5.2 CONFORMACIÓN REGIONAL CONTEMPORÁNEA DE LOS TUXTLAS, VERACRUZ


Este fue el trabajo final presentado en la Experiencia Educativa Veracruz Contemporáneo impartida por el catedrático Alejandro Mariano Pérez.

5.2.1 Introducción

 

El trabajo a continuación busca dar cuenta de un proceso de conformación regional en el estado de Veracruz, el respectivo a la zona denominada como Los Tuxtlas. Considerando los elementos geográficos, ecológicos, económicos, sociales, políticos y culturales, intentaremos dar cuenta de la conformación regional contemporánea de este núcleo veracruzano. Para ello hemos rescatado diversos trabajos históricos, en vías de conseguir un balance historiográfico somero y parcial, que nos permita comprender y explicar cómo fue construyéndose la zona de Los Tuxtlas, cuáles son sus características, demográficas, productivas y sociales, cuál su significación en el conglomerado del estado de Veracruz y cómo se relacionan sus características históricas, en tanto región específica, con su proceso de desarrollo regional.

 

5.2.2 Una región del sur del estado de Veracruz: Los Tuxtlas

 

La región de Los Tuxtlas se ubica geográficamente en la zona sur del estado de Veracruz. Geográfica y ambientalmente representa una fracción selvática alta, la más norteña del continente americano según las versiones de Bernardo García Díaz[1] y José Gonzáles Sierra[2]. Cuenta, también con lagunas profundas, ríos y caídas de agua, bosques tropicales y una diversidad ecológica importante. El clima es tropical y se localiza variando entre las altitudes del mar y la de los 1700 m sobre el nivel del mar. Además es posible localizar en ella distintos microclimas y una amplia diversidad de flora y fauna. En el primer caso habría una variedad entre 384 especies, que representan el 37% de la totalidad registrada en México para 1993. En cuanto a la fauna se refiere la diversidad oscila entre las 1200 y 3000 especies animales. Se trata de una región del México central moderno, donde tuvieron asiento la cultura olmeca. En tanto región cuenta con una unidad geográfica y cultural. Políticamente se divide en tres municipios: San Andrés Tuxtla, Santiago Tuxtla y Catemaco.

En lo relativo a sus actividades productivas y economía, las principales son la agricultura, con el cultivo de caña de azúcar, tabaco, maíz, frijol y diversas especies de frutas; la ganadería vacuna; y de relevancia menor, pero que da sustento a un sector poblacional importante, está la pesca, especialmente en Catemaco. La expansión de tierras dedicadas a la ganadería y cultivos ha reducido considerablemente las zonas selváticas, dando lugar a importantes trabajos de preservación de áreas de vegetación originaria, en vías de aminorar el deterioro ambiental. En esto han sido importantes los esfuerzos de programas de reforestación y conservación de zonas protegidas, sobre todo frente a la variedad vegetal y la belleza escénica de los Tuxtlas, lo cual ha generado importantes proyectos de ecoturismo, protección del medio ambiente y conocimiento profundo de plantas y animales.

En términos sociales, la población se ha compuesto históricamente por tres distintas raíces culturales: la primera de carácter indígena, predominante hasta el periodo colonial y que actualmente está caracterizada por la población zoque popoluca, mixe popoluca y los pipiles, de extracción nahua; la raíz cultural africana, con importantes flujos migratorios de esclavos negros durante la colonia; y la población española a partir de la conquista. La mezcla, simbiosis y fusión, biológica y cultural, de estos tres conglomerados étnicos, dotan de sentido la raigambre histórica y social de la región de los Tuxtlas. Esto es posible distinguirse en la riqueza de las tradiciones culturales regionales, expresada en sus festividades y en la riqueza gastronómica, donde podemos observar la influencia negra africana y del Caribe, con platos como el mogo-mogo hecho con plátano macho o la yuca al ajillo, mientras que la tradición culinaria indígena está representada por el platillo tatabiguiyaya. En términos de fiestas, la región tiene apego al ritual festivo del fandango y la mojiganga, pero la celebración a la Virgen del Carmen en Catemaco el 16 de julio es de crucial y vital importancia para la región. Como comenta Fernando Wingfield Capitaine[3], el santuario de la Virgen del Carmen tiene una importante función social por congregar tanto a las distintas comunidades y poblaciones indígenas, como ser una muestra de que los Tuxtlas “presentan grandes actos de fe y movilización de masas”[4] en torno a este centro religioso.

Concretando los elementos geográficos en cada municpio, el primero de ellos geográficamente es el de Santiago Tuxtla, a 245 km de la capital del estado por las carreteras federales 140 y 180. Es la puerta de entrada a la región y mantiene una arquitectura tradicional importante, al contener el mayor número de ejemplares de las viejas casonas del sur veracruzano. Fue fundada en 1525 como Real Villa y se trató de la población principal por su densidad demográfica y por su actividad económica, siendo la cabecera regional durante 3 siglos. En sus cercanías se instalaron los primeros ingenios de azúcar continentales por Hernán Cortés. Conserva tradiciones de origen hispánico como el torneo de cintas, una competencia de caballos con reminiscencias medievales, o la feria en honor al señor Santiago, celebrada en julio, además de sus solmenes celebraciones durante el periodo de la semana santa. En el centro de Santiago se localiza el museo Tuxtleco, cercano al parque central, donde pueden contemplarse piezas monumentales prehispánicas del sitio arqueológico de Tres Zapotes, un sitio olmeca de gran importancia localizado a 13 km de Santiago.

El segundo municipio, pero el más importante, es San Andrés Tuxtla, a 14 km de Santiago, siendo el centro económico y político regional de la actualidad y desde el siglo XIX. Su economía se basa en la ganadería, el cultivo de frijol y tabaco y la prestación de servicios. El asentamiento original tiene antecedentes prehispánicos. Durante la época colonial se consolidó al igual que Catemaco, ostentando el rol de una de las principales poblaciones del cantón. Actualmente es cabecera municipal. Es la población más grande de la región y con mayor crecimiento económico. En San Andrés se consolidó la tradición que le dio fama internacional a partir del último tercio del siglo XIX, la elaboración de puros. A mediados del XIX inicia esta actividad productiva, que se conjuga con los campos y terrenos fértiles, la abundancia de agua y de especímenes de la planta Nicotina Tabacum, además del arribo de migrantes cubanos. En las cercanías de San Andrés se es posible visitar la Laguna Encantada y el Salto de Eyinpantla.

La tercera población en importancia es Catemaco, a 12 km de San Andrés, el cual es un sitio turístico de tradición nacional. Cuenta con una belleza escenográfica única y se consolidó a partir del lago central, además de que en Catemaco se alberga, como ya mencionamos, el santuario a la Virgen del Carmen. Así mismo existe una amplía gama de prácticas mágico-religiosas, acompañadas de herbolaria y la tradición cultural de los brujos. Es posible, también, distinguir sus especialidades gastronómicas como la carne de mono o realizar recorridos por la laguna, donde se localizan las islas de Tonaxpillo, conocida también como la isla de los monos, la cual desde 1979 alberga una colonia de macacos rabones traídos de Tailandia, que viven en condiciones de semilibertad, o la isla de las Garzas, donde parvadas de distintas especies aladas arriban a en su transitar migratorio. En el caso de la isla de los Monos es posible distinguir la atención que les presta el Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad Veracruzana. Además, existen diversos parques ecológicos privados, que promueven la conservación ambiental e instalados con fines recreativos y educativos, como lo eran para 1993 Naciyaga y la Jungla.

Un último sitio relevante en esta geografía regional es Sontecomapan, a 18 km de Catemaco. Es posible realizar un recorrido en lancha a través de manglares hasta la laguna y de ahí dirigirse a la barra con el mismo nombre, donde están separadas el agua dulce y el agua salada. En la barra habita una colonia de pescadores. Así mismo, este recorrido abre la ruta a las playas de los Tuxtlas, otro atractivo turístico importante. Las principales playas son Hicacal, Playa Escondida y Monte Pío.

Existen en la región dos centros vinculados a instituciones educativas: 1) la Estación de Biología de la UNAM, un centro de 700 hectáreas fundado para cuidar un área de selva-húmeda-tropical y para el desarrollo de investigaciones sobre la flora, la fauna y el entorno ambiental y 2) el Parque de la Flora y Fauna Silvestre Tropical creado por la Universidad Veracruzana y que cuenta con 220 hectáreas, que también desarrollo programas de educación ambiental, conservación ecológica e investigación biológica.

 

5.2.3 Apuntes históricos de la región de los Tuxtlas

 

Considerando lo anotado con anterioridad deberemos pasar a hacer un breve recorrido histórico de los Tuxtlas, considerando su dimensión como metrópoli de la producción tabaquera a finales del siglo XIX, inserta en el devenir del porfiriato. Rescantado otro artículo de González Sierra[5], podemos entender los funcionamientos sociales y las dinámicas productivas establecidas a partir del cultivo, producción e industrialización de la actividad tabaquera en la región. En el último tercio del siglo XIX, el proyecto económico positivista porfirista arribó a San Andrés, mostrando su imponencia con el crecimiento de las actividades productivas y la llegada de inversionistas extranjeros y nacionales. Siguiendo a González Sierra sabemos que en el censo de 1895 los Tuxtlas contaban con 41,354 habitantes, además de representar una zona montañosa fértil, la cual se encontraba incomunicada por tierra con el centro del estado de Veracruz. La vía de comunicación principal era el río San Juan, un brazo tributario del río Papaloapan, que conectaba a San Andrés Tuxtla con Tlacotalpan y Alvarado. Gonzáles Sierra menciona que debieron ser altas dosis de espíritu de trabajo y empresa las que lograron incorporar al mapa productivo decimonónico a esta región, de la mano de la mejora de los puertos fluviales y de una producción mercantil regional importante a partir de la goma de hule, las frutas y vainilla, maderas preciosas y el tabaco, la principal fuente de riqueza y motor del desarrollo regional para el porfiriato.

Al finalizar el siglo XIX, San Andrés era un centro cosmopolita, con presencia de negocios tabaqueros europeos ingleses, holandeses, belgas y alemanes, que aportaron conocimientos nuevos y generaron innovaciones e intercambios culturales. Ejemplo de ello fueron los productores holandeses de tabaco Eduardo Von Volhenhoven y Alfredo Malrvelhears. En 1903 fue ascendida a Villa. También fue importante la población cubana que llegó a habitar San Andrés, considerándose una migración propiciatoria de la siembra y cultivo del tabaco, el cual contemplaba la migración de trabajadores indígenas de Santiago Tuxtla, Oaxaca y Puebla. Había también una hacienda cañera, la de Monte Pío, que al cerrar sus actividades dejo un contingente poblacional importante de yucatecos y campechos, que construyeron el barrio Campeche en San Andrés. Para este momento se suscitó una ampliación de las zonas de cultivo de tabaco y frente al escenario de progreso e inversiones se pensó en el problema de la mano de obra. Las zonas donde se extendió el cultivo fueron: Tilapa, Axochio, Soyata, Matzumapan y Catemaco. González Sierra rescata el ejemplo del rey del cobre, el magnate William F. Clark que en esa época compró la hacienda de Monte Pío por 100,000 dólares para sembrar más de un millón de matas de hule. Pese a desgracias climatológicas, como la sequía de 1895 que siniestró la mayor parte del cultivo de tabaco, lo que hizo que se viviera una diversificación de cultivos, el auge y la bonanza predominaban. En San Andrés había 2 fábricas de jabón, talabarterías, una salina, aserraderos, 4 fábricas de cajitas de cedro, 3 talleres de herrería, ladrilleras, 3 sastrerías, abarrotes importados, 2 peluquerías, 15 tahonas, 1 imprenta, almacenes de exportación, casas de consignación y ferreterías. Se trataba de un ejemplo de confianza económica que se encumbró con la construcción del puente de fierro entre Comoapan y San Andrés, con 4 habitantes, en 1899. Se implantaba, gradualmente, una cultura del tabaco, a partir de una transculturación cubano-mexicana respecto a esta planta, remontada en orígenes a los primeros años de la conquista española.

El auge tabaquero en México se suscitó en la segunda mitad del siglo XIX y dependía de la transmisión, aplicación y conocimientos tabaqueros de cubanos emigrados, migraciones ocurridas durante la guerra de los 10 años de 1870, y durante la guerra de independencia cubana de finales del siglo XIX. En 1875 migró la primera generación cubana a San Andrés Tuxtla, con personajes como el carpintero Pedro Arana, el cocinero Fernando Achandera, pero dentro de los dedicados a la actividad tabaquera encontramos al industrial Manual Álvarez Ayala, a los hermanos, labradores y comerciantes, Gustavo González y Damián González, y a los hermanos Rafael García y Manuel P. García. Estos cubanos brindaron técnicas modernas de elaboración y terciado, elaboración de vitolas de regalía o media regalía, pero también novedades en la comercialización, empaques y presentación, con el uso de tipografía y fileteado. Las innovaciones en el terreno de la cultivo y el beneficio también fueron perceptibles, trayendo consecuencias notarias en la agricultura local. El desyerbe paso del instrumento “chaguastle” a la “guataca” cubana o azadón, lo cual repercutió en la productividad, por la importancia del desyerbe en el crecimiento de las matas de tabaco. También se innovó en el corte y el secado de la hoja, con el uso de “cuejes” o recipientes de caña ligera, donde eran depositadas mancuernas de hojas cortadas que posteriormente eran colgadas en galeras, lo cual mejoraba la técnica de secado. El uso de caña de zongo para hacer los “cuejes” y la palma de coyol redondo para atar las mancuernas de los “cuejes” fueron decisivos en este proceso. Se acabó así con la costumbre de engavillar las hojas inmediatamente después de despicar el tabaco, otra innovación aportada por los cubanos. Además, ocurrió un mejoramiento de las siembras, especialmente a partir de una selección meticulosa de la semilla y del método de polinización. La selección y el rezago cubano mejoró la fabricación de puros, además de que los caribeños aportaron su experiencia táctil, olfativa y visual para la mejora de los puros. El puro a finales del siglo XIX representaba un producto de tabaco muy rentable y sumamente cotizado en el mercado mundial, pese a que el mercado del tabaco en México, desde tiempos de la colonia, prefirió siempre el consumo de cigarrillos.

Una segunda generación de cubanos llegados a San Andrés, durante el último tercio del siglo XIX y que participan en todas las fases del negocio regional del tabaco, fueron Alfedo González, Justo Pedrón, Martín Pimienta y Manuel Quintana.

Frente a este escenario de mejoras productivas, hubo paralelamente un incremento en la constitución industrial de fábricas de tabaco, como La Buena Fe de Don Zenón Torres que funcionó hasta 1914, La Favorita de Ángel Rodríguez fundada en 1892, o El Destino de los cubanos Manuel P. García y Rafael García, que fue la primera y verdaderamente moderna, fundada en 1875 y que derivó en dos fábricas distintas: la que siguió llevando ese nombre que pasó a manos de Rendón y Cía., y La Rica Hoja o El Brillante Negro que siguió siendo de García, el cual instaló una oficina en Veracruz Puerto y distribuyó su producción sanandrenisan tanto a nivel nacional como internacional en Alemanía y Bélgica, además de contar, a finales del siglo, con 10 trabajadores que producían más de 60 vitolas. Otras fábricas fueron La Universal de Luis G. Carreón, que duró hasta 1896 y fue fundada en 1883 o la fábrica de Manuel Villa que duró hasta 1892. De esta menera, González Sierra advierte que la clase dominante de San Andrés, se involucró en la producción del tabaco, y retoma el ejemplo de la fábrica La Vencedora, de Luciona Grobet, quien diversificó sus operaciones, al igual que el sr. Cortina, realizando actividades comerciales (internas y externas) y de manufactura y financiamiento. El más importante hombre de negocios de San Andrés, Octaviano G. Carreón, tenía en 1900 950 hectáreas plantadas con tabaco y un total de 8 millones de plantas, ocupando para el cultivo 800 trabajadores. Estos hechos marcan, además, los nexos de San Andrés con Orizaba y Veracruz Puerto, derivadas de las actividades tabaqueras. También es posible notar que existieron problemas entre las clases trabajadoras tabaqueras y ciertos empresarios, como lo muestra una cierta corriente obrerista representada por el esfuerzo del periódico El obrero de los Tuxtlas de 1897.

Al iniciar el siglo XIX llegarán a San Andrés los capitales bancarios. En 1904 se instala la sucursal del Banco Nacional de México y en 1905 la del Banco Mercantil de Veracruz, creándose así un sistema bancario aplicado al negocio del tabaco, aunque según las estadísticas de 1898, Oaxaca fuera el primer productor de tabaco en México y Veracruz ocupara el segundo lugar nacional en la producción. La banca que apoyaba los negocios tabaqueros no durará más que una década en activo, pues en 1914 se retira de San Andrés. Dentro de los hechos históricos que marcaron este auge del tabaco en la región de los Tuxtlas, podríamos realizar el siguiente listado a partir de las ideas del trabajo de González Sierra[6]:

1)existió una diversificación de actores productivos, de figuras sociales con perfiles modernos, suscitándose una monetización de las relaciones productivas y generándose relaciones asalariadas en torno al negocio del tabaco.

2)los antiguos terratenientes de mediana escala, se convierten en empresarios agrícolas, ostentando una concepción sofisticada de su actividad.

3)empresarios foráneos arriban a residir a la región, combinando actividades comerciales, agrícolas, financieras y manufactureras vinculadas a grupos económicos dominantes tanto nacionales como de importación.

4)existe una transformación de los asentamientos tradicionales, un equipamiento urbano, con mejoras como la construcción de calles, escuelas, edificios públicos, iglesias, parques, además de la instalación del alumbrado público y la implementación de otros servicios, aunado a la construcción de las grandes casas de comercio, todo generado por el excedente económico y capital generado por la actividad tabaquera.

5)los centros de la región tabaquera se convierten en un polo de atracción de mano de obra de distintos lugares, estos centros son San Andrés, Santiago y Catemaco.

6)gradualmente se consolida la formación de un sector asalariado manufacturero local que consolidó la agrupación gremial para posteriormente dar paso a la organización sindical.

7)hay un proceso de incorporación masiva de mano de obra femenina a las labores agrícolas.

8)mejoran las condiciones de la infraestructura de comunicación, terrestre especialmente con el puente de Comoapan.

9)se constituyen diversos centros de acopio y expedición del tabaco, como Bodegas de Oteapan, Bodegas de Totoltepec, Río Tuxtla, Palo Errado y Álvaro Lázaro, que fungen como puertos para conectar con el río San Juan.

10)existe la consolidación de un comercio fluvial, que incluye rutas de vapores para el transporte de pasajeros.

Será, finalmente, en 1913 cuando se fundé el ramal ferroviario que conectó Rodríguez Clara con San Andrés, después de una serie de promesas durante el porfiriato para que la vía de hierro pudiera llegar a la meca del tabaco mexicano del XIX, sin que eso fuera realizado sino hasta ya entrada la revolución. Entre 1913 y 1950 San Andrés se enlaza con la carretera del Golfo, generando un sistema de comunicación mixto, ferrocarril-río, pero que da por resultado la pérdida de importancia, en tanto medio de comunicación, del río San Juan, debido al declive de la producción tabaquera, generada por cambios en el mercado mundial y nacional del tabaco, especialmente gracias a la maquinización acelerada y el abaratamiento de costos, que producen un mayor consumo de cigarrillos “en detrimento del mercado de tabaco puro labrado”[7]. Encontramos entonces un viraje en el cultivo del tabaco hacia variedades de tabaco rubio y suave, favorables para la fabricación del cigarrillo, pero también una ruptura de los vínculos entre los productores y las casas exportadoras regionales. El caso más claro de este hecho es que al cerrarse las fábricas pureras de Veracruz, Orizaba y Puebla, llegó a su fin la demanda del mercado tuxtleco de tabaco.

 

5.2.4 Un acercamiento a un rasgo cultural de la región de los Tuxtlas: magia, religión y salud

 

Un último apartado de este trabajo nos permitirá ahondar en la conformación cultural de la región de los Tuxtlas, atendiendo al análisis de un rasgo cultural contemporáneo, el referente a las prácticas mágico-religiosas en torno a la dualidad salud/enfermedad presente en la vida cotidiana y el ejercicio de la medicina popular. Las prácticas esotéricas desarrolladas en los Tuxtlas son el resultado de una síntesis y simbiosis cultural de las raíces indígenas y africanas, que representan un desarrollo cultural único y particular de la región y que se denominan, popularmente, como brujería. Rescatando el trabajo de Fernando Winfield Capitaine[8] podemos saber que en este tipo de prácticas logramos encontrar una significación geográfica, a partir de la fenomenología de la religión, donde los accidentes geográficas, como cerros, bosques, cuevas, selvas, grutas, lagunas, ríos y mesetas, entre otros, configuran simbólicamente la cosmovisión del mundo. En el caso prehispánico, relacionado a las prácticas mágicas indígenas, Winfield Capitaine rescata la significación de Quetzalcoatl quien “después de la peregrinación que emprendió desde Tula, capital tolteca, se arrojó al fuego para transfigurarse en el planeta Venus o lucero de la mañana”[9]. La cueva para los antiguos mesoamericanos representa la entrada al inframundo y en distintas etnias es parte del origen mítico o, para los indios pueblo, un estilo residencial. En la región de los Tuxtlas el extinto volcán de San Martín Pajapan estaba dedicado a la adoración del dios jaguar, al menos durante 2 milenios. En Soteapan el dios jaguar continuó siendo una práctica religiosa indígena pese al proceso de evangelización, que para el criollo Hernando Ruiz de Alarcón se trataba de actos de paganismo e idolatría hacia el siglo XVII. La laguna de Catemaco también representa un respeto ancestral en tanto medio acuoso, considerando que la muerte por agua lleva al Tlalocan, donde hay abundancia de flores, mariposas y pájaros, siendo el lugar de los placeres eternos para el alma indígena. El agua es la puerta de entrada al mundo subterráneo y paradisiaco de Tlalocan, además que la asociación de la piedra turquesa con el agua. En la región de los Tuxtlas existe también la creencia de los guardianes del agua, los ayudantes de Tlaloc, ósea los chaneques, que son dioses acuáticos menores en simbiosos con concepciones africanas, equiparables a los gnomos y duendecillos, traviesos y bromistas mortalmente.

En cuanto al marco histórico del desarrollo de las prácticas esotéricas en los Tuxtlas, podemos ver cómo a partir de la conquista se inicia la denominación de brujería a todas las prácticas religiosas ajenas al catolicismo, que funge como la religión legítima. Winfield Capitaine distingue entre magia y brujería, al considerar a la primera como una serie de procesos para restablecer el equilibrio entre las fuerzas de la naturaleza y el hombre, mientras que la brujería se trataría de actos litúrgicos destinados a hacer el mal. La relación entre las prácticas mágicas y de brujería con los escasos recursos económicos de quien recurre a ellas es un rasgo distintivo en esta región.

Por otra parte, Winfield aclara que las prácticas y creencias mágico-religiosas derivan de concepciones prehispánicas, africanas y europeas, donde se originó un crisol de creencias y un proceso de mestizaje biológico y cultural a partir de dinámicas de interacción racial.

La brujería como práctica desestabiliza la rutina de los procesos económicos de la comunidad autosuficiente, traducida en riqueza material y representando un pacto con fuerzas oscuras, generando inestabilidad en el equilibrio entre el orden humano y natural dentro de la cosmovisión. En términos económicos, por ejemplo, las prácticas de las mayordomías americanas, donde uno o varios ricos son elegidos mayordomos de los santos patronos de la localidad para disminuir el nivel de riqueza que tienen y generar una cierta igualdad económica, representan festividades religiosas que tienen por objeto la distribución de bienes a toda la gente, evitando el trastocamiento de las relaciones cordiales comunitarias originado por la acumulación de bienes. En ese sentido, la brujería puede usarse como mecanismo de ataque derivado de envidia a otras personas por sus riquezas, por lo que se deberá recurrir a procedimientos mágicos para prevenir los efectos dañinos de la brujería.

En los Tuxtlas existe un traslapamiento de una economía de acumulación y una autosuficiente. Existe un sistema tradicional de vida, con significaciones prehispánicas que representa un “modelo irracional de explotación sobre los hombres y los recursos”[10] con el ejemplo de la práctica extensiva de la ganadería y la reducción de las áreas de cultivo. En este contexto aparecen mecanismos sobre naturales para instaurar un equilibrio del orden dañado, del desequilibrio, traducido en desigualdad social. Winfield Capitaine reconce, en este caso, que la zona de los Tuxtlas cuenta con escasos movimientos de reivindicación social, situación que se explica por el uso de recursos esótericos. La brujería es por tanto un fenómeno social y constituye una tradición a la que es necesario pertenecer y válida en la existencia de lo sobrenatural. Se trata por tanto de un elemento de identidad grupal sobre los miembros de la sociedad, que deben pertenecer a un sistema de creencias (en este caso mágicas frente a otras de orden científico o racional). La brujería se traduce en una búsqueda de soluciones sobrenaturales a valores contrapuestos como alternativas sociales para resolver conflictos y caracteriza tensiones sociales (frente a la inmovilidad del grupo de reivindicaciones políticas y económicas). Las prácticas esotéricas implican, además, la convivencia de sistemas sociales durante largo tiempo. Es el grupo mestizo, en el caso de los Tuxtlas, el principal agente de los sobrenatural, con el ejercicio de actos de cura, donde la magia influencia el comercio, la ganadería, la política, la agricultura, entre otros aspectos. De esta forma la “Brujería, magia, curanderismo, o cualquier otra denominación viene a ser el resultado de las tensiones sociales y sentimientos de ansiedad que se presentan cuando se han roto los esquemas tradicionales que controlan al hombre”[11] con lo que la brujería es una alternativa para los marginados sociales.

Este panorama coincide, en parte, con el brindado por José Velasco Toro y Guadalupe Vargas Montero[12] que consideran a las prácticas mágico-religiosas de los Tuxtlas como alternativas a la medicina moderna y como parte de una cosmovisión arraigada, que busca solucionar las causas de los males y enfermedades, aceptando la dicotomía salud/enfermedad en el marco de la medicina popular. Este tipo de prácticas de salud se mantienen en sociedades agrarias y étnicas con intenciones estructurales e ideológicas, e incluyen el uso de herbolaria, la realización de ceremonias mágicas y el uso de talismanes, amuletos y otro tipo de fetiches cargados de significado simbólico. En el marco de las sociedades rurales, la medicina popular es un recurso cotidiano, que atribuye a las causas de la enfermedad orígenes sobrenaturales, representando una dimensión de la reproducción social del grupo y del individuo. Estos autores contabilizan hacia 1988 en 231,071 habitantes totales para la región de los Tuxtlas y consideran, al igual que Winfield Capitaine, las prácticas mágicas como el resultado de simbiosis de un proceso aculturativo entre indígenas, negros y españoles, que dotan de sentido la configuración cultural de los Tuxtlas, sosteniendo afinidades con manifestaciones socioculturales del Golfo y del Caribe.

La medicina popular, por tanto, mantiene una carga ideológica importante en los Tuxtlas, considerando que “en el sistema cultural de los Tuxtlas, las creencias mágico-religiosas subyacen en la estructura psíquica del individuo y se transmiten mediante el proceso de socialización, lo que las articula a la estructura social donde cumplen funciones sociales e ideológicas que relacionan a los individuos”[13]. La magia y la hechicería se tratarían de creencias sobre naturales vinculadas a la enfermedad y el proceso curativo, que en el caso tuxtleco se aplican a la concepción saludo/enfermedad, a las prácticas productivas (agrícolas, pecuarias y pesqueras), al comercio y a la vida amorosa, siendo manifestación de la vida cotidiana y ostentado un carácter de actos simbólicos y rituales. Esto nos conduce a la explicación de enfermedades en sus etiología considerando aquellos males producidos por causas naturales, como quemaduras, cortadas o males dentales, frente a aquellos males producidos por causas sobrenaturales o mágicas. En el primer caso se emplean técnicas terapéuticas objetivas, como la herbolaria o la quiropráctica. En el segundo caso se emplean rituales que propician la protección, provocación o ruptura del encantamiento. De esta manera la medicina popular se adentra en la causa de la enfermedad, la cual es considerada una ruptura del equilibrio psico-físico con el resultado de la alteración de la salud. Dentro de los motivos mágicos de causas de enfermedad podemos enlistar los siguientes: la pérdida del alma, la intrusión de un objeto o espíritu, la combinación de ambas, y la ruptura de un tabú. En esa medida es posible comprender que las prácticas mágico-religiosas en la región de los Tuxtlas son parte de la tradición cultural heredada de los procesos históricos de conformación demográfica donde logramos identificar que “la concepción mágica del mundo en los Tuxtlas se presenta como rasgo distintivo cultural de la región con una congruencia interna y un patrón identificable, cuyos elementos corresponden a la amalgama cultural heredada de la colonia y el siglo XIX, así como de la cultura nacional contemporánea que es reinterpretada para subsumirla en el complejo mágico”[14].

 

5.2.5 A manera de conclusión

 

A lo largo de este trabajo buscamos dar cuenta de la realidad regional de la zona de los Tuxtlas, atendiendo sus dimensiones históricas, económicas, políticas, sociales y culturales. En ese sentido podemos comprender que la región es producto de un complejo proceso de mestizaje de larga duración, lo cual la dota de una riqueza cultural específica y particular, con características afines con otras zonas del Golfo de México y el Caribe. La indagación realizada permite observar que en los hechos económicos la región vivió un auge durante el tránsito del siglo XIX al XX de la mano de la producción tabaquera. Además, contrasta el hecho de que para fines del siglo XX se vivía, según comenta González Sierra, un estado de destrucción ecológica, descuido ambiental, deforestación, erosión de la tierra y contaminación de los afluentes y cuerpos de agua. En ese sentido también es posible valorar que la introducción de la modernidad posrevolucionaria mexicana implicó un proceso de transición oligárquica, en principio, considerando la desaparición del auge tabaquero y la llegada, tardía, del ferrocarril y de la carretera. Podemos observar, así mismo, que en términos generales se trata de una región rica económicamente y que compagina con diversas actividades productivas.
El proceso de mestizaje biológico y cultural, derivado del cruzamiento de grupos indígenas, africanos y europeos, dotó de sentido y significado una serie de prácticas y costumbres, ancladas sobre todo en la dimensión mágico-ritual y religiosa de las prácticas en torno a la dualidad salud/enfermedad. Así mismo, podemos asumir que el valor regional de los Tuxtlas se moviliza a partir de su sincretismo cultural, de su mosaico demográfico ampliado, donde las tradiciones festivas, como el fandango y la fiesta a la Virgen del Carmen, representan hitos culturales y muestran una unidad sociocultural estable, definida y propia.

Nuestro trabajo, parcial y somero, no pudo adentrarse en mayor profundidad en la dimensión histórica del siglo XX por cuestiones de tiempo y espacio, pero no olvidamos que la región sufrió modificaciones sustanciales después de 1910. El proceso de modernización, con obras de infraestructura urbana, el desarrollo del alumbrado público y de otros servicios, fueron de la mano del crecimiento económico, pero también representaron factores de crecimiento demográfico y de expansión poblacional. Los tres municipios principales, San Andrés, Santiago y Catemaco, siguen siendo centros y regionales y núcleos urbanos de primer orden en esta región, manteniendo una integración propia estableciendo vínculos y similitudes culturales y sociales compartidas.

En otro sentido, la instalación de reservas ecológicas por parte de instituciones de educación superior como la de la UNAM o la de la UV, representan esfuerzos concretos en vías de proyectar programas de conservación de flora y fauna, y desarrollar estudios ambientales y ecológicos propiciatorios de programas de preservación y reforestación ecológica de la selva tropical, así como del conocimiento pormenorizado de los distintos micro climas presentes en la región, con una diversidad biológica importante y que no debe pasar desapercibida.. En ese sentido, si bien la región es una muestra explícita de los procesos de depredación ambiental de la segunda mitad del siglo XX, es esperanzador saber que existen diversos proyectos de rescate, conservación y preservación de las especies naturales, parte integrante de la riqueza regional de los Tuxtlas.

Finalmente, consideramos que el estudio emprendido da cuanta, en mayor o menor medida, de la conformación regional de los Tuxtlas, sin menoscabar el hecho de su distanciamiento del centro del estado y su mayor vinculación histórica con ciudades como el Puerto de Veracruz y Orizaba. Considerando todos estos elementos, podemos aseverar que la región de los Tuxtlas es una rica región natural que ha sufrido los embates de la ganadería y la tala clandestina, pero que también cuenta con una riqueza cultural e histórica, con tradiciones importantes, como el cultivo del tabaco y la fabricación de puros, y que no puede valorarse exclusivamente a partir de aspectos aislados sino que debe analizarse como una integración de realidades complejas en su totalidad humana.

 

 

Bibliografía:

 

García Díaz, Bernardo (Coord.). El estado de Veracruz. México, D.F.: Grupo Azabache/Gobierno del Estado de Veracruz, 1993.

 

González Sierra, José. “San Andrés, el río” en Sotavento, Invierno, Vol. 1, No. 1, Xalapa, México: Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales/Universidad Veracruzana, 1997, pp. 189-196 Consultado en: http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/8741

 

_________________. “La rica hoja: San Andrés y el tabaco a fines del XIX” en La palabra y el hombre, octubre-diciembre, No. 72, Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1989, pp.179-204. Consultado en: http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/1978

 

Velasco Toro, José y Vargas Montero, Guadalupe. “Enfermedad y magia en Los Tuxtlas, Veracruz” en La ciencia y el hombre, julio-diciembre, No.4, Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1989, pp. 39-50. Consultado en:http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/5051

 

Winfield Capitaine, Fernando. “La brujería en los Tuxtlas” en La palabra y el hombre, julio-septiembre, No. 95, Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1995, pp.186-193

Consultado en: http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/1161

[1] García Díaz, Bernardo (Coord.). El estado de Veracruz. México, D.F.: Grupo Azabache/Gobierno del Estado de Veracruz, 1993.

[2] González Sierra, José. “San Andrés, el río” en Sotavento, Invierno, Vol. 1, No. 1, Xalapa, México: Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales/Universidad Veracruzana, 1997, pp. 189-196 Consultado en: http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/8741

[3] Winfield Capitaine, Fernando. “La brujería en los Tuxtlas” en La palabra y el hombre, julio-septiembre, No. 95, Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1995, pp.186-193

Consultado en: http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/1161

[4] Winfield Capitaine, Fernando. Op.cit. p 189

[5] “La rica hoja: San Andrés y el tabaco a fines del XIX” en La palabra y el hombre, octubre-diciembre, No. 72, Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1989, pp.179-204. Consultado en: http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/1978

[6] González Sierra, José. Op.cit. 1997.

[7] Gonzáles Sierra, José. Op.cit. 1997. p.195

[8] Winfield Capitaine, Fernando. Op.cit.

[9] Winfield Capitaine, Fernando. Op.citi p. 186.

[10] Winfield Capitaine, Fernando. Op.cit. p.191.

[11] Winfiel Capitaine, Fernando. Op.cit. p. 193.

[12] Velasco Toro, José y Vargas Montero, Guadalupe. “Enfermedad y magia en Los Tuxtlas, Veracruz” en La ciencia y el hombre, julio-diciembre, No.4, Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1989, pp. 39-50. Consultado en:http://cdigital.uv.mx/handle/123456789/5051

 

[13] Velasco Toro, José y Vargas Montero, Guadalupe. Op.cit. p. 42.

[14] Velasco Toro, José y Vargas Montero, Guadalupe. Op.cit. p.49.

 

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