De la conflictividad autobiográfico-existencial de una estancia zamorana en vías de ingresar a un posgrado

Dejé en mi diario vivir el espacio a la escritura que aquí concierne, primero por razones laborales, segundo por razones creativas, tercero por razones académicas. Estoy en medio de un proceso de selección para ingresar a un reconocido programa académico de posgrado en Zamora, Michoacán. Esto me condujo a preparar documentos y realizar ciertas diligencias, pero también a localizarme en la entrevista y las evaluaciones de ingreso. Llegué a Zamora el pasado martes 13, de mala suerte como ese 13 de abril de 2002, pero esta vez era de junio y quince años posterior. 13 de mala suerte, no, en sí, aunque sufrí desvelo por el trayecto Xalapa-México Norte, sin carecer de valía el haber logrado cambiar mi horario de salida de las 11:15 a las 9:30 el pasado martes. Viajé y dormí, soñé, escuché un tronar, un terremoto, en mí trayecto. ¿Desperté de mi pesadilla que inicio hace 15 años? No lo sé, todo se mueve todo el tiempo, pero también es real que podemos absorber los tejidos mismos del tiempo y del ser con tan sólo un ápice de nuestra percepción.

El calor me acogió en este territorio del norte michoacano. De inmediato me quité el saco que traigo conmigo, pensando en mi regreso a Ciudad de México y luego a Xalapa. En fin, todo esto no es más que la crónica derruida de mi estancia, felizmente consumada, felizmente (objetivamente) realizada. Pero mi vivencia, más allá de mis paseos caminando desde el centro de Zamora hasta Jacona o en las banquetas donde pega el sol, me remite considerablemente al proceso emocional por el que atraviesa mi presente, no sólo por haber realizado un programa de vida de 2010 a hoy, sino también por la subyacente insinuación biográfico-estructural de mis primer década en este siglo XXI. Tres conflictos de mi vida, tres aristas de mi ser, tres formas prevalecientes de mi anquilosamiento, de este anacronismos tabaquista, reiteradamente darianítico, apache y chihuahuense frustrado. Me refiero a los conflictos que ahora, en mi estancia zamorana, se detonan.

El primero de ellos dialectal, ¿hablar cómo chihuahuense, cómo norteño, cómo hablaba mi madre, cómo hablé de niño, cómo me identifico, cómo hablaba en mis delirios psicóticos de mis excesivas correrías psicodélicas? Ahí, donde el usted tiene una forma distinta al tú, me retrotraigo a la represión de la abuela paterna, ese 2002, cuando dijo: aquí (en Xalapa, Veracruz), no se habla así, no hablamos así. La represión entonces vuelve. ¿Mi identidad? ¿Mi voz? ¿Mi enternecimiento y nostalgia de mis años infantiles chihuahuenses? ¿Mi identidad matrilíneal? También eso resurge hoy, ahora, al comer machaca, frijolitos bayos, tortillitas de harina, al reencontrarme con ese modo de ser, con ese espíritu que añoró. No es Chihuahua, es Zamora, no es mi madre, es ella, siempre, sí, innolvadible, que evoca igual mi cobardía de ese andar rondando las calles, murmurando, fraseando, royendo recuerdos, diciendo que no valí nada para ella. Sí, porque ese es el segundo conflicto: la hermosa mujer bailarina michoacana de 2002.

Dariana, a quién mandé mi escrito de la presentación de mi novela reciente, que no contesta más, que no tiene motivos ni razones para ser molestada por mí de ninguna forma, ese traumático instante de eternidad que me acompaña, que no sé cómo traducir, también se revive, se renombra, se exalta, al pasar por Zamora. Porque en las calles veo muchachas que se le parecen, porque no terminó de entender mi cobardía de no buscarla hace 15 años, porque no terminó de aceptar el dolor de ni siquiera haberla conocido, porque no termino de descifrar el significado de su presencia-ausencia en mi vida. Así tampoco entiendo, ni acepto, ni asumo quién es o quién sea. No entiendo, ni acepto, sino mi introducción falaz, mi renegar constante, mi dolor, mi recuerdo, ese dolor del ácido lisérgico en mi cabeza, ese dolor de mi oído derecho, ese bailar con ella, ese verle los ojos, ese desear sin libido su cuerpo, eso roto tendón de mi inocencia, nombre y figura de mi designio. Y no es gratuito el mito platónico de la caverna como metáfora de mi vida: de la oscuridad a la luz post tenebras lux. También esto que muere, mi rencor, mi desprecio, por Xalapa, por los xalapitos y las xalapitas, por mi patrilinealidad. Mi dolor, mi ansía, mi esbelto trance mutilatorio, indómito e indeleble, de esa eternidad de milisegundos a su lado, volando, cayendo, volteando, y la última vez, siempre, incluso reiterando mi dequicio abismado. No logré matarme ni logré morir ni ser asesinado pero tampoco la tuve ni la tendré ni seremos unidad ni la abrazaré, no, su camino no es el mío ni el mío el de ella. 2002-2017 poca cosa en el numeral cronológico, para mí el camino desde la hybris hasta la epifanía. Y entonces, descubrir mi anacronismo de fumador del siglo XX, mi afán por destruir mi salud, mi deseo repulsivo, mi pulsión de muerte, mi psique resquebrajada, es también el conflicto padre-madre, uno oncólogo, otra muerta de cáncer, uno vivo y ausente, otra muerta y presente. Todo combina, por tanto, en este viaje zamorano donde he visto mujeres lindas y jóvenes, atléticas, donde me conecta la pulsión de reencontrarme con las artes marciales, donde la institución que me interesa no permite la actividad fumadora, donde la política antitabaco es verídica, real, contundente. Ese mensaje de nuestra época —queremos vivir y vivir sanos y felices— que mueve al mundo, que conocí en mi adolescencia cuando decía no a la degradación humana, cuando componía canciones, cuando me iniciaba versificando, hoy es el conflicto entre dejar de fumar, volver al deporte, cambiar más radicalmente mi vida. Y todo es este sentirme un guerrero derrotado, este creerme un mal hijo, un hombre extraviado en los placeres del cuerpo y en las malévolas cúpulas del error. Todo es estos tres conflictos anudados, todo es, también, esta traducción.

Comí chongos zamoranos, probé unos camotitos con chile y limón, comí carne asada en su jugo, todo esto y más, sin olvidarme de mis compañeros infantiles michoacanos, con quienes vendía donas en Chihuahua, y Denis, o la niña que se volvió mujer, que alucino desde niño, que veo, que me sigue, a quien no sé cómo hablarle. Todo eso y la abigarradamente emocionante posibilidad de una vida nueva, en un posgrado, investigando sobre mi Nachito de Luzán, sobre las relaciones culturales hispano-mexicanas, sobre ese espíritu que entró en mí en 2002. No es mi herencia española o mi herencia apache la que predomina, no es mi resquemor al olvido o la insignificancia personal, es el infinito instante de la claridad, el inabarcable absoluto de la luz renacida lo que me inunda e invade. Uri luz lux luz LuxUri, Urías, Pardo café.

Aquí, en la antesala de mi vuelta al altiplano mexicano, pido perdón público a ella, a su bailar, a su familia, a su historia, que no me pertenece, a la cual no perteneceré. Pido perdón al mundo por mi escandalización, por alborotar las aguas, por ser innecesario. Perdóname FOX, perdóname CALDERÓN, perdonen. El país es vuestro, las mujeres son vuestras, yo soy mío, y mía es la luz, mía es la certeza finita, mío es, como suyos los fraudes, este camino, este andar. Porque la pesadilla inició en 2002, se volvió realidad y todos estamos inmersos en ella de millones de formas. ¿Terminó mi pesadilla? ¿Me enamoraré de otra michoacana? ¿Quedaré inscrito en el posgrado? ¿Viviré una aventura en Zamora? ¿Concluirá mi tercer período xalapeño? No lo sabemos, pero como decía María Gabriela Epumer: ya lo dijo Dios a los primeros habitantes de este mundo, no coman de esa fruta, les traerá problemas.

 

Lectura en el ahora: visitando a Ortega y Gasset

Comienza aclarando mi falta de método respecto a la invención intelectual, mi falta de eso que Ortega y Gasset distingue, la distinción entre leer y estudiar. La más reciente lectura fue la de Collingwood, también sobre filosofía de la historia. No es tampoco mi conocimiento historiográfico del siglo XX ni mucho menos el excelente libro La cultural del 900, en su reflexividad historiográfica, lo que me orilla a entonar que el pensamiento histórico, para mí ya anclado en Bloch y los dos filosófos recientes, me zambullen en una intencionalidad reconstructiva trocada en esta proclama en tiempos posthistóricos. No es tampoco la esfera del capital de Sloterdijk ni la filosofía contemporánea lo que me inclina a dilucidar, expresivamente, las migajas filosóficas del pensador español que retengo con insuficiencia. Tampoco es ese incultura que ubica nuestro filósofo ibérico respecto a la especialización, hoy más alta, profunda y precisa que nunca. Sí, para Ortega y Gasset la especialización remite a una incultura, pero también reflexiona sobre la importancia y el valor de la tradición, como obstáculo y como posibilidad de innovar. Si para Habermas existe una lógica en el discurso filosófico de la modernidad, parte de tal lógica refiere a la crítica y el  arte, en una modalidad de sustitución de modas, de escuelas, de posturas que cuestionan lo precedente para renovarse en lo “nuevo” —léase moderno como uno de sus sinónimos—. Lo trascendente no es tampoco la verdad o la realidad, no es la ciencia —con una lógica propia— sino los histórico, lo humano, lo que podría remitir al determinismo cultural —también hoy, cuando todos pretenden ser creadores culturales— del tiempo, de los actos y de las construcciones. Cifrar en términos de historicismo el devenir del tiempo implica valorarlo como un instrumento humano, con una teleología especialmente en tanto asume la conexión, la relación, la interdependencia del pasado con el presente y con el futuro, no en un esquema determinista —o prospecto—, sino como una lógica donde se intuyen novedades y costumbres, cambios y persistencias, hazañas de libertad y opresión. No es que la historia sirva para conocer el pasado y proyectar el futuro, sino que la historia construye la posibilidad existencial del presente y la causalidad del futuro, desde la vertiente que ocupa lo pretérito como hechos inacabados. Si Ortega y Gasset discute y cuestiona el fin de la historia, de Hegel y de Comte, lo hace también valorando que la filosofía de la historia no es historia de la filosofía, sino que el filósofo debe transitar por todos los momentos filosóficos previos, vivirlos, aprehenderlos, transitar por ellos, para construir su sistema filosófico. No es la historia un ente pasivo, obsoleto, de hechos muertos. La historia vive, está viva, en nosotros, en lo humano.

Pensar en las posibilidades del determinismo cultural como instrumento reflexivo me orilla a la interpelación con la dimensión antropológica de la cultura, donde no sólo la “alta cultura” es cultura. Esta hazaña de la antropología, especialmente del siglo XX, ha constituido uno de los máximos elementos de proliferación creativa —aunque habría de cuestionar, axiológicamente y estéticamente, ciertas formas de creación—. No es extraño que para los postmodernos, cuando los primeros en tomar esa actitud me parece fueron los antropólogos norteamericanos de finales de los sesentas, el lenguaje y la cultura se relacionen de una forma interdependientes: por ejemplo con la interpretación semiótica que designa a la cultura como una serie de intercambios comunicativos, códigos y formulaciones socialmente internalizadas y compartidas. En todo caso se renuevan las discusiones y ahora no es tiempo más que de enfatizar que la filosofía de la historia y la historia de la filosofía deambulan, en el pensamiento de Ortega y Gasset, entre la composición flexible de una axiología del tiempo humano y una aprehensión de la phisis y su designación y vivencia. No soy filósofo, no soy historiógrafo. Soy más bien un inquieto residuo del siglo anterior. ¿Por qué leer a Ortega y Gasset? Debería tratarse del simple ejercicio reflexivo y de la intención, profesionalmente no conquistada en lo personal, de escribir sobre el pensamiento histórico de la primera mitad del siglo XX, frente al estructuralismo histórico que terminó desembocando en la postmodernidad y ese conductismo reiterativo de lo post, de lo pasado, que remite a una contemporaneidad nueva y discursos, filosóficos, académicos y culturales, ampliamente difundidos. En todo caso para mi se trata de la hiper fragmentación del tiempo, o eso que llamo distemporaneidad, por una parte, y de la recursividad aglomerativa de la neometafísica digitalista, proclive a una vivencia de la digitalidad, informática. A este régimen corresponde una pornonarcotecnodemocracia en su dimensión política, mientras que en términos del actuar cultural,  es una pluriculturalidad luminocentrica relativista. ¿Que tiene que ver Ortega y Gassset con todo esto?  Pensar lo histórico, más allá de las herencias intelectuales y academicistas de las epistemes de la modernidad, implica redimensionar lo humano en su destiempo presente.

Buenos pasos, tiempo

A veces recordar

no es revivir

no es creer

no es saber

no es sentir

sino escupir

al universo

la figura cierta

de haber sobrevivido.

No es la tardanza

del recuerdo

o su cercanía

la que conmueve

o cimbra

es su fisonomía

de fantasma y materia

paso de tiempo

lo cierto

que nombra

su presencia.

Recordar la no instancia

Soltura el anhelo

cobija de luz

la cicatriz

emblema

instituido roce

como de galaxias

tiempo. Añoranza

esperar si los amigos no existen

si perdonar es cansancio

como silueta negra

al medio día eterno.

Cada vez que emerge

la costa del lenguaje

pérdida si alcantarilla de versos

la marea-enigma

de universos retorcidos

cosmogonía silente

si acaso horizonte iluminado

perplejidad ocaso si ramo

de imágenes inconexas.

Prófuga instancia

decir de los rincones

la faz tremenda del abismo

que es un nosotros ciego

perdido, si mitad de voz

hoz y camino, si dolor

tedio y espanto, porque

existir evoca, tronando,

la esfera del sol y los instantes.

recordarlanoinstancia

Quien esté alfabetizado que tire la primera letra

Arrojadla y bebed,

complicidad, espuma de voz y

quebrantada tormenta

inocua, silencios, caminos,

marcas: siempre costado del saber.

¿Pecamos contra el arrebol de la eternidad

en la expresión y el nombre? Reminiscencia

esperma de verbo y luz, como conflicto

entre el ser y su lenguaje, fugitiva memoria

los rostros infames de lenguas muertas u olvidadas:

olvido, eso que es nombre de lo cotidiano

indistinción negativa, el salto a la vocal y su torcedura.

Periplo no del sueño

no del signo

del andamio

andado: meta y logos

insufrible torno

de dicciones en la gramática del tiempo.

Ancestralmente elucubramos

designios anteriores al saltar

las lunas las estaciones,

porque las estrellas compitieron

para llevar grabadas nuestra alma.

Mitad aliento mitad mirada

como nocturnidad en la playa

caer al instinto dicho: comunicarnos

tal vez fue el error que nos volvió humanos.

alfabeto1

 

 

 

Cuando no sabes ser hombre

¿Es un eco siempre

la vida o es una imagen

torcedura del ser?

Introyectamos el patriarcado

y el capital, introyectamos

un mundo sin esperanza de cambio.

Siempre ha sido tarde

para mí

en este universo.

¿Dónde existe un aliento

nutriente? Todo es

una persecución inexorable

que me deja vacío…

s

i

e

m

p

r

e

toda la espuma existencial

es el coro insufrible

de las decisiones y fallos

siempre,

el algoritmo virulento

que soy: un pito y dos testículos

enfermos, siempre, tetas operadas,

siempre el dolor de las ausencias.

Aquí había oportunidad para ser una planta

y a cambio de la fama y el éxito hoy soy un buitre

carroñero en el tiempo: extravío a mitad

de una era que termina.

cuandonosabesserunhombre1

 

Diagnóstico

Severa crisis
del ser nombre vacuo,
figurín de polvo
es tu silencio,
una hondura
cubierta de flamas
viles por inocencias rotas.
Consumada la diáspora
del lenguaje, mutación
invertebrada del universo,
severa crisis cristalizas
el ánimo de vomitar injurias.
Perdona vida, realidad perdona,
el sino estéril de esta vocal,
torpeza cierta, si calambre del corazón
también resquemor de fracasos,
saco despabilado de mutismo.
Severa crisis
columpio al éter sombrío
la lengua ancha de tu adherir
los días al remanso turbio
de las palabras, mitades de silencio
este capital desierto,
de la calle las luces ensordecen el instante.

 

diagnostico

El big bang monetario

Tronamos el presente

igual que escupimos

rostros a la esencia

del abismo poético.

Sueños nos endulzan

el tren amargo del ser

porque en la cima,

que es el aturdimiento,

florecen los verbos derrotados.

Desfiguramos caricias

con la manopla oxidada

del desprecio a nosotros mismos,

porque fuimos un manantial de dicha

cuando en el fondo se nutría

nuestra desazón por vivir en el pecado.

Fluye dentro del silencio

el magma estéril que corrompe

juventudes: capitalismo siempre

desde hace siglos, la vocal tensa

del decurso humano, falacias.

Dios vino al mundo para decirnos

ustedes no merecen la justicia de los cielos.

monetary-big-bang

Lago desecado el tiempo

Insalubre estar

dentro de la marcha

que ajetrea cuerpos y labios.

Porque una voz engulle,

sigilosa, el tiento moralista

de la época bárbara: quietud

designar estrelladas maniobras

como si del firmamento

soplos luminosos nos encandilaran.

Pregunta si el tiempo es corto

o nos corta a destiempo, el tiempo

firma y autogafía demencial

en el castillo de los naipes volátiles.

Nos esparce al escondite

esa figuración de tedio laqueado

de memoria y en su pátina

de recuerdos caemos

mitad silencio y estructura

de la sangre raza que nos doblega

a la historia insípida de todas las eternidades.

volando-a-detroit

No caber en la tristeza del mundo

Como río seco

contaminado

el presente

emerge surco

de dolor y quebranto

manía o tacto.

Esparcida tristeza

como silueta

opaca, la marcha

del segundero,

remate cruel

el hoy roto y profundo.

Sin remanso,

acaso piel o camino,

andar esbelta

la mirada, turbia,

ora aguacero

de rabia o funesta

treta del destino,

ora soltura

inmensa de llanto

o reboso de hiel.

No caber en la tristeza

del mundo

inmaculada ausencia

como automóvil

destruido, chatarra

del instante, marea

de no ser

con el fluir incesante

humana: torcedura,

siempre vestigio

espacio enhebrado en heridas.

modulo1

Esperar la idea

muralista1

Entre tejida la voz

puebla años tercos,

pensar es una rebelión,

instintiva marca

el antes de la lucha.

Ennegrecida la vista,

nocturna insignia,

contra el espejo

de la Historia

el ansiado instante

del bautizo: éramos todos

un espectro de injusticias

y soñábamos con el fastidio ajeno.

Trepamos por el abismo del sol

con las quejas de generaciones

yermas y soltamos el amarre

del aliento que nos unía

a las cadenas del pasado.

Fruncimos el semblante

caído en el rostro inerme del

aroma putrefacto que era nuestro verdugo

para saltar a la vida y entender

que una esfera de silencio

cobijaba la espera de una idea,

la idea del trotar los campos

universales del tiempo.

muralista1

Solturas inmediatas

circulo floral

 

¿Recordar saltos

al terreno del nombre,

que de figura tiene

siluetas y cenizas, es

colgarse el amuleto del sueño?

Nacimos un día cualquiera

con la cara prófuga del pasado

y la lengua esmaltada de gritos.

Pero sentimos el paso del instante

que devana nuestra alma y soltamos

el ancla del desconsuelo volátil:

eso que son los corazones rotos

y el aliento canoso de cigarrillos,

contra el tonelaje del silencio.

Arrullamos perpetuos el devenir

con nuestras acciones, mas

un eco nos guía al destino

—construcción esférica—

que irrumpe en nuestra morada:

cuerpo que es nuestro vehículo

la palabra inserta en la otredad.

circulo floral

Días sin agenda

Extravío hoy, átomos circunspectos

soñar, tibieza emblemática, ayer, cual

nombrar las aves las estaciones, palpo

inmediato: ser y trotar el devenir, sufragar.

Maremoto de sábanas húmedas contigo,

nosotros, una especie de quiste en la atmósfera,

somos también trinos veraniegos aquí, allá,

ahora que los gritos infantiles inducen dormir.

¿Tendría sepultura el tedio de un esfuerzo consumado?

¿Miramos acaso los juegos? ¿Escupimos frases o mascullamos

testimonios de psicodelias y ausencias? Pensamos…

En el amar los cuerpos emergen tormenta,

huracanes son las estrías del desamor, la carga, lóbrega,

el mutismo del desconcertante instinto, mandálico

efecto la tenacidad que arrebata al viento el horizonte.

Deambular por los salones de la vida, vaya tarea,

sin horarios ni pendientes, vaya que es el lujo de presenciar

el momento. Hoy todas partes tienen fijas las anclas

al globo y sus derivaciones, pero esta historia narra

la figura geométrica del ocioso quebranto del ser.

asalto

Irreverencia poética nova

Una instancia antigua

palpó los cuerpos

asiduos al sufrimiento.

La llamarada de recuerdos

ardía plena, todo fue contraste

y mutismo. Arriba —¿dónde estaba

la puerta del laberinto?—

perfumes violentos arrebataron

la cálida ternura materna

de la guerra demencial.

Nos perdimos siempre, aquí,

en el intervalo fortuito:

destinos del salto,

inmensidad y caída,

soplo en el arrabal del ego.

Merodeamos al salir

los copos imaginarios

llamados evacuación del presente.

irreverencia poética 7

Teatros

El ser, un prefijo del tiempo,

acto, compañía y salto, un abismo

abre las rutas al fondo

del desbarajuste interno. Colilla

de cigarrillo: emblema torcedura,

el alma alquitranada, de voces

como espejos la salida

enmascarada, ninguna parte.

Por aquellas temporadas

viejas y truncas aeronaves.

Adiós intacto impulso

soplar las hélices del sentido,

manantiales de amor, disfraz

tono de sol y reminiscencia.

Actuación contraria al pudor.

DSCN2692

Conclusiva

Desparramar la vida

entre calles y esquinas

con la silueta desvencijada

por alientos fortuitos

es trepar a la cúspide del día

sabiendo que la tormenta primaveral

aguarda nuestra esencia vital para mojar

el acto mismo de testificar los ciclos terrenales.

Caos

Lengua milenaria

acomete el silencio,

salta, rompe, inscribe,

tropeles y ejércitos

de voces. Hueco —medio mudo—

ensombrecido de tiempo.

Galopar de la luz las galaxias,

escribanía oscura, mitades del sol

que fundaron el instante mismo del verbo.

Lírica de un mustio desengañado

Hace miles de segundos

la crispadura del alma

cobró insultos al sentido,

sentido de ser alguien

como persiguiendo aves,

perseguir incluso —éxito

riqueza y fama— a contra pelo

del tendón único del eros universal.

Tumefacta la memoria escolló

rostros de tiempos de guerra,

prefiguró esos millares de segundos,

construyó un jarrón de excusas,

cortantes, para componer el flagelo

mismidad de la torcida mezquindad

—aurea la imagen del infante que fuiste

extraviado en juegos y elucubraciones—.

Al fin, remanso entre tempestad de festejos,

la lontananza mantuvo intacta, por fértil,

la oferta misma del indómito camino:

bestialidad fue mencionar acaso

el sino desfigurado del presente,

como maquinaria aceitada, constructiva

y autómata, industria misma del verbo,

espécimen floral esa bocanada de hachís

—ausencia de silbidos por la función decrépita—

espasmo íntegro, el eco constreñido del andar.

En cuanto faltó la gloria, el reconocimiento,

sufriste entonces, un alguien tomó tu cicatriz

y la hizo estiércol emotivo, como si fuera

una ramplona versificación fallida del siglo XV.

Y no hay más que un refugio lúgubre

instinto trepidante, interior tuyo, mazmorra

identidad que surca las estrellas del conformismo.

Adiós fue montar el trozo de tu personaje,

el papel prefijo del cutis esbirro del corrupto

mantel donde tú eras el patrón contumaz,

el ansía misma de frenar una otredad impostora,

porque las rendijas aromáticas, nombraron en ti

una ficción irreemplazable, fue trotar hacia el monte

que dimanaba la acritud de tu voz y tu alma quería

colapsar un tropel de angustias, pero te fuiste

y hoy levantas tu erguido orgullo como un pañuelo

para despedirte noctámbulo de la pocilga del hoy.

Horizonte dualidad

Nombrar la lejanía

con trozos incendiados

por los tercos silencios.

Estar frente al eterno huir

del horizonte, mitad cielo,

mitad sol, espacio y signo,

movimiento. Hasta el lindero

preciso de la luna, el día,

hasta la noche inmensa,

la luz y los cantos, mensajes

todos del porvenir y el presente

efímeras porciones de la existencia.

Poema de la percepción del tiempo inexistente

Orilla y manantial

del ser, contra reflejo,

esparcida la semilla

soplo y caminata, arder

solo el instante amar.

Contracción y esperma

del verbo, del andamio

luminoso, palabra y fertilidad,

cosmos encubierto, amores

al árbol del conocimiento.

Inscripción tu faz, tu letrero

el símbolo partido, la mecha

encendida del saber, terquedad

y descanso, como soleada colina

reverdecida de esperanza y aliño.

¿Cuándo partimos el as del sentido

contra la efigie del sonido? Dejamos,

entre el salto al infinito de la existencia

y la locura de la presencia, las uñas y

los pasos llenos de entredichos.

Merodeamos entonces las esferas

de una geometría universal y silente.

 

Distemporáneidades

El diálogo sostenido entre tiempo y realidad oscila, navegante de una multitud de sentidos, en un océano de interpretaciones. Nos extraviamos de pronto en una ola de significados, porque el silencio no existe más, aunque en la totalidad de las voces presentes haya registros inexistentes. Y caemos, lento, en un marasmo de obras, de pensamientos, de autores, de sistemas y códigos. Un torbellino de existencias arremete contra el tiempo, saturada realidad de muchedumbres y de alientos que circundan los fosos de la expresividad. ¿Por qué no incitamos un eco de otredades múltiples sino que nos perdemos en el designio y tortura de una simple y unívoca seña? El tiempo, su maquinaria cultural, sus acertijos, nos devastan. La pesadilla malthusiana vuelta realidad es un almacén de palabras, de imágenes, de subjetividades. Nosotros conquistamos los espacios, los lindes precisos de una elección definida, a veces arbitraria, a veces selectiva.

No existe entonces el pasado ni el presente ni el futuro, sino que habitamos distemporaneidades polihédricas, multifacéticas, pluridimensionales, en un tejido de luz y de contrastes, abismal, imperecedero, voraz. Porque nutrimos el tejido vivo de la digitalidad y sus facetas, pero también volcamos nuestra persona, nuestro ser en el mundo, desde una presencia que se convierte en diálogo o perece en la marginalidad del soliloquio. Con el esmero ortográfico de la gramática de la existencia global, podemos saber qué pasa en Hong Kong o indagar el clima en Australia o enterarnos de las informaciones de las dictaduras en Argentina y Chile o simplemente escuchar a un afroamericano rapear. Y la diversidad incluye tener acceso al pensamiento presocrático o al milenarismo chino y al mismo tiempo poder leer el último artículo del columnista del New York Times. Todo además se convierte en un aposento orgiástico, la orgía de lo humano, culturalmente traducido en actos de habla. Todo es comunicación, pero lo distemporáneo se asemeja a un enjambre de nudos y listones, que conforman una urdimbre donde lo presente es inaccesible y lo pasado se subdivide en tendencias y mitos, en arqueologías disímbolas por la proliferación subjetivista.

Aquí estamos, a veces extraviados, a veces satisfechos, a veces en busca de un incentivo que nos expurgue el aburrimiento o nos ofrezca un arte o un culto o un mito para saborear el atardecer o un libro o una película o una obra teatral o simplemente la sonrisa del objeto del deseo, de la mujer o el hombre amado. Y todo es sin tiempo porque todo es una exterioridad y el interior se convierte en una fábrica simbólica de arrecifes de significados. Y moriremos, también.

6 minutos

Rápido construir los tendones

de visiones arquetípicas

porque el cielo padece las mareas

contra el espejismo turbio

que es el reloj conquistando el presente.

Lástima de cuerpo y de fotografía

pero ¿hubo acaso una sílaba demente

cuando en el salón decías el nombre

de tu peor pesadilla? Canta la tarde

su aposento nublado y llueve.

Dentro de los vasos y los sentidos

hay un líquido mañoso y caracolino

gradual y lento, humedad de ancestros

y vocerío de lo no hecho, de lo no dicho.

Cuando perder el carisma es una consigna

redactar hacia dentro los canales  del olvido

es radiografía una carrera de miradas agitadas.

Libertad (es)

Sospecha los ayeres

pero camina, mantén

encendida la cama,

los días que escriben

compases de vals, invoca

aromas y baladas, prosigue

entretejiendo colores. Eres

una conquista cósmica,

universo y aditivo al sendero

del amor. Nunca es demasiado pronto

ni tarde para distinguir el silencio.

Devana tus pensamientos

fabrica tu ritmo, indulta tu tiempo,

para las ramas del sentido encender

con el fósforo de pieles recorridas.

Deambular las mareas de amistades

como océano de memorias es calibrar

entonces el signo mismo de tu presente.

Averigua acaso si las golondrinas murieron

pero no desistas de sonrisas o claveles.

Encima del día a día se levantan las cúpulas

de la sorpresa y en la muchedumbre del trote,

que es trotar los años cuando el corazón es roto,

zambulle los fragmentos de tu alma en el devenir

inmenso de la conflagración luminosa: el cosmos

mismo contratando el instante de tu plenitud.

Pasión común

Un torpedo emocional

circundando el foso

del presente

irrumpe y taladra

los días, entonces, ¿qué

parece una marmota

sonriente? Un día soleado.

Pero si el odio, submarino

de vivencias y frustraciones,

colapsa la estructura del pasado,

no dilapidamos los átomos miserables

del unicel amoroso al proclamar

que una tarde de invierno

los riscos del dolor esculpían

la figura misma de un recuerdo.

¿Pensamos entonces que esto

puede ser escritura o sentimiento?

Ninguna espora de melancolía,

por más abismal que sea su explicación,

conquista la insigne multitud del pensamiento.

Y yo

Mi país se pudre

y yo escribo,

ni contra algo

ni para alguien,

escribo.

Una dialéctica rota

llamada modernización

rompe a mi país,

y yo fumo, porque deseo morir

joven, porque no creo en el futuro,

ninguno para mi ni para otros.

Mi país, mi mundo, mi realidad,

se pudre, enmohecida entre

sanguinolentos charcos de almas,

y yo camino esquizofrénico,

trozo y despojo de un siglo XX,

porción devaluada del presente.

Mi planeta se inunda de residuos

y yo pienso que la existencia

nunca fue hecha para ser feliz

y que la vida no es una sonrisa.

Escribo mientras otros son asesinados,

pienso para no ser oído, para no ser

escuchado, camino, con mi condición

psiquiátrica, luchando, y yo noto,

distingo, que vivo fuera del tiempo

socialmente construido. Toda ruindad

mi fantasía expurga, pero soy sólo

una basura que respira CO2

con el fin de un día

no poder pagar la quimioterapia.

El proceso de digitalización de lo humano: una jaula de luces

Pensar incluso que el iluminismo, su racionalismo instrumental y su teleología civilizadora puedan haber sido parte del conglomerado, atinado o no, de la modernidad, no implica asumir, como lo hago yo, que en las digitalidades lo permeable consista en un ethos antagónico de la concreción natural. Por encima de cada rincón, de cada dato, de cada información almacenada en internet hay una cúspide de esfuerzos por dotar, en un sentido metafísico trascendental, al mundo con una forma plástica: la posibilidad intrínseca de adquisición global y saturada de prácticamente cualquier cosa. Y la luz, que en el XVIII fuera una metáfora atinada, hoy es más bien el fetiche del mercado. Si no estás en internet (educación, comercio, gobierno, turismo, cultura, libros, arte, vídeos, música, cine, etcétera) no estás en el mundo. Y es bastante loable la decisión de algunos de no figurar, de no aparecer. ¿Es loable también el proceso de digitalización en tanto cautiverio a la metafísica luminosa del hacer humano? No está por demás mantener el impulso productivo de una álgebra comercial globalista, tendenciosa, en fin, acorde con los tradicionales sistemas de dominación. Tampoco es posible, frente a las intentonas críticas antisistema encabezadas por la neorebelión hacker, asumir que el mundo en el siglo XXI sea un lugar seguro para vivir. El equilibrio de las fuerzas, distinto de una actuación termodinámica de los conglomerados histórico-sociales, sus oscilaciones y sus hábitos (de consumo, de producción, de recreación, etcétera) están inmensamente permeados por el auge luminista. El esplendor de nuestras luces del XXI, raquíticas por la digitalización de la barbarie que lo acompaña, es el esplendor de unas pocas generaciones que inventaron y creyeron dotar de algo importante el universo humano. Quizá desconozcamos los más avanzados sistemas científicos y tecnológicos de nuestro presente y en diversas medidas la tecnología comercial nos induce, como película de ciencia ficción en los años 60, a construir un imaginario de las digitalidades en donde no existe un hálito de compasión. Al final, la digitalización de lo humano responde al impulso opuesto a la libertad creativa, se trata de la expresión multifacética del terror al vacío y de la longitud propia de la frustración ante lo inconmensurable del cosmos. Entonces lo infinito, como adversario común de una finitud cierta, y en ocasiones existencialista, traduce el abigarrado terror psíquico al silencio, a la evasión, a la ignorancia, a lo desconocido, abriendo, en su multiplicidad, los canales propios de un conductismo polimórfico, acuoso, insostenible por su carácter de innovación ad infinitum. La jaula de la humanidad digitalizada construye el simulacro de un hábitat no hostil que pasará la factura a las futuras generaciones.

Arrecife de silencio

Debajo de la grisura

del escondite blando

llamado tristeza

la manta gélida

de los recuerdos

levanta trozos de vida,

trozos de tiempo,

como aplanando la vista

con el tropel certero

del desconsuelo.

Fértil invocación

febril misterio

el alma entumecida

por desencuentros,

contra el bamboleo

del recuerdo

el cortejo

de todos los fracasos unidos,

unidos como silencio.

La rabia entonces indómita

costra amarga y ramplona

exige sus recompensas

al destierro de la luz,

de la alegría y el amor,

como caracol, húmedo y lento,

exige la rabia su descontrol,

desde la fábrica del rencor,

irguiendo sus flácidos sueños

la melancolia y el dolor.

Arrecife de silencios

que nombra una tragedia

incompleta y yerma,

alma acicalada con la cortina de humo

llamarada de memorias quebrantadas

como un árbol talado el día de San Valentín.

Desperfecto

Arrecia la hondura

mental, el cálix del dolor,

como tristeza veraniega.

Imposible: surcar las aristas

del dado de la vergüenza,

¿por qué las sonrisas distan

del instinto natural insaboro?

La razón escupe sus voces,

contra ataca la imagen, los

cansados ausentes llamados sociedad.

Contra el vendaval de la juventud

alquilan sus nombres las noches,

como las ventanas empolvadas

de silencio, mugen contra el corsé

del día gris, día que se pierde en la soledad.

Ninguna efigie salpica credulidad,

encima del lodazal descompuesto

por el recuerdo que marchitó

el motor mismo de la vida: existe

en la caverna torpe de la frustración

el acto mismo de decir el olvido es medicinal.

¿Consigue el viento nublar los campos

erguidos del corazón, que en otoño salpican

ecos de bocanadas y fragilidad tibia

de amores imposibles, igual que la vista

conquista una amalgama amarga

del entrañable otoño despedido y cruel?

Sabemos tan poco de la orfandad

como de los abismos del océano

y nos conformamos con amarrarnos los dedos,

como si fuéramos fetiches de una tribu africana.