Este marxista frustrado que soy

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Quería ser antropólogo a los 18 años. Quería ser revolucionario. Hubiera leído a Marx y no a Jung. Y ahí es donde está el peso de mi madre muerta, de ella como revolucionaria frustrada. Ella, en palabras de mi abuelo, no supo hacer la revolución, yo lo que no supe hacer fue el amor. Si el meollo fuera social, entonces sí, leer a Marx, conocerlo, aprenderlo, estudiarlo. En cambio el meollo es psicoemotivo, ergo, erotismo, psicoanálisis, lenguaje, pensamiento. Más aún en estos que todos los activistas se refugian en los pensadores izquierdistas o anarquistas, el ser un marxista frustrado no es más que el residuo de la más estúpida formulación filosófica que se me haya ocurrido: la desobjetivación del materialismo histórico. Un buen amigo, Juanito que no Juan Ángel, arremetería contra mí, comenzando por indicarme la lectura de Hegel y luego, quizá, Marx. No es casual entonces que mis observaciones históricas se movilicen en el intersticio del siglo XVIII al XIX, pero en España. Y un buen historiador me diría que lo más relevante en ese momento fue la Constitución de Cádiz. Yo en cambio hurgo en los papeles del pasado para explicar una ausencia dentro de la cultura. Y he ahí otra discrepancia con el marxismo y con Marx: mis objetos se localizan en la super estructura, no en los medios de producción ni el modo. Pero entonces, reitero, más de uno me diría que hay que leer A Gramsci o que me atreviera en todo caso de descartar mis ilusiones postmaterialistas. ¿Todo para que? En la raíz de mis intrépida flojera lectora, no sólo se trataría de leer a Marx, sino de comprender el pensamiento económico neoclásico: Adam Smith y Davi Ricardo, olvidando a los fisiócratas. ¿Qué significa resignarse a ser un historiador de derechas? No es esa mi postura política, si es que la tengo, si es que la ejerzo. Y Juanito podría reiterar que lea a Canetti y su Masa y Poder, y yo más bien me doy cuenta de que me atrevería a indagar en el pensamiento social de Hobbes y de Locke, pero también en los meollos tétricos de otro resto de autores no visitados.

Entonces mi frustración marxista no es más que el residuo de mi fantasías juveniles de transformar el mundo. Otros han vivido, han leído, han cambiado la vida, el cosmos cultural, otros han sido los protagonistas. No interesa mucho el hecho, interesa la herida. Y así como me identifico como un marxista frustrado, soy también un activista frustrado, un escritor frustrado, un poeta frustrado, un pensado frustrado, un padre, un hijo, un hermano, frustrado, un cocinero frustrado, un hombre frustrado. La loza del siglo XXI, que carga mi vida, es una loza de pérdidas y suturas en el alma que no tienen lugar en el mundo espectacular. No puedo, entonces, obviar que aunque quisiera escribir mi primer libro de teoría filosófica, no podría porque debería leer 200 años de obras. Y no podría tampoco olvidar, no puedo. Y en el rictus de mi pensamiento, ese entre congoja y encriptación de vivencias infernales, mi frustración marxista es una frustración de pertenencia a un mundo en el cual parecía haber un lugar para mi.

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Iniciación

Pasamos los años musitando

del destino su cuerpo

y cansados de atisbar

el otoño del presente

circuncidamos la memoria

y le hacemos su ceremonia

a la fugitiva eternidad

que nos increpa cuando olvidamos.

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Solturas inmediatas

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¿Recordar saltos

al terreno del nombre,

que de figura tiene

siluetas y cenizas, es

colgarse el amuleto del sueño?

Nacimos un día cualquiera

con la cara prófuga del pasado

y la lengua esmaltada de gritos.

Pero sentimos el paso del instante

que devana nuestra alma y soltamos

el ancla del desconsuelo volátil:

eso que son los corazones rotos

y el aliento canoso de cigarrillos,

contra el tonelaje del silencio.

Arrullamos perpetuos el devenir

con nuestras acciones, mas

un eco nos guía al destino

—construcción esférica—

que irrumpe en nuestra morada:

cuerpo que es nuestro vehículo

la palabra inserta en la otredad.

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Autopoética de un lenguaje

Movilizar el lenguaje para mí es un acto de elaboración, en ocasiones automática. Las dimensiones que te brinda el conocimiento del pasado en cuanto a los recursos estilísticos, las tendencias y las modas estéticas, ideológicas, poéticas, etcétera, en ocasiones se transforman en enjambres de frases, ideas o figuras discursivas. Se trata para mi de elaborar el pensamiento. Y en un tono revisionista la inmensidad literaria producida en el tiempo implica generar elecciones y selecciones de obras, autores y épocas. Para mí se trata no sólo de plasmar un itinerario, ora falaz ora verídico, o de indagar los vericuetos inherentes al acto creativo, al desempolvamiento del ser o a su negrura prófuga y certera. El acto de escritura, que desde hace algunos años es en mí caso un acto de mecanografiado intencional, no debe disociarse de una exploración interior en diálogo comunicante con un conjunto de otredades  que nutran la búsqueda.

El presente abigarrado de tendencias, ocurrencias, modas, formas pasajeras y transitorias de pensar, de crear, de construir, de escribir y de creer, remite a una instancia contraria a un asidero, remite al vacío del que nos habla Baudrillard, a la fabulación inmensa de una legitimidad cognitiva fluctuante, incierta, por perecedera y disímbola del enquiste de la eternidad en su dimensión transitiva. Lo textual, en una elaboración finita y cerrada, purista, induce al acto de corroboración emotiva, de la ficcionalización y la realización propia, que desde una óptica fracturada indaga los caminos y las brechas del universo: mediatizado, inmediato, distante, abismal. En los intervalos del tedio digital, del abigarramiento del input creativo-expresivo, el lenguaje se convierte en una instancia del desconsuelo, reflejo de la realidad (ficticiamente elaborada) o resquicio de la ficción (buscando la realidad), que en su escueto semblante, de una finitud con posibilidades infinitas, absorbe partículas de experiencias. El tedio digital, la construcción fraudulenta del ser en la digitalidad es un sensacionalismo morboso llevado al extremo de una seriedad cancerígena, por aparente y viral, por destructiva del constatar las presencias y enaltecer lo efímero.

SI hay una filosofía del acto creativo, de haberla, no puede describirse en sí misma como una instrumentación simple de la palabra. El lenguaje, rotunda fertilidad ontológica, atraviesa imperecedero lo humano, atisba el fértil manto que cobija el impulso expresivo. Sin lenguaje no hay expresión. El conocimiento entonces de las formas del lenguaje permite la generación de nuevas jugadas en el tablero creativo. Pero no es una innovación pelona o una invención original la que incide en el presente digital para re-elaborar discursos y formas, sino que se trata de hacer nuevas jugadas desde el ángulo de acción no sólo del significado o la estructura, sino desde las posibilidades que un ancha experiencia lectora, estética, histórica, semántica, filosófica, promueven en el individuo creador. No es el lenguaje per se lo que intuye las fibras del impulso creador, no es el mito del dios que crea ex nihilo lo que compone la osada marca de la creación expresiva, sino el mito de la nada abismal que desborda al ser y el impone la labor de ordenar la fractalidad de ese abismo para clasificar su experiencia como si fuera una fuente donde un pez deseara evolucionar a cuadrúpedo y tuviera que mutar entre el agua y el borde del recinto acuoso.

Todas estas palabras carecen de significado referencialmente en cuanto que no son más que la exploración ensayística de un ego, mí mismidad parlante, que surca su intencionalidad creadora con el filo propio de una inocua fugacidad, terca, amañada, corruptora del realismo posible y de la ficcionalización posible. Si encima de todo la verosimilitud perdura, como elemento de una imantada tarea de desahogo discursivo, es en el intersticio de lo verosímil y lo veritativo, donde mi pensamiento encuentra una recóndita cordura, amasada en la filosofía del lenguaje, que rencorosa de la narratología invade mis residuales instintos literarios.

 

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Distemporáneidades

El diálogo sostenido entre tiempo y realidad oscila, navegante de una multitud de sentidos, en un océano de interpretaciones. Nos extraviamos de pronto en una ola de significados, porque el silencio no existe más, aunque en la totalidad de las voces presentes haya registros inexistentes. Y caemos, lento, en un marasmo de obras, de pensamientos, de autores, de sistemas y códigos. Un torbellino de existencias arremete contra el tiempo, saturada realidad de muchedumbres y de alientos que circundan los fosos de la expresividad. ¿Por qué no incitamos un eco de otredades múltiples sino que nos perdemos en el designio y tortura de una simple y unívoca seña? El tiempo, su maquinaria cultural, sus acertijos, nos devastan. La pesadilla malthusiana vuelta realidad es un almacén de palabras, de imágenes, de subjetividades. Nosotros conquistamos los espacios, los lindes precisos de una elección definida, a veces arbitraria, a veces selectiva.

No existe entonces el pasado ni el presente ni el futuro, sino que habitamos distemporaneidades polihédricas, multifacéticas, pluridimensionales, en un tejido de luz y de contrastes, abismal, imperecedero, voraz. Porque nutrimos el tejido vivo de la digitalidad y sus facetas, pero también volcamos nuestra persona, nuestro ser en el mundo, desde una presencia que se convierte en diálogo o perece en la marginalidad del soliloquio. Con el esmero ortográfico de la gramática de la existencia global, podemos saber qué pasa en Hong Kong o indagar el clima en Australia o enterarnos de las informaciones de las dictaduras en Argentina y Chile o simplemente escuchar a un afroamericano rapear. Y la diversidad incluye tener acceso al pensamiento presocrático o al milenarismo chino y al mismo tiempo poder leer el último artículo del columnista del New York Times. Todo además se convierte en un aposento orgiástico, la orgía de lo humano, culturalmente traducido en actos de habla. Todo es comunicación, pero lo distemporáneo se asemeja a un enjambre de nudos y listones, que conforman una urdimbre donde lo presente es inaccesible y lo pasado se subdivide en tendencias y mitos, en arqueologías disímbolas por la proliferación subjetivista.

Aquí estamos, a veces extraviados, a veces satisfechos, a veces en busca de un incentivo que nos expurgue el aburrimiento o nos ofrezca un arte o un culto o un mito para saborear el atardecer o un libro o una película o una obra teatral o simplemente la sonrisa del objeto del deseo, de la mujer o el hombre amado. Y todo es sin tiempo porque todo es una exterioridad y el interior se convierte en una fábrica simbólica de arrecifes de significados. Y moriremos, también.

Neomicro I

Ayer era la luz
hoy es el camino
ayer fue la tormenta
hoy un nuevo amanecer.
Ayer las lágrimas sedientas
hoy respirar el alma natural.

Dariana no es Dariana, Luzán no es Luzán, Dios no es Dios

Mi excelsa cobardía, el frenético impulso de lo indescifrable, colapsos del prístino siglo XXI. Todos los bailes de todos los tiempos, todas las mujeres, todos los hombres de letras, todos los creadores. Universo en frecuencia modulada. Traumas personales, ella, el autor y Dios. Todo eso que quedó registrado en esto que soy. Ella no es ella, Dariana. No es la poesía de Ruben Darío ni tampoco una emperatriz Persa. No es la joven que vivía en León Guanajuato, no es el enigma de mis pesadillas vueltas realidad ni de mis fracasos amorosos. No es mi amor imposible, no es ella. Es Dariana y su nombre rompe todas las primaveras el eco de mi existencia. Y Luzán, 300 años antes nacía. 300 años después lo ignoraba. El atentado de las Torres gemelas no es nada. La destrucción emotiva, el despojo de una clase media, mordaza de mis adentros, lúgubre perspectiva de una luz que se extingue. Dios no es Dios, por mostrarse u ocultarse en iglesias y credos, en dogmas, en retahílas bíblicas. No es Jesucristo en la Cruz ni es los apóstoles ni tampoco la Iglesia Católica Apostólica y Romana. El siglo XVIII no es es siglo XX ni el fin de mi inocencia, de mi trunco intento de ser antropólogo es otra cosa que una consagración de mis berrinches y lloriqueos por la muerte de mi madre en el año 2000. Dariana no es Dariana ni Luzán es Luzán ni Dios es Dios porque yo soy eso que recuerda una vida pasada. Soy ese que no entiende su historia genética ni sus raíces porque el degenere me ha dearraigado o porque vivo el arraigo a lo imposible por desecheble y nulo, por su espacialidad pretérita y sus condiciontes argumentativamente prejuiciosos. Y eso que fue un baile, mi mejor baile, eso que fue una lectura, mi más apasionada lectura, eso que fue mi desamparo, mi más hondo desamparo, son Dariana, Luzán y Dios. 

Repeler la combinación genética, multicultural, multiétnica, contra la marea de los hechos y las personas, de los grupos y las sociedades, de los impulsos abiertos y cerrados en mi decadencia perpetua, decadencia deportiva, física, moral, estética, cultural. Porque mi raíz apache puede ser el motivo de mi rebeldía, porque mi raíz insumisa me hace un vándalo de la cultura. Porque perdí mi centro y no lo encuentro, porque a ella la he visto cercana a mi desde antes de nacer. Porque entiendo a Luzán como si estuviera desnudando a una mujer amada. Porque a Dios no lo conozco ni lo conoceré ni tampoco tendré fuerzas para acercarme a él. Soy ese tibio del que previene la Biblia, soy ese cobarde que grita desde un balcón para que nadie lo entienda, soy ese estúpido que no sabe latín y pretende comprender a un erudito español. Porque en el fondo las rutas de mis ideas no son puertos seguros, porque no creo más en el amor, porque las maravillas de mi tiempo no son compatibles con mi desprecio y mi rencor. Porque la felicidad no es un cuento Hollywoodense ni tampoco es un acto consagratorio. 

Al final de mis días, cercano o lejano pero final al fin, no podré derribar los recuerdos que quizá ya desde antes de ser recuerdos me engullen: ese día y esa noche y ese baile, ese ruido que no termina, que alimento, esa cobardía de ocultarme, de perderme en un infierno tan pequeño, tan infame, tan ridículo. Infierno y soledad que son mi voz ventilando lo que no es: Dariana, Luzán, Dios. En ese intervalo la composición y el margen del terremoto vital. 

No seremos caricia

ni sol de medio día

no seremos mar

ni prado o estanque

no seremos amigos

ni seremos amantes

no seremos tiempo.

Seremos algo perdido en lo eterno

algo que se juntó para romperse

que se rompió para alejarse

que se alejó para olvidarse.

Seremos ese olvido

insatisfecho de años.