Del remilgar improvisaciones líricas o de cómo tornarse un autómata textual

Oh taxista nocturno

que del conocimiento

y la cultura griega

me inquiriste,

¿fue antes la poesía

que la filosofía,

antes la historia

que la gramática?

Desconocer entonces

es también rememorar

los caminos del mediterráneo

y sus olivos y sus vides,

también la tumba de Homero

en las Cícladas, también entonces

Creta y la mitología. Espera oh taxista

no fue precisa la hendidura

donde esparcí los átomos de Demócrito.

Endeudar contigo este verso,

que de silencio es estructura y

de correría imaginario,

es también acompasar una lírica

desvencijada en islotes, ideas, papeles y tinta.

¿Comulgaste, sí, con mi narración,

pero en el atrio de la noche

—estrella y signo, mutación—

te embauque en la liturgia

prosaica de conocimientos olvidados?

Oh, taxista, ruletero xalapeño, perdonad,

olvidad, romped, por su grosor, mi equívoco.

Salto al escondite de un lirismo ramplón.

Perdonadme, no os olvidéis, ni mucho menos

dejaros doblegar por la crisis del pendejismo:

global, nacional, regional y local.

Una vez me nombraron escriba,

porque nunca seré escritor,

porque versifico emociones

distorsionadas

en este caminar las turbias mareas

de un siglo XXI que ya es fin de época,

como épica de nuevas temporadas

—y las generaciones ya son obsoletas

maniobras de luminarias en todos los quehaceres

humanos—… pedazos de noche, también

escondieron en ti

un traqueteo común, cotidiano,

que es la fertilidad de luchar por el pan,

aunque yo no soy católico:

perdonadme, os pido.

Inculpando al capitalismo culinario

Debería tener un diccionario

de aromas, en cambio de humo

tengo el pulmón lleno, como

ébano ardiente: máximo nivel

de oxidación. Anti poesía

pero comamos, anti poema,

gourmet impulso, refinamiento…

Todo es pobreza, desigualdad,

capitalismo culinario, ¿quiénes

pueden comer en realidad?

También la desigualdad se expresa

en los sagrados alimentos.

 

 

Luzanista: la cruenta historicidad de una crisis epistemológico-psicótica

habermas_cabecera_gardeniasEl conocimiento sobre Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea es una particularidad literaria y cultural del siglo XVIII en el contexto español. en 2007 o 2008, mientras cursaba estudios de lengua y literatura hispánica en la Universidad Veracruzana encontré en la biblioteca de la Ex-Unidad de Humanidades la doble re-edición del principal trabajo de Luzán: La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies 1737-1789 en la versión editada por Cátedra en 1973 o 1974 con el prologo de Isabel M. Cid de Sirgado. Por aquel entonces postergaba, como lo hago ahora, la reflexividad propia del pensamiento postmoderno y la crítica habermasiana del neoestructuralismo. En cambio había publicado algunos poemas en la antología Hasta agotar la existencia 3, magnífica compilación realizada por Aldo Alba en editorial Resistencia. También había estado en La Habana, presentando un trabajo escueto, simplista e historiscista sobre la narrativa que tildé de erótica de Alberto Ruy Sánchez. Trabaja arduamente con Héctor Miguel Sánchez en la elaboración de la revista electrónica Contra Réplica, aunque fue más un trabajo de este ahora desaparecido amigo de aquel 2008. En el verano de 2007 fui de paseo a Sudamérica: Santiago, Buenos Aires, Montevideo, todo en un mes. Ahí coincidí con Rafael Toriz no sé muy bien de qué forma. Conversamos sobre literatura y aunque no fue un encuentro extraordinario, sino más bien algo simple, se trató de una estable y lineal confirmación de alejarme del renombrado autor xalapeño por razones personales, más que creativas. Además de eso reiniciaba un periodo de consumo de alcohol y substancias, a sabiendas de mi proclividad a la psicosis, el desorden mental y la esquizofrenia derivada de esta situación. Sin entrar en más detalles, aquel verano (invierno sudaca) me tocó atestiguar en Córdoba, Argentina, la visión de la mujer fantasma, que no es Dariana, que me persigue hasta hoy. La inestabilidad era por todas partes un síntoma fértil de mi recaída y de mi adorado reflejo de un cierto clamor literario (mínima realización del mismo diría yo actualmente).

luzanyluzan1

De un momento para otro, sin echar mano de la cronología, nos vimos en la empresa catalítica de realizar nuestra investigación de tesis aquellos miembros de la primera generación del MEIF en la Facultad de Letras Españolas. Mi terquedad, empecinamiento e inmadurez me hizo balbucear en mis cursos de investigación que quería hacer un trabajo sobre algo referente a Luzán. Ahí empezó la doble debacle. Ni había leído a Luzán, ni sabía como hacer una tesis como la que me proponía y mucho menos estaba preparado, y en condiciones psíquicas y emocionales, para realizar ese esfuerzo. En ese momento fueron más las insuflas que la concreción real de una investigación tangible. Y escribí una reflexión sobre las vicisitudes de una crisis epistemológica, que más allá de la ontología cartesiana se me había revelado como una indescifrable pregunta y cuestionamiento: ¿porqué existe una poética escrita por Ignacio de Luzán y cuáles son los motivos de qué se encuentre un ejemplar de ella en Humanidades? Entonces comenzó mi fracaso en la Facultad de Letras, y sin pies ni cabeza en mi vida, con la premura de concluir los estudios y sin la más mínima idea de cómo entrarle a ese tema, claudiqué de los estudios literarios. En 2009 edité con la ahora editorial Fenix mi cuaderno de poesía Reuniones del Milenio que Termina donde mi estimado amigo Juan Ángel Torres Rechy contribuyo con un estudio preliminar, cuando recién iniciaba su periplo hispánico en Salamanca para desarrollar estudios de filología. Mi cuadernillo fue una experiencia tremenda por muchas razones. Lo importante ahora es distinguir esa crisis epistemológica, esa crisis del conocimiento, que tuve cuando me encontré con Luzán. No solo se trataba de comprender el pensamiento del siglo XVIII, sino de asumir una postura histórica. Todo el tiempo me pregunté si ese trabajo había llegado en un contexto más cercano al de la edición original a tierras novohispanas y bajo qué condiciones. No lo tuve claro muchos años después. rmqt2009Pero distinguí  mi pasión por la historia y reafirmé mi interés en los temas culturales. No lograba entender cómo Luzán, que hablaba de ciencias y artes, de cultura, de filosofía moral, pasará inadvertido en el ámbito académico. Y todo fue peor una vez que noté que en la Facultad de Letras no se estudiaba el siglo XVIII. Todo fue luzanista: la lectura, la crisis, la magnitud del desorden, el abigarramiento de la erudición (para Pedro Henríquez Ureña indigesta). Los años transcurrieron y después de muchas crisis en 2010 me rehabilité. Desde entonces mi vida tiene otro sentido. Realicé mi tesis de licenciatura sobre un tema relativo a Luzán y su recepción por los criollos novohispanos en el Diario de México entre 1805 y 1812. Al final pude obtener gran cantidad de fuentes y trabajos sobre el autor aragonés, que hace 300 años iría a instruirse a Italia. No soy un especialista ni tampoco un absoluto conocedor de la obra y el pensamiento de Luzán, pero leerlo cambio mi vida y mi forma de pensar el mundo, la palabra, la creación.

 

Cajetillas vacías: un escritorio sin armonía

Sigo desempleado. Mis proyectos personales no han salido bien. Estoy algo deprimido. Parezco un mal emprendedor, un mal gestor cultural. No sé cómo distanciarme del pasado inmediato, donde todo es un peso que trasciende esperanzas y luces. La vista de mi escritorio es un reflejo del caos en el que ahora estoy. Me ubico en la pérdida y con algo de aliento intento renovar la marcha. No todo es desilusión y decepción. Convencido de que no hay mal que por bien no venga, exploro ideas, intento remontar la situación. Un mar de cajetillas vacías habita en mi escritorio, como vestigio arqueológico de mis días, como tormenta de nicotina pasada, como ansiedad encapsulada, como filamento mismo de una personalidad extraviada. Leer y escribir son mucho más que mi exigencia de excentricidad e innovación. Dentro de mí hay una montón de incertidumbres. Me doblego lento por el peso de la frustración y convido a mi boca otra bocanada. Mientras el mundo gira.

 

Intentaría escribir otras cosas, debería trastocar mis búsquedas, mi estilo cybernético, mis inquietudes y pasatiempos. No puedo conformarme con mis simples invenciones, con mis elucubraciones que están tan desconectadas de todo, tan alejadas del presente, tan disímiles de la realidad. Pero más allá de enfrascarme en un monólogo estéril, descubro la búsqueda de sentido como una ánfora vacía, como esa boca repleta de humo, sin contenido. Me desvencija el torrente de formas discursivas que doblegan mi voluntad, mis proyectos intelectuales frustrados, mi falta de protagonismo (y mi deseo del mismo), mi ramplón esfuerzo. En ese ir y venir de mi aquí a la otredad realista, este blog, este intento de mantener un disciplina escritural, me cuestiona. Porque aquí hay más que una bitácora, más que una especie de diario. Aquí hay propuesta, intentona creativa, acción discursiva, irreverencia poética, eso sí, mucha poesía. Aquí, en este mi sitio donde convergen mundos sin explorar, los horizontes de significado se abrigan con lentitudes y plasman una especie de buque personalísimo, identidad que desfigura los restos digitales y permea el hábito mental con toques de estrépito imaginativo. Pero omito, al escribir aquí, mi escritorio, desorden, huella, señal y signo de mi condición. Omito mi tiradero, mi paso indescifrable por la senda del hoy, mi resquicio falto de sensatez, mi estruendoso andar, que no dice mucho. Porque desde una retórica estructuralmente corrosiva, mis ideas, mis pensamientos, distan mucho de argumentar lúcidamente. Son más bien monótonos reflejos del paso del tiempo, reminiscencias hostiles del estar en el mundo, desconectado, circunstancialmente solitario, empecinado, volatilmente absorto en las posibilidades infinitas del esconderse detrás de una maquinita de luz.

banderazo

 

Reconocimiento óptico

Caras, rostros, imágenes, nos invaden, todos los días. Vivimos el régimen de la visualidad: fotos, farándula, actores y grupos, Facebook, emojis, rostros. El mar de imágenes infinitas nos circundan, nos impele a identificar, todo es identidad, conquista, nombre, incluso el anonimato tiene rostro. Caminamos por la selva ruidosa del siglo XXI entre luces, pantallas, reflejos, instantes que designan cúspides de sentido, tendencias pasajeras, modas, precipicios masivos de gustos y preferencias. El rostro entonces se convierte en un signo, en una moneda también, bajo la lógica dual de una economía de la imagen, como vertiente también, fetiche y estructura, del intercambio personalizado. Náufragos en un subjetivismo constante, todo es el semblante, el estado puro de una condición que la antropología forense identifica claramente. Si la fisognómica estriba en la identificación del rostro, hoy en día estaríamos en condiciones de preguntar por una fisognómica efímera y vacua, porque todos tenemos una cara, un semblante, un gesto, algo que nos identifica. Al final no es más que la proliferación y confirmación de las expresiones humanas lo que nos deja pensando, atemorizados, en que la cara familiar no es más que la cara compartida.

Caemos en el día a día en un ensamblaje de personalidades, en una costra de personajes y nombres, y todo el tiempo hacemos como que ignoramos la minúscula grandeza de los sin nombre, de los que no ocupan un sitio en la digitalidad. Representar la constancia de lo humano, abigarrar los horizontes propios del sentido, es un ejercicio de occidentalidad inerte y sombrío. Porque en el fondo la esclavitud visual dista mucho de corresponder a la plenitud alfabética o al paraíso cultural. Porque los rostros, las caras, no son más que símbolos en el mercado saturado de ser presencia en este siglo de digitalidades múltiples.

face

Por el desquicio de la luz, negación de la visualidad

face2Debería arremeter mis ideas, mis pensamientos, mis palabras, con un flujo de autores que me pudieran dar orientación a estas intentonas disformes que elaboro desde mi automatismo mecanográfico. Disculpen si los hago perder el tiempo con este, mi ideario sin agenda. Hace 16 años pude muy bien ser acreedor de un embalsamamiento ideológico, pero en contra posición a mis devenires intelectuales, mis orientaciones y preferencias no involucran nítidamente un gramo de cordura. Y aquí, en este intervalo semi racional, escondo mi filosofía y promulgo una esperpéntica mirada a la globalidad y sus digitalismos. La predominancia de los efectos visuales en todas las esferas de la vida no han hecho sino reducir y segmentar las preferencias y orientaciones de la oferta cultural. Es decir que hace 100 años uno se maravillaba con el cine y hoy el cine es una referencia común de nuestros tiempos. El salto mediático que la imagen como emblema de nuestros días permite, no debe hacernos sospechar lo que es el analfabetismo funcional y las derivaciones propias de la pérdida del aprendizaje lecto-escrito. Más allá de una indagación sobre las dimensiones reales de las posibilidades educativas, el océano de luz en el que habitamos los nativos del siglo XXI no puede disociarse de la proliferación visualista de las estructuras mentales, conductuales, comunicativas y face4culturales.

¿Qué no es vivir pegado a la tecnología una forma de dependencia luminosa? ¿No nos frustra, como especie, no poder elaborar un proceso fotosintético y a cambio de eso nuestros impulsos culturales nos han orillado a vivir pegados de entes luminosos? ¿No es nuestro trauma histórico del pecado original el que nos ha recubierto el tejido exoepitelial tecnológico luminoso para hacernos creer que enteramente podemos crear y modificar a partir de elementos enajenantes? Si un litigio en pro de la tecnología nos permitiera aducir que estamos en un universo abierto y ancho al sin número de posibilidades propias de una saturación global expresiva, también podríamos muy bien creer que en el universo cerrado de la actividad humana vivimos actualmente los tiempos más conservadores que jamás hayan existido. Y en el vaivén de la innovación y la tradición, los sujetos comunes y corrientes nos face1inducimos a un cierto compañerismo que permita señalar algunos rumbos. No es más que la explosión masiva y tecnócrata del acto comunicativo, que devela, además, la tendenciosidad visual: toda imagen es objeto de distribución, sin importar su contenido, todo objeto visual llega, penetra, incide en el grueso de la población. ¿Nos importa tener una cultura visual? Más allá de una educación estética o cinematográfica, nuestro cosmos cultural nos ha orillado a la ceguera alfabética y una inclemente pérdida de los sentidos, sobre todo del común.

Si vivimos absortos en la luz (día, computadora, televisión, cinema, fotografía, vídeo) de este aglomerado visual no podemos desligar una fácil y pronta tendencia al deterioro alfabético, más que sonoro. Porque la cultura visual nos induce a creer que atrapamos algo, que cachamos algún sentido, aunque quizá mutilamos nuestras facultades alfabéticas por la accesibilidad de la imagen. Con el face3sonido pasan otros fenómenos, pero que se asocian en ocasiones con el discurso audiovisual.

Si esto es mucho o es poco, si esto es claro o es obscuro, si esto pretende ser algo más que un epitafio ensayado de mis pensamientos, quizá simplemente me falta acercarme al método sociológico y etnográfico de una digitalidad global que nos engulle y desmiente a cada momento.

 

Idola tempus

 

Los ídolos aglomerados del presente

escudriñan su efímera trascendencia.

Un galope propagandístico proclama

la llegada de una nueva ola —que de nueva

tiene lo mismo que el alfabeto griego—

para marcar al ritmo de los atuendos.

¿Perdimos acaso el discernimiento

cuando náufragos nos arrobamos

en lo que un otro distante hace?

Y todos queremos acercarnos —¿queremos?—

a ese mito viviente que reluce en el escenario.

idola tempus

El ethos de la digitalidad: unidad y diversidad

Cuando nos aproximamos filosóficamente a un estado de cosas, a una sensibilidad, podemos planear una suposición a priori desde la conjunción predominante en los sistemas del pensamiento, los cuales conducen, invariablemente, al problema de la unidad y la diversidad. Desde mi trinchera, raquítica de un sistema filosófico coherente, desde mi nulidad, embebida por el trauma de la modernidad, componer la reflexión del ethos digital, me acerca a una valoración incipiente, superflua y contingente, de la esfericidad en la que se movilizan los campos propios del acto digital. No se trata exclusivamente de una acción comunicativa, en el sentido del circuito de Jakobson y posteriores, ni tampoco exclusivamente en la ley de la oferta y la demanda, así como tampoco puede evadirse el acto de lectura alfabética e interpretativa, del conjunto de la esfericidad del ethos de la digitalidad.

Profusamente la digitalidad envuelve una condición per se, la comunicativa, pero también inmiscuye per se su condición antropocéntrica: el anclaje semántico, actitudinal y comunicativo de la digitalidad es indisociable de la existencia humana. Así mismo, este ethos digital está premiado por una conducción pro conservadora en distintos niveles: histórica-documental, biológica (zoológica y botánica principalmente), artística (en la dimensión de la totalidad de obras creadas bajo modelos estéticos), política (gubernamental, de contestación social, inclusive de organización comunitaria), entre las formas de conservación más importantes (sin olvidar por supuesto la patrimonial y la audiovisual como instrumentación de conductas heredadas del siglo XX). Estos impulsos conservaduristas se inscriben también en la égida de una economía global de los significantes, en la taxonomía polisaturada del universo humano en toda su extensión. La concepción antropocéntrica y metafísica de la digitalidad impele a una metanaturaleza, a un ethos que se involucra, desde el valor de uso de la obsolescencia y del valor de cambio de la omnilocalización, con los ideales infértiles de la conquista tecnológica, desde la predominancia axiomática de la asepsia y la sanidad.

Por otra parte, el ethos de la digitalidad absorbe las contradicciones inherentes a una modernidad caduca, tardía y pronta, en sus modelos cognitivos, a la interpretación falaz, subjetivista, del posmodernismo occidental. No obstante la cristalización del estrepitoso deambular de los actos digitales legales, también el ethos digital se instaura en la contradicción totalizadora entre civilización y barbarie, fungiendo, irrestrictamente, como vehículo y canal tanto de los esfuerzos sociales políticamente correctos, como de los intentos criminales (en su diversidad de facetas), que amplían sus circuitos de vinculación a través de una instauración subterránea (como la deep web por ejemplo) de las prácticas digitalistas. La lógica dicotómica entre criminalidad/legalidad, constituye, por sí misma, uno de los pilares del ethos digital.

Finalmente, este ethos, inabarcable, polisaturado, difuso y gaseoso, en su nivel ideológico y creativo, es nitidamente una prolongación vigente de la querella entre antiguos y modernos, o del conflicto entre el perdurar ortodoxo de lo tradicional y la revocación instantánea de la novedad. No debemos olvidar, tampoco, que en esa medida lo tradicional, la tradición, se finca en un conjunto de valores (en ocasiones nacionales, pero también religiosos, políticos, sociales, folklóricos, culturales, etcétera), y que por tanto la dialéctica entre novedad-costumbre, es otro rasgo distintivo del ethos de la digitalidad. No sería posible plurilizar, sin menoscabo de una fenomenología del technogeist, a la digitalidad, puesto que las digitalidades, en tanto representaciones constructivas de múltiples lenguajes, se aíslan en el modelo teorizado de la unidad digital, de la digitalidad emblemática, que es canal, mensaje, sujeto, objeto, circuito, cultural, sociedad, vivencia, experiencia, anclaje, entre tantas otras formas, pragmáticas, simbólicas y lingüísticas, en las que se expresa la sociedad planetaria del siglo XXI.

El proceso de digitalización de lo humano: una jaula de luces

Pensar incluso que el iluminismo, su racionalismo instrumental y su teleología civilizadora puedan haber sido parte del conglomerado, atinado o no, de la modernidad, no implica asumir, como lo hago yo, que en las digitalidades lo permeable consista en un ethos antagónico de la concreción natural. Por encima de cada rincón, de cada dato, de cada información almacenada en internet hay una cúspide de esfuerzos por dotar, en un sentido metafísico trascendental, al mundo con una forma plástica: la posibilidad intrínseca de adquisición global y saturada de prácticamente cualquier cosa. Y la luz, que en el XVIII fuera una metáfora atinada, hoy es más bien el fetiche del mercado. Si no estás en internet (educación, comercio, gobierno, turismo, cultura, libros, arte, vídeos, música, cine, etcétera) no estás en el mundo. Y es bastante loable la decisión de algunos de no figurar, de no aparecer. ¿Es loable también el proceso de digitalización en tanto cautiverio a la metafísica luminosa del hacer humano? No está por demás mantener el impulso productivo de una álgebra comercial globalista, tendenciosa, en fin, acorde con los tradicionales sistemas de dominación. Tampoco es posible, frente a las intentonas críticas antisistema encabezadas por la neorebelión hacker, asumir que el mundo en el siglo XXI sea un lugar seguro para vivir. El equilibrio de las fuerzas, distinto de una actuación termodinámica de los conglomerados histórico-sociales, sus oscilaciones y sus hábitos (de consumo, de producción, de recreación, etcétera) están inmensamente permeados por el auge luminista. El esplendor de nuestras luces del XXI, raquíticas por la digitalización de la barbarie que lo acompaña, es el esplendor de unas pocas generaciones que inventaron y creyeron dotar de algo importante el universo humano. Quizá desconozcamos los más avanzados sistemas científicos y tecnológicos de nuestro presente y en diversas medidas la tecnología comercial nos induce, como película de ciencia ficción en los años 60, a construir un imaginario de las digitalidades en donde no existe un hálito de compasión. Al final, la digitalización de lo humano responde al impulso opuesto a la libertad creativa, se trata de la expresión multifacética del terror al vacío y de la longitud propia de la frustración ante lo inconmensurable del cosmos. Entonces lo infinito, como adversario común de una finitud cierta, y en ocasiones existencialista, traduce el abigarrado terror psíquico al silencio, a la evasión, a la ignorancia, a lo desconocido, abriendo, en su multiplicidad, los canales propios de un conductismo polimórfico, acuoso, insostenible por su carácter de innovación ad infinitum. La jaula de la humanidad digitalizada construye el simulacro de un hábitat no hostil que pasará la factura a las futuras generaciones.

Lo que veo cuando camino todos los días en las calles de mi ciudad a propósito de un líder de izquierda que vi hace 14 años y hoy volvió a dar una plática aquí donde vivo

Soy uno de los hombres

decepcionados

de las alternativas

un observador

de las causas perdidas.

Soy un joven sin esperanza

que ayuna utopías

rompe libertades

inventa ataduras. Solapada

la vida es más como con Visa.

Todos los días y años del futuro

remoto son fallido intento

faltada memoria

fósil lucha

torpeza vital. No, el mundo no va a cambiar,

ni veremos amanecer una nueva civilización

ni dejaremos un mundo de infancias gratas

ni podremos sembrar caminos de alegría

ni mucho menos frenar a los aniquiladores totales.

No. Soy un hombre

desilusionado

del tiempo, el entorno, los hombres

y las mujeres, de la historia conocida, vivida, testificada.

Soy eso, una herida, un quebranto, algo marchito y duro.

Como prejuicio religioso o dogma teológico,

como estatuto constitucional, como precepto ético,

como ley científica, mi credo es el fatalismo, como el pesimismo

de los ilustrados españoles. Si existe una leyenda negra de España

existe una realidad oscura que también es leyenda negra

llamada siglo XXI. Soy uno de los hombres

decepcionados de la vida. Sin llanto camino con la cabeza gacha

mastico hojas y  olvido, remedo autores del momento.

Soy eso que no es llanto ni lamento,

porque soy una desilusión toda de tiempo roto

roto como mis adentros,

como mi nombre,

como mi sentir y mi voz, 

como eso que canté y no fue nada.

Desilusión… soy eso.

como mi espíritu.