Otro puerto la vida

Dicen que hay futuro

para el talento

no lo hay. Hay procesos,

caminos, instantes. Dicen,

además, que somos átomos

de amor: ¿amamos? Somos

mitades quebradas, tejido

de historias y tedios, cicatrices

somos, hoy nombrados silencio.

¿Es esto un camino, esbelto y trigueño

de dulzura, como ese paraíso perdido

que nos arropa prístino de memoria?

Claudicamos al camino, al andar los

limites de la verdad ¿existe la esencia

del significado en este arrabal de años?

La vida es, somos en ella, también escondite

y estructura de las mareas —extravíos dentro

generaciones inombrables— cargando un epitafio

que es nuestro nombre, indecible, estupefacto

instinto en la ferocidad de un andamio pasajero.

También la vida es un puerto

un punto de llegada

una complicidad compartida

un asomarse a las narraciones

que de absortas migajas del ser

nos impelen a llegar, sí, a llegar

a un otro sitio donde resguardar

del descanso la fatiga de los hechos y los actos.

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Coraza incrustada la memoria

Desde los horizontes del ser

las existencias componen

adelantos y fealdades.

Hubo una esperanza

de salir del instinto

y abrir la puerta

al desconsuelo… pero

la inocencia pierde,

de tiempo en tiempo,

su azul manto, su troquelada

imagen —existimos

si acaso las sombras imantan

nuestros años primeros y últimos—.

 

Separar la esbelta consciencia

de sus influjos y sales,

como del saber rincones

y abismos, es también derruir

de la canción eterna el silencio

y de los cielos frágiles

la lontananza invisible del amor.

¿Siempre es hoy también

un paso que abandona

en su devenir, entre la fortaleza

del misterio y la debilidad del instante,

imágenes desdobladas a través

de comunidades y sabores

a nostalgia perecedera? Nunca

es también mañana para el interior

que demarca hasta el hartazgo

la fábrica cierta de recuerdos.

Tenemos asombrosos aparatos

que inducen a creer en materialidades

efímeras, porque somos como bestias

ahuecadas en la tempestad de la vida

y escondemos en las hogueras

todas las posibles fotografías

inscritas en la escritura del tiempo.

Carecemos de asombro

hoy, como aquellos primeros

homínidos carecían de vocablos,

pero no sentenciamos la narración

de los árboles porque al final

mantenemos viva la ilusión

significada en el estandarte

de la luz y sus extraviantes rendijas.

Decoloración interior

Hemos dedicado

dedos a la eternidad

compases que marcan

indómitos ruidos.

 

Cada costra de memoria

rompe el signo

nuestro, compañía

la distancia, ausencia

el nombre, tendón de relatos

un rumor certero de miserias.

 

Arrebatamos ya al sol

sus migajas míticas

como dureza de hierro

en la carne tersa

derrame eficiente

de sangre y espermas.

 

Iracunda maravilla: existir.

Una pradera de luces

nos acecha y al pensarnos

—nos cobija una negrura

instantánea y tremenda—

nos indaga el silencio

con su inmarcesible toque

como de mar ola

cabalgata si de universo

esquema columpio

como de tronido llanto.

 

Dentro soplamos un amasijo

de personas, lugares, momentos,

reflejos fabricados

en la lata de nuestro psiquismo

fortuito como gaviota

pescando, como hechumbre

de coágulos letrados, como voz

en el combate del ser, como una pizca

de honestidad y de quebranto.

 

Fortaleza nuestra inservible

ante el designio del pasar y del hacer

reverbera el día sus esquirlas

polvosas del hola y el adiós.

Murmuramos sueños, intenciones

nos balancean en una cúspide

frenética por absurda,

cada vez interior es la lectura

de un trozo de infinito

transformado en deseos.