Lectura en el ahora: el periplo italiano de Elena Croce

Dentro de una actitud crítica y con una elaboración de juicios bastante prometedora la estudiosa italiana ofrece un recorrer la idea de la narrativa italiana de finales del medioevo y los albores del renacimiento. Recabar un corpus de obras, donde encontrar a los clasicos italianos, implica un esfuerzo de historiar la literatura frente a postulados tradicionales que niegan la existencia de una narrativa italiana en esta temporalidad. Y en la revision de Croce, que pasa por Settembrini, no faltan Dante, Bocaccio, Ariosto, Boiardo, y otros muchos prosistas italianos. La lectura implica el esfuerzo de interpretar comparativamente la narrativa que surge en España, Francia y Alemania, por ejemplo, con las producciones italianas. Ágil, documentada, inquietante y convidadora, la lectura de Croce esparce huellas de una tradición literaria que no se cifra necesariamente en el canon nacional italiano sino que muestra los lados flacos de dicha elaboración. Aguda, atenta, plena y contagiosamente crítica, la andanza que ofrece este periplo nutre la comprensión de la literatura italiana en sus expresiones cuentisticas, novelísticas y prosísticas, que establecen un gusto y una creatividad inteligente mayor a la construcción identitaria de la literatura   referente a Italia como nación.

Especie de contacto

Caminaba lento aquella tarde, como si una hoja desprendida de un árbol cayera en el otoño, aunque la primavera relucía su magna frescura y delicado reverdecer. Eran las 6 pm y aguardaba un momento para retomar su lectura. Su libro, de poesía checa, la hacía pensar que nunca llegaría el momento en el que un ser amado pudiera tocarla. Pero resistía a los versos y a las tempestades de la adolescencia, guarecida en la concupiscencia de literaturas exóticas o al menos de difícil hallazgo. Tenía en su mente la libreta donde llevaba un diario, que a diario nutría con pasajes de cuentos y leyendas germánicas, porque creía firmemente en la decisión de estudiar en Alemania, aunque sus padres no estuvieran de acuerdo. Y cada mañana se rebelaba a los huevos fritos y estrellados, cada mañana despreciaba la malteada de banana, cada mañana se decía, prefiero un poco de té verde nipón que estos desayunos agobiantes de triglicéridos.

Al dar la vuelta en la esquina de  la calle Franklin, dirigiéndose al parque de las Naciones, noto tardíamente que su libro, en el bolso de su chamarra, estaba doblado de una página. Pensó para sí que había sido un descuido introducirlo en su chamarra. Lo saco de ahí y decidió seguir su caminata leyendo un poco. Al abrirlo, el libro estaba en blanco. Desconocía los fundamentos propios de la teletransportación, desconocía la desmaterialización textual, pero intuía que todo era parte de una reseña literaria de un universo desconocido. Cerró el libro, ya no sorprendida sino entusiasta, caminando en busca del parque de las Naciones, donde finalmente encontró una banca y destellando sus ojos miró el atardecer. El libro se había vuelto una hecho mágico, que le hablaba de lo perenne de las mutaciones, de sus inexorables filias por el ritualismo textual, por la vivencia, a sus 17 años, del enciclopedismo letrado universal. Recordó que una vez había rechazado leer a Góngora, que había preferido omitir a Garcilaso de la Vega, que tampoco le había gustado nada del siglo de oro español, de lo que conocía, que prefería a Shakespeare y a Bacon y la tradición inglesa, porque leer en inglés le había abierto las puertas al viejo continente.

Se detuvo en una banca del parque de las Naciones y después de admirar el atardecer, volvió a sacar su libro y noto, ahora sí asombrada, que las letras de sus páginas habían vuelto. Todo parecía un conjuro divino, un acto de magia, que de soslayo le hablaba de su aura luminosa, de como ascender, mediante un numen checo, al portal de la trascendencia, la había convertido en un ser, testigo y hecho, de la transmutación textual, de la teletransportación letrada hacia lo blanco, lo puro, lo irreal de la desaparición. Pensó para sí que todo había sido una especie de orfandad momentánea, recordó alguna novela de Hermman Hesse o de Thomas Mann, añoró entonces los paraísos urbanos de Berlín o de Viena, y refunfuñó para sus adentros los últimos versos que recordaba de Rilke. Con el libro abierto frente a su cara, reconoció las grafías de Borges y sus ecos en aquel escritor checo que hablaba del infinito y la eternidad, del olvido y de laberintos compendiosos del ser y la nada. Leyó para sí un último poema de aquel poeta checo y con su vista entornada por lo vivido aquella tarde, desando sus pasos y volvió a casa, donde le aguardaba una noche más de sueño y esperanza, para despertar a la horrenda pesadilla de los huevos fritos y la malteada de banana, aunque quizá eso también pudiera desaparecer un momento para que ella fuera feliz.

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Causas

Cuando Efigenia azotó la puerta aquella tarde, Raúl supo que algo se había roto para siempre. ¿Fueron las constantes llamadas perdidas un síntoma de la evasión que hizo a Efigenia surcar los mares de la furia? Raúl cursaba el último año de carrera y ella había sido el amor más plácido y más extremo que hubiera tenido. Al salir del departamento de Raúl, Efigenia entendía que no habría marcha atrás, que todos esos años invertidos en lecturas compartidas, comidas mediterráneas y películas de arte acababan de irse a la basura. La borda a la que remitía los esfuerzos de 6 años de noviazgo parecía una maleza púrpura carente de algún atisbo de ternura y luz. Aunque Efigenia mantuvo en alto la frente, dentro de sí un sentimiento erguido asemejaba su vivencia reciente a una ostra lista para el caldo. Tomó de su bolso las llaves de su auto y decidida a no caer en el impulso de emborracharse, a medio llanto y gimoteando, subió en el vehículo. Antes de arrancar se detuvo en el asiento un momento para ojearse en el espejo retrovisor. Se preguntaba qué podía ser tan malo en ella como para que Raúl no le hubiera prestado atenciones en las últimas 3 semanas.

Detuvo el llanto, limpió su rostro de lágrimas, se arregló el cabello y encendí el automóvil. Comenzó entonces su peripecia urbana, sin rumbo fijo, sin destino. Pensó en visitar a Mónica, contarle todo, desahogarse, pero en cambio se dirigió a ver a Sebastian. Cuando tocó el timbre del departamento se escuchó en el interfón la voz rasposa y aguardientosa de Sebas. En ocasiones él le regalaba bolsitas de cocaína o marihuana cuando estaban de fiesta, aunque Efigenia prefería tirarlas a la basura después de haberlas probado varias veces y no comprender la finalidad de emplear el contenido mágico de las bolsas para recrearse. Sebas bajó del quinto piso, en bata, despeinado y como recién despierto. Abrió la puerta a Efigenia, le hizo una seña para que pasara y le preguntó si estaba bien. Efigenia no dejaba de pensar en las últimas vacaciones al lado de Raúl, cuando fantaseaban con concluir la carrera y hacer un posgrado becados en el extranjero. Ahora todo era una nube de tristeza y desolación. Sabes le ofreció un poco de agua, la hizo sentarse en la sala y le dijo si había problema en que fumara algo de yerba. Efigenia contestó con la nostalgia desnuda: Sebas, terminé con Raúl. El amigo fiestero, alternativo y hippy de Efigenia vislumbró en su rostro el terco deambular de los recuerdos. Aguarda, ahora vuelvo, respondió. Efigenia veía en derredor suyo como extraviada en un laberinto de pulmones secretas e inconscientes que nombraban su desgracia con el mutismo de un espejo. Sebas volvió de su cuarto, cargado de un bong, lleno de agua. Traía en sus manos una bolsa de tela. De ella sacó un bonche de mota, la puso en la rejilla del bono y le dijo a Efigenia: mira mujer, Raúl es un buen partido, pero también es un terco, anda, fuma conmigo. Efigenia se sentía inmersa en una especie de sopor, entre el entumecimiento del alma por los eventos recientes y la idea de pertrechar su alma en los impulsos ocultos que la acometían. Está bien, fumemos, agregó Efigenia. Sebas prendió el artefacto fumatorio y ambos fumaron plenamente aquel material que venía desde Michoacán. El ambiente se relajó, Efigenia rompió en llanto y Sebas se acercó a abrazarla. Quedaron un largo rato en silencio, mientras los efectos de la yerba hacían a Efigenia creer que todo era pasajero. Pero no había vuelta atrás en el tema de Raúl y ella lo sabía.

Pasarón tres horas en las que Efigenia, después de haber fumado constantemente, llorado y confesado su dolor y tristeza a Sebas, se había finalmente quedado dormida. Sebas se duchó, se puso rompa limpia y fue al Oxxo por unas caguamas y cigarros. Cuando volvió encontró a Efigenia despierta y algo ansiosa. ¿Quieres un poco de cerveza?, agregó. Ella respondió que sí, pero que debía volver a su casa manejando. Pasaron dos horas más, conversando de música, de vídeos y payasadas televisivas. Después de eso Efigenia volvió a su casa. Cuando llegó había un mensaje de Raúl en su teléfono, el cual había apagado todo este tiempo, que decía: Efi hermosa, no te pido perdón, te pido que regreses. Efigenia tomó su teléfono y le marcó a Raúl. La llamada no entraba y remitía al buzón de voz. Entonces dejó un mensaje a Raúl: te equivocas conmigo, pendejo, no vuelvas a hablarme.

La noche iniciaba su trayecto y Raúl sabía que era tarde para ellos. Efigenia se duchó, tomó un té con galletas de chocolate y empijamada durmió tranquila, después de fumar lo de una bolsita que le dejó Sebas aquella tarde.

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Charcos

Esta es la mañana que nos habita, como nosotros somos trozos de papel incinerado. En el ahora, diluido entre cobijas y persianas, duermes. La lentitud presencia nuestro atisbo amoroso, entraña misma de una noche donde nos desvencijamos por el miedo a la soledad mutua, donde caímos en la torpeza de amar, de indagarnos, de perfumar una porción de universo con el aire mismo de nuestro esfuerzo amatorio. El sol ha salido ya desde hace 40 minutos. Desperté, intentando omitir que te irías pronto aquella mañana. En la cama voltee a verte, me inmiscuí en el escrutinio preciso de tu perfil, en la pesquisa perecedera de tus ojos cerrados, de tu torbellino de aliento que me rompió la noche anterior los paños mismos de mi pesadumbre. No puedo si quiera creer que en un par de horas ya no estarás más aquí. Y aunque todavía duermes en mis brazos, ya me siento solo de nuevo.

La lluvia anoche nos hizo beber whisky y fumar un porro en la calle, precipitados, envueltos en la mística psicodélica del barrio rojo donde nos encontramos. Todo fue un simulacro de ausencias, porque al final de los tragos, al final de la rumba, nos decidimos pronto a huir a mi casa, a perdernos lentamente en los besos que nacían ya, como golondrinas volando hacia el sur cuando llega el invierno. Nos precipitamos también en el taxi, siempre que tu boca —boca de arena y marejada de emociones— narraba tus peripecias en el mercado, en un callejón donde compraste tus inciensos, en el trolebús donde dijiste recordar el rostro de un niño que dormía plácidamente. Ese vehículo, ese taxi, donde la emoción traslucía tu mirada, donde mis manos anduvieron tus muslos, donde te desabotonaste la blusa y me dijiste que te besara como si fuéramos esposos y amantes desde hace miles de vidas. Teníamos 40 minutos de habernos conocido y éramos felices. Todo el trayecto me tocaste entre las piernas, mirando mis ojos con picardía y atrevimiento, hasta que susurraste en mi oído —te la quiero chupar hasta el fondo— y el taxista nos veía como dos extrañas islas de sentido, de emociones, de sexos entreverados con la noche. La tormenta duró hasta las 4:40 de la mañana y nosotros seguíamos amándonos, seguíamos explorando la infinita faz del caudal sexual. Tarde comprendí que no podía enamorarme, que debía mantener mi fuero interno intacto, porque después de comernos, me di cuenta que tenías los ojos más extraños y hermosos del mundo, los senos más morenos y torneados del planeta, la boca más sensual y el aliento más exótico de todos. Tarde porque eran las 6:30 de la mañana cuando finalmente quedamos dormidos los dos.

Nos contamos de todo mientras nos amábamos: anécdotas juveniles, sitios de interés, deseos y traumas, eventos importantes, todo lo que nos hace ser lo que somos. Enfrente de nuestra unión, en el territorio del sueño a tu lado, exploré también los efímeros paraísos de haberte amado con tanta enjundia y furor. Soñé que viajábamos a la India y que nos dedicábamos a vender nueces en un mercado de Coyoacán. Fueron los coloridos detalles de mi sueño los que me hicieron despertar súbitamente. Te encontré dormida y me fue posible evitar saber que seguías a mi lado. En poco rato te irás de mi vida, te irás y te llevarás la felicidad más grande que haya tenido, la ternura más trémula y la osadía más afortunada que me hubiera alcanzado a vivir. Sé que fuimos un cosmos, igual que los charcos que están ahí afuera, después de la tormenta, y que reflejarán tu andar, cuando yo haya hurgado en mi piel para encontrar tu perfume. Sé que te irás y me despediré dándote las gracias por haber desinhibido mi psique y mi cuerpo. Y los charcos se evaporarán pero durarán hasta la tarde y entonces sabré que no fuiste un sueño, sino que me deje llevar por el soñar tuyo de aventuras y regocijo.

Si un día

Lo piensas, constantemente, te detienes. Intentas argumentar a favor o en contra. Nada consigues. Es ridículo creerlo, esa obsesión truculenta, ese instinto refrenado, eso ego capturado. Cada mañana te levantas, haces tus ejercicios matutinos, desayunas ligero, evitas el café, te duchas, tomas tu bicicleta, vas a trabajar. Al medio día, en el lunch, notas que a Gabriela le gustas tanto como a Magda, pero evitas ser directa. Tarde o temprano tendrás que darles el sí, quizá a una o a las dos. Como toda ejecutiva llevas falda y traje sastre. Has olvidado lo que es el sexo y desde que conociste a Natalia, esa que te abrió las piernas y te chupo los pezones, no paras de imaginar lo que sería una Gabriela o una Magda en tu poder.

Una tarde, ya de horas extras, Magda pasa a tu oficina. Lleva el botón de la camisa desabotonado. Te comenta que quiero mostrarte los avances de un proyecto. Tú pensabas en irte ya, sobre todo para no volver de noche con tu bicicleta. Adelante, puedes pasar, contestas. Entonces Gabriela sale de tu oficina y te comenta, volveré en un momento. De pronto, zaz, tu pesadilla erótica vuelta realidad. Ahí están Magda y Gabriela para presentarte los avances del proyecto. ¿Dudas acaso que no quieran coger contigo? A ver chicas, ¿es más extenso el proyecto?, les preguntas después de media hora. Estás húmeda, pero sobre todo contenido. No puedes olvidar los pechos de Natalia en tu boca, pero haces un esfuerzo por no parecer erotizada. ¿Podríamos ir a cenar a alguna parte? Replica Gabriela. Todo confabula. Está bien, tómense el día de mañana, cenamos hoy juntas y me muestran sus avances, volveré a casa en taxi. Todo en orden.

Acabas de subirte al tercer taxi de la noche. En la parte trasera Gabriela, Magda y tú. De pronto las copas ya son notorias. Muy buen proyecto chicas, excelente propuesta, pero falta algo. Entonces aprovechas el silencio, el suspenso generado. Les voy a dar una orden y si la cumplen seguimos si no las veo el viernes. Ese miércoles habías postergado tu regreso al gym después de una lesión y ahora estabas fogosa y atrevida. Desabróchense los tres botones de arriba  y muéstrenme sus pechos. Gabriela no lo piensa, incluso toma tu mano, que vas en medio de las dos, y te la pone en su seno. Magda se acerca y te dice: llevo meses queriendo besarte. Todo va bien. El conductor del taxi de pronto voltea por el retrovisor y no da crédito. Todo está en orden. Son 160 pesos. Pagas el taxi y las tres bajan en tu casa. Adorable tu gata las recibe en el visitador, se adentran en el pasillo y entonces das rienda suelta a tus instintos. Todos tus años de represión afloran en un trío inmensamente erótico, divertido y sensual. Hasta que olvidas todo y te precipitas: escuchen chicas, yo las amo, yo las adoro, no perderán su trabajo. Y Gabriela te ve con complicidad, y Magda te ve con complicidad, y tú ahí, masturbándolas. Pasan las acrobacias y los esfuerzos. Finalmente eres feliz, aunque mañana tú si vayas a trabajar y Gabriela y Magda no.

El número después del 42

La lógica implícita a toda búsqueda urbana parte de un conocimiento más o menos cercano de la realidad empírica de la ciudad. En sí, todos sabemos muy bien de qué forma debemos conducirnos en un lugar que desconocemos. Inclusive pensar en extraviarse en un sitio extraño es uno de los principales temores cuando vamos  viaje. Lo que cuenta es el instinto de supervivencia.

Caminaba aquella tarde por un barrio de Ámsterdam. Tomaría un tren que me llevaría hasta Berlín. Estaba todo listo. Eran las 18:49 horas y me esperaba un viaje en clase turista. Eso me hacía pensar en la notoriedad de mi acento mexicano y peor aún, considerar que debía hacer algo con mi bolsa de chiles de árbol que introduje clandestinamente en mi viaje a Europa. Todo iba bien. Tenía cerca de 4 horas para despedirme de la ciudad de los burdeles, la marihuana y los canales. A mi parecer había sido grato estar ahí, conocer el museo de Ana Frank y el de Vicent Van Gogh, andar en el recorrido por los canales, visitar Madurodam, tomar cerveza, ir a las coffee shop, pasar con dos o tres chicas en los burdeles y conocer la vida nocturna. Todo había sido bastante acorde con mis intenciones iniciales de empezar mi viaje europeo por el sitio de los diques. En una de esas noches conocí a una chica llamada Katherine que vivía en un barrio cercano a la estación de trenes. Me dirigí directamente a buscarla a Grote Wittenburgerstraat #42, con la firme intención de comer algo con ella en un Pub cercano y de tomar una cerveza. De esa forma estaría cerca de la estación de trenes y podría al menos pasar un último momento grato. Pero falta la sorpresa más áspera de la tarde. Cuando me dirigía al sitio un par de junkys me asaltaron. Murmuran algunas cosas entre sí, me despojaron de mis pertenencias, incluido mi pasaporte y boleto para viajar, dejándome conmocionado y con un fuerte dolor de estómago después de algunos golpes que me propinaron. Por fortuna no había salido con todo y había dejado en mi maleta del hotel mis tarjetas bancarias. Pero se habían llevado mi pasaporte y mi boleto, lo cual era bastante grave. Sorprendido y sin saber qué hacer decidí proseguir en mi búsqueda de Katherine. Llegué a su casa, toque su timbre y aguardé una respuesta. Katherine abrió, me saludo sorprendida y en un inglés pulcro me invitó a pasar. Le conté que había sido asaltado y que había perdido mi boleto y mi pasaporte, que tendría que suspender mi viaje y hablar a la embajada mexicana. Ella se mostró dispuesta y solícita a ayudarme. Pero tendría que pasar otras tres o cuatro noches en Ámsterdam indudablemente. Entonces Katherine me dijo que podía quedarme con ella. Todo fue muy de prisa así que en vez de ir a cenar y por las cervezas nos fuimos por mis cosas al hotel. Me sentiría más seguro, pensé, y podría hacer todo con más calma. Lo que no esperaba, tampoco, era que ella intentará comprometerme a pagarle con sexo mi estancia. Titubee por un momento pero no parecía algo tan malo. Sería divertido pensé.

Después de el cambio a su casa todo fue una vuelta tras otra. Entre cervezas, marihuana y posiciones sexuales, Katherine y yo pasábamos la noche. Comimos algo de salmón frito, papás y espárragos con mantequilla. Ella calló dormida y cuando estaba a punto de hacerlo también escuche en la pared del departamento de al lado un rumor que crecía crepitante. Wat ben je aan het doen? decía una de las voces en un holandés que para mi era accesible. Geef mij hier dat paspoort replicó la otra voz. Todo era muy extraño, especialmente por el aumento de volumen en la discusión. € 800 niets mis dijo un tercero. Todos parecían hombres. Decidí,en lugar de conciliar mi sueño, acercarme al balcón y ver si podía saber algo más de este trío. Sospechaba que se trataba de los junkys rateros y quería estar seguro para hablar a la policía. Sin embargo, Katherine se despertó bruscamente. Le dije que había escuchado a unas personas hablar en holandés en el departamento de al lado hablar de un pasaporte y de 800 euros. Creía, proseguí, que se trataba de los junkys que me habían robado aquella tarde. Katherine me abrazo por encima de los hombros, me estrechó a su cuerpo y me dijo: no pongas mucha atención, ellos saben que estás aquí. Su declaración fue un golpe a mis intentos de denuncia. Estaba perdido. ¿Seguramente eres su cómplice? le dije. Ella asintió pero agregó: son mis cómplices porque te necesitaba junto a mi. Me pareció sorprendente, aún más. Le pregunté si me devolverían mis cosas. Respondió que ahora no habría forma de que yo escapara de sus manos. La confabulación había surtido efecto y mi vida parecía perdida. Te usaré algunos meses, me dijo, y luego venderé tus órganos. Violentamente me la sacudí de los hombros, la aventé a la cama y comencé a vestirme. Eso era una pesadilla, que podría ponerse más grotesca y atroz. Pero cuando me había vestido los sujetos de al lado ya estaban en el departamento. Me amordazaron y ataron a la cama, me inyectaron algo, creo que fue heroína, y Katherine comenzó a desnudarme de nuevo. Tuve una erección y de inmediato ella comenzó a utilizarme como su juguete. Estaba aturdido y quería escapar, pero no tenía alternativa. Tuvieron que pasar 8 semanas para que la policía me encontrará, tirado, en un basurero, cerca de Distelweg. Habían logrado atrapar a Katherine y sus amigos. En la embajada me trataron de maravilla. Los hombres eso eran bisexuales y a mi me esperaban 5 años de terapia psicológica. Nunca regresé a Europa y doy gracias de no haber perdido más que un ojo y uno de mis riñones.

Nano narración alpha 3.6

Nadie conseguía perturbar su semblante, hasta que empezó a llover y supieron que ella era la primera lluvia del verano.

La nota

Anselmo caminó lento toda la tarde, por el parque, como introspectivamente se cobijaba en excusas. Anduvo queriendo conocer sus motivaciones más profundas, quería saber las razones por las que Andrea, su novia, lo había orillado a realizar actos como los de la semana pasada. Meditativo, con una bufanda de lana y su abrigo, Anselmo sabía que el problema no era haber engañado a toda su familia, sino que desconocía a Andrea en una manifestación clara de inseguridad. Y se preguntaba, con ahínco, si todo saldría como ella lo esperaba. Habían mentido juntos, a todos y cada uno de los miembros de la honorable familia Robles. Andrea tenía 3 meses de embarazo y se iban a casar hasta noviembre. En 4 meses seguramente la panza sería notoría. Anselmo no estaba dudando del amor de Andrea ni tampoco dudaba del tinglado que habían montado entre los dos. Dudaba de decir una cosa y hacer otra, de decirle a su familia que se iban a casar sin decirles que Andrea esperaba una criatura. Saco de su bolsillo los cigarros, tomo los fósforos, agarro un cigarro y encendió un cerillo. Las bocanadas lo tranquilizaron un poco, después de deambular por el parque como sonámbulo y perdido en el diminuto dilema de las explicaciones sociales. Entonces sonó su celular. Del otro lado Andrea le habló y con voz suave le dijo: mi amor, ¿dónde has estado toda la tarde? No tardes en llegar a la casa, al menos para la cena. Anselmo, sólo respondía afirmativamente, monosilábico, perdido. Sí, sí, llegaré a tiempo, remato. Y colgó. Todo el ruido de la urbe se avecinaba sobre sus orejas, todos los pasos dados aquella tarde le recrudecían una culpa ínfima y pecaminosamente nimia. Entonces Anselmo tiro lo que quedaba de su cigarro, se dirigió a la esquina y detuvo un taxi. A la calle 49 esquina con Díaz Ordaz. El taxista asintió y de inmediato Anselmo se sintió víctima de un capricho femenino. Como si aquella caminata, aquella tarde, hubiera hecho a Anselmo más viejo y menos decidido, todo el camino indagó en sus adentros qué decirle a Andrea. Debían ser sinceros con la familia, debían decir que esperaban un hijo. Anselmo se convirtió entonces en una especie de héroe decidido, convencido, de arremeter a Andrea con una sarta de coralinas para hacerla recapacitar. El taxi se detuvo nuevamente. Son 60 pesos señor. Anselmo sacó su billetera y liquidó su viaje. Bajo precipitado del coche, cerró la puerta y se dirigió a la entrada de su casa. Eran las 7:15 de la noche y la oscuridad permitía distinguir, en la sala, las luces de la lámpara de la mesita, donde, Anselmo pensó, Andrea debía estar. Entró a su casa, colgó su abrigo, vociferó un par de veces el nombre de su amada. Andrea no contestaba, todo era silencio. ¿Andrea? ¿Andrea? ¿Dónde estás mi amor?. Ninguna respuesta. Anselmo pensó que debía haber salido a comprar algo. Subió las escaleras y encaminándose a su cuarto se fue convenciendo más y más de lo necesario que era ser sinceros con su familia. Entró a la habitación, aquella donde según sus versiones habían concebido a su futuro heredero o heredera. Rápidamente fue al baño, al tiempo que encendía otro cigarro. Al salir se helaron sus pensamientos. En la cama había un sobre que decía su nombre. Eso lo sorprendió. Tomó el sobre y lo abrió precipitadamente. En su interior había una nota que decía: Anselmo, no te amo, el hijo que espero es de David y no tuyo… He decidido marcharme con él. Al menos podrás decir a tu familia que te he abandonado y no tendrás que decirles que esperabas un hijo conmigo, un hijo que no es tuyo. David y yo nos iremos de la ciudad. Disculpa. Atentamente. Andrea. Anselmo se sentía derrumbado y gradualmente aliviado. Ahora sabía que su mejor amigo lo había traicionado y que no tendría que afrontar el bochorno de aclarar las mentiras con su familia. Bajó a la cocina, encontró una botella a de whisky, tomó un vaso y colocó en él algunos hielos, justo para servirse un trago. Encendió otro cigarrillo y entonces dijo para sus adentros: siempre supe que esto pasaría.

Nano narración 2

Trepó los libreros para leer el libro más exquisito de la biblioteca pero al caer murió desnucado. No leyó el tomo y la ambulancia recogió su cadáver pero el libro fue robado por una virgen de 17 años que aprendió técnicas ancestrales de embalsamamiento.

La cuadratura del armario

Era un nido total cuando jugábamos a las escondidas, era también el sitio donde esconderse de los ofensivos rayos de luz, pero además escondía una multitud de trapos, trajes, vestidos y ropas que nos hacía pensar que un día ser adultos nos haría ir de compras y tirar todo ese tilichero. El armario estaba hecho de encino con caoba y era un mueblo heredado al menos de 6 generaciones. Todas las navidades la última historia familiar que nos era contada era la del armario que teníamos en el cuarto, un armario que había sido hecho para Luis XVI pero que unos piratas holandeses robaron y trasladaron hasta las Antillas. Lo demás era una círculo vicioso de la grandeza familiar. Pero en 1956 había mucho más que un intento por mantener viva la armadura de una historia que de vieja parecía agria. Al final de cuentas el mueble había resistido ya 2 siglos y estaba en perfecto estado. Por eso Daniel, mi hermano, quiso ser ebanistero y pasar sus días dedicado a la conservación de muebles antiguos. Yo en cambio me escondía en el armario para tocarme mis genitales cuando tenía 14 o 15 años. Ahí podía tocarme a gusto y además sabía que no tendría consecuencias fatales si era descubierta pues podía argumentar que estaba pobrándome el vestido de novia de la abuela Lorena. No sé, pero hoy que me ha llegado la noticia de la muerte de papá en lo único que puedo pensar es en quemar ese viejo mueble. Mi hermano Daniel está de acuerdo y sólo nos falta el consenso de mi otro hermano, Fabian, para que al fin podamos tirar al infierno ese vejestorio que debió ser quemado el día de la toma de la Bastilla. Lo único que puede salvarlo es que mi prima Patricia nos llegué al precio. Daniel dice que un mueble como ese debe valer cerca de 350 mil pesos, por la antigüedad y el buen estado. En todo caso prefiero pensar que papá murió poco después de ponerse su traje más elegante al haberlo tomado de ese mueble rancio. Quizá sería mejor dejar de considerarlo un objeto de repudio y tal vez los tequilas que me tomé, el dolor y la tristeza por la muerte de papá y la pesadilla de que mis hijos estarán fuera de la escuela 3 días por el funeral y esas cosas me hacen perder el sentido de este monólogo. Qué más da, al final de cuentas sí me quede con el vestido de bodas de la abuela. El mueble puede muy bien servir de leña para un calentador de paso.

Nano narración I

Tener el camino pendiente era una forma de perder el paso al trotar por la cornisa del imperfeccionado mutismo en el salón de clases a las 7 am. Primer día en la Universidad y todos sabían que ya había tortillas para los tacos de la bienvenida.

La moneda de Shanghái

Todas las calles del mundo están llenas de baratijas similares, de envoltorios similares, de periódicos deshechos, de un registro de pisadas incesante. Hace tiempo, cuando la vida era predominantemente rural, la función de las calles era otra. Ahora su función parece un símil porque las calles son como mercados extenuantes y porque además responden a un algo mucho más grande que los diseños urbanos de Vitrubio. ¿De qué símil puede tratarse cuando se habla del campo? Los historiadores dicen que es el antiguo régimen, en el fondo se trata de una metáfora de formas de vida más próximas a los ciclos de la naturaleza. No por nada las calles representan la conjunción precisa de multitudes constantes y diarias. Eso que llaman modernidad, eso mismo, eso que es transitar por sitios con luz eléctrica y drenaje, con goteras y charcos de aguas sucias. Contra las novedades luminosas de Ginza o Times Square, los escenarios de los bajos mundos se localizan en la anatomía urbana oscura y tenebrosa de las favelas de Río de Janeiro o los campamentos de pepenadores en las cercanías del Distrito Federal o de Buenos Aires. Luz y oscuridad, parámetros confusos de una regla extremosa, estratificación infinita de la ciudad y sus habitantes, algunos de los cuales viajan en primara clase por Continental Airlines y otros que ni siquiera logran pagar el microbus o el boleto de subte. Pero en La Habana —tenía que ser en La Habana— los caminos que esconden el ron, los cigarros y las mulatas, entre el mar y el malecón, entre el gua guanco y el son, abren en un punto la gota de felicidad que supera ver cualquier cuadro de Vilhelms Purvitïs o de Rodolfo Abularach.

En 1989 no estaba seguro de tener un trabajo fijo. Es más, las ciudades me daban miedo. Estaba en su máximo esplendor el tema de ETA. La perestroika desmoronaba los residuos de un comunismo ya agrio y caduco. La Comunidad Europea arrancaba un atisbo de consolidación. Yo no podía ni quería dejar mis campos de arroz en Lao Cai, no podía dejar mi pasión etnográfica, menos aún renunciar a contar la historia de la invasión china. Mi beca Fulbright aún estaba vigente y la traducción al catalán del trabajo de Nigel Barley, traducido y publicado al español por Anagrama al poco tiempo, me daba algo de créditos y unas monedas por derechos para hacer una vida dedicada a mi investigación. ¿Algo más? Tenía una cámara Sony Handycam de 8mm. Hacía excursiones en la provincia hacia Batxat, Sapa y Moungkhuong, realizando grabaciones con el fin de registrarlo todo para mi gran documental sobre la frontera entre Vietnam y China al concluir el siglo XX. Como una ostra abierta de pronto me encontré desnudo ante mi destino. Una llamada de la American Anthropological Association cambio todo de golpe. Era Phill Williams quien me hablaba para pedirme que fuera a Boston con urgencia. Algo había pasado. Phill pedía que olvidara la aventura oriental: —¿Quién diablos crees que eres? No he terminado mi grabación y mi etnografía está incompleta, ¿qué te pasa?— respondí con una ira auténtica y rotunda. La suya fue una respuesta más bien contundente: —Michael, Rebeca está grave de salud y quiere verte, me ha dicho que debe pedirte algo último—. Entonces, con el corazón sorprendido y los ojos llenos de lágrimas, tuve el valor de colgar, empacar mis cosas y buscar la manera de cruzar el pacífico. Fue eso lo que me condujo hasta Shanghái.

Esta noche es mucho más que una forma de rememorar. Hoy que estoy aquí en La Habana, justo hoy, que han pasado ya 20 años desde ese momento en que abandoné Lao Cai. Nunca volví a Vietnam y hoy me preguntó por qué ni siquiera hice la edición de mis cintas. Amor finat és el més dolç oblit, diría mi poema favorito de la Barcelona de mis abuelos. Pero la travesía oriental fue un espejismo auspiciado por mi lectura de Margaret Mead o de Franz Boas. Cuando Phill me habló, que me decía Michael porque le costaba menos trabajo que decirme Miguel, habían pasado meses sin que tuviera noticias de Rebeca. Ahora estoy ahogado en ron. He tomado mojitos toda la tarde. Son las 9 de la noche. Ya no puedo fumar un cigarro más. Laura, la mulata que me cobra 500 pesos la noche, me dijo que hoy quiere ir a ver su hijo. Le pedí que hagamos lo nuestro y después se vaya, que hoy quiero dormir solo. En esta Habana, este invierno, este último día del 2009, pienso que quizá la petición de Rebeca hubiera sido un salvoconducto para el resto de mi vida. No lo sé. Desde esa llamada hecha por Phill hay algo que me rompió por dentro, algo que va acompañado de esta moneda, unida a mí desde ese viaje hasta hoy.

Empaqué, me despedí de mis amigos, cruce la frontera hacia China y me dirigí por tierra a Hong Kong, sitio por ese entonces bajo dominio inglés. Mi creencia era que sería más fácil hacer el viaje desde ahí. Las palabras de Phill eran claras y estremecedoras, Rebeca estaba muriendo. Cáncer, pensé. Ha fumado por 35 años. Cruzar a China no fue gran problema por mi pasaporte norteamericano, el problema se presentó cuando llegué a Hong Kong, sospechosamente no había viajes directos a Estados Unidos. Así que debía pasar o por Tokio o por Shanghái, de ahí conectar a San Francisco o Seattle y después volar hasta Boston. Nada lo suficientemente rápido para calmarme, claro. Y mi pesadilla se había vuelto realidad justo cuando desempacaba el borrador de un artículo de Francis Fukuyama que Roger Fieldington me había hecho llegar hasta Lao Cai, apenas dos semanas antes, para que lo revisara y pudiera tener un mapa político del momento. No sé bien cómo pero todas mis cosas habían llegado sanas y salvas hasta Hong Kong. Así que tomé dos decisiones. Conseguí los servicios de paquetería de DHL para mandar el grueso de mis cosas hasta nuestro departamento en Boston y decidí comprar mi boleto de avión pasando por Shanghái, pues Tokio me parecía un exceso innecesario. Viajaría hasta Seattle y de ahí hasta Boston. Lo había decidido.

Llegué a DHL y mandé mis cosas desde Hong Kong hasta Lincoln Street en Boston Massachusetts. Tomé un descanso, comí algo estilo occidental, hablé a la embajada de Estados Unidos, compré mi boleto a Shanghái y fui a dormir al Hilton. Al día siguiente volaba. Con ese vuelo mis incertidumbres crecían. Desde mi habitación llamé a Rebeca y finalmente me dio la certeza: —Miguel, tengo cáncer, no había podido decirte, no quería interrumpir tu trabajo—. Enfurecí. Lloré. Respondí: —cómo te atreves a ocultarme algo así, ahora entiendo porqué tu estudio sobre los Hopis no fue concluido. ¿Desde cuándo me ocultas esto?—. El silencio se abrió entre nosotros como un abismo que ahora se volvía menos estrecho, abismo de años dedicados a nuestros proyectos antropológicos. —Joder Rebeca, desde que vivíamos en Barcelona no había sentido tanta falsedad de tu parte, ¿qué pasó contigo?—. Dijo: —cálmate, respira, sé fuerte. ¿Cuánto tiempo tardas en llegar? No sabía cómo decirte—. Contesté: —Voy en camino, pero paso por Shanghái. Llego en un par de días, seguimos en contacto—. Colgué y de inmediato me entró una nausea que me condujo al baño a vomitar. Después fui al bar y tomé un whisky junto con mi cena. Volví al cuarto y dormí.

Cuando llegué a Shanghái, con todos los inconvenientes posibles en un país como China, la recepcionista de Continental me atendió como nadie. Su voz era cálida y cordial y sin ser tan evidente notó mi estado de ánimo cabizbajo. En un inglés poco convencional me preguntó: —What’s the matter?—. Sólo murmuré —my wife is dying— de una forma quizá ininteligible. Su gesto dijo lo contrario. Inclinó la mirada y metió su mano al interior de su bolsa. Estaba apunto de cruzar de nuevo el Pacífico, también estaba desesperado. Ella me entretuvo un momento, me hizo entender con sus gestos que había comprendido que mi esposa estaba muriendo. De pronto, dijo reiteradamente —your hand, your hand, your hand—, y no supe qué hacer pero extendí mi mano en frente de ella. Sonrió y deposito lentamente un abalorio en mi palma. —Lucky coin—, dijo,—and ancient—, finalizó. —For you— a la par que me entregaba los restos de mi documentación. Cerré mi puño, guardé la moneda junto a los papeles en mi cartera, le dí las gracias y sonríe. Salí de ahí soprendido antes de mi travesía de 23 horas hasta Seattle. Ingresé al avión D3549X7 de Continental Airlines con destino a la ciudad de Seattle. Eran las 6:50 de la tarde de fin de año, ese 1989. No pensaba en nada más que en los motivos de Rebeca para no decirme nada acerca de su padecimiento. El coraje no me permitió hacer otra cosa más que pedir un whisky tras otro hasta la cena. Después caí dormido y sólo desperté cuando sirvieron el desayuno. Algo estaba roto en mí y empezaba a crecer.

En La Habana he pasado unos días desoladores. La compañía de Laura me ha hecho sentir menos triste, pero no puedo olvidar a Rebeca. Estoy aquí, donde Becky y yo celebramos nuestra luna de miel y sólo pienso en ella. Abro mi cartera y pongo en la mesa la moneda de Shanghái, esa de 1989. Empiezo a llorar. La borrachera no me deja lugar a dudas y termino recriminando a mi difunta esposa sus motivos para ocultarme que tenía cáncer. Me remuerde pensar en lo que quería pedirme antes de morir. Quizá eso habría cambiado el resto de mi vida. Además, la rotura en mis adentros no cicatriza, no es más que una cavidad profunda de dolor y tristeza. He perdido todo menos mis cintas vietnamitas, que por la mañana le mandé a Phill por paquetería junto a una carta. El departamento de Boston lo vendí y con el dinero me he dedicado a la borrachera. Si hubiera sabido lo de Rebeca, si me hubiera quedado en Lao Cai, si hubiera hecho mi etnografía sobre la invasión china en Vietnam. Quizá no habría dejado de amar la antropología, de amar la vida. A quién le importa. Sólo sé que Laura está en la tina, esperando a que vaya y tengamos sexo. No puedo dejar de pensar en Rebeca. Ella era mi vida. Lo único que ahora me une a ella es esa moneda oriental, esa ancient coin. No pude llegar y ver de nuevo a Becky. Murió unas horas antes de que tomará el avión hacia Boston. Hoy en La Habana no quiero olvidarme de nada, no puedo. Voy al baño, le digo a Laura que se vista y se vaya. No quiero saber más de los placeres del mundo. Ella finalmente se va. Tomo la moneda de Shanghái. Me dirijo al balcón y la arrojo al mar. ¿Qué dolor inmenso se levantó estos 20 años dentro de mí? ¿Si hubiéramos tenido hijos habría sido diferente? Igual que hace 20 años hoy no celebraré el año nuevo. En pocos minutos emprenderé un nuevo vuelo. Seré un cuerpo que se estrella contra el acantilado.

La sección pdf novedad del blog

Dado que no tengo otra manera de dar a conocer mi trabajo literario he decidido apostar por la plataforma aquí construida y creado la sección pdf donde pueden leerse trabajos míos de distintos géneros en su modalidad electrónica.

Poesía: https://romulaizerpardo.com/seccion-pdf/poesia/

Narrativa: https://romulaizerpardo.com/seccion-pdf/narrativa/

Ensayo: https://romulaizerpardo.com/seccion-pdf/ensayo/

Novela: https://romulaizerpardo.com/seccion-pdf/novela/

Prensa local: https://romulaizerpardo.com/seccion-pdf/prensa-local/

Pornopoiesis: https://romulaizerpardo.com/seccion-pdf/pornopoiesis/

 

De esta manera queda realizado un registro de mis inquietudes y pasos a través de intentos, más o menos fructíferos, de emprender una carrera literaria completamente autodidacta.

Se agradecerá la difusión.

Saludos a la audiencia

 

Romulaizer Pardo

Noche de final

El flujo es mucho menos que un mecanizado reflejo promotor de alientos saturados de nicotina. Es mucho más decir que en portugués es casi imperfecto el seno izquierdo de la modelo con respecto a su muslo derecho aunque en francés no sea igual el queso y los gusanos. Pamplinas nuevamente. Deserto de la colina iracunda y movediza se empotra mi ausencia. ¿Cómo evitar el auge de la conquista rutinaria del espejo si al final de los años es nuevamente un aire roto el que se ciñe? Corceles de cuentos infantiles, matutinos, escriben historias verídicas que no figuran en el tren de la verosimilitud arcaica. Tremendo y abierto el bife argentino es también un cuento que nadie escribió. Pero todo es mucho menos que la gastronomía internacional y su reconocimiento, como esas macetas con hierbas finas que usas cuando cocinas chuletas de cordero pero que olvidas regar y casi se secan. No es por ello el mecanizado reflejo el que circunda los mares de lo apacible sino la humareda del yakimeshi y el recuerdo del tren japonés cuando se escucha mamonaku. Torbellinos son tus dedos con los palillos que te trajo el embajador desde Osaka, pero a quien diablos le interesa saber que no eres la mujer más idónea para el sadomasoquismo sino que prefieres mantener una imagen frágil porque en el fondo tu cuerpo es tan poderoso como una espada medieval. Nace así, cuando hacemos el amor, el mecanismo que es reflejo mecanizado: besarnos, contagiarnos, ensuciarnos. Totalidad escrita en nauseabunda distancia el algoritmo ese con el que hiciste tu tesis de doctorado que redefine la teoría del magnetismo cuántico. Sorpresa, ya no leo las Cartas Marruecas de Cadalso porque un día me dijiste que para ser diplomático no debía saber un carajo de historia nacional, y a cambio he persistido en la raquítica simulación de comprar best sellers de autores gringos que tanto detestas pero que sé también lees. Y a cambio de la malanga frita que aprendimos a comer en La Habana, donde por cierto encontré a Evelyn, la mulata esa con la que hicimos el trío durante tres días y terminamos perdiendo 4 kilos de peso por hacer el amor desenfrenadamente, los embajadores siempre me agradecen que evoque tu nombre cuando la conversación ha sido ya concluida y me preguntan invariablemente por nuestro mecanizado reflejo. Y luego de pronto, como un golpe de knock out, como un jab directo al pómulo izquierdo, despierto y veo mi departamento en la Condesa hecho una mierda por la fiesta de ayer y noto que mis delirios diplomáticos, más oníricos que reales, no se corresponden con la imagen pornográfica que tengo de tus tetas y de tus bocas. Descubro que te has ido y ni una nota dejaste. Me pierdo y lo único que hay a mi alcance es la botella de whisky que bebíamos antes de coger tan rico. Y entonces soy una pieza más de la longeva tristeza de saber que soy tu amante número 573. Despertar y nuevamente con el sueño ese de que soy embajador, baya tortura. Nadie sabe en el edificio que tienes copia de la llave de mi departamento. Nadie sabe que te aprieto las tetas y que te chupo las bocas, sobre todo la de abajo, cada vez que fingimos desconocernos, cuando jugamos a que somos hermanos y nos preguntamos por qué nuestros sexos son distintos pero ambos están llenos de pelo. Me levanto, un sorbo de whisky, voy al baño. Me tomo mi antidepresivo. Ubico mi rasuradora, tomo un poco de gel y me afeito. Al diablo la oficina donde Virginia me la chupa mientras capturo los códigos de los clientes. Malditas corporaciones. En fin, a ella no la quiero como a ti ni le aprieto las tetas como a ti ni le chupo sus labios adultos e infantiles como a ti, a ella solo la uso como pasatiempo laboral. Y a cambio el maldito sueño de que soy embajador de este pútrido país en un rincón lejano de Malasia. Y no me he rasurado aún, sino que me estoy poniendo el gel en el rostro, y me imagino a Virginia y sus trajecitos esos que se pone, siempre con los botones de arriba de la camisa desabrochados para que todos le veamos las tetas y para que Rodríguez se excite y siempre reciba un no por respuesta. Ese Rodríguez es todo un pelele, pero yo no puedo ser algo distinto cuando soy tu amante 573. ¿Mañana te veré? Clara es un cuento aparte, siempre que en la tienda me lleva a la bodega para chupármela y para que le meta los dedos en su caverna. Pero a Clara sólo la veo un par de veces al mes por qué rota su puesto. Y no importa. Lo importante es qué significa que sueñe con que soy embajador. Y al final mis aventuras sexuales, con Clara, con Virginia, con la indigente que se cogen los policías, con la chica transexual que se descarga en mi, son toda una parafernalia de nuestro romance que es para ti el 573. Ya fui a la oficina. Me corté la cara al rasurarme. Virginia me dijo que debía poner más cuidado. Curiosamente también hoy estuvo Clara en la tienda de autoservicio. Con las dos tuve acción. Llegué a mi departamento, abrí la botella de whisky que compré, ese barato que es bueno, y los ostiones ahumados los devoré para tener algo en el estómago. Tomé mi antidepresivo y seguí bebiendo. Soy el 573 para ti y no sé cuándo te vuelva a ver. Suena la puerta de mi casa y es Raquel, la chica trans. La dejo pasar. Abre su bolsa y me muestra 7 paquetitos de cocaína. Nos espera la fiesta pero le digo que estoy cansado, que se vaya con eso a otra parte. Me ruega chupármela y la dejo mientras le aprieto sus tetas. Se va pero me deja de regalo 2 paquetes de coca. La noche es corta para mi que estoy cansado y pienso en ti. ¿Por qué demonios desde que te conozco sueño que soy embajador? Pamplinas. Eso es nuestro mecanizado reflejo y entonces de nuevo la puerta y eres tú y me dices: no volveremos a vernos.