos de su ceno familiar. Si existe una forma social, sus funcionamientos consistirán, no obstante la legitimidad de la violencia, en la posibilidad de reproducirse, de perpetrarse. Ya en mi adolescencia pensaba en escribir un guión sobre un problema de este tipo, cuando abandonaba la tutela y guía de mi primer gran maestro, el que fuera mi entrenador, tutor e introductor en el karate coreano o Tae Kwon Do. Porque si salir del seno familiar es abrirse a la circunspección de una otredad validada en función de su calidad educativa, de su dúctil y esbelta adecuación, de la inserción constante en el proceso formativo del ser (colectivo e individual), el tema central es el vínculo cierto alumno-maestro. Reproducir costumbres, ideas, formas, saberes, etcétera, más allá de memorizarlos o ejecutarlos sin reparos, es, además, uno de los soportes del actuar colectivo. Por el otro supe mi nombre y es a través del otro que me distingo único y singular. Además de eso, mi obcecada intuición torpe sobre los orientes posibles, que me rondan desde pequeño, que me escriben y me palpan y me agitan, son también otros de los ecos inscritos en la fugacidad de este comentario: el libro de las mutaciones, el arte de la guerra, el tratado de los cinco anillos, el Tao Te King, pero siempre, desde la mutilación propia, desde este desquiciante terreno occidentalizado, mío, inservible, fútil, rancio, ya escueto de tecnofobia y amaneceres en Tokio a las 4:30 am.

Tampoco deberé pensar en las formaciones económicas precapitalistas, de Hobsbawn y Marx, o el modo de producción asiático. No, tampoco es la revolución industrial en Japón o el quiebre de la sociedad tradicional de dinastías que desconozco. Mucho menos se trata del recuerdo del palacio de Hiroshima o de los paseos por Kyoto, 15 años atrás. Es también menos que la consciencia de los estilos literarios decimonónicos y su difusión por el orbe. Se trata de una novela japonesa, peculiaridad cultural que invita a olvidar también ese abanico que obtuve a cambio de un beso y un collar rarámuri en Saiki, de una bellísima y hermosa nipona, rubia, trabajadora, pueblerina, que regalé hace años. Es la narrativa de Tayama Katai, autor desconocido. En una edición limpia del Colegio de México, es además el periplo de indagar latitudes literarias dentro de las posibilidades de las librerías de viejo xalapeñas.

Y me doy cuenta de que este tema, maestro-aprendiz, me persigue, de muchas formas. No olvido la muerte de José Knecht cuando trataba de salvar a su aprendiz de ahogarse, aunque se trata de otra alumnaje, de otra forma de ser maestro. En el caso de la novela japonesa, estamos frente a una relación maestro-alumna, una relación triple de asimetría: el hombre, experto, conocedor y maduro, la mujer, deslumbrante, inocente y apresurada. Es la historia de una mujer que en el Japón de principios del siglo XX quiere ser escritor y su maestro, Tokio, que es un autor mediano, con un sueldo, con una familia. Ella lo busca, él rehusa aceptarla, pero la acepta. El viaje comienza y en la narración de los accidentes, tribulaciones y desasosiego de la vida cambiante, de ella y de él —que se ubica enamoradizo de su aprendiz— la trama va incluyendo personajes que deambulan por pasajes ignotos hasta representar nudos narrativos que dan un toque sorpresivo al desenlace. Ella, aprende, lee, se comporta, pero vive de una forma contraria a las tradiciones de las generaciones que la preceden. El maestro la comprende, la estimula, la desea eróticamente. Todo se desvanece al enamorarse ella de un joven en Kyoto. Y el maestro se convierte en su complice, primero, pero después en el atormentado receptáculo de dudas, intrigas, sospechas. Por un lado su relación es va diluyendo, al diluirse el furor y la pasión por la literatura, en una misteriosa sinuosidad amorosa, triangular, que pone en jaque al maestro y el motivo de tener una alumna. Él la defenderá frente a su padre, a su familia, acomodada y provinciana, pero todo es en vano: ella no logra ser novelista, no culmina su educación, vuelve al terruño, a ser una mujer más dentro de la jerarquía familiar. Él, maestro, defensor y secreto amante erotizado por la joven de 19 años, termina derrotado como mentor, pero también harto y fastidiado, colapsado, con la certeza de una vida común, cotidiana, corriente y pesada, que abomina.

En el inter aparece la esposa del escritor maduro, sus hijos, en las noches de alcoholismo con sake, en las noches de pérdida de sentido, en el caos de la incertidumbre sobre la pureza, la castidad de su alumna. Aparece el hombre que sacude a la aprendiz, ramplón, de mediana inteligencia, desertor de estudios religiosos, más valentón que realmente valiente, más ignorante, resignado, entregado e inexperto, más intempestivo y juvenilmente acelerado, pero obtuso y arrogante. También aparece la cuñada de Tokio, esa mujer de barrio tradicional que recibe a la discípula, aun estando en contra de sus formas y modos de vida. En las escenas finales conocemos al padre, agro empresario japonés, acomodado, sensato y cortado con la tijera del viejo molde. Y todo es un desenlace dramático, donde los sentidos terminan por jugar malas pasadas y la frustración impregna el ambiente con una nostalgia potencialmente irreparable.

Composición en despilfarro emotivo

Decapita mi tiempo

un álgebra enmudecida

que de números tiene

fechas caducas

en el calendario del pensamiento.

Todas las geometrías de este dolor

inmenso, inmensidad quebrada contra

el rumor insigne y los años,

narran cúbicas lontananzas de amistades

perdidas, de cafés y cigarrillos,

vocales del espacio, tuerca y símbolo

alfabético, que es la urdimbre

infértil, locación certera,

escena, siempre, cabalgar la alegría

de estar en la playa del olvido.

Soplaban en el firmamento

luces y polvo

las amarras del amor juvenil

pero dejaron aquí, donde

esculpe su asombro la existencia,

las moronas decaídas, falsas, del presente.

 

Luzanista: la cruenta historicidad de una crisis epistemológico-psicótica

habermas_cabecera_gardeniasEl conocimiento sobre Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea es una particularidad literaria y cultural del siglo XVIII en el contexto español. en 2007 o 2008, mientras cursaba estudios de lengua y literatura hispánica en la Universidad Veracruzana encontré en la biblioteca de la Ex-Unidad de Humanidades la doble re-edición del principal trabajo de Luzán: La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies 1737-1789 en la versión editada por Cátedra en 1973 o 1974 con el prologo de Isabel M. Cid de Sirgado. Por aquel entonces postergaba, como lo hago ahora, la reflexividad propia del pensamiento postmoderno y la crítica habermasiana del neoestructuralismo. En cambio había publicado algunos poemas en la antología Hasta agotar la existencia 3, magnífica compilación realizada por Aldo Alba en editorial Resistencia. También había estado en La Habana, presentando un trabajo escueto, simplista e historiscista sobre la narrativa que tildé de erótica de Alberto Ruy Sánchez. Trabaja arduamente con Héctor Miguel Sánchez en la elaboración de la revista electrónica Contra Réplica, aunque fue más un trabajo de este ahora desaparecido amigo de aquel 2008. En el verano de 2007 fui de paseo a Sudamérica: Santiago, Buenos Aires, Montevideo, todo en un mes. Ahí coincidí con Rafael Toriz no sé muy bien de qué forma. Conversamos sobre literatura y aunque no fue un encuentro extraordinario, sino más bien algo simple, se trató de una estable y lineal confirmación de alejarme del renombrado autor xalapeño por razones personales, más que creativas. Además de eso reiniciaba un periodo de consumo de alcohol y substancias, a sabiendas de mi proclividad a la psicosis, el desorden mental y la esquizofrenia derivada de esta situación. Sin entrar en más detalles, aquel verano (invierno sudaca) me tocó atestiguar en Córdoba, Argentina, la visión de la mujer fantasma, que no es Dariana, que me persigue hasta hoy. La inestabilidad era por todas partes un síntoma fértil de mi recaída y de mi adorado reflejo de un cierto clamor literario (mínima realización del mismo diría yo actualmente).

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De un momento para otro, sin echar mano de la cronología, nos vimos en la empresa catalítica de realizar nuestra investigación de tesis aquellos miembros de la primera generación del MEIF en la Facultad de Letras Españolas. Mi terquedad, empecinamiento e inmadurez me hizo balbucear en mis cursos de investigación que quería hacer un trabajo sobre algo referente a Luzán. Ahí empezó la doble debacle. Ni había leído a Luzán, ni sabía como hacer una tesis como la que me proponía y mucho menos estaba preparado, y en condiciones psíquicas y emocionales, para realizar ese esfuerzo. En ese momento fueron más las insuflas que la concreción real de una investigación tangible. Y escribí una reflexión sobre las vicisitudes de una crisis epistemológica, que más allá de la ontología cartesiana se me había revelado como una indescifrable pregunta y cuestionamiento: ¿porqué existe una poética escrita por Ignacio de Luzán y cuáles son los motivos de qué se encuentre un ejemplar de ella en Humanidades? Entonces comenzó mi fracaso en la Facultad de Letras, y sin pies ni cabeza en mi vida, con la premura de concluir los estudios y sin la más mínima idea de cómo entrarle a ese tema, claudiqué de los estudios literarios. En 2009 edité con la ahora editorial Fenix mi cuaderno de poesía Reuniones del Milenio que Termina donde mi estimado amigo Juan Ángel Torres Rechy contribuyo con un estudio preliminar, cuando recién iniciaba su periplo hispánico en Salamanca para desarrollar estudios de filología. Mi cuadernillo fue una experiencia tremenda por muchas razones. Lo importante ahora es distinguir esa crisis epistemológica, esa crisis del conocimiento, que tuve cuando me encontré con Luzán. No solo se trataba de comprender el pensamiento del siglo XVIII, sino de asumir una postura histórica. Todo el tiempo me pregunté si ese trabajo había llegado en un contexto más cercano al de la edición original a tierras novohispanas y bajo qué condiciones. No lo tuve claro muchos años después. rmqt2009Pero distinguí  mi pasión por la historia y reafirmé mi interés en los temas culturales. No lograba entender cómo Luzán, que hablaba de ciencias y artes, de cultura, de filosofía moral, pasará inadvertido en el ámbito académico. Y todo fue peor una vez que noté que en la Facultad de Letras no se estudiaba el siglo XVIII. Todo fue luzanista: la lectura, la crisis, la magnitud del desorden, el abigarramiento de la erudición (para Pedro Henríquez Ureña indigesta). Los años transcurrieron y después de muchas crisis en 2010 me rehabilité. Desde entonces mi vida tiene otro sentido. Realicé mi tesis de licenciatura sobre un tema relativo a Luzán y su recepción por los criollos novohispanos en el Diario de México entre 1805 y 1812. Al final pude obtener gran cantidad de fuentes y trabajos sobre el autor aragonés, que hace 300 años iría a instruirse a Italia. No soy un especialista ni tampoco un absoluto conocedor de la obra y el pensamiento de Luzán, pero leerlo cambio mi vida y mi forma de pensar el mundo, la palabra, la creación.

 

Inspiración momentánea

Vuelca constante el día

la brisa que es olvido

siempre aquí, tú, nadie,

ningún lugar. Existo

vacío, siempre, enlatado

como recuerdo perdido,

adiós perfume de juventud.

Nombrar la distancia

nuestra pesadilla de voces,

armazón de pasajes: vida

en alguna parte del infinito.

instante1

 

La indisociable palidez nacional: de antropólogos y escritores mexicanos en la pugna por la cultura

Me remito a mis divagaciones en torno al problema de la cultura en México, desde mi horizonte de historiador, que ha transitado por la indigencia académica, con estudios truncos de antropología y bonfil-batalla-guillermo-antropologo-mexicanoliteratura. Parecería simple atribuir a dos vertientes ideológicas e históricas la querella cultural que Guillermo Bonfil Batalla estableciera con claridad. Me refiero, ya en mi ahora desfasado y anacrónico presente, a las versiones antagónicas, culturales, políticas e históricas, de la vertiente norteamericana y la vertiente española, como formulaciones y conjuntos eidéticos que sembraron posturas antagónicas en la intelectualidad mexicana del siglo XX. Y si la modernidad nos remite a los proyectos nacionales, en su diversidad y unidad, también nos remite a la Historia y la absorción, mayor o menor, de las fuentes culturales que definen la identidad mexicana.

Si hasta aquí mi balbuceo no puede ser documentado más que por premisas dudosas, no deberemos caer en el absurdo argumentativo ni dejar de considerar la pugna cultural e ideológica que define el proyecto de la cultura moderna en México, es decir, el problema indígena (no del indio de bronce sino del vivo) y el proceso de modernización y occidentalización instaurado en México (dependiente a las metrópolis desarrolladas del orbe euroamericano). Si el indio vivo representó los esfuerzos por moctezuma_ii_emperador_mexicaasimilarlo a la sociedad mexicana, la España muerta, especialmente de los siglos de Oro, representó el auge del hispanismo, en esa querella histórica que viene desde los criollos novohispanos, donde la oposición entre Moctezuma y Cortés no hace más que referir al nudo socio afectivo, al trauma cultural de la conquista, a la dualidad crujiente y definitoria del sino identitario en México. Si el indio muerto fue enaltecido, generando toda una tradición historiográfica que viene desde el siglo XVI y que con Clavijero y Boturini alcanza un apogeo singular, la España saqueadora, el pasado colonial, el influjo etnocentrista de la dominación lingüística española, la lectura de Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Calderón, y demás miembros del conjunto letrado del auge literario áureo español, fungieron como argamasa constructiva de un modelo de pensamiento, de actitud hacia España y de renovación que polarizó las formas de pensamiento. Si la antropología mexicana se funda en la escuela norteamericana la literatura mexicana es indisociable de los siglos de oro. En medio queda el indio vivo, las comunidades desplazadas, rebeldes, insolutas en su precariedad dentro del abigarrado e inútil proceso de modernización de los hombres de razón.

220px-manuel_gamioDesde esta perspectiva, la cultura ofrece, en ese siglo XX mexicano, sus dos vertientes pragmática e ideológicamente antagónicas: la versión de la escuela boasiana de relativismo histórico, de donde se dijo mucho tiempo que Manuel Gamio bebió, y la tradición cultural hispánica, revitalizada en términos estrictos por personalidades de la intelectualidad como Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos. Si la antropología mexicana intentó la doble tarea, práctica y teórica, de incorporar al indígena al mundo social mexicano, la literatura mexicana se ancló como proclive al enaltecimiento de los hispano, negando, además, la precariedad histórica de la realidad española. De acuerdo, todo esto son suposiciones, lo afirmo. No sólo en la dimensión cultural o política es posible distinguir este abismo de sentido y significados divergentes entre lo español y lo norteamericano, entre la negación del presente histórico de España, en su desmembramiento y largo proceso de desconstitución imperial, y la negación del indio vivo, de su particularidad y articulación jose_vasconcelos_escritor_mexicanopedro-henriquez-urenaalfonso_reyes_escritor_mexicanoimposible en el asidero de la arena mexicana. No es extraño, en este balbuceo mío, que tanto la negación de la España perdedora como la negación del indio vivo en México, sean ambos dos modelos negativos insertos en la modernidad nacional mexicana. Si los escritores, como Octavio Paz por ejemplo, mantuvieron en sus cúpulas en vínculo certero con la tradición española, los científicos sociales, antropólogos e historiadores, se fincaron en un marxismo recalcitrante y absorbieron el compromiso de darle un sitio, aunque ellos hubieran querido que fuera el mejor sitio posible, a los grupos étnicos mexicanos.

paz_octavio_escritor_mexicanoY la labor, la tarea, fue siempre dual, en cuanto que segmentación de las élites intelectuales, entre las formadas en los united states, y las abanderadas de la tradición hispánica. Y no es gratis que esta dualidad poco evidente, se mantenga en nuestros días, como una compaginación obtusa y ansiosa de las incógnitas culturales mexicanas, puesto que en ambos casos la concreción del proyecto indigenista y del proyecto hispanista mexicanos, se vieron fortalecidos por el comportamiento esquizoide de la política presidencialista priísta del siglo XX, que negociaba con las mafias intelectuales, con los mafiosos de la cultura, el pensamiento y las instituciones, los acuerdos y políticas públicas según sus conveniencias. Y si nos remitimos a lo más tangible de esta querella, sólo deberíamos colocar en una mesa de discusión a un antropólogo de la Escuela Nacional de Antropología con un alumno de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, preguntándoles por su interpretación, académica y disciplinar, sobre España y sobre lo indígena en México.

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Lectura en el ahora 4: Carlos Montemayor

Estante a ningún lugar

librero

Repartidor de alientos

este vendaval de sentido,

sentir, escueto trance

lapidario, de la esencia

mutación, algoritmo

del verbo. Tropiezo,

fertilidad irradiada,

cobijo ontológico,

escueta memoria, como

si llorar fuera una alternativa

a la crudeza del mercado.

Ninguna parte, estadio

de un alma desvencijada

entre conciertos librescos.

librero

Inducción a la despedida

novoimagio1

 

Porque alzamos bocas

al viento, porque escribimos,

porque nos parece imposible

dejar de pensar o decir,

porque estamos hartos

de la publicidad, por eso

callejoneamos el instinto

entrecortado de silencios.

Elucubramos la soltura

y cobijamos el musical

axioma de la palabra.

Y nos enreda la vida

en su ajetreo y nos decimos

poetas y nos esparcimos

lecturas y métricas

y callamos la furia del mundo.

Decimos adiós y creemos

soplar un pastel de cumpleaños

porque un día dejaremos

de hacer nuestro legado

de versos y metáforas.

Diremos adiós

terrón de sueño

y nos invadirá la

escena de la despedida

cuando abstengamos

el alma de sus cicatrices.

novoimagio1

Desgano animado

Porqué una vez contaron

los corales del océano,

una vez predijeron

la temporada asesina,

una vez fecharon el ciclo

de la mutación. Sombras,

nos invocamos en silencio,

el torpe residuo del enajenante

dogma, si quebranto fanatismo

si dicha desdén, jamás incertidumbre.

Los rincones esbeltos del ser,

una configuración autómata,

lengua y cicatriz, parco romper

las hojas del abecedario,

inflexión y supura, ver encandiladas

las avalanchas del sentido. Atrás

nuestro plagiar los días y el fracaso ajeno,

propiedad y dureza, esta marea de papeles.

bingo faces2

Irreverencia poética 10

¿Pensamos en el fin

como un voz que abre

el agujero del soñar?

Nos inculcamos panfletos

y denigramos el día,

pero decimos: ¿acaso

las nubes irradiarán las señales

del universal salto? Pensamos.

Entonces los días abren el corazón

y por la rendija amorosa,

aliento y cosmos compartido,

indagamos el signo atómico del ser.

Irreverencia poética 10

Emblemas

elipsis1

Hasta la nube

noche

lo dicho

esparce

mudas cicatrices.

Ancestros

en la cima,

de la vida

el tronar,

de los días

el peso, mancha,

la tinta siempre

certeza de vida.

Escape:

tú delante del sino

espacio, tiento, galope

como de estrella fugaz

la cola, gentío dominical,

los registros

del viento

absorto.

Juventudes.

elipsis2

Algo de realidad/Some reality

Buscando el símbolo

Seeking the symbol

nombrado soledad

named loneliness

reflejo del pasado

reflection of past

el silencio aguarda

the silence wait

a ser el ancla del instante

to be the instant’s anchor.

Tecajetes_Xalapa_2016_1

Paraíso destruido

¿Imágenes atribuyen soledades

al asiento del sol o nos esconden

gestos del horizonte? Nos nombran.

En una quebrantada mañana

perdimos la paz y la historia,

por la sangre de los inocentes

y la guerra nos indujo al término

de la existencia. Falsificamos

árboles, sueños e individuos…

y pensamos que era lo correcto

anudarnos la lengua con la indiferencia.

¿Por qué orillas nada nuestro dolor

si tristeza llanto si lágrima sal?

Cuando despertamos había un paraíso destruido

frente al escenario cotidiano del nombre.

archipielago1

Irreverencia poética 9

Nos pensamos

con la intuición del amanecer,

ocasos nutren el aliento

que somos, cada vez una espiga

de significados nos invoca.

Saltamos al silencioso manto

de la introspección y volamos

al sueño etéreo de las letras.

Inundamos los rincones del cosmos

con la tinta indeleble de la vida,

vivencias nos inculcan añoranzas.

Plasmamos los años en el abanico del ser

¿cuánta nostalgia acumula nuestra piel?

Una memoria, solo, nos induce al horizonte.

irreverencia poetica 9

Irreverencia poética nova

Una instancia antigua

palpó los cuerpos

asiduos al sufrimiento.

La llamarada de recuerdos

ardía plena, todo fue contraste

y mutismo. Arriba —¿dónde estaba

la puerta del laberinto?—

perfumes violentos arrebataron

la cálida ternura materna

de la guerra demencial.

Nos perdimos siempre, aquí,

en el intervalo fortuito:

destinos del salto,

inmensidad y caída,

soplo en el arrabal del ego.

Merodeamos al salir

los copos imaginarios

llamados evacuación del presente.

irreverencia poética 7

Piltrafa estética

Aglomerada fuga insípida,

porque verbalmente escupíamos

el tendedero de cicatrices y mocos.

Embeleso triste el rumiar los rincones

coloridos, desconsuelo su faz y atisbo

certeza, su moribunda mafia: fantasía animada

de ayer y hoy, caleidoscopio inservible de la calle.

Anterior a los besos tiernos, esos primores

azucarados de otros labios, la rendija

oscuridad de la siesta eterna,

apotegma vacuo y llanero

como el mar negro desecado

o la infancia prostituida. Pecamos, dolemos,

una añoranza conquistó la fama,

a mitad del escenario, tú, erguimiento

locuaz y perfectible, oh danza que vida arrebatas,

algoritmo no descubierto, oh hazaña

de la mujer por la mujer y del hermano

por la vida y la esencia del rito mortuorio.

Cabalgata a los fondos mismos

del espumoso delirio cotidiano. Nunca

supimos decir algo con certeza ni sentido

y en cambio significamos una podredumbre

errante y contaminada. Adiós poltrona

de los años juveniles, dejamos en ti

una espiral de intentos torcidos,

nos torciste, siempre en la esquina del gol

televisado y definitorio. Adiós, cruento instinto

de sufrir y crueldad tremebunda. Hoy

acariciamos el terciopelo de la ignorancia,

arrebatamos al horizonte una sincopa

derruida de árboles y hojarasca,

perdimos siempre, contigo, lluvia

de personas y fracturas emotivas. Adiós.

DSCN2686

 

 

 

Pedal

Aprieta más la desdicha

que la lucha

cuando olvido es

el saber y la libertad

mantiene secuestros.

Aladas lacónicas verdades

a medias todas, en falda todas,

verifican lo marchito.

¿Parte el día los nombres de la luz

como si fuéramos vegetales

en la hortaliza de la existencia?

Pedal el asiento mismo

donde la dictadura del ego

convoca al siniestro impacto

de la guerra: espejismo y espejo

la circunferencia y ombligo

de la postración en letras y hojas.

¿Cómo dejamos el aula odiosa

si ni siquiera preguntamos

ni orientamos la voz al instante

mismo de la creación?

Cansados dejamos arriba del mar

un cuchitril llamado cielo

que nos aflora con lágrimas

pero decimos siempre

una vez que algo nos ha tocado.

DSCN2685

Revolver

Hacemos un cucurucho

nuestra memoria

porque incendiamos

infancias, almas y quebrantos.

Desde el rincón y pocilga

del nombre, atisbamos silencio,

otredades, famélicas discusiones,

contaminando siempre

el verde aliento

con la fibra rasposa

de la razón. Y mentimos.

Cada vez inmersos

en azarosas ramas

olvidamos las caricias,

los sábados en la tarde

y el tierno remanso de un sofá,

nos adentramos,

como pordioseros en la calle,

en una turbulencia

mitad lápida de imágenes

mitad faz destruida del presente.

Caemos siempre dentro

la senda del equívoco,

erramos los cariños y mimos,

dedicamos horas a la infamia del ego,

como migración de patos

nos vamos a pasar el invierno

a un cuerpo menos hostil que el nuestro.

 

Aclaración

Por si el árbol gime
constricciones personales,
como el alma
luz y camino,
entonces 
rueca de fósiles instantes,
ancestros todos los segundos vivos,
la lontananza escrita como fuego
hiriente en la faz del ritual mágico,
templo y arrecife, momento de crecer.

Sopa de letras

Interna fase consciencia,

vocalidad, controversia

del llamar los lazos a la rendija

alfabética. Crispadura y nombre

escena misma del actuar los días

sobre el camino irradiado, conquista

siempre como fértil lote simbólico.

Esferas verbales y torrentes, lengua

punto y coma del pensamiento,

irradiación, silencio, compromiso

para existir en el ser dosificado.

Estereotipo escritura, famélica

añoranza de aprender a leer

las señales cósmicas, igual que las cartas

italianas de un diplomático, pero con

faltas de ortografía. Estúpida cantinela

esto que mengua en tu mirada.

Charcos

Esta es la mañana que nos habita, como nosotros somos trozos de papel incinerado. En el ahora, diluido entre cobijas y persianas, duermes. La lentitud presencia nuestro atisbo amoroso, entraña misma de una noche donde nos desvencijamos por el miedo a la soledad mutua, donde caímos en la torpeza de amar, de indagarnos, de perfumar una porción de universo con el aire mismo de nuestro esfuerzo amatorio. El sol ha salido ya desde hace 40 minutos. Desperté, intentando omitir que te irías pronto aquella mañana. En la cama voltee a verte, me inmiscuí en el escrutinio preciso de tu perfil, en la pesquisa perecedera de tus ojos cerrados, de tu torbellino de aliento que me rompió la noche anterior los paños mismos de mi pesadumbre. No puedo si quiera creer que en un par de horas ya no estarás más aquí. Y aunque todavía duermes en mis brazos, ya me siento solo de nuevo.

La lluvia anoche nos hizo beber whisky y fumar un porro en la calle, precipitados, envueltos en la mística psicodélica del barrio rojo donde nos encontramos. Todo fue un simulacro de ausencias, porque al final de los tragos, al final de la rumba, nos decidimos pronto a huir a mi casa, a perdernos lentamente en los besos que nacían ya, como golondrinas volando hacia el sur cuando llega el invierno. Nos precipitamos también en el taxi, siempre que tu boca —boca de arena y marejada de emociones— narraba tus peripecias en el mercado, en un callejón donde compraste tus inciensos, en el trolebús donde dijiste recordar el rostro de un niño que dormía plácidamente. Ese vehículo, ese taxi, donde la emoción traslucía tu mirada, donde mis manos anduvieron tus muslos, donde te desabotonaste la blusa y me dijiste que te besara como si fuéramos esposos y amantes desde hace miles de vidas. Teníamos 40 minutos de habernos conocido y éramos felices. Todo el trayecto me tocaste entre las piernas, mirando mis ojos con picardía y atrevimiento, hasta que susurraste en mi oído —te la quiero chupar hasta el fondo— y el taxista nos veía como dos extrañas islas de sentido, de emociones, de sexos entreverados con la noche. La tormenta duró hasta las 4:40 de la mañana y nosotros seguíamos amándonos, seguíamos explorando la infinita faz del caudal sexual. Tarde comprendí que no podía enamorarme, que debía mantener mi fuero interno intacto, porque después de comernos, me di cuenta que tenías los ojos más extraños y hermosos del mundo, los senos más morenos y torneados del planeta, la boca más sensual y el aliento más exótico de todos. Tarde porque eran las 6:30 de la mañana cuando finalmente quedamos dormidos los dos.

Nos contamos de todo mientras nos amábamos: anécdotas juveniles, sitios de interés, deseos y traumas, eventos importantes, todo lo que nos hace ser lo que somos. Enfrente de nuestra unión, en el territorio del sueño a tu lado, exploré también los efímeros paraísos de haberte amado con tanta enjundia y furor. Soñé que viajábamos a la India y que nos dedicábamos a vender nueces en un mercado de Coyoacán. Fueron los coloridos detalles de mi sueño los que me hicieron despertar súbitamente. Te encontré dormida y me fue posible evitar saber que seguías a mi lado. En poco rato te irás de mi vida, te irás y te llevarás la felicidad más grande que haya tenido, la ternura más trémula y la osadía más afortunada que me hubiera alcanzado a vivir. Sé que fuimos un cosmos, igual que los charcos que están ahí afuera, después de la tormenta, y que reflejarán tu andar, cuando yo haya hurgado en mi piel para encontrar tu perfume. Sé que te irás y me despediré dándote las gracias por haber desinhibido mi psique y mi cuerpo. Y los charcos se evaporarán pero durarán hasta la tarde y entonces sabré que no fuiste un sueño, sino que me deje llevar por el soñar tuyo de aventuras y regocijo.

Contra consciencia

Evadíamos el tiempo

porque éramos cicatrices

y acariciábamos el tedio

como rostro de niña sana.

Andábamos erráticos

contra la muchedumbre

el sábado por la noche,

pero una mañana gritamos

como perplejos y caímos.

Conquistamos el fracaso

trece millones de veces

para seguir cantando

baladas argentinas y nos hincamos

de frente al sol como en postura ritual

aunque tuviéramos el cutis

percudido de dolor.

Gutural

Crujía la voz,

designio interno,

palpar el alma,

correr, hacia la faz

del rostro dúctil

del objeto del deseo.

Lírica de un mustio desengañado

Hace miles de segundos

la crispadura del alma

cobró insultos al sentido,

sentido de ser alguien

como persiguiendo aves,

perseguir incluso —éxito

riqueza y fama— a contra pelo

del tendón único del eros universal.

Tumefacta la memoria escolló

rostros de tiempos de guerra,

prefiguró esos millares de segundos,

construyó un jarrón de excusas,

cortantes, para componer el flagelo

mismidad de la torcida mezquindad

—aurea la imagen del infante que fuiste

extraviado en juegos y elucubraciones—.

Al fin, remanso entre tempestad de festejos,

la lontananza mantuvo intacta, por fértil,

la oferta misma del indómito camino:

bestialidad fue mencionar acaso

el sino desfigurado del presente,

como maquinaria aceitada, constructiva

y autómata, industria misma del verbo,

espécimen floral esa bocanada de hachís

—ausencia de silbidos por la función decrépita—

espasmo íntegro, el eco constreñido del andar.

En cuanto faltó la gloria, el reconocimiento,

sufriste entonces, un alguien tomó tu cicatriz

y la hizo estiércol emotivo, como si fuera

una ramplona versificación fallida del siglo XV.

Y no hay más que un refugio lúgubre

instinto trepidante, interior tuyo, mazmorra

identidad que surca las estrellas del conformismo.

Adiós fue montar el trozo de tu personaje,

el papel prefijo del cutis esbirro del corrupto

mantel donde tú eras el patrón contumaz,

el ansía misma de frenar una otredad impostora,

porque las rendijas aromáticas, nombraron en ti

una ficción irreemplazable, fue trotar hacia el monte

que dimanaba la acritud de tu voz y tu alma quería

colapsar un tropel de angustias, pero te fuiste

y hoy levantas tu erguido orgullo como un pañuelo

para despedirte noctámbulo de la pocilga del hoy.

Ignorar el trance

Así

una canción

esparce

aroma

de sexo.

Pero

dejamos

en el banco

los días,

las manos,

el cincel

del amar.

La rendija

somos

cuando

evadimos.

¿Acaso evasión

conquistas

recelosa

el beso?

Extraños,

amantes

siempre

en pleno vuelo.

Amasijo de caricias.