Retorización

 

Flácida esta dureza cristalina de los ayeres hoy transidos, esbelta debilidad, fuga incierta el silogismo deshecho. Había una vez una especie que fue derribada por el eco solo, de la calle y sus ruidos emblema, solo, ese ruido, leve rumor, ajetreo, incipiente estructura. La consabida insignia del anclaje, océano siempre caer a las fauces silenciosas, un rugir en la cinta tiesa de lo endeble. Murmurar también en tautologías siniestros campos colapsados, humanidad, fértil sino, escueto sacudirse en el mantel apoltronado del confort. Desdecir el nombrar la cicatriz espuria, designio histórico, desgano vital, maquiavélica sombra, silueta, si ocaso también partida, si viaje también tormenta, ¿hacemos con las astillas del amor una balsa y nos escanciamos imágenes de este siglo? Los ángeles están ubicuos en la soltura, en el gris nocturno, como nosotros, cansados, embadurnados, asombrados, estamos despilfarrados en cariños, tientos, estanterías de bibliotecas del siglo XVII, aromas —tampoco falta un atisbo que reticule el indómito designar el atenuado sentido del encumbramiento ideogramática—, porque el sin final, tiempo, oh carta de amor, es igual un ápice de los endebles saltos, endebles también los atropellos, como voces endebles, igual de frágiles que el granito ante el terremoto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Digitalizando un absurdo

Vuelvo a este inquietante sitio en blanco, a figurar como un atleta del teclado. Me he dedicado a empacar mi vida, a envolver y reposar los rincones donde fraguo un nuevo horizonte. Me retiré un poco de aquí, dudo, como otras veces, mantenerme. Pero deseo volver. Escribir me complace al borde de un niño comiendo helado.

En pasados días he mantenido ideas respecto a mejorar mis entradas. ¿Cómo puedo escribir algo si no introduzco más información en mi frecuencia comunicativa? Soy un improvisado, quizá, pero también el mundo es una sopa maruchan fría y podrida. Podría hablar de política, debería hablar de política,d debería leer los periódicos, debería buscar becas para escribir. Intento mantenerme, sostenerme, en el mundo, en la vida, dignamente.

Y todo se convierte en una referencia de la referencia de la referencia: el tuit que otro tuiteo, la frase de otro, el posthistoricismo —tan postestructural—. Pero al final me construyó un muro de ignorancia, de famélicas lecturas mutiladas, de incipientes autores conocidos, de manías y bibliofilías mal aquilatadas, y me encuentro a mitad de ser un joven alguien. Investigo recientemente las razones por las que me cuesta habitar el mundo cercano. Indago los impulsos falsificados de tendones verbales entumecidos por la flagrancia de una inconsciencia lingüística, filosófica, histórica, humanística. A cambio de plasmar en este espacio blanco las lindes que sacuden mi esfumar los días entre cigarrillos y la mudanza, he perdido los horarios desde hace más de 6 meses y ahora me enfrente ante el reto de una disciplina, necesaria, muy superior a toda otra conocida por mí.

Plasmo el absurdo de perder mi público, de caer siempre en esta especie de letargo. Caigo entonces en el abismo de mis recuerdos, de mis otros blogs, de mis intentos, de lo que universo global promueve, induce, conduce, moviliza, porque al final nadie lee esto, nadie o si lo hacen lo desconozco. Al final estoy aquí convencido de cada rincón donde florece mi pesadumbre, de ese spleen tan codiciado entre psicodélico, narcótico y pornográfico, donde me extravío con el tino de un indigente que anda por el mundo de las palabras y los saberes, envuelto en la tinta fluoroscente del contraste de luces en la noche.

Absurdo digitalizar entonces, esta instanta, instantánea. Ahora me volcaré al maruchanismo intelectual, poético y cultural. Agregue agua caliente y consuma. Calor de hogar, hogar entonces pérdida, sí, esto digo hoy, ya que es tarde para leer el New York Times.

 

Vitalicia

Pedí el deseo de tocarte.

Digitalizaste mi silencio

hecho trizas. El escaneo

de mis noches fuiste.

Cornea lasser tu aliento

surco y camino: adelante

estaba la cima de un nosotros

quemazón nuestra ingravidez.

Distemporaneidad, solipsismo y enquiste cultural

Me comentan lo hermético que puede ser mi intento por reflexionar. En sí es también un acto improvisado. Escribo y pienso desde lindes que rozan el abismo digital. Algunos dirán que se trata de una postura indie frente a la creación literaria. Es también la reminiscencia del fin de las ideologías y el sincretismo abismado de una versión postmodernista del ser. También es una contra cultura del trauma de la modernidad: fracaso de la historia, no su fin como lo dijera Fukuyama, triunfo del materialismo —cultural y monetario—, vivencia de un pathos inservible, de unicel, desechable. No es entonces gratuito intuir la ausencia de ritos de paso en mi vida, mi existir como un indigente de la cultura y el pensamiento. Escribo entonces, pero pienso también, que me devano los sesos contra el espejismo de una identidad fragmenta: fragmentación de soplar lecturas e hilvanar los silencios de tradiciones también fracasadas. 

Dentro de la distemporaneidad, o esa hyper fragmentación del tiempo, no es sólo la capacidad solipsista, o la ausencia de diálogo, no es sólo el monólogo o la tendencia a cifrar la experiencia del pensamiento, del actuar del hacer con el lenguaje, sino es más bien la infértil traducción del ser mutilado. Destiempo, cifrase monumental del anything goes, postmodernidad anquilosada, transitoriedad reflexiva del silencio, del ruido, del andar prófugo por las laberintos de otras cronologías. Al final no es tampoco el mérito de un racionalismo ortodoxo o de una racionalidad vigente. Es más bien el producto de una podredumbre intelectual. En todo caso se trata del medio instantáneo de confeccionar los accidentes del absurdo. El el distemporáneo instante promulgamos la existencia fútil de enclenques sistemas paradigmáticos de observación de la realidad. Podría muy bien emprender una epistemología del arrinconamiento ideológico, pero no desisto de la reproducción social. Y en clave transgeneracional aumento los espectros de autores, de obras, de mecanismos propios de acercamiento al universo españolizado de la humanidad.

Carecer de tiento y de métrica, explotar los pasajes torcidos que van de la poética a la historiografía, de la narrativa en su dimensión realista y ficcional, es un ejercicio que denota los axiomas propios de una enquistada fórmula de aprehender la composición eidética del sentido y del estar inserto en el micro cosmos humano. Tal micro cosmos, quebrado de su ontología naturalista y proclive a una metafísica metaficcionalizada postmaterialista, es también la oportunidad de acometer empresas matlshusianamente disímiles del signíco enunciado referencialmente construido respecto a la muchedumbre pornonarcotecnocrata. Podría simplificarlo todo a la interpretación, mutilante, del individualismo neoliberal. Neoliberalmente no es la libertad o el espacio y territorio de una geografía longitudinalmente intelectualista lo que arroba los instintos de la indigencia cultural. Todo es un presente roto, un sistema roto, un imagen rota, un psiquismo roto, una modernidad rota, traumatizante y traumadora del ser: egoísta y colectivamente fragmentación de lo uno y de lo diverso.

La pornonarcotecnocracia

El problema de vivir en un universo humano saturado y saturante, además de plantear la posibilidad de interpretar desde la química general los intercambios y flujos informativos, impide de muchas formas la traducción completa de la experiencia informática. Dicen algunos que vivimos en la República del dato, mientras que amplios sectores de experiencias y prácticas culturales y simbólicas, obstruyen la singularidad por su condición homogeneizante. Mi planteamiento, desde mis postura de indigente cultural, critica la dinámica del trending, la viralización y la postmasificación de los hechos virtualizados, en tanto generan islotes referenciales de una contemporaneidad dudosa. Prefiero decir que vivimos un universo distemporáneo, o sea, disforme y saturado de múltiples tiempos o expresiones temporales humanamente registradas. En ese sentido, el atómico particularísimo que defiendo implica la trascendencia del acto etnográfico clásico, pero también declara, sin rubor, el desconocimiento total de las posturas filósóficas presentes. En todo caso, la distemporaneidad moviliza un campo de presentes ampliados, no un presente, sino presentes diversos. Independientemente de mis teorías del tiempo —histórico y cultural— me preocupa la descripción de un ethos rotundamente explicitado, tanto en su nivel pragmático como experiencial y simbólico verbal, heredado de procesos sociales, culturales, estéticos y mentales de la segunda mitad del siglo XX. Pero pienso en antinomias que en este momento no deberán involucrar concretamente el universo mercadotécnico, económico y propagandístico de la infancia, los deportes y el ocio (en su acepción moderna, vacua y carente de significante en una economía social del actuar). La antinomia pornografía/feminismo representa quizá la mas dura prueba de verificación simbólico-cultural en un entramado de formulaciones que abarcan prácticas estéticas, ejercicio de violencia, identidades sexuales, flujos visuales y otros tipos de conductas —intra y extra femeninas—. Otra antinomia presente es la de narco/logos, presumiblemente en función del fracaso de la razón instrumental, en principio, pero también como movimiento, desde la falsa psicodelia globalizada, hacia la potenciación del ego psíquico distorsionado, intoxicado, anestesiado, abandonado al flujo incesante de la dosificación del placer y la miseria. Finalmente, la última antinomia refiere a la dualidad técnica/arte, desde la ruptura formativa, en términos morales y éticos, presente en la sociedad tecnificada, siempre que lo técnico especifica la instrumentalidad y operatividad funcionalista y ejecutiva, mientras que el arte remite, mas allá de su acepción estética, a una disciplinariedad, trascendental del academicismo, formativa, valorativa de una tradición y una innovación dialogicámente, donde el principio sustantivo es la transición de un sujeto histórico, individual y colectivo, a un estadio de ciudadanía legal, fundamentada en derechos, responsabilidades y obligaciones contractualemente comprobables. 

Estas antinomias representan un dispositivo presente en nuestra temporalidad distemporánea. Conforman, como dije, islotes de sentido, significantes en le economía social de la información y la actuación, que traslucen representaciones, prácticas, signos y elaboraciones pragmáticas, donde lo político, en su sentido de polis, es decir, organización, induce a una antinomia mayor, vigente: anarquía/cratos. Mi análisis, espontáneo y a partir de observaciones mutiladas, plantearía una urdimbre tomando por principal esta antinomia, la del poder y su ejercicio o la del poder y su disolución. Si lo anárquico, o esa ausencia de Dios, de amo, de estado, es una vía legítima, por contestar al poder hegemónico, las otras tres antinomias movilizan fibras del tejido comunicativo globalizante, industrializadas, mecanizadas, que revocan el espejismo del pensamiento religioso, dotando de la certidumbre irracionalista, necropática y antivital, la conducta humana, cifrada en un psíquismo biocognitivista, en un extremo, contra este necrocultismo violentado y atroz. La pornonarcotecnocracia implica el dominio, la prevalencia, la coagulación, de un proyecto y planificación ingenuamente dispersada a través de expresiones editoriales, fotográficas, discursivas, viodeográficas, entre otras. No es argumentar en otro sentido más que en el de la desobjetivación material, en dirección a una hyperobjetivación materialista. El régimen, entonces, induce a una composición órgnica del exceso (sexual, drogadictivo, tecnológico) como dispersión aglutinante de la urdimbre donde disolver el poder o someterse a él, implica actitudes medias, como asimilarse al poder, transformar el poder, fomentar el poder, instruirse en el poder. También se trata del ejercicio y monetarización simbólica de la desigualdad, la injusticia y el fratricidio, oposición también de los derechos fundamentales del hombre Igualdad, libertad fraternidad. Si la moneda es la desigualdad, lo es también la opresión y la represión, la negación del lo libre como mecanismo, como acto, como estratagema social masiva, en pro de un atomismo individualista, a favor de mi interpretación distemporánea del presente. La administración pornonarcotecnocrática del tiempo, que es desde donde se obtiene el espejismo homogeneizante del ser atomizado, es un factor de distribución económica, estratificación social y conductismo factual.

Vengo

Quebrado en esquirlas mi espíritu palidece, mengua mi afán, mi terquedad. Con el rumbo extraviado, en sí extravío sin forma, mi presente es un periplo roto entre vuelcos de papeles y cigarrillos. Heme aquí, un mes ha que escribí, mas no dejo de saber que me extingo, que se extingue en mí el impulso. Dudo de tener un derrotero cierto y seguro. Dudo de mis creaciones. Dudo de mi blog. Dudo de mis ideas, de mis pensamientos. El problema no es dudar, es frenar. Y frené, rotundo, porque languideció mi ánimo y porque mi espíritu aguardaba otro desenlace.

Estuve de viaje por Quito, presentando un ponencia en un congreso internacional de Historia. Dudo, como dije, de editar mi novela, de sacar a la luz mis creaciones. Ayer un joven escritor, de aquí de Xalapa, ganó el premio Herralde de novela y yo me sé insignificante, me asumo así. No importan los títulos nobiliarios ni los galardones ¿por qué entonces, remilgoso y raquítico, me embauca la desazón y me siento un abandono nuevo en mi lista de abandonos?

Dejé de leer también. Me sumí en una depresión rotunda, equiparable a la crisis que vive Veracruz, el estado donde vivo y donde el último gobernador, ahora prófugo de la justicia, vacío las arcas como nunca antes nadie lo había hecho. ¿Importa en algo que un joven mexicano averigüe el significado y conocimiento americano sobre Ignacio de Luzán? Pienso que no debería remitirme más a una obsesa minificción teorético-literaria. Pienso que el blog iba jalando, pienso que todo yo colapse con el fracaso de la edición de mi novela, es más pienso que no debía tomarlo tan a pecho. Pero la depresión es así, fulmina.

Al final no sé qué tanto futuro pueda tener mantener este sitio si al final de cuentas deseo ingresar a un posgrado becado, lo cual me impediría dedicar tiempo a mis explayes poéticos y literarios.
Ya iremos viendo, quizá en el futuro algo se aparezca, aunque lo dudo.

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Información, suturación y localización

ojo2La retícula informativa del presente compone tejidos que van movilizando niveles de atención, de audiencias, de intereses. Por una parte existe en la digitalidad global una fértil tendencia a la charlatenería y por otra la compaginación pendular del registro del tiempo y sus hechos en las distintas latitudes del orbe planetario del siglo XXI. El problema en sí estriba en las grandes cadenas de información que ostentan una corporatividad saturante. La información no es conocimiento ni su moneda es otra que el efímero sentido ostensible en su comunicación.

Vivir en un entorno digital saturado, en donde es posible que ocasionalmente haya una dislocación estructural de los contenidos, nos implica considerar las dimensiones de una economía semántica que deriva en prácticas, gustos, hechos compartidos, referencias, símbolos, entre otras formas. En sí la saturación explica la ausencia de proyección generalista pues esta saturación digital nos impele a la fragmentación del mundo y a su circuito epicéntrico. Lo saturado en sus taxonomía está escrito, expresado, comunicado, pero también olvidado, enfrascado en una retícula informativa que demerita la originalidad en aras de una tendenciosidad fastuosa y abigarrada.

La vivencia de lo informativo en su dimensión saturada también define las posibilidades de ojoestructurar, identificar y localizar los nudos semánticos y las redes y tejidos en donde ejercen mayor o menor influencia. Si nos atenemos a una filosofía de las formas digitales, a una virtualidad exacerbada, nos implicamos certeramente en una discusión sobre el ethos anónimo, sobre el acto postmaterialista de la cultura y las ramificaciones sociohistóricas que los argumentos e ideologías vigentes ostentan. Axiológicamente parece que la vida en la red y sus digitalismos nos inducen a un estado de esquizofrenía conductual, siempre que lo que no está en internet no existe, y, por consiguiente, precisa registrarse, guardarse, almacenarse, para socializarse, difundirse y comunicarse. Los hechos trascendentes, entonces, inducen a la vivencia de la época posthistórica de la que habla Sloterdijk, pero también a un posicionamiento, opositor o favorecedor, de las agendas diversas y válidas en nuestros días. Pensar entonces en la construcción de un espacio cultural en la red o de un proyecto creativo, como este que intento, es políticamente incorrecto siempre que no se atiene a agenda alguna. Pero la reflexión y el pensamiento sobre la digitalidad y sus formas, rechaza toda aprehensión ojo3filosófica y es renuente a una exteriorización comunicativa simple y mecánica.

Si la saturación informativa puede formular lagunas, territorios desolados y tendencias proclives a la ignorancia, tal ignorancia no representa en sí un absoluto categórico sino que representa las dimensiones vacías, los huecos y las fisuras de conocer y abordar una metafísica moderna, definida por el progreso o los nacionalismos, puesto que las aristas comunicativas, vinculadas necesariamente con amplias cartografías referenciales, impiden que la construcción discursiva sea generalizada y que más bien se trate de discursos específicos con pesos ideológicos y culturales concretos.

Saturación de palabras

Enquistados trozos del diccionario

me hablan, dictan una ignorancia.

Sopesar por doquier

—calle, callejón y rima—

lo imposible de un álgebra del desquite,

porque si enquista la vida un alguien

en nosotros, nosotros somos enlatados

para el refrigerio amoroso —y la otredad

famélica nos escupe las pistas de nuestra investigación—.

Perdemos comúnmente el sentido

¿por qué cariño, piensa el vagabundo

si su indigencia es tibieza —oh ruda proclama urbana—

que desenvuelve el antídoto del éxito?

Rudeza innecesaria, digo cuando evoco

el chicle de mi primer amor —la madre partida—

y entonces gimo con los dedos —aquí

donde parece una máquina que me conoce todo

menos el corazón— arrastrando conmigo una lata

de ostiones ahumados —tan deliciosos como siempre—.

Acallo encima de mis concepciones la égida misma

del tronido instantáneo que es mi boca, mi dedo

—mi pensamiento que mustio rumia una frase no hecha—

porque esto no es poesía ni poema ni literatura ni estilo:

es una maquinaria, un laborismo verbal, un obraje

reclusión en el lenguaje, tropelía y axioma falso, inservible,

rata metafísica en la alcantarilla del ser —concretamente

evado los nombres de estrellas de los años cuarenta

porque creí que la farándula era la naturaleza propia del dolor—.

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La pieza

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¿Qué forma atañe

al trastornar los tiempos

si del conocimiento fluyen

los silencios? Nos incumbe

una porción ínfima de cielo,

como el pestañeo primero

del día, que nos incumbe

siempre en la visión futura.

Si del presente parte

la longitud del nombre,

de su faena surge

el alfabeto entero,

íntegro trozo de pensamiento,

hombre de siempre, cabalgar

rincones con el olvido firme,

tiento a veces, amores si de la boca nacen

reminiscencias rosas, como de nubes

atardeceres. Como de absorto invierno

la flacidez infinita de juventudes tercas,

de la canción renuente la primavera,

como de un rompecabezas la pieza

que forma torpe en sí encierra

íntegra pieza junto con otras, junto con otras

mundo y completa parte de una secreta

voz que funge de amalgama y llave,

llave ensamblada con el herraje de las ideas.

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La barca del desconsuelo

Mecer en el quebranto

del destino el aliento

con ternura, principio

en do mayor, teatro

y escena: existir. Pensamiento

viejo hábito, nombres estructuran

la alquimia del silencio.

Dejamos atrás la alegría

en la fosa propia del recital:

augurio estéril, estos viajeros,

mar de angustias, abajo y encima,

nosotros también en la hoguera, gemimos.

Anterior al hospital de la memoria

un elixir compone retazos primaverales.

Éramos un vestigio de luz para otros

y en otros adquirimos relevos al dolor.

Partimos al puerto de la inocencia,

después del asombro, y remamos

mustios, contra la marea solitaria

de una vieja historia de desamor.

 

la barca del desconsuelo

Pedal

Aprieta más la desdicha

que la lucha

cuando olvido es

el saber y la libertad

mantiene secuestros.

Aladas lacónicas verdades

a medias todas, en falda todas,

verifican lo marchito.

¿Parte el día los nombres de la luz

como si fuéramos vegetales

en la hortaliza de la existencia?

Pedal el asiento mismo

donde la dictadura del ego

convoca al siniestro impacto

de la guerra: espejismo y espejo

la circunferencia y ombligo

de la postración en letras y hojas.

¿Cómo dejamos el aula odiosa

si ni siquiera preguntamos

ni orientamos la voz al instante

mismo de la creación?

Cansados dejamos arriba del mar

un cuchitril llamado cielo

que nos aflora con lágrimas

pero decimos siempre

una vez que algo nos ha tocado.

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Mutismo de una micro poética inservible

Silenciar los abismos, los espasmos, de frases que mantienen un vínculo corrupto con la realidad. Estar inmerso en un fetichismo constante, sonoro y ruidoso, como maquinaria a principios del siglo XX, pero también sosegar los alientos personales, la grandeza interior, subyugando un atisbo de idea, de pensamiento, de oración, que suture los constantes movimientos del adentro zoológico. Y encima de la mesita de noche los libros que ya no son leídos, encima de los libreros los libros empolvados, encima de la mesa de trabajo un cúmulo de tickets y papeles, inservibles. Totalidad silenciada, mutismo, banalidad cruenta, la cúpula propia de una desvencijada retórica inapropiada, como calcetín roto, sin enmendar, sin esperanza. Dentro de los átomos psíquicos, el error de creer en una razón unívoca, para nombrar el universo, es sembrar entonces sílabas sin tonalidad, para desfigurarse el alma, contra el sentido de las manecillas del reloj, asumiendo una tétrica función inmanente al vómito verbal: las aristas propias de una herencia desequilibrada fungen como una tonada de ola marina que indaga los límites inscritos en una poética inservible, la poética desechable de la teoría inherente a la basura cultural.

Poema de la percepción del tiempo inexistente

Orilla y manantial

del ser, contra reflejo,

esparcida la semilla

soplo y caminata, arder

solo el instante amar.

Contracción y esperma

del verbo, del andamio

luminoso, palabra y fertilidad,

cosmos encubierto, amores

al árbol del conocimiento.

Inscripción tu faz, tu letrero

el símbolo partido, la mecha

encendida del saber, terquedad

y descanso, como soleada colina

reverdecida de esperanza y aliño.

¿Cuándo partimos el as del sentido

contra la efigie del sonido? Dejamos,

entre el salto al infinito de la existencia

y la locura de la presencia, las uñas y

los pasos llenos de entredichos.

Merodeamos entonces las esferas

de una geometría universal y silente.

 

Reflexividad irrestricta ahumada

Nos doblegamos al ser

¿lo pensamos?

Acertamos las noches

que fabrican encuentros

como si una gaviota,

marina envestidura,

nos guiará al cofre del tesoro:

pérdida del ego, ser entonces

los restos de vidas y personas.

Esculpimos nuestro personaje

¿lo pensamos? ¿Cómo si los episodios

-nuestros dientes amarillos también-

hilvanan el olvido que nos carcome

-en el presente mismo de la combustión-

los adentros imantados a la nada?

Preguntamos y existimos.

El ego se doblega y el ser se redime,

las almas aguardan, esperan la lucha

contra el incidente luminoso, y reímos.

Cada minuto queda como vestigio de paso,

paso de angustia y placer, porque el ego

-eso que nos nombra, distante, soberbio

pordiosero de nuestra historia-escritura-

está atado a nuestra lengua, es nuestra boca,

la que debemos domeñar y rendir al flujo

racionalista. Reflexionamos, indagamos,

perdimos los indómitos verbos del actuar

en la marea del vértigo, del abismo mental,

pero somos, estamos, pensamos, nos desdoblamos.

Encima del álgebra personal -nosotros, mitad número

mitad numen- acuchillamos páginas con la mirada

y decimos: ¿hoy es más tarde para descubrir

nuestros adentros infectos de envidia o es más

temprano para decir que adentro -interior

remilgoso y pocilga de ausencias-

estamos guarecidos de la tempestad social?

Nadamos circunferencias sonoras,

cada vez, cada mañana, y amanecemos

torcidos del corazón, con una mueca turbia

-escupiendo nuestro espíritu quebrado

de sombras y pasajes frustrantes-

cuando metemos nuestra lengua

en una balada del siglo anterior

para conquistar el fértil y mortal

-tóxico sobrante- torrente de humo

que nos indaga la boca y nos dice:

nunca fue temprano para despilfarrar

el ser que somos ni el ego quejumbroso.

Libresco y tendido en mares de signficados

Conocer el alfabeto

no es suficiente

acaso debamos

rendirnos al socavón

de autores, aguardar

la cima de los pensamientos,

trocar las señales en atisbos,

certezas y emociones.

Pudrimos los ojos con tanta letra

sorbemos figuras retóricas

y escondemos límites cuando buscamos

esculpir un verso. No somos poetas,

ni somos escritores, ni letrados, ni

tampoco somos alquimia de silencios.

Navegamos en un tedio fluctuante

desembarco de tiento y lectura,

como acaso desembarcaron

los refugiados españoles en México

en 1949. Nutridos nuestros alientos

por el compás de los hombres, de las

mujeres, de los infantes, rugimos.

¿Seremos capaces de absorber

una idea que ya de vieja es universal?

Toda la caminata nos conduce a las librerías,

perdidos, practicando los ecos de otros años,

columpiados en ayeres que fabrican

ópticas ya hoy desvencijadas por las luces.

Y cabalgamos silentes letras y símbolos.

Toda la teatralidad de nuestra vista,

nuestra visión ramera de palabras,

es una canción cansada, un aburrido

corcel medieval, una lucha entre obreros

y burgueses, es toda la complicidad

de los hechos humanos y su registro.

Acampamos en las épocas, en los siglos

y la tempestad de un antes y un después.

Los hitos nos marcan -ora Cervantes

ora Shakespeare, ora Newton ora Kepler,

ora Bacon ora Descartes, ora Gibbon

ora Feijoo, ora Balzac ora Leopardi-

para rellenar el aire que rugimos dentro:

eso que es nuestra alma esparcida

por los canales de Amsterdam

o de Venecia, olvidando siempre

que Tenochtitlan era la ciudad más grande

del mundo en su época. Cada siglo

repetimos los nombres, las obras,

contra nuestro destino que es perdernos

en la marea de tradiciones que ya de viejas

hieden a un epicentro carroñero y sobrante.

 

Rescoldo postdata

Cegadora inflexibilidad

como añicos del alma

surca indómita el palacio

del pensamiento extinto.

Lozanía y terror, mismo elemento.

Dentro los maremotos de la imaginación

sortean el abismo luminoso.

Lúgubre y torcida cantinela de llanto,

mordaza, como comida enlatada -al vacío-

sin expediente de caducidad: la vida,

monotonía reproductiva, ansia, tropelía.

Pero las noches mantienen figuras y cumbres

de barros antiguos y remotas tribus,

porque instamos al dolor a pedir perdón

y sabemos, cruelmente, que las uñas

no dejaran de crecernos después de muertos.

Y reímos. Lloramos arqueados por la tragedia

-que es la nación despilfarrada- para dilapidar

los sueños en cansancio y torrentes de vaho

-neblina del alma, carburación motriz de los adentros-,

porque levantada la silueta del universo

nos carcome el trance de agujerar el cielo:

con la metralleta de las memorias y los atardeceres.

Y fingimos, pero mustiamente, que sabemos

para acumular títulos y nombrarnos. Y creemos

porque la esperanza nos nutre sin abandono.

Perdíamos los minutos en canciones de amor

y ahora encontramos el rompecabezas de la existencia

como torpe fragmento arqueológico no estudiado.

Lazos

Lazo de caídas
la vida
laza los años.
Hilo torrente
lazo de cristales
líquido tiempo
lazaremos los riscos
de la juventud. Artefacto
golpeado presente
lanzaría las esquirlas
infantiles del sol.
Augurio de canciones
lazo de generaciones
marea incesante y gremial.
Ancestral limosna
lazo de colecciones
de armas soledades
atmósferas de lazos de memoria
alquitrán de sueños
como pelicanos en caída
al mar. Lazos de océanos
y volcanes de ka geografía interior
lazando los arrecifes de la imaginación.
Torpedo de amor y lazo de roturas
aroma de polvo y luz y ceniza.
Lazo de fuego que la vida ensancha
o las corrientes del futuro
de los espectros del yo resguardo.
Lazo de aire y lodazal de recuerdos
anteriores al cúmulo de días.
Lazo de los atardeceres
con los abiertos caminos del ser.

Dicotómica

Lo que pasa es que no existe el olvido. Ni mi memoria es lo suficientemente fuerte ni prolongada ni tampoco es posible mantener el acto evasivo de la realidad. Si la función de la escritura es la memoria, su virtualidad es una configuración para iniciados. ¿En qué pensaban los griegos cuando hablaban de gramática? ¿En qué los latinos cuando hablaban de literatura? ¿En qué es posible descifrar los garabatos de un acertijo alfabético que no rompe el surco semántico de la inmediatez? La memoria tampoco existe, ni la pertinencia dicotómica entre la omisión y el recuerdo. Por eso se trata de rituales cuando se trata de repeticiones. Por eso las normas y los reglamentos de la organización colectiva. Contra los vientos novedosos la cima de las auroras históricas y las eras desprestigiadas de la humanidad.no es tan simple imaginar el muro de los lamentos sincrónicos

¿Falacia? ¿Constricción? Perpetración atómica entreverada: símbolos colapsados y el ojo vidriado por una lágrima. Rotundo fracaso, memoria-olvido. La historicidad es proclive a los años luz de distancia que oscilan entre las galaxias próximas a los desencuentros extrasensoriales. ¿Extrasensorial? La vainilla natural, el cultivo de tabaco, plantaciones de caucho, no sé, invento cada vez un escrúpulo sociológico interrumpido. Desistir de las canciones y los amigos, abrir una trayectoria entrecortada a la repisa de los años. Esquemática torre de libros viejos, esquemática de una heredada estructuralidad falaz, estructuralismo francés, colonialismo intelectual, academicismo de principios del siglo XXI, demasiada ciencia ficción rusa, escasez de un proyecto desobjetivador del materialismo histórico: antagonismos generacionales. Cimarronaje ideológico, astucia de maquinista del trenes del siglo XIX, galope de indio sioux con rifle al costado, imaginario de Lewis Henry Morgan y el evolucionismo de Herbert Spencer. Platos sucios en el fregadero. Escribir, mucho más que un impulso por enaltecer un efigie del tiempo. Redactar, colapso de terquedad hostil. Fatalidad sincrónica de la diacronía universal. Univesalismo y tendenciosa fenomenología del acento castellano. Longitudes recorridas entre los signos arbitrarios del otro vuelto ninguno, diosas prehelénicas sucuben a lo presente y el cuerpo de Adonis es una escultura falsa de David. No es para menos, siempre que se olvidan los autores y las corrientes. Está demás mencionar a la quebrada línea de escuelas faltas de sentido: Fernández Retamar lo había impugnado en los setentas pero mucho más allá de la grandeza poética del genio uruguayo, mucho más allá de la prosa gentil de London o de las pesquisas durkheimnianas sobre la religión, mucho más allá del atisbo longitudinal del presente colgado al retrete de fin de siglo, hay una especie de aroma que se impregna en todos los días que es siempre desigual pero no confunde el atardecer con el oscuro pasaje de Avellaneda en Buenos Aires.

lugar común del intelectual del siglo XXOlvido-memoria distancia dicotómica. Pocilga tenue el ocaso cansino de autores que se vuelven canon. Eso es. Y pensar que a la distancia todo es siempre la misma reproducción social de la que imaginé hablaba Lévi-Strauss aunque no pudiera afirmar nada menos que el testimonial progreso de la decadencia. Arbitrariedad: diremos que no escribimos en ninguna parte y que no publicamos en ningún lado, es más, no nos diremos escritores. Porque ¿a caso el hecho de encontrar la ruta de investigación de tres siglos de crítica e historia literarias son avales de un pensamiento congruente con el presente? Entonces, a la intemperie de lo institucional, el naufragio no es tan grave.