Despedirse de Rita y Lucha, mis hijas

Me voy a Zamora, sin ellas, triste. Ayer lloré porque estaré lejos de ellas 6 meses. Se quedan en buenas manos. Ayer lloré porque no estoy seguro de si podré llevarlas conmigo después, pero también por la despedida. Mis hijas, mis perritas, mis hermosas bestias. Lloraba y le decía a Lucha que me iba, le decía a Rita, me voy. Llorar no está mal, no está mal despedirse, no es malo cambiar, aunque duela. La historia de Rita, que acaba de cumplir 12 años, es heroica y realmente de admiración. Lucha es la mal educada, como todo segundo hijo. Y yo me encuentro aquí, desconcertado por la empacada, vislumbrando horizontes, intuyendo, viviendo, sintiendo. Sin ser presa de la incertidumbre o la inseguridad, camino, muevo, coloco mis energías.
El viernes encontré un departamento en Zamora, lindo, individual, bien ubicado. Me voy y estoy triste pero estoy contento. Ellas han vivido conmigo y ahora se quedan aquí en Xalapa ¿temporalmente?.

Ayer lloré con Lucha y con Rita y ahora me toca irme.

Rita a la izquierda y Lucha a la derecha, cenando

Lectura en el ahora: el periplo italiano de Elena Croce

Dentro de una actitud crítica y con una elaboración de juicios bastante prometedora la estudiosa italiana ofrece un recorrer la idea de la narrativa italiana de finales del medioevo y los albores del renacimiento. Recabar un corpus de obras, donde encontrar a los clasicos italianos, implica un esfuerzo de historiar la literatura frente a postulados tradicionales que niegan la existencia de una narrativa italiana en esta temporalidad. Y en la revision de Croce, que pasa por Settembrini, no faltan Dante, Bocaccio, Ariosto, Boiardo, y otros muchos prosistas italianos. La lectura implica el esfuerzo de interpretar comparativamente la narrativa que surge en España, Francia y Alemania, por ejemplo, con las producciones italianas. Ágil, documentada, inquietante y convidadora, la lectura de Croce esparce huellas de una tradición literaria que no se cifra necesariamente en el canon nacional italiano sino que muestra los lados flacos de dicha elaboración. Aguda, atenta, plena y contagiosamente crítica, la andanza que ofrece este periplo nutre la comprensión de la literatura italiana en sus expresiones cuentisticas, novelísticas y prosísticas, que establecen un gusto y una creatividad inteligente mayor a la construcción identitaria de la literatura   referente a Italia como nación.

Vomitividad y verbalismo

Falsifico mi emotividad, falsifico mis ideas, falsifico, evado, el torrente cierto, acuoso, de la lengua. Desconozco de retórica, inmensamente ataco el teclado, pam, pam, pam. No es verdad que por escribir uno sea escritor, es mucho más complicado, pero tampoco es cierto que uno deje de escribir: escriba dice un buen amigo librero. Existe una horizontalidad que promueve el despilfarro verbal, la del sintagma. Ahora no es una cuestión de lingüística. Más bien se trata de la performatividad del momento: ¿qué pienso que digo cuando escupo saltos dentro de este cuadrado que será visto por 25 personas máximo? Es mucho menos que una audiencia, mucho menos que los libros que se pueden vender en una presentación regional.

No vayamos muy lejos, por favor. El abecedario es distinto del alfabeto, pero también la resistencia oral es distinta al trazo escrito. La mejoría estriba en la articulación del signo lingüístico y la escritura, no obstante los escondites ciertos de la inteligencia ficcionalizada del instinto, del arrobar las cúspides de la mente con grandilocuencia efervescente de misterios. ¿Dónde estaba abril en 1678? En el mismo sitio, cronológicamente. Se trata por ello de la calendarización del vacío, la vacuidad historizada, cata pum, cataplasma, ectoplasma, protoplasma, como la adenéica señal de decrepitud que arrostra mis ojos frente a una cabalgata insufrible de payasos literarios. Pero el payaso soy yo, sí, ridículo, sí, siempre, desde niño. Igual que las estrellas, igual que la sal, ridículo, sí, siempre, as usual. 

El acto de habla escupe, entonces, estas fruslerías, vaya palabreja, vaya intentona, vaya raquitismo, este ramplonismo ideológico, este desconocer tradiciones, este ni siquiera estar seguro pero seguir adelante. Vamos, cómete un Hot Dog, es lo de menos. Maravilloso, simples combinaciones infinitas. Diría Chomsky: your speech deos’t say anything, who cares? Encima del trance psicodélico, sexydélico, pornodélico, logofágico, emblema si carisma de cuento de los años cuarenta del siglo pasado, chasis de pacotilla de un automóvil oxidado en La Habana. Debería vivir más, debería abrirme, debería dejar de intelectualizar mi interpretación de mí mismo, soy un fiasco, un fraude, pero soy. ¿Aquí hay temporalidades ocultas en un numeral endecasílabo de fractales insalubres? De nuevo el hecho de la salud, la enferma obstinación del nombrar, más bien del expresar sin decir. Pamplinas, sería como ir de un lado al otro en la calle de la zona roja y decir: no soy carnívoro, soy vegetariano, who cares?

Improvisación lírica transgénero de memorias distorsionadas

Debería escribir el collage de todas las publicaciones periódicas presentes en la casa de mi madre, Margarita, incluyendo mis revistas de estudiantes de antropología, las de reflexión sobre la postmodernidad, las del Poeta y su trabajo de Hugo Gola, también los suplementos del anterior periódico Milenio Veracruz, esos suplementos donde publiqué alguna vez, suplemento nombrado Laberinto, dirigido por Omar Piña. Debería quizá reconocer el camino andado y hablar de Mirna Valdes, de Erica Carrillo, de Juan Pablo Villalobos y algunos otros muchos autores que deambulamos por ese recinto cultural impreso. Debería quizá retomar las revistas de Cuicuilco, las de la UAM-Iztapalapa, también las de Alteridades, sin omitir las de Historia y grafía, la Revista de Historia El Siglo XIXDualismoSotavento, y por supuesto los suplementos de México en la cultura dirigidos por Fernando Benítez. Debería quizá revisar todo eso y entonces escribir, entonces saber, entonces actuar de acuerdo a los caminos de la intelectualidad mexicana, latinoamericana, europea, porque también hay revistas de El Viejo Topo, pero entonces me encuentro perdido en el laberinto del tiempo, del presente, de contar con un acervo inmenso de papeles, como algunos ejemplares de la colección de editorial Era Cuadernos políticos. Y si mi síndrome de Diógenes me lo permite, quizá un día pueda hacer ese libro donde encabalgue mi filiación intelectual con la de mi madre.

 

Versificación de tu ausencia I

 

Tú que escribiste

árboles genealógicos:

¿me reconocerías ahora?

Investigo sobre Ignacio de Luzán

y me preguntó si hay un factor

jesuita común en el orbe hispánico

en 1767, pero entonces,

divago entre poéticas, históricas,

cuadros y desnudos femeninos.

Tropiezo cierto,

si donde habito un instante

es por siempre tu voz,

en la cordillera de los años,

de las vidas, del chismorreo

de la intelectualidad mexicana.

No olvido lo que me contaste sobre Paz

cuando Onetti vino a Xalapa: tu exclusión,

constancia de vida, igual me siento yo ahora.

Un historiador recomienda un escrito de Aguilar Mora.

Entonces recuerdo nuestras pláticas

sobre Monsiváis, recuerdo entonces

tu pertenencia a la intelectualidad mexicana

del último tercio del último siglo

del milenio pasado, y constato,

con tu foto con Héctor Aguilar Camín,

que entonces yo no te usé como plataforma.

Lloro por dentro porque un día, en una fiesta,

parecida a Woodsktock, grite: llévame contigo, mamá.

Porque después de leer algo de Fromm y de Jung, incluso

de Freud y Lacan, me pierdo en la psique histórica

de un nosotros, Margarita, tú y yo, entre la selva

del Totonacapam, en el desierto cercano a Paquime,

tú y yo, la incubadora, mi destete obligado, tú y yo

y ese poema donde versabas que ponía en jaque

tu dolor. Hoy entonces, pierdo el tiempo,

con preguntas mustias, pero Roberto ahora es mi

amigo. Te extraño y también te creo, pero te olvido.

Igual que tú, allá en la Sierra Tarahumara, está

Augusto, que te alcanzó 8 años después.

Y el cielo es también color azul, las nubes

son blancas, con accidentes, pese al cambio climático.

Ayer revisando el archivo familiar encontré

algo inédito de García Canclini y entonces recordé a Maren

diciéndome que tú le decías Chanclini.

¿Qué migraciones no viviste tú

que te hicieron ser extranjera en tu país?

Sigues despertando envidias, celos y rencores,

pero no importa eso, importa que te amo.

 

A.I)

No interesa mucho el mosaico que pueda esgrimir contra el espejo de mi retruécano emotivo: soy y escupo, porque no es divino el verbo, pero sí la luz. La historia de Urías el Hitita se repite en mí. No interesa tener un nombre bíblico, no importa tampoco que nadie lo pronuncie apropiadamente, aunque ahora hay una actriz famosa que se apellidada Urías. No importa tampoco el recuerdo de hace 15 años, no sólo del Rave de Alien Project, no sólo del viaje a Japón, es más, importa más recordar el guiso con anguila y arroz blanco, el sushi, las sopas, el dragón chino que ya hace tiempo se perdió, el abanico japonés que ahora tiene Claudia (espero), porque mi cuaderno de ese viaje, Coreano-Japonés, fue tirado junto a otros papeles encucarachados, en casa de Juan Ángel. No interesa la narración de los hechos, no interesa el vínculo o el lazo, ni las substancias. 15 años atrás deprede el peyote en Wadley, con toda la tristeza del universo, con el castigo de una espina en el talón derecho, como el grito en el oído derecho, como esa mística imagen que nos condujo a la cagazón, donde los tapetes fueran tan importantes, mística como la imagen de Bush y Saddam Hussein jugando también con tapetes en 2002. Hoy que todo es una distorsión, hoy más que nunca no interesa el testimonio, ni la certidumbre del esclavismo sexual, no interesa mi pesadilla, que después fue pesadilla universal. No importa tampoco la morena bailarina más hermosa que cualquiera, no interesa la canción de Fito Páez, Joaquín Sabina y Andrés Calamaro, ni mucho menos el estructuralismo de Leví-Strauss o la antropología postmoderna de Clifford Geertz. No importa tampoco la semiótica de Umberto Eco, no importan Greimas, Bourdieu, Althusser. Son muchas vidas entonces esto que vomito, este escupitajo de nombres, de vivencias, de recuerdos del sabor del Sake, a madera, como del saque de banda en el partido México-Ecuador, como la ramplona y asquerosa televisión mexicana, como los machitos nacionales enaltecidos en el extranjero, como el charro negro pisándome los talones y yo con ganas de partirle la cara. No importa ni interesa haber ido al México-Croacia con pantalones guatemaltecos, huaraches de Malinalco, guayabera yucateca, gorra gringa y collares de la Sierra Tarahumara. También los increíbles lentes amarillos que compré en Niigata, se perdieron, porque se les obsequie a Gael, que fue tu alumno en tercero de secundaria en la Freinet. También el reloj, bonito y azul, de esa tienda se perdió, por andar fumando mota en los pasos peatonales del Distrito Federal con Gonzalo, hace ya muchos años, cuando ya no era novio de Luisa, pero a quien quisimos tanto. Todo eso no interesa, no incumbe al presente, ni al pasado, ni al futuro, no, porque Dariana no es Denis ni Adriana ni nadie, no es nadie, no existe ¿o sí?. Porque Denis muy seguramente no me recuerda. Porque Dariana y su voz son hermosas. Porque Adriana, la modelo de Victoria Secret, tiene un parecido inmenso con la chica que bailaba. No importa que un mal sueño se vuelva realidad, no importa pedir un deseo con una estrella fugas y que también se vuelva realidad, no importa tampoco proponerse un programa intelectual y que se vuelva realidad en 7 años. No, no interesa, no es conveniente mencionarlo, nada, nadie, nunca, aquí.

Descoyuntura psicoanalítica

 

Bailamos y a ella le adjudiqué

tu figura, su representación, tu esencia,

porque imaginaba cómo

ustedes, papá y mamá, se hubieron conocido,

cómo debieron divertirse,

cómo se decidieron a cortejarse,

cómo por encima de otras opciones

se eligieron. Y ella, morena como tú,

hermosa y esbelta, como tú,

sonriente, de ojazos, atlética,

rompió mi alma con su alma

y nunca pude abrazarla.

Pero todo fue un recorrido

al verde instante de la marihuana,

todo fue el tropezar absurdo

con el látigo de las mareas sociales,

todo fue confundir, a la distancia,

el espejo con el espejismo,

el síntoma con la enfermedad,

el sueño con la vigilia.

Entonces ella se volvió tu recuerdo,

pero no tu duelo mío, no tu obra,

no tu estar y ser en el mundo,

no, tampoco he podido entregarme

al perdón y he amado a medias,

siempre, aquí, con ese constante

recordar el baile más grandioso de la eternidad.

Ella, junto a ti, es también ese sueño

hermoso en un camión,

donde tú eras ella y ella eras tú,

donde yo veía

los ojos más hermosos del universo,

donde palpar fue tocar su aliento

con mi oído, llenarla con mi aliento,

saltar al universo, oscuro y luminoso,

desear un abrazo que nunca llegó.

Aquí estamos, sin nosotros, en la perversión

de la barbarie inflexible y constante.

B.II)

Al final quizá sólo me queda conformarme con la posibilidad de investigar la recepción cultural, literaria y periodística de Ignacio de Luzán en México entre los siglos XVIII y XX. Madre, reuní tus obras, pero me faltas tú, te leí, te compendié, digitalicé tus artículos, pero nunca podrás escribir tu libro sobre Escandón. Mamá, perdón, ya es tarde para ser el buen hijo que no fui. Y ahora, todos estos años sin ti, que son sin nosotros, son también sin ella, que tiene raíces chihuahuenses, como nosotros, y que yo lo supe a mitad del ácido de ese noche, y ahora todo es imposible.

 

Ataque al teclado

Sí, por eso me escondo, solitario, inmerso en una nulidad, luminosidad, esperpento, torrente. Este fastidio de intuirme comulga en el trance ignoto de seberlos. Rompecabezas de silencios, alientos entrecortados, pulsasión de recuerdos frustrantes, esmalte y resina en la pátina del dolor. Todos estos años aquí, absorto, abyecto, absuelto, absorbente, en el tufo roído que es mi nombre.

Esconde por si acaso las lenguas vacuas del sentido, porque mi semántica carece de emblema, porque carezco de la etnografía pertinente a la destrucción del presente. Desde un pasado quebradizo arremeto contra los fulgores de la iluminación. Entonces mis libros son un montículo de vapores de otras vidas que subyacen a la monotonía del instante.

Camino los deteriorados momentos del estar, conspicuo me embalsama el árbol de la existencia. Dentro de mí yacen las momias metafóricas, blandengues y oscurecidas por la irradiación histórica del humanismo español. Evoco sin querer al arbusto torpe que fuera injerto en la biblioteca de Alejandría, porque entre las calles del ahora y las luces del ahora y la ceguera del ahora todo es un ramillete de insufribles compaginaciones algorítmicas.

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Reconocimiento óptico

Caras, rostros, imágenes, nos invaden, todos los días. Vivimos el régimen de la visualidad: fotos, farándula, actores y grupos, Facebook, emojis, rostros. El mar de imágenes infinitas nos circundan, nos impele a identificar, todo es identidad, conquista, nombre, incluso el anonimato tiene rostro. Caminamos por la selva ruidosa del siglo XXI entre luces, pantallas, reflejos, instantes que designan cúspides de sentido, tendencias pasajeras, modas, precipicios masivos de gustos y preferencias. El rostro entonces se convierte en un signo, en una moneda también, bajo la lógica dual de una economía de la imagen, como vertiente también, fetiche y estructura, del intercambio personalizado. Náufragos en un subjetivismo constante, todo es el semblante, el estado puro de una condición que la antropología forense identifica claramente. Si la fisognómica estriba en la identificación del rostro, hoy en día estaríamos en condiciones de preguntar por una fisognómica efímera y vacua, porque todos tenemos una cara, un semblante, un gesto, algo que nos identifica. Al final no es más que la proliferación y confirmación de las expresiones humanas lo que nos deja pensando, atemorizados, en que la cara familiar no es más que la cara compartida.

Caemos en el día a día en un ensamblaje de personalidades, en una costra de personajes y nombres, y todo el tiempo hacemos como que ignoramos la minúscula grandeza de los sin nombre, de los que no ocupan un sitio en la digitalidad. Representar la constancia de lo humano, abigarrar los horizontes propios del sentido, es un ejercicio de occidentalidad inerte y sombrío. Porque en el fondo la esclavitud visual dista mucho de corresponder a la plenitud alfabética o al paraíso cultural. Porque los rostros, las caras, no son más que símbolos en el mercado saturado de ser presencia en este siglo de digitalidades múltiples.

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Dislocación del espíritu creador

No basta con implementar dispositivos creativos y de difusión expresiva, no basta con tener buena ortografía, o mala, no basta si quiera con acumular lecturas o miradas atentas a la tradición pictórica. Precisa, para el espíritu creador, actualmente una compleja red de habilidades, técnicas y métodos, que permitan la expansión del mensaje y del contenido. La dualidad forma-contenido, abigarrada en el saturado ambiente de expresiones contemporáneas, no remite más a las posibilidades de crear una jugada discursiva novedosa, sino remite a la morbosidad instantánea de los hechos y las formas de comunicación. water1

El problema histórico entre tradición y novedad, sucumbe ahora en la multidimensionalidad de los pastiches. La pureza del arte o de las expresiones estéticas, en su dimensión viral, responden al amarillismo cultural, a la tendenciosidad precaria de una moda y su efímero récord de visitas. Está demás pensar y decir con notoriedad las cosas, porque vivimos, aquí en internet, un universo de múltiples formas discursivas, que avasallan el criterio propio, siempre en construcción, al acto de seguir ofrendase desconocidas. Y la construcción de un criterio, personal, se moviliza siempre en todas direcciones, porque en el ácido momento de la renuncia a la verosimilitud moderna, naufragamos en una hostilidad pasajera, un el acto voyeurista, en el esparcimiento fútil, en la campechana de medios, recursos y figuras estereotipadas.

Al encasillar la creatividad en una nulidad comunicativa, como aquí parece en ocasiones mostrarse,water3 no dista nada del aislamiento mental y del despilfarro anti-ideológico que podría muy bien caber en una escritura vacía y tenue, abismalmente diluida en la poltrona del desempleo y la constricción personificada de una esfericidad terca: el recorrido que va de la inventio y la imago a la retórica insalubre y corrosiva, desquiciante y mordaz en su lucha intestina por mostrarse auténtica y original.

Si crear no puede otra cosa más que referencia a las grandes obras y los grandes autores en nuestros días, crear es una abominación constante que rompe para mí debe romper el cerco del automatismo y mostrarse teatralmente, líricamente, pictóricamente, a partir no ya de un canon o un conocimiento preciso del pasado histórico-estético (no solamente), sino que debe nutrir una exploración personal y colectiva que permita oscilar del nihilismo al totalitarismo estético, en aras de fomentar una water2actualidad fenomenológicamente imposibilitada de renuncias.

Al final todo se trata, para mi, de hacer un sitio en el universo tergiversado del lenguaje multiplicado en parcelas y aromáticas tendencias pasajeras. Se trata de embalsamar mi lengua y mis nulos conocimientos teóricos y filosóficos, no sólo como muestra y exposición raquítica del ser no instruido absolutamente, sino como mecanismo factual de exteriorización provisional de una pathos intrincado y fugaz, como el resto de los eventos, que indaga y provoca, desde circunstancias locales, un efecto reflejante creativo, creador, sustancialmente entrometido en la distorsión de los lenguajes, como una falsa episteme estética, no inmersa en la realización y performatividad del inabarcable presente.

Mística derretida de un escopetazo retórico

¿Cuántos enigmas quedaron pendientes al trastocar el salto de siglos a una mediocre rendija de luces que tintinean en el espacio? Como si de caídas y cosquilleos fuera la vida, acaso seña y soplo energizado, existe una avalancha infértil que convoca al pudor y la venganza. Pero si la moralidad resume las licencias del ser, los escondites del signo remiten a una arborescencia fugitiva de la cultura, porque en el bosque incierto de las mentalidades universales no existe una eternidad. Lo específico no es accesorio sino definitorio de proscritas modas. Al final de este pasaje intraducible mantenga usted la calma o si desea perderla no acometa a besos a su amada porque quizá mañana le diga que usted es muy guapo pero que consiguió a otro rico.

Existen mapas perdidos de todas las historiografías de la imaginación, como existen laberintos de sueños y existen amores posibles. También el cuarto repleto de libros asume un alquitranado buque, como si dentro de este palacio minúsculo y serrano —que es una biblioteca— se levantara inconsciente una mansedumbre a la contemplación anacrónica instante. Y en la cristalina oscuridad del mañana un ápice de cordura remueve las mordeduras de la carne inocente, escribe también un testamento a las conquistas humanas y, en su destartalada memoria, una mujer, que rezonga, es como una fritanga china ingerida por miles de millones de personas. Al momento no sabemos tampoco si hay vida en otras regiones cósmicas pero quizá también deberíamos dejar de alimentar los egos nacionales y permitir que las fronteras, inexistentes, fueran abiertas al compás de los intereses populares. Sin embargo, todo es un mercado, ahora global, irruptor y transgresor de la cordialidad y la armonía, de la justicia y del repartimiento equitativo de la riqueza. Simplemente un marxista frustrado no es más que un ideólogo mártir de la cruel sopa de lo imposible. Ante el llano indómito de la saturación comunicativa, el totalitarismo expresivo nunca puede sino mostrar los fragmentos dúctiles de lo que sigue siendo la praxis humana.

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¿Arte, muerte o revolución sin devolución?

No inquiero ni supongo el hechizo momento que proseguirá mi intento fallido. Es más, ni siquiera comprendo o asumo una teleología estética y, por tanto, carezco de definición lógica, semántica y conceptual, propia de un ensayo que pueda proporcionar una referencia válida de sentido. Pero si el arte es un instrumento de transformación, o de negación, de la realidad, deberíamos asumir que la proliferación discursiva estetizada no es un asidero seguro cuando de revolucionar el presente se trata. Si desde mi postura, snob, anquilosada y raquítica, no me es dable observar el péndulo transgeneracional del simbolismo actual, más allá de las dimensiones tangenciales de mi pensamiento hay una posibilidad realista de asociar el producir estético con la nutritiva sabia del ser. En esa medida el arte no es ya más que la imitación de lo imitado, es también un refrito renegrido de la polución masiva global. Los recursos no faltan ni las tendencias son absorbidas, pero navegamos en el extravío cotidiano que brota en sus caretas estéticas, en las axiomáticas figuras del discurso transmutado en expresividad comunicativa, carencia misma del estercolero de la aldea global. Desde la productividad fecálica del arte, las aristas posibles de la estratatificación jerárquica del pensamiento deniegan autoridad a la doxa, ámbito que también el arte, y sus técnicas y métodos, ha visto llegar a los extremos del maniqueísmo somnífero y trasnochado de un siglo XXI mutilante, heterofágico, glotón y supurante de basura legitimada institucionalmente como “creación”, “arte”, “literatura”, “teatro”, etcétera.

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Atmósfera derretida en un acto

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Podría creerse que la falta de sentido en el ámbito creativo es una derivación extensa de los fragmentos rotos que sucumben en un intento de teorizar la sensibilidad. Pero no hay un lugar común a la presencia ignota de la inspiración, no al menos en cuanto que deviene en un sin fin de actos, emergencias y situaciones. Propiciar la rememoración con la creación es un cuchilla mental, en mí caso, cuya inflexión de apropiación del significado de la experiencia puede muy bien circunscribirse en un acto reflexivo. En todo caso el semblante de mis carencias ideológicas, especialmente políticas, remite a una constricción volitiva de mi ser en el mundo, un tanto burgués, un tanto parcial, un tanto quebrada de los flujos informativos, de los hechos vigentes. Pero en el acto creativo, en el impulso creador que sigo, que persigo con mi automatismo escritural, no existe una premonición latente ni un fondo instantáneo que surque los océanos del ancho mar digital. En mi feudo creativo las exploraciones realizadas pueden muy bien ser legítimas o no, pero en el peor de los casos se trata del impulso catártico que, orillado a la necedad de un acto distorsionado, promulga los epicentros, ora lúgubres ora luminosos, que demarcan los linderos de mi discursividad.

Mantengo un impulso neto de exposición verificada en donde es posible localizar un influjo constante, en ocasiones falaz y otras veces pleno de sentido. Hay también un intervalo que oscila del lenguaje, del pensamiento, de las dimensiones interpretativas del ser y del mundo, a una estética cardinalmente solitaria, emblema mismo de un arte quebradizo, de una arteria sensible fugitiva, de una espiral ininteligible. Por la construcción sin agenda ni itinerario, mi arte, mi poesía, mis creaciones, no responden a la realidad ajena, al mundo externo, a la metafísica internáutica, sino que son porciones todas de mi interioridad, de mi instintividad creadora, de una especie de vivir el presente que no tiene nada que ver con el presente, una fórmula negativa, por dialéctica, de la asunción del tiempo y de sus marcas en el ahora. Lo instantáneo figura como un producto realizable, pérdida de simbolismo y de abstracción, surco y manantial de frases, versos, prosas, imágenes, orillas mismas del acto de desahogo incesante, infructuoso, ocioso, extravío y sombra de la torcedura del alma que me invoca cada vez a nombrar, a decir, a poner en juego una red de impulsos estéticos de dudosa procedencia.

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Exposición personal

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Desde la pieza contigua al presente, registro y vocalidad del pensamiento propio, personificación y escenografía, costal autográfico, lontananza mía, que de silencio cobijo cada vez que versifico mis desquicios. Aromática y presentimiento de una alza en el costo del sentido, símbolo perdido, extravío ideológico y locuaz tenacidad de enarbolar la dicha regocijante del lenguaje. Culturalmente árida la tropa mental, fauna interior desde el aposento de la memoria instantánea.

Causas

Cuando Efigenia azotó la puerta aquella tarde, Raúl supo que algo se había roto para siempre. ¿Fueron las constantes llamadas perdidas un síntoma de la evasión que hizo a Efigenia surcar los mares de la furia? Raúl cursaba el último año de carrera y ella había sido el amor más plácido y más extremo que hubiera tenido. Al salir del departamento de Raúl, Efigenia entendía que no habría marcha atrás, que todos esos años invertidos en lecturas compartidas, comidas mediterráneas y películas de arte acababan de irse a la basura. La borda a la que remitía los esfuerzos de 6 años de noviazgo parecía una maleza púrpura carente de algún atisbo de ternura y luz. Aunque Efigenia mantuvo en alto la frente, dentro de sí un sentimiento erguido asemejaba su vivencia reciente a una ostra lista para el caldo. Tomó de su bolso las llaves de su auto y decidida a no caer en el impulso de emborracharse, a medio llanto y gimoteando, subió en el vehículo. Antes de arrancar se detuvo en el asiento un momento para ojearse en el espejo retrovisor. Se preguntaba qué podía ser tan malo en ella como para que Raúl no le hubiera prestado atenciones en las últimas 3 semanas.

Detuvo el llanto, limpió su rostro de lágrimas, se arregló el cabello y encendí el automóvil. Comenzó entonces su peripecia urbana, sin rumbo fijo, sin destino. Pensó en visitar a Mónica, contarle todo, desahogarse, pero en cambio se dirigió a ver a Sebastian. Cuando tocó el timbre del departamento se escuchó en el interfón la voz rasposa y aguardientosa de Sebas. En ocasiones él le regalaba bolsitas de cocaína o marihuana cuando estaban de fiesta, aunque Efigenia prefería tirarlas a la basura después de haberlas probado varias veces y no comprender la finalidad de emplear el contenido mágico de las bolsas para recrearse. Sebas bajó del quinto piso, en bata, despeinado y como recién despierto. Abrió la puerta a Efigenia, le hizo una seña para que pasara y le preguntó si estaba bien. Efigenia no dejaba de pensar en las últimas vacaciones al lado de Raúl, cuando fantaseaban con concluir la carrera y hacer un posgrado becados en el extranjero. Ahora todo era una nube de tristeza y desolación. Sabes le ofreció un poco de agua, la hizo sentarse en la sala y le dijo si había problema en que fumara algo de yerba. Efigenia contestó con la nostalgia desnuda: Sebas, terminé con Raúl. El amigo fiestero, alternativo y hippy de Efigenia vislumbró en su rostro el terco deambular de los recuerdos. Aguarda, ahora vuelvo, respondió. Efigenia veía en derredor suyo como extraviada en un laberinto de pulmones secretas e inconscientes que nombraban su desgracia con el mutismo de un espejo. Sebas volvió de su cuarto, cargado de un bong, lleno de agua. Traía en sus manos una bolsa de tela. De ella sacó un bonche de mota, la puso en la rejilla del bono y le dijo a Efigenia: mira mujer, Raúl es un buen partido, pero también es un terco, anda, fuma conmigo. Efigenia se sentía inmersa en una especie de sopor, entre el entumecimiento del alma por los eventos recientes y la idea de pertrechar su alma en los impulsos ocultos que la acometían. Está bien, fumemos, agregó Efigenia. Sebas prendió el artefacto fumatorio y ambos fumaron plenamente aquel material que venía desde Michoacán. El ambiente se relajó, Efigenia rompió en llanto y Sebas se acercó a abrazarla. Quedaron un largo rato en silencio, mientras los efectos de la yerba hacían a Efigenia creer que todo era pasajero. Pero no había vuelta atrás en el tema de Raúl y ella lo sabía.

Pasarón tres horas en las que Efigenia, después de haber fumado constantemente, llorado y confesado su dolor y tristeza a Sebas, se había finalmente quedado dormida. Sebas se duchó, se puso rompa limpia y fue al Oxxo por unas caguamas y cigarros. Cuando volvió encontró a Efigenia despierta y algo ansiosa. ¿Quieres un poco de cerveza?, agregó. Ella respondió que sí, pero que debía volver a su casa manejando. Pasaron dos horas más, conversando de música, de vídeos y payasadas televisivas. Después de eso Efigenia volvió a su casa. Cuando llegó había un mensaje de Raúl en su teléfono, el cual había apagado todo este tiempo, que decía: Efi hermosa, no te pido perdón, te pido que regreses. Efigenia tomó su teléfono y le marcó a Raúl. La llamada no entraba y remitía al buzón de voz. Entonces dejó un mensaje a Raúl: te equivocas conmigo, pendejo, no vuelvas a hablarme.

La noche iniciaba su trayecto y Raúl sabía que era tarde para ellos. Efigenia se duchó, tomó un té con galletas de chocolate y empijamada durmió tranquila, después de fumar lo de una bolsita que le dejó Sebas aquella tarde.

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Este automatismo escritural

Dejaré para otro momento la importancia congruente, la coherencia y el sentido. Ahora sólo escupiré industrialismomis ideas, como intenciones rotas, esquirlas de un pensamiento anquilosado, perezoso, latente y putrefacto. Es mucha la distancia que remueve los escombros mismos del alma, la porción justa que indaga retóricas y funcionamientos perdidos en el extravío del nombrar. Todo lenguaje invoca una residual instancia que revoca los infantiles galopes del ser. Tejo entonces una elucubración factual que renuncia en su esbelto transitar al maremoto del significado, emblema siempre de un acto referencial que no remite siempre a una ontología de la palabra. Pero también es una espumosa y traslúcida memoria la que arremete contra los vericuetos propios del ego y sucumbe al instinto mutilado de una metafísica rota y quebradiza.

Una vez pretendí ser una especie de mago con el bastón de la lengua y entonces noté que transmutar los efectos sonoros del pensamiento a las denominaciones alfabéticas es mucho más que simplemente redundar en la búsqueda de un estilo. La propiedad no implica necesariamente apropiación pero en el decibelaje del ser y las rendijas mismas del existir, la orilla siempre oscura de la innovación reclama un sitio perecedero para poder conquistar los espasmos ajenos. Tonalidades industrialismo2del discurso como muchedumbres hambrientas navegaron las aristas de una filosofía caduca y obstinada, hecha de mitades, consanguínea del florecer ignoto del silencio y la barbarie. Porque en el fondo mismo de este escrito, disforme y bestial, la emblemática ruptura con el paradigma de la claridad es mucho menos que una pieza museográfica enlatada en el sin fin de las posibilidades argumentativas, porque existe, en mi tautología, una especie de afición al mentalismo. Orillado al nombrar los abismos etéreos del sin sentido, escupir entonces no se traduce más que en un automatismo reduccionista, falaz, intencionalmente desvencijado, como extravío de página de libro a mitad de una investigación. Por consiguiente no reitero más que lo enunciado, energúmena señal de la elucubración distante del pensamiento contumaz, raquítica como un famélico que pide limosna.

 

Cautiverio creativo, explicación de un hábito de distorsión

fire in the studio1La creatividad representa un ensamble de múltiples factores que desenvuelven técnicas, hábitos, conductas, estructuras y emociones. Cuando me refiero al acto de crear no me refiere exclusivamente a un comportamiento surgido ex nihilo sino que, convencido de la consciencia creadora, remite a una formulación de instancias comunicativas, expresivas y factuales, que intentan en sí mismas una transformación. Dicha transformación puede ser momentánea, puede ser de larga duración, puede ser simple o compleja. En todo caso el hecho de la transformación de las dimensiones reales a través de la creación representa un tópico bastante común en el devenir cultural occidental.

En la medida en la que crear es un acto de transformación, constructivo o destructivo, transformar a través del arte, de la literatura, del pensamiento, no es enteramente un acto límpido o que trasluce los límites y contornos de la experiencia. Si la comunicación es por excelencia el fin último de lo creado, los referentes de la creación no necesariamente remiten a una condición tradicional o innovadora, sino que ostentan un carácter ontológico propio, en ocasiones intertextual, en otras completamente transfigurado o también transgeneracional.

Es en esa capacidad articuladora comunicativa y expresiva que la creatividad ostenta una paradigmafire in the studio2 propio, derivado de sus accidentes y sus intenciones, de sus quehaceres y de sus modos estructurales que, desde la ambigua secreción de especificidades, remiten a una renovación interpretativa. Lo concerniente entonces al acto creativo, más allá de una filosofía de la creación, puede establecerse a partir de la remisión a un acto de distorsión, a una elaboración que transmuta esencias, formas y lenguajes, para proporcionar una experiencia no dicha, no nombrada, no referencial, donde las subjetividades auscultan, gradualmente, sistemas explicativos y sensibles.

fire in the studioPor consiguiente, la dimensión intuitiva del acto creativo no deriva de un purismo esencialista o de un conocimiento en bruto de sistemas estructurales. Más bien es una complicada ejecución de traducción múltiple, que vincula canales afectivos a través de la comunicación y que representa esquemas simbólicos derivados de tendencias individuales o socialmente compartidas, que en el sentido estricto del término canon son estaciones y paradas dentro de los mecanismos tradicionales de los sistemas expresivos. La realización entonces es el principio de la creatividad, planificada o no, que descuella por sus valores y aportes a los códigos que interpretan o valoran realidades a través de diversos mecanismos.

Mutismo de una micro poética inservible

Silenciar los abismos, los espasmos, de frases que mantienen un vínculo corrupto con la realidad. Estar inmerso en un fetichismo constante, sonoro y ruidoso, como maquinaria a principios del siglo XX, pero también sosegar los alientos personales, la grandeza interior, subyugando un atisbo de idea, de pensamiento, de oración, que suture los constantes movimientos del adentro zoológico. Y encima de la mesita de noche los libros que ya no son leídos, encima de los libreros los libros empolvados, encima de la mesa de trabajo un cúmulo de tickets y papeles, inservibles. Totalidad silenciada, mutismo, banalidad cruenta, la cúpula propia de una desvencijada retórica inapropiada, como calcetín roto, sin enmendar, sin esperanza. Dentro de los átomos psíquicos, el error de creer en una razón unívoca, para nombrar el universo, es sembrar entonces sílabas sin tonalidad, para desfigurarse el alma, contra el sentido de las manecillas del reloj, asumiendo una tétrica función inmanente al vómito verbal: las aristas propias de una herencia desequilibrada fungen como una tonada de ola marina que indaga los límites inscritos en una poética inservible, la poética desechable de la teoría inherente a la basura cultural.

Mi hoy

Me encuentro transitando por una especie de depresión post-tesis, increíble, sorprendente, aterradora. La impulsos para concluir mi primer proceso de investigación profesional parece que darán sus frutos. Pero se trata de una empresa planteada, malamente, con muchos años de antelación. Conocí a Ignacio de Luzán en la biblioteca de Humanidades de la Universidad Veracruzana hace más o menos 8 o 9 años. Por aquel entonces estudiaba lengua y literatura y me encontraba indagando las particularidades definitorias de lo ‘poético’ en su acepción literaria, léxica, semántica y teórica. En esa medida mantenía una búsqueda desde el estructuralismo literario francés pero entendía que lo ‘poético’ podía hacer referencia a la teoría literaria, a la construcción de versos o al adjetivo de poesía. Entonces deambulando estantes de la biblioteca me encontré con la edición de Cátedra de 1974 de La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies de Luzán. Tomé el libro, abrí la introducción de Isabel M. Cid de Sirgado, la leí, y me fracturé la cabeza al descubrir mis nulos conocimientos. Por aquel entonces me encontraba a punto de iniciar el proceso de tesis en lengua y literatura y quería hacer la investigación sobre Luzán, pero a la par mantenía una actividad de consumo de drogas que me desorientaba y me desorganizaba en muchos aspectos. Inclusive llegué a escribir un breve ensayo sobre la crisis epistemológica que representó la lectura de la poética de Luzán. Todo fue una gradual obsesión que poco a poco tomó una forma abigarrada, hostil e inabarcable.

Terminé dejando lengua y literatura, en medio de una serie de crisis psicóticas y anímicas, que fraguaron mi distanciamiento de las aulas académicas, pero me mantuve escribiendo literatura. Para 2010 había publicado un cuaderno de poemas Reuniones del Milenio que Termina que en 2009 edité con Épica en ciudad de México. La desorientación, pero la constancia escritural, fueron una  moneda de mis días. Entre amores pasajeros, algunos pocos viajes, y lecturas dispersas, Luzán seguía interesándome. Al descubrir que en la biblioteca de Humanidades tenían otra obra del autor aragonés, no dudé en acercarme con el director de la biblioteca para pedirle me facilitara el documento y poder así fotocopiarlo. Entre los trabajos que conseguí de Luzán, su poética la retórica de las conversaciones, también fue indagando sobre los autores de su crítica, que me pudieran facilitar el conocimiento de sus ideas, conocer los comentarios sobre su obra y lentamente, en un proceso de estira y afloja, acomodar mis pensamientos. Volviendo a 2010 por aquel entonces tuve la oportunidad de tener un acercamiento con el maestro Sergio Pitol quien me acogió y me brindó su amistad. En ese momento, al morir Carlos Monsiváis, escribí un texto desgarrador, en medio de una honda tristeza y una psicosis intolerable, donde me propuse, como proyectos personales, tres cosas: escribir mi primer novela, próxima a publicarse en este año, hacer el compendio de las obras historiográficas de mi madre, libro pendiente de publicación pero en proceso editorial con la Universidad Veracruzana, y realizar mi investigación sobre Ignacio de Luzán en tierras mexicanas. Hace algunos meses escribí que estos tres objetivos los estoy cumpliendo a 6 años de habérmelos propuestos. Y esa es la raíz de mi depresión actual, de mi crisis personal, de mi presente sin proyecto.

Hay muchas posibilidades para mi presente, para mi día a día. Tengo algunas ideas, pero el vacío se siente, lo palpo cada vez que me encuentro con la pregunta ¿ahora qué sigue? Actualmente estoy aguardando la resolución sobre dos posibles ponencias para congresos donde aborde la temática misma de Luzán pero en contextos y temporalidades distintas a las de mi investigación, que se circunscriben al inicio del siglo XIX en Nueva España y al Diario de México y su primera época de 1805 a 1812. Afortunadamente he conseguido explorar distintos soportes archivísticos digitales para esta empresa y me siento convencido de que para mi se trata de un nicho intelectual y académico único que puede redituarme con creces. También está el proyecto de la publicación de mi novela, de próxima aparición, que me implicará un trabajo de difusión, venta, presentación, entre otras actividades para dar a conocerla y obtener alguna ganancia de este hecho. Además hay una biblioteca personal, y materna, que debe ser organizada, acomodada. ¿Hay tiempo para todo? Aguardo los trámites para presentar mi examen profesional y me quiebro cuando imagino qué más hacer con este blog mío.

A todos un saludo, desde la incertidumbre de mi hoy.

Distemporáneidades

El diálogo sostenido entre tiempo y realidad oscila, navegante de una multitud de sentidos, en un océano de interpretaciones. Nos extraviamos de pronto en una ola de significados, porque el silencio no existe más, aunque en la totalidad de las voces presentes haya registros inexistentes. Y caemos, lento, en un marasmo de obras, de pensamientos, de autores, de sistemas y códigos. Un torbellino de existencias arremete contra el tiempo, saturada realidad de muchedumbres y de alientos que circundan los fosos de la expresividad. ¿Por qué no incitamos un eco de otredades múltiples sino que nos perdemos en el designio y tortura de una simple y unívoca seña? El tiempo, su maquinaria cultural, sus acertijos, nos devastan. La pesadilla malthusiana vuelta realidad es un almacén de palabras, de imágenes, de subjetividades. Nosotros conquistamos los espacios, los lindes precisos de una elección definida, a veces arbitraria, a veces selectiva.

No existe entonces el pasado ni el presente ni el futuro, sino que habitamos distemporaneidades polihédricas, multifacéticas, pluridimensionales, en un tejido de luz y de contrastes, abismal, imperecedero, voraz. Porque nutrimos el tejido vivo de la digitalidad y sus facetas, pero también volcamos nuestra persona, nuestro ser en el mundo, desde una presencia que se convierte en diálogo o perece en la marginalidad del soliloquio. Con el esmero ortográfico de la gramática de la existencia global, podemos saber qué pasa en Hong Kong o indagar el clima en Australia o enterarnos de las informaciones de las dictaduras en Argentina y Chile o simplemente escuchar a un afroamericano rapear. Y la diversidad incluye tener acceso al pensamiento presocrático o al milenarismo chino y al mismo tiempo poder leer el último artículo del columnista del New York Times. Todo además se convierte en un aposento orgiástico, la orgía de lo humano, culturalmente traducido en actos de habla. Todo es comunicación, pero lo distemporáneo se asemeja a un enjambre de nudos y listones, que conforman una urdimbre donde lo presente es inaccesible y lo pasado se subdivide en tendencias y mitos, en arqueologías disímbolas por la proliferación subjetivista.

Aquí estamos, a veces extraviados, a veces satisfechos, a veces en busca de un incentivo que nos expurgue el aburrimiento o nos ofrezca un arte o un culto o un mito para saborear el atardecer o un libro o una película o una obra teatral o simplemente la sonrisa del objeto del deseo, de la mujer o el hombre amado. Y todo es sin tiempo porque todo es una exterioridad y el interior se convierte en una fábrica simbólica de arrecifes de significados. Y moriremos, también.

Guerra interior: un ensayo sin cabeza

Pensar en los efectos propios de la creación literaria, de la construcción de una identidad literaria, de la personalización del tejido literario, ¿no es acaso una compilación de los retazos que construyen el criterio personal y propio de los rincones, autores, obras, por las que se ha transitado? Existen los lugares comunes, las modas, las tendencias. También existen los abandonos y el exotismo, no siempre fiel al mercado. No se trata de ser un autor de culto o de retratar, en términos estéticos verbales, las aristas de experiencias convencionales o de pasajes cotidianos. Existen las escuelas también, que nutren a la personalidad literaria de un algo que define sus impulsos creativos.

En lo personal no soy una persona que haya estado fielmente adscrito, convencidamente definido, por alguna tendencia o por alguna generación o corriente. He construido un perfil sinuoso por mis obsesiones humanistas que me han hecho intentar tres licenciaturas. Me la he pasado leyendo teorías sobre la realidad y sus formas explicativas, he conocido, mayor o menormente, autores, ideas, pensamientos. Pero me he mantenido alejado de la creación y sus círculos institucionales. Desconozco las tendencias actuales y no soy parte de ningún nicho ampliamente reconocido. Escribo porque no puedo vivir sin ejercitarme en la escritura y porque no puedo concebir el mundo sin letras. ¿Qué es la escritura para mi? Es una forma, con diversos mecanismos, de traducción. Puede ser un acto explicativo, expiatorio, pero también una formulación carente de sentido. Puedo de pronto creer que escribir es mucho más que un instinto, pero no olvido que también es un don.

El problema con las escuelas, con la institucionalización de la creación literaria, es que se generan circuitos y agrupaciones, con valores morales, con criterios estéticos y estilísticos, con una especie de intelectualidad creativa orgánica. Cada quien juega el papel que desea en la sociedad. Yo considero que no está mal pedir becas para crear porque también vivimos en una época donde las oportunidades están más cercanas al mundo en general. Lo malo es que siempre sean los mismos los beneficiados ¿por qué? Porque vivimos en un tiempo conservador donde los “nuevos valores literarios”, jóvenes de entre 20 y 40 años, se han apoderado de un nicho creativo concreto. Los que no cabemos en esos nichos, los que nos mantenemos en un intento poco ortodoxo, poco convencional, por decisión propia, debemos buscar otros medios de difundir nuestras ideas, nuestras expresiones. Y es duro saber que en esta ciudad, Xalapa, existe una élite creativa a la cual medio mundo desea pertenecer y que si no perteneces a ella simplemente no existes. Eso ha pasado toda la vida y en el fondo se trata de una vivencia de la modernidad centralista, que descarta los intentos periféricos y los margina por sus rasgos, características, formas, estructuras, contenidos. Muchos creadores se dicen activistas sociales y terminan siendo los peores censuradores o los críticos más comprometidos con promover a sus amistades. Por todo eso puedo pensar que sin cabeza escribo esto, porque mi necedad no me permite ser políticamente correcto ni optar por los canales estables de una creación mansa, pagada, orgánica al sistema y el mercado culturales.

Micro estridencia panfletaria de una apología al frijol enlatado

No podemos intuir que las semillas germinadas en nuestra infancia perduren todo el tiempo. Pero cuando disponemos la olla exprés y colocamos frijoles ¿olvidamos su metafísica, ósea nosotros? Redoblamos los esfuerzos por conquistar las cumbres de la fama y del éxito y acaso no podemos degustar un bisteck a la mexicana con sus frijolitos y unas tortillitas de mano. Es por eso que cuando llega el momento del chile, oh chile picante, redondeamos nuestra lengua y el paladar zurce el picor inmanente. Porque una vez creíamos que la política se refería nada más a votar y someter a la anarquía el sistema, pero en la olla exprés, en los frijoles, está la revolución. El afán localista, mexicanista, remueve los torpes caireles de las señoritas que dicen: no como frijoles, me producen pedos. ¿Y no es un pedo un síntoma de estar vivos? Olvidamos por completo que si bien el rechinar de las llantas en las calles empedradas es una oda a la magistratura del conductor, nuestros días inmiscuidos con hombres, mujeres y personas -seres de inmensa pluralidad- es una fórmula mágica que nuestra tierra del nopal nos proclama cada vez que decimos en las comidas corridas: ¿tiene frijolitos? ¿Dónde quedó la estridencia? Precisamente en eso que brilla cuando nos enfrentamos a la vida, a la ardua labor de mantener el paladar con el tacto y el gusto inoculado de sabores. Porque no podemos rechazar tortillas de mano, porque amamos el maíz, porque nosotros inclusive distinguimos socialmente a los que comen de los que no comen frijoles. No podemos generalizar, pero ¿cómo viven en otros países sin maíz y sin tortillas? Vamos, se trata de nuestra raíz mesoamericana, de nuestra herencia cultural más prístina, de la raigambre culinaria que nos dota de sentido. Comamos frijoles entonces, no los olvidemos ni con el chilito relleno ni con al arrozcito ni con nuestras tortillitas, por favor, promovamos las enfrijoladas -rellenas de pollo- y conquistemos, gradualmente, la metafísica de la olla exprés. Y si nos creemos autosuficientes, migremos a otros países con nuestros frijoles enlatados o envasados, plastificados, porque no dejaremos de ser mexicanos si vivimos en Andalucía o en Wisconsin o en Sao Paolo o en Lima o en Winnipeg o en Sidney o en Viena o en Edimburgo o en el lago Victoria o en Deli. Vivamos la festividad del frijol, llevémoslo con nosotros a todas partes.

El ethos de la digitalidad: unidad y diversidad

Cuando nos aproximamos filosóficamente a un estado de cosas, a una sensibilidad, podemos planear una suposición a priori desde la conjunción predominante en los sistemas del pensamiento, los cuales conducen, invariablemente, al problema de la unidad y la diversidad. Desde mi trinchera, raquítica de un sistema filosófico coherente, desde mi nulidad, embebida por el trauma de la modernidad, componer la reflexión del ethos digital, me acerca a una valoración incipiente, superflua y contingente, de la esfericidad en la que se movilizan los campos propios del acto digital. No se trata exclusivamente de una acción comunicativa, en el sentido del circuito de Jakobson y posteriores, ni tampoco exclusivamente en la ley de la oferta y la demanda, así como tampoco puede evadirse el acto de lectura alfabética e interpretativa, del conjunto de la esfericidad del ethos de la digitalidad.

Profusamente la digitalidad envuelve una condición per se, la comunicativa, pero también inmiscuye per se su condición antropocéntrica: el anclaje semántico, actitudinal y comunicativo de la digitalidad es indisociable de la existencia humana. Así mismo, este ethos digital está premiado por una conducción pro conservadora en distintos niveles: histórica-documental, biológica (zoológica y botánica principalmente), artística (en la dimensión de la totalidad de obras creadas bajo modelos estéticos), política (gubernamental, de contestación social, inclusive de organización comunitaria), entre las formas de conservación más importantes (sin olvidar por supuesto la patrimonial y la audiovisual como instrumentación de conductas heredadas del siglo XX). Estos impulsos conservaduristas se inscriben también en la égida de una economía global de los significantes, en la taxonomía polisaturada del universo humano en toda su extensión. La concepción antropocéntrica y metafísica de la digitalidad impele a una metanaturaleza, a un ethos que se involucra, desde el valor de uso de la obsolescencia y del valor de cambio de la omnilocalización, con los ideales infértiles de la conquista tecnológica, desde la predominancia axiomática de la asepsia y la sanidad.

Por otra parte, el ethos de la digitalidad absorbe las contradicciones inherentes a una modernidad caduca, tardía y pronta, en sus modelos cognitivos, a la interpretación falaz, subjetivista, del posmodernismo occidental. No obstante la cristalización del estrepitoso deambular de los actos digitales legales, también el ethos digital se instaura en la contradicción totalizadora entre civilización y barbarie, fungiendo, irrestrictamente, como vehículo y canal tanto de los esfuerzos sociales políticamente correctos, como de los intentos criminales (en su diversidad de facetas), que amplían sus circuitos de vinculación a través de una instauración subterránea (como la deep web por ejemplo) de las prácticas digitalistas. La lógica dicotómica entre criminalidad/legalidad, constituye, por sí misma, uno de los pilares del ethos digital.

Finalmente, este ethos, inabarcable, polisaturado, difuso y gaseoso, en su nivel ideológico y creativo, es nitidamente una prolongación vigente de la querella entre antiguos y modernos, o del conflicto entre el perdurar ortodoxo de lo tradicional y la revocación instantánea de la novedad. No debemos olvidar, tampoco, que en esa medida lo tradicional, la tradición, se finca en un conjunto de valores (en ocasiones nacionales, pero también religiosos, políticos, sociales, folklóricos, culturales, etcétera), y que por tanto la dialéctica entre novedad-costumbre, es otro rasgo distintivo del ethos de la digitalidad. No sería posible plurilizar, sin menoscabo de una fenomenología del technogeist, a la digitalidad, puesto que las digitalidades, en tanto representaciones constructivas de múltiples lenguajes, se aíslan en el modelo teorizado de la unidad digital, de la digitalidad emblemática, que es canal, mensaje, sujeto, objeto, circuito, cultural, sociedad, vivencia, experiencia, anclaje, entre tantas otras formas, pragmáticas, simbólicas y lingüísticas, en las que se expresa la sociedad planetaria del siglo XXI.

Noticia de un tesista de Xalapa

carita marionetaMe devano la cabeza, el pensamiento, contra el filo de una tesis abominable, intensa, ampliamente documentada. Dudo de mis intentos creativos, igual que dudo de la bondad humana. Mantengo cerrado el frasco del olvido, porque creo que la tinta merece más memoria que silencio. avisoEntre ladrillos de conocimientos, mi afán libresco, mi imposibilidad de acceso a la gran audiencia, mis flagelos personales autoinducidos que disocian mi vida creativa, literaria, de mi vida académica, profesional. Mucho más que un hobbi, que un pasatiempo, escribir para mi es la vida. Pero termino embargando mis reflexiones, mis textos, por una estilística grandilocuente, exagerada, ininteligible. Siempre me falta preparación, siempre. Ante mí se levanta la senda absoluta del conocimiento. Mi escritura intenta ser una traducción infiel de una arista presente que arruina la escenografía global.

sala de conferenciasPor si esto fuera poco, o de escasa relevancia, mantengo una proliferan compra de libros que no puedo leer. Como compulsión, como un fetichismo, como una manda, adquiero libros. Quisiera ampliar los contenidos de este sitio, ampliarme, crecer. Pero tengo mi tesis, inabarcable, indómita, absoluta también. escritorio falazHasta que no la termine no estaré en paz, no podré dedicar mi atención a otra cosa. Eso me pasa por documentar ampliamente un hecho tan particular. Me arroba el trabajo intelectual, la contratación de ideas y opiniones, la construcción del conocimiento. Pero los días me endilgan su ligereza o pesadez, cada vez que voy a la cocina, armo un café y regreso a mi sitio de trabajo. Ahora, este balbuceo, este acto de impronta comunicativa, abre un mes nuevo en mi historial bloglibrero absortouístico. Para bien. Con dos meses intensos en visitas, satisfecho, me queda aún el aliento de dos proyectos editoriales cercanos: con Rodrigo Porrúa la publicación de mi ebook Advenimiento de la espera, poema extenso dividido en tres partes e ilustrado por mi amigo Sebastian Fund, y la publicación de mi novela con La Cosa Escrita de Marcos Merino, novela en ocasiones irreverente, en ocasiones seria, como un remedo de retazos este Olvidado Imperio Natdzhadarayama, ilustrado por otro amigo Azamat Méndez Suárez.

El teatro y su doble

 

Micro abucheo autoinducido

En fin, corrompedlo, atadlo, chupadlo, es más, si acaso una vez consigues perpetradlo os daré una vid y un ostión ahumado. Pero a cambio del cambio de fetiches, mercancías y prendas, podéis acurrucaros en un trapiche, bebed entonces la cúspide, soplad, conquistad, arremeted, enchufaros siempre al raquítico espasmo de los años juveniles y saboread los dulces trinos geriátricos. No toda infancia es plácida ni toda placidez es deseo, igual que ningún deseo es alquitrán o mejor aún ningún alquitrán es saludable. Una vez os ví tendidos en los pórticos del silencio, postrados, ahí, lánguidos, como cucharas de plata del siglo de Luis XVI, y acampé silente, también con el ruido de mi alma, en los negros instantes de revelación ignota. Y en toda la cúspide cósmica ¿os habéis preguntado por la lata de salmón ahumado? También es tiento el sigilo de instalar la memoria en los almacenes del espíritu, igual que el Edén está escrito en nosotros y nuestro cuerpo -¿habéis visto un eclipse?- mantiene perfección y distancia siempre en una proporción amena. Instad al universo, corromped la lóbrega sala, averiguad entonces que las mañanas siguen grises en otoño pero una boca, un beso, un cariño, es otra cosa. Contra la muchedumbre de autores, de escritores, de letrados, de pensadores, de filósofos, no os invito a remendar, más bien remendaros  vuestras canas, acomplejad vuestro medio día, saltad al vacío estrepitoso del ¿cómo se llamaba la pintura del museo? Olvidaros entonces del colapso, pero colapsad insensatez, mermad la flota de designios, perpetuad las cristalinas esferas como valijas zurcidas y retazos de pieles suyos engullid. No es más que una fiesta indómita, febril y terca, pero si acaso habéis escuchado al sol gemir una mañana, podéis acurrucaros en el espejo de la lumbrera que os invita al fracaso.

Autositios comunes

Ya paso de los 30, con la pesadumbre de lo no hecho. Escribo. Lenta la marcha de una década prima, azotada por el vendaval de la renovación generacional. Falto en las nóminas y en los registros, poco acertado en los gustos y las preferencias, erudito libresco, carezco de contacto con el presente. ¿Ciertamente? Escribo. Una letanía pesada acudió a mi alma hace 14 años casi y me enfrasqué en un bohío tétrico, tremendo y abarrotado de ausencias. Toda la vida fluyó, toda la marcha eterna prosiguió, todo estuvo ocurriendo y yo a la distancia, testimonio flácido del carnaval milenario. Desde el sótano impermeable de la evasión, no consigo mostrar ninguna de mis armas retóricas letales, porque al final la confluencia de los géneros literarios me ha derrocado. Investigo la vida y la obra de una autoridad del siglo XVIII. Me extravié en la filosofía postmoderna, en su crítica, ramplonamente, esbozando un recorrido intelectual no acontecido, heredando pugnas intelectuales de hace 30 o 40 años. Renuncié al erotismo, de Ruy Sánchez, de Bataille, al conocimiento profundo de la sensualidad humana. También olvido el existencialismo, tanto de Camus como Sartre, olvido el libro que fue novedad hace 6 o 8 años, de Kiekergaard. Mi frustración marxista persiste, perdura mi intentona de leer el Capital, sin método ni análisis. Además naufragué en los libros maternos de la intelectualidad mexicana de los años 70: Monsiváis, Paz, Aridjis, Benitez, un cúmulo de autores y obras que representan un capital cultural al que resguardo sin el más mínimo atisbo de socializar. También me dotan de sentido mis faltas lecturas de estética, de Croce por ejemplo, de autores del siglo XX, del pensamiento occidental, de mi frustración acicalada por construir un sistema de pensamiento. Escribo. Lenta la navegación de esta década, ya es 2016, me conduce a la redacción e investigación de mi autor favorito, Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, sin que logré comprender un carajillo de historia nacional, de identidad hispánica, de la ruptura y escisión entre los españoles americanos y los españoles europeos. Ni el remilgoso análisis historiográfico del criollismo me permite asomarme a otras ventanas, a otros pasajes, a otros autores. Y termine inmerso en la proyección de una biblioteca no visitada, muerta, agónica desde antes de construirse. El I Ching tampoco es visitado más. En cambio redacto este parrafito, esta prosa inservible, sin haber leído a los clásicos españoles del siglo de oro, con mi incisiva ausencia de Garcilaso de la Vega, el poeta español, y del Inca Garcilaso también, con el cargo de conciencia de las tareas lectoras de personas que me quieren y me han sugerido obras y autores. Seré un historiador postmaturo, tardío y tardado, quizá escuetamente olvidadizo de la literatura italiana del siglo XX, quizá también absorto por el texto de Buxo sobre Ungaretti y Góngora, quizá también absorto por la idealización disciplinaria de indagar en la poética de Hegel, la de Muratori, la de Boileau, para comprender mejor los sesgos y las interpretaciones. Y Vico, el gran filósofo de la historia, aparece renuente en mi addenda, finitud de autores no leídos, pero igual del XVIII Adam Smith y su Riqueza de las naciones. Todo se convierte en este discurso catártico, en esta monotonía de axiomas coagulantes, coágulo de letras, recuerdo del primer blog que logré posicionar. Mi importancia entonces me orilla a publicar dos trabajos míos, que no son mas que dos intentos: un poema y una novela, ilustrados ambos, por distintos artistas plásticos. Renuncio entonces a la infracción acomodaticia del presente. Ya cuando terminé mi tesis buscaré trabajo. Entonces quizá pueda pensar en mi libro de ensayos.

Micro tendinitis verbal

Os conmino, intrigante, a adjudicaros el inicio mismo de la caótica afrenta. Si os atrevéis galopad al circundante foso donde, encima de la cortina mustia, podéis oir el tronar de los mutantes historizados. No es acomplejéis mucho, en cambio, si el viento os acuchilla con ternura, pero si veis un instante entumecido contra el cairel de la eternidad, fumadlo, soplad en su interior, incluso derramad la sangre misma de los insípidos brocolís. Esperad un poco que amaine el calor veraniego y pensad en un viaje por Sudamáerica para visitar las casas de Pablo Neruda. No os sorprendáis demás, toda lengua es un conjunto finito de posibilidades infinitas, es mucho más que el estructuralismo de Jakobson o Barthes o Greimas o peor aún, el estructuralismo mismo de Saussure. Cantad al mar la angustia del ostión, os pido, sean ostiones dentro de su jaula de luz, olvidaros del exterior, concretaros en la marcha de un maratón cinematográfico de Pier Paolo Pasolini. Si acaso una vez creéis que os pido demasiado, aguantad la tempestad y el palo de los clásicos españoles, soportad la lectura de La Bruyere, arremeted a La Fontaine, conquistad a Boileau, pero olvidaros, os solicito, de la cruz de Jesus porque no hay nada peor que pensar en los cuchillos romanos o mejor aún, ahuyentad el espíritu cínico de vuestras mesas y tomad los modales de moda como instrumentaciones plagiarias del desconsuelo. Os pido si hacéis fritagan invitadme, convidadme, dadme un poco de aceite quemado, que sea de maíz y con omega 3. Os pido, no desfallezcáis contra el soporífero flagelo de las películas 3D. ¿Es mucho pediros que reclaméis un espacio para mi en el pináculo de vuestras pantallas?

La cuadratura del armario

Era un nido total cuando jugábamos a las escondidas, era también el sitio donde esconderse de los ofensivos rayos de luz, pero además escondía una multitud de trapos, trajes, vestidos y ropas que nos hacía pensar que un día ser adultos nos haría ir de compras y tirar todo ese tilichero. El armario estaba hecho de encino con caoba y era un mueblo heredado al menos de 6 generaciones. Todas las navidades la última historia familiar que nos era contada era la del armario que teníamos en el cuarto, un armario que había sido hecho para Luis XVI pero que unos piratas holandeses robaron y trasladaron hasta las Antillas. Lo demás era una círculo vicioso de la grandeza familiar. Pero en 1956 había mucho más que un intento por mantener viva la armadura de una historia que de vieja parecía agria. Al final de cuentas el mueble había resistido ya 2 siglos y estaba en perfecto estado. Por eso Daniel, mi hermano, quiso ser ebanistero y pasar sus días dedicado a la conservación de muebles antiguos. Yo en cambio me escondía en el armario para tocarme mis genitales cuando tenía 14 o 15 años. Ahí podía tocarme a gusto y además sabía que no tendría consecuencias fatales si era descubierta pues podía argumentar que estaba pobrándome el vestido de novia de la abuela Lorena. No sé, pero hoy que me ha llegado la noticia de la muerte de papá en lo único que puedo pensar es en quemar ese viejo mueble. Mi hermano Daniel está de acuerdo y sólo nos falta el consenso de mi otro hermano, Fabian, para que al fin podamos tirar al infierno ese vejestorio que debió ser quemado el día de la toma de la Bastilla. Lo único que puede salvarlo es que mi prima Patricia nos llegué al precio. Daniel dice que un mueble como ese debe valer cerca de 350 mil pesos, por la antigüedad y el buen estado. En todo caso prefiero pensar que papá murió poco después de ponerse su traje más elegante al haberlo tomado de ese mueble rancio. Quizá sería mejor dejar de considerarlo un objeto de repudio y tal vez los tequilas que me tomé, el dolor y la tristeza por la muerte de papá y la pesadilla de que mis hijos estarán fuera de la escuela 3 días por el funeral y esas cosas me hacen perder el sentido de este monólogo. Qué más da, al final de cuentas sí me quede con el vestido de bodas de la abuela. El mueble puede muy bien servir de leña para un calentador de paso.

Prosa de toque recolado

1403499311406Improviso esta idea que es creer que la existencia del eco intelectual remuerde los ceños de todos los artífices de la mazmorra inerme del silencio. O sea, una vez estábamos ahí, leyendo, unos pocos, en una biblioteca, pero eso no importa. Construir un perfil idóneo es mucho más que oscilar de palabrería en palabrería, acaso la métrica del renacimiento español podría ayudar al apoyo versificativo, pero no estamos comiendo shop suey porque al final de cuentas la maquinación de las tortillas involucró a unos picantes chilaquiles. En cambio, podríamos perdernos en la semiótica y el simbolismo, pero volver a mis lugares comunes es mucho más que la trascendencia del momento traumático de leer a Fouacualt y entender, con Barthes, que el estructuralismo francés es ya una caduca existencia. De vuelta al problema de la monera, no al de la abeja de Marx, pero también considerar que cuando se evoca a Aristóteles no es más que para definir y establecer criterios de autoridad. ¿Autoritarismo? Quizá una vez pudieron florecer retóricas preceptistas de normas y modelos, quizá también por eso se cree, como lo hace Chartier, que el éxodo de la opinión pública al sector burgués del antiguo régimen es mucho más que una simple inmersión en el tradicionalismo vanguardista disuelto con el pensar posmodernista. A cambio volvemos a otro lugar común en mi caso que es la no lectura de Nietzche. No es tampoco la filosofía simbólica o la antropología filosófica la que moviliza el inquietante mundo del lenguaje en sus expresiones más disímbolas. Porque una día estábamos ahí, ya no en la bilbioteca sino en Burguer King, y comíamos una Whopper doble con queso y papas fritas, pero nadie sabía que llegaría Carl Jr o ni siquiera intuíamos lo que haría la cadena Wendys por las hamburguesas. Es más, quizá sería preferible una torta de milanesa de Iztapalapa o unos tacos de suadero del metro Viveros, aunque es inolvidable en Zacahuilt que hacía la desaparecida vecina del barrio. Pan de leña, pero también podría asimilar que León Felipe estuvo muy inmiscuido con mi patria, ¿patria? El padre es una conjugación femenina, también porque los tacos al pastor son unas tortillas deliciosas llenas de carne, cebolla, cilantro y piña, un giro a la mexicana. Nada de sandeces, bueno quizá sí, esta improvisación.1403499312338

Creía que podía pero en cambio desterraba y compraba las señalas raquíticas del efervescente columpio de los nombres. Los manuales de estilo dicen todo explicando y no dicen nada. Debería quizá escribir mi propio manual de como no ser un escritor. Pamplinas, estoy perdido, extraviado, ya no siento nada, es más ni siquiera puedo pensar ¿pienso? No, es más bien lo contrario a la duda cartesiana lo que moviliza los ímpetus de mis arrojos. Pero también creo que si tuviera una copia de la Gramática de Port-Royal podría indagar los perfiles intelectuales del siglo XVII, no los del XVIII. A cambio me enfrasco en esta tontera, que es como una carne asada, previamente marinada con cerveza, pimienta, ajo, con el fuego calentado, la brasa ardiente, la plancha.. ttttsssttstststssssss La carne puesta en todo su esplendor, como si las fotografías pudieran hablar de un presente que no ha dejado de existir.

templooriente

Micro panfleto del presente absurdo

populiEscuchad, si queréis un Lamborghini, una pieza de Mozart o quizá el eco de la poesía indescriptible de Paul Valery. No, el constante martilleo de la ilustración es una égida de nombres que sucumben los tientos faltos de felicidad, pero si pudierais ser cómplices de un pensamiento como el de Cassirer o Kant os lo dejo a vuestra elección. Retículad el simbolismo, es mucho pediros que uséis el método de damero, pero recordad que los años están compuestos de hechos y que al hacer nos volvemos otros, siempre otros, más que una lata de ostiones ahumados o los dedos amarillos por el amster01cigarrillo. Pensad que un día algunos de vuestros amigos serán importantes. No impliquéis los ditirambos poéticos de Anacreonte en una sopa de letras. Es también la reticencia a convertiros en canciones de cuna. Pero tal vez una mañana podéis escuchar a Alien Project y decir: estamos inclementes en el arrecife del instante inmediato. Soporífera la señalización urbana provoca accidentes y nosotros somos como nubes en el vendaval de cicatrizados amores anteriores al cocktail de camarones. Escuchadme si queréis saber que la palabra revolución puede ser una muletilla del desconsuelo pequeño burgués, aunque si una noche escribieres una nota de reconocimiento a vuestra generación no omitáis que sois parte de un enlatado pastiche donde la remolacha filosófica es la vertiente y fetiche mercantil de los óxidos nitríticos del pensamiento autorizado.

moneynewzeland

También la esperanza se nutre y la mía es una famélica

Dedicar tu vida a otros, ser generoso, abandonar el autoaislamiento, hacer comunidad, construir vínculos. He vivido bajo pretensiones falsas, bajo modelos dudosos. Mi juventud ha sido una tormenta. Y no sé, no entiendo, no asimilo. Estoy aquí, en un sitio, perdido, confundido, extraviado, incierto. No es quizá mi debilidad psíquica la que me dicta la forma de mi miseria, de mi negrura interior. Es la luz la que me hace perderme. La ruptura con el pensamiento místico, con la dimensión religiosa de la realidad. Es una nulidad metafísica, es este afán de explicarme algo, a mi mismo, pero con todo el continente_desconocidoénfasis en una distorsión. ropa-interior-colombiana-18

Estoy aquí, en esta nación sin futuro, en este rincón llamado tierra, estoy aquí, sin esperanzas, o con pocas. No creo que la humanidad se transforme, no creo que algo pueda cambiar, no acepto la movilidad natural. Soy un rígido producto abortivo de la tecnocracia, soy siervo manso, estéril, castrado, mutilado, absorto, engullido por el sistema, destruido por el sistema, parte de un engrane del hypercapitalismo. ¿Cómo había que vivir la vida? ¿Cómo había que crecer? ¿Cómo había que sembrar? ¿Quién está escondido en el designio de nombrarme? No lo sé, no es más que un flujoel fetiche de las mercancias segun Karl Marx de conciencia, falto de sentido, inexacto, ya no febril, pero sí, aglomeración de torrentes caducos. No tengo principios, ni tengo una teloelogía definida, sí acaso el fin último de la muerte, temprana o tardada, cierta. Soy quizá también un efecto secundario de lo imposible vuelto realidad, de esos mecanismos pulimentados del control, del sometimiento, de la tortura y del aceptar las reglas del juego, los códigos compartidos, esa normatividad rotunda que sutura la conciencia que transgredió sus totalidades. No es tan malo estar del lado de los repelidos, de los no identificados, de los extraviados, de los no personas.

comida_niponaEsto que digo aquí no es más que un sentimentalismo derivado de una épica psicótica raver de transición de siglo. No es un presente ni infomatica1es un futuro, no es la esperanza de los grandes proyectos neoliberales o de los grandes proyectos anticapitalistas. No es si quiera la inmersión de una teleología destructiva o remodernizadora. No es tampoco un producto de la conciencia lúcida o de la figuración atractiva del porvenir. No soy esto que digo que soy ni soy lo que pienso ni soy lo que hago ni soy algo definido. No soy cambio y movimiento, no soy estática, no soy dinámica ni sentido, no soy atmósferas ni ambientes, no soy una otredad asimilable ni una otredad admirable ni una otredad singularizada o pluralizada. No. Soy una herida psíquica, un lenguaje de lo no acontecido, de lo posible negativo, posibilidad incierta, torpeza, error. Soy ese equívoco natural, esa floja tensión de una mítica de psicodelia electrónica, mítica de noches y parafernalias y lugares y evocaciones torpes, ya hoy postdesquiciantes,

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postatrofiantes, postneurotizantes. Eso y la imposibilidad del olvido, la imposibilidad de la trascendencia, la imposibilidad de una realización espiritual, una vacío, como el que llena toda iglesia con sus doctrinas a sus feligreses, que no se llena más que con dudas y arrojos verbales. Soy eso, y también vivo. Por una vez digo, estoy aquí, sin atender al mundo, con el peso de un alma devaluada contra el paso de las edades.

infomatica 1.1