Meme poética 3.6.5

Hay quien confunde

la moral con la cultura.

Yo confundo

profanación y tristeza.

Hace tantos saltos fuimos

eternidad, hoy somos

carne y ventisca

monetaria… materia

y carne, cenizas, fuimos.

Carencias nutren

el andamio de nuestra angustia

obsesiva de placer.

Charcos

Esta es la mañana que nos habita, como nosotros somos trozos de papel incinerado. En el ahora, diluido entre cobijas y persianas, duermes. La lentitud presencia nuestro atisbo amoroso, entraña misma de una noche donde nos desvencijamos por el miedo a la soledad mutua, donde caímos en la torpeza de amar, de indagarnos, de perfumar una porción de universo con el aire mismo de nuestro esfuerzo amatorio. El sol ha salido ya desde hace 40 minutos. Desperté, intentando omitir que te irías pronto aquella mañana. En la cama voltee a verte, me inmiscuí en el escrutinio preciso de tu perfil, en la pesquisa perecedera de tus ojos cerrados, de tu torbellino de aliento que me rompió la noche anterior los paños mismos de mi pesadumbre. No puedo si quiera creer que en un par de horas ya no estarás más aquí. Y aunque todavía duermes en mis brazos, ya me siento solo de nuevo.

La lluvia anoche nos hizo beber whisky y fumar un porro en la calle, precipitados, envueltos en la mística psicodélica del barrio rojo donde nos encontramos. Todo fue un simulacro de ausencias, porque al final de los tragos, al final de la rumba, nos decidimos pronto a huir a mi casa, a perdernos lentamente en los besos que nacían ya, como golondrinas volando hacia el sur cuando llega el invierno. Nos precipitamos también en el taxi, siempre que tu boca —boca de arena y marejada de emociones— narraba tus peripecias en el mercado, en un callejón donde compraste tus inciensos, en el trolebús donde dijiste recordar el rostro de un niño que dormía plácidamente. Ese vehículo, ese taxi, donde la emoción traslucía tu mirada, donde mis manos anduvieron tus muslos, donde te desabotonaste la blusa y me dijiste que te besara como si fuéramos esposos y amantes desde hace miles de vidas. Teníamos 40 minutos de habernos conocido y éramos felices. Todo el trayecto me tocaste entre las piernas, mirando mis ojos con picardía y atrevimiento, hasta que susurraste en mi oído —te la quiero chupar hasta el fondo— y el taxista nos veía como dos extrañas islas de sentido, de emociones, de sexos entreverados con la noche. La tormenta duró hasta las 4:40 de la mañana y nosotros seguíamos amándonos, seguíamos explorando la infinita faz del caudal sexual. Tarde comprendí que no podía enamorarme, que debía mantener mi fuero interno intacto, porque después de comernos, me di cuenta que tenías los ojos más extraños y hermosos del mundo, los senos más morenos y torneados del planeta, la boca más sensual y el aliento más exótico de todos. Tarde porque eran las 6:30 de la mañana cuando finalmente quedamos dormidos los dos.

Nos contamos de todo mientras nos amábamos: anécdotas juveniles, sitios de interés, deseos y traumas, eventos importantes, todo lo que nos hace ser lo que somos. Enfrente de nuestra unión, en el territorio del sueño a tu lado, exploré también los efímeros paraísos de haberte amado con tanta enjundia y furor. Soñé que viajábamos a la India y que nos dedicábamos a vender nueces en un mercado de Coyoacán. Fueron los coloridos detalles de mi sueño los que me hicieron despertar súbitamente. Te encontré dormida y me fue posible evitar saber que seguías a mi lado. En poco rato te irás de mi vida, te irás y te llevarás la felicidad más grande que haya tenido, la ternura más trémula y la osadía más afortunada que me hubiera alcanzado a vivir. Sé que fuimos un cosmos, igual que los charcos que están ahí afuera, después de la tormenta, y que reflejarán tu andar, cuando yo haya hurgado en mi piel para encontrar tu perfume. Sé que te irás y me despediré dándote las gracias por haber desinhibido mi psique y mi cuerpo. Y los charcos se evaporarán pero durarán hasta la tarde y entonces sabré que no fuiste un sueño, sino que me deje llevar por el soñar tuyo de aventuras y regocijo.

Si un día

Lo piensas, constantemente, te detienes. Intentas argumentar a favor o en contra. Nada consigues. Es ridículo creerlo, esa obsesión truculenta, ese instinto refrenado, eso ego capturado. Cada mañana te levantas, haces tus ejercicios matutinos, desayunas ligero, evitas el café, te duchas, tomas tu bicicleta, vas a trabajar. Al medio día, en el lunch, notas que a Gabriela le gustas tanto como a Magda, pero evitas ser directa. Tarde o temprano tendrás que darles el sí, quizá a una o a las dos. Como toda ejecutiva llevas falda y traje sastre. Has olvidado lo que es el sexo y desde que conociste a Natalia, esa que te abrió las piernas y te chupo los pezones, no paras de imaginar lo que sería una Gabriela o una Magda en tu poder.

Una tarde, ya de horas extras, Magda pasa a tu oficina. Lleva el botón de la camisa desabotonado. Te comenta que quiero mostrarte los avances de un proyecto. Tú pensabas en irte ya, sobre todo para no volver de noche con tu bicicleta. Adelante, puedes pasar, contestas. Entonces Gabriela sale de tu oficina y te comenta, volveré en un momento. De pronto, zaz, tu pesadilla erótica vuelta realidad. Ahí están Magda y Gabriela para presentarte los avances del proyecto. ¿Dudas acaso que no quieran coger contigo? A ver chicas, ¿es más extenso el proyecto?, les preguntas después de media hora. Estás húmeda, pero sobre todo contenido. No puedes olvidar los pechos de Natalia en tu boca, pero haces un esfuerzo por no parecer erotizada. ¿Podríamos ir a cenar a alguna parte? Replica Gabriela. Todo confabula. Está bien, tómense el día de mañana, cenamos hoy juntas y me muestran sus avances, volveré a casa en taxi. Todo en orden.

Acabas de subirte al tercer taxi de la noche. En la parte trasera Gabriela, Magda y tú. De pronto las copas ya son notorias. Muy buen proyecto chicas, excelente propuesta, pero falta algo. Entonces aprovechas el silencio, el suspenso generado. Les voy a dar una orden y si la cumplen seguimos si no las veo el viernes. Ese miércoles habías postergado tu regreso al gym después de una lesión y ahora estabas fogosa y atrevida. Desabróchense los tres botones de arriba  y muéstrenme sus pechos. Gabriela no lo piensa, incluso toma tu mano, que vas en medio de las dos, y te la pone en su seno. Magda se acerca y te dice: llevo meses queriendo besarte. Todo va bien. El conductor del taxi de pronto voltea por el retrovisor y no da crédito. Todo está en orden. Son 160 pesos. Pagas el taxi y las tres bajan en tu casa. Adorable tu gata las recibe en el visitador, se adentran en el pasillo y entonces das rienda suelta a tus instintos. Todos tus años de represión afloran en un trío inmensamente erótico, divertido y sensual. Hasta que olvidas todo y te precipitas: escuchen chicas, yo las amo, yo las adoro, no perderán su trabajo. Y Gabriela te ve con complicidad, y Magda te ve con complicidad, y tú ahí, masturbándolas. Pasan las acrobacias y los esfuerzos. Finalmente eres feliz, aunque mañana tú si vayas a trabajar y Gabriela y Magda no.

El número después del 42

La lógica implícita a toda búsqueda urbana parte de un conocimiento más o menos cercano de la realidad empírica de la ciudad. En sí, todos sabemos muy bien de qué forma debemos conducirnos en un lugar que desconocemos. Inclusive pensar en extraviarse en un sitio extraño es uno de los principales temores cuando vamos  viaje. Lo que cuenta es el instinto de supervivencia.

Caminaba aquella tarde por un barrio de Ámsterdam. Tomaría un tren que me llevaría hasta Berlín. Estaba todo listo. Eran las 18:49 horas y me esperaba un viaje en clase turista. Eso me hacía pensar en la notoriedad de mi acento mexicano y peor aún, considerar que debía hacer algo con mi bolsa de chiles de árbol que introduje clandestinamente en mi viaje a Europa. Todo iba bien. Tenía cerca de 4 horas para despedirme de la ciudad de los burdeles, la marihuana y los canales. A mi parecer había sido grato estar ahí, conocer el museo de Ana Frank y el de Vicent Van Gogh, andar en el recorrido por los canales, visitar Madurodam, tomar cerveza, ir a las coffee shop, pasar con dos o tres chicas en los burdeles y conocer la vida nocturna. Todo había sido bastante acorde con mis intenciones iniciales de empezar mi viaje europeo por el sitio de los diques. En una de esas noches conocí a una chica llamada Katherine que vivía en un barrio cercano a la estación de trenes. Me dirigí directamente a buscarla a Grote Wittenburgerstraat #42, con la firme intención de comer algo con ella en un Pub cercano y de tomar una cerveza. De esa forma estaría cerca de la estación de trenes y podría al menos pasar un último momento grato. Pero falta la sorpresa más áspera de la tarde. Cuando me dirigía al sitio un par de junkys me asaltaron. Murmuran algunas cosas entre sí, me despojaron de mis pertenencias, incluido mi pasaporte y boleto para viajar, dejándome conmocionado y con un fuerte dolor de estómago después de algunos golpes que me propinaron. Por fortuna no había salido con todo y había dejado en mi maleta del hotel mis tarjetas bancarias. Pero se habían llevado mi pasaporte y mi boleto, lo cual era bastante grave. Sorprendido y sin saber qué hacer decidí proseguir en mi búsqueda de Katherine. Llegué a su casa, toque su timbre y aguardé una respuesta. Katherine abrió, me saludo sorprendida y en un inglés pulcro me invitó a pasar. Le conté que había sido asaltado y que había perdido mi boleto y mi pasaporte, que tendría que suspender mi viaje y hablar a la embajada mexicana. Ella se mostró dispuesta y solícita a ayudarme. Pero tendría que pasar otras tres o cuatro noches en Ámsterdam indudablemente. Entonces Katherine me dijo que podía quedarme con ella. Todo fue muy de prisa así que en vez de ir a cenar y por las cervezas nos fuimos por mis cosas al hotel. Me sentiría más seguro, pensé, y podría hacer todo con más calma. Lo que no esperaba, tampoco, era que ella intentará comprometerme a pagarle con sexo mi estancia. Titubee por un momento pero no parecía algo tan malo. Sería divertido pensé.

Después de el cambio a su casa todo fue una vuelta tras otra. Entre cervezas, marihuana y posiciones sexuales, Katherine y yo pasábamos la noche. Comimos algo de salmón frito, papás y espárragos con mantequilla. Ella calló dormida y cuando estaba a punto de hacerlo también escuche en la pared del departamento de al lado un rumor que crecía crepitante. Wat ben je aan het doen? decía una de las voces en un holandés que para mi era accesible. Geef mij hier dat paspoort replicó la otra voz. Todo era muy extraño, especialmente por el aumento de volumen en la discusión. € 800 niets mis dijo un tercero. Todos parecían hombres. Decidí,en lugar de conciliar mi sueño, acercarme al balcón y ver si podía saber algo más de este trío. Sospechaba que se trataba de los junkys rateros y quería estar seguro para hablar a la policía. Sin embargo, Katherine se despertó bruscamente. Le dije que había escuchado a unas personas hablar en holandés en el departamento de al lado hablar de un pasaporte y de 800 euros. Creía, proseguí, que se trataba de los junkys que me habían robado aquella tarde. Katherine me abrazo por encima de los hombros, me estrechó a su cuerpo y me dijo: no pongas mucha atención, ellos saben que estás aquí. Su declaración fue un golpe a mis intentos de denuncia. Estaba perdido. ¿Seguramente eres su cómplice? le dije. Ella asintió pero agregó: son mis cómplices porque te necesitaba junto a mi. Me pareció sorprendente, aún más. Le pregunté si me devolverían mis cosas. Respondió que ahora no habría forma de que yo escapara de sus manos. La confabulación había surtido efecto y mi vida parecía perdida. Te usaré algunos meses, me dijo, y luego venderé tus órganos. Violentamente me la sacudí de los hombros, la aventé a la cama y comencé a vestirme. Eso era una pesadilla, que podría ponerse más grotesca y atroz. Pero cuando me había vestido los sujetos de al lado ya estaban en el departamento. Me amordazaron y ataron a la cama, me inyectaron algo, creo que fue heroína, y Katherine comenzó a desnudarme de nuevo. Tuve una erección y de inmediato ella comenzó a utilizarme como su juguete. Estaba aturdido y quería escapar, pero no tenía alternativa. Tuvieron que pasar 8 semanas para que la policía me encontrará, tirado, en un basurero, cerca de Distelweg. Habían logrado atrapar a Katherine y sus amigos. En la embajada me trataron de maravilla. Los hombres eso eran bisexuales y a mi me esperaban 5 años de terapia psicológica. Nunca regresé a Europa y doy gracias de no haber perdido más que un ojo y uno de mis riñones.

Cien vueltas al instinto

Lozana es la canción

en el cuerpo tibio

de pronto volcadura violenta,

también acto represivo.

¿Acaso olvidaste el deseo de tu sexo,

de su sexo erguido, de su lengua, de su perfil y tacto?

Estabas húmeda cuando él apareció

para humedecerte y llenarte. Saltaste a un sueño

desde el balcón ansioso de la pasión. Olvidas,

todo el tiempo, una figura religiosa para evadirte.

No, el callejón donde te desnuda diario no es un hotel.

En cambio tus gemidos son éxtasis puro,

sus oídos son el auditorio del placer,

tus orejas y su lengua son una conjunción.

Tus senos apretados y sus dedos involucrándose

contigo toda la noche, de píe, acuclillada,

toda tú eres todo él, son unidad del amanecer.

No es momento de rezar o de sentirse pecadora

porque tus muros, tus adentros, fulgen en tus venas

contra el impulso roto de frenar, freno acaso

el orgásmico instante, el boom de una mecánica mutua.

Solo das vueltas a tu instinto para provocarlo

en el sombrío instante de tu indiferencia. Mutismo

luego explosiones, luego besos, luego juegos de dedos,

ojos y sudor, lágrimas eróticas, todas plenas en ustedes.

¿Acaso omites que refrenas tus perversiones

porque temes una noche espantarlo? No es momento

de arrepentirse ni de callar sino de expulsar el amor,

de entreverar los sexos, de inmiscuir los flujos internos

en el acto preciso de la carne vuelta frenesí.

Ejercico automatizado de despilfarro verbal Alpha 1.57.98

Imaginen: una chica y un chico, se besan, lentamente, en una película. Es más, se han olvidado de las palomitas. De pronto, en la pantalla, una esquela como parte de la narración, tétrico desenlace. ¿La película? Qué importa. Luego, afuera, los árboles verdes movidos por el viento, trinos de pájarillos, flores, verano. No. Otoño. Hojas secas, ramilletes de rosas, los novios, que se besan en el cine, no saben que afuera de él, la tarde siguiente, sus amantes tienen una cita. No es más que el eco de la ciudad. A raíz de la revisión de periódicos viejos, no consigo más que intuir que ya no sé escribir, ya no sé imaginar. Pero los novios, tiernos y poperos, arremeten contra sus labios y desquitan sus deseos reprimidos. Su inconsciente les dice: no puede enterarse de mi amante, su presencia les sugiere: vamos, no hay problema, ella/el es mi novia (o). Y de pronto, el tinaco de la casa del novio, hijo de familia, de clase media, seguidor de Limp Bizkit, estalla. Su casa se inunda. Todo su acervo de amantes desnudas, resguardas en su disco duro extraíble, queda bajo las aguas del tinaco. Vaya pérdida.
Los novios salen del cine y elle decide pedirle que no la acompañé a casa, que ella se puede ir por su cuenta, que la deje caminar por la arboleda. Se besan. ¿No son acaso los besos la forma de sellar un encuentro o una despedida? Entonces, salen del cine y ella se perfila hacia el andador. Él, sin intuir ni siquiera imaginar lo que pasó con sus “otras” en cueros que almacenaba, se topa sin remedio con Cindy. Ella lo ve, lo sigue, lo detiene, la agarra de la cabeza y lo besa. Él, entre dócil y renuente, después del beso le habla: -oye, mi novia está cerca, no mames, vete a la verga. Cindy, le guiña el ojo y le responde: ya lo sabía, el que se va a la verga eres tú, siempre me dejas mojada en la tienda. Mientras tanto la novia, ella, Elena, camina por la arboleda. De pronto se detiene, voltea hacia atrás para cerciorarse que su novio no está cerca, toma su celular, marca un número, aguarda. Se escucha: Ruben, corazón, estoy a la vuelta, llego en 15 minutos, ¿compraste los condones de sabores? Bueno, ahí llego.

Todo para él, Ricardo, lo es Elena. Pero mientras camina para alejarse de Cindy y tomar el camión a su casa, se da cuenta que tiene una erección. Maldita sea, piensa. Detiene el camión, que pasaba justo a tiempo, se sube, paga y busca un asiento. Se dirige hacia la parte de atrás. Casualmente, para Ricardo, el único lugar que hay es junto a una chava que parece modelo de Play boy.

Elena llega a casa de Ruben. Se detiene, respira, toca la puerta. Ruben abre, en bata al estilo de Mauricio Garcés: Pasa, Lena, te esperaba. El tono de voz de Ruben, niño rico que vive la vida de soltero licenciado recién graduado, es como un grave violoncelo. Elena, voraz, entra, toma las manos de Ruben y las pone en sus pechos apretándolos. Ruben impávido la toma por la cintura y ella lo cruza con las piernas. Suben a su habitación y empiezan sus menesteres. Elena, oh Elena, la más bella de la Universidad. En fin, todo vuelve a un cierto estado de normalidad después del coito.

Pero Ricardo, sentado junto a la modelo de Play Boy, se pregunta qué hace una chava “tan atractiva” en un pinche camión urbano. Pasan un tope y la bolsa de la chica, desconocida pero deliciosamente atractiva, cae al piso. Ricardo, con su agilidad de saltador de triple salto de longitud, se agacha, toma la bolsa y la devuelve a su dueña. ¿Su reacción? Gracias corazón. De nada, contesta Ricardo, y sin darse cuenta ya la tiene encima besándolo. No se hace el difícil. Prosigue la relación. ¿No sé cómo te llamas pero besas rico? No importa el nombre, sé besar con todas mis bocas, dice ella. Qué atrevida, dice Ricardo. No, jovencito, apenas comienzo, dice ella y remata, nos bajamos en la que sigue. Ricardo asume que es una oportunidad de oro. Se bajan, cruzan la calle, doblan la esquina, ella le dice, mira tengo que comprar condones de sabor, me encanta mamar. Ricardo, mueve afirmativamente la cabeza. No lo cree. Ella entra a una tienda donde, curiosamente, hay condones de sabores, sabor sandía. Además compró una botella de whisky Glendfidich, reserva 1944. Ricardo se pregunta, ya en el departamento de la chica, qué clase de tienda es esa y qué clase de chica es ella. Nada, cuando se da cuenta está desnudo, envainado con un condón sabor sandía y la desconocida haciendo su trabajo. Todo parece una maldita película pornográfica de los sueños de un adolescente de la década de los 90 del siglo XX. Pero no, Ricardo termina y piensa en Elena. La chica, coqueta y satisfecha le dice, eso era todo, me llamo Lorena. Malditas coincidencias.

Elena va al cine con Ricardo. Es una muestra internacional de Cine. Se vieron a las 3 de la tarde, fueron a comer, luego al motel, se besaron todo el tiempo. Llegaron al cine como a las 4. Entraron a la película, se besaron. La película terminó como a las 6. Era una producción francovietnamita sobre unos niños que encontraban un cargamento de napalm enterrado junto a un río en Laos. Nada del otro mundo, una simple tragedia euroasiática. Se despidieron con un beso. Se volverán a ver pasado mañana, en la escuela.

Noche de final

El flujo es mucho menos que un mecanizado reflejo promotor de alientos saturados de nicotina. Es mucho más decir que en portugués es casi imperfecto el seno izquierdo de la modelo con respecto a su muslo derecho aunque en francés no sea igual el queso y los gusanos. Pamplinas nuevamente. Deserto de la colina iracunda y movediza se empotra mi ausencia. ¿Cómo evitar el auge de la conquista rutinaria del espejo si al final de los años es nuevamente un aire roto el que se ciñe? Corceles de cuentos infantiles, matutinos, escriben historias verídicas que no figuran en el tren de la verosimilitud arcaica. Tremendo y abierto el bife argentino es también un cuento que nadie escribió. Pero todo es mucho menos que la gastronomía internacional y su reconocimiento, como esas macetas con hierbas finas que usas cuando cocinas chuletas de cordero pero que olvidas regar y casi se secan. No es por ello el mecanizado reflejo el que circunda los mares de lo apacible sino la humareda del yakimeshi y el recuerdo del tren japonés cuando se escucha mamonaku. Torbellinos son tus dedos con los palillos que te trajo el embajador desde Osaka, pero a quien diablos le interesa saber que no eres la mujer más idónea para el sadomasoquismo sino que prefieres mantener una imagen frágil porque en el fondo tu cuerpo es tan poderoso como una espada medieval. Nace así, cuando hacemos el amor, el mecanismo que es reflejo mecanizado: besarnos, contagiarnos, ensuciarnos. Totalidad escrita en nauseabunda distancia el algoritmo ese con el que hiciste tu tesis de doctorado que redefine la teoría del magnetismo cuántico. Sorpresa, ya no leo las Cartas Marruecas de Cadalso porque un día me dijiste que para ser diplomático no debía saber un carajo de historia nacional, y a cambio he persistido en la raquítica simulación de comprar best sellers de autores gringos que tanto detestas pero que sé también lees. Y a cambio de la malanga frita que aprendimos a comer en La Habana, donde por cierto encontré a Evelyn, la mulata esa con la que hicimos el trío durante tres días y terminamos perdiendo 4 kilos de peso por hacer el amor desenfrenadamente, los embajadores siempre me agradecen que evoque tu nombre cuando la conversación ha sido ya concluida y me preguntan invariablemente por nuestro mecanizado reflejo. Y luego de pronto, como un golpe de knock out, como un jab directo al pómulo izquierdo, despierto y veo mi departamento en la Condesa hecho una mierda por la fiesta de ayer y noto que mis delirios diplomáticos, más oníricos que reales, no se corresponden con la imagen pornográfica que tengo de tus tetas y de tus bocas. Descubro que te has ido y ni una nota dejaste. Me pierdo y lo único que hay a mi alcance es la botella de whisky que bebíamos antes de coger tan rico. Y entonces soy una pieza más de la longeva tristeza de saber que soy tu amante número 573. Despertar y nuevamente con el sueño ese de que soy embajador, baya tortura. Nadie sabe en el edificio que tienes copia de la llave de mi departamento. Nadie sabe que te aprieto las tetas y que te chupo las bocas, sobre todo la de abajo, cada vez que fingimos desconocernos, cuando jugamos a que somos hermanos y nos preguntamos por qué nuestros sexos son distintos pero ambos están llenos de pelo. Me levanto, un sorbo de whisky, voy al baño. Me tomo mi antidepresivo. Ubico mi rasuradora, tomo un poco de gel y me afeito. Al diablo la oficina donde Virginia me la chupa mientras capturo los códigos de los clientes. Malditas corporaciones. En fin, a ella no la quiero como a ti ni le aprieto las tetas como a ti ni le chupo sus labios adultos e infantiles como a ti, a ella solo la uso como pasatiempo laboral. Y a cambio el maldito sueño de que soy embajador de este pútrido país en un rincón lejano de Malasia. Y no me he rasurado aún, sino que me estoy poniendo el gel en el rostro, y me imagino a Virginia y sus trajecitos esos que se pone, siempre con los botones de arriba de la camisa desabrochados para que todos le veamos las tetas y para que Rodríguez se excite y siempre reciba un no por respuesta. Ese Rodríguez es todo un pelele, pero yo no puedo ser algo distinto cuando soy tu amante 573. ¿Mañana te veré? Clara es un cuento aparte, siempre que en la tienda me lleva a la bodega para chupármela y para que le meta los dedos en su caverna. Pero a Clara sólo la veo un par de veces al mes por qué rota su puesto. Y no importa. Lo importante es qué significa que sueñe con que soy embajador. Y al final mis aventuras sexuales, con Clara, con Virginia, con la indigente que se cogen los policías, con la chica transexual que se descarga en mi, son toda una parafernalia de nuestro romance que es para ti el 573. Ya fui a la oficina. Me corté la cara al rasurarme. Virginia me dijo que debía poner más cuidado. Curiosamente también hoy estuvo Clara en la tienda de autoservicio. Con las dos tuve acción. Llegué a mi departamento, abrí la botella de whisky que compré, ese barato que es bueno, y los ostiones ahumados los devoré para tener algo en el estómago. Tomé mi antidepresivo y seguí bebiendo. Soy el 573 para ti y no sé cuándo te vuelva a ver. Suena la puerta de mi casa y es Raquel, la chica trans. La dejo pasar. Abre su bolsa y me muestra 7 paquetitos de cocaína. Nos espera la fiesta pero le digo que estoy cansado, que se vaya con eso a otra parte. Me ruega chupármela y la dejo mientras le aprieto sus tetas. Se va pero me deja de regalo 2 paquetes de coca. La noche es corta para mi que estoy cansado y pienso en ti. ¿Por qué demonios desde que te conozco sueño que soy embajador? Pamplinas. Eso es nuestro mecanizado reflejo y entonces de nuevo la puerta y eres tú y me dices: no volveremos a vernos.

Relatoria de un encuentro ahora añejo

El año anterior

estamos

contra las persianas

envueltos en una bloody mary.

La lencería ayuda.

El afrodisiaco ayuda.

El sexo no espera.

Pero el sofá es gris

y nosotros de colores

humeamos risas y aromas nuevos.

Tus muslos son pradera de mis manos

mi lengua

lápiz de tu boca.

Pradera en boca mano dibujada

tu escondite es el refugio de mi aliento.

Somos eso el año pasado.