Teoría del instinto mutilado 5

Donde las nóminas de galardonados

revisten sociedades

otros nombramos otredades,

mitades, somos la oscuridad

contraparte, versificadores

de lo inútil. ¿Pereceremos

en este umbral de basura literaria

de concursos no obtenidos

y de lóbregas retahílas de mustiedad?

Donde otros son todo

nosotros somos nada, nadie,

ningún resquicio de esplendor

porque nuestro tiempo pasó.

Somos otros

contra el fondo roído del lenguaje.

Nadamos en la corriente esbelta

de truculencias y fraudes editoriales,

cabalgamos sinuosos prados

de verborrea y palabrería. Pendemos

cerca del abismo fortuito de la necedad.

Troquelamos la síncopa

que desquicia el alma

porque somos ignorantes

porque no estamos de moda

porque no conocemos el canon

porque al final vomitamos

únicamente

unicidades

particularismos

irrelevantes… como gaviotas muertas

en un muelle californiano.

Todo es cuestión de egos heridos

de grandilocuencia y sensacionalismo

todo es un estéril eco de esterilidades.

Escritores de unicel

somos

aquí

cuando nadie más enquista

nuestra flacidez intelectual,

nuestro raquitismo estético,

cuando sembramos lejanos

del orbe literario presente.

Ya lo dicen otros

como Lipovetski

que nuestro vacío nos induce

a vivir falsamente, a crear falsificaciones.

No merecemos el mote

de literatos o escritores o hombres —y mujeres—

de letras, aunque de letras estemos hechos

y hagamos nuestra vida, libro a libro,

ladrillo a ladrillo. ¿Por qué perder

el pulso y aliento de esta ramplona

apología inservible? No es sólo

como dijeran otros que no hay escalafón

es también el retículo indomable

que digo yo sobre nosotros

que no merecemos una oportunidad

que no valemos un poco de árboles deforestados

es también ese ego nuestro, eso yo

mutilado, desproporcionalmente

reseco, no como Onetti, que sí era escritor,

sino como estos que deambulamos

por el mundo en la farse escritural.

Y perderemos el tiempo

porque el tema del reconocimiento,

dice un autor por ahí escribes o trabajas,

es el tema de la negación de la modernidad:

otros son y para que ellos sean otros no son,

porque las asimetrías perduran, porque

no hay un mundo equitativo,

porque el capitalismo cultural

es más salvaje que el económico

porque merca con emociones y objetos.

Aquí es tarde ya,

tarde como fue

la pretensión de contar este fragmento.

Inútiles también tenemos detractores,

tenemos enemigos,

son ellos, los nombrados

los distinguidos

los reconocidos

los de la nómina, ellos

y ellas, que en su pelea

sobajan, aniquilan y canivalizan

el acto de crear.

Sin sentido

Uno recuerda

ocasiones

en palpitar

de hierbas.

Aromas crecen

fugitivos.

¿Decimos años

que son silencios?

Andamos.

Una cuerda

corrompe

la lontananza.

Adiós

expresar la forma

escueto transitar

mascullando

el elixir del tiempo.

Cronofagia

emblema del alma

ansía, siempre

terminar

como dado

cuadrado:

dislocación también

la certeza disímbola.

Una vida, dos instantes,

tres mitades de quebrantos

nos inducen a decirnos

te amo ¿nos amamos?

Nunca, tú no fuiste tú,

fuiste otra, igual enigma

que guijarro, igual manto

que desvelo. Piedad

escupir osadamente

infamias a las juventudes.

En otras edades

medimos nuestra vida

parecemos también

ocasiones rotas,

pérdida este soplar

a la invención

los espejos truculentos

de la envidia. Destierro

de voces, languidecer

la visión, tormenta

infalible este escondite

que desde la rendija del aire

colinda con los quereres.

Tampoco había alternativa

y todo comulga con el ruido

espantoso: ¿qué de verdad

hubo en la distorsión

si la psique destruyo

desde el principio

el principio del placer? Vida

exclama tan pronto sacudas

los escombros lúcidos de otras

consciencias. Aquí donde esparcir

ideas es cortar el diálogo,

aquí donde camina

una ideología pútrida,

aquí, anacronismo insufrible,

aquí yacemos todos

contra la ventisca soporífera

de instantes carcomidos.

Famélicas cumbres de fama

nos impelen a la acción

¿dejamos de vivir amando?

Soledad es la moneda

que nos escribe porciones

de las noticias en este infierno

de todos los manantiales

noticiosos. Aguardamos mitades

de almas, horarios, eventos,

aguardamos toda la frenética

conducta que nos sacude

la violencia y nos inclinamos

ante el protector instinto

de la esfera que nos atrapa.

Mundo odiar es también ser parte de la vida.

Ancla

Este vocabulario infértil

galopa el trillado prado

gris y fugitivo de soplos

amarillos, quebradizos.

Vocal rota, sino y abismo

lengua marchita, tonalidad

quebrada como máscara

de luz y tendón de silencio.

Esta carcajada del universo

esgrime fantasías —lumpen

caballería átona— dentro

del robusto acto dispuesto

en la escena salivada: río

dentro de las torres de Babel,

conquista, siempre una gota

mitad imagen mitad sonido.

Vocalidad escueta, ramplona

marcha de un mecanismo intraducible

como azar en el juego

trastabillando los designios, añoranza.

Toda quietud mendiga

la espiral constrictiva del ser

—armónico vendaval este nombrar

los actos irrestrictos que de la sombra

gimen su numen, siembran

su esbelto desfigurar los años— torcedura

siempre que la longeva

cicatriz —herida sola la sal

de las lágrimas eternas—

ni seña ni símbolo

voz.

Callo en el alma

tupida la silueta

del estanque lóbrego

—alfabeto ruín y desalmado—

que de la vida esparce

los restos como de la muerte

el fin construye, axioma

y manto de los curules

emprendedores de la hoja en blanco.

Poema de un conflicto epistemológico

Entonces, sí, conocer,

acaso la mitad del fastidio

somos, sí, emblemas

todas las letras

indómitas. Mareas

con salitre de tiempo,

esbelta fibra, alfabeto,

silencio, ocaso, sí, acaso

mitades insufribles: poesía

e historia, episteme.

Añoranza, esa edad de la inocencia,

del trauma, neurosis, los tendones

raquíticos del porvenir.

Construyo sistemas de sistemas

—sistematicidad destructiva de lo inconsciente—

rompo la lógica, tiento, de Aristóteles

el legado, de Netzahualcotl el verso,

tiento, acaso —ocaso neoclásico—

de Luzán y las Españas —etnocéntrismo

dualista, criollo— en este barrote

nombre espacio de tiempo roto:

rotura, sí, mitad es, somos, estar

en la costilla de Eva —erotismo

falaz— contra el pecado,

contra todos los pecados

de todas las mitologías.

Construyo un sistema

post pre trans humano.

Globo, mi voz, boca

mi escritura, canto

arena la playa homérica.

Futilidad, también,

este sistema, sistamatismo

escueta fragancia —al polvo

de los años y las generaciones—

marea, siempre, mitad

de un texto —orar oraciones

al finito deísmo, laicicidades,

torpeza moral, esto— si acaso

ocaso del alfabetismo, mutismo,

ruego, por eso mí trompa estéril

e intelectualista —¿cómo este versar

los efectos disformes de la distorsión

transitan madurez de fabricación

quebrada en el insomnio?—. Adiós

amores de carne y hueso, ánimas, si

es la luna y su brillo, si es entonces

ese paraje cierto, libreta, hoja, tinta,

marea, indómito tranzar el nombre de las letras.

Configuro, en este conflicto,

la episteme de nadie, este ser,

poema, ser, historia, seremos

colectivamente un olvido más,

entrecomillado, como entrecomillar

la frase que dice: “no eres una cita

de nadie porque no importas”.

Como la fugacidad del verbo, del alma,

como la fugacidad del espíritu,

como eso que llama, eso que es

el llamado de la sangre. Adiós

te amo, nunca dije, letras

déjenme morir tranquilo.

 

Retorización

 

Flácida esta dureza cristalina de los ayeres hoy transidos, esbelta debilidad, fuga incierta el silogismo deshecho. Había una vez una especie que fue derribada por el eco solo, de la calle y sus ruidos emblema, solo, ese ruido, leve rumor, ajetreo, incipiente estructura. La consabida insignia del anclaje, océano siempre caer a las fauces silenciosas, un rugir en la cinta tiesa de lo endeble. Murmurar también en tautologías siniestros campos colapsados, humanidad, fértil sino, escueto sacudirse en el mantel apoltronado del confort. Desdecir el nombrar la cicatriz espuria, designio histórico, desgano vital, maquiavélica sombra, silueta, si ocaso también partida, si viaje también tormenta, ¿hacemos con las astillas del amor una balsa y nos escanciamos imágenes de este siglo? Los ángeles están ubicuos en la soltura, en el gris nocturno, como nosotros, cansados, embadurnados, asombrados, estamos despilfarrados en cariños, tientos, estanterías de bibliotecas del siglo XVII, aromas —tampoco falta un atisbo que reticule el indómito designar el atenuado sentido del encumbramiento ideogramática—, porque el sin final, tiempo, oh carta de amor, es igual un ápice de los endebles saltos, endebles también los atropellos, como voces endebles, igual de frágiles que el granito ante el terremoto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desproporción anquilosada

Cuando la balada invoca

este ritmo cruento

somos —esquirlas de tiempo—

amalgama de frutos: certezas

el reclinar la escucha

hacia el sendero —mística envoltura—

espiral quebranta sueños.

Incumbe a nuestro viento

—alma fugaz contra el espejo—

la risueña tempestad, melodía,

signo, seña, que es nuestro arder

—mutismo saltar rendijas imaginarias—

contra el pendón mustio del amor.

 

Solemos habitar los rincones

de canciones esbeltas —¿acaso

olvido te nombramos ley?—:

surca un sujeto colectivo

nuestro terraplén histórico,

como estamos aquí, cantando

—si es tu voz la mía respalda—

lo que del invento constriñe.

 

Un día quedamos sintiendo

que los laberintos son siempre

el estruendo del día,

los rayos de luna, imbéciles,

que nos devuelven la humanidad,

aun así

invocamos tropas de actos

al bailar contra la marea cotidiana

—si mitades nos dicen

entonces también unidades

nos esconden en la acrobacia

del silencio—: angostura infinita del verbo.

Galaxia sin

No es imposible

nombrar

mitades saltando

es columpiar

memorias

tejidas en mantos,

aires y sueños:

la vida misma

un enigma

escribe. Si despedida

trance

si tranza espacio

golpe

mitades

de arena caída

al paraíso:

insumos del devenir

el recuerdo

y los axiomas… silencio

nada ha sido espumoso

como el inmenso relinchar

de lo eterno, nosotros, sí,

estuvimos arriba del sol,

pero caemos, celestes

en el umbral de los destinos.

Fábrica de mitades

un desconsuelo estéril

la llanura del amar

las palabras y sus archipiélagos.

Ganancia bruta

este equilibrio

incierto, certeza

siempre la fuga

como ir al abismo,

gritar una vocal

y ser espacios de universos.

Ojo imaginario

Releva el viento

sueños, tropas

insensatas, que son gotas

de amores fallidos, que angustian

el entonces colectivo:

nosotros escondíamos

copos de tristeza en la alacena.

En un invierno ficcionalizado

escupimos narraciones y metáforas,

roturas del diente gris demiurgo,

como pincel entonando

la hoja en blanco. Dibujamos

ignorancia que es la muerte.

¿Nos escancian la hoz eterna

y el torno donde forjaron

la histeria histórica del devenir?

Fluir, tentar, calmar… silencio.

Éramos un arbusto de esperanzas

que se secó con el mamar del sol,

como oso tiroteado en el polo norte,

blanco y rojo, sangre y papel:

fuimos igualmente cenizas y cenit

del torpe signo que aterrizó contra

el espejo bruñido de fantasmas.

Perdería contra la insignia de tu aroma

el ajetreo común de un caldo de mariscos

pero estoy aquí y allá eres cercanía de nadie.

Te nombro. Finjo también

escupo, frunzo mi alma,

tiendo el atender observando

las mañanas veraniegas en Dublin,

esparzo ansiedad, depresiva ínsula

esa imagen: nuestro baile, te amo.

Pertrechar las costas de la memoria,

estar así, hacía la luna una cavidad

de luz en tus comisuras

cuando sonreír fue cabalgar

años y generaciones: extravío

si acaso olvidaste que un día

nacimos como esferas de ternura

en el rosal puntiagudo de la existencia.

Teníamos una especialidad constante

flamentes monumentos terregosos

indujeron a la máquina a estornudar

nuestras figuras de estructuras de hierro.

Aquí la improvisación resiste

remilgo

estúpida manera de mecanografíar

la observación instantánea

de un nihilismo predecible y ramplón.

Baratija, sí, ideología gratuita, sí,

sueños quebradizos de misterio, sí,

tendones espirituales absortos,sí,

nuestra música congeló una montaña

de imágenes y ¿qué quedó de una vieja

carrocería que condujimos por el

salado precipicio de las despedidas?

Anteriormente creía que un espectro

indicaba los senderos personales.

Hoy no estoy seguro, estoy infértil,

estoy, si acaso, mentalizado

en una hoja de clavel

que me escribe tu nombre en la frente.

Teníamos también un augurio

que se cumplió, teníamos voz, boca

pintura en el interior

y callamos, oscuridades

nutrieron la deformación, soplos

instintos nos ciñeron entre un horizonte

flácido de calles y caños —sutileza espumosa

la misma melodía cada inicio

de semana— monotonía que ensimisma

un  aquí ya no perplejo o abismal

fluido y trepidante en un trémulo impacto de sexos.

Ya no es temperatura el insomnio.

No alcanza la desdicha del florero

a esconder un manantial

de promesas, porque caímos

guturales en el asombro,

caímos y volamos y dijimos:

¿hubo una teatralidad propia

cuando la necesidad volvía

necia la impronta contradictoria

del verbo? Divinizamos toda afrenta

como si fuera chocolate para niños

porque en un abrir y cerrar de manos

se nos fue el destino y destinamos

febriles colecciones de imanes

a una frialdad de multitud en transporte público.

Hasta el insensato remolque del soñar

nos indujo a la fumigación anímica

por las rendijas fortuitas del imprecar

los actos descritos en tradiciones esfumadas.

Posiblemente tendríamos más minutos

para nuestra audiencia

pero no,

no,

no porque a cambio de volar

incumbía decir y soltar

la desfiguración planetaria.

Porque en un ápice de misticismo

extraviamos los inmejorables

tormentos del ser y decidimos

alejarnos porque en el horizonte

—de nuevo el grillete de un lugar

común— nos escondía el futuro

su decrepitud de paso y el emblema

torcido de la certidumbre: amar y ser amados.

Digitalizando un absurdo

Vuelvo a este inquietante sitio en blanco, a figurar como un atleta del teclado. Me he dedicado a empacar mi vida, a envolver y reposar los rincones donde fraguo un nuevo horizonte. Me retiré un poco de aquí, dudo, como otras veces, mantenerme. Pero deseo volver. Escribir me complace al borde de un niño comiendo helado.

En pasados días he mantenido ideas respecto a mejorar mis entradas. ¿Cómo puedo escribir algo si no introduzco más información en mi frecuencia comunicativa? Soy un improvisado, quizá, pero también el mundo es una sopa maruchan fría y podrida. Podría hablar de política, debería hablar de política,d debería leer los periódicos, debería buscar becas para escribir. Intento mantenerme, sostenerme, en el mundo, en la vida, dignamente.

Y todo se convierte en una referencia de la referencia de la referencia: el tuit que otro tuiteo, la frase de otro, el posthistoricismo —tan postestructural—. Pero al final me construyó un muro de ignorancia, de famélicas lecturas mutiladas, de incipientes autores conocidos, de manías y bibliofilías mal aquilatadas, y me encuentro a mitad de ser un joven alguien. Investigo recientemente las razones por las que me cuesta habitar el mundo cercano. Indago los impulsos falsificados de tendones verbales entumecidos por la flagrancia de una inconsciencia lingüística, filosófica, histórica, humanística. A cambio de plasmar en este espacio blanco las lindes que sacuden mi esfumar los días entre cigarrillos y la mudanza, he perdido los horarios desde hace más de 6 meses y ahora me enfrente ante el reto de una disciplina, necesaria, muy superior a toda otra conocida por mí.

Plasmo el absurdo de perder mi público, de caer siempre en esta especie de letargo. Caigo entonces en el abismo de mis recuerdos, de mis otros blogs, de mis intentos, de lo que universo global promueve, induce, conduce, moviliza, porque al final nadie lee esto, nadie o si lo hacen lo desconozco. Al final estoy aquí convencido de cada rincón donde florece mi pesadumbre, de ese spleen tan codiciado entre psicodélico, narcótico y pornográfico, donde me extravío con el tino de un indigente que anda por el mundo de las palabras y los saberes, envuelto en la tinta fluoroscente del contraste de luces en la noche.

Absurdo digitalizar entonces, esta instanta, instantánea. Ahora me volcaré al maruchanismo intelectual, poético y cultural. Agregue agua caliente y consuma. Calor de hogar, hogar entonces pérdida, sí, esto digo hoy, ya que es tarde para leer el New York Times.

 

Titular es nombrar

Desfiguro el lenguaje

con una gubia infértil

que carcome el infinito.

Lenguajes y fugas,

pérdidas, deambular

entre el óxido de papeles

y la cicatriz esbelta

de cada amanecer fracasado.

Sin consciencia

lengua y voz

esparcen aliento

en un cuchitril

emblema que me designa.

Soy el rector propietario

en esta salida fácil

y mi quincena consta

de pinturas canónicas

vueltas hoguera.

Quemo la biblioteca de mis ojos

todo el tiempo, cada tiempo,

tiempo al tiempo, quemo

silencio —esparzo soplos

escritos al vendaval soporífero

de sílabas tónicas desafinadas—

y aguardo la llanura de luz,

tórrida y gélida y flujo

si mercancía también negrura.

Blanca es la espuma de los tendederos

que deformo, deconstruyo, desarmo,

en mí rotura de vivencias.

Escritura sin disciplina,

versificación de un momento

roto, abismo y caída, reparto

de teatro aburrido, eso es

lo dicho que fue nombrar

la silueta infusa de esta melodía

gris y turbia y saturada como engrudo.

El ramo

Verano escrito

sentir. Aroma

nuestro recurrir

al abrigo de las flores.

Despedirse de Rita y Lucha, mis hijas

Me voy a Zamora, sin ellas, triste. Ayer lloré porque estaré lejos de ellas 6 meses. Se quedan en buenas manos. Ayer lloré porque no estoy seguro de si podré llevarlas conmigo después, pero también por la despedida. Mis hijas, mis perritas, mis hermosas bestias. Lloraba y le decía a Lucha que me iba, le decía a Rita, me voy. Llorar no está mal, no está mal despedirse, no es malo cambiar, aunque duela. La historia de Rita, que acaba de cumplir 12 años, es heroica y realmente de admiración. Lucha es la mal educada, como todo segundo hijo. Y yo me encuentro aquí, desconcertado por la empacada, vislumbrando horizontes, intuyendo, viviendo, sintiendo. Sin ser presa de la incertidumbre o la inseguridad, camino, muevo, coloco mis energías.
El viernes encontré un departamento en Zamora, lindo, individual, bien ubicado. Me voy y estoy triste pero estoy contento. Ellas han vivido conmigo y ahora se quedan aquí en Xalapa ¿temporalmente?.

Ayer lloré con Lucha y con Rita y ahora me toca irme.

Rita a la izquierda y Lucha a la derecha, cenando

Decir de uno los abismos

Vuelvo al punto

donde inmersa lucha

cifra interiores flacos.

Caminé ruidoso

por el vendaval 

y la juventud no perdona

los amores imposibles.

Decir los abismos

como la vida dicha

resto y desgarre,

entre las ramas

del árbol ancestral.

Ser caída y rincón,

nombrar los dialectos 

del insomnio, espejo

la órbita del tiempo.

Teoría del instinto mutilado 4

Aflora la costa escritura:

si maremotos de sentido

refulgen en la playa de papel

somos saltos seguros de saltar.

Cae en nuestra lengua

—de torcedura indómita

la flexibilidad verbal—

una porción terrena,

salubre, indecisa, de simbolismo.

Roto espejo

alfabeto carcomido

en cinta

boca

lengua

código y señal…

siempre que es nada

nadie acompaña

al nosotros engreído.

Constipada nuestra memoria

recordamos que estar es hilar

los años con las estaciones,

pero ¿somos existencias del siglo

o figurines rotos en la caída

del siglo antecesor que ruge en nuestras

biografías? Espasmos conquistamos

cuando de pronto es un eco la tortura

de decir que una vez algo fue futuro. 

Y encima de nosotros, blancas pendejadas,

azotamos el tiempo en su coordenada

apolínea y cansados del vértigo indagamos

en las fruslerías de papeles no leídos jamás.

 

Anécdota fugitiva

Despliega una época

despistar nombres

como siluetas de barcos

—óxido interior

la bocanada de luz—

cuando envejece

el silencio torpe del cielo.

 

Nena 1 copia

 

 

Desearte restringe

en mi andar

las esquirlas

de un cuerpo roto:

nosotros hoy saltamos

estrellados al paraíso perdido.

 

 

 

 

De la indigencia como motor

La vivencia del ostracismo, de la exclusión, en sus modalidades más simples, remite sin duda al valor primero de la indigencia: la no adscripción a institución, grupo o sociedad. El indigente es un huérfano social por decisión propia. Los mecanismos históricos de las sociedades, principalmente los relativos a la moral, introducen en el indigente una movilidad, emocional y factual, que lo induce a traslucir la palidez estructural del convivio, del encuentro. Pero en el atisbo mismo de lo marginal autoimpuesto, se localiza la configuración inherente al silencio. No es entonces una rebeldía ruidosa y modificadora, no es el inclemente instinto de transformación revolucionaria, es, por el contrario, la nitidez de una alteridad elegida como ruta de callar el indómito existir. Y si los márgenes son siempre amplios y carentes de nutrición en la sociedad, no es entonces del salto a una ningunidad o esfericidad del vacío lo que el indigente busca. Es la crítica al mundo, la crítica a la organización de lo social, lo que el indigente encarna.

Desde los rincones y confines del no ser social, desde la anulación impuesta, la indigencia remite a una decisión unívoca, definitiva, a la renuncia del contrato socialmente dado, para sustituirlo por el inminente remanso del fastidio. En el quehacer indigente los días no son tiempo, las horas son quizá soportar el hambre, quizá hacer una diligencia para obtener unas monedas y alcoholizarse, quizá dormir todo cagado u orinado en un parque público. Y si la sociedad funciona en términos de privilegios, reconocimientos y éxito, el indigente sabe que no necesita consistir su andar en otra cosa que en sus necesidades y los despojos de una vida pasada en la que perteneció a ese algo común. La indigencia promulga una desconsideración constante, la de las contradicciones inherentes a la lógica del capital. No es entonces una condición renovadora ni antiautoritaria, sino que es una imposibilidad, una renuncia, un dejarse vencer, por el inmenso aparato de lo social.

 

Aunque

Lo intento

aunque fracase

intentaré

dejar en el océano

la huella

del sol.

Intento

quizá inútil

voz mía,

tormenta

el destino

de certezas mustias.

Lo intento

ocasionalmente

entre saltos.

Los días

escriben

esferas

aunque nadie

logre descifrarlas.

Fósil

Ya no miro al cielo

para no ver estrellas

y no pedir deseos.

Miro al piso, sometido,

subyugado, absorto por

las determinaciones sociales

de un mundo corrompido.

Ya no sueño, ya no canto,

ni compongo armonías,

soy un ladrillo más,

un papel de baño usado,

soy el escupitajo de un narco

a su víctima, soy el desgano vital

de los sentenciados.

Aquí,

donde escribo los vestigios

de la más honda tristeza,

recalco la desolación

del castigo de nacer.

esclavo

Licuar a veces el símbolo con el olvido

La potencia

olvido

soy.

Existir

caigo

a este tropelía

demiúrgica:

mi demagogia es la perenne

invocación a la luz.

Pierdo, consigo,

inflamo, atosigo, silencios.

Rotas las generaciones

en mis ojos no existen

vidas de otros siglos,

no existen mutis ni gesticulación

precisa que adoren

la axiomática del sin sabor.

Nadie es más que una pizza dominical

pero a cambio del acto sexual

este tibio reclamo de poética olvidada,

no es más que la injusticia del pensamiento.

Escrituras vienen y escritores mueren

y todo lo escrito comulga con el silencio

y con el ruido

y con alfabetos latinos y con grafías.

Roncar esta madrugada el nombre

del destino, que es un reloj de arena,

salpica siempre una silueta gris en mis adentros

como de salchichón literario, la cúspide

irreverente de una fodonga mecánica escritural.

Tiento, siempre, guardar, este ahorro de autores

y años y las energías podridas de mi juventud,

fuego, carcoman siempre los intestinos dantescos

del presente, sueñen siempre, mitad laurel mitad estiércol,

con la rendija que conduce al trabajo y la fama y el dinero

y mujeres exuberantes y qué más pamplinas reforzadas

con el látigo inverbe de la longevidad. Rompan todo

pero eso sí, no dejen de anunciar la caída de los tiempos

en su cine favorito. Pierdan contra el rumor de las caricias

los segundos en los que una madre les diga no me dejen

y ustedes simplemente tomen su camino e invadan

los límites precisos de la pureza raquítica de los fanatismos.

solesdistorsion

Inspiración momentánea

Vuelca constante el día

la brisa que es olvido

siempre aquí, tú, nadie,

ningún lugar. Existo

vacío, siempre, enlatado

como recuerdo perdido,

adiós perfume de juventud.

Nombrar la distancia

nuestra pesadilla de voces,

armazón de pasajes: vida

en alguna parte del infinito.

instante1

 

Irreverencia poética 16

Ninguna forma escapa

al recuerdo,

quizá el olvido

nutra

el firme momento

nuestro

que no fue:

tú sin boca

yo sin voz.

Adiós adiós.

irreverencia-poetica-16

Crónica de un fracaso editorial

Este 2016 tenía planeado realizar la edición de mi primera novela. Para eso el año pasado gracias a mi amiga periodista Livia Díaz pude ponerme en contacto con Marcos Merino, editor y director de la empresa editorial de Río Blanco, Veracruz, La Cosa Escrita. En mi comunicación con Marcos quedaron fijas de antemano las condiciones de la edición y me pareció algo bastante positivo ver que él invertiría para que el tiraje fuera mayor, dejando una parte del mismo para mí y otra para él. En mi visión se trataba de crear una empresa cultural a partir de editar en forma de libro mi novela. Desde ese momento comencé a promover, sobre todo en mi blog, una sinopsis del trabajo y realicé un book trailer para emprender una campaña de obtención de recursos. No fue el gran crowfounding pero me permitió conseguir algo de fondos para arrancar los trabajos. Todo iba razonablemente bien, aunque Marcos me había comentado que la impresión se realizaría por su hermana. Los trabajos editoriales transcurrieron con algo de lentitud, advertí, pero no había indicios de que algo “terrible” fuera a ocurrir. De esa forma cuando todo indicaba que ya quedaría listo el libro comenzó la pesadilla.

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Marcos trabajaba con una chica editora, de otra editorial, Sikore, una mujer de nombre Estephani Granda Lamadrid. En las conversaciones que tuvimos Marcos y yo personalmente ella salía a relucir como la co-editora. Se encargó del diseño editorial del libro y sería ella quien lo imprimiría. El tiraje constaría de 1000 ejemplares, 600 para mí y 400 para Marcos. Marcos, de La Cosa Escrita, me dijo que Estephani había duda de la calidad del trabajo y que él había hecho varios esfuerzos para mostrarle que mi novela, con título de registro El Olvidado Imperio Natdzhadarayama, era algo más que una saga del tipo de Crepúsculo. Además la susodicha Estephani colaboró con la importante editorial de poesía Verso Destierro, así que eso le daba un plus a que hubiera aceptado editar mi novela y compartir la empresa. Yo en ningún momento la conocí, ni hablé con ella personalmente. Todo el tiempo la relación fue a través de Marcos.

En junio de este año Marcos esperaba tener listos los libros pero comenzaron a suscitarse una serie de retrasos. Marcos me contó que los libros fueron impresos y que únicamente faltaban los acabados. De buenas a primeras comenzó a parecerme sospechoso que los libros no estuvieran listos. Una tarde, cuando Marcos había ido al DF a ver lo concerniente a los acabados de los libros, por la tarde recibí un mensaje de su parte, donde me avisaba que vendría a la ciudad de Xalapa porque tenía que hablar conmigo. Lo esperé toda la tarde. Llego por la noche, sin haber comido y con malas noticias. Lo poco que supe fue que su co-editora, Estephani, había sido embargada, que había desaparecido y vendido los libros impresos como papel de segunda. No olvido la sensación que tuve cuando imagine 1000 ejemplares de mi novela triturados como papel inservible. Al final Marcos tuvo la decencia de apostarle a otra propuesta editorial o al reembolso definitivo.

Después de intentos más o menos agónicos por sacar adelante el proyecto, Marcos y yo terminamos aceptando las condiciones de un reembolso de su parte, que si bien no está cubierto al 100% ya está en camino. Lo triste, en todo caso, fue que perdí mi empresa productiva este año y que la edición de mi novela se postergó. Pero voy viendo posibilidades de sacarla por otro lado. Al final de cuentas me dije a mí mismo, era demasiado bueno para ser verdad. Cuando menos me sirve de experiencia y aprendizaje.

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Lisonja culturalmente en masa

Las pantallas impregnan

su aura en los rincones,

que de polvo y sexo,

nombran vida el cautiverio.

Toneladas de carne viva

son amantes

y los tipos cursis

amalgaman fortunas

en discotecas berlinenses.

Pero un día eso será el fastidio

de las masas nutrientes de la barbarie.

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Muletilla de un desfalco psíquico espasmódico

Entonces la reiteración

fabrica torpezas

del corazón corteza

ramificación espiritual,

falange de mutismo, tronco

mitad del encierro mental.

Ruinas ideológicas como arquetipos,

dentada imagen, ser estancia

del estar: existencia

tumefacta cicatriz de una libreria de viejo.

Respaldo el arco preciso

de hojas y cartografías. Languidez

escueta, memoria turbia,

alquitranado saco de mentiras.

Muletilla

si redundancia

pleonasmo galopante

versificador del tiento,

mudo, ese que marcha

con el sombrero gris

a la tumba de las editoriales.

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Archivar los espejos

Todo dice —nombre,forma—

contiendas del ser. Ego

roto el inmenso mapa

del desencanto, furia, si vocal,

torrente si imagen, río descolgado

en las persianas de madera, de humo

afluente. Sobre la silla, vieja de relatos,

inmensas cúspides reducen a un soplo

la narrativa de la suciedad —ropa en desorden—.

Cuando cae el silencio, como estrella fugas en la noche,

cae en la brisa del estar

la molienda de lenguajes extraviados y muertos.

Así por doquiera los reflejos inducen a creer en otras

pantallas, como itinerario improvisado

en el viaje polvoso de las páginas de la existencia.

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Diagnóstico

Severa crisis
del ser nombre vacuo,
figurín de polvo
es tu silencio,
una hondura
cubierta de flamas
viles por inocencias rotas.
Consumada la diáspora
del lenguaje, mutación
invertebrada del universo,
severa crisis cristalizas
el ánimo de vomitar injurias.
Perdona vida, realidad perdona,
el sino estéril de esta vocal,
torpeza cierta, si calambre del corazón
también resquemor de fracasos,
saco despabilado de mutismo.
Severa crisis
columpio al éter sombrío
la lengua ancha de tu adherir
los días al remanso turbio
de las palabras, mitades de silencio
este capital desierto,
de la calle las luces ensordecen el instante.

 

diagnostico

El big bang monetario

Tronamos el presente

igual que escupimos

rostros a la esencia

del abismo poético.

Sueños nos endulzan

el tren amargo del ser

porque en la cima,

que es el aturdimiento,

florecen los verbos derrotados.

Desfiguramos caricias

con la manopla oxidada

del desprecio a nosotros mismos,

porque fuimos un manantial de dicha

cuando en el fondo se nutría

nuestra desazón por vivir en el pecado.

Fluye dentro del silencio

el magma estéril que corrompe

juventudes: capitalismo siempre

desde hace siglos, la vocal tensa

del decurso humano, falacias.

Dios vino al mundo para decirnos

ustedes no merecen la justicia de los cielos.

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