Lectura en el ahora: La modernidad de lo barroco de Bolivar Echeverría

Una tarde noche de otoño del año 2000 caminaba por una de las recientes construidas edificaciones de la aquella ascendente y alternativa Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo en la ahora Ciudad de México, cuando enfrente de mí quedaron presentes un grupo de libros  del pensamiento contemporáneo en oferta. Eran ediciones españolas de Altaya, pero sin tener la más mínima consciencia de nada adquirí La condición postmoderna de Lyotard. La leí años después, para un trabajo de literatura y artes mexicanas en algo desembocado en un viaje a La Habana. Modernidad es el punto. en 2001 cursé una clase de epistemología de las ciencias sociales y obligadamente leímos el libro editado por Gedisa El final de los grandes proyectos, vaticinio de los ecos postmodernos en la discursividad humana. Para ese momento Enrique Dussel ya había publicado en La colonialidad del saber su estupendo ensayo sobre eurocentrismo y modernidad, aunque mis vestigios, torpes en muchas dimensiones, me condujeran a él mucho tiempo después, cuando leía La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies por allá del 2007 o 2008. De 1998 es la edición de Bolivar Echeverría que ahora he leído, la cual remite a este andar, ya desfasado y anacrónico, de mis pesquisas en las modernidades. No es una casualidad garante de fertilidad filosófica la que me induce a redundar en esta obra maestra del pensamiento transitivo al siglo XXI, puesto que su profundidad y urgencia explicativa, conducen invariablemente a los siglos XVI y XVII. No es gratuito tampoco que si en el pensamiento de Ignacio de Luzán no hay lugar para Sor Juana Inés de la Cruz, en el pensamiento mexicano, donde Sor Juana es Reina, no haya lugar para Luzán. Si asumir cuatro ethos históricos de la modernidad mexicana, barroco, clásico, romántico y realista, impele a revocar los síntomas axiológicos y materiales de la modernidad capitalista, también remite a un ejercicio demostrativo amplio y específico, donde se preve la transmodernidad de Dussel: para Echeverría la primera modernidad, esa que oscila del postridentismo, la contra reforma y la compañía de Jesús, como conglomerado de prácticas (intelectuales y económicas), que dotan de fisonomía el largo siglo XVII. Y así también remite a una conducta de mestizaje, de mezcla. La modernidad barroca no requiere de una representación ni de un referente real, sino que se desnuda en la alegoría, el adorno y el exceso, donde el remanso del atiborraje y el silencio bullicioso, recomponen la dimensión estética y artística, a expensas de la ruta religiosa y del rito católico. Echeverría consigue radiografiar los lindes de formulaciones histórico-culturales definitorias de una elaboración social propia, identidad y símbolo, construcción y recurso, ¿latinoamericano? mexicano, seguro. Lo impropio de mi reseña es que ya la modernidad parece un ethos transitorio que por mas que se reflexiona no conduce a ninguna parte. Al final de cuentas naufrago en lecturas que me invocan un pathos, el mío, ya fuera de sitio, en el acomodo laberíntico del cosmos humano.

 

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Lectura en el ahora: El discurso filosófico de la modernidad de Jürgen Habermas

Terminé de leer este impresionante trabajo de Habermas, inquieto por diversas razones. En principio el tema de la modernidad como una categoría de apertura del mundo refiere con nitidez a un conjunto de hábitos, pensamientos, normas y patrones conductuales. ¿Hice mal en leer primero a Lyotard y La condición postmoderna? Sería el momento de refrascarme en esa lectura para contrastar el meollo del planteamiento habermasiano. Como siempre voy algunos pasos atrás de los debates contemporáneos. Pero desde mis escasas incursiones en el estructuralismo distinguí hace tiempo un cierto afán a-histórico en los complejos ideológicos y analíticos estructurales de primer cuño. Quizá el único planteamiento estructuralismo que recuerdo con esbozos y argumentos históricos es el de Leví-Strauss. Pero Habermas ataca con claridad ciertos planteamientos antropológicos. No olvidemos, entonces, que la antropología poseedora fue quizá la primera disciplina en categorizarse como tal. En el peor de los escenarios, el mío, no hay elementos para sanar el debate entre postmodernidad y modernidad. De lo que no cabe duda es que se trata de un epicentro mas de las modas interpretativas occidentales sobre los cimientos de su cultura. El año de edición original en Frankfurt es de 1985, la primera edición en español de 2008 con una reimpresión en 2012. ¿No es algo tarde para México leer a Habermas casi 30 años después? Existe un capitalismo intelectual e ideológico y en las esferas del mercado de las ideas y de los modelos interpretativos no caben la sincronicidad global, el presente totalizado.

Los planteamientos de Habermas me parecen muy claros, con un riguroso sistema crítico, asumiendo una postura política frente a la crítica de la razón de la modernidad. Se distingue una lectura completa, fina y pulimentada, de los autores que comenta, contra argumenta y discute. Su ejercicio filosófico se moviliza completo y franco. No es sólo quizá la filosofía del lenguaje la que ahuyenta a ciertos lectores de los planteamientos de Habermas. Es también su cuestionamiento de las “novedades académicas”. El juego de los sistemas comunicativos y de interpretación de la realidad humana no escapa en absoluto de la la lógica del mercado. La modernidad no ha concluido, se ha fragmentado, particularizado. De ahí que las modas no dejen de tener sentido, comercial, ideológico y cultural, en mí opinión.

Leí a Habermas porque un querido amigo me recomienda libros que él lee. Ya con este van tres que he leído de su cosecha, incluyendo el acercamiento de Sloterdijk al capitalismo global y el proceso de la cultura y la modernidad de Josep Pico. Mi deuda no se remite a otra cosa que a un compañerismo. En un mundo donde todos leen a Foucault, a Derrida y a Heidegger, lee a Habermas. No es extraño, entonces, que este comentario desvariado resignifique la constante búsqueda de un universo expresivo y sus raíces nutrientes. Leer a Habermas siempre ha sido muy grato para mí, aunque no conozca mucho de su producción. Es impactante distinguir su pulimentada maquinaria analítica, pero sobre todo su compromiso intelectual en dos sentidos: en la lectura atenta de sus contemporáneos, para ejercer su crítica, y en el crucial de papel de interpelador de la escuela neo-estructuralista.

Siempre habrá quién esté a favor y en contra, siempre habrá debates. Quizá los hechos recientes, con la subida de Trump al poder, no pueda sino hacer remarcable el hecho del retrocedimiento a un dogmatismo racial sui generis y absolutamente envuelto en un misticismo supremacista. El efecto de leer un trabajo de 1985 tres décadas después no debe impedir comprender que la maquinaria de producción intelectual, de un hombre, en su obra, y de una sociedad, en su mercado editorial, pierda su sentido como eslabón fértil en vías de conquistar un conductismo comunicativo dialógico.

 

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No money no honey (Sin dinero sin miel)

No money no honey

(Sin dinero sin miel)

this planet is crashed

(este planeta está estrellado)

while we seek

(mientras buscamos)

the confidence of lemons

(la confianza de limones)

and skies and lakes and all the sugar

(y cielos y lagos y toda el azúcar)

that we can’t smelt here

(que no podemos fundir aquí)

lies in the gray utopia

(yace en la utopía grisacea)

of the nature muscle against modernity

(del músculo natural contra la modernidad).

No money no honey

(Sin dinero sin miel)

we climb this road of living here never in other place

(escalamos este camino de vivir aquí, nunca en otra parte).

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Dislocación del espíritu creador

No basta con implementar dispositivos creativos y de difusión expresiva, no basta con tener buena ortografía, o mala, no basta si quiera con acumular lecturas o miradas atentas a la tradición pictórica. Precisa, para el espíritu creador, actualmente una compleja red de habilidades, técnicas y métodos, que permitan la expansión del mensaje y del contenido. La dualidad forma-contenido, abigarrada en el saturado ambiente de expresiones contemporáneas, no remite más a las posibilidades de crear una jugada discursiva novedosa, sino remite a la morbosidad instantánea de los hechos y las formas de comunicación. water1

El problema histórico entre tradición y novedad, sucumbe ahora en la multidimensionalidad de los pastiches. La pureza del arte o de las expresiones estéticas, en su dimensión viral, responden al amarillismo cultural, a la tendenciosidad precaria de una moda y su efímero récord de visitas. Está demás pensar y decir con notoriedad las cosas, porque vivimos, aquí en internet, un universo de múltiples formas discursivas, que avasallan el criterio propio, siempre en construcción, al acto de seguir ofrendase desconocidas. Y la construcción de un criterio, personal, se moviliza siempre en todas direcciones, porque en el ácido momento de la renuncia a la verosimilitud moderna, naufragamos en una hostilidad pasajera, un el acto voyeurista, en el esparcimiento fútil, en la campechana de medios, recursos y figuras estereotipadas.

Al encasillar la creatividad en una nulidad comunicativa, como aquí parece en ocasiones mostrarse,water3 no dista nada del aislamiento mental y del despilfarro anti-ideológico que podría muy bien caber en una escritura vacía y tenue, abismalmente diluida en la poltrona del desempleo y la constricción personificada de una esfericidad terca: el recorrido que va de la inventio y la imago a la retórica insalubre y corrosiva, desquiciante y mordaz en su lucha intestina por mostrarse auténtica y original.

Si crear no puede otra cosa más que referencia a las grandes obras y los grandes autores en nuestros días, crear es una abominación constante que rompe para mí debe romper el cerco del automatismo y mostrarse teatralmente, líricamente, pictóricamente, a partir no ya de un canon o un conocimiento preciso del pasado histórico-estético (no solamente), sino que debe nutrir una exploración personal y colectiva que permita oscilar del nihilismo al totalitarismo estético, en aras de fomentar una water2actualidad fenomenológicamente imposibilitada de renuncias.

Al final todo se trata, para mi, de hacer un sitio en el universo tergiversado del lenguaje multiplicado en parcelas y aromáticas tendencias pasajeras. Se trata de embalsamar mi lengua y mis nulos conocimientos teóricos y filosóficos, no sólo como muestra y exposición raquítica del ser no instruido absolutamente, sino como mecanismo factual de exteriorización provisional de una pathos intrincado y fugaz, como el resto de los eventos, que indaga y provoca, desde circunstancias locales, un efecto reflejante creativo, creador, sustancialmente entrometido en la distorsión de los lenguajes, como una falsa episteme estética, no inmersa en la realización y performatividad del inabarcable presente.

El ethos de la digitalidad: unidad y diversidad

Cuando nos aproximamos filosóficamente a un estado de cosas, a una sensibilidad, podemos planear una suposición a priori desde la conjunción predominante en los sistemas del pensamiento, los cuales conducen, invariablemente, al problema de la unidad y la diversidad. Desde mi trinchera, raquítica de un sistema filosófico coherente, desde mi nulidad, embebida por el trauma de la modernidad, componer la reflexión del ethos digital, me acerca a una valoración incipiente, superflua y contingente, de la esfericidad en la que se movilizan los campos propios del acto digital. No se trata exclusivamente de una acción comunicativa, en el sentido del circuito de Jakobson y posteriores, ni tampoco exclusivamente en la ley de la oferta y la demanda, así como tampoco puede evadirse el acto de lectura alfabética e interpretativa, del conjunto de la esfericidad del ethos de la digitalidad.

Profusamente la digitalidad envuelve una condición per se, la comunicativa, pero también inmiscuye per se su condición antropocéntrica: el anclaje semántico, actitudinal y comunicativo de la digitalidad es indisociable de la existencia humana. Así mismo, este ethos digital está premiado por una conducción pro conservadora en distintos niveles: histórica-documental, biológica (zoológica y botánica principalmente), artística (en la dimensión de la totalidad de obras creadas bajo modelos estéticos), política (gubernamental, de contestación social, inclusive de organización comunitaria), entre las formas de conservación más importantes (sin olvidar por supuesto la patrimonial y la audiovisual como instrumentación de conductas heredadas del siglo XX). Estos impulsos conservaduristas se inscriben también en la égida de una economía global de los significantes, en la taxonomía polisaturada del universo humano en toda su extensión. La concepción antropocéntrica y metafísica de la digitalidad impele a una metanaturaleza, a un ethos que se involucra, desde el valor de uso de la obsolescencia y del valor de cambio de la omnilocalización, con los ideales infértiles de la conquista tecnológica, desde la predominancia axiomática de la asepsia y la sanidad.

Por otra parte, el ethos de la digitalidad absorbe las contradicciones inherentes a una modernidad caduca, tardía y pronta, en sus modelos cognitivos, a la interpretación falaz, subjetivista, del posmodernismo occidental. No obstante la cristalización del estrepitoso deambular de los actos digitales legales, también el ethos digital se instaura en la contradicción totalizadora entre civilización y barbarie, fungiendo, irrestrictamente, como vehículo y canal tanto de los esfuerzos sociales políticamente correctos, como de los intentos criminales (en su diversidad de facetas), que amplían sus circuitos de vinculación a través de una instauración subterránea (como la deep web por ejemplo) de las prácticas digitalistas. La lógica dicotómica entre criminalidad/legalidad, constituye, por sí misma, uno de los pilares del ethos digital.

Finalmente, este ethos, inabarcable, polisaturado, difuso y gaseoso, en su nivel ideológico y creativo, es nitidamente una prolongación vigente de la querella entre antiguos y modernos, o del conflicto entre el perdurar ortodoxo de lo tradicional y la revocación instantánea de la novedad. No debemos olvidar, tampoco, que en esa medida lo tradicional, la tradición, se finca en un conjunto de valores (en ocasiones nacionales, pero también religiosos, políticos, sociales, folklóricos, culturales, etcétera), y que por tanto la dialéctica entre novedad-costumbre, es otro rasgo distintivo del ethos de la digitalidad. No sería posible plurilizar, sin menoscabo de una fenomenología del technogeist, a la digitalidad, puesto que las digitalidades, en tanto representaciones constructivas de múltiples lenguajes, se aíslan en el modelo teorizado de la unidad digital, de la digitalidad emblemática, que es canal, mensaje, sujeto, objeto, circuito, cultural, sociedad, vivencia, experiencia, anclaje, entre tantas otras formas, pragmáticas, simbólicas y lingüísticas, en las que se expresa la sociedad planetaria del siglo XXI.

El proceso de digitalización de lo humano: una jaula de luces

Pensar incluso que el iluminismo, su racionalismo instrumental y su teleología civilizadora puedan haber sido parte del conglomerado, atinado o no, de la modernidad, no implica asumir, como lo hago yo, que en las digitalidades lo permeable consista en un ethos antagónico de la concreción natural. Por encima de cada rincón, de cada dato, de cada información almacenada en internet hay una cúspide de esfuerzos por dotar, en un sentido metafísico trascendental, al mundo con una forma plástica: la posibilidad intrínseca de adquisición global y saturada de prácticamente cualquier cosa. Y la luz, que en el XVIII fuera una metáfora atinada, hoy es más bien el fetiche del mercado. Si no estás en internet (educación, comercio, gobierno, turismo, cultura, libros, arte, vídeos, música, cine, etcétera) no estás en el mundo. Y es bastante loable la decisión de algunos de no figurar, de no aparecer. ¿Es loable también el proceso de digitalización en tanto cautiverio a la metafísica luminosa del hacer humano? No está por demás mantener el impulso productivo de una álgebra comercial globalista, tendenciosa, en fin, acorde con los tradicionales sistemas de dominación. Tampoco es posible, frente a las intentonas críticas antisistema encabezadas por la neorebelión hacker, asumir que el mundo en el siglo XXI sea un lugar seguro para vivir. El equilibrio de las fuerzas, distinto de una actuación termodinámica de los conglomerados histórico-sociales, sus oscilaciones y sus hábitos (de consumo, de producción, de recreación, etcétera) están inmensamente permeados por el auge luminista. El esplendor de nuestras luces del XXI, raquíticas por la digitalización de la barbarie que lo acompaña, es el esplendor de unas pocas generaciones que inventaron y creyeron dotar de algo importante el universo humano. Quizá desconozcamos los más avanzados sistemas científicos y tecnológicos de nuestro presente y en diversas medidas la tecnología comercial nos induce, como película de ciencia ficción en los años 60, a construir un imaginario de las digitalidades en donde no existe un hálito de compasión. Al final, la digitalización de lo humano responde al impulso opuesto a la libertad creativa, se trata de la expresión multifacética del terror al vacío y de la longitud propia de la frustración ante lo inconmensurable del cosmos. Entonces lo infinito, como adversario común de una finitud cierta, y en ocasiones existencialista, traduce el abigarrado terror psíquico al silencio, a la evasión, a la ignorancia, a lo desconocido, abriendo, en su multiplicidad, los canales propios de un conductismo polimórfico, acuoso, insostenible por su carácter de innovación ad infinitum. La jaula de la humanidad digitalizada construye el simulacro de un hábitat no hostil que pasará la factura a las futuras generaciones.

Los libros, la comida, el cigarrillo

No puedo desligar mi pensamiento de una reflexión sobre el tabaco y la modernidad occidental, no sólo en la dimensión simbólica sino también en su influjo significativo como aditamento cultural, como fetiche de elegancia, como representación de alcurnia, prestigio y distinción. Pero el cigarrillo, el tabaco, la cultura del tabaquismo en la modernidad, es mucho más que una simple causa de las políticas antitabaco, mucho más que el acto generador de la investigación oncológica, mucho más que un ritual caduco hoy en día. ¿Por qué no pensar en la triada libros-comida-cigarrillo, como un triángulo cultural? De existir una modernidad tabaquista no podría disociarse del acto gastronómico y culinario, del acto de la ingesta de alimentos, al menos en la medida de la función digestiva del tabaco. El acto del tabaquismo iría adherido al ritual de la comida, como un epígono natural, como una conclusión ad hoc en términos del reposo digestivo. Si bien no sería exclusivo del tabaco un sitio de distinción en este terreno, pensando por ejemplo en su complemento natural que es el alcohol en sus diversas presentaciones, la comida y su finalización abren la ruta del fumar, del degustar un humito, del encender un cigarrillo en vías de socializar. La función del tabaco, que ahora es sustituida por otras instancias, era la de promover la socialización entre las personas, especialmente adultas, considerando que era deseable fumar como un hábito promovido desde esa modernidad postindustrial en donde el humo, indisociable de la máquina, era un signo de avance, de progreso, de refinamiento, de poder.

En otro extremo localizar a los libros, en tanto objetos privilegiados del conocimiento en la sociedad de la modernidad postindustrial, implica también valorar las tendencias comunicativas de la intelectualidad y la farándula del pensamiento, también vinculada nítidamente al consumo de tabaco. Los libros, en tanto objetos intelectuales naturales, igualmente promovían un cierto tipo social de hombre y mujer que fumaba. Escritores, historiadores, antropólogos, sociólogos, científicos sociales, humanistas, filósofos, en su mayoría eran los que mantenían un vinculo emocional y afectivo con el cigarrillo, con el tabaco y el acto de fumar, como medios de socialización, nuevamente, pero esta vez de las ideas, las investigaciones y los avances del conocimiento. No es extraño ver en intelectuales y profesores de la década del 40 del siglo XX un habano o un cigarrillo. Fumar representaba una forma de tener estatus y de mantener protocolos y ritos de socialización.

Pero el dicho mexicano no puede estar equivocado. después de un taco un buen tabaco.  Así, los libros, la comida, los cigarrillos fueron parte de una época donde no existían las posibilidades comunicativas saturantes y saturadas, donde la oferta cultural estaba definida por medios masivos de comunicación que no alcanzaban a una totalidad tan amplia y abarcadora, en diversidad temática, como la presente. Tabaco, intelectualidad y comida: una triada cultural de la modernidad postindustrial, podría versar el título de un artículo donde sería problematizada la relación entre un acto fisiológico, comer, un acto mental, la lectura, y un acto de entretenimiento, fumar.

 

Otra vez la tesis

Me voy a hacer la tesis

no sé si volveré

perdido en el XVIII

no sé si volveré.

Con Mozart en el fondo

Luzán espera el capítulo 2,

Voltaire indiscutible

Muratori sereno, no sé si volveré.

La tesis me engulle, no sé si volveré,

autores y palabras, libros y referencias,

citas y evitar el plagio, no sé si volveré.

Pero me quedo contento

Luzán y otros autores

me hacen recordar

el proyecto ilustrado de Habermas

no sé si volveré, no sé modernidad,

si volveré a ser un hombre entero.

Con Mozart en el fondo

no sé si volveré. Seguro en la angustia

tampoco sé si terminaré

la tesis o si me transforme en rata.

De bibliotecas, periódicos y fichas bibliográficas

mi tesis me devora, no sé si volveré.

Absorto entre palabras

res publica litterarum absorbe ya me mente,

no sé si volveré. En el camino historiográfico

incauto ya camino, no sé si volveré

si el mundo podrá ser un hábito operativo,

no sé si voy a ser

feliz con esta tesis

si volveré a sonreír o seré inconsciente

no sé si volveré, me voy a hacer la tesis

sobre Luzán y otros temas

de la transición a la modernidad.

Sin rima ya termino mi trémulo lamento

me voy a hacer la tesis

no sé si volveré

pero segura una cosa

podré alcanzar

el ser del conocimiento

podré intentar saber

qué pasaba hace 300 años

no sé si volveré

la tesis me devora

pero me causa placer.

La voz alta de un bloqueo

No importa en estos tiempos pensar, no importa la intuición de nuevas formas, no importa palpar conceptos ni construir sistemas. Ya no interesa el afán epistemológico de la modernidad. No importa si creo que estamos en una burbuja derivada de los simbolismos pretéritos. Nada de eso. Ni siquiera pensar teóricamente es importante. Ya todo parece un regreso al pasado inmediato. Ni si quiera puedo leer a los autores de moda, ni siquiera puedo encontrar un sistema interpretativo propio. Estoy atorado, bloqueado, emocional e intelectualmente. La voracidad de la obsolescencia, que lo vuelve todo caduco de inmediato, escribe sus reglas en mi alma y mi voz. Una vez pensé en un argumento filosófico que me salvaría la vida, la desobjetivación del materialismo histórico. Y pensé también en la hypermodernidad y pensé en un sistema dialéctico, capaz de explicar la virtualidad global. Puras pérdidas de tiempo. Puras falacias. Puras y simples figuras retóricas. Leí a Aristóteles y no valoré más el sentido clásico, no valoré más después de leer a Heródoto, no comprendí lo clásico, no, me extravíe. Y así, quizá desde mi falta de compromiso social, desde mis excentricidades lectoras, así, desde el hecho de leer autores que representan el más álgido conservadurismo, así, me fui dejando caer en este abismo torpe, en este sin sentido, en este simbolismo anacrónico. Y ahora, a mitad de un proceso de investigación, me encuentro fuera de sitio, empolvado, encapsulado en una torre de marfil.

Quédense con todo

1403826390964La cosa es que me encuentro perdido en los residuos e imágenes de lecturas que ya no son accesibles al presente. Estoy vivo, en este intervalo de siglo, con la torpeza de mantener una actividad reflexiva dudosa. Mi país se encuentra convulsionado. Muchos jóvenes salen a las calles a protestar. Vamos, a quien le gusta el lado ancho del embudo. Y lo que yo vivo como un trauma de la modernidad es quizá más que un sentimiento individual un pathos y un ethos detectable en nuestras últimas generaciones. ¿Por qué trauma de la modernidad? Bueno, si puede hablarse de una dialéctica entre posmodernidad y modernidad, entre modernidad y antiguo régimen, a manera de eslabonamiento histórico, yo, como parte de un grupo y sector social llamado jóvenes, no tengo en sí una posibilidad de definición generacional. No entró en las estereotípicas clasificaciones ni tampoco puedo vivir en el régimen de la unicidad moderna, no puedo acudir a la multiplicidad interpretativa y ejercer la tolerancia a una supuesta diversidad creativa sin perder, a mitad del camino, los vestigios que puedan dotarme de un nivel de identidad que trascienda todo particularismo y dé paso a la existencia presente. No puedo vivir en un mundo donde las falacias estriban en las antinomías vigentes a una sincronicidad abismada y una diacronía de mutilaciones constantes. No escruto en la argumentación estructuralista de mis vestigios ramplones y de mi séquito furibundo de autores mal digeridos. Es más, por eso mi vivencia es de trauma. Cuando la generación de mis padres trató de ensañarme algunas formas para vivir de pronto un grupo de intelectuales dicen que esas formas fueron vigentes pero están superadas, que ya no valen. Eso sería el giro posmoderno, tajante y contundente. Más aún, aniquilador de la experiencia sensorial y transgeneracional. La urdimbre que teje la relación nieto-abuelos compone, más aún, el trauma de haber crecido viendo caricaturas de los años 50’s y 60’s, creyendo que la dinámica deportiva era la punta más elevada de la creación humana, infiriendo que el éxito, traducido para muchos en cocaina, sexo con modelos y grandes sumas de dinero, era un especie de salvo conducto para la sobre vivencia.1403559340153

Aunado a eso la teorización ecológica que se traslada a la sociedad, esa de los nichos, resta validez a la empiria de mi experiencia: caer en las trampas más hostiles, seguras y verídicas del sistema universalista depredatorio; sucumbir y luego tratar de alzar la cara al futuro nuevamente. Todo es menos la esperanza que se ha vuelto una figuración inocente. De entre las multitudes que cabalgan, crean, proyectan, buscan, un lugar y un espacio en la digitalidad, quizá mis derroteros correspondan a un infructuoso ensayo y error que muchos quizá no tengan. Yo que mutilo mis blogs, que aparezco y desaparezco de internet. Y mucho más que un culto autoinducido, mucho menos que una personalidad ausente, me inscribo en un pliego de incertezas cuando escribo y me enfrasco en todo este recurso de poco fiar. Quién iba a decir que al perder el sitio de nacimiento iba a perderse un camino definido. Los tropiezos engrandecen y los sueños, que pueden ser pesadillas, son también nutrientes fósilisados en la magma del tiempo. Me gustaría mucho más que un simple vamos amigo, tú puedes, un vamos que aún falta poco para que todo sea inútil.

Escuchar la misma música que me gustaba en la adolescencia y ver que todos estos años nadie me ha dicho, oye ten este disco te puede gustar. La restricción, el encierro, la pérdida de contacto con el exterior. Todo, todo, todo está escrito aquí. Soy yo en un intento de sapiencia estéril: mi suicidio, mi sociopatia, mi repugnancia, mi falta de sentido común, el silencio de todos estos años quebradizos, la mejor respuesta a la pregunta más furiosa que pude proclamar vivo: no soy Freud ni tu mamá de la cantante pop Belinda. Noche, esmero, constancia, persistencia de un álgebra poeticocida. Poeticopédica de la sin razón esgrimitatoria. Esgrima de antes y después, como la pesadilla que no se repitió porque se volvió realidad. Todos estos años de gente, dirían Spinetta y Páez. Todo fuegos artificiales vistos un día de la independencia en México en 1991.

La cúspide desproporcionada del fracaso es como una torre de granito contra la que no se puede erguir nadie. No es más en este siglo cuando se puedan concretar los lazos del pasado inmediato. No parece haber más que un legado fortuito que se ensancha: el legado que abre de nuevo todos los peligros de todos los tiempos, los mismo designios destructivistas de cada nueva generación que se hace con el control de la maquinaria y el engranaje de la vida huamana. Noche triste porque en el terreno de la construcción ideológica no hay formas ni salidas decorosas sino porciones torpes del acantilado decantado del occidentalocentrismo. No pienso, no existo, compongo palabras como si fueran atisbos de islas que no significan nada en absoluto. Porciones torpes también. Contra todo lo que pueda parecer una crueldad parecer será cruel en sí mismo.

Adiós constante idea de una utopía realizable. No sé cómo me levanto en los días de primavera, ni como duermo con la cobija de las tristezas amarrada a mi garganta. No sé cómo puedo creer que en una imagen encapsulada de mi vida se queda registrada el proyecto inmenso de mi karma y dharma: la vida pasada quizá era el designio fortuito y la ruptura con el vínculo celestial es también un romper las amarras de lo unificado al orden espiritual. Quizá también debería pensar que soy más que un tendón escupiendo en un teclado. Pero no puedo. Quédense con todo.