Comisión nocturna del mapa mundi autogramatical

mapamundi2La posibilidad reflexiva ¿a dónde orienta? Si nos atenemos a la invención tradicionalista del tiempo ¿nos esconde un cúmulo de salchichones ficticios que embuten dentro nuestro un aroma picante, a ficción y retruécanos? Mucho me temo que si los axiomas derivados del instinto no impelen a la protección ambiental tampoco es posible indagar la verosimilitud fluctuante que deviene trasgeneracionalmente en arquetipos de silicona y parafernalia aterciopelada. Porque si existe un universo que pudiera trazarse un indicador productivo desde Nebrija, pasando por Saavedra y Fajardo y llegando a Luzán y Bello, debería poderse escindir el artilugio constante del retoricismo panfletario, que en una elucubración mutacional podría esculpir las fauces mismas del anacronismo verbal orillado a un sintagma negativo con semantemas prófugos del alfabeto latino.  Así como los árboles han sido talados para convertirse en libros deberíamos creer que los dioses, universales, eternos y caducos, deberían poder entrometerse en los asuntos más baladíes para dimensionar la auscultación derruida del ser y la nada, no sólo en sus dimensiones comúnmente heideggerianas o hegelianas sino quizá retomando los licuados del positivismo sociológico de Spencer y también la profilaxis ideológica del estado positivo comtiano. Daríamos cuento, por consiguiente, que los atisbos floridos de la discursividad permisiva, ostentación y falange inerte del ejército postcrítico del pensamiento literario de James, podría caber muy bien en una sin razón clásica con La Bruyere y La Fontaine encabezando ya no la pedagogía moral sino las torpezas libertinas occidentales. mapamundi1

Pero es demasiado lejos pedir que uno lea a Bourdieu y además pueda conseguir un ápice de congruencia emocional, puesto que, si no olvidáramos la prófuga ironía monsivasiana, estaríamos al borde de un estrépito que demarcaría las profundas aguas boasianas de nuestro culturalismo existencial, para implementar, a la Leví-Strauss, una lógica deductiva de la mitopoetificación del logos y el desmantelamiento, al estilo herderiano y gadameriano, de las inflexiones propias de una polución intelectualista que, en su denominación a lo Croce, pudiera proferir estigmas hispanocentristas a la generación del ateneo de la juventud, en México, sin demarcar propiamente un estilismo paziano que debería dejar de ser sometido a juicio para indagar en la confección sensible del presente. Sin embargo, la caducidad inmoralista, entre tejida de nombres y luminarias, responde también al republicanismo letrado, vigente o no según las acepción burkiana, que nos invita a la perífrasis inmolatoria del wanna be lyotardiano, dejando en una trabazón de sentido, amalgama y desdicha del corazón roto flaubertiano, una espíritu empobrecido, mapamundi3mutacionalmente enclenque, flácido del recuerdo extraño de Camus y compañía, siempre en tono con un idle demencial: la prosificación aristotélico-neoclásica que nos invita, por si acaso, al tiempo viquiano de la ciencia nueva y a la indómita tergiversación que, en términos marxistas, no sería mas que una episódica reminiscencia del republicanos español, a lo Gaos, sin dejar de intuir, a lo Poe y Cortazar, que la poesía estuvo hecha para deslegitimar todo acto revolucionario y que representaba el álgido punto expresivo en el Antiguo Régimen.

¿Arte, muerte o revolución sin devolución?

No inquiero ni supongo el hechizo momento que proseguirá mi intento fallido. Es más, ni siquiera comprendo o asumo una teleología estética y, por tanto, carezco de definición lógica, semántica y conceptual, propia de un ensayo que pueda proporcionar una referencia válida de sentido. Pero si el arte es un instrumento de transformación, o de negación, de la realidad, deberíamos asumir que la proliferación discursiva estetizada no es un asidero seguro cuando de revolucionar el presente se trata. Si desde mi postura, snob, anquilosada y raquítica, no me es dable observar el péndulo transgeneracional del simbolismo actual, más allá de las dimensiones tangenciales de mi pensamiento hay una posibilidad realista de asociar el producir estético con la nutritiva sabia del ser. En esa medida el arte no es ya más que la imitación de lo imitado, es también un refrito renegrido de la polución masiva global. Los recursos no faltan ni las tendencias son absorbidas, pero navegamos en el extravío cotidiano que brota en sus caretas estéticas, en las axiomáticas figuras del discurso transmutado en expresividad comunicativa, carencia misma del estercolero de la aldea global. Desde la productividad fecálica del arte, las aristas posibles de la estratatificación jerárquica del pensamiento deniegan autoridad a la doxa, ámbito que también el arte, y sus técnicas y métodos, ha visto llegar a los extremos del maniqueísmo somnífero y trasnochado de un siglo XXI mutilante, heterofágico, glotón y supurante de basura legitimada institucionalmente como “creación”, “arte”, “literatura”, “teatro”, etcétera.

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Este automatismo escritural

Dejaré para otro momento la importancia congruente, la coherencia y el sentido. Ahora sólo escupiré industrialismomis ideas, como intenciones rotas, esquirlas de un pensamiento anquilosado, perezoso, latente y putrefacto. Es mucha la distancia que remueve los escombros mismos del alma, la porción justa que indaga retóricas y funcionamientos perdidos en el extravío del nombrar. Todo lenguaje invoca una residual instancia que revoca los infantiles galopes del ser. Tejo entonces una elucubración factual que renuncia en su esbelto transitar al maremoto del significado, emblema siempre de un acto referencial que no remite siempre a una ontología de la palabra. Pero también es una espumosa y traslúcida memoria la que arremete contra los vericuetos propios del ego y sucumbe al instinto mutilado de una metafísica rota y quebradiza.

Una vez pretendí ser una especie de mago con el bastón de la lengua y entonces noté que transmutar los efectos sonoros del pensamiento a las denominaciones alfabéticas es mucho más que simplemente redundar en la búsqueda de un estilo. La propiedad no implica necesariamente apropiación pero en el decibelaje del ser y las rendijas mismas del existir, la orilla siempre oscura de la innovación reclama un sitio perecedero para poder conquistar los espasmos ajenos. Tonalidades industrialismo2del discurso como muchedumbres hambrientas navegaron las aristas de una filosofía caduca y obstinada, hecha de mitades, consanguínea del florecer ignoto del silencio y la barbarie. Porque en el fondo mismo de este escrito, disforme y bestial, la emblemática ruptura con el paradigma de la claridad es mucho menos que una pieza museográfica enlatada en el sin fin de las posibilidades argumentativas, porque existe, en mi tautología, una especie de afición al mentalismo. Orillado al nombrar los abismos etéreos del sin sentido, escupir entonces no se traduce más que en un automatismo reduccionista, falaz, intencionalmente desvencijado, como extravío de página de libro a mitad de una investigación. Por consiguiente no reitero más que lo enunciado, energúmena señal de la elucubración distante del pensamiento contumaz, raquítica como un famélico que pide limosna.

 

Los arrecifes

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Licuar la idea

espuma

soledad incierta

certeza.

Arribo al corazón

anterioridad insomne,

pócima de alientos, vida.

Escultura del rompimiento,

ansia y partícula de dolor,

vestigio voraz,

la marcho de los arrecifes.

 

 

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Irreverencia poética 6

Irreverencia poetica 6.1

Mutismo de una micro poética inservible

Silenciar los abismos, los espasmos, de frases que mantienen un vínculo corrupto con la realidad. Estar inmerso en un fetichismo constante, sonoro y ruidoso, como maquinaria a principios del siglo XX, pero también sosegar los alientos personales, la grandeza interior, subyugando un atisbo de idea, de pensamiento, de oración, que suture los constantes movimientos del adentro zoológico. Y encima de la mesita de noche los libros que ya no son leídos, encima de los libreros los libros empolvados, encima de la mesa de trabajo un cúmulo de tickets y papeles, inservibles. Totalidad silenciada, mutismo, banalidad cruenta, la cúpula propia de una desvencijada retórica inapropiada, como calcetín roto, sin enmendar, sin esperanza. Dentro de los átomos psíquicos, el error de creer en una razón unívoca, para nombrar el universo, es sembrar entonces sílabas sin tonalidad, para desfigurarse el alma, contra el sentido de las manecillas del reloj, asumiendo una tétrica función inmanente al vómito verbal: las aristas propias de una herencia desequilibrada fungen como una tonada de ola marina que indaga los límites inscritos en una poética inservible, la poética desechable de la teoría inherente a la basura cultural.

Rescoldo postdata

Cegadora inflexibilidad

como añicos del alma

surca indómita el palacio

del pensamiento extinto.

Lozanía y terror, mismo elemento.

Dentro los maremotos de la imaginación

sortean el abismo luminoso.

Lúgubre y torcida cantinela de llanto,

mordaza, como comida enlatada -al vacío-

sin expediente de caducidad: la vida,

monotonía reproductiva, ansia, tropelía.

Pero las noches mantienen figuras y cumbres

de barros antiguos y remotas tribus,

porque instamos al dolor a pedir perdón

y sabemos, cruelmente, que las uñas

no dejaran de crecernos después de muertos.

Y reímos. Lloramos arqueados por la tragedia

-que es la nación despilfarrada- para dilapidar

los sueños en cansancio y torrentes de vaho

-neblina del alma, carburación motriz de los adentros-,

porque levantada la silueta del universo

nos carcome el trance de agujerar el cielo:

con la metralleta de las memorias y los atardeceres.

Y fingimos, pero mustiamente, que sabemos

para acumular títulos y nombrarnos. Y creemos

porque la esperanza nos nutre sin abandono.

Perdíamos los minutos en canciones de amor

y ahora encontramos el rompecabezas de la existencia

como torpe fragmento arqueológico no estudiado.

Autonulidad

Lo relativo a una forma de pensamiento claro, lógico, coherente, es más, metamoderno, no me es propio. Al contrario, no sé pensar, no sé sostener un ápice de claridad. Ahora sí, mis rimbombantes neologismos no me pueden salvar ni describen o nombrar algo que tenga un referente real. Sí, soy un intelectualista fugaz. Pero la vivencia del trauma de la modernidad es más bien un álgido torpedo de falsas lecturas, es más, ni siquiera mi falaz comprensión del estructuralismo del siglo XX puede salvarme. No, tampoco la negación del existencialismo nietzchano o mejor áun comprender que el existencialismo de Sartre se distingue del de Camus. Pamplinas, no he leído a Ortega y Gaset. Soy un snob, peor que eso, soy un snob que cree que merece el título de escritor. A duras penas redacto, frases e intenciones también falaces.

Ni Habermas me salva ni Lyotard ni tampoco me salva Herman Hesse. No, pero la modernidad es un trauma. Si la economía global del conocimiento es herencia de la modernidad, la disposición que arremete contra la literariedad discursiva de los torrentes disciplinarios es una conjunción factual de idearios mal recorridos, de cristales que distorsionan toda óptica vigente. ¿Dónde está la vigencia? Nuevos autores, nuevos libros, nuevos fenómenos, nuevos sistemas interpretativos, pamplinas.

Todo ha sido una mala administración del objeto de conocimiento, una mala distribución del capital cultural, una égida de torpezas, ramplonas como los árboles caídos para ser papel para libros de la década de 1940. Pamplinas con los recursos estilísticos y el sistema retórico de Aristóteles. Ni siquiera he leído a Platón. Lo que sí puedo decir es que me ahuyenta el cisma generacional. No estoy desvariando demás, es una dosis profiláctica, una dosificación de abono mental. No son los poemas de Rilke ni tampoco La resistencia de Sabato. Nada de eso. El salvajismo es una conducta natural, pero cuando se vuelve ese regetón que lo falsifica, el salvajismo es mucho menos que una voracidad capitalista. A quien no le gustaría estar involucrado con una modelo, las escritores no son sensuales, las poetas no son gordibuenas, las cirugías estéticas cuestan muchos millones de dólares. Transexualizo el eco que atisba una enseñanza perdida: los ilustrados franceses no deben quedar vivos. Y a cambio me pierdo leyendo traducciones, pero ya no leo nada, ya no quiero leer, estoy en huelga. Eso, pamplinas.

Con el ácido de un autor me compongo febrilmente de eslabones rotos: del siglo XX del siglo XIX, nulo, del siglo XVIII. Debería leer a Petrarca y Dante y Bocaccio. Pero no, más bien debería estar haciendo mi tarea. Pamplinas. No tengo soporte y la diacronía imperfecta de los diccionarios digitalizados de la Real Academia Española no me van a dar ninguna respuesta de fiar. Pero aún, pretender leer periódicos de una época y creer que es posible revivir algo de esa época. Meollo historiográfico, focalidad cruenta de la imposible recopilación documental. ¿Es esto un documento? Son los días del año 2014 y las noches del aó 2013 y los medio días del año 2012 y las tardes del año 2011 y las estrellas del año 2010 y por si eso fuera poco, que es decir que sea de escasa relevancia, ni siquiera Marc Bloch o peor aún Josep Pico o Aldus Huxley o Henry Lefebvre o Adam Schaft pueden servir de consuelo para la interpretación carente y faltante y oscurecidad. Pamplinas, soy un snob. Eso mismo. No es cierto que entienda lo que es la historicidad ni tampoco puedo recordar los nombres de autores recientes. Soy un sujeto del olvido, mi conocimiento es un objeto subjetivo del conocimiento que olvida.