Especie de contacto

Caminaba lento aquella tarde, como si una hoja desprendida de un árbol cayera en el otoño, aunque la primavera relucía su magna frescura y delicado reverdecer. Eran las 6 pm y aguardaba un momento para retomar su lectura. Su libro, de poesía checa, la hacía pensar que nunca llegaría el momento en el que un ser amado pudiera tocarla. Pero resistía a los versos y a las tempestades de la adolescencia, guarecida en la concupiscencia de literaturas exóticas o al menos de difícil hallazgo. Tenía en su mente la libreta donde llevaba un diario, que a diario nutría con pasajes de cuentos y leyendas germánicas, porque creía firmemente en la decisión de estudiar en Alemania, aunque sus padres no estuvieran de acuerdo. Y cada mañana se rebelaba a los huevos fritos y estrellados, cada mañana despreciaba la malteada de banana, cada mañana se decía, prefiero un poco de té verde nipón que estos desayunos agobiantes de triglicéridos.

Al dar la vuelta en la esquina de  la calle Franklin, dirigiéndose al parque de las Naciones, noto tardíamente que su libro, en el bolso de su chamarra, estaba doblado de una página. Pensó para sí que había sido un descuido introducirlo en su chamarra. Lo saco de ahí y decidió seguir su caminata leyendo un poco. Al abrirlo, el libro estaba en blanco. Desconocía los fundamentos propios de la teletransportación, desconocía la desmaterialización textual, pero intuía que todo era parte de una reseña literaria de un universo desconocido. Cerró el libro, ya no sorprendida sino entusiasta, caminando en busca del parque de las Naciones, donde finalmente encontró una banca y destellando sus ojos miró el atardecer. El libro se había vuelto una hecho mágico, que le hablaba de lo perenne de las mutaciones, de sus inexorables filias por el ritualismo textual, por la vivencia, a sus 17 años, del enciclopedismo letrado universal. Recordó que una vez había rechazado leer a Góngora, que había preferido omitir a Garcilaso de la Vega, que tampoco le había gustado nada del siglo de oro español, de lo que conocía, que prefería a Shakespeare y a Bacon y la tradición inglesa, porque leer en inglés le había abierto las puertas al viejo continente.

Se detuvo en una banca del parque de las Naciones y después de admirar el atardecer, volvió a sacar su libro y noto, ahora sí asombrada, que las letras de sus páginas habían vuelto. Todo parecía un conjuro divino, un acto de magia, que de soslayo le hablaba de su aura luminosa, de como ascender, mediante un numen checo, al portal de la trascendencia, la había convertido en un ser, testigo y hecho, de la transmutación textual, de la teletransportación letrada hacia lo blanco, lo puro, lo irreal de la desaparición. Pensó para sí que todo había sido una especie de orfandad momentánea, recordó alguna novela de Hermman Hesse o de Thomas Mann, añoró entonces los paraísos urbanos de Berlín o de Viena, y refunfuñó para sus adentros los últimos versos que recordaba de Rilke. Con el libro abierto frente a su cara, reconoció las grafías de Borges y sus ecos en aquel escritor checo que hablaba del infinito y la eternidad, del olvido y de laberintos compendiosos del ser y la nada. Leyó para sí un último poema de aquel poeta checo y con su vista entornada por lo vivido aquella tarde, desando sus pasos y volvió a casa, donde le aguardaba una noche más de sueño y esperanza, para despertar a la horrenda pesadilla de los huevos fritos y la malteada de banana, aunque quizá eso también pudiera desaparecer un momento para que ella fuera feliz.

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Causas

Cuando Efigenia azotó la puerta aquella tarde, Raúl supo que algo se había roto para siempre. ¿Fueron las constantes llamadas perdidas un síntoma de la evasión que hizo a Efigenia surcar los mares de la furia? Raúl cursaba el último año de carrera y ella había sido el amor más plácido y más extremo que hubiera tenido. Al salir del departamento de Raúl, Efigenia entendía que no habría marcha atrás, que todos esos años invertidos en lecturas compartidas, comidas mediterráneas y películas de arte acababan de irse a la basura. La borda a la que remitía los esfuerzos de 6 años de noviazgo parecía una maleza púrpura carente de algún atisbo de ternura y luz. Aunque Efigenia mantuvo en alto la frente, dentro de sí un sentimiento erguido asemejaba su vivencia reciente a una ostra lista para el caldo. Tomó de su bolso las llaves de su auto y decidida a no caer en el impulso de emborracharse, a medio llanto y gimoteando, subió en el vehículo. Antes de arrancar se detuvo en el asiento un momento para ojearse en el espejo retrovisor. Se preguntaba qué podía ser tan malo en ella como para que Raúl no le hubiera prestado atenciones en las últimas 3 semanas.

Detuvo el llanto, limpió su rostro de lágrimas, se arregló el cabello y encendí el automóvil. Comenzó entonces su peripecia urbana, sin rumbo fijo, sin destino. Pensó en visitar a Mónica, contarle todo, desahogarse, pero en cambio se dirigió a ver a Sebastian. Cuando tocó el timbre del departamento se escuchó en el interfón la voz rasposa y aguardientosa de Sebas. En ocasiones él le regalaba bolsitas de cocaína o marihuana cuando estaban de fiesta, aunque Efigenia prefería tirarlas a la basura después de haberlas probado varias veces y no comprender la finalidad de emplear el contenido mágico de las bolsas para recrearse. Sebas bajó del quinto piso, en bata, despeinado y como recién despierto. Abrió la puerta a Efigenia, le hizo una seña para que pasara y le preguntó si estaba bien. Efigenia no dejaba de pensar en las últimas vacaciones al lado de Raúl, cuando fantaseaban con concluir la carrera y hacer un posgrado becados en el extranjero. Ahora todo era una nube de tristeza y desolación. Sabes le ofreció un poco de agua, la hizo sentarse en la sala y le dijo si había problema en que fumara algo de yerba. Efigenia contestó con la nostalgia desnuda: Sebas, terminé con Raúl. El amigo fiestero, alternativo y hippy de Efigenia vislumbró en su rostro el terco deambular de los recuerdos. Aguarda, ahora vuelvo, respondió. Efigenia veía en derredor suyo como extraviada en un laberinto de pulmones secretas e inconscientes que nombraban su desgracia con el mutismo de un espejo. Sebas volvió de su cuarto, cargado de un bong, lleno de agua. Traía en sus manos una bolsa de tela. De ella sacó un bonche de mota, la puso en la rejilla del bono y le dijo a Efigenia: mira mujer, Raúl es un buen partido, pero también es un terco, anda, fuma conmigo. Efigenia se sentía inmersa en una especie de sopor, entre el entumecimiento del alma por los eventos recientes y la idea de pertrechar su alma en los impulsos ocultos que la acometían. Está bien, fumemos, agregó Efigenia. Sebas prendió el artefacto fumatorio y ambos fumaron plenamente aquel material que venía desde Michoacán. El ambiente se relajó, Efigenia rompió en llanto y Sebas se acercó a abrazarla. Quedaron un largo rato en silencio, mientras los efectos de la yerba hacían a Efigenia creer que todo era pasajero. Pero no había vuelta atrás en el tema de Raúl y ella lo sabía.

Pasarón tres horas en las que Efigenia, después de haber fumado constantemente, llorado y confesado su dolor y tristeza a Sebas, se había finalmente quedado dormida. Sebas se duchó, se puso rompa limpia y fue al Oxxo por unas caguamas y cigarros. Cuando volvió encontró a Efigenia despierta y algo ansiosa. ¿Quieres un poco de cerveza?, agregó. Ella respondió que sí, pero que debía volver a su casa manejando. Pasaron dos horas más, conversando de música, de vídeos y payasadas televisivas. Después de eso Efigenia volvió a su casa. Cuando llegó había un mensaje de Raúl en su teléfono, el cual había apagado todo este tiempo, que decía: Efi hermosa, no te pido perdón, te pido que regreses. Efigenia tomó su teléfono y le marcó a Raúl. La llamada no entraba y remitía al buzón de voz. Entonces dejó un mensaje a Raúl: te equivocas conmigo, pendejo, no vuelvas a hablarme.

La noche iniciaba su trayecto y Raúl sabía que era tarde para ellos. Efigenia se duchó, tomó un té con galletas de chocolate y empijamada durmió tranquila, después de fumar lo de una bolsita que le dejó Sebas aquella tarde.

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Charcos

Esta es la mañana que nos habita, como nosotros somos trozos de papel incinerado. En el ahora, diluido entre cobijas y persianas, duermes. La lentitud presencia nuestro atisbo amoroso, entraña misma de una noche donde nos desvencijamos por el miedo a la soledad mutua, donde caímos en la torpeza de amar, de indagarnos, de perfumar una porción de universo con el aire mismo de nuestro esfuerzo amatorio. El sol ha salido ya desde hace 40 minutos. Desperté, intentando omitir que te irías pronto aquella mañana. En la cama voltee a verte, me inmiscuí en el escrutinio preciso de tu perfil, en la pesquisa perecedera de tus ojos cerrados, de tu torbellino de aliento que me rompió la noche anterior los paños mismos de mi pesadumbre. No puedo si quiera creer que en un par de horas ya no estarás más aquí. Y aunque todavía duermes en mis brazos, ya me siento solo de nuevo.

La lluvia anoche nos hizo beber whisky y fumar un porro en la calle, precipitados, envueltos en la mística psicodélica del barrio rojo donde nos encontramos. Todo fue un simulacro de ausencias, porque al final de los tragos, al final de la rumba, nos decidimos pronto a huir a mi casa, a perdernos lentamente en los besos que nacían ya, como golondrinas volando hacia el sur cuando llega el invierno. Nos precipitamos también en el taxi, siempre que tu boca —boca de arena y marejada de emociones— narraba tus peripecias en el mercado, en un callejón donde compraste tus inciensos, en el trolebús donde dijiste recordar el rostro de un niño que dormía plácidamente. Ese vehículo, ese taxi, donde la emoción traslucía tu mirada, donde mis manos anduvieron tus muslos, donde te desabotonaste la blusa y me dijiste que te besara como si fuéramos esposos y amantes desde hace miles de vidas. Teníamos 40 minutos de habernos conocido y éramos felices. Todo el trayecto me tocaste entre las piernas, mirando mis ojos con picardía y atrevimiento, hasta que susurraste en mi oído —te la quiero chupar hasta el fondo— y el taxista nos veía como dos extrañas islas de sentido, de emociones, de sexos entreverados con la noche. La tormenta duró hasta las 4:40 de la mañana y nosotros seguíamos amándonos, seguíamos explorando la infinita faz del caudal sexual. Tarde comprendí que no podía enamorarme, que debía mantener mi fuero interno intacto, porque después de comernos, me di cuenta que tenías los ojos más extraños y hermosos del mundo, los senos más morenos y torneados del planeta, la boca más sensual y el aliento más exótico de todos. Tarde porque eran las 6:30 de la mañana cuando finalmente quedamos dormidos los dos.

Nos contamos de todo mientras nos amábamos: anécdotas juveniles, sitios de interés, deseos y traumas, eventos importantes, todo lo que nos hace ser lo que somos. Enfrente de nuestra unión, en el territorio del sueño a tu lado, exploré también los efímeros paraísos de haberte amado con tanta enjundia y furor. Soñé que viajábamos a la India y que nos dedicábamos a vender nueces en un mercado de Coyoacán. Fueron los coloridos detalles de mi sueño los que me hicieron despertar súbitamente. Te encontré dormida y me fue posible evitar saber que seguías a mi lado. En poco rato te irás de mi vida, te irás y te llevarás la felicidad más grande que haya tenido, la ternura más trémula y la osadía más afortunada que me hubiera alcanzado a vivir. Sé que fuimos un cosmos, igual que los charcos que están ahí afuera, después de la tormenta, y que reflejarán tu andar, cuando yo haya hurgado en mi piel para encontrar tu perfume. Sé que te irás y me despediré dándote las gracias por haber desinhibido mi psique y mi cuerpo. Y los charcos se evaporarán pero durarán hasta la tarde y entonces sabré que no fuiste un sueño, sino que me deje llevar por el soñar tuyo de aventuras y regocijo.

Si un día

Lo piensas, constantemente, te detienes. Intentas argumentar a favor o en contra. Nada consigues. Es ridículo creerlo, esa obsesión truculenta, ese instinto refrenado, eso ego capturado. Cada mañana te levantas, haces tus ejercicios matutinos, desayunas ligero, evitas el café, te duchas, tomas tu bicicleta, vas a trabajar. Al medio día, en el lunch, notas que a Gabriela le gustas tanto como a Magda, pero evitas ser directa. Tarde o temprano tendrás que darles el sí, quizá a una o a las dos. Como toda ejecutiva llevas falda y traje sastre. Has olvidado lo que es el sexo y desde que conociste a Natalia, esa que te abrió las piernas y te chupo los pezones, no paras de imaginar lo que sería una Gabriela o una Magda en tu poder.

Una tarde, ya de horas extras, Magda pasa a tu oficina. Lleva el botón de la camisa desabotonado. Te comenta que quiero mostrarte los avances de un proyecto. Tú pensabas en irte ya, sobre todo para no volver de noche con tu bicicleta. Adelante, puedes pasar, contestas. Entonces Gabriela sale de tu oficina y te comenta, volveré en un momento. De pronto, zaz, tu pesadilla erótica vuelta realidad. Ahí están Magda y Gabriela para presentarte los avances del proyecto. ¿Dudas acaso que no quieran coger contigo? A ver chicas, ¿es más extenso el proyecto?, les preguntas después de media hora. Estás húmeda, pero sobre todo contenido. No puedes olvidar los pechos de Natalia en tu boca, pero haces un esfuerzo por no parecer erotizada. ¿Podríamos ir a cenar a alguna parte? Replica Gabriela. Todo confabula. Está bien, tómense el día de mañana, cenamos hoy juntas y me muestran sus avances, volveré a casa en taxi. Todo en orden.

Acabas de subirte al tercer taxi de la noche. En la parte trasera Gabriela, Magda y tú. De pronto las copas ya son notorias. Muy buen proyecto chicas, excelente propuesta, pero falta algo. Entonces aprovechas el silencio, el suspenso generado. Les voy a dar una orden y si la cumplen seguimos si no las veo el viernes. Ese miércoles habías postergado tu regreso al gym después de una lesión y ahora estabas fogosa y atrevida. Desabróchense los tres botones de arriba  y muéstrenme sus pechos. Gabriela no lo piensa, incluso toma tu mano, que vas en medio de las dos, y te la pone en su seno. Magda se acerca y te dice: llevo meses queriendo besarte. Todo va bien. El conductor del taxi de pronto voltea por el retrovisor y no da crédito. Todo está en orden. Son 160 pesos. Pagas el taxi y las tres bajan en tu casa. Adorable tu gata las recibe en el visitador, se adentran en el pasillo y entonces das rienda suelta a tus instintos. Todos tus años de represión afloran en un trío inmensamente erótico, divertido y sensual. Hasta que olvidas todo y te precipitas: escuchen chicas, yo las amo, yo las adoro, no perderán su trabajo. Y Gabriela te ve con complicidad, y Magda te ve con complicidad, y tú ahí, masturbándolas. Pasan las acrobacias y los esfuerzos. Finalmente eres feliz, aunque mañana tú si vayas a trabajar y Gabriela y Magda no.

El número después del 42

La lógica implícita a toda búsqueda urbana parte de un conocimiento más o menos cercano de la realidad empírica de la ciudad. En sí, todos sabemos muy bien de qué forma debemos conducirnos en un lugar que desconocemos. Inclusive pensar en extraviarse en un sitio extraño es uno de los principales temores cuando vamos  viaje. Lo que cuenta es el instinto de supervivencia.

Caminaba aquella tarde por un barrio de Ámsterdam. Tomaría un tren que me llevaría hasta Berlín. Estaba todo listo. Eran las 18:49 horas y me esperaba un viaje en clase turista. Eso me hacía pensar en la notoriedad de mi acento mexicano y peor aún, considerar que debía hacer algo con mi bolsa de chiles de árbol que introduje clandestinamente en mi viaje a Europa. Todo iba bien. Tenía cerca de 4 horas para despedirme de la ciudad de los burdeles, la marihuana y los canales. A mi parecer había sido grato estar ahí, conocer el museo de Ana Frank y el de Vicent Van Gogh, andar en el recorrido por los canales, visitar Madurodam, tomar cerveza, ir a las coffee shop, pasar con dos o tres chicas en los burdeles y conocer la vida nocturna. Todo había sido bastante acorde con mis intenciones iniciales de empezar mi viaje europeo por el sitio de los diques. En una de esas noches conocí a una chica llamada Katherine que vivía en un barrio cercano a la estación de trenes. Me dirigí directamente a buscarla a Grote Wittenburgerstraat #42, con la firme intención de comer algo con ella en un Pub cercano y de tomar una cerveza. De esa forma estaría cerca de la estación de trenes y podría al menos pasar un último momento grato. Pero falta la sorpresa más áspera de la tarde. Cuando me dirigía al sitio un par de junkys me asaltaron. Murmuran algunas cosas entre sí, me despojaron de mis pertenencias, incluido mi pasaporte y boleto para viajar, dejándome conmocionado y con un fuerte dolor de estómago después de algunos golpes que me propinaron. Por fortuna no había salido con todo y había dejado en mi maleta del hotel mis tarjetas bancarias. Pero se habían llevado mi pasaporte y mi boleto, lo cual era bastante grave. Sorprendido y sin saber qué hacer decidí proseguir en mi búsqueda de Katherine. Llegué a su casa, toque su timbre y aguardé una respuesta. Katherine abrió, me saludo sorprendida y en un inglés pulcro me invitó a pasar. Le conté que había sido asaltado y que había perdido mi boleto y mi pasaporte, que tendría que suspender mi viaje y hablar a la embajada mexicana. Ella se mostró dispuesta y solícita a ayudarme. Pero tendría que pasar otras tres o cuatro noches en Ámsterdam indudablemente. Entonces Katherine me dijo que podía quedarme con ella. Todo fue muy de prisa así que en vez de ir a cenar y por las cervezas nos fuimos por mis cosas al hotel. Me sentiría más seguro, pensé, y podría hacer todo con más calma. Lo que no esperaba, tampoco, era que ella intentará comprometerme a pagarle con sexo mi estancia. Titubee por un momento pero no parecía algo tan malo. Sería divertido pensé.

Después de el cambio a su casa todo fue una vuelta tras otra. Entre cervezas, marihuana y posiciones sexuales, Katherine y yo pasábamos la noche. Comimos algo de salmón frito, papás y espárragos con mantequilla. Ella calló dormida y cuando estaba a punto de hacerlo también escuche en la pared del departamento de al lado un rumor que crecía crepitante. Wat ben je aan het doen? decía una de las voces en un holandés que para mi era accesible. Geef mij hier dat paspoort replicó la otra voz. Todo era muy extraño, especialmente por el aumento de volumen en la discusión. € 800 niets mis dijo un tercero. Todos parecían hombres. Decidí,en lugar de conciliar mi sueño, acercarme al balcón y ver si podía saber algo más de este trío. Sospechaba que se trataba de los junkys rateros y quería estar seguro para hablar a la policía. Sin embargo, Katherine se despertó bruscamente. Le dije que había escuchado a unas personas hablar en holandés en el departamento de al lado hablar de un pasaporte y de 800 euros. Creía, proseguí, que se trataba de los junkys que me habían robado aquella tarde. Katherine me abrazo por encima de los hombros, me estrechó a su cuerpo y me dijo: no pongas mucha atención, ellos saben que estás aquí. Su declaración fue un golpe a mis intentos de denuncia. Estaba perdido. ¿Seguramente eres su cómplice? le dije. Ella asintió pero agregó: son mis cómplices porque te necesitaba junto a mi. Me pareció sorprendente, aún más. Le pregunté si me devolverían mis cosas. Respondió que ahora no habría forma de que yo escapara de sus manos. La confabulación había surtido efecto y mi vida parecía perdida. Te usaré algunos meses, me dijo, y luego venderé tus órganos. Violentamente me la sacudí de los hombros, la aventé a la cama y comencé a vestirme. Eso era una pesadilla, que podría ponerse más grotesca y atroz. Pero cuando me había vestido los sujetos de al lado ya estaban en el departamento. Me amordazaron y ataron a la cama, me inyectaron algo, creo que fue heroína, y Katherine comenzó a desnudarme de nuevo. Tuve una erección y de inmediato ella comenzó a utilizarme como su juguete. Estaba aturdido y quería escapar, pero no tenía alternativa. Tuvieron que pasar 8 semanas para que la policía me encontrará, tirado, en un basurero, cerca de Distelweg. Habían logrado atrapar a Katherine y sus amigos. En la embajada me trataron de maravilla. Los hombres eso eran bisexuales y a mi me esperaban 5 años de terapia psicológica. Nunca regresé a Europa y doy gracias de no haber perdido más que un ojo y uno de mis riñones.

La nota

Anselmo caminó lento toda la tarde, por el parque, como introspectivamente se cobijaba en excusas. Anduvo queriendo conocer sus motivaciones más profundas, quería saber las razones por las que Andrea, su novia, lo había orillado a realizar actos como los de la semana pasada. Meditativo, con una bufanda de lana y su abrigo, Anselmo sabía que el problema no era haber engañado a toda su familia, sino que desconocía a Andrea en una manifestación clara de inseguridad. Y se preguntaba, con ahínco, si todo saldría como ella lo esperaba. Habían mentido juntos, a todos y cada uno de los miembros de la honorable familia Robles. Andrea tenía 3 meses de embarazo y se iban a casar hasta noviembre. En 4 meses seguramente la panza sería notoría. Anselmo no estaba dudando del amor de Andrea ni tampoco dudaba del tinglado que habían montado entre los dos. Dudaba de decir una cosa y hacer otra, de decirle a su familia que se iban a casar sin decirles que Andrea esperaba una criatura. Saco de su bolsillo los cigarros, tomo los fósforos, agarro un cigarro y encendió un cerillo. Las bocanadas lo tranquilizaron un poco, después de deambular por el parque como sonámbulo y perdido en el diminuto dilema de las explicaciones sociales. Entonces sonó su celular. Del otro lado Andrea le habló y con voz suave le dijo: mi amor, ¿dónde has estado toda la tarde? No tardes en llegar a la casa, al menos para la cena. Anselmo, sólo respondía afirmativamente, monosilábico, perdido. Sí, sí, llegaré a tiempo, remato. Y colgó. Todo el ruido de la urbe se avecinaba sobre sus orejas, todos los pasos dados aquella tarde le recrudecían una culpa ínfima y pecaminosamente nimia. Entonces Anselmo tiro lo que quedaba de su cigarro, se dirigió a la esquina y detuvo un taxi. A la calle 49 esquina con Díaz Ordaz. El taxista asintió y de inmediato Anselmo se sintió víctima de un capricho femenino. Como si aquella caminata, aquella tarde, hubiera hecho a Anselmo más viejo y menos decidido, todo el camino indagó en sus adentros qué decirle a Andrea. Debían ser sinceros con la familia, debían decir que esperaban un hijo. Anselmo se convirtió entonces en una especie de héroe decidido, convencido, de arremeter a Andrea con una sarta de coralinas para hacerla recapacitar. El taxi se detuvo nuevamente. Son 60 pesos señor. Anselmo sacó su billetera y liquidó su viaje. Bajo precipitado del coche, cerró la puerta y se dirigió a la entrada de su casa. Eran las 7:15 de la noche y la oscuridad permitía distinguir, en la sala, las luces de la lámpara de la mesita, donde, Anselmo pensó, Andrea debía estar. Entró a su casa, colgó su abrigo, vociferó un par de veces el nombre de su amada. Andrea no contestaba, todo era silencio. ¿Andrea? ¿Andrea? ¿Dónde estás mi amor?. Ninguna respuesta. Anselmo pensó que debía haber salido a comprar algo. Subió las escaleras y encaminándose a su cuarto se fue convenciendo más y más de lo necesario que era ser sinceros con su familia. Entró a la habitación, aquella donde según sus versiones habían concebido a su futuro heredero o heredera. Rápidamente fue al baño, al tiempo que encendía otro cigarro. Al salir se helaron sus pensamientos. En la cama había un sobre que decía su nombre. Eso lo sorprendió. Tomó el sobre y lo abrió precipitadamente. En su interior había una nota que decía: Anselmo, no te amo, el hijo que espero es de David y no tuyo… He decidido marcharme con él. Al menos podrás decir a tu familia que te he abandonado y no tendrás que decirles que esperabas un hijo conmigo, un hijo que no es tuyo. David y yo nos iremos de la ciudad. Disculpa. Atentamente. Andrea. Anselmo se sentía derrumbado y gradualmente aliviado. Ahora sabía que su mejor amigo lo había traicionado y que no tendría que afrontar el bochorno de aclarar las mentiras con su familia. Bajó a la cocina, encontró una botella a de whisky, tomó un vaso y colocó en él algunos hielos, justo para servirse un trago. Encendió otro cigarrillo y entonces dijo para sus adentros: siempre supe que esto pasaría.

La cuadratura del armario

Era un nido total cuando jugábamos a las escondidas, era también el sitio donde esconderse de los ofensivos rayos de luz, pero además escondía una multitud de trapos, trajes, vestidos y ropas que nos hacía pensar que un día ser adultos nos haría ir de compras y tirar todo ese tilichero. El armario estaba hecho de encino con caoba y era un mueblo heredado al menos de 6 generaciones. Todas las navidades la última historia familiar que nos era contada era la del armario que teníamos en el cuarto, un armario que había sido hecho para Luis XVI pero que unos piratas holandeses robaron y trasladaron hasta las Antillas. Lo demás era una círculo vicioso de la grandeza familiar. Pero en 1956 había mucho más que un intento por mantener viva la armadura de una historia que de vieja parecía agria. Al final de cuentas el mueble había resistido ya 2 siglos y estaba en perfecto estado. Por eso Daniel, mi hermano, quiso ser ebanistero y pasar sus días dedicado a la conservación de muebles antiguos. Yo en cambio me escondía en el armario para tocarme mis genitales cuando tenía 14 o 15 años. Ahí podía tocarme a gusto y además sabía que no tendría consecuencias fatales si era descubierta pues podía argumentar que estaba pobrándome el vestido de novia de la abuela Lorena. No sé, pero hoy que me ha llegado la noticia de la muerte de papá en lo único que puedo pensar es en quemar ese viejo mueble. Mi hermano Daniel está de acuerdo y sólo nos falta el consenso de mi otro hermano, Fabian, para que al fin podamos tirar al infierno ese vejestorio que debió ser quemado el día de la toma de la Bastilla. Lo único que puede salvarlo es que mi prima Patricia nos llegué al precio. Daniel dice que un mueble como ese debe valer cerca de 350 mil pesos, por la antigüedad y el buen estado. En todo caso prefiero pensar que papá murió poco después de ponerse su traje más elegante al haberlo tomado de ese mueble rancio. Quizá sería mejor dejar de considerarlo un objeto de repudio y tal vez los tequilas que me tomé, el dolor y la tristeza por la muerte de papá y la pesadilla de que mis hijos estarán fuera de la escuela 3 días por el funeral y esas cosas me hacen perder el sentido de este monólogo. Qué más da, al final de cuentas sí me quede con el vestido de bodas de la abuela. El mueble puede muy bien servir de leña para un calentador de paso.

La armazón de los rincones

Cansada, Efigenia recorre su departamento. Está al borde de una crisis monetaria. Faltan cuatro días para la quincena. En su recámara hay un retrato de sus padres y un óleo viejo de su abuela, que era artista y tuvo renombre. Efigenia sabe que un día llegará a ser una excelente investigadora. Pasa un momento al baño y concluye para sus adentros: seguramente Javier no se llama Javier sino Jonas. En su balcón hay una bugambilia pequeña y una gardenia que aromatiza cada mañana al salir el sol. Pero Efigenia está consciente de que no todo es esperar la quincena.

Ayer por la noche compró una botella de vino tinto, unos ostiones ahumados, algo de humus y pan de centeno. Caminó al edificio de su departamento y justo cuando iba a ingresar un hombre le colocó un filo en la espalda y le susurró al oído: dame todo lo que tienes pendeja o te carga la chingada. Efigenia se preguntó ipso facto si eso incluía su despensa delicatessen. Saco de su pantalón su cartera y le respondió al hombre: tengo 500 pesos, te los doy pero no te lleves mis identificaciones. El hombre respondió: rápido culera o te voy a picar, dame la lana. Después del evento Efigenia subió a su departamento con su despensa de manjares intacta y sin haber perdido sus credenciales.

Pero aquella mañana mientras recordaba el asalto de la noche anterior Efigenia sintió un profundo deseo de ser amada dolorosamente. Se angustió un poco de saber que Javier pudiera llamarse Jonas y fuera el ex amante de su amiga Constanza. No importaba tanto el engaño como el hecho de compartir la cama con un hombre que conocía a su mejor amiga. Entonces Efigenia se sentó en la cocina, destapó nuevamente la botella de vino y tomo un poco del licor. Cuando se dio cuenta era ya el momento de salir a la calle y encontrarse por ahí con Javier o Jonas, pero en el fondo sabía que el asalto la había dejado sin dinero y que quizá el hombre mentiroso pudiera prestarle algo para llegar a la quincena. Efigenia salió de su departamento y supo para sí que si Javier le decía que se llamaba Jonas prefería estar pobre unos días antes de la quincena que volver a acostarse con el ex amante de Constanza.

El Imperio de la soledad 1.1.a.1

Crónica decibel languidecer, años encimados a la cortina, el balcón también enmohecido, la mirada cansada. Los zapatos nuevos y relucientes. Totalidad acaso los murmullos de la calle. Una vez los días fueron la memoria de una otra, la mirada y el beso de otra, la conquista y el ímpetu de otra. Hoy son sólo ceniza de cigarrillos franceses. Una ducha y al teatro erótico, al cortejo, al sentido y sentir extremo del vacío inherente. Drogadicción irrefrenable, sino de mis noches. Todas las figuras talladas en madera de la casa de mi abuela, la húngara amargada, se revuelcan en mi cabeza proyectando las imágenes de mi infancia. ¿No debería intuir si quiera que a un paso del amor de mi vida todo fue un desvencijarse de las horas en pasajes ridículos? ¿No es acaso ridículo que el amor de tu vida muera enfrente de ti sin que puedas hacer nada porque ya no te ama?

La estación de trenes está repleta esta tarde. Son las 7:40. Llegaré al club en 45 minutos. Caminaré, tomaré agua mineral y un expreso. Espero que hoy Alison no me haga el feo. Le traigo ganas desde la semana pasada que llego al Torpedo del amor, de esas ganas que te sacuden por dentro como si estuvieras atado a una camisa de fuerza en un cuarto incendiándose. Pero la llovizna lo vuelve todo calmo e incómodo. No es la comedia humana, ya no hay calles oscuras ni alcantarillas hediondas, bueno, sí pero muy pocas. Y camino al Torpedo del amor con Alison en mi cabeza y me pregunto: ¿cómo fue posible que me recordara tanto a Tatiana si una es morena y la otra es rusa? No sé porqué razón el tren no se detiene en la estación intermedia y prosigue el viaje. Tomaré un expreso y tomaré agua mineral, pensando que Alison quizá hoy me diga que sí. Ya quiero sus tetas en mi boca, ya quiero su boca en mis manos, ya quiero su pubis en mi nariz, aguanta me digo, quizá hoy, quizá, todo puede pasar en el Torpedo del amor.

Los frisos de la arquitectura del antiguo régimen no lograban desorientar a Francis de su caminata. Pero nunca olvidaría el momento preciso cuando Alison, con su vestido para el table dance detrás de una gabardina inglesa, lo miró desde la esquina contraria al café de Potilliers Street y con un guiño de ojos se atrevió a cruzar la calle en su búsqueda. Francis impávido terminaba de tomar su expreso pero le faltaba el agua mineral que estaba a la mitad. Alison cruzó la calle, se dirigió a la mesa de Francis y susurrándole al oído le dijo: hoy también bailaré para ti, pero no me tendrás. La sorpresa de Francis fue mayor cuando Alison lo beso salvajemente en la boca y con su mano le tocaba su miembro por encima del pantalón. Aquella tarde, aquel inicio de noche, Francis no sabía que el puente que lo unía a Alison se había hecho más ancho y directo.

Las lecciones

No importaban los días, ni los libros, ni las uñas negras de mugre, no importaba tener el refrí sin comida. Tampoco había otro cosa en el lugar que botellas vacías de whisky, de wodka, de ginebra. Era jueves y sabía que ella no iba a volver. Llevaba meses sumergido en una depresión alcohólica, inmerso en un letargo vital, sin dinero para comprar pintura, sin pintura para sus cuadros, sin ella. A veces sólo salía a la calle a deambular por el parque del barrio, aunque tenía la certeza de que con las primeras nevadas eso sería más difícil. Le gustaba ver los atardeceres, con las montañas de fondo, ver ocultarse el sol, revolviendo nubes, colores, atmósferas. Además tenía unos quince cuadros en exposición en distintas galerías regionales aunque no esperaba vender nada antes de que empezara noviembre.

Se levantó mustio, estiró su brazo y alcanzó una botella de cerveza que estaba junto a su cama. Bebió un poco mientras andaba por la habitación en busca de un poco de hierba para fumar. Encontró sus pantalones sucios de la noche anterior y se los volvió a poner. La habitación era un verdadero cuchitril: cuadernos de distintos tamaños esparcidos por todas partes, lápices de carbón aquí y allá, ropa desperdigada, restos de las borracheras pasadas por doquier, cigarrillos y ceniceros aleatoriamente distribuidos también, en ese cosmos entrópico que era su refugio. Después de ponerse sus pantalones buscó una camiseta y una sudadera para cubrirse. Eran las 11 am y la ciudad ya había dado distintos rugidos. De pronto un motor como de camión se escuchó en la calle. Vestido dejó la botella de cerveza, ya sin ni una gota, y encontró los restos de un cigarrillo de marihuana, ahora le faltaba fuego. Se dirigió al baño y ahí encontró un encendedor, encendió su cigarrillo, o lo que quedaba de él, mientras se veía en el espejo. Ridiculamente había una voz dentro de sí que le decía que la pensión estaba por terminarse y que aún faltaban 9 días para volver a cobrarla. No le importó esa voz como de conciencia flagelante y de inmediato buscó su cartera. La droga hacía su efecto y la cerveza también, pero necesitaba algo más para estar anestesiado, whisky pensaba. Salió de su cuarto, se perfiló hacia la sala pero recordó que no tenía consigo las llaves del lugar. Las buscó desesperadamente mientras había encendido un cigarrillo.  Encontró las llaves y pausadamente se dirigió a la calle.

La mañana fue soleada, el viento corrió, los árboles perdieron aún más sus hojas, secas y anunciando la contundencia del otoño. El verdor de los pinos contrasta con las ramas y el follaje que cae. Robert sale de su apartamento, camina tres cuadras hasta la tienda, compra tres botellas de whisky y regresa con la misma. Antes de abrir su apartamento piensa en los kebabs de la vuelta de su casa y decidí ir por unos, no ha comido nada en tres días y siente un poco de resaca. Pero su sudadera con capuchón le oculta el rostro, Robert no quiere saludar a nadie, no quiere ser identificado. Inevitablemente, al llegar al puesto de Kebabs, el vendedor lo reconoce y lo saluda. Robert le pregunta si tiene cerveza alemana y le pide tres kebabs, dos para llevar y uno para comer ahí. La cerveza llega junto al alimento tipo árabe. Robert lo ingiere sin mucha avidez, como si acabara de estar en un buffet y el kebab fuera sólo un remate aperitivo. El cocinero, que se llama Al Jalil, le da su envuelto con los otros dos kebabs. Robert toma el paquete, paga la cuenta, saca de la bolsa de papel una botella de whisky, la abre y se va a su casa bebiéndola. Fue una mañana soleada y la luz de este otoño no es similar a la que atraviesa el río más allá de la ciudad.

 

Sin el teléfono

Abre la puerta, sus llaves caen al piso, ella corre al baño. Llega, abre la puerta, desabrocha su pantalón y lo baja junto sus calzones. Se sienta. Ha dejado su bolsa en la mesa de la entrada. Las ventanas están cerradas y las cortinas descorridas. Son como las 5 de la tarde. Ha llovido. Una leve oscuridad comienza a incidir en el departamento. Es la planta alta, la más alta del edificio. Mientras orina piensa que el señor de los jugos es buena persona, recuerda que debe ir a comprar la despensa, y de pronto un pensamiento la ataca como flash: olvidó decirle a Jacinto que había cambiado de teléfono. Pasa menos de un minuto. Se levanta, sube sus calzones y sus pantalones. Abrocha de nueva cuenta el botón. Se dirige al lavabo, abre la llave, toma el jabón. El agua cae lenta y está fría. Se observa un momento en el espejo mientras se lava las manos. Nota en la repisa superior la falta de toallas femeninas. Debe ir por la despensa. Piensa en hablarle a Jacinto. Sale del baño y con un caminar como de gato marcha a la cocina.

La última vez que se puso falda estaba muy lindo el día. Puso agua para té, abrió las galletas alemanas que le regalo Claudia, tomó una copita de anís y abrió el periodico en la sección de cultura. Leyó la nota donde se hablaba de la última colección literaria en donde su ex, Antonio, iba a publicar su novela, la que decía era su obra maestra. Ella creía que Antonio debía ser mucho más pendejo que cualquier escritor promedio siempre que había aceptado el contrato con una baja remuneración y regalías variables. Pero así era él, por eso habían terminado. Después leyó sobre la presentación del maestro Jean Françoise Marmontell en el foro del Museo Nacional de Arte. Repetía para sus adentros que seguir trayendo a la intelectualidad francesa a costa de los creadores nacionales era importar basura de las generaciones traumadas por el muro de Berlín. Rió un poco al saber que al maestro Marmontell se le habían roto sus anteojos recién comenzaba su presentación y que tuvo dificultades para realizarla. Una nota más leyó mientras dejaba reposar su té de jengibre, recomendación de su compañera de la maestría de Historia, esa donde encontró que su profesor universitario, Rogelio Pedraza, había recibido el premio al mejor trabajo académico del año por su investigación sobre los flujos migratorios e intercambios económicos entre los Hopis de Nuevo México y los Apaches durante el siglo XVIII en el septentrión novohispano. Se detuvo, sin evitar dejar en el aire una sonrisa por su mentor y amigo, a quien pensó llamarle en el instante. Había apagado ya el té, comido un par de galletas y leído esas notas. Se despidió de la cocina con la gratitud de una alumna que encuentra el premio de ser aprendiz de un gran historiador.

Doblo a la izquierda y en el pasillo haló una silla junto a la mesita, descolgó el teléfono y de memoria marco el número de Rogelio Pedraza. Tuuuuuu, Tuuuuuu, Tuuuuuu: Hola, estás hablando al 56436789 por el momento no estamos en casa, deja tu mensaje. Ante la respuesta de la contestadora, dejó un saludo, un abrazo efusivo y la solicitud de un café en alguna fecha no muy lejana. Colgó de nuevo e intuyó que su profe Rogelio debía estar pasando el fin de semana en Cuernavaca. Dejó en el aire una nueva sonrisa y pensó en Jacinto, en hablarle. Desando el camino del pasillo, doblo a la derecha, entró a la cocina, abrió un estante, tomó una tasa, la puso en la mesa, se acercó a la estufa y con un trapo sostuvo la tetara caliente. La aproximó a la mesa para dejarla encima después de servirse su tasa de té. Se dio cuenta que no tenía miel para endulzarlo y dijo para sí misma, que bueno que Jacinto no tiene mi teléfono.

Sala de cine

Una fila no muy larga. Una sala de cine. Todos jóvenes. Hombres y mujeres. Por ahí quizá algún visitante más allá de los 30 pero nunca más allá de los 50. Vestidos ordinariamente. Todos, ahí. Una sala de cine donde no se venden alimentos. La amplitud del lugar y las butacas cómodas. Ella de ojos grandes y pechos redondos, curvilínea. Él barbado, con frac y anteojos. Todos formados aguardan la señal para ingresar a la sala de cine. Entran lentamente. Antes de ingresar deben desnudarse. Uno por uno se retiran sus prendas, se deshacen de sus ropas en la antesala. Retoman la fila. El boletaje está numerado pero cada quien tiene un sitio según ha ido llegando al lugar. Desnudos entran y toman sus localidades. Se hace una obscuridad como de noche de tormenta y empieza la función.

Ella está sentada junto a él. La proyección inicia. Con la luz que se refleja él voltea a verla y le pregunta sí en el clímax puede hacerlo con ella. Ella menea su cabeza afirmativamente, lo toma de la barba, y le da un beso mientas con su mano toma su pene un momento. Él tiene una erección pasajera. Se separan y vuelven su vista a la pantalla. Una sala de cine, una multitud desnuda, reunidos ahí para tener sexo.

La película llega a su clímax y ella y él vuelven a tocarse. El resto de los concurrentes ha escogido también a su pareja, que por lo común es en este tipo de reuniones la persona del asiento contiguo. Luego empieza la sinfonía de gemidos. La ternura se desborda. Todos son un estrépito de caricias y apasionados besos. Hacen lo suyo. Él a media luz toma sus senos y la sienta en su falo. Ella dándole la espalda se mueve de arriba a abajo, como haciendo flexiones. Voltea y lo besa, mientras siente las manos de él en su pechos que la aprietan. Todos han elegido posiciones distintas, pero todos y todas se retuercen en la gimnasia amorosa. Después llega la quietud y el descanso.

Pasan los créditos. El director es el mismo de la última vez. Sus películas son muy lentas. Pero sirven para la ocasión. Los asistentes se incorporan y lentamente se dirigen a la antesala por sus ropas. Una vez vestidos la congregación se diluye. Él con su frac sale a la calle y se dirige a la esquina. Ella lo reconoce afuera. Sin pensarlo corre hacia él. Lo detiene. Él voltea. Ella lo besa, toma sus manos y las coloca en sus senos, sobre su blusa. Él le dice que la función ya termino. Ella lo sabe. Le da otro beso y le recuerda -te veré aquí mañana-. Se despiden y toman direcciones opuestas. La próxima función quizá tengan otra pareja.