Anécdota fugitiva

Despliega una época

despistar nombres

como siluetas de barcos

—óxido interior

la bocanada de luz—

cuando envejece

el silencio torpe del cielo.

 

Leíamos al saltar el horizonte

Estaba negra

la esfera, que éramos,

saltamos, gritamos, volamos.

Era un teatro.

El aire viajaba, andaba,

nosotros mirábamos,

nos escondíamos,

porque yo caía y tu encendías

el germen mismo del ser.

Y volcamos la existencia

en un salto, ingenuos

siempre nuestros píes.

A veces creo que fue muy pronto

para ser muy tarde, pero te pienso

dentro de unas décadas y te amo.

Titular partes

La espina y el silencio

años traman,

narrar tristezas

como sexo embotellado.

Cobijaba la eternidad

cuando era

salto al vientre

divino, hoy espuma,

cálix, nube, corazón

perdido, en sí

locomotora de sueños.

Un arrecife

nombrado luz

eres, contra esa

malcriada escena

el baile siempre,

ruido y tedio

emperatriz auxiliar de enfermera.

Pantallas esparcidas

en el cielo agreste,

sentíamos que sentir

nos pertenecía

pero dudamos,

silencio, siempre

como vajilla del siglo XVII.

 

Si desvarío trompo de voces

city continente1

Espera, en el hoy un residuo,

tensa que devana soles,

malabar certero, tiempo

insolente frote de galaxias,

como si trampa fuera

la distancia-inercia

de la vida axioma conquista.

Reflujo parecido al magma

del dolor, anteriores vocales

del alfabeto, consanguíneo

para sí un ramillete de olvidos,

pétrea sensación interior,

mutismo que no cesa

en el ruidoso vendaval de los recuerdos.

Dicho adiós es pasar las cúspides

sonoras del tedio

a la banca del torbellino,

si trompo de voces desvarío,

de multitudes rabiosas desmantelando

la estructura del salto al anonimato.

city continente1

Saturación de palabras

Enquistados trozos del diccionario

me hablan, dictan una ignorancia.

Sopesar por doquier

—calle, callejón y rima—

lo imposible de un álgebra del desquite,

porque si enquista la vida un alguien

en nosotros, nosotros somos enlatados

para el refrigerio amoroso —y la otredad

famélica nos escupe las pistas de nuestra investigación—.

Perdemos comúnmente el sentido

¿por qué cariño, piensa el vagabundo

si su indigencia es tibieza —oh ruda proclama urbana—

que desenvuelve el antídoto del éxito?

Rudeza innecesaria, digo cuando evoco

el chicle de mi primer amor —la madre partida—

y entonces gimo con los dedos —aquí

donde parece una máquina que me conoce todo

menos el corazón— arrastrando conmigo una lata

de ostiones ahumados —tan deliciosos como siempre—.

Acallo encima de mis concepciones la égida misma

del tronido instantáneo que es mi boca, mi dedo

—mi pensamiento que mustio rumia una frase no hecha—

porque esto no es poesía ni poema ni literatura ni estilo:

es una maquinaria, un laborismo verbal, un obraje

reclusión en el lenguaje, tropelía y axioma falso, inservible,

rata metafísica en la alcantarilla del ser —concretamente

evado los nombres de estrellas de los años cuarenta

porque creí que la farándula era la naturaleza propia del dolor—.

colorfullturn

Piltrafa estética

Aglomerada fuga insípida,

porque verbalmente escupíamos

el tendedero de cicatrices y mocos.

Embeleso triste el rumiar los rincones

coloridos, desconsuelo su faz y atisbo

certeza, su moribunda mafia: fantasía animada

de ayer y hoy, caleidoscopio inservible de la calle.

Anterior a los besos tiernos, esos primores

azucarados de otros labios, la rendija

oscuridad de la siesta eterna,

apotegma vacuo y llanero

como el mar negro desecado

o la infancia prostituida. Pecamos, dolemos,

una añoranza conquistó la fama,

a mitad del escenario, tú, erguimiento

locuaz y perfectible, oh danza que vida arrebatas,

algoritmo no descubierto, oh hazaña

de la mujer por la mujer y del hermano

por la vida y la esencia del rito mortuorio.

Cabalgata a los fondos mismos

del espumoso delirio cotidiano. Nunca

supimos decir algo con certeza ni sentido

y en cambio significamos una podredumbre

errante y contaminada. Adiós poltrona

de los años juveniles, dejamos en ti

una espiral de intentos torcidos,

nos torciste, siempre en la esquina del gol

televisado y definitorio. Adiós, cruento instinto

de sufrir y crueldad tremebunda. Hoy

acariciamos el terciopelo de la ignorancia,

arrebatamos al horizonte una sincopa

derruida de árboles y hojarasca,

perdimos siempre, contigo, lluvia

de personas y fracturas emotivas. Adiós.

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Pedal

Aprieta más la desdicha

que la lucha

cuando olvido es

el saber y la libertad

mantiene secuestros.

Aladas lacónicas verdades

a medias todas, en falda todas,

verifican lo marchito.

¿Parte el día los nombres de la luz

como si fuéramos vegetales

en la hortaliza de la existencia?

Pedal el asiento mismo

donde la dictadura del ego

convoca al siniestro impacto

de la guerra: espejismo y espejo

la circunferencia y ombligo

de la postración en letras y hojas.

¿Cómo dejamos el aula odiosa

si ni siquiera preguntamos

ni orientamos la voz al instante

mismo de la creación?

Cansados dejamos arriba del mar

un cuchitril llamado cielo

que nos aflora con lágrimas

pero decimos siempre

una vez que algo nos ha tocado.

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¿Podré?

¿Podré algún día

leer a Góngora y Garcilaso?

¿Podré aprender

a hacer versos menos malos?

¿Podré una vez comprender

la métrica castellana?

¿Podré abandonar esta poética

torcida sin metro ni verso ni rima?

¿Podré en algún momento

decirme poeta? ¿Podré si quiera

decir qué es poema? ¿Podré,

poesía, marcar la quieta onda

de las sílabas? ¿Podré algún día

fraguar un libro que sea poesía?

¿Podré poesía ser poeta contigo?

¿Podré sin ti? ¿Podré quizá

decir poemas de memoria?

¿Podré? ¿Podré? ¿Podré?

Autositios comunes

Ya paso de los 30, con la pesadumbre de lo no hecho. Escribo. Lenta la marcha de una década prima, azotada por el vendaval de la renovación generacional. Falto en las nóminas y en los registros, poco acertado en los gustos y las preferencias, erudito libresco, carezco de contacto con el presente. ¿Ciertamente? Escribo. Una letanía pesada acudió a mi alma hace 14 años casi y me enfrasqué en un bohío tétrico, tremendo y abarrotado de ausencias. Toda la vida fluyó, toda la marcha eterna prosiguió, todo estuvo ocurriendo y yo a la distancia, testimonio flácido del carnaval milenario. Desde el sótano impermeable de la evasión, no consigo mostrar ninguna de mis armas retóricas letales, porque al final la confluencia de los géneros literarios me ha derrocado. Investigo la vida y la obra de una autoridad del siglo XVIII. Me extravié en la filosofía postmoderna, en su crítica, ramplonamente, esbozando un recorrido intelectual no acontecido, heredando pugnas intelectuales de hace 30 o 40 años. Renuncié al erotismo, de Ruy Sánchez, de Bataille, al conocimiento profundo de la sensualidad humana. También olvido el existencialismo, tanto de Camus como Sartre, olvido el libro que fue novedad hace 6 o 8 años, de Kiekergaard. Mi frustración marxista persiste, perdura mi intentona de leer el Capital, sin método ni análisis. Además naufragué en los libros maternos de la intelectualidad mexicana de los años 70: Monsiváis, Paz, Aridjis, Benitez, un cúmulo de autores y obras que representan un capital cultural al que resguardo sin el más mínimo atisbo de socializar. También me dotan de sentido mis faltas lecturas de estética, de Croce por ejemplo, de autores del siglo XX, del pensamiento occidental, de mi frustración acicalada por construir un sistema de pensamiento. Escribo. Lenta la navegación de esta década, ya es 2016, me conduce a la redacción e investigación de mi autor favorito, Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, sin que logré comprender un carajillo de historia nacional, de identidad hispánica, de la ruptura y escisión entre los españoles americanos y los españoles europeos. Ni el remilgoso análisis historiográfico del criollismo me permite asomarme a otras ventanas, a otros pasajes, a otros autores. Y termine inmerso en la proyección de una biblioteca no visitada, muerta, agónica desde antes de construirse. El I Ching tampoco es visitado más. En cambio redacto este parrafito, esta prosa inservible, sin haber leído a los clásicos españoles del siglo de oro, con mi incisiva ausencia de Garcilaso de la Vega, el poeta español, y del Inca Garcilaso también, con el cargo de conciencia de las tareas lectoras de personas que me quieren y me han sugerido obras y autores. Seré un historiador postmaturo, tardío y tardado, quizá escuetamente olvidadizo de la literatura italiana del siglo XX, quizá también absorto por el texto de Buxo sobre Ungaretti y Góngora, quizá también absorto por la idealización disciplinaria de indagar en la poética de Hegel, la de Muratori, la de Boileau, para comprender mejor los sesgos y las interpretaciones. Y Vico, el gran filósofo de la historia, aparece renuente en mi addenda, finitud de autores no leídos, pero igual del XVIII Adam Smith y su Riqueza de las naciones. Todo se convierte en este discurso catártico, en esta monotonía de axiomas coagulantes, coágulo de letras, recuerdo del primer blog que logré posicionar. Mi importancia entonces me orilla a publicar dos trabajos míos, que no son mas que dos intentos: un poema y una novela, ilustrados ambos, por distintos artistas plásticos. Renuncio entonces a la infracción acomodaticia del presente. Ya cuando terminé mi tesis buscaré trabajo. Entonces quizá pueda pensar en mi libro de ensayos.

Proyección de poética no supra mental

En el salto la caricia

de la eternidad, soplo,

ambientación de tránsito de siglos

las cicatrices de una década, mutilación

fractal como silueta de sombra, anteojos.

Laguna de sensaciones el cuerpo

flacura dentada como de psiquiátrico

espejos torcidos que ciñen recuerdos

al flujo de la constancia: axioma de honor.

Temporalidades arcaicas del éxtasis

bailes de los rituales anquilosados de la destructividad.

Perfil de todos los siglos y sus ambiciones

ese espíritu individual que no alcanzó la época.

Perdida la lontananza del reflejo

era un país el sonar de la pobreza

como lata con escasas monedas

sonando en la calle de la desolación.

Abismos todas las semanas desde ese punto

languideciendo los espasmos que son

las correrías del infinito en el aposento de la historia.

Ácida circunstancialidad, evento frustrado,

revocación del edicto de la muerte:

todas las mañanas del milenio que termina.

Micro poética del desconsuelo

Una tradición poética se levanta con Aristóteles, Horacio, Nicolás Boileau, Ludovico Antonio Muratori, Ignacio de Luzán, Johann Friedriech Hegel, y luego pensar que los estructuralistas del siglo XX no pudieron omitir la función poética del lenguaje. No, Roman Jakobson no estaba equivocado, pero no se trata de una simple teoría verbal, no, tampoco es el rinconcito donde escribiste tus primeros versos. No es El cementerio Marino de Paul Valery, no es Ezra Pound, no, no es El arte del Ingenio de Gracian ni tampoco es el sentido de la teoría verbal que busque la belleza. No, es más bien el llanto, el dolorido momento de ver que no sabes cuál es la sílaba tónica ni tampoco comprender la variación de los diptongos, no es el acento diacrítico ni tampoco la eufonía o el epifonema. No es la definición antropológico-filosófica del hombre de Cassirer como un ser mitopoético. No es la poesis o la autopoesis de Humberto Maturana. Nada, este lenguaje, esta teoría, estetiza un  berrinche, un drama de control como de los que habla Victor Turner. Es la experiencia misma de los atardeceres en Lisboa, pero sin barcos ni fado ni Madredues, ni la chica que tenía un años más que tú cuando intentaron ser novios pero al final te perdiste en las drogas. Eso es, el desconsuelo de la juventud dilapidada, de la esperanza rota, la estética del llanto, del dolor, de la tristeza, como si fuera hermosa la depresión, pero también es la lógica paradójica oriental de la que habló Erich Fromm en El Arte de Amar, también es el perdido recuerdo de Las penas del joven Werther leído una primavera. Es también la ominosa omisión del Arco y la lira, de Quadrivium, la omisión de Octavio Paz, como trampolín a la ignorancia, también desconsoladora. Esta teoría verbal es lo opuesto a un dildo en una escena pornográfica, en una alcoba de solterona, es lo opuesto a la consolación masturbatoria. Es igual al auge rotulado del absurdo mítico levistraussiano, camusiano, satreano, como el juego de espejos de Lacan pero sin la crítica de Freud. Eso es esta teoría verbal, este escueto pasadizo de sin sabores: mejor hubieras estudiado física cuántica y te habrías forjado una identidad de vídeo juego. El desconsuelo de la miseria, de la trágica inmanencia edípica-eléctrica, son todas las lágrimas vertidas por una caída a los 4 años en reconocido parque local, son todos los desamores por las morenas, rubias, trigueñas de fuego, con bustos perfectos, caderas perfectas, simétricos y hermosos rostros, es, finalmente, la puja por la evasión dolorosa, es decir, el dolor que no cesa, el fin que no alcanza, que no llega, que no termina. Esta teoría verbal es la apoplegia del simbolismo antropológico de Geertz pero con las teorías culturales de Boas, Kroeber, Herskovits, es la mismísima escuela de antropología norteamericana, sin Ralph Lintón por favor. Como toda teoría verbal, su práctica es definitoria del precepto desconsolador, del dolorcito voluptuoso de una amanecer en una ranchería. El desconsuelo queda escrito así como una teoría del dolor irreparable.

Vuelvo

Reloj de sol

Descansé un poco de la escritura aquí. Es fácil perder el ritmo, difícil retomarlo. Quizá el silencio tampoco sea una manera apropiada cuando se va construyendo una audiencia. He vuelto, con distintas vivencias, sorprendido por muchas cosas, extrañado, algo cansado. No estoy en un momento bueno, no estoy contento ni me encuentro satisfecho con mi vida, exitosa, triunfante, pero triste y vacía, insípida, acartonada. Y no es para menos. Hace poco decía en Facebook que estoy traumado eróticamente. Podría agarrar este volver como una síntesis terapéutica. No lo haré. Hace más o mens 3 años y medio decidí volver a las aulas universitarias. Estudio historia y estoy en mi proceso de tesis. Si mi traumatización erótica no fuera suficiente, es decir mi incapacidad para tener vínculos afectivos con chicas pero también mi impulso vital obstruido por mi visión necropática de la vida, me arremete la culpa cuando dedico tiempo a este espacio y me digo a mi mismo: debería estar haciendo mi tesis. Voy terminando mis materias y se perfila el final de mi ciclo académico vigente. Me llena de miedo. Y tengo en mente un tema inmenso, novedoso, al cual mi asesor le pone siempre negativas. Y me siento más frustrado, más incapacitado, con menos instancias al diálogo. Vivo ese bloqueo propio de los gremios: parar ser parte de uno debes pasar por sus ritos de paso, conocer sus reglas, aceptarlas, jugarlas, trascenderlas. Y dicen que me paso de inteligente, que abarco demasiado, que no es para tanto. Localizo también mi inocencia, mi indisciplina, mi falta de rigor, mi escueto bagaje intelectual, quizá no escueto, otro, inconexo para una investigación. No es suficiente tener buena ortografía, saber citar, argumentar, construir conocimiento. No, soy un alumno y no puedo tener propuestas novedosas, soy inexperto.

A principios de mes nos fuimos a tomar la foto de generación al puerto de Veracruz. Y yo estoy

En la foto de generación

oxidado, fuera de contexto, distante, haciendo popurris irreverentes de éxitos del momento. En mi país, México, se vive un ethos de descomposición que genera un pathos violento. El ethos se refiere no sólo al narcotráfico, a las negligencias y abusos de la clase política, al sesgo ridículo y obcecado de los medios masivos de comunicación nacionales (TELEVISA y TV AZTECA), sino también a la podredumbre de un tejido social históricamente construida, al retorno del Revolucionario Institucional a la presidencia, a la reformulación saqueadora del hipercapitalismo global inserto en estas tierras. Todo esto se puede sintetizar en la expresión personal de que México es un rancho, el rancho nacional: la ley de las armas y del más fuerte, las correrías y corruptelas como sistema operativo en todos los niveles sociales, el conservadurismo religioso, fanático, el etnocentrismo racial, la discriminación y los ataques constantes a la población femenina no hablan más que de este ranchito, donde todo se arregla a pistolazos o con fajos de billetes, donde no hay derechos humanos en la práctica, aunque si en las leyes, donde la democracia es una farsa teledirigida de sostenimiento del sanguinismo político. A principios de mes nos fuimos a tomar la foto de generación, ¿qué le interesa a los jóvenes? Todo es broma, risas, chelas, alcohol, sexo, o conservadurismo, moralismo, recato, no sé… ¿Y yo dónde estoy? ¿qué soy? ¿en qué dimensión social puedo integrarme?

Rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar, Agustín Lara.

Estoy traumado eróticamente porque ya no distingo ni aplico ni consecuento las formas eróticas, en un sentido abstracto y concreto, las formas en las que el amor se expresa. Ya no percibo el amor, ya no lo identifico, ya no lo puedo nombrar, no puedo referenciarlo ni tampoco puedo seguir los flujos amorosos. ¿Qué es el amor? Y quizá no sólo debería leer a Stendhal.

Mosaico También Ignacio de Luzán habla del amor en su Poética. ¿La calidez, el abrazo, el beso, la ternura, la vida, el sol? Todo me remite a la biografía de Mozart que leí a los 16 años, a la división nietzcheana entre lo apolíneo y lo dionisíaco: http://es.wikipedia.org/wiki/Apol%C3%ADneo_y_dionis%C3%ADaco 

También Ignacio de

También Ignacio de

Estoy en medio, entre la luz y la oscuridad, pero dentro, vive una tundra inmensa, tundra de desamores, de desencuentros, de rabia y odio, de veneno, de envidia, de dolor, de fracasos y tristezas. Tundra porque mi corazón me resulta una gélido páramo. Por ello mis traducciones intelectualistas, mis fórmulas retóricas torcidas, espasmosas, lúgubres a veces, y otras desangeladas. Fisiológicamente mi esquizofrenia lo explica todo, mi depresividad constante, mi aislamiento, mi tabaquismo, la sombra que soy del adolescente radiante que era derpotista de alto rendimiento, la sombra de los flashes de mi psicodelia personal, ese pasaje mío turbulento, turbio, ese residual estrato psicótico, ese desorden de la razón, de la mente, los senderos transitados del laberinto del desquicio. Y yo estoy ahí, no aquí, estoy allá, no acá, sin pertenecer. El trauma erótica es eso, la actitud de abandono, el miedo a brillar, el terror al mundo, a las personas, a los juicios. Mi sensación es de un histórico rechazo a mi persona. Y aquí estoy, escribiendo, vomitando quizás, pero por encima de todo el telón de los años, 33, la edad de Cristo. Entonces el abosultismo mental de mi presente es lo imposible constante.

Estoy en tránsito y vuelvo aquí, a ser un rincón, a ser una aire, a ser letra.

 

 

Micropoética inservible

El eco que escinde

los atardeceres

escritura luminosa.

Guarida de tiempos

inserciones cristalinas.

 

Asepsia y esterilidad: poéticas tecnocráticas

La ley antitabaco, la lucha contra las drogas, las campañas contra la pornografía. Mi pensamiento no puedo crecer ni proyectarse más allá de una simple y ramplona visión mutilada del mundo. Y no es para menos, siempre que no leo los periódicos. Al final de cuentas no hay que ser un gran estudioso para darse cuenta de algunas cosas. Siempre que la poética se trate de una teoría del lenguaje estético, siempre que sea una forma de la función estética de la comunicación, forma además teórica, muy por encima de los usos discutidos por el estructuralismo en todas sus acepciones, podemos aceptar que en el nivel expresivo hay múltiples tendencias. Y la oficialidad, la legitimidad, la autoridad, también impone formas y modelos de acercamiento, teórico y práctico. Y bueno, la idea de la longevidad, de la vida aséptica, no puede ser otra cosa que una asociación entre el dinamismo de la tecnocracía, donde se respalda la figura minimalista de una proliferación inodora, incolora, insípida. Y aunque sólo puedo mencionar a Sloterdijk, no es para menos la reflexión. La riqueza y el capitalismo contemporáneo responden a este canon de belleza, aséptico, pulcro, de gimnasio y complementos alimenticios, de musculatura perfecta, de curvas y formas alegremente construidas. Modelos que vienen de la antigüedad griega quizá, quizá romana. El areté y la techné del período clásico, la paideia, educación para ser ciudadanos. No es en balde que sea una farsa democrática. Asepsia, pulcritud, limpieza, que niega la pobreza en todas sus formas, que rompe con formas que no son semejantes a ella: ¿donde quedan la tierra, el agua, los bosques? Shell y compañía representan la depredación. Texaco también. Coca Cola también (aunque yo tomo Coca Cola). Lucha de clases dicen los vídeos de los narcos y la evidencia de las formas represivas: limpieza, purga, exclusión, asepsia: poética de la quimica y la quimioterapia cultural. Ya lo digital niega el polvo, ya la luz es asepsia, pulcritud, química poética de la cultura: mejoramiento de las condiciones de vida y la proyección de los tiempos hypermodernos, saturados y saturantes. ¿La esterlidad? La negación de la vida, de los entrecejos de la abrumadura desigualdad. Colocación de le negación del tiempo, lo llama posthistoria. Falsas conquistas, estratificación de los desajustes globales. Esterilidad, fórmula de los tiempos presentes. Dos poéticas propias de una enajenación cocainómana, heroinómana, cual división social a partir del consumo de drogas. La culturalidad escueta de la dominación y los arrobados golpes de un terrorismo parcial. ¿La guerra es lo menos aséptico pero lo más estéril?