Micro improvisación lírica

Acumulamos ignorancia
por las rendijas de todas estas luces,
digitamos destinos, fabricamos saltos
al inmenso fondo de lecturas innecesarias
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Lentitudes

Juventudes de silencio

compran fiebres exitosas

entretejidas minúsculas

capas de sentido —átomo

de miserías— el conquistar

los infértiles atisbos del ser.

Nombre y consagración

efecto de cadencia, candela

insospechada, esto que dice

la pausa del destino —pausada

esfera de las totalidades—

una emblemática torpe, torcida.

Así es estar rancio en el universo

—poliversal— de los hitos verbales

porque al final de los ayeres

esparcimos amistad en pesados

mantos de recuerdos: cicatrices

somos cada vez que ensillamos

tientos peligrosos en el tacto

de la cobija humecida de niñez.

Ventiscas

Hay rincones del ser

inmersos en paradojas

contra sentidos del alma

manecillas del silencio.

 

Hay antídotos a dolores

en el cielo —imantado—,

reflujos de cicatrices,

heridas, sí, estos cimientos.

 

Hay nubes melancólicas

en miradas anheladas,

totalidades enflaquecidas

por muchedumbres.

Y decimos adiós a las marchitas

ideas de otros ayeres

porque nuestra alquimia es amalgamar

visiones en voces ansiadas.

Tenemos tiempo, tentamos

las orillas de la noria psíquica

y esparcimos en los seres

una melodía extraviada

en los arrecifes del lenguaje.

Versificación absoluta

Pasa encima de mí

la teoría indecisa

del absurdo.

Estoy aquí

con nadie

desde hace tan pocos

siglos y me extravié

en imágenes perecederas.

No soy más que un teorema:

el equívoco del silencio

que ruge hacia el interior.

Límites

Asías mi mirada

tierno desfalco

como cicatriz emblema

ternura cadena tú

asfalto de recuerdos: guerra.

 

En lontananzas fugitivas

enternecida plaga

desfalcarme instabas

soplo de magma

silencio siempre

cicatriz emblema

tropel veraniego.

 

Absorto en ti

imán de luces

de cruentas hazañas

desfalco turbio

siempre cadena

catástrofe de años

cimiento bestial, tormenta

si manantial de enunciados,

vocales del cielo absorto:

tiniebla el andar de los guerreros

mustios de las letras.

 

Siempre cadena, cicatriz emblema

tú, contra el espejo del tiempo

amasijo de emociones, maremoto

de inocencia quebrada, axioma

si cansancio en tediosas maniobras

mecánicas, tendón y músculo,

si corazón envuelto en llamas,

salto al guante del ventrílocuo:

arañazo de fantasía, golpe, tiento,

cariño productivista e industrioso —si

amar es suficiente, amen— como

paraguas desvencijado por la lluvia

torrente en Amsterdam. Sí, eso y más,

todas las vidas presencias escupen

sí, todas, esgrimen preceptos

maquiavélicos. Aroma, mutismo, ramplona

intención la lúgubre cicatriz emblema, torpeza

de decir eternas las estructuras del gentío,

añoranza plena, gracias a los pensares

torceduras, gracias, idea déjame en paz.

Puerta de algún lugar

Pasos ciertos ensamblan

un territorio de imágenes

desconocidas. Canta el día

una balada alegre y risueña.

Escondidos entre calles y tierra

los infantes aguardan

la hora del festejo y sonríen.

Cada espacio cubre un enigma

cuando extranjeros visitan

el lugar desconocido. Puerta

a algún lugar el andamio

cierto que camina rumbo

al destino de los días.

 

Ayeres que tienen forma de barro

y de maíz, lontananza boscosa,

iracundo azul del cielo, calmo,

nubarrón de significados, pueblo

sí, doblez de quietud y fogones,

arribo a un universo ignoto.

Puerta ¿a dónde lleva tu pasillo?

Un escondite indaga la silueta

de la lejana ciudad que nos enreda.

Otro puerto la vida

Dicen que hay futuro

para el talento

no lo hay. Hay procesos,

caminos, instantes. Dicen,

además, que somos átomos

de amor: ¿amamos? Somos

mitades quebradas, tejido

de historias y tedios, cicatrices

somos, hoy nombrados silencio.

¿Es esto un camino, esbelto y trigueño

de dulzura, como ese paraíso perdido

que nos arropa prístino de memoria?

Claudicamos al camino, al andar los

limites de la verdad ¿existe la esencia

del significado en este arrabal de años?

La vida es, somos en ella, también escondite

y estructura de las mareas —extravíos dentro

generaciones inombrables— cargando un epitafio

que es nuestro nombre, indecible, estupefacto

instinto en la ferocidad de un andamio pasajero.

También la vida es un puerto

un punto de llegada

una complicidad compartida

un asomarse a las narraciones

que de absortas migajas del ser

nos impelen a llegar, sí, a llegar

a un otro sitio donde resguardar

del descanso la fatiga de los hechos y los actos.

Coraza incrustada la memoria

Desde los horizontes del ser

las existencias componen

adelantos y fealdades.

Hubo una esperanza

de salir del instinto

y abrir la puerta

al desconsuelo… pero

la inocencia pierde,

de tiempo en tiempo,

su azul manto, su troquelada

imagen —existimos

si acaso las sombras imantan

nuestros años primeros y últimos—.

 

Separar la esbelta consciencia

de sus influjos y sales,

como del saber rincones

y abismos, es también derruir

de la canción eterna el silencio

y de los cielos frágiles

la lontananza invisible del amor.

¿Siempre es hoy también

un paso que abandona

en su devenir, entre la fortaleza

del misterio y la debilidad del instante,

imágenes desdobladas a través

de comunidades y sabores

a nostalgia perecedera? Nunca

es también mañana para el interior

que demarca hasta el hartazgo

la fábrica cierta de recuerdos.

Tenemos asombrosos aparatos

que inducen a creer en materialidades

efímeras, porque somos como bestias

ahuecadas en la tempestad de la vida

y escondemos en las hogueras

todas las posibles fotografías

inscritas en la escritura del tiempo.

Carecemos de asombro

hoy, como aquellos primeros

homínidos carecían de vocablos,

pero no sentenciamos la narración

de los árboles porque al final

mantenemos viva la ilusión

significada en el estandarte

de la luz y sus extraviantes rendijas.

Decoloración interior

Hemos dedicado

dedos a la eternidad

compases que marcan

indómitos ruidos.

 

Cada costra de memoria

rompe el signo

nuestro, compañía

la distancia, ausencia

el nombre, tendón de relatos

un rumor certero de miserias.

 

Arrebatamos ya al sol

sus migajas míticas

como dureza de hierro

en la carne tersa

derrame eficiente

de sangre y espermas.

 

Iracunda maravilla: existir.

Una pradera de luces

nos acecha y al pensarnos

—nos cobija una negrura

instantánea y tremenda—

nos indaga el silencio

con su inmarcesible toque

como de mar ola

cabalgata si de universo

esquema columpio

como de tronido llanto.

 

Dentro soplamos un amasijo

de personas, lugares, momentos,

reflejos fabricados

en la lata de nuestro psiquismo

fortuito como gaviota

pescando, como hechumbre

de coágulos letrados, como voz

en el combate del ser, como una pizca

de honestidad y de quebranto.

 

Fortaleza nuestra inservible

ante el designio del pasar y del hacer

reverbera el día sus esquirlas

polvosas del hola y el adiós.

Murmuramos sueños, intenciones

nos balancean en una cúspide

frenética por absurda,

cada vez interior es la lectura

de un trozo de infinito

transformado en deseos.