Digitalizando un absurdo

Vuelvo a este inquietante sitio en blanco, a figurar como un atleta del teclado. Me he dedicado a empacar mi vida, a envolver y reposar los rincones donde fraguo un nuevo horizonte. Me retiré un poco de aquí, dudo, como otras veces, mantenerme. Pero deseo volver. Escribir me complace al borde de un niño comiendo helado.

En pasados días he mantenido ideas respecto a mejorar mis entradas. ¿Cómo puedo escribir algo si no introduzco más información en mi frecuencia comunicativa? Soy un improvisado, quizá, pero también el mundo es una sopa maruchan fría y podrida. Podría hablar de política, debería hablar de política,d debería leer los periódicos, debería buscar becas para escribir. Intento mantenerme, sostenerme, en el mundo, en la vida, dignamente.

Y todo se convierte en una referencia de la referencia de la referencia: el tuit que otro tuiteo, la frase de otro, el posthistoricismo —tan postestructural—. Pero al final me construyó un muro de ignorancia, de famélicas lecturas mutiladas, de incipientes autores conocidos, de manías y bibliofilías mal aquilatadas, y me encuentro a mitad de ser un joven alguien. Investigo recientemente las razones por las que me cuesta habitar el mundo cercano. Indago los impulsos falsificados de tendones verbales entumecidos por la flagrancia de una inconsciencia lingüística, filosófica, histórica, humanística. A cambio de plasmar en este espacio blanco las lindes que sacuden mi esfumar los días entre cigarrillos y la mudanza, he perdido los horarios desde hace más de 6 meses y ahora me enfrente ante el reto de una disciplina, necesaria, muy superior a toda otra conocida por mí.

Plasmo el absurdo de perder mi público, de caer siempre en esta especie de letargo. Caigo entonces en el abismo de mis recuerdos, de mis otros blogs, de mis intentos, de lo que universo global promueve, induce, conduce, moviliza, porque al final nadie lee esto, nadie o si lo hacen lo desconozco. Al final estoy aquí convencido de cada rincón donde florece mi pesadumbre, de ese spleen tan codiciado entre psicodélico, narcótico y pornográfico, donde me extravío con el tino de un indigente que anda por el mundo de las palabras y los saberes, envuelto en la tinta fluoroscente del contraste de luces en la noche.

Absurdo digitalizar entonces, esta instanta, instantánea. Ahora me volcaré al maruchanismo intelectual, poético y cultural. Agregue agua caliente y consuma. Calor de hogar, hogar entonces pérdida, sí, esto digo hoy, ya que es tarde para leer el New York Times.

 

Caminos del vivir

coral1

Espigado el aliento

canas en el alma,

sufragar ancestros

en el consejo del sol.

Soltura, si de arrebol

existencial marca,

energía inherente

al trote musical de la vida.

coral1

 

 

 

 

 

 

 

 

Neo Micro Poiesis 1.d Serie de Micro Poesía

Insuflar las sospechas

contra el espejismo del mar:

la raíz de los siglos acuosos.

Todo lo vivo fue agua y estrellas.

El proceso de digitalización de lo humano: una jaula de luces

Pensar incluso que el iluminismo, su racionalismo instrumental y su teleología civilizadora puedan haber sido parte del conglomerado, atinado o no, de la modernidad, no implica asumir, como lo hago yo, que en las digitalidades lo permeable consista en un ethos antagónico de la concreción natural. Por encima de cada rincón, de cada dato, de cada información almacenada en internet hay una cúspide de esfuerzos por dotar, en un sentido metafísico trascendental, al mundo con una forma plástica: la posibilidad intrínseca de adquisición global y saturada de prácticamente cualquier cosa. Y la luz, que en el XVIII fuera una metáfora atinada, hoy es más bien el fetiche del mercado. Si no estás en internet (educación, comercio, gobierno, turismo, cultura, libros, arte, vídeos, música, cine, etcétera) no estás en el mundo. Y es bastante loable la decisión de algunos de no figurar, de no aparecer. ¿Es loable también el proceso de digitalización en tanto cautiverio a la metafísica luminosa del hacer humano? No está por demás mantener el impulso productivo de una álgebra comercial globalista, tendenciosa, en fin, acorde con los tradicionales sistemas de dominación. Tampoco es posible, frente a las intentonas críticas antisistema encabezadas por la neorebelión hacker, asumir que el mundo en el siglo XXI sea un lugar seguro para vivir. El equilibrio de las fuerzas, distinto de una actuación termodinámica de los conglomerados histórico-sociales, sus oscilaciones y sus hábitos (de consumo, de producción, de recreación, etcétera) están inmensamente permeados por el auge luminista. El esplendor de nuestras luces del XXI, raquíticas por la digitalización de la barbarie que lo acompaña, es el esplendor de unas pocas generaciones que inventaron y creyeron dotar de algo importante el universo humano. Quizá desconozcamos los más avanzados sistemas científicos y tecnológicos de nuestro presente y en diversas medidas la tecnología comercial nos induce, como película de ciencia ficción en los años 60, a construir un imaginario de las digitalidades en donde no existe un hálito de compasión. Al final, la digitalización de lo humano responde al impulso opuesto a la libertad creativa, se trata de la expresión multifacética del terror al vacío y de la longitud propia de la frustración ante lo inconmensurable del cosmos. Entonces lo infinito, como adversario común de una finitud cierta, y en ocasiones existencialista, traduce el abigarrado terror psíquico al silencio, a la evasión, a la ignorancia, a lo desconocido, abriendo, en su multiplicidad, los canales propios de un conductismo polimórfico, acuoso, insostenible por su carácter de innovación ad infinitum. La jaula de la humanidad digitalizada construye el simulacro de un hábitat no hostil que pasará la factura a las futuras generaciones.

Proporción de la ausencia

Todos extraños algo en el mundo. A veces personas, a veces vivencias, a veces cosas, a veces momentos, a veces lugares. Extrañar es un acto natural, que en ocasiones puede ser enfermizo. La duda del presente o la añoranza de un pasado mejor, viven en nuestro inconsciente colectivo. La amalgama compleja de la experiencia vital humana, al traducirse en sentimientos, corresponde también a una compleja red emocional -aún para aquellos que sostengan la dimensión neuroquímica de las emociones. ¿Por qué a veces separarse de alguien es doloroso o costoso? ¿Por qué razón deseamos volver a un mismo lugar o comer en un mismo restaurante o visitar el mismo museo? ¿Por que podemos llegar a sentir nostalgia por otras épocas o incluso por un futuro esperanzador y prometedor? Acaso sea la ausencia una forma humana naturalmente aceptada como mecanismo catalizador, como acelerador de las emociones y las pasiones, de los recuerdos, de la memoria. Porque aún en tiempos posthistóricos somos seres históricos e historizantes, porque vivimos en una dimensión temporal y material que deja registro en nosotros mismos. A veces extrañar o sentir la ausencia puede ser una huella de que algo en nosotros ha sufrido una transformación, que ha quedado una huella cercana a nuestra experiencia de vida. No olvidemos el hecho de que no existe el olvido y que la proporción de la ausencia es inversamente proporcional a la dimensión del afecto.

Micro sintonía de licuado

Si los años son imágenes

la vida es un rompecabezas

entretejiendo costas

de emociones como licuado de fresas.

Del todo y la nada tener

Cuando tenerlo todo

es tener nada

tener y expulsar

de la vida la sonrisa

eso llamado tristeza.

Cuando todo es una luz que se extingue

nada llena el conjuro de los años.

Así, reclinada contra la nostalgia,

la belleza de una canción es silencio.

Cuando tenerlo todo es tener nada

contra los vicios y el aliento joven

una esfera calcinada es el alma

porque el cuerpo escribe los nombres ausentes.

Todo es más que un haz de imágenes

es más que el sentido de la existencia

es más que la integridad psíquica.

Todo es el universo incesante  y sus formas,

formaciones y constelaciones de vivencias,

remolque seguro de memoria y olores.

Todo es también saber que los dientes se caen cuando eres niño

que el primer amor también se casa con alguien que no eres tú

que las amistades no son para siempre

que el siempre de un segundo es un beso y el amor

una efímera eternidad húmeda. Todo es el atisbar los pasos

por las regiones de remotos y accidentados instantes.

Todo se mueve, porque es su naturaleza.

Cuando tenerlo todo es tener nada

sabes que no importa la materia sino que trasciende

el acto mismo de haber sido presencia.

El transitar la vida

Como vas dejando de ser para unos

para otros eres una totalidad,

como abandonas los caminos, los lugares

y los rostros de unos

para otros emerges figura central de pasajes cotidianos.

Transitar es una verdad cósmica universal.

Entender-te en tus ciclos

es saber desapegarte

con el dolor y la liviandad que implica

abrir-te a la trascendencia.

Las heridas de la vida son inesperadas

pero las alegrías también.

En el encuentro se suman los accidentes

de circunstancias abismalmente construidas

desde el infinito único que es el todo tú,

esa totalidad, para unos recuerdo, para otros

complemento forzoso. Los años en esta vida

escriben el registro de los hallazgos y las pérdidas.

Para el encuentro precisa tener apertura

aunque al final los ojos se cierren

sin que esos otros que te dejaron

evoquen algo de ti sin saberlo.

Micro epistemología del desahucio

La perfectibilidad vital y los nodos simbólicos mal traducidos muestran la veracidad barrosa del fracaso. Si de enunciados falaces se compone el derrotero del sino, las nimiedades absorbentes muestran escuetos sincretismos morfológicos de la conducta en vías del final. Finalidades quedan plasmadas segundos después de la horquilla remanente, como la guillotina sanguinolenta en 1789, pero desde el sin sabor existencial del protagonismo nacionalista. Episodios contractuales que devienen en crisis económicas y residuos de la caída del muro de Berlín, composición entusiasta la encandilada sonoridad del decibelaje poético. Toda perfectibilidad vital estriba en su componente fracasado, porque en el designio terrenal las frases optimistas componen verbos sustanciosos que no dictan sentencias lógicas ni pueden arrobarse el privilegio de ocultar los síndromes raquíticos de la filosofía barata. Pero, si en la dubitación perenne se mueve el algoritmo del ser, los péndulos de la muerte fulminan el evento veratitivo con una álgebra que dicta de formal prisión a los sentimientos, desde la corruptela insidiosa del fanatismo. Entonces la antigüedad deja de ser una reliquia de polvo y el éxito de la perfectibilidad vital se vuelve en sí, realidad mortal para sí y para quién la conduce. El sistema social de la persistencia remota y de la constancia espacial, muestran claramente que el desahucio es una forma de conocimiento miserable y del todos conocida como fórmula de la trunca perfectibilidad de la vida, como esencia mutilada que no estriba en las condiciones de verosimilitud sino en el efecto postrer de la espiritualidad caduca y en vías de extinción. Si el fin del desahucio es una muerte segura, la perfectibilidad de la vida implica una conducta a través de los sistemas del conocimiento en detrimento de la esferalidad corpórea del instante asesino. El desahuciado conoce gracias a sus expectativas truncas.

Perder el tacto de la vida

¿Cuándo existe un nudo

y amores torpes

en el cristal del vagón?

Viajes encontrados en una taza

cafeína y tabaco

no saber pedir permiso

solo caer en la pregunta.

Es así recorrer las aulas del silencio

es así la constipada jaula de las palabras.

¿Cuándo expresamos un circo

a través de los barrotes del sueño?

Nada escapa de la técnica

lo mío, tal vez, escape.

Por las vertiginosas praderas de tus caricias

hemos olvidado el sabor de la luz.

Vacío, estridencia camuflada de humedad adolescente.

¿Cuándo dejar el vaso lleno de fotografías mojadas

para abrir la humanidad embotellada?

Nadie sabe, si quiera yo, lo que digo.

Monología es el tramo infame de la mente

quebrada mía

como risco en el pacífico norteamericano.

Dariana no es Dariana, Luzán no es Luzán, Dios no es Dios

Mi excelsa cobardía, el frenético impulso de lo indescifrable, colapsos del prístino siglo XXI. Todos los bailes de todos los tiempos, todas las mujeres, todos los hombres de letras, todos los creadores. Universo en frecuencia modulada. Traumas personales, ella, el autor y Dios. Todo eso que quedó registrado en esto que soy. Ella no es ella, Dariana. No es la poesía de Ruben Darío ni tampoco una emperatriz Persa. No es la joven que vivía en León Guanajuato, no es el enigma de mis pesadillas vueltas realidad ni de mis fracasos amorosos. No es mi amor imposible, no es ella. Es Dariana y su nombre rompe todas las primaveras el eco de mi existencia. Y Luzán, 300 años antes nacía. 300 años después lo ignoraba. El atentado de las Torres gemelas no es nada. La destrucción emotiva, el despojo de una clase media, mordaza de mis adentros, lúgubre perspectiva de una luz que se extingue. Dios no es Dios, por mostrarse u ocultarse en iglesias y credos, en dogmas, en retahílas bíblicas. No es Jesucristo en la Cruz ni es los apóstoles ni tampoco la Iglesia Católica Apostólica y Romana. El siglo XVIII no es es siglo XX ni el fin de mi inocencia, de mi trunco intento de ser antropólogo es otra cosa que una consagración de mis berrinches y lloriqueos por la muerte de mi madre en el año 2000. Dariana no es Dariana ni Luzán es Luzán ni Dios es Dios porque yo soy eso que recuerda una vida pasada. Soy ese que no entiende su historia genética ni sus raíces porque el degenere me ha dearraigado o porque vivo el arraigo a lo imposible por desecheble y nulo, por su espacialidad pretérita y sus condiciontes argumentativamente prejuiciosos. Y eso que fue un baile, mi mejor baile, eso que fue una lectura, mi más apasionada lectura, eso que fue mi desamparo, mi más hondo desamparo, son Dariana, Luzán y Dios. 

Repeler la combinación genética, multicultural, multiétnica, contra la marea de los hechos y las personas, de los grupos y las sociedades, de los impulsos abiertos y cerrados en mi decadencia perpetua, decadencia deportiva, física, moral, estética, cultural. Porque mi raíz apache puede ser el motivo de mi rebeldía, porque mi raíz insumisa me hace un vándalo de la cultura. Porque perdí mi centro y no lo encuentro, porque a ella la he visto cercana a mi desde antes de nacer. Porque entiendo a Luzán como si estuviera desnudando a una mujer amada. Porque a Dios no lo conozco ni lo conoceré ni tampoco tendré fuerzas para acercarme a él. Soy ese tibio del que previene la Biblia, soy ese cobarde que grita desde un balcón para que nadie lo entienda, soy ese estúpido que no sabe latín y pretende comprender a un erudito español. Porque en el fondo las rutas de mis ideas no son puertos seguros, porque no creo más en el amor, porque las maravillas de mi tiempo no son compatibles con mi desprecio y mi rencor. Porque la felicidad no es un cuento Hollywoodense ni tampoco es un acto consagratorio. 

Al final de mis días, cercano o lejano pero final al fin, no podré derribar los recuerdos que quizá ya desde antes de ser recuerdos me engullen: ese día y esa noche y ese baile, ese ruido que no termina, que alimento, esa cobardía de ocultarme, de perderme en un infierno tan pequeño, tan infame, tan ridículo. Infierno y soledad que son mi voz ventilando lo que no es: Dariana, Luzán, Dios. En ese intervalo la composición y el margen del terremoto vital. 

No seremos caricia

ni sol de medio día

no seremos mar

ni prado o estanque

no seremos amigos

ni seremos amantes

no seremos tiempo.

Seremos algo perdido en lo eterno

algo que se juntó para romperse

que se rompió para alejarse

que se alejó para olvidarse.

Seremos ese olvido

insatisfecho de años.