Fragmentación postinternética

Camino al tiempo

soledad, mácula de vivir

tu estructura, nombre.

Silueta pornonarcótica

esbelto consumo

de la materialidad

Añoranza, si viaje

trabazón de silencio,

si postración

escueto esqueleto

de memorias.

Fungir de arbitro

en el juicio profiláctico

de la asepsia:

invocación furibunda

esta condición negativa

del amar las conchas marinas.

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Escritura y sobrevivencia ante el impacto pornonarcotecnodemocrático

Mi planteamiento historicista, reduccionista y generalista de un ethos pornonarcotecnodemocrático, o sea de un presente distemporáneo plurivalente culturalmente degradado en la pornonarcotecnodemocracia, no es por sí mismo más que un planteamiento de traducción vivencial de una faceta dentro de la digitalidad postindustrial global. Si bien mi traducción no es más que un acercamiento al problema del capitalismo digitalista, sin una lectura cierta de Marx ni de los planteamientos postcoloniales, cabría la realización de una epistemografía histórico-cultural de este ethos occidental y occidentalizante. Si la psicodelia, la liberación sexual, el desarrollo tecnológico y la supremacía política del sistema democrático son hechos innegables históricamente en nuestro presente —más bien considerando a Sloterdijk y algunos de sus objetivos filosóficos— este ethos refulge como paladín postestructural, postcultural y postneoliberal de las dimensiones estéticas, recreativas, económicas, productivas y entretenedoras de un gran sector demográfico en el presente postinternético. ¿Qué función tiene en este universo saturante de tiempos diferenciales, por individuales y subjetivos, el hecho, trascendente o no, de escribir?

La condición de una economía cognitiva-cultural postforsdita podría contra argumentar la lógica degradacionista de esta formulación negativa de la cultura occidental. Pero escribir implica, ciertamente, más que un esfuerzo de traducción —lingüística, cognitiva y cultural— la apropiación del mismo terreno distemporáneo, subjetivo y particular —por encima del giro postmodernista—, que se abre en disputa a la pornonarcotecnodemocracia. Pero si este retoricismo intelectualista y contraesclavista puede ser únicamente la condición ideológica de este sujeto, objeto de pulmones y deseos, la escritura responde, para mí, entonces, a una dimensión que trasciende el basurerismo cultural y mental, práctico y representacional.

¿Por qué escribir tan duramente que sea ininteligible? Es más un snobismo ramplón, un esquematismo mutilante, que un hecho comunicativo. No es, entonces, la crítica a la vergüenza modal ilustrada o la actualización de un pensamiento aislado, vacío y torpe. Es, en el peor de los casos, la contra dimensionalidad al pensamiento de Wittgetstein y a los convencionalismos científicos y filosóficos, donde más vale no decir nada cuando no se sabe sobre algo. Se trata de la invención, esquizoide y psicotizante, de un paradigma interpretativo donde lo alfabético responde a la potencia creativa, a la poiesis, al logos historizante en una caduca lógica preductiva. Si la condición de invención estribara en la realización de una nueva jugada no habría oportunidad de nombrar y recolocar la dimensión dialécticamente antagónica entre la degradación pornonarcotecnodemocrática y la exaltación gramaticacognitivocultural.

La intraducibilidad entonces responde a una negación filosófica escuetamente planteada, porque no hay vestigios conduntendes de la performatividad fonológicosemántica recreativa del sintagma pornonarcotecnodemocrático. Por el contrario, en su dimensión retórica la gramaticacognitivoculturalidad responde a una lógica que rompe el axioma nihilista, existencial y potencialmente reduccionista.

Escribir entonces es plasmar una contra indicación a la esquematización programática del silencio.

Porque se puede ser simple, sencillo, comprensible, accesible, o se puede caer en este retorcismo que denigra también, en una antológica postmentalista, el resquicio saludable de un psiquismo normalizado. En el peor de los casos se trata, entonces, de resemantizar la condición posthiperrealista del ser en una ontología preductiva, contractualizada dentro del abigarramiento conceptual arquitectónicamente escueto, raquítico y exagerado.

Escribir por tanto, no solo plantea una realidad temporal, sintagmática, sino también una condición inferencial de la causalidad preindustrial, primero, pero también de la teleología vacuista de la obsolescencia. En ese sentido la caducidad del pensamiento,  más allá de la lógica del input posible y del output mejorado, se corresponde a la distemporaneidad contrasocial del individualismo postinternético. Por lo tanto, la dicotomía privado/público ha trastocado su semántica occidental, para abigarrar de un simbolismo marchito a la lógica trascendental de la cotidianidad y del prestigio y reconocimiento transgeneracional del acto mismo de nombrar y de aprehender las condiciones propias de la realización planetaria humana.