Coraza incrustada la memoria

Desde los horizontes del ser

las existencias componen

adelantos y fealdades.

Hubo una esperanza

de salir del instinto

y abrir la puerta

al desconsuelo… pero

la inocencia pierde,

de tiempo en tiempo,

su azul manto, su troquelada

imagen —existimos

si acaso las sombras imantan

nuestros años primeros y últimos—.

 

Separar la esbelta consciencia

de sus influjos y sales,

como del saber rincones

y abismos, es también derruir

de la canción eterna el silencio

y de los cielos frágiles

la lontananza invisible del amor.

¿Siempre es hoy también

un paso que abandona

en su devenir, entre la fortaleza

del misterio y la debilidad del instante,

imágenes desdobladas a través

de comunidades y sabores

a nostalgia perecedera? Nunca

es también mañana para el interior

que demarca hasta el hartazgo

la fábrica cierta de recuerdos.

Tenemos asombrosos aparatos

que inducen a creer en materialidades

efímeras, porque somos como bestias

ahuecadas en la tempestad de la vida

y escondemos en las hogueras

todas las posibles fotografías

inscritas en la escritura del tiempo.

Carecemos de asombro

hoy, como aquellos primeros

homínidos carecían de vocablos,

pero no sentenciamos la narración

de los árboles porque al final

mantenemos viva la ilusión

significada en el estandarte

de la luz y sus extraviantes rendijas.

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Impaciencia

Ahí donde se intenta

los días plasman luces.

El vericueto del silencio

abstrae la savia del amor.

¿Alguna vez hubo fe

suficiente para los evadidos?

Todo es un tiempo en espiral

que derriba los escombros 

de las sociedades absolutas.

Quebrados los alientos

por la rendija de los soles

esparcimos voluntades

en este laberinto llamado eternidad.

Conspiración

Aceitar con intuición la vida

esquema esencial nuestro

lenguaje de cicatrices y roces.

 

Ante la inminencia del salto

parecer pilares de tactos

y emblemas de juventudes.

Como abismos de alegría

inculcamos al horizonte

la patraña del instante.

 

¿Estar es conquistar la señal

propia de los amaneceres

que en nosotros es un imán

de caracteres y verdades?

 

Nada queda precisado dentro

nuestro porque apenas si conseguimos

plasmar el átomo prístino del amor

en el malecón fecundo de una tormenta.

 

Contra el radical espejismo de las letras

redondeamos el soplar las aristas

de la soledad, como saltimbanquis

en el circo etereo de la sociedad.

Parentesco

Venimos de inmensidades
convertidas en cenizas,
de caricias… y soplamos
al horizonte un beso.
Contra el espejo del tedio
nombramos conquista
la caminata de las estrellas
porque dentro del silencio
finito nos escondemos.

¿Cómo establecer la cúpula
de la sangre y la familia
si dentro del tiempo partimos
las halas del sueño en mitades
distantes de llanto y soledad?

Escondemos también la maldad
en una lóbrega palabrería que induce
a pensar que las lindes del sol
nos pueden perdonar como dioses.
Existimos en el mito de unidades
columpiadas entre tejidos de sombras
porque el finalizar la jornada
nos reclinamos al agua y estrechamos
los bordes de los abismos interiores.

Pendemos absortos en ideas

que son herencias
¿acaso involucra nuestro aliento
una resquebrajada esquirla de misterio?
Nadie puede pulir su origen ni puede
asechar un encuentro que sea intrascendente.
Cada mañana nos enquista lo cotidiano,
su maquinaria lodosa de retahílas
y al dormir podemos amar, sí, un trozo igual
al rostro fugitivo del rayo que rompe la oscuridad.

 

Escalar estratos de paraísos turbios

Los tiempos

que son roedores

del hombre

esculpieron

saltos adentro

del alma natural.

Los hombres

que son imágenes

materiales

contaron sus relatos

de la insigne

frustración de no volar.

Volantes vacuidades

indulgentes

promovieron el instinto

de acumular.

Acumulamos

las letras prófugas

del cantar, los signos

turbios de lo pasado.

Ancla de lenguaje,

origen abyecto

la sangre y el semén,

un ápice de cansancio.

Canzar el árbol

genealógico

es también

la pose

misma del día

en que nacimos.

Torpeza

del torpedear

rincones inocentes

así asa, so del tronar

la cacería

siempre condujo

a un trozo

de papel anterior.

 

 

 

Aducir

Contra el reflejo de la complejidad

absuelta la duda de su esquirlas

años son gubias

silencios manantiales.

Ruinas de vídeos

alquitrán de siglos anteriores

la visión ramplona, inquebrantable

del progreso. Mutismo, maldad,

una cicatriz reflejo demiurgo

teatralidad este escenario desvencijado

de caricias. Tumefacción así

navegar los tendones del aburrimiento.

 

 

 

Sueño complicar axiomas insalubres

por esta desquiciada rendija.

Motor matar el meteoro del dolor.

Antiguo horario de lunas y tenebras

en cinta la idea, preñada sí

de un arrullo raido y galopante.

 

Murmaramos también un complejo

insomnio, conquista, soplo,

insuflar los instantes de rocosas

imágenes superficiales.

Cada memoria esparce en otros

un tiento que es su bocanada de recuerdos.

Pérdida igual esta ideología ya caducidad

de una generación putrefacta.

Hacemos como las olas

una planicie de rencores,

pero caemos callando

en la esbelta prontitud de los refugios:

céfirantes de indómitos enquistes

—como esta cultura de letras que es

una práctica de roturas y embalsamamientos

librescos— dentro de los panteones

arribistas del ser. Un horizonte

que es lo inmenso contando

una finitud inabarcable,

impele al acto desdicho, dibujante,

del sacar al sol sus resquicios teológicos.

 

Invención raquítica, igual que

ácido —¿o ha sido?— el ser

lisérgico —doméstico—

fortuito —encabalgado

al logos fatalista—

demarcación constante

el ombligo terso de los lenguajes

prohibidos. Columna, vertebración

escupir tampoco es

rendirse a la marcha contundente

—escritura salto, ¿eres?—

insufriblemente corrupto

el espejismo —reflejo—

de la complejidad. Absorción

como si pudiéramos

renombrar el desindianizado

momento del nacer,

como si fuéramos aperturas

de hojas y gremios papeleros

—porque poéticos no,

literarios no,

históricos no—

escritura, sí, de tentar las ramas

del saber —cognitividad ¿esgrimes

aducir el cronométro de las formas?

estructura— por el amar

y el amor

de los amantes —amo también

esclavo— esclavitud a la ciénega

de los prófugos cantos. Dormir.

 

 

Como del reflejo la complejidad

de la marometa el asalto

al infinito troquelado, enlatado,

desfigurado, columnizado,

perdón, sí, no, ¿es tarde

para indagar los residuos del festín?

Si los filósofos piensan

¿es pensar

una intuición

del instinto

la estructura cansada

de los alfabetos?

Antigëedades mi sombra y mi nombre,

un nombrar tampoco los asideros

ridículos de los pantanos urbanos

—contra revolución autoinductiva

de las esferas truncas de mis ojos—

visualidad que ronca

los olores enmohecidos

de Aristóteles y Platón.

Era donde la cama decía

complejidad obtusa,

memoria de grises

emblemas —como de ciudad

atmósfera corroida ¿smog?—

también la contaminación

visual, insalubre acto —verbalización—

torcedura y símbolo

en el arrabal conflagratorio

de una orgía que es más ignorar

que destruir las formas simbólicas

en el aposento de la pulcritud eterna.

Superficialidad absorta

Disperso mis segundos

radicales como truenos

veraniegos por la rugosa

esfera de mis pensamientos.

 

Lóbregas disquisiciones

sobre epistemes y ramplonas poéticas

invierten su capital cultural

en mis adentros.

 

Extravío es el destino tierno

de una bíblica ignorancia

como nubarrones en el corazón,

como oscuridad iluminada

por el rayo rotundo del ignorar.

 

Esparce en la conquista libresca

la esencia propia de Babel

su manto indómito de lenguas

y voces, porque allá había un cielo

y aquí es un grueso papel luminoso

lo que queda de la pesquisa.

 

Invocar ancestros dudosos,

ideas trascendidas,

inducir a un coma intelectual

la caricia de la escritura alfabética

dieciochesca es inducirme a una filología

falsificadora. Escueta acumulación

de materialidades dudosas, mas

el racionalismo aguarda

en los anquilosados terrenos

de la gramática de Port-Royal

y la lógica de Aristóteles.

 

Pamplinas historiográficas,

esto no es un verso,

ni quietud es,

es el siniestro cataclismo

de las letras perdidas,

el trayecto que va del signo

al argumento, de la filosofía

a la lingüística, es el giro

de un estructuralismo imposible

por caduco: el mío que no evoca

a Barthes ni a Todorov ni a Greimas,

que no sabe del curso de lingüística general,

que rechazó el culturalismo boasiano,

porque al final esta cadencia,

este ritmo entumecido

por autores y escuelas,

es nada más que una distorsión unívoca

de realidades frugales por sensacionalistas.

 

Esto no es un verso,

no, no es poesía,

es quizá la mente intelectualista,

formalmente ideológica,

cristal de ofuscación y tristeza,

porque al final no interesa

el canón hispánico, ni importa

tampoco Leissing ni Goethe

ni Herder ni Schlegel ni mucho menos

los franceses. Importa sí un recuento

del criollismo baladí, importa

quizá dentro de miles de letras,

el liberalismo de Smith y también

la raquítica espuma de los marxismos

imposibles. Inválido transito los recovecos

insalubres de multitudes abrigadas

en la conquista del espacio. Frialdad

heredada es la cornea que indago

en las poéticas marchitas.

Los rusos tampoco están aquí.

No, debía omitir la lectura de Habermas,

porque el referente es algo que ya no existe,

porque al final no interesa leer interesa vender.

 

¿Mis seguidores existen más allá

de la columna vertebral que hilvana

mi humanismo raquítico y postinternético?

 

Colapso el abigarrado corpus periodístico,

periodos, tinta, papeles de luz,

totalidad de un enjambre quebradizo,

el mismo acto de quebrar la inteligencia

con terminología científico-filosófica.

 

Al final será tarde cuando llegue el culmen

de los sentidos. No, mi empirismo es incontundente,

flácido como pordiosero que entra a un banco

pidiendo que le den una coca-cola.

Perdón, si Dios me ha quitado o me ha dado

o ha fertilizado mi desprecio, perdón

si hubo maquinaciones euclidianas que no cumplí,

perdón, relativismo cultural, no soy digno

de llevar el título de poeta o de demiurgo

o de ideólogo o de filósofo o de pensador.

 

Todo es mi chatarrismo cultural

este basurero torpe, mudo, egoista, aislado,

cruento sí porque abandono el I Ching,

sádico, sin conocer a Sabe, neurótico, raquítico,

esperpéntico, falsificado, como billete nacional

o de importación, trozo, al fin, de silencio

que sucumbe al tétrico espasmo de vidas

monumentales. Adios divino mito

del saber, racionalismo mitológico

del presente y la historia de Occidente.

Adiós máquina reverberante de voces,

me quedo aquí, cociendo arroz, evaporando

los preceptos luzanianos, implorando

que entonces conocer sea menos que el pecado

mismo del que Fromm predicó tanto,

del que tanto se dice, de esa inteligencia alemana

potencialmente inexplorada. Adiós

máquina de verbalidad, te dejo

porque me quedo sufriendo el agandalle

de un numen cardiaco, de una narración

fruncida y arrugada, este relato que es

más que un terror yanki-islamista,

una consagración a la estupidez vigente

en este hoy que induce al fastidio

a la idiotez del entretenimiento.

Vida no deseada

Soy el spam

de este siglo

el no deseado

hombre

mitad desecho

mitad mendigo

de cariño falto

soy el spam

de este presente

el indigente

de los universos

luminosos del ahora.

Ha muerto el astrofísico

Ahora los años se viven
por las grandes muertes,
por las pequeñas muertes.
Este necropatia totalizante
conduce nuestra simulación
de vida por los rieles de destinos
oligárquicos y ajenos.
¿Cuándo perdimos la voz
quienes en la lucha buscamos
una forma de vivir?
Nacemos y moriremos,
en este escenario de sangre,
huesos e injusticia,
ajenos siempre a la armonía
del plácido manto de la luz.
Los años se viven
y se recuerdan
por la muerte
que después es memoria
y vida, ¿pero se viven?
Hoy también murió un olvidado
en vida, murió un recién nacido,
hoy también murieron personas
que valían no por su hechos
sino por estar vivos.
Séneca decía ley es no pena morir.
En el fondo la ambivalencia
necropatia-biopatía, en el fondo
la tremenda mascarada de ser alguien,
ser algo. Patrañas, este laboratorio
de muerte es también
eso que prometen eterno
cuando te incautan,
eso de efímero que tiene
el don de preservar los instintos.
Nada se logra en el hoy que es pasado,
hombres injustos son canonizados,
niños son violentados —y empoderados
en una farsa multinacional y local—
mujeres son explotadas
para alentar generaciones que también
habrán de morir, un día.
¿Cuál es la proporción de los méritos
para valer un recuerdo, un funeral,
una ventaja imbécil sobre la muchedumbre?
Este tedio que heredamos de nuestros ancestros,
disfrazado de deseos de superación,
es una red de idiotez y sensacionalismo.
¿Existe una totalidad que sea igualitaria?
Nunca hemos sido ni buenos ni malos
hemos sido instintos bajo el mito racional
de una faz evolucionada y superior.
Pero el cuento, si el tiempo inabarcable
puede llamarse así, no termina hoy
ni terminará mañana. El cuento —si lo que querían
era cinematografíar algún tipo de realidad—
es independiente a nosotros.
Náufragos en el designo del presente
—oh presente saturado y por ello infértil—
¿qué nos deparó ese mañana que ya está
vendido, mutilado, roto en las fauces
de este esclavismo que no respeta edad,
género, condición racial ni educación?
Ya es tarde porque hoy murió el gran físico.
¿Tardaremos en aceptar que no somos nada
sobre la faz de este territorio que también matamos?
Hay personas y grupos que tienen esperanzas
yo creo que en el fondo y en la superficie
nunca dejamos de ser animales pero perversos.
Todas las realizaciones utópicas del hombre,
todos los inventos, todas las formas
en que expresamos nuestra “genialidad”
no son nada por nosotros
no podemos ser juzgados por nadie distinto a nosotros
porque somos, increíblemente, los asesinos,
lso destructores, los fanáticos.
Y los sin nombre, sin voz, los anónimos,
los de un día de sensación —en la nota roja, en la TV
o en la radio— son ese polvo
para que otros inmensos insuflen de
axiomas una hipotética conducta moralmente
estigmatizada. Ya no puede haber historia
porque no hay teleología —acaso sí la haya
y sea la del aniquilamiento—. Entre las sombras
de todas las formas vivientes en miles de milenios,
nos arrobamos y abrogamos el derecho
a creer que valemos por nuestros méritos
y no que estamos aquí en un tiempo prestado.
¿Hay una solución al enquiste del silencio
que deja la podredumbre que hemos construido?
Nadie debería morir sin un abrazo
sin besar a un otro
sin conocer y saber
sin rayar los bordes de la locura
para volver a un vuelo de vida inmensa.
Estamos extraviados en este presente
y en el desamparo cotidiano
de la necropatia del hombre por sí mismo.