3.4 LA POÉTICA DE IGNACIO DE LUZÁN: UN OBJETO CULTURAL ESPAÑOL ENTRE LA AMÉRICA HISPANA COLONIAL Y LOS NACIONALISMOS HISPANOAMERICANOS


El ensayo a continuación fue presentado como ponencia en el XXXVIII Encuentro Nacional de Estudiantes de Historia “De las metodologías históricas a la búsqueda de nuevos discursos: posmodernidad y transdisciplina en el siglo XXI” organizado por la Escuela Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México del 26 al 31 de octubre de 2015.

 

3.4.1 INTRODUCCIÓN

 

Las posibilidades interpretativas abiertas por la historia cultural, desde los planteamiento historiográficos que rescato de Robert Darnton (1987/1988) y Roger Chartier (2005) implican ejercer el oficio del historiador considerando materiales que anteriormente, en un modelo epistemológico propio de la modernidad industrial, resultaban ajenos a la disciplina histórica. Concretamente el rescate de los textos literarios como documentos históricos abre una vertiente profunda, un campo de estudio en distintos niveles. Seguimos a Darnton (1987/1988) en su esquema de cuatro categorías de la historia intelectual y cultural: “la historia de las ideas –el estudio del pensamiento sistemático, por lo general los tratados filosóficos-, la historia intelectual propiamente dicha –el estudio del pensamiento informal, los climas de opinión y los movimientos literarios-, la historia social de las ideas -el estudio de las ideologías y la difusión de la idea-, y la historia cultural –la historia de la cultura en el sentido antropológico, incluyendo las ideas del mundo y las mentalités colectivas.”(Darnton: 1987/1988: 46). Además, cabe recordar la distinción clásica de Aristóteles entre poesía e historia, distinción que plantea una diferencia de sentido y significación conceptual, desde que la historia cuenta las cosas como fueron y la poesía las cuenta como deberían ser: “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa […] la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía dice más bien lo general, y la historia lo particular” (Aristóteles:1974:158).

El trabajo a continuación plantea la exposición de una búsqueda sobre la principal obra de Ignacio de Luzán, La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies, y su lectura en los territorios de la América española en transición a Hispanoamérica. Mostraré algunos contextos en los que Luzán fue leído, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y que los primeros criollos, impulsores de los distintos nacionalismos hispanoamericanos, lo emplearon como una referencia para la creación poética y literaria.

 

3.4.2 La figura de Ignacio de Luzán

 

La valoración controversial de la personalidad de Ignacio de Luzán en el contexto cultural español del siglo XVIII no impide referirse a él como un hombre de letras que transitó por distintas facetas. Fue estudiante entre 1715 y 1733, durante su periodo formativo en Italia, al lado de padres jesuitas en lugares como Génova, Milán, Nápoles y Palermo. Además fue traductor y constructor de distintas obras como De’i principi de la morale o Ragionamiento supra la poesía en Italiano y Arte de hablar, o sea, retórica de las conversaciones, esta última de 1729 en español. Para 1727 Luzán se había graduado de Leyes por la Universidad de Catania, carrera que incluía el derecho civil y eclesiástico. El espíritu de Luzán era disciplinado según su hijo Juan Ignacio:

 

Dedicóse, pues, Don Ignacio en primer lugar al estudio de la filosofía moderna, tanto sistemática como experimental; y al de las matemáticas, en que fue su maestro al Padre Spedaleri, Jesuita […]. Con igual gusto y provecho emprendió el de la historia en todos sus ramos, y como tan inseparables de este, el de la cronología […] y el de la antiquaria […]. Aplicóse con no menor cuidado a la teología moral y expositiva[…]. Aprendió la lengua alemana […] se perfeccionó en la italiana[…] no dexó de cultivar la latina[…]; y últimamente estudió a fondo la griega (Luzán:1789:XI-XII).

 

Ignacio Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea fue hijo de una familia noble de Zaragoza, dado que al nacer en 1702 su padre era el gobernador de Aragón. Precisa recordar que los nobles aragoneses se inclinaron por la dinastía Habsburgo al iniciar la guerra de sucesión de la corona española en 1700 por lo que tuvieron problemas y conflictos durante el reinado de Felipe V.

Al volver a Zaragoza en 1733, por encargo de su hermano el Conde de Luzán regente del Castillo de San Telmo en Nápoles y para tomar las riendas de los bienes familiares, Luzán ya tenía prefigurada la creación de La poética, que fue publicada en 1737 por primera ocasión, con una segunda edición en 1789 a 35 años de la muerte de su autor.

El ambiente cultural español del siglo XVIII fue renovador mediante el impulso de la corona, con la fundación de instituciones culturales y académicas, como la Real Biblioteca de 1711, la Real Academia Española de 1713 o la Academia de la Historia de 1738, que fundamentaron la consolidación de un espíritu español, de una identidad española, que para Isidro Sepúlveda Muñoz (2002) representarían formas protonacionalistas:

 

muchas de las manifestaciones políticas, económicas y sobre todo sociales y culturales acontecidas a lo largo del siglo XVIII evidenciarían la existencia de un ‘espíritu nacional’, de una ‘conciencia nacional’ e incluso de una ‘identidad nacional’ española [siendo] múltiples manifestaciones de exaltación a la nación española, la patria española -que deben ser tomadas más como referencias protonacionalistas- (Sepúlveda: 2002).

 

Luzán se inscribe en el impulso de los hombres de letras del setecientos español que defienden a España frente a la intensificación de la leyenda negra a raíz de sus pérdidas territoriales europeas derivada de los tratados de Utrech de 1713 y de Rastadt de 1714.

 

3.4.3 La poética de Luzán y el neoclasicismo

 

Las dos ediciones de La poética de Luzán representan una controversia en la historia literaria y son tema de amplios debates filológicos. Sin embargo, el significado primordial de este tratado estético-literario estriba en su valor como piedra angular del gusto neoclásico. Cabe considerar que el pensamiento y la obra de Ignacio de Luzán se inscribe en una corriente reformadora de las letras españolas, y otras áreas del pensamiento y la cultura como la filosofía, la historia y la política durante el siglo XVIII. Esta corriente de pensamiento, que corre pareja a la ilustración española y las reformas borbónicas, se moviliza a partir del gusto y las preferencias denominadas neoclásicas, las cuales se oponen rigurosamente al gusto barroco. Dentro de este impulso renovador del pensamiento, ilustrado y neoclásico, podemos localizar a distintos pensadores españoles como Gregorio Mayans, Benito Jerónimo Feijoo, Agustín Montiano y Luyando, Blas Nasarre, entre otros. El escenario del XVIII planteado por Checa Beltrán (1996) estaba cifrado por las controversias entre los casticistas y los neoclásicos, los primeros patrióticos y continuadores de la tradición barroca, mientras los neoclásicos abogaban por la novedad, movilizada a través de un cosmopolitismo ilustrado, racional, pero sustentada en el principio de autoridad que ofrecía el rescate de los autores clásicos griegos y romanos, como Aristóteles y Horacio, y autores del renacimiento y del siglo XVI español como Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León, por ejemplo:

 

En el uso del lenguaje, los reformadores proponían un tipo de escritura clasicista, cuyos valores eran los de la tradición retórica clásica: claridad, naturalidad, sobriedad, evidencia, elegancia, pureza, dulzura, propiedad, dignidad… Se huye precisamente de los valores contrarios, los culpables de la «degeneración» barroca: oscuridad, afectación, ambigüedad, sobreabundancia de recursos retóricos (hipérboles, antítesis, equívocos, retruécanos…), vulgaridad. Así mismo, propugnaban el abandono de «conceptos» y metáforas atrevidas, así como el uso de vocablos «cultos» y nuevos, al tiempo que restaban importancia a la sonoridad y brillantez de las palabras (Checa:1996:218).

 

Los ataques de otras naciones europeas de los que fue objeto España, y su cultura, literatura y pobladores, fue también un motivo para la égida renovadora neoclásica, que además estaba fuertemente sustentada en el seguimiento de la cultura francesa como la más importante cultura del siglo XVIII europeo. Como menciona Checa (1996) fueron las críticas extranjeras las que posibilitaron una conciencia española y la movilización de los esfuerzos por la renovación cultural y literaria. Ejemplos de esta postura crítica hacia lo español fueron los trabajos de los italianos Tiraboschi y Bettinelli mencionados por Checa, quienes atribuían la corrupción del buen gusto a las obras españolas, y el famoso artículo «Espagne» de Masson de Movilliers, aparecido en la Encyclopédie méthodique en 1784.

En cuanto a Luzán se refiere, la publicación de su Poética en 1737 en Zaragoza, lo acerca a la escena intelectual y cultural española. De esta forma, Luzán se aproxima a la corte de Madrid, logrando ser miembro de la Real Academia Española en 1741 y en 1745 de la Academia de la Historia. Su tratado poético, renovador mediante el concepto del “buen gusto”, le abre puertas de altas esferas cortesanas, consiguiendo la protección del Duque de Huéscar y trabando “amistad con varios hombres destacados en Letras y Ciencias, como Juan de Iriarte, Martínez de Salafranca, Agustín Montiano, Juan de Santander y, más tarde, Luis José Velázquez y Eugenio Llaguno” (Makoviecka:1973:49).

En el “Proemio” de su Poética Luzán establece con claridad que “Son muy notorias las prerogativas de la Poe∫ía (cuyos principios, y reglas de∫entrañaeremos en e∫ta obra, y explicaremos por exten∫o) ya ∫ea por el fin, que es el mi∫mo, que el de la Philo∫ofia Moral, ya ∫ea por los medios, en lo qual hace gran ventaja à todas las demàs Artes, y Ciencias, y aun à la mi∫ma Philo∫ofía” (Luzán:1737:1). Luzán reconoce que la poesía ha sido aceptada “en todos tiempos, y entre todas las Naciones, pues aun las más bárbaras no ∫e han negado al dulce embele∫o de los Ver∫os” (Luzán:1737:2). Y frente a un escenario de “ignorancia y transgresión de preceptos”, Luzán se propone con su poética “dar […] un entero, cabal, y perfecto tratado de Poetica, donde el público à la luz de evidentes razones reconozca finalmente el error, y de∫lumbramiento de muchos, que más ha de un ∫iglo ha∫ta aora han admirado como Poe∫ía divina la que en la cen∫ura de los entendidos, y de∫apa∫ionados e∫ta mui lejos de ∫erlo” (Luzán:1737:8-9). Dentro de sus intenciones busca “rejuvenecer la Poe∫ía E∫pañola, y remontar∫e a tal grado de perfección, que no tenga la nue∫tra que envidiar a las demás Naciones, ni que recelar de ∫us críticas” (Luzán:1737:9).

Luzán menciona que la razón y utilidad de la poesía “con∫i∫te en que ∫iendo nue∫tra vi∫ta debil, y corta, y no pudiendo por e∫to ∫ufrir, ∫in cegar, todos de golpe los rayos de la Moral, ∫e acomoda con gu∫to, y provecho à la moderada luz de la Poesía, que con ∫us fabulas, y velos interpue∫tos rompe el primer ímpetu, y templa la actividad de la luz de las demás Ciencias” (Luzán:1737:63) Su planteamiento implica considerar el buen gusto, basado en la razón y lo verdadero, desde el principio de la verosimilitud, como una imitación, como un “a∫∫emejar à las hi∫torias de las acciones humanas ∫ucedidas otras acciones, [además de] …imitar las co∫as hechas por la Naturaleza, ò por el Arte, haciendolas no ∫olo pre∫entes con menudas de∫cripciones, ∫ino también vivas, y animadas” (Luzán:1737:37).

El neoclasicismo luzaniano, además de proponer una renovación de las bellas letras, está constantemente preocupado por la grandeza de España, aun pese a las acusaciones que sufrió de antipatriótico: “a pesar de sus críticas y ataques, [Luzán] se siente español y «España le duele»… A través de la Poética, como en toda su obra y su vida, se vislumbra la preocupación constante por su país natal y por su gloria entre las naciones” (Makowiecka:1973:106).

Entre 1747 y 1754, año de la muerte de Luzán, nuestro autor desempeña distintos cargos en la administración borbónica de Fernando VI y participa activamente en tertulias y Academias (como la del Buen Gusto o la de Bellas letras de Barcelona) y escribe su último trabajo Memorias literarias de París, publicado en 1751.

 

3.4.4 Aclaraciones pertinentes

 

Debe advertirse, como lo hace Luis Monguió, la distinción entre bellas letras y literatura:

 

en el siglo XVIII el término ‘literatura’, tanto en América como en la Península, tenía mucho mayor amplitud que hoy: literario era todo lo que pertenecía a las ‘letras, ciencias o estudios’ y por ‘letras’ se entendía ‘las ciencias, artes y erudición’ (Dic. Autoridades, IV, 1734, s.v.); la literatura incluía así tanto a la filosofía natural como la filosofía moral, abarcando desde la física hasta la retórica (Monguió:1996:104).

 

Las bellas letras se referían más bien a aquellas expresiones verbales estéticas escritas, definidas como formas de poesía lírica, épica y trágica, según el modelo aristotélico, donde géneros como la novela no figuraban, pero sí el ensayo y la dramaturgia. El campo de acción de Luzán fue más bien el de las bellas letras. Su recepción en la América Española responde a los flujos de libros e ideas entre la metrópoli y sus colonias, y no se trata de una rareza, sino del nutrido flujo intelectual proveniente de los autores ilustrados y neoclásicos españoles cuyas obras arriban a las colonias: Feijoo, Fernández Moratín, Quintana, Iriarte, Jovellanos y Luzán entre ellos y otros. Pero la ausencia más o menos nítida de trabajos que rescaten la presencia de Luzán en la América Colonial y en Hispanoamérica, habla con claridad de la restricción de éstos, que en su mayoría corresponden a la disciplina literaria. No podemos dar por evidentes las razones de este vacío historiográfico, si es que existe, pero al ser las ideas de Luzán propias del terreno poético (en su sentido estético y verbal) y de las bellas letras, sin las formas interpretativas de la historia cultural no sería posible que un estudio histórico sobre Luzán y su obra fuera sensato fuera del terreno de la disciplina literaria. En ese sentido rescatamos a Chartier cuando comenta que la historia cultural busca:

 

comprender cómo las apropiaciones particulares e inventivas de los lectores singulares (o de los espectadores) dependen, en su conjunto, de los efectos de sentido construidos por las obras mismas; de los usos y de las significaciones impuestas por las formas de su publicación y circulación, y de las competencias, categorías y representaciones que rigen la relación que cada comunidad tiene con la cultura escrita (Chartier: 2005:29).

 

Si volvemos a la distinción aristotélica entre poesía e historia, recobrada en muchos niveles por el giro lingüístico para la interpretación textual historiográfica, las posibilidades de esta historia cultural implica pensar en los personajes y en los objetos, más allá del nivel de las “mentalidades” o “ideas”, más allá del plano de la exégesis o el análisis y crítica literaria de cuño más reciente, acercándonos, por consiguiente, a un nivel de comprensión definido por la relación autor-obra-espacio-tiempo-lectores-sociedad.

 

3.4.5 Ignacio de Luzán entre la América Hispana colonial y los nacionalismos Hispanoamericanos

 

Las noticias localizadas sobre la lectura de Luzán en la América Española mueven hilos cruzados entre las generaciones literarias neoclásicas y los primeros hombres, sobre todo de letras, de las distintas naciones hispanoamericanas en la primera mitad del siglo XIX. Retomo a Monguió al señalar que:

 

 

En la segunda mitad del XVIII y primer tercio del XIX encontramos a los poetas americanos de lengua castellana empapados de literatura clásica, frecuentadores de los grandes modelos y al corriente de la obra de preceptistas tanto antiguos (Horacio y Quintiliano, sobre todo) como modernos (Boileau, Muratori y Luzán, principalmente), en quienes reconocían los árbitros del buen gusto (Monguió:1996:110).

 

 

Puedo decir que la Poética de Luzán fue conocida y discutida por los criollos novohispanos a través del Diario de México entre 1805 y 1812, lectura que mantuvo cierta vigencia en el México independiente. En ese sentido, he localizado algunos artículos que refieren a Luzán desde finales del siglo XVIII en las Gacetas de literatura de México de José Antonio Álzate (1789/1831) y, lograda la independencia, La Gazeta del Gobierno de México (1830), publica las “Notas” de Andrés Quinta Roo, criollo letrado participe del movimiento insurgente, quien ejerce una actividad periodística y literaria, antes, durante y después de la guerra de independencia, y obtiene cargos políticos al establecerse la nación mexicana. En dichas “Notas”, Quintana Roo examina y discute ciertas ideas poéticas de Luzán. Finalmente, en la prensa mexicana dentro del Diario del Gobierno (1839) que publica un “Ensayo sobre la poesía castellana del siglo XVIII”.

Al iniciar el siglo XIX, el grupo denominado la Arcadia de México, que para Esther Martínez Luna (2005) encontró su principal apoyo en el Diario de México, con personalidades como Fray Manuel Martínez de Navarrete, Francisco Sanchéz Tagle, Juan Wenceslao Sánchez de la Barquera, Juan María Lacunza, Mariano Barazábal y José María Rodríguez del Castillo, todos poetas neoclásicos, leyó a Luzán. Su presencia en la prensa hace pensar que fue conocido por algunos miembros de la élite intelectual de la ciudad de México que ejercían el periodismo o conocían los periódicos esta urbe, como José Joaquín Fernández de Lizardí, Carlos María Bustamante, Jacobo de Villaurrutia, entre otros.

En el caso de Perú encontré que Luzán era leído hacia 1777, de la mano de un limeño llamado José Baquíjano y Carrillo, quien viajó a España en 1774, como nos informa Pedro Guivobich (2007), y en Sevilla conoció a Pablo Olvidé, hombre ilustre y admirador de la ilustración francesa. Baquíjano, apunta Guivobich siguiendo un estudio de José de la Riva-Agüero de 1971, tenía un sitio de estudio donde leía multitud de autores: “la Historia natural de Buffon, la Poética de Luzán, los versos de Meléndez y del amigo Samaniego, [y] se disimulaban picarescamente una novela de Diderot, un tomo suelto de Voltaire, otro de Holbach, disertaciones del presidente Henault, del abate Galiani y de D’Alambert, y algunos volúmenes de Crebillon, de Volney y de Marmontel” (Guivobich:2007:96). Baquíjano volvió a Perú en 1777, trayendo de sus viajes “nuevos proyectos personales y libros en su equipaje” (Guivobich:2007:96). En 1781 Baquíjano y Carrillo fue encomendado a redactar el “Elogio o discurso de recepción al nuevo virrey, Agustín de Jáuregui y Aldecoa” (Guivobich:2007:101). En este escrito Baquíjano incluyó, según Guivobich, en notas a píe de página, referencias a obras prohibidas por la inquisición. Su pericia no fue descubierta en Lima, sino que su “Elogio” fue enviado a Madrid por el visitador José Antonio de Arache hasta que en 1785 “la secretaría de Indias ordenó al virrey y al superintendente de la Real Hacienda confiscar y quemar los ejemplares del Elogio que circulaban e investigar los procedimientos de impresión de textos en Lima y en otras ciudades del virreinato, así como reprender a Baquíjano por el uso de libros prohibidos” (Guivobich:2007:101).

Mientras tanto la región de las actuales Venezuela y Colombia también vivió influencias del neoclasicismo. Para Angel Vilanova (2000) la literatura fue parte de los programas de construcción nacional en Hispanoamérica, construcción de naciones que buscaban modernizarse y progresar. Vilanova señala que “había que dibujar el imaginario poético de las nuevas sociedades” (2000:256), siendo los intelectuales (poetas, ensayistas, dramaturgos) los que “debían impulsar dicho proceso” (Vilanova:2000:256). Dos independencias eran entonces necesarias: la política y la cultural. Este hecho justifica la presencia de hombres de letras en la construcción nacional, cuya formación partió de esfuerzos individuales ejercidos “en un ambiente más o menos propicio por la proliferación de sociedades culturales, literarias y académicas (así como por la fundación de ‘cátedras de ciencias naturales, matemáticas y medicina; escuelas de dibujo, náutica y minería; teatros y jardines botánicos)” (Vilanova:2000:257-258).

Andrés Bello es el ejemplo más claro del hombre de letras hispanoamericano y vivió la transición del neoclasicismo al romanticismo, de la colonia a las independencias. Su conversión en humanista va de la mano del estudio de autores latinos, como Virgilio y Horacio, de los españoles del siglo de Oro y de los contemporáneos como Manuel José Quintana, Leandro Fernández de Moratín, Álvarez Cienfuegos, también Racine y Voltaire. Bello es un poeta neoclásico del siglo XVIII, antes de su viaje a Inglaterra en 1819, embebido por las ideas ilustradas. Será en su estancia inglesa donde conocerá a los románticos y su bagaje intelectual será puesto a prueba. Explorando el neoclasicismo, a través de modelos clásicos y universales, Bello logra mediante la emulación, según Vilanova, en Alocución a la poesía de 1823 y en La agricultura de la zona tórrida de 1826, establecer la preocupación por una literatura nacional y cultivar diversos temas americanos. Otros contemporáneos de Bello en Venezuela fueron: el General Francisco de Miranda, precursor de la emancipación, partícipe de la Revolución Norteamericana y de la Revolución Francesa y consejero de Catalina de Rusia; Simón Bolivar, que como hombre de letras tuvo una formación humanista importante, componiendo Canto a la batalla de Junín mostrando su “alta competencia en el campo de la poesía clásica grecolatina y en el de la teoría y crítica literarias”(Vilanova:2000: 265); y José Luis Ramos: “el primer profesor de griego de la nueva república, además de haber sido activo militante en la lucha independentista como redactor de El correo del Orinoco, encargado de la dirección General de Estudios e Instrucción Pública [y] autor de una de las primeras gramáticas castellanas [y] una notable Disertación acerca del verso endecasílabo castellano” (Vilanova:2000:266). Por lo que respecta a Colombia despuntan al iniciar el siglo XIX distintos autores conocedores de la tradición grecolatina y neoclásica. En Antioquia José María Salazar (1785-1828), tradujo “ el Arte poética de Boileau quien según Salazar sigue en buena medida a Horacio, aunque no repitiéndolo siempre obedientemente e incluyendo algunos ‘principios’ propios” (Vilanova:2000:274). Fue amigo de Simón Bolivar y autor del trabajo La colombiada, un poema heroico dedicado a Colón. Dentro de su generación se encuentran José Fernández Madrid (1789-1830), poeta y dramaturgo amigo de Bolivar y Bello. Vilanova rescata también distintas tertulias en Colombia: “El Círculo del Buen Gusto” “La Tertulia Eutropélica” “El Circulo de Nariño”: “El primero parece haber estado especialmente dedicado al cultivo de la literatura de carácter humorístico, mientras las dos organizaciones restantes se dedicaron al estudio del clasicismo literario griego, latino y español, la segunda, y al estudio de la filosofía y la política, la tercera” (Vilanova:2000:275).

Finalmente, en Sudamérica, la presencia del neoclasicismo fungió como parte de la actividad pública letrada. En ese sentido, los periódicos fueron fundados a partir de 1810 de forma más numerosa con dos funciones: 1) “la entrega sistemática y bien informada de conocimientos correspondientes a los más variados campos del saber, desde la historia hasta la meteorología, pasando por la higiene médica” (Dieter:2000) y 2) “la vigilancia sobre las normas de conducta ­tanto de los gobernantes como de los ciudadanos­ inspiradas por el modelo republicano de la sociedad” (Dieter:2000). Después de 1810 se acentúa el papel político del literato, a la par de la creación de la opinión pública, bajo dos condiciones: la libertad de pensamiento y la libertad de imprenta. La prensa era un medio de publicación privilegiado que entre 1812 y 1822, cuando se publica La Abeja Argentina, muestra una diferenciación nítida entre distintas ocupaciones intelectuales, como el ejercicio del periodismo, la ciencia, las letras y la poesía. En 1824 aparece la antología La lira Argentina a partir de textos poéticos, dándose una clara relación en tres niveles: el neoclasicismo, la construcción nacional y la poesía o la expresión verbal. La Lira Argentina de 1824, representa la fundación de la patria mediante la palabra. Su impulso parte de la herencia de la tradición colonial, culta, letrada y neoclásica, bajo la búsqueda de construir un imaginario de nación. Para Fernando Casiva “la Patria pide la palabra; las palabras fundan y celebran la Patria” (2006:325). En 1823, Ramón Díaz, hombre de letras y funcionario público, recolecta los textos de La Lira Argentina: se trata de “piezas poéticas o de simple versificación que han salido de Buenos Aires durante la guerra de Independencia” (Casiva:2006: 325), con una función social, más que estética: fundar la Patria. Los Exponentes de La Lira Argentina que inician la demarcación de una independencia intelectual para Casiva fueron: Francisco de Paula Castañeda y Bartolomé Hidalgo, habiendo una inspiración Académica en los trabajos de Vicente López y Planes, Esteban de Luca, Fray Cayetano Rodríguez, Juan Cruz Varela y Manuel de Lavardén, pero también una musa popular ciudadana: representada por los trabajos de Fray Francisco de Paula Castañeda. Bartolomé Hidalgo muestra piezas como: la “Marcha Nacional Oriental” pero para 1816, después de la jura de la Independencia de Argentina, compone un Cielito de la Independencia, donde exalta, poéticamente, a las “Provincias Unidas” (Peire:2008:34), referente inmediato de la nación argentina.

 

 

3.4.6 Conclusiones

 

Nuestro interés principal era mostrar dos hechos concretos: el valor español de la Poética de Luzán como pieza fundamental del neoclasicismo, y los ambientes y contextos hispanoamericanos entre el momento colonial y el independiente, donde fue difundida su obra. De existir un vacío historiográfico sobre la circulación, recepción, difusión, aplicación y reinterpretación del pensamiento e ideas neoclásicas de Luzán, esperamos que este trabajo sea una contribución para reducir la distancia y solventar un hueco importante de la historiografía cultural hispanoamericana, en general, y sus distintas expresiones nacionales, en particular. Cabe interrogar la afirmación de Janik Dieter, o sea si “la crítica literaria […] ha privilegiado el concepto de Neoclasicismo para caracterizar la actitud estética y la estructura retórico-formal de los textos poéticos de mayor envergadura de los años 1800 a 1830” (Dieter: 2000), sin emplear la categoría ilustración. Para Dieter, “es el idealismo ilustrado de la elite de la burguesía criolla [el] que permea la producción literaria de aquel tiempo y le da su unidad profunda” (Dieter:2000), comprendiendo que la ilustración en la América española fue un movimiento educador.

Estudiar a los lectores hispanoamericanos de Luzán, plantea comprender que poetas y dramaturgos se involucran “profundamente con la lucha independentista, [y] cumplen con total dedicación diversas funciones, diplomáticas, por ejemplo, como Andrés Bello, José Fernández Madrid, José Joaquín Olmedo, Juan García del Río, mientras al mismo tiempo tratan de plasmar literariamente las nuevas realidades nacionales” (Vilanova:2000:255). Frente a discursos patrióticos de independencia, autonomía, libertad y triunfo, “en cuestión de estilo y estructura se ven todavía subyugados a la herencia colonial, a las poéticas venidas en barco desde España” (Casiva:2006:326). Así, podemos aseverar que los nacionalismos hispanoamericanos, en su vertiente literaria, rescataron formas culturales españolas, como las que representa la Poética de Ignacio de Luzán.

 

 

 

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