Coraza incrustada la memoria

Desde los horizontes del ser

las existencias componen

adelantos y fealdades.

Hubo una esperanza

de salir del instinto

y abrir la puerta

al desconsuelo… pero

la inocencia pierde,

de tiempo en tiempo,

su azul manto, su troquelada

imagen —existimos

si acaso las sombras imantan

nuestros años primeros y últimos—.

 

Separar la esbelta consciencia

de sus influjos y sales,

como del saber rincones

y abismos, es también derruir

de la canción eterna el silencio

y de los cielos frágiles

la lontananza invisible del amor.

¿Siempre es hoy también

un paso que abandona

en su devenir, entre la fortaleza

del misterio y la debilidad del instante,

imágenes desdobladas a través

de comunidades y sabores

a nostalgia perecedera? Nunca

es también mañana para el interior

que demarca hasta el hartazgo

la fábrica cierta de recuerdos.

Tenemos asombrosos aparatos

que inducen a creer en materialidades

efímeras, porque somos como bestias

ahuecadas en la tempestad de la vida

y escondemos en las hogueras

todas las posibles fotografías

inscritas en la escritura del tiempo.

Carecemos de asombro

hoy, como aquellos primeros

homínidos carecían de vocablos,

pero no sentenciamos la narración

de los árboles porque al final

mantenemos viva la ilusión

significada en el estandarte

de la luz y sus extraviantes rendijas.

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De la indigencia académica y la dificultad de ser un polígrafo

Cuando ingresé a estudiar historia en la Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana en el año 2012 me denominaba indigente académico. Después de dos intentos de carreras no me queda más preciso otro rótulo. Y en ese ser escritural que representaba para mí la indagación imprecisa de autores y secuencias, de ese ímpetu quebradizo de mi escritura, extraviado entre regiones intelectuales variadas, podía decir que tenía algo de poesía en mi haber. No distinguía mucho entre la complejidad de versificar mis emociones y entre un prosaísmo escualido. Me extraviaba siempre entre la compleja trama de mi frustración antropológica y mis búsquedas literarias. Me perdía siempre intentando proponmer un itinerario intelectual.

En 2010 murió Carlos Monsiváis y por ese entonces yo estaba teniendo un acercamiento con el maestro Sergio Pitol. Cuando murió Monsiváis entró en mí un sentimiento profundo, relacionado a la muerte de mi madre, quien trabajó junto a él y otros destacados intelectuales en el Castillo de Chapultepec. Estaba completamente destrozado. Fui a un café en el centro de Xalapa, La Naval, compré hojas blancas y una pluma y me puse a escribir. Mi ensayo esperpéntico se tituló De la heroicidad e idolatría literarias o del arte de combatir con la voz. A propósito del deceso de Carlos Monsiváis. En ese ensayo, que al terminarlo entregué a Pitol como una muestra de mis “afanes literarios”, me propusé un programa intelectual derivado de tres hechos de muy dudosa realización en aquel año del bicentenario: la realización de una compilación de las obras de mi madre, efectuar la investigación sobre el conocimiento de Ignacio de Luzán en México y terminar de escribir mi novela. Este programa lo cumpli cabalmente entre 2016 y 2017. Al tiempo me convertí en historiador. Además ese ensayo fue leído por un gran y querido amigo librero que también se llevó este 2018: Eugenio Palomo, quien después de eso me obsequió el librito sobre vampiros escrito por Vicente Quirarte y me denominó escriba.

Polígrafo es un término amplio, que quizá me queda grande. Y quizá no por publicar o intentar hacerlo sea válido mi reconocimiento como hombre de letras. Si tuviera que enunciar lo que me falta leer para poder adscribirme a una corriente de pensamiento o para conocer una tradición literaria o para poder adjudicarme ciertas paternidades o distingos, creo que mi perfil intelectual sería más bien nulo. Pero sí he escrito poesía, aunque para los poetas que conozco no sea de gran relevancia mi trabajo. He escrito ensayo, también. He escrito novela. Y al final lo que subyace es el problema de los géneros.

Ahora estoy en el meollo de una crisis de identidad: soy estudiante de posgrado en una institución prestigiosa, publico mis ensayos en España, dejo morir mi blog, deambulo por un proyecto de investigación muy poco clarificado. La indigencia académica me orilló a realizar una que otra hazaña escrita, mi profesionalismo académico se va construyendo. ¿Soy consciente de las dificultades de abarcar la poligrafía? Lo veremos.

 

Natalia Lafourcade

2002 era
Japón hervía
en mi sangre
rota.
Espiga de desesperación
un año quizá
anterior
soñé la pesadilla.
Nadie lo cree
pero tu recuerdo mío
parece
Sophia Loren
o Adriana Lima.
Y fue claro el presagio.
Eras tú la mujer que perdería
y el judicial ese —del sueño—,
era el mundo
partido en dos, de mi vida.
Un antes y un después, como saberlo
si ni siquiera pude rechazar
lo conocido para buscarte.
Encerrado, amedrentado, temeroso
en esa ciudad de neblina, café y flores,
grité al mundo Dariana te amo.
Y en el zapping de televisión por cable
en MTV sonaba Lafourcade,
Natalia, la nueva cantante
mexicana, sonó, ese verano
de psilocibe mexicanae
y ácidos y muerte psíquica
de una juventud desvencijada.
Tu nombre Dariana y del primer amor
Mariana, sonando, todo el tiempo,
como cuando te soñé
en Tokio y me decías:
te enseñaré algo sobre tus ancestros.
Ese ruido que fuiste, que eres,
hoy silencio que llama al perdón,
sonaba también.
Escandalicé mis días,
destruí mi vivir,
alquilé a la eternidad
el renacer de un hombre de Aragón
—porque parece que desde ahí
Ignacio de Luzán me acompaña—.
Pero tu beso no fue un nosotros
en mi boca destructiva,
tu cuerpo no fue un amar
fue un transgredir los causes
de una vida ya rota —la mía—
como la sangre
de Atenco: esta memoria
sigue su maña de siempre,
aquí, donde escondo
lo que no debía esconderte.
Natalia sonaba y desde entonces
la odio, como se odia
la emulsión de Scott en la infancia.
Derrumbada tu presencia
en un anaquel de fantasmas,
nunca te pude conocer,
nunca te pude comprender, Dariana.
Eras tú mi amor —que era psicosis—
eras tú, agradecida muerte en inglés
—grateful death—,
el viaje, el mensaje y la mensajera.
Eras tú quien partía mis adentros,
Dariana, insoportable. Y contigo
esa Lafourcade, ahí,
en el estrellato, y yo,
mascando psicoanalistas que no existían,
rumiando gritos, ahogados en mi consciencia,
ahí estuve, sí, en el terror
yanqui islamista, ahí en la trampa,
en ese derrotarme, en esa cobardía,
en ese dejar de luchar
de ese camino esquizoide.
Ahí estábamos, tú lejana, siempre,
provocando el siniestro,
ese siniestro de madres muertas
de hermanos atemorizados
de narcóticas esferas falsificadoras.
Ahí estabas y Natalia
sonaba. Hoy no puedo sonar en tu vivir
no puedo ser
sino un archivo oral ficticio,
una huella borrada,
un camino no andado,
una espiral descendente
como de lava hilo
quemante en lo profundo y superfluo.
Sí, Dariana sonaba Natalia, y yo
huía, perdía, sentía que todo sería nunca
más distinto que entonces.